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guerra de pandillas en nápoles


[Tracy Wilkinson] La ciudad, emblemática del abandonado sur italiano, lucha contra un violento tráfico de drogas a medida que trata de efectuar un renacimiento que atraiga a los turistas.
Nápoles, Italia. El barrio de las Flores y sus calles tienen nombres poéticos como Praga Mágica y Huerto de Cerezas. Pero es universalmente conocido por el Tercer Mundo.
Es donde Carmela Attrice, 47, fue asesinada a balazos a mediados de enero después de un joven matón la engañara para sacarla de su apartamento, todavía en pijama. Es donde el jefe mafioso Cosimo ‘Gordo' Di Lauro, que supuestamente ordenó el asesinato de decenas de rivales, fue detenido mientras cientos de sus partidarios escupían a la policía. Está cerca de donde un supuesto gángster fue decapitado, su cuerpo metido en un coche destrozado con la cabeza entre sus piernas.
En los rudos suburbios norteños de Nápoles, se libra una violenta guerra de pandillas cuando facciones de la Camorra, la versión regional de la mafia, luchan por el control del multibillonario tráfico de drogas.
Se calcula que el año pasado la guerra de pandillas costó la vida a 140 personas en Nápoles, y las bajas se han acelerado en meses recientes.
"La Camorra es un enorme monstruo cuyos tentáculos llegan a todos los rincones del barrio", dijo Paolo Prisco, 30, asistente social que vive en el borde norte de la ciudad.
La disputa se concentra en los suburbios de Scampia y Secondigliano, tensos enclaves de proyectos de torres residenciales urbanas que han llegado a ser el símbolo de la peor alienación urbana. Pero los asesinatos de la Camorra se cometen en otros lugares.
Un hombre fue matado a balazos en un restaurante en las cercanías del centro de Nápoles, cayendo con la cabeza en la pizza que comía. Una niña de 14 años, agarrada por un gángster como escudo humano, fue asesinada en el cercano barrio de Forcella algunos meses antes.
Para esta ciudad que fue alguna vez gloriosa y hoy se atormenta, la violencia no podría haber sido más inoportuna. La capital de un reino durante la era medieval y después, Nápoles cayó en decadencia después de la Segunda Guerra Mundial. En los últimos años, la ciudad ha invertido millones de dólares para lanzar un muy publicitado renacimiento y deshacerse de la imagen de una lugar plagado por el crimen al que hay que evitar.
Las autoridades de la ciudad han llevado arte público a las estaciones del metro, restaurado iglesias medievales y palacios borbónicos y limpiado las peores secciones del espectacular paseo marítimo de Nápoles, desde donde se puede ver el Monte de Vesubio cubierto por la nieve. Funcionarios dijeron que el turismo, en descenso en otras partes de Italia, aumentó en Nápoles el año pasado.
La guerra de las pandillas pone en peligro todo eso. Además, hace surgir serias preguntas sobre el gobierno central del primer ministro Silvio Berlusconi y su capacidad para imponer la ley y el orden. Muchos napolitanos culpan a sucesivos gobiernos de ignorar la tragedia de la ciudad portuaria.
"Hay un fuerte daño", dijo el teniente coronel Claudio Dimizi, que supervisa la región de Nápoles para los carabineros de la policía nacional. "Amigos míos no se atrevieron a venir para Navidad".
Los carabineros paramilitares han se han desplazado en el norte de Nápoles en un intento por reducir la guerra. Gran parte de los últimos asesinatos no han tenido como blanco a los mafiosos mismos, sino a sus familiares (incluyendo a Carmela Attrice) o novias en asesinatos que un fiscal llamaría de venganza indirecta, y debido a que muchos de los tíos malos están en prisión. Desde noviembre, se ha detenido a cientos de personas.
Pero la represión policial solamente no hará retroceder a una organización que tiene 200 años y que se nutre de la pobreza, la desesperación y al desatado temor en el área.
"No se puede derrotar a la Camorra", dijo el reverendo Fabrizio Valletti, cura jesuita que preside la iglesia de Santa María de la Esperanza en Scampia. "Es la única organización económica de aquí. Es importante construir alternativas sólidas; ahora no hay ninguna".
