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murió michael kuchwara


Prolífico crítico de teatro.

[Bruce Weber] Murió el sábado en Manhattan, Michael Kuchwara, que cautivó a una audiencia en todo el mundo escribiendo sobre teatro para la Associated Press, tanto como periodista como crítico, durante un cuarto de siglo. Tenía 63 años.
Su muerte en el Beth Israel Hospital, fue provocada por una afección pulmonar isquémica idiopática, informó su hermana Pat Henley. Trabajó hasta principios de mayo, dijo.
Tan apasionado sobre el teatro como aplicado, Kuchwara era conocido en el mundo del teatro por su aparente ubicuidad. Basado en Nueva York, cubría Broadway y Off Broadway y hacía frecuentes viajes fuera de la ciudad para asistir a representaciones.
Kuchwara, que escribía con calidez y claridad, reseñaba hasta doscientas representaciones al año, al mismo tiempo que escribía nuevos artículos sobre el estreno y clausura de programas, conflictos laborales, nominaciones al Tony y la muerte de escritores, directores y artistas conocidos, así como decenas de entrevistas con importantes figuras del mundo del espectáculo. La AP difundía su trabajo en todo el mundo en cientos de publicaciones diarias y semanales.
"¿Todos a favor de la alienación?", empezaba su reseña este último mes sobre un programa que se estrenaba en el St. James Theater de Nueva York. "La enrabiada y apática juventud que puebla la adaptación teatral de ‘American Idiot’, de Green Days, se han abierto camino hacia Broadway, ventilando su cínica infelicidad en la vida en el mismo teatro que una vez alojó a alegres y americanísimos clásicos del teatro musical como ‘Oklahoma!’ y ‘Hello, Dolly!’".

Michael Charles Kuchwara nació en Scranton, Pensilvania, el 28 de febrero de 1947. Su padre era piloto de la Fuerza Aérea y trabajó más tarde para la Agencia de Seguridad Nacional.
Fue devoto del mundo del espectáculo desde temprano en su vida, desde cuando vio su primer programa: ‘Third Best Sport’, una comedia de fines de los años cincuenta de Leo y Eleanor Bayer, con Celeste Holm, en la Pocono Playhouse en Pensilvania.
"Esa producción tradicional de los veranos fue mágica para el pequeñín que se deleitaba en el auditorio a oscuras y los brillantes focos sobre el escenario", escribió Kuchwara. Su hermana dijo que "de niño sabía exactamente qué quería".
"No quería actuar", dijo la señora Henley. "No quería dirigir. Sólo quería mirar programas".
Kuchwara estudió en la Universidad de Siracusa y se licenció en la Universidad de Missouri. Empezó su carrera de cuarenta años en la AP como periodista en la oficina de Chicago y se mudó más tarde a Nueva York, como editor en el buró nacional. Asumió la rúbrica de teatro en 1984.
Además de su hermana, que vive en Alexandria, Virginia, le sobreviven su esposa, la ex Jonnie Kay Kitchen, con la que se casó en 1975.
"Donde quiera que fueras, Mile se aparecía; simplemente estaba en todas partes", dijo en una entrevista telefónica Des McAnuff, director galardonado con un Tony que es ahora director artístico del Festival de Shakespeare en Stratford, Canadá. "No siempre me escribía cartas de amor, pero era muy correcto, y llegó a su trabajo desde im lugar positivo, lo que para mí es un gran atributo de un crítico de teatro. Creo que llegó al teatro con la esperanza de que ocurriera algo maravilloso".

4 de junio de 2010
22 de mayo de 2010
©new york times
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murió corin redgrave


Actor y activista.
[Bruce Weber] Murió el martes en Londres, Corin Redgrave, un versátil actor y ardiente activista político de izquierda que, como hijo de Michael Redgrave y hermano de Vanessa y Lynn Redgrave, era el príncipe de la familia real del teatro inglés. Tenía 70 años.
Su muere fue anunciada por su esposa, Kika Markham, informó la Associated Press. Había sufrido un ataque al corazón en 2005.
Redgrave era un artista menos famoso que su padre, que era conocido por su shakespereana elocuencia, su pinta de ídolo de matiné y turbulenta vida personal; o sus hermanas, que son internacionalmente reconocidas, tan elegantes como exitosas. Pero era un actor vigoroso, apasionado, que se convirtió en un veterano del teatro británico, tanto en comedias como en tragedias, y se sentía especialmente en su casa en perdurables obras de Shakespeare, Chekhov, Noël Coward y Harold Pinter.
También tuvo papeles secundarios en numerosas películas, incluyendo tres por las cuales es probablemente mejor conocido entre el público estadounidense: ‘En el nombre del padre’ [In the Name of the Father], la película de Jim Sheridan de 1993, con Daniel Day-Lewis como protagonista, sobre cuatro personas acusadas falsamente del atentado en un bar cerca de Londres; ‘Cuatro bodas y un funeral’ [Four Weddings and a Funeral], la popular comedia de 1994, con Hugh Grant y Andie MacDowell como protagonistas; y ‘Persuasión’ [Persuasion] (1995), la adaptación de Roger Mitchell, de la novela de Jane Austen.
Pero tanto al principio como al final de su carrera, causó gran impresión por sus actuaciones en el teatro estadounidense. Representó a un piloto aristócrata que da un culminante discurso en ‘Chips With Everything’, una obra de Arnold Wesker sobre las divisiones de clase entre los cadetes de la Real Fuerza Aérea, que pasó del Teatro de la Corte Real de Londres, a Broadway en 1963. Y en 1999 volvió a Broadway como Boss Whalen, un sádico gendarme de prisiones en ‘No sobre ruiseñores’ [Not About Nightingales], de Tennessee Williams -una actuación por la que fue nominado a un Tony. Reseñando la obra para el New York Times, Ben Brantley escribió que Redgrave "es el disoluto y lujurioso Boss Whalen con un exagerado y vivaz satanismo que es igual de inquietante que entretenido".
Durante su vida, Redgrave dedicó enorme energía tanto a las causas políticas como a la actuación. Trotskista declarado, mantuvo estrechos lazos con organizaciones de extrema izquierda como la Liga Socialista del Trabajo [Socialist Labor League] y el Partido Revolucionario de los Trabajadores [Workers Revolutionary Party] en Gran Bretaña; estaba convencido de haber perdido oportunidades de trabajo como actor debido a sus opiniones radicales.
Con su hermana Vanessa, que compartía muchas de esas convicciones, fundó el Moving Theater, una compañía que prefería las obras políticas. Entre estas se incluyeron ‘No sobre ruiseñores’, una muy temprana pieza de Williams que no se había representado y había sido olvidada antes de que a Redgrave le picara la curiosidad sobre esta mientras investigaba sobre un personaje en ‘El descenso de Orfeo’ [Orpheus Descending]. Con el Alley Theater de Houston, Moving Theater produjo su estreno mundial en el Real Teatro Nacional [Royal National Theater] en 1998.
Vanessa Redgrave logró hacer su carrera pese a su controvertida franqueza (a favor de los palestinos, por ejemplo), pero para Corin fue difícil. La relación entre sus dos pasiones era curiosa, y fue largamente debatida en círculos de actores, especialmente durante la parte resurgente más tarde en su carrera, cuando se reconocía que estaba en la cúspide de su talento.
Nunca perdió el fervor radical -en 2004 formó parte de un movimiento llamando a la impugnación del primer ministro Tony Blair por la guerra en Iraq-, pero en sus últimos años sus posturas políticas y artísticas parecían más sincronizadas.
"Veo el renacimiento de la carrera de Corin coincidiendo con la caída del Muro de Berlín", dijo en una entrevista con el Times en 1999, Michell, el director de cine. "No creo que la batalla esté perdida, pero quizás superó el dogmatismo".

