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[William E. Odom] Si Estados Unidos se retirara hoy de Iraq recuperaría el prestigio e influencia perdidos en el mundo.

¿Retirarse inmediatamente o mantener el curso actual? Hoy, ésa es la pregunta clave sobre la guerra en Iraq.
La opinión pública estadounidense está decididamente contra la guerra; incluso en los ‘estados rojos’, más de la mitad de los americanos quieren retirarse. Es un sentimiento comprensible.
El sueño de preguerra de una democracia liberal iraquí amistosa hacia Estados Unidos ya no es verosímil. Ningún presidente iraquí con suficiente poder y legitimidad para controlar el país será pro-americano. Sin embargo, el presidente Bush dice que Estados Unidos debe mantener el curso. ¿Por qué? Consideremos los argumentos más recurridos de su gobierno para seguir en Iraq.
-Si nos retiramos, habrá una guerra civil. En realidad, la guerra civil en Iraq empezó semanas después de que las tropas estadounidenses derrocaran a Saddam Hussein. Incluso Bush, que se muestra normalmente impertérrito ante hechos poco cómodos, admitió hace poco que Iraq está al borde del abismo de la guerra civil. Iraquíes están peleando contra iraquíes. Los rebeldes han matado más iraquíes que estadounidenses. Eso se llama guerra civil.
-La retirada reforzará a los terroristas. Es verdad, pero ese es el precio que estamos condenados a pagar. Nuestra ocupación de Iraq también les alienta, precisamente porque nuestra invasión hizo de Iraq un refugio para ellos. Nuestra ocupación también dejó con una opción a los baazistas sobrevivientes: Rendirse, o aliarse a Al Qaeda. Optaron por lo último. Mantener el curso no cambiará este hecho. Retirarse significará probablemente que los grupos sunníes se tornarán contra Al Qaeda y sus simpatizantes, para expulsarlos de Iraq.
-Antes de que se reduzcan las tropas americanas, las fuerzas de seguridad de Iraq deben estar formadas. El problema de Iraq no es la competencia militar. El problema es la lealtad. ¿A quién deben lealtad los oficiales y soldados iraquíes? Los campos políticos en Iraq son todavía cambiantes. Todo soldado y oficial iraquí corre el riesgo de optar por el lado equivocado. Como resultado, la mayoría de ellos opta por una posición amplia que les permite mudar de alianzas. Los adiestradores militares estadounidenses no pueden modificar esa realidad, que sí puede ser modificada por la consolidación política. El poder político sólo puede ser establecido mediante armas iraquíes y una guerra civil, no mediante elecciones ni el colonialismo estadounidense a través de ventriloquia.
-Fijar una fecha de retirada dañará la moral de las tropas estadounidenses. Detrás del argumento sobre la moral de las tropas se oculta la incapacidad de aceptar las responsabilidades del mando. La verdad es que la mayoría de las guerras terminarían pronto si los soldados tuviesen la opción de retirarse. Esto es así en Iraq, donde la retirada probablemente eleve la moral de los soldados estadounidenses. Un reciente sondeo de Zogby sugiere que la mayoría de los soldados estadounidenses aprobaría una fecha de retirada temprana. Pero la pregunta estratégica de cómo sacar a Estados Unidos del desastre de Iraq no es algo que vayan a decidir los soldados. Carl von Clausewitz habló de dos tipos de valentía: la primera es la valentía frente al peligro de muerte; la segunda la disposición a aceptar responsabilidad personal por decisiones de mando. Se espera el primer tipo de las tropas. El segundo tipo debe esperarse de comandantes de alto rango, incluyendo al presidente.
-La retirada minaría la credibilidad de Estados Unidos en el mundo. Si Estados Unidos fuera una potencia mediana, este argumento podría servir de excusa. Pero para la única superpotencia del planeta, el argumento es patentemente falso. Un reverso rápido de nuestro curso presente en Iraq mejoraría la credibilidad de Estados Unidos en todo el mundo. El mismo argumento contra la retirada se utilizó en Vietnam. Entonces quedó demostrado que era falso, y se demostrará igualmente que es falso hoy. Desde el 11 de septiembre de 2001, el prestigio de Estados Unidos ante la opinión pública del mundo ha caído en picada. Ahora Estados Unidos tiene tanto prestigio internacional como Rusia. Retirarse y admitir nuestro error revertiría esa tendencia. Pocos países poseen esa capacidad correctiva. Nosotros sí la poseemos.
Hay dos hechos que por dolorosos que sean hay que reconocer o seguiremos peligrosamente confundidos en Iraq. Primero, invadir Iraq no sirvió los intereses de Estados Unidos. Sirvió los intereses de Irán y de Al Qaeda. Para Irán, vengó el rencor contra Hussein por su invasión del país en 1980. Para Al Qaeda, hizo que matar a estadounidenses sea más fácil. En segundo lugar, la guerra ha paralizado a Estados Unidos en el mundo, diplomática y estratégicamente. Aunque las relaciones con los europeos muestran signos marginales de mejoría, la alianza transatlántica puede no sobrevivir la guerra. Sólo una rápida retirada de Iraq hará que Washington recupere la movilidad diplomática y militar. Inmovilizado como Gulliver en las arenas de Mesopotamia, simplemente no podemos concitar la cooperación diplomática y militar que es necesaria para ganar la verdadera guerra contra el terror.
De hecho, retirarnos ahora puede ser nuestra única posibilidad de dejar las cosas en orden en Iraq. Para empezar, si nos retiramos los políticos europeos se mostrarán más dispuestos a colaborar con nosotros en una estrategia de estabilización del gran Oriente Medio. Después de la retirada todos los países con fronteras con Iraq responderán probablemente de manera favorable a un ofrecimiento de ayuda para estabilizar la situación. El más importante sería Irán. Al Qaeda le repugna tanto como a nosotros. Quiere estabilidad regional con la misma intensidad que nosotros. Quiere producir más petróleo y gasolina y venderla. Si sus líderes realmente quieren armas nucleares, no podemos impedírselos. Pero sí podemos intentar que desistan.
Ninguna de estas perspectiva es posible a menos que dejemos de estancarnos más profundamente en las arenas de Iraq. Estados Unidos debe retirarse ahora mismo.

El teniente general William E. Odom (r) es investigador del Hudson Institute y profesor en la Universidad de Yale. Una versión más larga de este artículo apareció en el último número de la revista Foreign Magazine, www.foreignpolicy.com

4 de mayo de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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