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la dea según wikileaks


Cables diplomáticos muestran el creciente alcance de la agencia antinarcóticos.
Washington, Estados Unidos. La Agencia de Control de Drogas (Drug Enforcement Administration, DEA) se ha convertido en una organización de espionaje global con un alcance que se extiende mucho más allá de los narcóticos, y en una operación de espionaje tan expansiva que han debido ahuyentar a políticos extranjeros que quieren usarla contra sus enemigos políticos locales, de acuerdo a cables diplomáticos secretos.
Con mucho mayor detalle que previamente, los cables, desde el alijo obtenido por WikiLeaks y entregados a algunas organizaciones de prensa, ofrecen el espectáculo de agentes de antinarcóticos balanceando diplomacia e implementación de la ley en lugares donde puede ser difícil distinguir entre políticos y traficantes, y donde los carteles de la droga son pequeños estados cuya riqueza y violencia les permiten atacar sin miramientos a los gobiernos que se les oponen.
Los diplomáticos recogieron inmemorables viñetas de la en gran parte invisible guerra contra las drogas:

-En Panamá, un mensaje urgente por Black Berry del presidente al embajador estadounidense pidiéndole que la DEA persiga a sus enemigos políticos: "Necesito ayuda para pinchar teléfonos".

-En Sierra Leona, un abultado juicio por tráfico de drogas estuvo a punto de ser archivado por el intento del fiscal general al pedir 2.5 millones de dólares en sobornos.

_En Guinea, el más grande barón de la droga del país resultó ser el hijo del presidente, y los diplomáticos descubrieron que antes de que la policía destruyera una inmensa requisa de narcóticos, las drogas habían sido reemplazadas por harina.

-Los altos mandos de las asediadas fuerzas armadas hicieron llamados privados a colaborar con la agencia antinarcóticos, confesando que tenían poca fe en las fuerzas de policía del país.

-Cables desde Myanmar, blanco de estrictas sanciones de Naciones Unidas, describen que informantes de la agencia antinarcóticos hablan sobre cómo se enriquece la junta militar con el dinero de la droga y sobre las actividades políticas de los opositores a la junta.
Funcionarios de la DEA y del Departamento de Estado se negaron a comentar lo que dijeron que eran informaciones que no debieron ser públicas nunca.

Como muchos de los cables hechos públicos en las últimas semanas, aquellos que describen la guerra contra las drogas no entregan grandes revelaciones. Más bien, se trata de los detalles que se van sumando para tener una imagen más clara de la negativa influencia de los grandes traficantes, el difícil juego de desenmascarar a los funcionarios extranjeros que están controlados por los señores de la droga, y la historia de cómo una agencia que opera a la sombra del FBI, se ha transformado en algo más que una agencia antinarcóticos. La DEA tiene ahora 87 dependencias en 63 países y colabora estrechamente con gobiernos que mantienen a distancia a la Central de Inteligencia Americana.
Debido a la ubicuidad del azote de la droga, hoy la DEA tiene acceso a gobiernos extranjeros, incluyendo los que, como Nicaragua y Venezuela, tienen malas relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Muchos están ansiosos por sacar ventaja de las tecnologías de detección de drogas e interceptaciones.
En algunos países, la colaboración parece funcionar bien, y la agencia proporciona informaciones que han ayudado a capturar a traficantes, e incluso a desbaratar carteles enteros. Pero la victoria puede costar cara, de acuerdo a los cables que describen decenas de informantes y un puñado de agentes que han sido asesinados en México y Afganistán.
En Venezuela, el servicio de inteligencia local se volcó contra la DEA, infiltró sus operaciones, saboteó sus equipos y contrató a un hacker para interceptar los e-mails de la embajada estadounidense, dicen los cables.
Y a medida que la agencia antinarcóticos expande sus operaciones de espionaje para mantenerse al día con los carteles, ha sido presionada para que corrija la dirección de sus operaciones de vigilancia en narcóticos de parte de intereses locales, provocando tensiones con algunos de los aliados más estrechos de Washington.