Corin William Redgrave nació en Londres el 16 de julio de 1939, el segundo hijo de Michael Redgrave y la actriz Rachel Kempson. (Vanessa había nacido dos años antes, Lynn, cuatro años después). Estudió en Cambridge e hizo su debut en el teatro en 1962 en el Teatro de la Corte Real como Lysander en ‘El sueño de una noche de verano’ [A Midsummer Night’s Dream], dirigida por Tony Richardson, que se casó con Vanessa para esa época. (Sus hijas -las sobrinas de Redgrave- Natasha Richardson, que murió el año pasado, y Joely Richardson, se convirtieron en parte del árbol dramático Redgrave).
El primer papel notable de Redgrave en el cine lo tuvo en el drama histórico ‘A Man for All Seasons’ [Un hombre para la eternidad], de 1966, sobre el conflicto entre Sir Thomas More (Paul Scofield) y Enrique VIII (Robert Shaw).
El primer matrimonio de Redgrave con Deirdre Hamilton-Hill, que murió en 1997, terminó en divorcio. Tuvieron dos hijos, una hija -Jemma- y un hijo -Luke, que le sobrevive. Además de sus hermanas y su esposa, Markham, entre los sobrevivientes se encuentran Harvey y Arden, y nietos.
En 1995 Redgrave escribió un libro, ‘Michael Redgrave - My Father’, que gira franca y conmovedora sobre su difícil relación (incluyendo la bisexualidad de Michael) y que fue tema de un documental para la televisión. En 2004, Redgrave se puso en los enormes zapatos del protagonista de ‘El rey Lear’ [King Lear], con la Royal Shakespeare Company en el mismo teatro en Stratford-upon-Avon donde Michael hizo el papel más de cincuenta años antes.
"Pero, aunque es elegantemente fácil sugerir que su carrera fue malograda por sus actividades políticas, sospecho que su talento estaba íntimamente relacionado con sus posiciones políticas radicales", escribió el crítico británico Michael Billington, en The Guardian, después de la muerte de Redgrave. Y, si disfrutó de un dorado renacimiento dramático desde fines de los ochenta en adelante, puede tener que ver menos con la política que con su determinación a heredar el manto de su venerado padre".

21 de abril de 2010
6 de abril de 2010
©new york times
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murió paz yrarrázaval


Actriz chilena.
La actriz chilena Paz Yrarrázaval, fundadora de la compañía Ictus, falleció esta madrugada a los 78 años de edad luego de luchar por más de 7 años con una artritis reumatoide que la dejó postrada.
La destacada artista también fue directora de la escuela de Teatro de la Universidad Católica y participó varias teleseries chilenas, como ‘La torre 10’, ‘Mi nombre es Lara’ y ‘Oro Verde’.
Según informó radio Bío-Bío, la actriz falleció a las 2 de la madrugada en su departamento.
Su sobrina Ana María Palma relató a la emisora que "falleció una gran mujer de teatro, para mí es como una hermana muy influyente en mi vida".
"Dio una tremenda formación durante los años que fue directora de la escuela de teatro de la UC", agregó la también actriz.
El velorio de Paz Yrarrázaval se esta realizando en la iglesia de la Anunciación, ubicada en la plaza Pedro de Valdivia. Mientras que sus funerales se realizarán mañana.

12 de abril de 2010
©la nación 
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murió zakes mokae


Actor surafricano y ganador de un Tony.
Falleció Zakes Mokae, actor sudafricano ganador de un Tony, mejor conocido por su colaboración con el dramaturgo Athol Fugard en dramas sobre el apartheid como ‘The Blood Knot’ y ‘Master Harold . . . and the Boys’. Tenía 75 años.
Mokae falleció el viernes en su casa en Las Vegas después de sufrir un derrame en mayo, informó el martes la esposa del actor, Madelyn. Dijo que Mokae también sufrió del mal de Parkinson en los últimos años y volvió a Estados Unidos para ser tratado después de retirarse inicialmente a Suráfrica.
Además de su trabajo en teatro, Mokae apareció en películas como ‘Los comediantes’ [The Comedians], ‘Darling’ y ‘Grita libertad’ [Cry Freedom], y en series de televisión como ‘Los expedientes X’ [The X-Files] y ‘Oz’.
Pero fue su colaboración con su compatriota Fugard lo que reportó a Mokae sus más grandes triunfos artísticos, incluyendo un premio Tony por su retrato de un criado y padre substituto de un joven blanco en ‘Master Harold’.
La amistad entre Mokae, un saxofonista negro que quería ser actor, y Fugard, un periodista blanco que quería ser dramaturgo, se forjó en los guetos negros de Johanesburgo en 1958. Se conocieron en lugares como Dorkay House, un club para artistas negros y lugar de encuentro para gente de las dos razas.
"La policía me estaba vigilando", dijo Fugard en una entrevista de 1985 con la Associated Press. "Las autoridades allanaban de vez en cuando para saber qué estaba pasando dentro. Todo lo que encontraron fue un montón de músicos y aspirantes a actores matando el tiempo, conversando y tratando de conseguir un trabajo".
Esa colaboración incluyó ‘The Blood Knot’, que cuenta la historia de dos hombres, ambos negros, pero uno podía pasar por blanco. La pieza causó sensación cuando fue representada por primera vez en Dorkay House, en septiembre de 1961.
Fue la primera vez que un blanco y un negro aparecieron juntos en un escenario sudafricano. El público atiborró el pequeño teatro, y la función de una sola noche se convirtió en un espectáculo de seis meses. El éxito de la pieza consolidó un lazo entre los dos que soportó la brutalidad del apartheid durante esos años.
"Entonces no lo sabía, pero Zakes llevaba escrita la palabra ‘superviviente’. No solamente ‘superviviente’, sino ‘magnífico superviviente’", dijo Fugard en la entrevista de la Associated Press. "Yo veía a Zakes en el lado malo de un sistema terrible, y compartimos algunos momentos muy tenebrosos".
Mokae fue perseguido y detenido por las autoridades por negarse a llevar una libreta de identidad, una obligación de identificación para los negros sudafricanos. Cuando ‘Blood Knot’ empezó su gira por Suráfrica, Fugard viajó por tren en primera clase. Mokae viajaba atrás, en un vagón de tercera.

Nacido el 5 de agosto de 1934 en Johanesburgo, Mokae no tuvo una formación dramática formal. En 1970 trabajó en off-Broadway con Ruby Dee y James Earl Jones en el estreno en Estados Unidos de ‘Boesman and Lena’, de Fugard, y en un revival de ‘The Blood Knot’ en 1985.
Además de su esposa, le sobreviven su hija, Santlo Chontay Mokae; y tres nietos.

