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[Steve Mills y Maurice Possley]¿Fantasma o asesino? Un fiscal dijo que Carlos Hernández no existía. Pero sí existía y su perfil se correspondía con el crimen.
Para cuando los miembros del jurado se sentaron a decidir el destino de Carlos De Luna, había poco que debatir.
Aunque ninguna evidencia física lo vinculaba al fatal apuñalamiento de la dependienta de la gasolinera Wanda López, dos testigos oculares lo identificaron. Uno de ellos dijo que había visto a De Luna frente a la gasolinera, con una navaja en la mano; el otro dijo que lo vio saliendo de la cruenta escena del crimen.
También estaba la grabación audio de la llamada de López al 911, que entregaba pocos indicios sobre la identidad del asesino, aunque documentaba gráficamente el ataque y los frenéticos gritos de López.
"Tuve pesadillas sobre el caso durante largo tiempo", dijo Shirley Bradley, del jurado. "Esa cinta tenía un efecto de shock sobre nosotros... Era un caso claro".
Finalmente, los miembros del jurado rechazaron la declaración de De Luna, de que otro, Carlos Hernández, era el verdadero asesino. El fiscal jefe se burló de la afirmación de De Luna, llamando "fantasma" a Hernández.
Pero los jurados que encontraron culpable a De Luna y lo sentenciaron luego a muerte en julio de 1983, cinco meses después de su detención, no oyeron toda la verdad.
Hernández existía. No sólo era bien conocido por la policía de esta ciudad de la Costa del Golfo como un tipo violento, sino también lo conocía el co-fiscal en el juicio de De Luna y el detective jefe del caso.
Lo habían conocido cuatro años antes, cuando se determinó que era el principal sospechoso en un caso que trataron juntos: el asesinato de otra mujer de Corpus Christi.
Los jurados no supieron nada de eso. El fiscal guardó silencio mientras su colega caracterizaba a Hernández como un producto de la imaginación de De Luna.
Sin embargo una investigación del Tribune muestra que las circunstancias del asesinato de López repitenlúgubremente los detalles de la extensa hoja de antecedentes de Hernández: asaltos a gasolineras, ataques con navajas y varias agresiones contra mujeres.
En 1979, fue detenido como sospechoso por el asesinato de una mujer que fue encontrada estrangulada en su furgoneta, con una "X" marcada en su espalda, pero fue dejado en libertad por falta de pruebas.
Dos meses después del homicidio de López el 4 de febrero de 1983, Hernández fue detenido cuando merodeaba en la parte de atrás de una tienda de ultramarinos. Llevaba una navaja en su bolsillo.
Y en los siguientes seis años, mientras De Luna esperaba en vano que sus apelaciones lo mantuvieran alejado de la ejecución, la lista de crímenes de Hernández siguió creciendo.