Situaciones Difíciles
Cables escritos por diplomáticos estadounidenses en Paraguay en febrero, por ejemplo, describen que la DEA rechazó peticiones del gobierno de ese país para ayudarles a espiar a una organización subversiva conocida como el Ejército Paraguayo del Pueblo, EPP. La organización de extrema izquierda sospechosa de tener vínculos con la organización revolucionaria colombiana, FARC, ha cometido varios secuestros muy publicitados y estaba haciendo una pequeña fortuna con los rescates.
Cuando los diplomáticos estadounidenses se negaron a dar acceso a Paraguay al sistema de interceptaciones de la agencia antinarcóticos, el ministro del Interior, Rafael Filizzola, amenazó con cerrarla, diciendo: "La lucha contra las drogas es importante, pero no derrocará al gobierno. El EPP sí podría".
El año pasado, la DEA debió hacer frente a intensas presiones de Panamá, cuyo presidente de derechas, Ricardo Martinelli, exigió que la agencia le permitiera usar el programa de interceptaciones -conocido como Matador- para espiar a los enemigos políticos de izquierda, que según él estaban conspirando para matarlo.
Estados Unidos, de acuerdo a los cables, temía que Martinelli, un magnate de supermercado, "no hace distinción entre objetivos legítimos de seguridad y enemigos políticos", y rechazó la petición, provocando tensiones que duraron meses.
"Martinelli, que según los cables tiene una" inclinación al matonaje y al chantaje", se vengó proponiendo una ley que habría puesto fin al trabajo de la DEA con unidades policiales especiales. Luego trató de subvertir el control de la agencia antinarcóticos sobre el programa, asignando funcionarios no evaluados a unidades de antinarcóticos.
Y cuando Estados Unidos rechazó esos intentos -trasladando el sistema Matador a las oficinas del fiscal general, que es más independiente políticamente-, Martinelli amenazó con expulsar del país a la agencia antidrogas, diciendo que países como Israel estarían más que felices de satisfacer sus peticiones de inteligencia.
Finalmente, de acuerdo a los cables, los diplomáticos estadounidenses empezaron a preguntarse por las motivaciones de Martinelli. ¿Realmente quería que la DEA desbaratara las conspiraciones de sus adversarios, o estaba tratando de impedir que la agencia se enterara de la corrupción entre sus parientes y amigos?
Un cable dice que un primo de Martinelli ayudó a introducir al país decenas de millones de dólares de ganancias del negocio de la droga a través del principal aeropuerto de Panamá todos los meses. Otro observó: "No hay razón para creer que habrá menos actos de corrupción en este gobierno que en cualquier otro gobierno pasado".
Como el impasse continuaba, los cables indican que Estados Unidos propuso suspender el programa Matador, antes que someterse a las exigencias de Martinelli. (Funcionarios estadounidenses dicen que el programa fue suspendido, pero que los británicos se encargaron del programa de interceptaciones y comparten su inteligencia con Estados Unidos.)
En una declaración el sábado, el gobierno de Panamá declaró que lamentaba "la mala interpretación de las autoridades de Estados Unidos de la petición de ayuda para combatir de frente la delincuencia y el tráfico de drogas". En la declaración se lee que Panamá continuará sus esfuerzos para terminar con el crimen organizado y enfatizó que Panamá sigue teniendo "excelentes relaciones con Estados Unidos".
Entretanto, en Paraguay, según los cables, Estados Unidos accedió a que las autoridades locales utilicen interceptaciones de la DEA en casos de secuestros, mientras fueran aprobados por la Corte Suprema de Paraguay.
"Hemos navegado cuidadosamente por esta situación que es tan sensible y tan difícil políticamente", dice un cable. "Parece que no tenemos otra opción viable".