20 de septiembre de 2009
16 de septiembre de 2009
©los angeles times
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confesiones de un payaso


Después de muchos años, Chacovachi regresa a la Argentina para presentar un espectáculo en el que pone a prueba su propia teoría: la máxima consagración es hacer reír a los vecinos de la cuadra después de haber hecho reír a medio mundo.
[Mercedes Halfon] Buenos Aires, Argentina. A principios de los ’80, cuando se fueron los militares, descubrió que las plazas podían ser inmensos escenarios gratuitos y se convirtió en un precursor del arte callejero argentino. En los ’90 ya era una figura emblemática con sede semanal en plaza Francia. Después, salió a recorrer el mundo con su unipersonal, que lo hizo un especialista de los humores iberoamericanos: hizo reír en España con el franquismo, en Colombia rodeado de ametralladoras, en las favelas brasileñas y en la peatonal de Villa Gesell. Organizó las míticas Convenciones de Malabares, Circo y Espectáculos Callejeros. El modo en que destrozó el arquetipo del payaso ingenuo sólo agigantó su figura. Y ahora, Chacovachi es malo con los niños, es el anti Piñón Fijo, el anti payaso de voz finita, pero nada que ver con IT, ni tampoco con el malabarista de remera de Manu Chao. Es una molotov idiosincrática de calle, humor y circo. Hace años que no actúa en Buenos Aires, la ciudad que lo creó como personaje, atareado con sus viajes entre Europa y la costa argentina donde hace su espectáculo, Circo Vachi, rodeado de artistas de circo profesionales, y envuelto en una carpa tradicional. Pero Chacovachi es otra cosa: es y será el payaso de Plaza Francia. Durante dieciséis años hizo allí sus extrañas, brillantes y caóticas funciones donde se alternaban algunas pruebas acrobáticas, globología (ese arte de los globos finitos con los que se fabrican animales, espadas, o lo que él hace, mutantes), y feroces intercambios con el público que concluían con ovación y pasada de gorra. Chacovachi es el primer payaso punk argentino, el que suelta la lengua y hiere tiernamente con sus chistes, como un Crosty después de pasar una pésima noche.
Su avatar comenzó apenas finalizada la dictadura y siguió durante los ochenta prácticamente solo, hasta que en los ’90 los malabares, los payasos y el circo hicieron boom en todos lados. No fue sólo acá. El Cirque du Soleil comenzó a ser internacionalmente conocido, los circos dejaron de trabajar con animales y el teatro se unió a las estéticas circenses para crear esa mezcla llamada Nuevo Circo, que en distintas proporciones, y con particularidades nacionales, se instalaría en todo el mundo. Escuelas de circo en Canadá, Francia, España y también en Argentina. Los hermanos Videla, dos cirqueros viejos con mil trucos escondidos en sus músculos de superhéroes, se convirtieron en los padres de una nueva generación, transmitiendo sus saberes a jóvenes dispuestos a entregar sus vidas a esa imagen que parecía la de un renovado sueño hippie: artístico, internacional, libertario, contracultural.
Pero cuando todo eso sucedió, Chacovachi ya era el rey del mambo. Toda su vida había trabajado solo y en la calle, con su personalidad a prueba de balas dentro y fuera de los shows. En Argentina, en Colombia, en Cuba, en muchos países de Europa, en Marruecos, dando vueltas con sus petates de colores y sus humoradas que hacen reír pero también provocan, incomodan, generan la empatía extraña de los buscavidas, los que saben inventar latiguillos, frases poderosas: reflexiones de un inconsciente demasiado popular, demasiado hermoso, como para quedar condenado a sólo existir "en vivo".

¿Cómo y cuándo decidiste ser payaso?
–Nunca pensé que iba a trabajar de artista, entre comillas, porque siempre creí que los artistas se morían de hambre. Yo vengo de una familia italiana, todo el mundo laburaba, estaba bueno tener un hobby pero había que encontrar algo para subsistir. Estudié en la escuela argentina de mimo Omar Viola, y toda esa gente era bárbara pero no ganaba un mango, los tenías que ver a las 3 de la mañana en el Parakultural, para veinte personas. De casualidad, estudiando en esta escuela, me tocó actuar en una plaza. Todavía estaban los militares y pidieron a la escuela si algún artista quería hacer algo. La cuestión es que fui y se me abrió un mundo. Me cambió toda la base, la plaza me dio todo lo que no me daba lo que venía haciendo.

¿Qué?
La libertad que buscaba, una libertad física, psíquica y económica. Digo física, porque me di cuenta en seguida de que el país y el mundo estaban llenos de plazas, podía trabajar donde quisiera. Yo trabajé en 20 países, trabajé en Marruecos al lado de un encantador de serpientes, por 3 dólares la pasada de gorra, pero con 3 dólares vivía. Con 1 dólar pagabas el hotel. Después la libertad psíquica, porque vos no tenés que ser el mejor, no tenés que cambiar todo el tiempo. Villafañe decía eso: no tenés que cambiar de número, tenés que cambiar de público. También corría con la ventaja de que era una época en la que era más importante lo que vos representabas que lo que hacías. Representabas la libertad, siendo un payaso callejero, porque veníamos de donde veníamos. Hay algo que supuestamente a los payasos nos molesta, que es esto de que hacemos un arte menor. Para mí es al revés, me gusta que sea un arte menor, porque no me obliga a tener que ser un híper artista, con poder generar esto que genera un payaso que es divertir, asombrar, ya está. Si tenés suerte también inspirar, provocar, pero eso ya en una segunda etapa. Y después la libertad económica: no dependés de nadie.

-¿Qué hacías en tus primeros espectáculos?
–Me acuerdo de que la primera vez que iba a actuar en la calle me hice una listita de las cosas que sabía hacer. Una rutina de mimo, la gallina, tres pelotitas que me había enseñado mi abuelo, y con eso intuitivamente encontré cómo entretener, que es la base de los payasos. No hablaba, porque venía de la escuela de mimo. Y cuando empecé a hablar lo hacía en falsete; mi estereotipo de payaso era ése, un tipo con una voz finita. Pero no podía ser tonto, si eras tonto en la calle, por más que fuera una época en la que la gente valoraba, también era una época que la gente no entendía que vos podías trabajar en una plaza pública. Al principio fue toda una experiencia hermosa con mucha inconciencia. La cosa para mí funcionaba; el éxito depende de las pretensiones, y las mías eran ir a la plaza y poder sobrevivir. Y después pasar la gorra, cuando me di cuenta de que podía hacerlo fue una revolución. Porque era la única forma de poder ganar dinero, entre comillas, sin laburar, que sigue siendo lo que hago ahora.

¿Hubo cosas que te marcaron, que te hicieron construir el payaso que sos?
–El punto creo que fue llegar a Plaza Francia. Yo laburaba en Parque Centenario, una plaza de la esquina de mi casa. Un día voy al Centenario y no se podía trabajar porque había un acto político, y yo vivía de eso, entonces me fui a plaza Francia por ese domingo, e hice el doble de dinero. Además cambió el target de público que me veía: era el público que iba al Centro Cultural Recoleta, era un público al que daba gusto criticar, desde mi lado. En la esquina de mi casa la crítica casi no existía, la gente era como yo... En cambio en Recoleta se generó este payaso de ciudad grande que soy yo. No soy un payaso de calle Florida, sino de plaza de sábados y domingos, donde hay gente desprevenida y gente que va a ver espectáculos, hay una mezcla de las dos cosas. Llegar a plaza Francia me cambió lo que era, empecé con la crítica, ser un poquito más políticamente incorrecto, trabajar más con la inteligencia.

