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esclavitud en brasil 1


[Kevin G. Hall] Hacendados brasileños esclavizan a trabajadores para talar la selva amazónica e iniciar instalaciones ganaderas y madereras. Parte importante de los productos obtenidos mediante la esclavitud son elaborados por compañías estadounidenses. Aunque la esclavitud está penada por la ley, no se ha detenido nunca a un hacendado.
Maraba, Brasil. José Silva llegó al Rancho Macauba en la región oriental del Amazonas, Brasil, con la esperanza de ganar algunos cientos de dólares despejando la selva.
Dos años más tarde, debe 800 dólares y vive aterrado de que si trata de abandonar el rancho, Gilmar, su capataz, empuñe su revólver calibre 38 y lo mate.
"Lloraba en mi hamaca por la noche y pedía a Dios que me ayudara a escapar. Me sentía como un esclavo", contó a Knight Ridder.
Silva era un esclavo moderno, trabajaba con otros 46 hombres y un niño despejando la selva con machetes, sierras y tractores desde la salida del sol hasta el atardecer bajo el implacable sol tropical, siete días a la semana, y a cambio de nada.
Él y los otros recibían una comida al día: arroz con frijoles y algo de pollo o carne, que debían comer de pie para que no se relajaran. No había retretes en el campamento de trabajadores, sólo arbustos.
Las heces de las ratas moteaban los sacos de arroz en las bodegas del campamento. Las moscas cubrían la carne cruda que colgaba de cordeles de tender ropa bajo el sol tropical.
Los trabajadores no recibían atención médica, incluso aunque uno de ellos temblaba de malaria, una enfermedad propagada por los ubicuos mosquitos del Amazonas.
Brasil abolió la esclavitud en 1888. A principios de año, sin embargo, el gobierno reconoció ante Naciones Unidas que al menos 25.000 brasileños trabajan en "condiciones similares a la esclavitud". El funcionario anti-esclavitud más importante de Brasilia, la capital, calcula el número de esclavos modernos en el país en unas 50.000 personas.
Los frutos del trabajo esclavo en Brasil terminan en Estados Unidos bajo la forma de maderas duras importadas, hierro en lingotes y carnes procesadas. Otros productos, como la soja producida en haciendas que han sido despejadas por trabajadores esclavizados, compiten con los productos norteamericanos en los mercados mundiales.
‘Silva' no es el nombre verdadero del trabajador del rancho. Cuando un periodista de Knight Ridder lo encontró, era un informante de los investigadores del departamento del trabajo brasileño. Acompañado por una escolta fuertemente armada de la policía federal, volvía al Rancho Macauba. Podría ser llamado a declarar como testigo en algún juicio y los funcionarios laborales insistieron en que, por temor a represalias, no podía ser identificado.
Aunque los hacendados no poseen a los modernos esclavos de Brasil, los trabajadores trabajan a punta de pistola y bajo la amenaza de agresiones, ocultos por la vasta selva amazónica y, en muchos casos, más allá del alcance de la ley.
La mayoría de ellos son hombres analfabetos de los estados norteños de Brasil, donde sus familias viven en diminutas casas con piso de tierra y sin agua potable. Sus hijos se pelean por la comida con gatos y perros.
Los reclutadores que les prometen trabajos en la tala de la selva con pagas de tres a cuatro dólares al día encuentran fácil convencer a estos hombres para que viajen cientos de kilómetros al sudeste para despejar terrenos en los bordes de la selva amazónica.
"Nuestra situación nos obliga a viajar", dijo José Egito dos Santos, 43, padres de cuatro hijos, que fue esclavizado tiempo atrás. Él es un peón del campo en el norteño estado de Piaui, donde se considera afortunado de ganar 20 dólares al mes.
La esclavitud persiste en Brasil -el único entre los países sudamericanos- por una simple y compleja razón. La razón simple es que los esclavos están fuera de la vista y de la mente: no es probable que los brasileños de Río de Janeiro y Sao Paulo, que dominan la cultura política nacional, se preocupen de los esclavos del Amazonas. Tan probable como que los neoyorquinos se preocupen de los inmigrantes ilegales que cruzan el valle del Río Grande.

Fuera Del Alcance De La Ley
La región oriental del Amazonas, donde se dan la mayoría de los casos de esclavitud, es remota, y sus hacendados no se sienten limitados en su manera de tratar a los trabajadores. "Los hacendados creen que privar a alguien de su libertad e incluso de su vida es la cosa más normal del mundo", dijo Marinalva Cardoso, jefe de un equipo contra la esclavitud del gobierno.
Según la ley, someter a esclavitud a un trabajador puede significar para un hacendado dos a ocho años de prisión, además de multas. Sin embargo, las multas son tan bajas -menos de 110 dólares por caso- que constituyen en el peor de los casos un pequeño coste de los negocios. Y ningún hacendado ha sido nunca encarcelado por ello.
La razón compleja es que los modernos esclavos de Brasil son dientes de engranaje de la economía global. Su trabajo hace que las exportaciones de Brasil de carne de res, soja, madera y hierro sean más baratas, a menudo mucho más baratas que los productos norteamericanos con los que compiten en el mercado.
En el Rancho Macauba, donde trabajaba Silva, unos esclavos talaban la selva con machetes para que los leñadores pudieran entrar a por la madera tropical, abrir terrenos para el ganado y ganar tierras agrícolas para el cultivo de soja.
Brasil es el principal exportador de carnes cocidas y procesadas a Estados Unidos. Carne de ganado criado en tierras despejadas por el trabajo de los esclavos puede terminar en productos tales como carne en conserva Con Agra's Mary Kitchen.
Normalmente los artículos producidos con el trabajo de los esclavos en Brasil se mezcla con artículos producidos por trabajadores legales. Para cuando llegan a Estados Unidos es casi imposible determinar qué cargamento está contaminado por la esclavitud. Las compañías estadounidenses, sin embargo, importan productos de regiones de Brasil donde la esclavitud está bastante extendida.
Maderas tropicales brasileñas tales como cumaru, ipe y jatoba, algunas de las cuales son recogidas por esclavos o hechas accesibles a los leñadores por trabajadores sometidos a esclavitud, son vendidas en muchas partes como láminas para el suelo y de recubrimiento de maderas exóticas. En tiendas estadounidenses tales como la Home Depot's Expo Design Centers, esas maderas son vendidas como cerezo, teca y nogal brasileños.
La madera talada sin valor comercial termina en los hornos de carbón vegetal, que son a menudo trabajados por esclavos o por trabajadores que hacen lo que los brasileños denominan trabajo ‘degradante': trabajadores considerados ligeramente menos explotados porque no son obligados a trabajar contra su voluntad. Los trabajadores que hacen trabajos degradantes en el Amazonas totalizan cientos de miles y de acuerdo a algunas estimaciones un millón o más.
Los altos hornos en el oriente de Amazonas combinan el carbón que producen con el hierro local para hacer hierro en lingotes, que es para los productos de elaborados de hierro y acero lo que el chocolate para hacer es para la torta y dulce de chocolate.