Mandato Más Largo
Creada en 1973, la DEA ha construido firmemente su zona de influencia internacional, impulsada originalmente por la naturaleza internacional del tráfico de drogas, pero también por fuerzas dentro de la agencia que buscaban un mandato más grande. Desde los atentados terroristas de 2001, los jefes de la agencia han citado lo que describen como un creciente vínculo entre las drogas y el terrorismo, para expandir su presencia en el extranjero.
En Afganistán, por ejemplo, "agentes de la DEA se han convencido de que no hay diferencias entre los narcotraficantes del más alto nivel y los insurgentes talibanes", dijo Karen Tandy, entonces la administradora de la agencia, a funcionarios de la Unión Europea en una sesión de 2007, de acuerdo a un cable desde Bruselas.
Tandy describe la grabación que hizo un informante de la agencia de una reunión en la provincia de Nangarhar entre nueve talibanes y once narcotraficantes para coordinar su apoyo financiero a la insurgencia, y dijo que la agencia estaba tratando de levantar un "cinturón de seguridad"en torno a Afganistán para bloquear la importación de químicos para el procesamiento de la heroína. La agencia ha estado infiltrando sus agentes en unidades militares en todo Afganistán, dijo. Solamente en 2007 la DEA inauguró nuevas oficinas en Tayikistán, Kirguistán y Dubai, Emiratos Árabes Unidos, así como en tres ciudades mexicanas.
Los cables describen largas negociaciones sobre la extradición a Estados Unidos de dos notorios comerciantes de armas buscados por la DEA cuando empezó a ir más allá de lo normal en casos de drogas: Monzer al-Kassar, un sirio arrestado en España, y Viktor Bout, un ruso arrestado en Tailandia. Ambos fueron acusados de ofrecer armas ilegales a informantes disfrazados de compradores para los revolucionarios colombianos. Curiosamente, ninguno de los dos fue acusado de violar las leyes de narcóticos.
A fines del año pasado, en un caso de la DEA, tres hombres acusados de conspirar para transportar toneladas de cocaína por el noroeste de África, fueron acusados por una ley contra el narco-terrorismo agregada a la legislación en 2006, y  vinculados con al Qaeda y su asociado en África del Norte, llamado al Qaeda en el Magreb Islámico.
Los acusados mismos habían confesado sus vínculos con el terrorismo, de acuerdo a la DEA, aunque funcionarios contaron al New York Times que no tenían corroboración independiente de las conexiones con al Qaeda. Expertos en las regiones desérticas de África del Norte, que han sido durante largo tiempo una ruta de contrabando entre África y Europa, están divididos sobre si los operativos de al Qaeda juegan o no un papel de importancia en el narcotráfico, y algunos escépticos observan que agregar cargos de terrorismo a los casos implicará recursos de investigación adicionales y la necesidad de convencer a un jurado.

Nuevas Rutas
Sin embargo, la mayoría de las veces la expansión de la agencia parece impulsada por fuerzas externas antes que internas, a medida que los traficantes abren nuevas rutas para proveer a nuevos mercados. A medida que los carteles mexicanos se hacen con el control de los envíos de droga desde América del Sur a Estados Unidos, los carteles colombianos han empezado a transportar cocaína a Europa a través de África Occidental.
Los cables ofrecen un retrato del asombroso efecto en Mali, cuyos desiertos han sido sembrados de aviones abandonados -incluyendo incluso al menos un Boeing 727-, y Ghana, donde los traficantes introducen fácilmente drogas a través del salon VVIP [Very Very Important Person]."
La corrupción generalizada en muchos países de África Occidental hace difícil que los diplomáticos puedan confiar en alguien. En un caso de Sierra Leona de 2008, el presidente Ernest Bai Koroma persiguió y extraditó a tres traficantes sudamericanos capturados con 675 kilos de cocaína, mientras su fiscal general fue acusado de pedir sobornos por su liberación, de hasta 2.5 millones de dólares.
En Nigeria, la DEA informó que hace unos años diplomáticos de la embajada de Liberia estaban usando vehículos oficiales para transportar drogas al otro lado de la frontera, porque sus gobiernos, asolados por la guerra, no les pagaban sus salarios, y tuvieron que "buscárselas ellos mismos".
Un cable de 2008, desde Guinea, describe una suerte de conversación íntima y franca sobre el narcotráfico entre el embajador estadounidense Phillip Carter III, y el primer ministro de Guinea, Lansana Kouyaté. En un momento, según el cable, Kouyaté "se desplomó visiblemente en su silla" y reconoció que el más poderoso narcotraficante de Guinea era Ousmane Conté, hijo de Lansana Conté, entonces el presidente. (Tras la muerte de su padre, Conté fue enviado a prisión.)
Algunos días más tarde, los diplomáticos entregaron evidencias de que la corrupción se extendía mucho más ampliamente en el gobierno guineano. más allá del hijo del presidente. En un cable muy colorido -con capítulos titulados ‘Pretextos, pretextos, pretextos’ y ‘Producción dramática’-, los diplomáticos describen haber asistido a lo que se llamó una fogata de drogas que había sido montada por el gobierno guineano para demostrar su compromiso con la lucha contra el narcotráfico.
Altos oficiales guineanos, incluyendo al zar de las drogas del país, el jefe de policía y el ministro de justicia presenciaron la quemazón que el gobierno dijo que consistía de 157 kilos de marihuana y 387 de cocaína, evaluados en 6.5 millones de dólares.
En realidad, escribieron los diplomáticos estadounidenses, toda la incineración había sido un montaje. Informantes había informado a la embajada estadounidense previamente que las autoridades guineanas habían remplazado la cocaína por harina de mandioca, demostrando, escribieron los diplomáticos, "que la corrupción narco ha contaminado" al gobierno de Guinea "en los más altos niveles."
Y no se necesitaban las sofisticadas técnicas de inteligencia de la DEA para descubrir la verdad. El cable informa que incluso el chofer del embajador esnifaba.
"Conozco el olor de la marihuana ardiendo", dijo el chofer. "Y yo no olí nada".
[Andrew W. Lehren contribuyó al reportaje.]
2 de enero de 2011
25 de diciembre de 2010
©new york times
cc traducción mQh
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legalización inevitable