¿Tu familia estaba de acuerdo con que decidieras trabajar en la calle?
–Sucede que yo fui soldado durante la guerra de las Malvinas, no estuve en el frente peleando, pero fui soldado y estuve acuartelado hasta que terminó la guerra, y no fuimos porque el avión era chico, en fin, vivimos un trauma con todo eso. Por eso, cuando terminó la guerra tenía una especie de libertad en mi familia porque ellos me dijeron que me iban a bancar ese año. No tenía que salir a laburar inmediatamente, pero yo empiezo a hacer esto y enseguida empiezo a ganar dinero en la plaza. En mi familia –mi vieja es maestra, mi viejo empleado público–, una cantidad de dinero que aparecía de esa manera era muy valorado. Nadie me podía decir nada. Mi madre aceptó enseguida; con mi padre, italiano, fue más difícil. Me acuerdo la primera obra que hice, los invité a verla y era una con Elizondo (el director de la Escuela Argentina de Mimo), estábamos todos en pelotas durante veinticinco minutos. Mi viejo me decía "Escúchame, traigo a tu mamá y están todos en pelotas" (risas). Era una inconciencia muy grande llevar a mis viejos ahí.

¿Cómo fuiste montando el espectáculo en la calle?
–Y yo a los 23 años ya era un profesional, vivía de mi profesión. Me compré una bicicleta de heladero para llevar las cosas, después me compré un auto, porque así era más fácil. Me acuerdo cómo me fui dando cuenta de cómo era la producción de un espectáculo, que es algo fundamental. Primero me conseguí una escalera, porque me avivé de que si me subía arriba, y decía lo de la gorra arriba de la escalera, dominaba más a la gente y la gente no se iba porque yo la estaba mirando..., bueno eso creía yo en ese momento, eran cosas que me preocupaban. Después me compré un bombo porque dije: si toco el bombo arriba de la escalera me van a escuchar de más lejos. Marketing elemental, ¿no?

Debe haber algo de desprotección en estar trabajando en la calle, a veces en lugares desconocidos...
–Sí, es grande la desprotección, pero los artistas callejeros nos manejamos dentro de eso. Vos tenés que convocar, hacer que venga la gente, y si la gente no viene y sigue de largo, es una tragedia. Que me ha pasado, como a todo artista callejero, sobre todo si no estás en un lugar seguro. En la plaza donde trabajás todos los domingos, ya sabés. Yo todavía trabajo en lugares desconocidos y espero hacerlo toda la vida. Casi no lo necesito ahora, lo hago para seguir manteniendo esto que me da la calle, esta impronta. Esto de ser una especie de comando. Cuando vas a trabajar a lugares como el festival de Tarrega, de donde salís a las 8 de la mañana, mal dormido, de un camping, con otros doscientos artistas en una ciudad que se ensucia enseguida, y tenés que encontrar tu lugar, y transar con otros artistas y convocar a la gente, y no perder tu dignidad. Eso te da un entrenamiento fabuloso. Un artista callejero lo primero que aprende es que el fracaso puede ser un triunfo, que no te puede lastimar. Yo he hecho funciones horribles que a los diez minutos eran la mejor de mi vida. La calle tiene esas cosas, es imponderable porque no la hacés completamente vos: la termina de hacer el público. Pero cuando te repetís, no le ponés ese plus, es cuando la cosa se empieza a poner mediocre.

Pero a veces las cosas pueden salir mal y no hay corte, no hay música que aparezca y salve las papas...
–Una vez, en el truco que hago con las pelotas de ping-pong, que las soplo una y otra con la boca, lo hago y se me salen volando los dos dientes de adelante. Uno para cada lado. En el medio de la función yo buscando los dientes y la gente aplaudía y se moría de risa, pensando que era un gag. Y yo me los había puesto, eran dos pernos con corona, que me habían salido 100 dólares cada uno, desesperado estaba. Pero es un gag maravilloso, si yo pudiera en cada función escupir y que se me salgan los dos dientes.

Cuando arrancaste en los ‘80, ¿cómo se tomaba al artista callejero antes de que se instalara como algo habitual ir a una plaza y ver a un malabarista actuando?
–Era muy resistido mi humor en el ambiente digamos culturoso del teatro de calle. Yo era un payaso berreta. Una vez, en el ’87 creo, hubo un festival de teatro de calle en Buenos Aires. Fui, presenté mi CV, pero no me eligieron. Y ya vivía de eso, eso me habilitaba para estar en cualquier lado; yo decía: junto 500 personas en una función, te guste o no te guste era un referente. Bueno, me puse re-mal, pero fui a ver todo el festival y me parecía que lo que hacían no tenía nada que ver con un espectáculo callejero, venían obras de Rosario que duraban dos horas, con un intervalo de media en el medio, no pasaban la gorra, no tenían una convocatoria, que son cosas elementales de un espectáculo de calle. El último día se hizo una charla con la prensa y agarré el micrófono y dije que lo que había visto no me parecían espectáculos callejeros, que no tenía las cualidades que tenían que tener. Y saltó uno y me dijo: "Tampoco es cuestión de ir a la calle a preguntar qué gusto tiene la sal". En ese momento yo me re-ofendí, ahora me moriría de risa, estaría buenísimo si yo digo en una función qué gusto tiene la sal y 500 personas me dicen salado, si lo que tenés que hacer en la calle es eso.

Pero de a poco a fines de los ‘80 el panorama fue cambiando...
–El teatro callejero se abrió, claro, se empezó a entender qué era el teatro callejero, es decir, que teatro en la calle era una cosa y teatro callejero era otra. Y después, cuando empecé a viajar me di cuenta de que lo que yo hacía ya lo hacían otros hacía cinco mil años, el mismo estilo, la misma dramaturgia. El fenómeno empezó en el ’84, cuando se fueron los milicos y todas las plazas se llenaron de artistas, los primeros que salieron fueron los grupos de teatro popular, El motepo, el teatro del Dorrego, Adhemar Bianchi con Catalinas Sur. Y otro tipo de teatro como el Clú del Claun, La banda de la risa, con ellos fuimos compañeros de plaza, pero ellos eran más actores, estaban buscando lo que después fueron, unos grandes artistas de teatro. Después, ya en los ’90, empieza todo esto del malabar, del circo, que de alguna manera yo y toda la gente que trabajó conmigo con las Convenciones de Malabares anuales, difundí un poquito. En el ’90 la gente captaba lo que era un espectáculo callejero.

Has recorrido un largo camino, payaso

A partir de 1996 Chacovachi organizó junto a otros artistas de circo –a la usanza europea– la Convención Argentina de Malabares, Circo y Espectáculos Callejeros. Allí asistieron miles de malabaristas, acróbatas, contorsionistas, actores y allegados a aquel universo multiforme. Durante los días que duraba el evento, una suerte de Woodstock más freak que rockero, era posible equiparse de instrumentos de malabar, chalupas (los zapatos gigantes que usan los payasos), maquillajes especiales, o ver toda clase de películas temáticas como ‘La strada’, o espectáculos del mejor y más novedoso circo, tanto local como extranjero; además de poder tomar clases de cualquier disciplina afín, como podría ser la "parada de manos". Estas convenciones se siguen haciendo, anual o bianualmente, y Chacovachi sigue cumpliendo allí un rol central. Pero al mismo tiempo, o un poco antes que las convenciones empezaran a sucederse, este payaso comenzó su itinerario por el mundo con su espectáculo unipersonal. En cada puerto una historia.