Importadores Estadounidenses
Las compañías estadounidenses importaron prácticamente todos los 2.2 millones de toneladas de hierro en lingotes que produjo el norte de Brasil el año pasado. Uno de los más grandes compradores fue Nucor Corp., de Charlotte, Carolina del Norte, el principal fabricante de acero norteamericano, cuyos productos se utilizan en una infinidad de productos, desde coches hasta vigas de acero.
Ejecutivos de compañías estadounidenses contactadas por Knight Ridder dijeron que no sabían nada de la relación entre la esclavitud en Brasil y sus productos, que tenían cláusulas específicas en los contratos con los suministradores para asegurarse de que lo que compraban no estaba contaminado por el trabajo de esclavos, o no consideraban que el problema fuera importante.
Nucor compra hierro en lingotes a Ferro Gusa do Maranhao (Fergumar), una manufacturera brasileña de hierro en lingotes que los inspectores del trabajo han determinado que compraba carbón a un rancho que utilizaba el trabajo de esclavos. "No lo sabemos, no tenemos nada que ver con eso. Eso es algo que es de competencia del gobierno brasileño... Nucor no cuenta con medios para influir sobre el problema", dijo Dan DiMicco, presidente y director ejecutivo de Nucor.
Kay Carpenter, portavoz de ConAgra Foods en Omaha, Nebraska, que compra carnes de res cocida en Brasil y la vende bajo la etiqueta de Mary Kitchen, dijo hace algunos años que su compañía estaba "alejada por varias fases [del proceso de producción]" de los ranchos ganaderos que operan en tierras despejadas por esclavos.
En Cargill Inc., la sede mundial en Minneapolis, la portavoz Lori Johnson dijo que el gigante de la agricultura industrial tenía poca influencia sobre los productores de soja brasileños. "Creo que es injusto apuntar a Cargill y decir que Cargill es la única responsable de las acciones de otra gente", dijo.
Las compañías estadounidenses pueden no ver nada malo en ello, pero las condiciones laborales en algunas haciendas y ranchos brasileños pueden ser todavía peores que aquellas sufridas por los 3.6 millones de esclavos africanos de los que Brasil dependió durante cuatro siglos, dijo Marcelo Campos, que encabeza los programas contra la esclavitud en el ministerio brasileño del Trabajo.
"Los esclavos legales eran considerados propiedad y cuidados porque eran un capital", dijo. "Tenían que alimentarlos y alojarlos porque el dueño necesitaba asegurarse de que siguieran vivos. El esclavo de hoy no es un problema (para el hacendado). Los usa como una mercadería temporal, como una hoja de afeitar desechable".

Amenazas De Maltratos
Egito dos Santos, el campesino de Piaui, dijo que su capataz había amenazado con matar a los trabajadores si trataban de escapar.
Otro trabajador explotado, Gilvado Mendes Soares, 27, un robusto y moreno trabajador esclavo en el Rancho Aguilar en el estado de Pará al sudeste de Brasil, dijo que no había recibido nada de comer en tres días, pero que no se quejaba. Lo que le preocupaba, dijo, era que los hacendados lo trataran en el rancho como habían tratado a otro trabajador, al que habían golpeado hacía una semana y echado sin pagarle. Él había pedido repetidas veces que le pagaran, dijo. "Siempre dicen mañana, pero mañana no llega nunca".
José Silva y los otros trabajadores en el Rancho Macuba nunca recibieron los tres a cuatro dólares diarios que les habían prometido. Gilmar, el capataz que reclutó a muchos de ellos, deducía dinero de sus salarios para pagar los costes de transporte por tren y camión que habían utilizado para llegar al rancho. Su almuerzo, que les habían prometido que estaba incluido, les costaba un dólar al día.
Para dormir, hacinados como sardinas, debían primero comprar sus hamacas. Debido a que los hombres nunca habían aprendido a contar, dejaban que Gilmar llevara las cuentas; el capataz les creaba deudas que convertía en días de trabajo debidos. Cuando Silva huyó del Rancho Macauba, le debía a Gilmar más de 260 días de trabajo.
Silva esperó hasta después de medianoche un día, puso un tronco torcido en su hamaca para ganar algo de tiempo y escapó. Caminó durante cuatro días sin comer hacia Maraba, el pueblo más cercano de alguna importancia, donde encontró ayuda a través de una oficina rural de derechos cívicos de la iglesia católica.

1 de octubre de 2004
©miamiherald©traducción mQh

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