El referendo de California abrió el debate. Pase o no pase, la despenalización en el mundo es una realidad y la legalización está cada vez más cerca.
Colombia. El referendo del próximo 2 de noviembre en California para legalizar el consumo de la marihuana puede que no pase, según el veredicto de las últimas encuestas. Sin embargo, ya cumplió con parte de su cometido: que se volviera a hablar de un tema tabú en Estados Unidos y que saliera a flote el sentimiento colectivo de que se ha fracasado en el intento mundial de controlar las drogas con la represión.
Nunca antes, como en los últimos años, la derrota de la ’Guerra contra las drogas’ había sido tan clara. El 76 por ciento de los norteamericanos considera que fracasó. La crisis de México, que al finalizar este año sumará 30.000 muertos, es la prueba de que la violencia que produce el narcotráfico es una epidemia para la cual aún no se ha descubierto la cura. Y la ONU hace cuatro meses lanzó un SOS advirtiéndole al mundo que las mafias están poniendo en serio peligro a los Estados.
Es cierto que otras veces en la historia se ha ondeado la bandera de la legalización. La diferencia ahora es que ya no son unos extremistas libertarios, casi hippies, o unos visionarios incomprendidos, como Milton Friedman y Álvaro Gómez, los que la llevan al hombro. Se ha comenzado a masificar de tal manera esa convicción que no es nada estrambótico pronosticar que en unos años el mundo estará siendo testigo de esta revolución.
En las ciudades de todo el mundo se está dando una dinámica contundente para legalizar la marihuana. Sin embargo, por ahora, y por prudencia, los líderes políticos solo hablan a favor de despenalizar su consumo. Lo que piensan en privado, sin embargo, no corresponde necesariamente a lo que dicen en público, por temor a un suicidio político. De ahí que la mayoría de los jefes de Estado que comienzan con intenciones de legalizar recurren siempre al libreto de que esta solo será posible cuando sea decisión global y no unilateral de uno o varios países. Pero lo cierto es que la despenalización es prácticamente ya una realidad. Y despenalizar sin legalizar es como estar un poquito preñado. Y eso es muy difícil. Por eso, más temprano que tarde se llegará a la legalización.
Uno de los argumentos más fuertes a favor de esta iniciativa es que ya está probado que la cárcel le hace más daño a un consumidor de marihuana que fumar la yerba misma. Pero el problema para pasar de la despenalización a la legalización es que así como es posible equiparar el fenómeno de la marihuana con el del alcohol, no ocurre lo mismo con la cocaína. Y legalizar la producción y el consumo de cocaína es visto como una aventura más riesgosa que la de la marihuana. De no ser porque el libre mercado de la una pareciera abrir la puerta a la otra, ya hace rato se habría legalizado la primera.
Ya ni siquiera sorprende o escandaliza que un personaje salga del clóset en contra de la prohibición. El pronunciamiento más reciente fue de George Soros, el multimillonario que además sacó de su bolsillo un millón de dólares para la campaña en favor de la legalización. En una columna publicada el jueves pasado en The Wall Street Journal, habla bellezas de lo útiles que serían los 1,4 billones que California recibiría en materia de impuestos si se legalizara la marihuana.
La paradoja de lo que se dice en público y lo que se hace en privado ha quedado reflejada en las últimas encuestas en California. A pesar de que hay unos 400.000 consumidores de marihuana medicinal y 700 dispensarios legales en donde se consigue la yerba, las encuestas dicen que el 51 por ciento está en contra de legalizarla. Sin embargo, al principio del mes los sondeos decían lo contrario. En todo caso, si el referendo llegara a pasar en California se abrirían inmediatamente las compuertas para que los países productores, comenzando por los de América Latina, le exijan a los Estados Unidos una política coherente. Como el propio presidente Juan Manuel Santos manifestó, es muy difícil explicarle a un campesino colombiano que puede ir a la cárcel por sembrar marihuana, cuando en el estado más rico de los Estados Unidos se puede producir, vender y consumir libremente.
Ese riesgo de abrir la compuerta de la rebelión de los países productores ha hecho que los cruzados de la prohibición blandan sus espadas para ponerles coto a las tendencias liberacionistas. Hasta centros de pensamiento, como la Rand Corporation, patrocinada por el Pentágono, publicaron informes para disuadir a los latinos de votar por el ’Sí’. La tesis central del estudio es que la legalización en California no tiene ningún efecto sobre la violencia en México. Eso puede ser así, pero lo que es indiscutible es que la legalización a nivel mundial erradicaría la violencia que han generado las mafias que surgen por la ilegalidad.
Para los abanderados de la legalización, perder el referendo no significa perder la guerra. Ya se están preparando para la próxima batalla, que tendrá lugar en Davos, el foro de la élite económica del mundo, en enero. Para entonces, la comisión que lideran los ex presidentes César Gaviria, Fernando Henrique Cardoso y Ernesto Zedillo, y que está a favor de eliminar la prohibición de la marihuana, se va a ampliar con otras figuras de talla mundial como el ex secretario de Defensa de Estados Unidos William Perry y el ex secretario del Consejo de la Unión Europea Javier Solana. Que el futuro de la política sobre las drogas llegue al corazón de un foro de esa importancia y deje de ser dominio exclusivo de los agentes de las tres letras (el FBI, la CIA y la DEA) puede cambiar por completo el manejo que se le da a ese problema.