Vos empezaste a viajar y fuiste a Colombia, Cuba, España. ¿Cómo era el público y cómo reaccionaban con vos?
–Cuando fui a Colombia hice 18 universidades por todo el país: Medellín, Cali, Bucaramanga, con una productora. El presidente de Nescafé de Colombia pasó por plaza Francia y me vio. El hacía Nescafé Concert, llevaba jazz y rock a las universidades, pero me vio y se le ocurrió llevarme. Pensó que podía funcionar y fue así. A mí me largaban, es decir, a un argentino y yo soy híper argentino, irreverente, me largaban en una universidad, a las 10 de la mañana, para 2000 colombianos, la cosa funcionaba, la mitad me amaba, la otra me odiaba, pero nunca más se iban a olvidar de mí. Fue muy cerquita del cinco a cero que nos hicieron acá y todo el tiempo hablaban de eso. Trabajé también en alguna plaza, pero rodeado de uniformados con metralletas, ¡que me custodiaban a mí! Era muy extraño. Pero fue una experiencia increíble, los artistas crecemos cuando trabajamos para otro tipo de público, cuando salimos de nuestro lugar seguro.

¿Y en Brasil?
–Cuando salgo a Sudamérica soy un poquito menos picante, me manejo por otro lado. Porque el argentino puede soportar cierta ironía, pero en Brasil, o también en Colombia, donde tienen un humor más ingenuo, algunas cosas pueden molestar. Y la verdad es que no quiero molestar a nadie, no me privo de decir nada pero si no es necesario, si estoy en medio de la selva, o laburando en una favela brasileña, no los quiero molestar, prefiero divertirlos, entretenerlos, que se queden pensando, pero hay cosas duras que no se las quiero decir porque ellos las viven todos los días, para qué se las voy a recordar.

En España sí lo hacés.
–Y ahí mis chistes son políticos, sobre esta relación que tenemos del Tercer Mundo y el Primero, chistes muy sencillos como, si no me dan mucha bola, yo les digo: "Pero qué pasa, yo les hablo, les hablo, ustedes me sonríen pero no me hacen ni caso, ¿qué soy? ¿El rey Juan Carlos?". O les puedo decir: "Saquen la alegría, saquen el desparpajo, saquen al indio sudamericano que tienen adentro", dejo que bajen y digo: "al indio sudamericano que se comieron hace 500 años y devuélvanmelo". Quedan todos tragando saliva. Mi espectáculo en España es así: lo primero que digo cuando todo el mundo aplaude al comienzo del show es "Españoles, españoles, Franco ha muertoooo", que es lo que salió en la radio, y todo el mundo grita "aaahhh" pero la mitad se queda tragando saliva. Eso es emocionante para mí. Una vez en Santiago de Compostela, frente a la Catedral donde Franco iba a comulgar, una señora me dijo llorando: "Yo pensé que me iba a morir sin escuchar esa frase". Después vino otra y me dijo "Tú no sabes lo que has dicho, tío. Decir esto en esta plaza".

No son chistes muy de payaso que digamos...
–Lo que hago yo es generar emociones en la gente, que son un poco distintas al sentimiento típico que esperamos del payaso que es que te haga reír desde el lugar más ingenuo, más liviano; yo soy un payaso un poco más maldito. Todos tenemos un muerto en el placard. Cuando vos te reís de algo duro es porque lo entendés, todos los chistes que hago tienen una tragedia atrás. Un chiste típico mío es cuando le digo a un nene "Mi amor, ¿vos sos feliz?". Y él me dice, sí, entonces yo le digo: "Bueno, ya se te va a pasar". Y lo acaricio. Hay una tragedia muy grande, pero cuando vos te reís de las tragedias te estás preparando para soportarlas, y no quiere decir que le faltes el respeto. El ser humano usa la risa para sobreponerse a las tragedias. Es lo único que podemos hacer. Cuando vos podés hacer chistes podés empezar a superar, todavía en la Argentina no hay chistes sobre desaparecidos, no podemos hacer chistes sobre aviones, gente volando, gente encapuchada, no podemos porque no nos hemos sobrepuesto. Con el sida empieza a haber chistes porque el sida es cada vez menos peligroso, no es tan fatal y a partir de que existen esos chistes se descomprime algo.

¿Y un payaso es uno de los primeros en tener permiso para hacerlos?
–A los payasos se nos permite decir cosas que los comunes mortales no pueden decir. De la misma manera que les podemos decir cosas a los chicos, sin ser malvados, cosas que sus padres se las quisieran decir pero no lo hacen porque viene Piaget y los mata. Tenemos esas libertades y las tenemos que usar; la gente espera eso, que seamos distintos a ellos.

¿Y qué te da ser argentino, además de payaso?
–Yo cuando voy a trabajar a España llevo una túnica que dice "4 pesos = 1 euro". Esa es mi ideología. Es la realidad total y los chistes son con eso. Si voy a Marruecos soy un infiel que igual tiene buena onda. Creo que la actuación es un recurso más para el payaso, como si sos malabarista es un recurso más. Te sirve, sin duda. Pero no tenés que actuar, el payaso no se actúa, tiene que salir de adentro. Yo digo, medio en chiste, que los clowns, cuando se saquen la costumbre de actuar, van a poder ascender a payasos. Y vuelvo a lo anterior, por ahí el clown no sea un arte menor, si lo hacen desde un lado –qué sé yo– copado.

Hay payasos muy artificiales con sus maquillajes, sus gestos...
–No creo en los payasos que manejan mucha fantasía, creo más en el payaso que se le ve la piel. Hay un dicho que dice que la fantasía te consuela de lo que no podés ser y el humor te consuela de lo que sos. Creo en eso. Para mí el payaso es el más humano de los artistas. El artista es la profesión más humana que existe, en el sentido de que el arte no tiene una utilidad, no es ser carpintero, y a la vez es algo que caracteriza al ser humano, hacer arte. Yo digo que el payaso es el más humano de los artistas, porque trabaja con perder...

Con fallar...
–Con todo lo que el artista esconde, con todos sus lugares débiles. Y después el payaso callejero es el más humano de los payasos, porque trabaja en la calle, donde está la humanidad, de alguna manera. Creo que no hay que perder ese norte. El mundo va cambiando y va cambiando eso de lo que nos reímos: Los Simpson, Padre de familia, South Park, mi Dios, impensable que antes alguien se hubiera reído de las cosas que ellos se ríen. Para poder hacer humor tenés que meterte en ese tipo de lugares, complicados. El humor blanco ya casi no hace reír más. Por eso, creo que el desafío de los payasos, de los payasos callejeros digo, es no perder la humanidad. Ser cada vez más humanos, como dinosaurios.

