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peligro en calles de haití


[Ginger Thompson] Nuevo azote de secuestros que aterran a ricos y pobres.
Puerto Príncipe, Haití. Ella es una cajera de banco. Su marido reparte paquetes de correo para DHL.
En un país donde un 70 por ciento de los adultos no tiene trabajo, eso significa que Gehanne y Jacques-Henri Beaulieu tienen una pequeña fortuna.
Se las quitaron el martes.

Cuando la señora Beaulieu llegó al trabajo el martes en la ajetreada Rue des Miracles, a plena luz del día, tres hombres armados de armas largas se introdujeron violentamente en su coche. Al cabo de una hora llamaron por celular a su marido y exigieron 20.000 dólares.
"Si no nos das el dinero", dijo una voz, a la vez amable y fría, "la ejecutaremos". Saqueando sus propias cuentas bancarias, el señor Beaulieu logró reunir 2.700 dólares. Empezó a llamar a sus amigos y parientes, muchos en Estados Unidos, pidiendo dinero desesperadamente.
"Le pedí a todos: ‘Por favor, ayudádme a recuperar a mi esposa'", dijo menos de dos horas después del secuestro, todavía con pánico, después de que amigos de su familia ayudaran a un periodista a tomar contacto con él. "Si la recupero, la voy a enviar fuera de aquí".
"Este país está sin control", dijo. "Nadie está a salvo".
En realidad, más de un año después del inicio de otra transición política plagada de conflictos, es difícil decir quién, si alguien, está a cargo de Haití.
Después de una rebelión armada, meses de violentos enfrentamientos políticos aquí en la capital, y fuertes presiones de Estados Unidos que obligaron al presidente Jean-Bertand Aristide a dejar su cargo en febrero de 2004, el mundo prometió 1.4 billones de dólares de ayuda, y Naciones Unidas envió más de 8.000 tropas de paz para ayudar al endeble gobierno interino a poner orden en el país más pobre del hemisferio occidental.
Pero el caos reina todavía. En las dos últimas semanas, pistoleros dispararon contra la furgoneta de la embajada norteamericana, y el ministerio de Asuntos Exteriores ordenó al personal no indispensable a dejar el país. El cónsul honorario francés, Paul-Henri Mourral, fue matado el martes a balazos en la carretera entre Puerto Príncipe y Cap Haitien.
También el martes pistoleros persiguieron a agentes de policía en un popular mercado y luego lo incendiaron, matando al menos a 10 personas. Y el sábado, siete personas fueron asesinadas y seis casas quemadas cuando la policía devolvió un golpe contra bandas callejeras en Bel-Air, una violenta barriada. No tardó mucho tiempo aquí en las calles para ver que los problemas de Haití eran profundos y extensos. Incluso los partidarios del gobierno interino lo describen como demasiado débil para inspirar confianza y negociar la paz con las dispares facciones políticas del país. Observadores extranjeros dicen que la comunidad internacional ha fracasado en emprender el largo, arduo y peligroso trabajo de reconstruir Haití, casi desde la nada. Muchos haitianos se preguntan abiertamente si hay suficiente dinero y personal en el mundo para hacerlo.
Según informes de diplomáticos y observadores políticos, activistas de derechos humanos y empresarios, este sigue siendo un país en camino a la implosión, con casi todas sus instituciones saqueadas desde dentro por la corrupción. Despiadas turbas han surgido en su lugar, dirigidas por traficantes de drogas, ex oficiales militares, agentes de policía corruptos y matones. Han desencadenado una devastadora ola de asesinatos, robos de autos, atracos a mano armada y violaciones.
Los secuestros son la última plaga.
Como la mayoría de los delitos, los secuestros no son siempre denunciados. Pero autoridades del gobierno interino y diplomáticos extranjeros calculan entre 6 a 12 los secuestros que se producen cada día en esta ciudad. Entre ellos están los casos más publicitados, como los recientes secuestros de un empresario indio y de un contratista ruso de Naciones Unidas. Algunas autoridades dijeron que habían recibido informes de vendedores de verduras que son secuestrados por 30 dólares.