La Crónica del Fracaso
No se necesita ser muy inteligente para concluir que 40 años después de que Richard Nixon declaró de manera oficial la "Guerra contra las drogas", esta ha fracasado. Las cifras son elocuentes. La coca se extendió a más países -de 44 en 1980 a 130 hoy- y el consumo en el mundo es impresionante -cerca de 250 millones de personas usan drogas ilícitas al menos una vez al año-. La traba azota por igual a ricos y a pobres. En Estados Unidos, hace 30 años los detenidos por delitos relacionados con la droga no llegaban a 50.000. Hoy, al año, arrestan cerca de 1,6 millones de personas, de las cuales 700.000 resultan condenadas. En Europa, los números también son escandalosos: el gobierno británico informó que la abundancia de cocaína es tal en su país que es tan fácil de obtener como una cerveza o una copa de vino.
Lo peor es que no son solo ciudadanos de a pie los que han terminado involucrados en este mundo de la ilegalidad. Es de conocimiento público que los últimos tres presidentes de Estados Unidos, Barack Obama, Bill Clinton y George Bush, consumieron drogas. Clinton, para protegerse, aclaró que fumó marihuana pero que no la inhaló, con lo cual hizo un oso mundial. Barack Obama, según sus propias palabras, no solamente la probó sino que la inhaló "frecuentemente, porque de eso se trataba". Bush se negó a contestar preguntas sobre el tema pero todos sus compañeros de clase dicen que consumían con él. ¿Por qué no fueron encarcelados estos tres presidentes? (por no hablar de los candidatos de la reciente contienda presidencial en Colombia, cuatro de los cuales admitieron haber fumado marihuana, incluyendo al hoy presidente, Juan Manuel Santos).
En el mundo pobre o en desarrollo la guerra ha sido aún más devastadora. Ese próspero mercado ilegal les da sentido a las mafias, que no solo producen aterradoras estadísticas de sangre, sino que carcomen las instituciones de un país. Se ha demostrado que en mayor o menor grado corrompen a la justicia, a los partidos políticos, al Congreso, a los organismos de seguridad, a los gobiernos y hasta a las guerrillas, como ocurrió en Colombia.
The Economist plantea que "la guerra contra las drogas ha sido un desastre pues ha producido estados fallidos en el mundo en desarrollo". Y los ejemplos pululan. Al presidente de Guinea Bisseau lo mataron por un lío que tenía con uno de los carteles. Y en Afganistán, el mercado de la amapola es una tercera parte del producto interno bruto. El general James Jones, ex comandante de la Otan, antes de ser asesor de seguridad de Obama dijo que la situación en Afganistán se deterioró "por el tráfico de drogas, que es sin duda alguna la fuerza económica que nutre el resurgimiento de los talibanes".
En América Latina la situación no es mejor. El tráfico en Guatemala, Honduras y El Salvador está aumentando vertiginosamente. El primo del presidente panameño ha sido detenido por lavado de dólares. Y México está aún peor que Colombia. Se han visto los peores horrores de esta guerra, masacres de 72 personas y cuerpos sin cabeza colgando de puentes. La semana pasada fue calificada como una de las más violentas, con seis matanzas, la mayoría de ellas contra mujeres y jóvenes, y la última de ellas, una emboscada el viernes en la que murieron nueve policías en Jalisco. El miedo es tal que en Tamaulipas les pidieron a los adultos que no se disfrazaran en la Noche de las Brujas. Así como alguna vez le tocó a un antiguo paraíso como Medellín verse convertido en un infierno como el Chicago en los tiempos de Al Capone, ahora el turno es para las ciudades mexicanas.
La situación es tan grave en el país azteca que el ex zar antidrogas de los Estados Unidos Barry McCaffrey dijo que México estaba en riesgo de convertirse en un Estado fallido y lo tildó de "narcoestado". La lección es muy clara: el negocio no se acaba sino que se trasforma. En Colombia se ha presentado una transformación del mismo por cuenta del bloqueo al tráfico por el Caribe, el cual hizo que el principal destino de las drogas colombianas no sea ya Estados Unidos sino México. De ahí, los mexicanos inundan a los gringos.
Pero ese cambio geográfico no ha disminuido los costos para el país. Colombia tuvo que triplicar su fuerza pública hasta convertirla en una de las más grandes de la región por número de habitantes, y por ende su mantenimiento amarra las finanzas del Estado. Los resultados, aunque buenos apenas en los dos últimos años, están lejos de ser óptimos. Cuando empezó el Plan Colombia había coca en ocho departamentos, hoy hay en 24. La producción sigue siendo la más alta del mundo y el narcohuracán dejó a su paso una dañina estela de corrupción.
Los generales más consagrados de la guerra contra las drogas tienen su propio arsenal de argumentos para mantener el statu quo. Esgrimen los datos más recientes que muestran una caída mundial en el cultivo de coca -13 por ciento de 2007 a 2009- y en el consumo en Estados Unidos -de 10,5 millones de consumidores en los 80 a 5,3 en 2008-. El problema es que esas mejoras que se han visto sobre todo en los dos últimos años no garantizan que sean definitivas, pues también se ha visto en otros periodos una caída de los indicadores seguida de un alza.
Lo único que de verdad ha sido constante es la teoría de que el mercado de la droga es como un globo al que si se le aprieta por un lado se expande por el otro. Así como baja el consumo en Estados, Unidos crece en Europa. Así como baja el cultivo en Colombia 58 por ciento, crece de nuevo en Bolivia 110 por ciento, y en Perú, 38 por ciento. Las anfetaminas, con 30 millones de consumidores, tienden a superar a los usuarios de la coca. Y, según los expertos, solo falta que se logre diseñar una droga de laboratorio que sea compatible con el alcohol para que la coca pase a la historia.
Tras estos 40 años de sangre, sudor y lágrimas no solo está claro que la guerra se ha perdido, sino también que leyes severas en materia de drogas no producen automáticamente una reducción de su uso. Para la muestra están países como Estados Unidos y Gran Bretaña, que siendo los más estrictos en la prohibición, son también los que padecen más el consumo.