La Larga Risa de Todos Estos Años
Pero Chacovachi vuelve a Buenos Aires a hacer su espectáculo ¡Cuidado! Un payaso malo puede arruinar tu vida, después de años y años, otra vez en la ciudad que vio su nariz enrojecer, y no por efectos del alcohol. Lo hará en el Circo de Aire, el espacio de María Bordesio, otra trapecista mítica de los tiempos del boom malabar. Y todo tiene un tinte de nostalgia, tener que verlo en un teatro, fuera de su terreno propicio que es la calle, la improvisación, la respuesta inmediata filosa, la desprolijidad de un artista que no se define por sus trucos sino por lo que los rodea. No importa el monociclo, ni el diábolo, ni la pelotita de ping-pong que permanece en el aire. O se cae. Nostalgia porque la época de los grandes espectáculos de calle en la calle, en Buenos Aires, parece haber terminado.

¿Te dan ganas de volver a actuar acá?
–Me encanta. El otro día hice una función, no me acuerdo dónde pero acá, y dije la palabra sorete y me entendieron y yo era feliz porque hacía seis años que no podía decirla en ningún lado porque nadie me entendía. Estoy como pegando la vuelta, ¿viste? Un artista callejero primero tiene que trabajar en la esquina de su casa, su desafío mayor es hacer reír a su gente, que son los más críticos, porque te conocen. Después tenés que irte a probar al centro de la ciudad, con otros artistas, gente que no es igual a vos, después tenés que ir a lugares que ni te imaginabas que existían y al final tenés que volver a la esquina de tu casa y ver qué pasa. Es lo que me pasó en enero y en febrero en Villa Gesell, me volví a encontrar con el público argentino. Fue espectacular porque no tenía que traducir nada.

¿Nunca te cansó vivir de manera itinerante?
–La gente se pregunta si trabajás en la calle donde vivís, y la verdad es que si te manejás en un circuito profesional podés vivir toda la vida así. Mientras tengas la energía: en la calle a veces hace frío, a veces calor, a veces las circunstancias, los locos, los ladrones, la policía, todo está en la calle. Pero la calle te hace parte de ese folclore y te acepta.

¿Y en qué te cambió tener un hijo?
–Ringo va a cumplir 4 años. Mi último sacudón fuerte había sido la muerte de mi vieja en el 2002. Y mi payaso se hizo oscurísimo, en los primeros seis meses, un año, yo estaba sin pareja, mi payaso era ése, esperanzado pero oscuro. El nacimiento de mi hijo cambió mi payaso de nuevo. Me pasa que descubrí a los nenes ahora. Laburé toda mi vida con chicos y me di cuenta de lo que es un chico desde el nacimiento de mi hijo. Hay chistes que no hago más. Porque ahora entiendo, los hacía desde la ignorancia, ahora no puedo, me duele demasiado.

La calle de Buenos Aires pareciera haber perdido la vitalidad de los ’90, cuando había grupos de mucha calidad en las plazas.
–A mí me encantaría que empezara a haber festivales de teatro de calle en Argentina, que nos den ese lugar, sueño con eso, con un Aurillac (el festival francés), con un Tarrega, creo que podría ser una forma importante de educación. Como cuando fui a Tarrega por primera vez, que es este festival que se hace en España y que recibe a 20.000 personas que van a ver teatro, que hay un camping casi gratis, que todo sucede en la calle, que la gran mayoría es a la gorra, yo he visto punkis, pasados, con agujas por todos lados, llorando con un número de títeres.

Esas son las particularidades de los espectáculos en la calle. Los puede ver cualquiera, no hay que entrar a ningún lugar, ni pagar entrada.
–En la calle una persona va caminando, y tiene que apostar a ver ese espectáculo, y se siente en peligro, en peligro de juego de niños, pero acepta con todos los demás, y comparte esas circunstancias híper particulares. Y si hay 400 personas echando una carcajada por algo que los hace muy felices, eso es compartir, que todos pensemos igual en algo, si no no reiríamos; lo que hace la risa es unir a la gente. Y eso es ancestral. Los indios, en redondo, el fuego en el medio, el médico brujo hablando, los otros festejando, en la calle pasa exactamente lo mismo. Y como somos todos muy viajeros cumplimos lo que hacían los circos antes, que era transmitir cultura. Antes llegaba un circo a tu pueblo, no había TV, y veías a unos húngaros, unos brasileños, unos japoneses, era una cosa cultural, eran distintos a vos. Los artistas callejeros somos bichos raros en todos lados. Yo una vez hice un cálculo de lo que sucede. Yo en una época tenía un contador y cuando comenzaba la función se lo daba a una persona del público y le decía: cada vez que te reís, marcame el contador. Yo después le pedía 1 centavo por risa, era una historia que tenía ahí, pero la cuestión es: la gente se reía 100 veces, 100 carcajadas por 400 personas son 40.000 risas. Que rebotan en redondo de 15 metros de diámetro. Eso es muy fuerte, tanto que hablan del reiki y eso, estar en un círculo con tantas risas que rebotan, eso le hace bien a cualquiera. Un artista callejero que hace reír a la gente y la descomprime, es un chamán.

¡Cuidado! Un payaso malo puede arruinar tu vida, el show de Chacovachi, se puede ver en Circo de Aire los sábados de agosto a las 21 (Perú 856). Entrada: $ 20.

28 de julio de 2009
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murió charles eastman


Dramaturgo y guionista. Entre sus trabajos cinematográficos se encuentran ‘The All-American Boy’ y ‘El precio del fracaso’.
[Dennis McLellan] Murió Charles Eastman, dramaturgo y guionista cuyos créditos incluyen las películas de los años setenta, ‘The All-American Boy’ y ‘El precio del fracaso’ [Little Fauss and Big Halsy]. Tenía 79 años.
Eastman, hermano de la fallecida guionista de ‘Mi vida es mi vida’ [Five Easy Pieces], Carole Eastman, murió el 3 julio por complicaciones de una enfermedad cardiaca en el Centro Médico Brotman, en Culver City, dijo Dave Schultz, un amigo.
Nativo de Hollywood, Eastman empezó a escribir a fines de los años cincuenta y varias de sus piezas dramáticas fueron producidas por pequeños grupos en Los Angeles, a principio de los años sesenta.
Empezó su carrera como guionista a mediados de los sesenta como corrector fantasma de películas como ‘La americanización de Emily’ [The Americanization of Emily], ‘El rey del juego’ [The Cincinnati Kid] y ‘Propiedad condenada’ [This Property Is Condemned].
Una década más tarde, un escritor del Times describió a Eastman en los años sesenta como "un talentoso y excéntrico escritor que rechazaba ofertas de importantes estudios y estrellas para optar por sus guiones originales, a menos que pudiera dirigirlos él mismo".
Sin embargo, Sidney J. Furie terminó dirigiendo el guión original de Eastman, ‘El precio del fracaso’, una película de 1970 con Robert Redford como corredor de motos.
‘The All-American Boy’, una película de 1973 sobre un prometedor boxeador de un pueblo chico (Jon Voigt), fue la primera, y única, película dirigida por Eastman.
Su tercer y último guión fue ‘Corazones de segunda mano’ [Second-Hand Hearts’, una película de 1981, de Hal Ashby, con Robert Blake y Barbara Harris. Se basaba en la pieza de teatro de un acto de Eastman, ‘The Hamster of Happiness’, que fue transmitida por ‘NBC Experiment in Televisión’ en 1968.
El guionista Robert Towne, que conoció a Eastman en los años sesenta, recordó la impresión que le causó un guión temprano de Eastman que nunca llegó a la gran pantalla: ‘Honeybear,I Think I Love You’, la historia de un joven perturbado, obsesionado con una niña.
"Para mí fue toda una revelación porque fue el primer guión contemporáneo que leía que abría posibilidades de todo lo que pudieras meter en un guión en términos de lenguaje y de observaciones de la vida contemporánea", dijo Towne esta semana.
"Era una pieza impresionante, y creo que influyó en varios de nosotros, pese a que no llegó a la pantalla", dijo Towne. "Todo el mundo trató de hacerla, pero Charlie era bastante especial en cuanto a cómo tenía que rodarse, y de algún modo creo que él impidió que se hiciera.
"Charlie era un original, eso es todo. Usaba el lenguaje de un modo que no había visto nunca antes".
Towne dijo que Eastman era "muy particular, muy estrafalario, muy parecido a su hermana", que escribió ‘Mi vida es mi vida’, con Jack Nicholson, con el seudónimo de Adrien Joyce.
"Creo que ella escribió de cierto modo sobre Charlie", dijo Towne. "Charlie era una de esas figuras misteriosas que arrojan una sombra mucho más grande sobre nosotros de lo que creemos normalmente".