Una abrumadora mayoría de los casos parecen dirigidos contra la clase media y los trabajadores. Temerosos de acudir a la policía, la mayoría de las familias negocia con los secuestradores de propio acuerdo. La familia de la señora Beaulieu negoció durante horas, por celular, con un secuestrador que se hizo llamar "comandante".
Hacia las cuatro de la tarde del martes, sus parientes le dijeron que tenían 4.000 dólares. El comandante dijo que los aceptaba, y dijo a Michel Lapin, 39, cuñado de Beaulieu, que se fuera solo en la noche a entregar el rescate en una casa en Bel-Air.
Cuando Lapin llegó allá, dijo, cuatro hombres le alumbraron con una linterna a los ojos. Uno de ellos le empujó con una pistola en su estómago; otro le arrebató el bolso de las manos y empezó a contar el dinero.
Entonces apareció el comandante. Aparentemente indiferente sobre la posibilidad de que pudiera ser identificado, miró a Lapin a los ojos, le agradeció por el dinero y dijo que la señora Beaulieu sería liberada en unas horas.
Sollozando, fue liberada hacia las 8:30 de la tarde, en una esquina cerca de Bel-Air.
"Nadie está a salvo", dijo Kako Bourjolly, un amigo de la familia. "Esta no es una familia rica. No es una familia política. Son simples haitianos, de vidas sencillas. Pero ahora el peligro está al otro lado de la puerta".
Un informe la semana pasada del Grupo de Crisis Internacional, de Bruselas, responsabilizó de gran parte de la violencia en Haití a los "malhechores", incluyendo a traficantes de drogas, que están bien conectados con el sistema político pero no tiene lealtades reales. En una rueda de prensa el viernes, el primer ministro Gérard Latortue dijo que muchos de los jefes de las bandas que incitan a la violencia son haitianos que han pasado algún tiempo en cárceles norteamericanas.
"Estados Unidos está exportando sus problemas de criminalidad a Haití", dijo Latortue. "Muchos de los delincuentes en Haití han aprendido a delinquir en Estados Unidos y cuando son deportados aquí, traen sus nuevas habilidades con ellos".
Danielle Magloire, portavoz del grupo de gobierno provisional de Haití, el llamado Consejo de Sabios, estuvo de acuerdo. "No hay una guerra ideológica en Haití", dijo en una entrevista. "Los delincuentes aquí no son activistas políticos. Son mercenarios".
Sin embargo otros observadores dijeron que la violencia en Haití tenía sus raíces en la política. Human Rights Watch dijo en una carta a Naciones Unidas del mes pasado que antiguos miembros de las fuerzas armadas, incluyendo a muchos que ayudaron a derrocar a Aristide, eran responsables de los galopantes abusos en las provincias, incluyendo detenciones ilegales y extorsiones.
Aquí en la capital las barriadas pobres como Bel-Air y Cité Soleil, dominadas por bandas pro Aristide llamadas chimères, siguen siendo impenetrables para la policía.
John Currelly, un canadiense que representa a la Fundación Panamericana de Desarrollo, de Washington, fue secuestrado el 24 de mayo por cinco hombres que llevaban pistolas baratas, algunas de ellas sujetas con cinta de pegar. Fue liberado 16 horas más tarde. La mayoría de los hombres que lo retuvieron tenían fotografías de Aristide pegadas en las culatas de sus rifles.
En total, según informes de grupos de derechos humanos, más de 700 personas han sido asesinadas en los últimos ocho meses. La Policía Nacional de Haití -con unos 3.000 agentes para cubrir una población similar a la de Nueva York en un área 35 veces más grande- dijeron que no tenían el tipo de armas y adiestramiento que necesitan. La fuerza pacificadora de Naciones Unidas tiene más de 6.000 soldados, pero han sido criticados aquí y en Washington por su incapacidad en desmantelar y desarmar a las bandas.