Huele a Legalización
A pesar de todas esas evidencias, a la hora de tomar las decisiones políticas se produce un extraño efecto y a todos los presidentes en ejercicio les da miedo reconocer que el paradigma de la prohibición fracasó. El caso más dramático es el del propio Barack Obama, quien cuando hacía campaña para el Senado, en 2004, dijo que "la guerra contra las drogas es un fracaso completo", y ahora como presidente ha tenido que mantener la caña de la prohibición. Sin embargo, con tacto, ha dado pasos. Primero, en mayo del año pasado, su zar antidrogas, Gil Kerlikowske, advirtió que el gobierno no iba a utilizar la expresión "Guerra contra las drogas" porque era "contraproducente". Y en octubre, el fiscal general, Eric Holder, anunció que no perseguirán la venta de marihuana en los estados donde esté permitido su uso medicinal.
Muchos, en ese momento, se preguntaron si eso significaba que la marihuana había sido legalizada por la puerta de atrás. Pero lo cierto es que se trata de un fenómeno que sin mayor escándalo está recorriendo el mundo. En Suramérica y Europa -con excepción de Suecia-, en la década que terminó, prácticamente todos los países despenalizaron, en mayor o menor grado el consumo. Ecuador, incluso, decidió indultar por Constitución a las llamadas ’mulas’. Y en Estados Unidos, a los 13 estados en los que se puede comprar legalmente la yerba se les van a sumar probablemente unos 15 más en el futuro cercano. Eso quiere decir que, en pocos años, más de la mitad de los estados de la Unión habrían legalizado la marihuana.
A esa corriente libertaria la ayuda el hecho de que en países como Holanda, donde la venta de cannabis es abierta, el consumo no es mayor que en países vecinos como Alemania y Bélgica, y es más bajo que en Inglaterra, Francia o España.
Pero hoy existe un elemento nuevo a favor del cambio, que la revista Fortune definió así: "Estamos sumidos en la peor situación económica desde la Gran Depresión, lo que hace que la perspectiva de recaudar impuestos por la venta de marihuana sea tan atractivo para los políticos contemporáneos como lo fueron los impuestos de la cerveza, el vino y el licor para el presidente Roosevelt cuando asumió el cargo en 1933, año en que la prohibición fue derogada". Que el tema se vaya a discutir en el foro de Davos no es solo una mera coincidencia. Ni tampoco es coincidencia que George Soros diga en su columna lo productivo que sería para su país legalizar la marihuana no solo por la cantidad de dinero que se ahorraría -13.500 millones de dólares que se gasta en reprimir el consumo, según un estudio de Harvard-, sino también por los impuestos que esta industria generaría -en el mundo mueve 106.000 millones de dólares según el último informe de la ONU-. En países como México podría convertirse en una multinacional que generaría cientos de miles de empleos y 20.000 millones de dólares en ventas.
Es decir, los gánsteres quedarían a un lado para darles paso a los empresarios legítimos y a las arcas del Estado. Sin duda, la legalización puede llevar a un aumento en el mercado de las drogas. Pero el problema dejaría de ser de mafias que amenazan a los gobiernos, para pasar a ser un asunto de educación y salud pública. En cambio, sobre lo que sí existe un amplio consenso es en que estar atrapado en el sistema de justicia penal hace más daño a los jóvenes que la marihuana en sí misma.
En la historia se ha cometido el error de insistir en guerras perdidas. Ese fue el caso de Vietnam, hace 30 años, o el de Afganistán e Irak en la actualidad. Ojalá no se prolongue indefinidamente ese error en la guerra contra las drogas.
31 de octubre de 2010
30 de octubre de 2010
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el jefe blanco randy borman