Uno de cuatro hijos, Eastman nació el 18 de septiembre de 1929 en el seno de una familia que trabajaba en la industria cinematográfica: Su padre era iluminista de Warner Bros., y su madre fue durante largo tiempo secretaria de Bing Crosby.
De adolescente Eastman actuó en un pequeño teatro. Mientras estudiaba en Los Angeles City College, trabajó como figurante y durante un tiempo reemplazó a Jerry Lewis. Más tarde trabajó en el departamento de guiones de los canales NBC y CBS.
Entre las obras de Eastman se encuentran ‘The UnAmerican Cowboy’ y ‘Busy Bee Good Food All Night Delicious’.
También escribió cuentos, incluyendo ‘Yellow Flags’, que fue publicado en Atlantic Monthly e incluido en ‘O. Henry Prize Stories’ en 1993.
Desde que le implantaron un by pass cuádruple hace algunos años, Eastman escribió tres guiones, que todavía no han sido representados.
"Charlie se sentaba ante el ordenador todos los días y escribía", dijo Schultz. "Era su vida".
Eastman, cuya hermana murió en 2004, no tiene familiares directos.

15 de julio de 2009
10 de julio de 2009
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cuando miller conoció a marilyn


La vida del dramaturgo con Marilyn Monroe.
[Dwight Garner] Arthur Miller tenía 33 años y estaba en la cúspide de su carrera cuando, en 1951, vio por primera vez a Marilyn Monroe. Era el autor de ‘Todos eran mis hijos’ [All My Sons] y ‘Muerte de un vendedor’ [Death of a Salesman], la primera pieza que ganaría los tres premios de teatro más importantes del país (el Pulitzer, el Tony y el del Círculo de Críticos de Teatro de Nueva York). Pronto empezaría a trabajar en ‘Las brujas de Salem’ [The Crucible]. Ella tenía veinticuatro y, con apenas algunos papeles cinematográficos menores, era prácticamente desconocida.
La ocasión fue una fiesta en Hollywood en homenaje a Miller. Casado y padre de dos hijos, se quedó deslumbrado con el erótico escenario. Las mujeres se le ofrecían. Más tarde escribiría que no había "visto nunca el sexo tratado de modo tan casual como una recompensa al éxito".
Cuando llegó Monroe, se veía "casi ridículamente provocadora", metida en un vestido que era "descaradamente apretado, declarando antes que insinuando que había traído su cuerpo a la fiesta y que era el mejor que había en el salón". El director Elia Kazan captó "la deliciosa mirada de lascivia" en los ojos de Miller.
Miller y Monroe no se conocerían propiamente sino poco después, en el terreno de 20th Century Fox. Se atraían mutuamente. Para Monroe, conocerlo "fue como chocar contra un árbol", dijo. "Sabes, fue como un refresco cuando tienes fiebre". Pero Miller -alto, lincolnesco, faro de una probidad moral ahora en problemas- volvió a su vida y a su familia en Nueva York. Monroe se casaría pronto con Joe DiMaggio. No volvería a ver a Miller en varios años, y no se casarían sino en 1956.
La larga, extraña y elegíaca balada de Arthur Miller y Marilyn Monroe -que terminaría, en el caso de ella, en abortos, frascos de pastillas y una conducta cada vez más errática, y en el de él en una larga laguna en su carrera teatral- ocupa sólo algunos capítulos de ‘Arthur Miller, 1915-1962’, la nueva, sobria y gigantesca biografía de Christopher Bigsby. Pero son capítulos cruciales. El libro  avanza inexorablemente hacia la aparición de Monroe; su magnetismo succiona todo a su alrededor hacia ella, y rápidamente. La larga vida de Miller (1915-2005) puede ser dividida perfectamente entre A.M. y D.M. -antes y después de Marilyn.
La historia de Miller ya ha sido contada en su propia y amena autobiografía, ‘Timebends’, y más recientemente en la vigorosa y pendenciera biografía de Martin Gottfried, de 2003. Bigsby, un académico británico -la solapa se refiere a él como un "profesor de Estudios Americanos y director del Centro Arthur Miller de la Universidad de East Anglia"-, llega con materiales nuevos, especialmente cajas de documentos, incluyendo manuscritos inconclusos, puestos a su disposición antes de la muerte de Miller. Es un testigo más comprensivo que Gottfried de la vida de Miller, aunque algo más inclinado a los análisis culturales y literarios pedantes. Pero el esquema básico de la historia de Miller sigue siendo el mismo, y siempre tan fascinante.