Familia de Inadaptados
La casa de Hernández en la calle Carrizo, a apenas unas cuadras del destartalado centro de Corpus Christi, era en los años ochenta un lugar de peleas de borrachos y violencia, gran parte de esta perpetrada por Carlos Hernández.
"Cada vez que había una pelea, había sangre", recuerda Priscilla Jaramillo, una de las sobrinas de Hernández, que vivió en la casa durante varios años. "En esa casa de la calle Carrizo no había más que sangre".
El patriarca de la familia, Carlos Hernández Sr., fue enviado a la cárcel en 1960 a cumplir una sentencia por violación. Su hijo mayor, Carlos Jr., tenía cinco años en esa época. Tras salir en libertad, su padre no volvió nunca a casa.
La matriarca, Fidela Hernández, sacó seguros de vida de todos sus seis hijos, y cobró cuatro. Describe sus destinos fríamente:
Su hijo menor, Efraín, fue asesinado en 1979. Su hija mayor, Pauline, murió de cáncer en 1996. Otro hijo, Javier, fue asesinado en 1997. Y luego estaba Carlos, al que echó de casa cuando tenía 16 porque él y Javier peleaban mucho. Murió en la cárcel en 1999.
Gerardo Hernández, 50, el único hijo sobreviviente, describió la vida familiar de la siguiente manera: "No éramos una familia. Éramos inadaptados en todos los sentidos".
Huyó de casa cuando era adolescente y ahora vive en California. "Tenía que alejarme de ellos lo más rápido que pudiera", dijo.
Los familiares retratan a Carlos Hernández como un hombre violento, especialmente cuando estaba bebido. Tenía una particular inclinación por las navajas, de hoja plegable, del tipo que se usó para matar a López. Lo afilaba constantemente en una piedra de afilar, recuerdan familiares y amigos, y demostraba su filo afeitándose con el él los vellos de sus antebrazos.
"La podía sacar muy rápidamente", dijo Marshall Lester, un amigo de Hernández. "Dormía con ella y no se separaba de ella. La llevaba siempre consigo... Y era muy rápido a la hora de apuñalar a gente. Se ponía furioso cuando las cosas no salían como él quería".
El primer roce de Hernández con la ley se produjo cuando tenía 16 y fue detenido cuando conducía ebrio y acusado de homicidio por negligencia. Volviendo a casa después de una fiesta con su hermana y su novia chocó contra otro coche a más de 160 kilómetros por hora, matando a su novia.
En los años siguientes, su hoja de antecedentes se fue alargando. Fue detenido por esnifar pintura, robar un coche y tres asaltos a mano armada -los tres a gasolineras.
Los asaltos le significaron una sentencia de 20 años de cárcel, a los 18 años. Pero cumplió menos de seis, y tras volver a Corpus Christi en 1978, tuvo una serie de trabajos de jornalero, bebía y seguía peleando.
Jon Kelly, un abogado que representó a Hernández a fines de los años setenta y ochenta, dijo que Hernández era uno de los hombres más espantosos que conoció. Kelly recordó una época en que le dijo a Hernández que un cliente le debía dinero. Hernández habló con el hombre, y la cuenta fue pagada.
Después de eso, Kelly dijo que a veces se reunían para beber o fumarse un porrete juntos. Kelly recuerda haber entrado a un bar de mala muerte y "todo el mundo dejó de hablar y se hicieron a un lado... Era debido a Carlos".
En noviembre de 1983, cuatro meses después de que De Luna fuera enviado al corredor de la muerte, Hernández fue detenido por agredir a su mujer, Rosa Anzaldúa, con un hacha, de acuerdo a informes policiales.
También rompió una ventana, enviando una lluvia de cristal sobre uno de los hijos de Anzaldúa, que estaban durmiendo. Hernández amenazó con matarla a ella y sus hijos.
Fue sentenciado a treinta días de cárcel. Ella pidió el divorcio.

En el Corredor de la Muerte
Carlos De Luna pasó su tiempo en el corredor de la muerte trabajando en la zapatería de la cárcel,
siguiendo un curso de comercio por correspondencia, y escribiendo cartas a su familia. También tuvo problemas que le eran familiares.
En 1984, los gendarmes pillaron a De Luna y otro recluso esnifando cola. Los gendarmes le requisaron una botella de cola y una de diluyente de pintura.
Dos años después, De Luna estuvo a trece horas de ser ejecutado antes de que un juez federal le otorgara un aplazamiento para permitir otra acción legal. En esa apelación De Luna dijo por primera vez que sus abogados no habían investigado a Hernández como el posible asesino de López.
Durante ese período, De Luna trató de mantenerse optimista durante las visitas de sus familiares, según su hermanastra Mary Arredondo. Por lo general, dijo, se aferraban a conversaciones triviales sobre asuntos de la familia. Empero, inevitablemente, la conversación recaía sobre el caso de De Luna.
"Siempre le pregunté. Él decía que el asesino era Carlos Hernández", dijo Arredondo. "Le pregunté que por qué había escapado. Me dijo que estaba con libertad condicional y no quería volver a la cárcel".
Para junio de 1988, De Luna había estado en el corredor de la muerte por casi cinco años y se estaba desesperando.

"A veces, por la noche, me pongo a llorar", escribió, "y me pregunto por qué dejé que pasara esta cosa estúpida por el amigo que lo hizo y por qué cerré la boca sobre el asunto".
"Pero no culpo a nadie, excepto a mí mismo, y lo acepto", agregó. "Esta es la razón por la que aceptaré si el estado de Tejas decide ejecutarme".

Otra Agresión
Mientras De L
una hacía tiempo en el corredor de la muerte, Hernádez estaba en las calles de Corpus Christi, a menudo en tribunales, haciendo frente a acusaciones de que había agredido a mujeres.
En 1986 un gran jurado lo acusó del estrangulamiento siete años antes de Dahlia Sauceda. La policía descubrió el cuerpo desnudo de Sauceda -con una ‘X' marcada en su espalda- en su furgoneta, en su estacionamiento. Su hija de dos años estaba durmiendo junto a ella.