Ayuda a sobrevivir a los indios cofanes de Ecuador.
[Juan Forero] Pizarras, Ecuador. Hace poco, el hombre conocido como el Jefe Gringo llevaba una tradicional bata negra y un collar hecho con dientes de jaguar y de jabalí, perfectamente convenientes para la ceremonia de los indios cofanes en celebración por la compra de otro segmento de selva tropical.
A un grupo de otros cofanes, Randy Borman dio un discurso celebrando el último logro de un pueblo nativo resuelto a recuperar sus extensas tierras ancestrales. Hablaba perfecto cofane, y nadie tuvo reparos sobre sus orígenes: hijo de padres misioneros estadounidenses que llegó a convertirse en el más importante e influyente líder cofane.
Borman, de ojos azules y pelo cano, de 54 años, es descrito por quienes le conocen como un activo y casi frenético administrador que en los últimos treinta años ha ayudado a encabezar el renacimiento de un pueblo zarandeado por invasiones de colonos y compañías petrolíferas.
En el camino, ha ganado respeto por su capacidad para cazar monos con cerbatana y ha pasado semanas abriéndose camino penosamente en una implacable jungla.
Pero sus amigos cofanes dicen que su logro más duradero fue ayudar a los cofanes a adquirir tanto territorio que ahora administran un territorio que es casi del tamaño de Delaware. Su éxito, dicen los que saben sobre los pueblos nativos del Amazonas, es un ejemplo para otros grupos indígenas.
"Su cuerpo, su piel, todo eso es gringo, pero el corazón de Randy es cofane", dijo Roberto Aguinda, 39, que dirige una red de guardas de parque cofane que recorren las reservas de la comunidad. "Se entiende con los dos mundos, los cofanes y el de sus padres. Pero cuando está aquí en la comunidad, sabe más sobre esta vida que los mismos cofanes".