El segundo de tres hermanos, Arthur Miller nació en el seno de una familia acomodada. Su padre, un emigrado judío de Polonia, era un poderoso y analfabeto hombre de negocios cuya compañía de ropa femenina empleaba a cerca de cuatrocientas personas y enviaba a vendedores a todo el país. La familia Miller vivía en East 110th Street en Manhattan; poseían una casa de verano en Far Rockaway, Queens; tenían chofer.
Todo se derrumbó. El padre de Miller había invertido fuertemente en la bolsa de valores y durante la Depresión perdió casi todo. La familia se marchó a Brooklyn, en lo que más tarde Miller llamó el territorio de Willy Loman. El adolescente Miller repartía pan todos los días a las cuatro de la mañana, antes de ir a la escuela, para ayudar a la familia.
Más interesado en los deportes que en el estudio, Miller ingresó a la Universidad de Michigan, donde empezó a escribir piezas de teatro y profundizó su interés en causas políticas radicales -un interés que lo llevaría a declarar ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas de la Cámara en 1956. (Miller había participado en reuniones del Partido Comunista, aunque dijo que nunca fue miembro; fue condenado por desacato al Congreso, un cargo desechado posteriormente, por negarse a mencionar a los otros asistentes).
Egresó de Michigan en 1938 y volvió a Nueva York, donde escribió radioteatro hasta que logró que sus trabajos más ambiciosos fueran puestos en escena. En 1940 se casó con su novia de la universidad, Mary Slattery. Su primera pieza representada en Broadway, ‘Un hombre con suerte’ [The Man Who Had All the Luck], fue destrozada por los críticos y cerró después de cuatro presentaciones. Tres años después, ‘Todos eran mis hijos’ [All My Sons] llegó a Broadway, derrotando a ‘El repartidor de hielo’ [Iceman Cometh], de Eugene O’Neill, al ganar el Premio del Círculo de Críticos de Teatro de Nueva York. Fue su despegue.
El libro de Bigsby está abarrotado de detalles picantes. Miller vivió brevemente en el mismo Brooklyn pardo rojizo que el joven Norman Mailer. (Mailer diría más tarde: "Sé que pensaba de mí que yo nunca iba a llegar a significar algo"). Miller escribió partes de ‘Muerte de un vendedor’ [Death of a Salesman] y ‘Las brujas de Salem’ [The Crucible] en verso. Escribió la primera parte de ‘Muerte de un vendedor’ una sola agotadora jornada. Estuvo a punto de titular como ‘Spirits’ a ‘Las brujas de Salem’. Veía a Dustin Hoffman, la estrella de un revival de 1984, como un Willy Loman "ligeramente dictatorial".
Bigsby, el comprensivo biógrafo, nos entrega una muestra de los severos críticos de Miller. Muchos veían su trabajo como programático. Mary McCarthy, por ejemplo, escribió que ‘Muerte de un vendedor’ "sufría" por la "insistencia en la universalidad" de Miller. (Bigsby se ha divertido con McCarthy, escribiendo sobre su rechazo de Eugene O’Neill: "Le fascinaba tanto que rodeó su trabajo como un murciélago lanzando chillidos agudos con la esperanza de que rebotara en alguna parte y se produjera un eco"). Hace zozobrar este libro del mismo modo que hizo zozobrar, durante un tiempo, la vida de Miller. Nos arrastra a todos, como a él. Es buen teatro.
Monroe venía saliendo de su infeliz matrimonio de nueve meses con DiMaggio. Miller se estaba preparando para declarar ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas de la Cámara, y su propio matrimonio se encontraba desde hacía bastante tiempo en problemas. Como el diabólicamente oportuno Kazan lo había dicho antes: "Se moría de ganas de alguna aventura sexual".
El público no aplaudió exactamente esta unión. Columnistas de chismes se obsesionaron, como lo dice Bigsby, con "el rojo encamado con la reina de las nieves de Estados Unidos". Mailer ironizó que "el Gran Cerebro Americano" había conocido al "Gran Cuerpo Americano".
Miller abandonaría su carrera para ayudarla con la suya, y pasó años trabajando en ‘Vidas rebeldes’ [The Misfits], dirigida por John Huston, para el que escribió el guión y que la tendría a ella como protagonista. Tuvo que ser hospitalizada y fue en esa época que tuvo su aventura con Yves Montand. La pareja se divorció en México en 1961; Miller se casaría con el fotógrafo de Magnum, Inge Morath, al que había conocido durante el rodaje.
Tras la muerte de Monroe en 1962, Bigsby en realidad levantó su enorme y ajetreada tienda. Miller siguió escribiendo importantes obras, como ‘Después de la caída’ [After the Fall] (1964), pero sus mejores trabajos estaban en el espejo retrovisor.

Libro reseñado
Arthur Miller, 1915-1962
Christopher Bigsby
Ilustrado
739 páginas
Harvard University Press
$35

10 de junio de 2009
2 de junio de 2009
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murió joan alexander


Actriz radial de los años cuarenta. Fue Lois Lane en ‘Superman’. Después de una temprana carrera como modelo y actriz de teatro, se convirtió en una versátil artista en decenas de series, especialmente como la secretaria Della Street en ‘Perry Mason’. A los 94.
[Adam Bernstein] Murió el 21 de mayo en el Hospital Presbiteriano de Nueva York, de una afección intestinal, Joan Alexander, destacada actriz radial de los años cuarenta conocida por su interpretación de Lois Lane, la intrépida reportera que era constantemente rescatada del peligro por Superman. Tenía 94 años.
Después de una temprana carrera como modelo y actriz de teatro, Alexander se convirtió en una versátil artista que trabajó en decenas de series radiales, especialmente como la fiel secretaria Della Street en ‘Perry Mason’. Representó a personajes recurrentes en culebrones de radio y dramas, como ‘Lone Journey’, ‘Light of the World’ y ‘This Is Nora Drake’.
Pero Alexander alcanzó gran relevancia -y perdurable fama entre los devotos fans de Superman- como una de las pocas mujeres que interpretó a Lane, una intrépida reportera del ficticio diario Daily Planet. De acuerdo a muchas fuentes, fue la tercera actriz en interpretar a Lane en la serie ‘Las aventuras de Superman’ [The Adventures of Superman], que salió al aire por primera vez en febrero de 1940 en la emisora WOR, de Nueva York, y conquistó una amplia audiencia tras su sindicación en red Mutual.
En la década siguiente, Alexander actuó con el actor Bud Collyer, que interpretó a Superman, el Hombre de Acero del planeta Kriptón, que salva a Lane de agentes enemigos durante la guerra y de varios otros enemigos empecinados en destruir el modo de vida americano. De día, Superman asumía el papel de Clark Kent, el torpe y tartamudo colega de Lane en la redacción.
Además de su trabajo para la radio -el programa fue emitido más tarde por el canal ABC-, Alexander y Collyer prestaron su voz para diecisiete cortos animados de Superman, hechos por los estudios Fleischer y Paramount, que se proyectaron en teatros durante la Segunda Guerra Mundial.
Alexander y Collyer volvieron a unirse a fines de los años sesenta para hacer la voz de los dibujos animados del sábado en la mañana, ‘Las nuevas aventuras de Superman’ [The New Adventures of Superman] de CBS.
Alexander fue una invitada habitual del programa de juegos en televisión, ‘The Name’s the Same’, a principio de los años cincuenta, y tuvo un papel secundario en Broadway en la comedia de Jean Kerr, ‘Poor Richard’ (1964), con Alan Bates y Joanna Pettet.
Luego se convirtió en ama de casa y presentadora, casándose por tercera y última vez con Arthur Stanton, un prominente distribuidor de coches que introdujo el escarabajo de Volkswagen en Estados Unidos.

Alexander nació como Louise Abras el 16 de abril de 1915, en St. Paul, Minnesota. Trabajó como modelo y luego como actriz, adoptando un nuevo nombre de pila, que tomó de la actriz Joan Crawford.
En 1944 se casó con John Sylvester White, un actor mejor conocido por su papel como Michael Woodman, el director asistente en la serie de televisión ‘Welcome Back, Kotter’. El matrimonio terminó en divorcio, como más tarde su matrimonio con Robert T. Crowley. Estuvo casada con Stanton desde 1955 hasta su muerte en 1987.
Le sobreviven una hija de su segundo matrimonio, la novelista Jane Stanton Hitchcock, a la que Stanton adoptó y vive en Nueva York y Washington, D.C.; un hijo de su tercer matrimonio, Timothy Stanton, de Nueva York; una media hermana; y un nieto. Otro hijo de su tercer matrimonio, Adam Stanton, murió en 1993.
Se dice que Arthur Stanton dejó a Alexander una herencia de setenta millones de dólares. El año pasado la actriz presentó una demanda acusando a sus asesores financieros de fraude, negligencia profesional y otros delitos por perder o robar gran parte de esa fortuna. El caso está pendiente.

6 de junio de 2009
©los angeles times 
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