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hija de hitler tumba gobierno holandés


columna de mérici
[Amado de Mérici] La noticia no ha aparecido en todos los diarios. Sin embargo, es una de las más importantes para Europa en los últimos días. Cayó el gobierno holandés, y con él termina, de momento, el más osado experimento reaccionario en Europa, conducido desde las sombras por la llamada ‘hija de Hitler', la infame ministro de Extranjería y cabecilla de la extrema derecha y de los neonazis holandeses.
Los motivos de la caída del gobierno (una estrafalaria, enfermiza coalición formada por la democracia cristiana, los liberales y los ultra-conservadores) son de los que huelen a farsa. En diciembre pasado, cuando se realizaban elecciones internas en el VVD, el partido de extrema derecha más grande del país, la ministro de Extranjería, que obedece al nombre de Rita Verdonk, despojó del pasaporte holandés a Aryaan Hirsi Ali, la diputado de origen somalí de su mismo partido. En ese momento, según especularon muchos analistas políticos, la Verdonk quería acentuar su identidad xenófoba, una identidad política que hoy, desgraciadamente, seduce al pueblo holandés -un giro atávico de retorno a las raíces germánicas que también vivió el país en época del imperio nazi del que formó parte. El mensaje era: No importa quiénes sean, los extranjeros no son aquí bienvenidos.
La maniobra de la gendarme era transparente. La diputado había reconocido que, al entrar a Holanda, había mentido. Dio otro nombre que el suyo propio, y calló que no provenía directamente de Somalia, sino de otro país vecino donde había vivido su familia, en los últimos años, como refugiada. Esto último la habría excluido del derecho de solicitar asilo en Holanda o en cualquier otro país de Europa o del mundo, a menos que también en ese país de acogida corriese su vida peligro, que no era el caso.
Hirsi Ali es la diputado anti-musulmana que escribió el guión de la película que dirigió Theo van Gogh por encargo del ministro del Interior y de la ministro de Extranjería. A van Gogh le costó la vida: fue ultimado en la vía pública por un musulmán agraviado. Tras herirlo a balazos, lo degolló.
En las campañas anti-musulmanas del país, disfrazadas como campañas anti-terroristas, Hirsi Ali jugó un papel de la primera importancia.
La hija de Hitler, al despojarla de la nacionalidad holandesa, quería dejar en claro que, sin importar la contribución de la somalí a la causa anti-árabe, seguía siendo extranjera y, por tanto, indeseable.
Curiosamente, la somalí y la nativa holandesa eran miembros del mismo partido: el VVD, o Partido por la Libertad, el Pueblo y la Democracia, antiguamente liberal y desde 2001, en manos de una tendencia de extrema derecha muy cercana a los neonazis y encabezada, entre otros, por la rígida gendarme de prisiones. Este partido otrora liberal ha sido comparado correctamente con el estrafalario partido liberal ruso, una ridícula amalgama de antiguos comunistas, neo-nazis y nacionalistas místicos.
El parlamento reaccionó indignado y hasta su propio partido exigió de la Verdonk que devolviera la nacionalidad a Hirsi Ali. Se llegó a un acuerdo. La ministro reconsideraría su decisión. Seis meses después, en junio, determinó inesperadamente que la somalí no había mentido y, consecuentemente, le devolvió su pasaporte.
Era demasiado tarde y demasiado torpe. La somalí, tras perder la nacionalidad holandesa, perdió también su escaño en el parlamento. Y sintiéndose acosada en el país, pidió subrepticiamente asilo en Estados Unidos, donde un laboratorio ideológico de Washington cercano a Bush le ofreció una posición. Doblemente exiliada, la ex diputado se encuentra hoy en esa ciudad.
A pesar de la maniobra de la Verdonk, perdió las elecciones internas de su partido. La gendarme ha sido denunciada muchas veces por antiguos dirigentes de su propio partido de dar cobijo a las tendencias más funestas de la ultra-derecha holandesa. Algunos de sus propios colegas en ese partido la han comparado con Hitler y la Alemania nazi, cuando la ministro quiso obligar a los extranjeros residentes en el país a llevar consigo una ‘viñeta' (como la estrella amarilla) con la especificación de su grado de asimilación a la cultura holandesa. En la actualidad cuenta con un propio servicio del estado, el de Inmigración y Naturalización, una especie de SS que ha sido denunciada por abusos y maltratos por numerosas juristas y abogados, incluyendo a muchos ex funcionarios que renunciaron a él tras la llegada de la ministro.