Cuando se descubrió su cuerpo en 1979, la policía encontró las huellas digitales de Hernández en una lata de cerveza en su furgoneta, junto a un par de sus calzoncillos. Fue detenido e interrogado.
Al principio Hernández dijo a la policía que no había visto a Sauceda durante meses. Al día siguiente dijo que había estado en la furgoneta de Sauceda y había tenido sexo con ella. Pero insistió en que no la había matado, y la policía, diciendo que no tenían suficientes evidencias, lo dejaron marcharse.
Cuando otro hombre fue acusado del asesinato, su abogado defensor afirmó que Hernández era el verdadero asesino. El fiscal Ken Botary -más tarde sería el co-fiscal en el juicio de De Luna- entrevistó a Hernández en su despacho antes del juicio.
Hernández fue llevado a esa entrevista, que sería grabada, por la detective Olivia Escobedo, que sería la principal investigadora en el asesinato de Wanda López. En el juicio, Botary interrogó a Hernández. El acusado fue absuelto.
Cuando Hernández fue más tarde acusado del homicidio de Sauceda, la policía dijo que tenía nuevas evidencia: Su novia, Diana Gómez, les dijo que él había confesado el asesinato.
Gómez dijo que Hernández le había contado que él había matado a Sauceda porque ella estaba teniendo una aventura con Freddy Schilling, el cuñado de Hernández.
"Le hizo una X en su espalda, con una navaja", de acuerdo a la versión de la policía sobre la declaración de Gómez.
Más tarde un juez desechó la acusación de homicidio porque los fiscales no pudieron encontrar la entrevista de Botary con Hernández.
Dos décadas después, Fidela Hernández, ahora de 80, dice que cree que su hijo no es culpable del asesinato de Sauceda. "Se puso de rodillas y me dijo: ‘Mamá, no lo hice yo'", dijo, en una entrevista. "Pero Carlos, si él la mataba, tenía derecho a hacerlo. Freddy no cuidaba a mi hija".

Las Últimas Horas
Después de años de apelaciones rechazadas, De Luna perdió su última petición de clemencia el 6 de diciembre de 1989.