Instalada entre los deprimentes bloques de apartamentos donde los traficantes venden drogas abiertamente y los usuarios arrojan las jeringas usadas a las agrietadas aceras, la iglesia está rodeada totalmente por barras de metal. Para entrar a ella hay que abrir varios postigos de varias pesadas puertas de metal. Valletti dice pícaramente que la iglesia es un búnker; la policía se refiere a ella como la "iglesia blindada". Valletti, 66, dijo que la Camorra era para sus feligreses algo parecido a una agencia de ayuda social. Si un hombre es enviado a la cárcel, la Camorra mantendrá a la familia. En una región donde no hay trabajo, la Camorra paga por los asesinatos, la vigilancia y otras tareas ilícitas.
Para una juventud descontenta y desesperada, la imagen del jefe mafioso -duro, arrogante, en el mando- es tentadora. Después de que Di Lauro se recuperara, su fotografía empezó a aparecer como pegatina para celulares de los jóvenes de Nápoles.
La ciudad representa y amplifica los problemas del sur menos desarrollado de Italia. El desempleo en Nápoles es tres veces mayor que el promedio nacional. En los barrios bajos del norte, la mitad de los jóvenes adultos están sin trabajo. La tasa de nacimiento es también más alta que en el resto del país, como también las tasas de analfabetismo adulto y de abandono de estudios.
Los extranjeros no son bienvenidos en Scampia y Secondigliano. Cuando dos visitantes llegaron a la iglesia acompañados por la policía, dos jóvenes que son vigías de la Camorra aparecieron espontáneamente. "¿Ves a esa mujer allá arriba en la ventana?", preguntó uno de los escoltas policiales, señalando hacia el cuarto piso de un apartamento cercano. "¿La que pretende estar checando la ropa y que habla por el celular?" Ella también estaba informando.
Giovanni Corona, el fiscal del estado de Nápoles que lleva los casos de la Camorra, dijo que la mafia napolitana había pasado de ser un sindicato criminal similar a la mejor conocida mafia siciliana, en las que las familias llevan los negocios y compiten por el poder, a algo más parecido a las pandillas callejeras. La desintegración es la causa de la guerra actual.
Durante los últimos 20 años o algo así, Paolo Di Lauro, jefe del clan de la Camorra que controla los suburbios del norte, dirigió un estrechamente controlado imperio de la droga que importaba cocaína y heroína y la distribuía a través de un ejército de dealers, dijo Corona. A cambio de ese monopolio y tajadas fijas de los beneficios, Di Lauro permitía a los cabecillas de los barrios un cierto grado de autonomía.
Hace dos años Di Lauro entró en la clandestinidad cuando las autoridades comenzaron a darle caza. Dejó sus negocios a sus hijos, y Cosimo ‘el Gordo' quedó a cargo. Pero él tenía sus ideas sobre el sistema de distribución. Depuso a los gángsteres más viejos y los remplazó por jóvenes matones nuevos en los negocios. Rebelándose, una facción ahora conocida como los ‘ secesionistas' , declaró la guerra a Di Lauro en octubre. Día tras día las dos pandillas se dan guerra con una brutalidad que asombra incluso a los endurecidos carabineros.
La nueva generación de gángsteres, la mayoría de ellos cerca de los treinta, "van armados, son violentos e intrépidos", dijo Corona. "Obedecen órdenes. Matar sin pestañear".
En barrios como el del Tercer Mundo, los gángsteres viven sin exhibir su riqueza. Permanecen en áreas empobrecidas para controlarlas mejor, dicen detectives. Desde fuera, los bloques de apartamentos están salpicados de graffiti y se ven pobres y anodinos. Dentro, sin embargo, los jefes de la Camorra viven como nuevos ricos, con pesados candelabros, frascos de perfumes de cinco litros y materiales gráficos horteras, dicen policías que los han allanado.
Jueces, policías y activistas anti-mafia en Nápoles están todos de acuerdo en que, guerra o no, la Camorra continuará creciendo a menos que el gobierno nacional preste más atención a los problemas de la ciudad con las inversiones, los programas de trabajo y la infraestructura. Alarmados de que su credibilidad como gobernantes sea socavada, varios importantes funcionarios de gobierno visitaron Nápoles y los suburbios del norte.
"Es del interés de todos erradicar y eliminar este cáncer que nos está comiendo vivos", dijo el presidente Carlo Azeglio Ciampi.

17 de febrero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
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