El año pasado finalmente, tras numerosas e insistentes denuncias, el Consejo de Europa y la Unicef condenaron explícitamente a Holanda por encarcelar a niños. La ministro de Extranjería aplicó en el país, a comienzos del milenio, medidas insólitas de represión y exclusión de los extranjeros. Una de ellas fue la decisión de encarcelar a los solicitantes de asilo, incluyendo a sus familias, mientras los tribunales de inmigración del país -otras de sus infamias- decidían sobre su destino. La consecuencia fue el encarcelamiento de numerosas familias, y numerosos niños que, junto a sus padres, languidecen en cárceles especiales sin escuela y en las más terribles condiciones, con escasa asistencia médica y sólo de urgencias y otras ignominias.
La terrible situación que viven muchos extranjeros en el país, especialmente los extranjeros no arios, viene siendo denunciada por numerosos grupos de extranjeros en el país. El gobierno ha reaccionando dictando leyes antiterroristas que penalizan la redacción o publicación de, cito textualmente, "textos anti-occidentales". El gobierno holandés considera que Holanda es occidental y definió esta ley de manera amplia para poder perseguir a los opositores. Muchos extranjeros han abandonado el país. Y también muchos holandeses lo están haciendo en un exilio encubierto. Por primera vez en Holanda desde la guerra, los habitantes que dejan el país son más que los extranjeros que llegan.
Ha sido durante los dos sucesivos gobiernos de ultra-derecha, que yo no dudo en calificar de neo-nazis, los que han convertido al otrora tolerante país en una enorme cárcel con un irrespirable ambiente de opresión. Hay nuevas leyes especiales que atacan solamente a los extranjeros: a diferencia de los nativos, los extranjeros que cometen faltas como hurtos son deportados del país, independientemente de los años que haya vivido en el país. Los extranjeros deben pagar impuestos y tasas especiales que no deben pagar los nativos. Los inmigrantes deben pagar una ridícula tasa de inmigración cercana a los seis mil euros. Además deben aprobar un estrafalario examen de folclore holandés. En flagrante violación de leyes europeas, prohíbe y pone trabas a los matrimonios entre nativos y extranjeros, sometiéndoles a onerosas tasas, prolongadas separaciones y humillaciones. Prohíbe la reunificación familiar, instituida por la Unión, y ha pisoteado prácticamente todos los tratados europeos en torno a los extranjeros.
Al alero de la ministro del odio, se transformó en normal en el país hablar de indecencias bajo el lema de la libertad de expresión y del rechazo de la corrección moral o política. Así, por ejemplo, desde 2003 se discute abiertamente en Holanda, incluso a nivel de gobiernos regionales, la posibilidad de fundar guetos exclusivos para extranjeros, para poder controlarlos mejor. Incluso se ha discutido la idea de cerrar estos guetos con murallas, para controlar la entrada y salida de sus habitantes. Se intentó en varios ayuntamientos prohibir que los extranjeros hablaran sus propios idiomas en la calle. El gobierno ha prohibido incluso que, en la prensa, se le compare abiertamente con el régimen nazi. ¿Por qué? Muchos otros desarrollos en otros aspectos delatan su identidad neo-nazi. Las nuevas leyes que permiten la eutanasia no solicitada ha provocado un éxodo de personas de la tercera edad hacia pueblos fronterizos en Alemania, donde saben que no serán eliminados por el estorbo que supone su vejez. Y, a pesar de su riqueza, en el terreno económico el gobierno aplica una política de exclusión similar al apartheid de invención local: en las grandes ciudades ya hay comedores populares que las iglesias y grupos de particulares han iniciado para alimentar a las familias pobres de uno de los países más ricos del planeta.
Al alero de la ministro se han multiplicado las milicias paramilitares neonazis, que cuentan la protección del gobierno y que son responsables de numerosos incendios de mezquitas y locales de extranjeros y agresiones sin fin. Son las milicias que actuaron tras el asesinato de van Gogh, cuando un ministro de las mismas simpatías que la gendarme, declarara la ‘guerra' contra los musulmanes y otros extranjeros. Las milicias neonazis gozan de absoluta impunidad en el país y la ministro, en una demostración de su indecencia, los llamó públicamente "chicos holandeses enfadados", desechando las evidencias de que constituyen peligrosas milicias armadas. Valga como dato adicional sobre la actuación de estos grupos que para principios de 2005 habían renunciado a sus puestos en las provincias casi un tercio de los ediles por amenazas de milicias neonazis.

