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castillos con gastos generales


[John Ward Anderson] Castillos franceses heredados están por encima de los recursos de sus dueños.
Boucard, Francia. Cuando el castillo de cuento de hadas del pueblo se ve desde lejos, con sus siete delgadas agujas y aspecto de fortaleza, es fácil imaginar la distinguida y mimada vida de los aristócratas que lo llamaban casa.
Pero un examen más de cerca muestra que algunas de las elegantes y alargadas ventanas carecen de cristales, el puente sobre el foso se ha derrumbado y las tejas se están cayendo del tejado. Dentro, excrementos de palomas y roedores cubren extensas áreas que han sido abandonadas a los elementos.
"Es una carga muy pesada para la gente que hereda un castillo", se lamenta Marie-Henriette de Montabert, 74, la diminuta matriarca de hombros anchos cuya familia posee el Château de Boucard desde 1720. Vive sola en la planta baja de una torre modernizada con una cocina, un cuarto de baño y calefacción. "Todos los dueños de castillos tenemos el mismo problema: cómo salvar tu castillo".
Durante cientos de años, los franceses construyeron castillos defensivos y ricos castillos, legando al patrimonio nacional unos cuarenta mil de ellos. Ahora los franceses tienen un problema.
El tiempo y el clima, la guerra y el saqueo, las menguantes fortunas familiares, las herencias fraccionadas y crecientes costes de mantención han dejado al campo con miles de impresionantes pero decrépitos monumentos que están por encima de los presupuestos de todos, excepto los fabulosamente ricos.
"Hoy en día, un castillo ya no es un signo exterior de riqueza, sino más bien un signo exterior de pobreza", dice Bertrand Le Nail, un agente inmobiliario francés y experto en propiedades.
Casi un noventa por ciento de los castillos del país -un término que se aplica fácilmente a cualquier cosa entre castillo y mansión rural- no es mantenido adecuadamente, debido a que sus dueños no tienen los medios para hacerlo, dice Le Nail.
Algunos venden sus propiedades o las convierten en pequeños hoteles, algunos los abren al público y cobran entrada y otros simplemente se marchan a vivir a las edificaciones que se derrumban en su rededor.
Chantal de Bonneval creyó que había encontrado la solución cuando, en 1977, ella y su marido heredaron el château de 45 habitaciones de la familia en Thaumiers, a unos 280 kilómetros al sur de París.
Debido a la costumbre de fraccionar la herencia, el château no venía con las tierras de los alrededores, las que en el pasado proporcionaban los ingresos para la mantención del edificio. Así que los nuevos propietarios agregaron trece cuartos de servicio a los cuatro que ya existían, repararon las 49 filtraciones que había en el tejado y convirtieron el castillo en un alojamiento y desayuno.
Pero de Bonneval, 62, descubrió que poseer un castillo era una actividad exigente, de toda la vida, que la condenó a trabajar y a hacer sacrificios. Y "tan pronto como la abres a los visitantes, deja de ser tu casa -ahora es una empresa", dice.
"Hay tantas cosas que hemos dejado de hacer desde que estamos aquí: cosas culturales, viajar, ver a la familia", dice. La mantención normal del castillo, que ha estado en posesión de la familia de su marido durante casi 300 años, cuesta unos 65 mil dólares al año -un gasto que los 500 huéspedes anuales apenas pueden cubrir.
"Hace treinta años, mi marido me dijo: ‘Si pasamos el 2000, es que lo habremos logrado'. Lo hicimos, y las cosas no han cambiado en absoluto. Hemos invertido todo en este lugar en los últimos 30 años. Hemos trabajado como locos, y no es posible seguir adelante. Hemos tocado fondo".
Hace ocho meses, pusieron el castillo a la venta por 3.75 millones de dólares, dice de Bonneval, con un dejo de amargura en su voz.
"¿Qué sentido tiene? ¿Debemos conservarlo porque si?", se pregunta. "Esto no hace feliz a mi familia. No pueden evitarlo. Es anacrónico vivir en un sitio como este". Al final, dice, "es mejor no dejar a nuestros hijos un enorme problema".
A pesar de los elevados costes de mantención, la venta de castillos ha vivido un auge en las últimas décadas, a medida que la gente se marchaba a las ciudades y la gente de las ciudades empezaba a adquirir casas de vacaciones en el campo, según dice el agente inmobiliario Le Nail.
