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tiranía soberana de putin


[Masha Lipman] Democracia rusa en entredicho. Se parece demasiado a la tiranía comunista del pasado.
Moscú, Rusia. En las semanas previas a la cumbre del Grupo de los Ocho en San Petersburgo, ocurrieron dos cosas al mismo tiempo: Hubo un intenso intento en relaciones públicas de mejorar la imagen de Rusia y, junto con esto, una intensificación de las medidas contra la democracia y las libertades individuales. La realidad, no obscurecida por las relaciones públicas, es que el gobierno ruso ha recurrido recientemente a prácticas policiales que evocan poderosamente aquellas usadas en la Unión Soviética hace tres décadas.
En el lado de las relaciones públicas, uno de los ayudantes más influyentes del Kremlin, Vladislav Surkov, se reunió con periodistas occidentales para explicar que la ‘democracia soberana" de Rusia no es demasiado diferente de las prácticas democráticas de los países occidentales. La ‘democracia soberana' es una acuñación del Kremlin que transmite dos significados: primero, que el régimen ruso es democrático y, en segundo lugar, que su afirmación ha de ser aceptada, punto. Todo intento de verificación será considerado como hostil y como intervención en los asuntos internos de Rusia.
Cerca de una semana después de la reunión de Surkov con los medios, el presidente Vladimir Putin asistió al ‘G-8 Civil', un congreso internacional sobre derechos humanos y organizaciones no-gubernamentales. Durante dos horas escuchó atentamente las preocupaciones de los participantes y les dijo que se alegraba de estar entre gente afín y contento de hablar sobre los derechos humanos en Rusia. Luego pasó tres horas más cenando con un grupo de participantes en el congreso que representan a organizaciones públicas internacionales.
Pero su actuación no fue enteramente convincente. Al día siguiente de la reunión con el presidente, representantes de muchas organizaciones rusas y extranjeras de derechos humanos emitieron una declaración en que la expresaba su "profunda preocupación por la situación de los derechos humanos en Rusia" y mencionaban una "crisis sistemática en el campo de los derechos humanos y las instituciones democráticas". "El ocultamiento de estos problemas", dice la declaración, "fomentará una mayor degradación de la situación de los derechos humanos y la erosión de la democracia en Rusia".
Esas preocupaciones son completamente justificadas por los persistentes intentos del gobierno de atascar los canales de participación pública en la vida política y de bloquear toda apertura para la emergencia de una fuerza autónoma en la escena política rusa. En el curso de la presidencia de Putin, elementos fundamentales de las democracias, como la separación de poderes, una justicia independiente, el estado de derecho y la libertad de prensa han sido seriamente dañados. Desde hace un año y medio el Kremlin ha iniciado una reforma electoral todavía en curso destinada a consolidar el predominio del partido pro-Kremlin, Rusia Unida. Las iniciativas legales más recientes amplían la autoridad administrativa y jurídica para excluir a candidatos de listas electorales y prohibir o excluir a partidos de las elecciones. De acuerdo a un diputado comunista en la Duma, la legislación rusa proporciona 60 nuevos pretextos más para eliminar a los indeseados por las autoridades.
En una de las innovaciones recientes más notorias, se ha reintroducido la práctica de votar temprano después de haber sido retirada de las leyes rusas hace apenas unos años. La práctica, en la que las urnas son llevadas a los votantes antes de la elección de modo que puedan votar fuera de los colegios electorales normales, donde no hay observadores públicos, proporciona una manera fácil de manipular los resultados de las elecciones. Durante las elecciones presidenciales bielorrusas en marzo, el ‘voto temprano' comprendió al menos un 20 por ciento de los votos emitidos, y el presidente Alexander Lukashenko las ganó con más del 80 por ciento de los votos.
Un nuevo y alarmante desarrollo es el uso de prácticas de estados policiales. Como lo que hicieron cuando el presidente Richard Nixon visitó Moscú en 1974, las autoridades rusas están deteniendo y prohibiendo a activistas públicos, sin tener bases legales para hacerlo. Hace tres décadas las autoridades comunistas impidieron a disidentes y otros opositores que se contactaran con miembros de la delegación de Nixon. Este mes, en los días previos a la cumbre del G-8, más de cien personas fueron amenazadas, acosadas o golpeadas por la policía en varias ciudades rusas. En algunos casos se les requisó el pasaporte sin motivos legales. Algunos eran jóvenes radicales que se encaminaban a San Petersburgo para manifestarse contra la cumbre; otros se dirigían a Moscú para asistir a la conferencia ‘La otra Rusia', una reunión de opositores políticos al Kremlin y organizaciones no-gubernamentales de derechos humanos realizada el martes y miércoles.
A ‘La otra Rusia' asistieron algunos prominentes diplomáticos extranjeros y funcionarios del gobierno estadounidense que habían sido advertidos por las autoridades rusas que no participaran en el evento: Un alto personero del Kremlin dijo que la participación a esa conferencia sería considerada como un "gesto de hostilidad".
Funcionarios extranjeros ignoraron la advertencia del Kremlin y asistieron a la conferencia, en la que cuatro jóvenes activistas fueron arrestados arbitrariamente y un periodista alemán fue golpeado cuando trató de fotografiar las detenciones. Así que es probable que el intento de relaciones públicas de Putin sea inútil entre los dignatarios extranjeros que asistieron a ‘La otra Rusia' -del mismo modo que fue inútil para cualquier que haya estado prestando atención a desarrollos recientes en Rusia antes que a la retórica oficial previa a la cumbre. Cada vez más el trabajo de mejorar la imagen de Rusia parece ser un gesto ritual antes que un objetivo serio del gobierno.
Los abundantes recursos energéticos del país le han permitido practicar la ‘democracia soberana' y actuar con poca o nada de consideración por las opiniones de los extranjeros. Pero Rusia ni su rica elite quiere estar aislada. Putin quiere que se reconozca una posición dirigente de Rusia en la escena mundial y que se respetes sus intereses económicos y geopolíticos. Pero exige ser reconocido como es, y sin los costes de mitigar sus políticas cada vez más autoritarias.

Masha Lipman es editor de la revista Pro et Contra, del Carnegie Moscow Center.

15 de julio de 2006
©washington post
©traducción mQh
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