Volvamos a la ministro. Tras devolver el pasaporte a la diputado de origen somalí, el partido liberal de la coalición (D66, ‘demócratas 66'), que desde hace unos años vive con la permanente impugnación de sus dirigentes por parte de las bases del partido que habían reclamado su salida de la coalición de gobierno, finalmente decidieron exigir la renuncia de la antigua guardia de prisiones. La hija de Hitler se negó a dimitir. La respaldó el primer ministro demócrata-cristiano. Y los liberales cumplieron su amenaza (ya la había utilizado antes y no habían cumplido; muchos creían que esta vez tampoco lo harían). El gabinete debió presentar su renuncia. Ahora se discute para cuando se llamará a elecciones generales.
Muchos temen ahora que la ministro, rechazada y perdedora en las elecciones internas de Democracia, Patria y Libertad, forme su propio partido. Las perspectivas no son nada halagüeñas. Según sondeos recientes, los holandeses vuelven a creerse una raza superior, casi un cuarto de la población es abiertamente racista y la gran mayoría es anti-árabe y opina, el 63 por ciento, que el islam es irreconciliable con los valores europeos (valores que, a pesar de sus respuestas, creen ellos que comparten: un doble y bochornoso absurdo). El país en las garras de las estrafalarias ilusiones racistas, las posibilidades de la hija de Hitler son enormes y cuelga en el horizonte la tenebrosa probabilidad de que este personaje que parece sacado del infierno sea incluso primer ministro de su país.
La oposición decente es casi inexistente. En Holanda los partidos tradicionales no firmaron nunca el pacto de decencia que firmaron los partidos belgas y franceses, por el cual se impiden de gobernar o formar alianzas con partidos de extrema derecha. Nada impidió así que la derecha holandesa incorporara a su programa las reivindicaciones de los partidos fascistas que fueron los ganadores de las elecciones de 2001 -cuando el líder neo-nazi Pim Fortuyn ganó póstumamente las elecciones de su país. Tras las innumerables rencillas internas y problemas con la justicia, los partidos fascistas se desmembraron y fueron excluidos del gobierno, pero sus programas se los apropiaron e incluso exacerbaron los actuales partidos de gobierno. (Por ejemplo, Pim Fortuyn era partidario de otorgar un perdón a los ilegales y refugiados antes de cerrar las fronteras; el actual gobierno expulsó a 26 mil refugiados y pretendía deportar de 200 mil extranjeros del país. Obviamente, ha rechazado la petición de otorgar a los ilegales el tradicional perdón de los cinco años).
La opinión extendida en Holanda es que si los ciudadanos tienden hacia posturas fascistas, los fascistas deben convertirse en interlocutores válidos y hasta participar en el gobierno. Eso se llama democracia, piensan muchos políticos nativos, haciendo tabla rasa de los valores morales y jurídicos que suelen acompañar a las democracias, entre ellos la tolerancia y la igualdad ante la ley, para no nombrar más que dos de esos principios. Holanda parece dispuesta a echar por la borda su breve pasado como país occidental y recuperar sus atávicas raíces germánicas, con ideologías estúpidas y odiosas que pretenden que ese pequeño pueblo forma parte de una grotesca raza superior. Una raza superior en estupidez, donde los políticos producen lindezas lógicas como que todo ataque, léase comentario crítico, por escrito contra las sociedades occidentales (o sea, nosotros, dicen los payasos), constituye un delito de terrorismo. Una raza superior cuyos políticos establecen que todos somos iguales ante la ley, menos los extranjeros. Una raza superior cuyos funcionarios se arrogan el derecho de aprobar o desaprobar la vida sentimental y matrimonial de los extranjeros y de aquellos nativos considerados inferiores o traidores, que son los que se enamoran de extranjeros.
Para qué decir más.
Así que el fin del gobierno holandés es una buena noticia, pero su caída no implica todavía el fin del régimen xenófobo.

©mérici

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