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la carga de la prueba 7


[Glenn Frankel] Jim McCloskey quería desesperadamente salvar a Roger Coleman de la silla eléctrica. Quizás un poco demasiado desesperadamente. Última entrega.
Después de la ejecución, un destrozado McCloskey pasó una semana en un retiro religioso. "Medité y lloré y salí del retiro sin ninguna respuesta". Mitigó su dolor sumergiéndose en otros casos.
Donnie Ramey presentó una querella contra Arnold & Porter, Behan y Deans, por cinco millones de dólares. El bufete finalmente llegó a un acuerdo por una suma aún desconocida. Pero no antes de que los abogados de Ramey depusieran a Ramey, que negó que hubiese atacado a ninguna de las mujeres que lo acusaban de abusos sexuales. También negó vehementemente que tuviera algo que ver con el homicidio y violación de Wanda McCloskey o que hubiese dicho alguna que sí tenía que ver.
"No estábamos diciendo que fuera un ciudadano modelo", dice Charles H. Smith III, el abogado de Ramey. "Pero no era ni un violador ni un asesino. No tenían ninguna justificación para hacer esas incitaciones".
Behan, que alegó que sus acusaciones contra Ramey eran "bien fundadas y razonables", se opuso inflexiblemente a llegar a un acuerdo con él. Sin embargo, llegó a ser socia del bufete y se convirtió en su ejecutiva más importante. En 1998 entró en la lista de ‘Young Guns' -jóvenes peces gordos, abogados exitosos de menos de cuarenta años- de una revista de Washington.
La querella por injurias agotó los fondos de la pequeña organización de Marie Deans y se vio obligada a cerrarla en 1993. Los reclusos del corredor de la muerte de Virginia perdieron a su ángel de la guarda. Deans dice que antes de su ejecución, Coleman había obtenido la promesa de que Arnold & Porter donaría fondos al grupo por las muchas horas que ella había dedicado a su defensa. Pero cuando llegó la hora de hacerlo, "recibí una llamada de Kitty, diciéndome que habían decidido destinar el dinero a otra cosa".
Retrospectivamente, Deans dice que cree que McCloskey y Behan hicieron lo mejor que pudieron por Coleman, pero que no debían haber acusado a Ramey sin tener pruebas sólidas. "No reprocho a Kitty. Era joven y nunca había hecho algo así antes, y ella trabajó muchísimo. Pero no me gustaba la historia. Supongo que me sentí utilizada".
Durante ocho años, McCloskey hizo muy poco en relación con la promesa que le hizo a Roger Coleman. Dice que era demasiado doloroso y estuvo sumergido en otras cosas. Pero cuando el análisis de ADN se hizo más sofisticado, decidió que era hora de volver a analizar las evidencias. El entonces gobernador Warner sentó un precedente autorizando el análisis. "Creo que debemos seguir siempre la pista de los hechos disponibles para obtener una definición más completa de culpabilidad o inocencia", dijo en una declaración.
Para entonces, la mayor parte de las evidencias en el caso de Coleman se habían perdido o habían sido destruidas. Pero Edward Blake, el experto forense de California, se había negado firmemente a devolver a las autoridades de Virginia el extracto de ADN de su análisis de 1990 -menos de una gota de fluido en un tubo del tamaño de un dedal. Accedió a proporcionar el material al laboratorio de criminología de Toronto.
Muchos activistas del movimiento contra la pena de muerte acogieron con entusiasmo la decisión de volver a hacer el análisis de ADN. Aquí estaba la oportunidad que estaban esperando: la prueba, proporcionada por un tubo de análisis, de que se había ejecutado a un inocente. Pero otros, basándose en los primeros resultados de Blake, se mostraban más cautelosos. "Sabíamos que había un 49 por ciento de posibilidades de que fuera culpable", dice David Bruck, director de la Caja de Compensación de Casos Capitales de Virginia en Washington y de la Universidad de Lee. "Le advertí que fueran cautos".
McCloskey sabía que si se determinaba la inocencia de Coleman, esto daría un terrible golpe para la pena de muerte. Pero dice que ese no era su motivo. "No somos parte de un movimiento, excepto nosotros mismos y la gente a la que servimos. Yo creía en Roger Coleman, le había hecho una promesa, gasté nuestros valiosos recursos en él. Quería que se supiera la verdad".

Han pasado dos meses desde que se anunciaran los resultados, y McCloskey finalmente ha retirado de su pared la portada enmarcada del Time con Coleman en cadenas. También ha desaparecido una hoja de papel de dibujo con el texto manuscrito: "Este certificado se le otorga a Jim McCloskey en reconocimiento por ser el mejor ivestigador [sic] en todo Estados Unidos de A! [firmado] Roger K. Coleman, Presidente, Comité de Selección".
"Las últimas cajas con documentos serán almacenadas", dice McCloskey. "Lo hemos borrado de nuestra página web y de nuestro folleto".
Todos los colaboradores cercanos de Coleman habían creído que los resultados del análisis lo exonerarían, y todos tuvieron que aprender a aceptar la noticia de su culpabilidad. Marie Deans y Sharon Paul dicen que no se sienten traicionadas. "Tengo que creer en algo", dice Paul, "y lo que creo es que, si Roger cometió ese asesinato, de algún modo no recordaba haberlo hecho, y es por eso que fue capaz de defender hasta el final la creencia de que era inocente".
Sin embargo, el resultado la ha llevado a hacerse preguntas sobre Jim McCloskey y Kitty Behan. "Simplemente no puedo creer que se hayan equivocado tanto. Quiero decir, esta gente se gana la vida haciendo esto; no son ingenuos, no se les engaña fácilmente. Y ese Roger, esa menuda persona del sudoeste de Virginia, los engañó durante tanto tiempo -esa es para mí la parte más difícil de creer".
Behan ha contado a sus amigos que todavía cree que Coleman era inocente y que no acepta los resultados del análisis. "Esto fue una parte importante de la vida de Kitty Behan y de cómo se ve a sí misma", dice el escritor John C. Tucker, que escribió en 1997 el libro ‘May God Have Mercy' sobre el caso. "Para nadie fue fácil descubrir que estaban equivocados. Es fácil racionalizar esos resultados".
A diferencia de Paul y Deans, McCloskey no cree en la teoría de que Coleman de algún modo había borrado el recuerdo del asesinato de Wanda McCoy de su memoria, pero no se sorprende de que Coleman se apegara a su declaración de inocencia incluso cuando estaba en la silla eléctrica. "Era demasiado tarde para decir la verdad", dice McCloskey. "¿Qué pensarían todas esas personas que quería, si admitía alguna vez que él lo había hecho? No podía dejar que ocurriera eso. Así que tuvo que llegar hasta el final con todas sus mentiras".
McCloskey señala las fotos de 24 reclusos en cuya exoneración está trabajando Centurion. Arriba en la lista está Walter Lomax, que ha pasado 38 años en las cárceles de Maryland por el homicidio de un encargado nocturno durante el asalto de una tienda de abarrotes en Baltimore. También está Barry Beach, encerrado en una cárcel de Montana hace 22 años por el asesinato de una joven después de que la policía dijera falsamente que habían grabado su confesión. Y Timothy Howard, sentenciado a muerte en 1977 por asaltar un banco y homicidio y al que McCloskey ayudó hace poco a obtener un veredicto de inocencia de un jurado de Columbus, Ohio.
Este es su trabajo, su vida y su respuesta, finalmente, al caso de Roger Coleman. "No creo que pueda alguna vez armar el rompecabezas. He tratado, y no puedo, y simplemente seguí adelante".

14 de mayo de 2006
©washington post
©traducción mQh
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