El embajador de Estados Unidos en Haití, James B. Foley, dijo en una entrevista que las tropas de pacificación brasileñas de Naciones Unidas parecían estar inmovilizadas por comprensibles temores sobre las bajas entre sus propias filas así como entre la gente cuya protección les fue encomendada.
Foley dijo que Haití -donde la mayoría de la gente vive con 1 dólar al día, más del 40 por ciento de los niños sufre desnutrición y el parto es la segunda causa de muerte entre las mujeres- se enfrenta a una miríada de retos en su lucha por la estabilidad. Pero, dijo, no se hará progresos en ningún frente si el gobierno no controla las calles.
Dijo que la reforma de la policía era crucial para la lucha contra el crimen, y que Estados Unidos estaba considerando una excepción única de su prohibición de venta de armas a Haití para aprobar una petición del gobierno haitiano para comprar 1.7 millones de dólares en equipos para las fuerzas policiales.
"Haití está cerca de ser un país fracasado", dijo Foley. "Mucha gente considera la actual misión en Haití como su última posibilidad de concitar un mayor esfuerzo internacional para ayudarlo a ser auto-suficiente".
Interrogado sobre por qué Estados Unidos no ha destinado tropas, dijo que había enviado tropas el año pasado y que gastaría unos 200 millones de dólares en ayuda a Haití solamente este año. Pero señaló que Estados Unidos también está comprometido en su campaña internacional contra el terrorismo.
La creciente inseguridad en la capital ha despertado nuevos temores. Las autoridades advierten que no pueden proteger a su pueblo de la inminente temporada de huracanes, y mucho menos para que se puedan celebrar las elecciones nacionales convocadas para principios de octubre. Los principales caminos desde la capital hacia el aeropuerto internacional y hacia el puerto son considerados peligrosos. Estados Unidos y varios otros países, entre ellos Gran Bretaña, Australia y Canadá, han emitido avisos en las últimas semanas sobre un aumento de los ataques contra extranjeros y aconsejado a sus ciudadanos no viajar al país.
Escuelas y negocios en el centro de la ciudad se encuentran cerrados. Haitianos adinerados con parientes en el extranjero han empezado a dejar el país. Los que se quedan dicen que tienen cada vez más miedo de salir de casa.
Jean-Gérard Gilbert, director de una escuela secundaria privada en el centro de la ciudad, fue secuestrado a las 6:30 de la mañana el miércoles a las puertas de la escuela. Su esposa, Maryse Gilbert, dijo que él la había llamado media hora más tarde.
"Me han secuestrado", le dijo. "Me han disparado dos veces en mis pies".
Entonces la señora Gilbert dijo que los secuestradores le arrebataron el teléfono y exigieron 200.000 dólares. "¿De dónde cree usted que voy a sacar ese dinero?", les preguntó.
Después de horas de negociaciones, dijo la señora Gilbert, ella y los secuestradores alcanzaron un acuerdo sobre el rescate. No reveló la suma, pero dijo que parientes habían proporcionado el dinero, y que los secuestradores prometieron liberar a su marido.
A las 8 de la tarde del miércoles llamaron para decir que su marido estaba en coma.
El jueves en la mañana Gilbert todavía no había aparecido. Sus estudiantes realizaron una manifestación frente a la escuela para exigir su entrega.
Desde un coche un pistolero abrió el fuego contra ellos. Dos estudiantes quedaron heridos y fueron trasladados a un hospital.
La señora Gilbert siguió sola en la escuela el jueves por la tarde, esperando que sonara su teléfono.
"No sé adónde ir", dijo. "No sé qué hacer".

Michael Kamber y Régine Alexandre contribuyeron a este reportaje.

6 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh
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