Para entonces, los gendarmes lo habían trasladado a una celda temporal a apenas unos pasos de la cámara de ejecución en Huntsville. Fue ahí que conoció al capellán del corredor de la muerte, Carroll Picket. Una ministro presbiteriana, Pickett había prestado ayuda psicológica a otros 32 reclusos en siete años que pasaron desde 1982, cuando Tejas reanudó las ejecuciones.
Como había hecho con los otros reclusos, Picket le contó a De Luna todos los detalles de lo que pasaría en las próximas horas: cómo llegaría el alcaide a decirle que ya era la hora; que había ocho pasos desde la celda hasta la puerta de la cámara de ejecución, y cinco más hasta la camilla; cómo los guardias lo amarrarían; y luego, finalmente, cómo el alcaide se sacaría las gafas para señalar que empezara el flujo de los químicos letales.
La única pregunta que le hizo De Luna a Picket fue si le dolería cuando le clavaran la jeringa en el brazo.
Más tarde ese mismo día, De Luna, el menor de nueve hermanos, recibió a sus familiares: su hermana Rose, su novia, su hermanastro y su esposa.
Poco antes de las cinco de la tarde, la Corte Suprema rechazó su apelación. De Luna se duchó y se puso unos pantalones azul oscuro y una camisa celeste.
Cada vez más angustiado, le preguntó a Pickett si podía llamarlo papá. "Nunca tuve un papi", dijo De Luna, según Pickett. "Usted es como debería haber sido mi papi".
A eso de las siete de la tarde, después de que el gobernador rechazara la petición de clemencia de De Luna, Pickett habló con él sobre el homicidio. En su período acompañando a los reclusos condenados, Pickett había aprendido que, en sus últimas horas, incluso lo que se reclamaban inocentes en sus últimas declaraciones, le confiarían que eran culpables.
"Yo soy la última persona con la que hablarán", dijo Pickett en una entrevista. "Así que ellos piensan que finalmente pueden decirlo".
De Luna le dijo que era inocente.
Poco antes de las diez de la noche, De Luna pidió hacer una llamada a una antigua periodista del canal de televisión Corpus Christi, que había cubierto el juicio, y mantenido el contacto años después.
"Los dos sabíamos que, en ese momento, ya no había esperanzas", dijo la periodista, Karen Bourie. Le pregunté a bocajarro: ¿Hay algo que me quieras decir?
"Me dijo: ‘Yo no soy el tipo que ellos dicen'", contó. "Me dijo: ‘Yo no lo hice'".
A eso de las once de la noche, De Luna miró a Pickett y le dijo: "Pongámonos serios".
Se cogieron las manos a través de los barrotes de la celda, y De Luna le pidió a Pickett que rezaran para que tuviera fortaleza en sus últimos minutos y que fuera recibido pronto en el cielo.
Cuando empezaron, dijo Pickett, De Luna estaba sentado a un lado de la litera; al final, se había arrodillado en el frío suelo de concreto de la celda.
"La señal llegó poco después de medianoche. Yo me retiré", recuerda Pickett en una grabación que hizo poco después de la ejecución. "Se abrieron las puertas. Entré a la cámara de ejecución, a la casa de la muerte misma. Carlos venía detrás de mí".
De Luna se subió a la camilla. "Cuando se recostaba, dijo: ‘¿Estará usted aquí, capellán?' Le aseguré que sí estaría. Me pidió que le cogiera de la mano... Le dije que lo estaba haciendo bien", dice Pickett en la cinta. "Y me dijo: ‘Esto no se ve tan mal'".
Después de que entraran los testigos de la ejecución, el alcaide preguntó: "Carlos De Luna, ¿tienes algo que decir?" De Luna no mencionó el asesinato de Wanda López. "Quiero decir que no tengo ningún reproche", dijo en su breve y última declaración.
En ese momento, el alcaide se sacó las gafas.
"Después de unos diez segundos, De Luna levantó la cabeza y me miró con sus grandes ojos castaños", dice Pickett en la cinta. "El alcaide me miró, y yo lo miré. Estaba preocupado. Yo estaba preocupado. Algo no había salido bien, porque él debería estar dormido.
"Después de otros diez segundos, levantó nuevamente la cabeza. Me miró directamente a los ojos. Yo simplemente apreté su pierna. No sé qué estaba tratando de decirme. Me habría gustado saberlo.
"Eso me preocupa y probablemente me seguirá toda la vida. Porque no estaba pasando nada. Yo le había dicho, le había prometido que no dolería, que no demoraba. Ahora ya habían pasado 25 segundos, y todavía podía levantar la cabeza y mirarme a los ojos. Yo estaba enfermo".
Pickett miró el tubo que iba a las venas de De Luna. Podía ver las burbujas que indicaban dónde terminaba un componente y dónde empezaba el otro.
Pasaron más de nueve minutos.
"Exhaló un par de veces y murió". Después de eso, entraron los doctores y declararon que De Luna estaba muerto. Eran las 12:24 de la mañana.
"La primera inyección empezó a las 12:14", dice Pickett en la grabadora. "Eso es diez minutos. Demasiado tiempo. Demasiado largo".
Parcialmente como consecuencia de presenciar la ejecución de De Luna, Pickett finalmente se convirtió en un activista contra la pena de muerte.
"Siempre me pregunto: ¿Qué estaba tratando de decirme cuando levantó la cabeza? ¿Qué me dijo? ¿Qué pensó?
"Sea lo que sea", agregó Pickett, "Carlos De Luna no necesitaba esos minutos extras, y ciertamente no necesitaba esos 25 segundos más. No lo olvidaré nunca".

Sin Víctimas Vivas
Para cuando De Luna fue ejecutado, Hernández iba en camino a la cárcel por agredir a otra mujer.
Había cortado a Dina Ybañez, una amiga, desde su ombligo hasta el esternón.
Hernández estaba viviendo en el garaje de Ybañez, cuidando a sus niños durante el día. En una pelea, dijo Ybañez a la policía, Hernández sacó un cuchillo del bolsillo trasero y la atacó. Huyó, pero fue arrestado cerca del lugar, con sus pantalones ensangrentados.
"Me dijo que me iba a matar", dijo Ybañez en una entrevista hace poco, "porque él no dejaba vivas a sus víctimas".
Hernández se declaró culpable de la agresión y fue sentenciado a diez años de cárcel. Cumplió menos de dos años, fue dejado en libertad condicional y volvió a Corpus Christi.
Hernández volvió a la cárcel por última vez en 1996, después de que agrediera a un hombre. Cuando la policía lo detuvo, llevaba dos navajas.
Nunca volvió a salir de la cárcel. Años de abuso de la bebida le pasarían la cuenta en la primavera de 1999, a los 44. Con cirrosis, fue confinado a una cárcel hospital en las afueras de Texarkana.
Murió en la noche del 6 de mayo de 1999 y su cuerpo fue enterrado en el cementerio de reclusos de Huntsville. Su madre no se llevó al ataúd a casa.
Le dijo a las autoridades de la prisión: "Entiérrenlo en la tierra aquí".

mpossley@tribune.com
smmills@tribune.com


26 de junio de 2006
©chicago tribune
©traducción mQh
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