"En nuestras sociedades modernas, representan la estabilidad, la belleza, la autenticidad y nuestro vínculo con nuestro pasado", dijo. "Esos lugares tienen alma" y pueden ser compradas por hasta 500 mil dólares, atrayendo una oleada de inversores extranjeros. "Un británico puede vender su apartamento de cuatro habitaciones en Londres y comprar un castillo en Francia con el dinero", observó.
Eso no siempre coincide con los deseos de los vecinos, de acuerdo a los sociólogos Michel Pinçon y Monique Pinçon-Charlot, marido y mujer que han estudiado la historia socioeconómica de los castillos y sus propietarios. Los castillos son repositorios de la historia de la familia, y para los residentes locales, la propiedad y la familia son a menudo indistinguibles, dice la pareja. Así que los recién llegados son vistos como arribistas idiotas, y rechazados.
"La gente del pueblo piensa que ellos pretenden ser los dueños de los castillos", dice Pinçon-Charlot. Algunos tratan de sembrar buena voluntad haciendo donaciones de dinero a la escuela de la localidad o a la iglesia.
A cuatro kilómetros y medio del Château de Thaumiers, en Bannegon, tres niños de la familia de Bengy heredaron un problema diferente cuando su padre murió en 1992 y les dejó un castillo, en muy mal estado, que se remonta al siglo trece.
El mayor, Antoine, entonces de 16, "pensó que no tenía derecho a vender el patrimonio de la familia y lo mantuvo durante generaciones, con un montón de sacrificios", dice su tía, Véronique de Bengy. Así que fundó una asociación de amigos para recaudar dinero para las reparaciones y trabajar en la restauración del castillo, dijo.
Francois D'arrouzat, estudiante de administración de empresas de París y trabajador voluntario en el castillo, dijo que la restauración empezó en 1993 y probablemente continuará por veinte o más años, y cuando se termine habrá costado unos 7.5 millones de dólares. Sólo la reparación del tejado costará la mitad de eso, dijo.
"Sin la asociación, no habríamos logrado nunca salvar nuestros tejados", dijo de Bengy, explicando que parte de la propiedad ha sido clasificada por el gobierno como monumento histórico y que la restauración exige trabajadores calificados, materiales especiales y numerosos permisos e inspecciones, todo lo cual eleva aun más los costes.
Gran parte de los fondos de la asociación provienen de un festival medieval que el castillo organiza todos los veranos, que incluye un concierto de rock y el saqueo del castillo por 500 participantes en trajes de época.
De vuelta en el Château de Boucard, a unos 160 kilómetros al sur de París, en la región vitivinícola de Sancerre, la familia residente ha considerado muchas opciones, pero sigue dividida en cuanto a qué hacer con el castillo.
La señora del castillo, de Montabert, dijo que venderlo estaba "fuera de cuestión". Su hijo, que lo heredará, es veterinario y no podría mantenerlo, aun si lo quisiera, que no es el caso, dice su madre. Y sus dos hijas se dividirían las 300 hectáreas que rodean al castillo, privándolo de sus ingresos.
Parte del castillo de 20 habitaciones ha sido abandonada, parte restaurada y abierta al público y parte es usada por la familia. Debido a que el castillo es un monumento histórico, el gobierno financia una parte de los costes de mantención, pero la mera magnitud de lo que hay que hacer es desalentadora, dice la hermana mayor Edwige Mortier.
En cuanto a vender el castillo cuando muera su madre, Mortier dijo: "No vale la pena. Siempre habrá algo que hacer, y la gente no lo quiere". Calcula que el castillo podría reportar unos 500 mil dólares.
"No veo un futuro muy luminoso", concedió su madre mientras paseaba por el patio de piedra del castillo.
Un friso en el centro de un ala, construido por un jefe militar exiliado que hizo del castillo su hogar a mediados del siglo 16, declara: "La paciencia se la gana al destino".
"Podría ser un mensaje", dice de Montabert. "Debe haber estado pensando en mí cuando lo escribió".

Corinne Gavard contribuyó a este reportaje.

27 de agosto de 2006
©washington post
©traducción mQh
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