Sobrevivir
En toda América del Sur, las tribus indias se ven cada vez más confrontadas a mineros, ganaderos, campesinos, y los caminos y embalses de compañías hidroeléctricas que parecen siempre acompañarlos. Algunos grupos continúan viviendo aislados, y no han visto nunca a un extranjero. Algunos están desapareciendo rápidamente, pero otros están prosperando, y ahora controlan territorios tan grandes como países.
Entre los más inusuales se encuentran los cofanes, que conservan muchas de sus tradiciones, pese a que han adoptado aspectos del mundo exterior que los mayores piensan que garantizan un futuro brillante para la comunidad.
Eso incluye contar con un extranjero étnico, Borman, que como jefe de territorios gestiona las tierras y el financiamiento necesario para pagar por ellas. También significa construir alianzas con funcionarios del gobierno ecuatoriano y enviar niños cofanes a escuelas privadas en Quito, la capital, y a universidades en Estados Unidos para preparar a líderes aptos en varias culturas.
La estrategia ha dado sus frutos: los cofanes controlan seis veces más tierra que a principios de los años noventa, lo que es muy impresionante porque no son una comunidad muy grande. Viven en Ecuador 1.200 cofanes, y quinientos más al otro lado de la frontera con Colombia.
"En los años ochenta, algunos pensaban que iban a desaparecer. Eran pocos, y sólo hablaban su idioma; no tenía estructuras políticas fuertes", dijo Michael Cepek, antropólogo de la Universidad de Texas que ha estudiado a los cofanes durante dieciséis años. "Curiosamente, veinte años después no solamente han sobrevivido, sino que además están prosperando".

Labor Comunitaria
La comunidad que encontraron los dos misioneros estadounidenses en los años cincuenta era muy diferentes: eran menos de quinientos, y su tierra era codiciada por colonos, compañías petrolíferas y madereras. Bub y Bobbie Borman habían llegado para evangelizar y ayudar a desarrollar un alfabeto cofane, para hacer un diccionario.
Fue aquí, en la selva, que nació Randy. Con dos hermanos y una hermana, vivía en una casa con techo de paja y aprendió trucos para cazar tapires y pescar   monstruosos bagres. Borman dice que se siente tan cofane como cualquier otro, pero que también tuvo privilegios de los que no disfrutó ningún cofane: estudió en una escuela privada en Quito y fue a la universidad de Estados Unidos.

Y Entonces, Volvió a Casa
"No creo haber tenido nunca ninguna duda de que mi comunidad estaba aquí y que mi cultura era la cultura cofane", dijo Borman, que habla con un ligero acento del Midwestern. Se casó con una mujer cofane, Amelia Quenama, tuvo tres hijos y siguió viviendo gran parte de su vida en la selva.
"Todavía me gusta", dijo Borman. "Me encanta cazar y pescar".
También trabajó con un grupo de dedicados caciques para hacer renacer la sociedad cofane, usando las ricas tierras ancestrales y su importancia para el mundo, como atractivo comercial.
Los cofanes forjaron lazos con organizaciones como el Chicago Field Museum, que ha enviado a científicos para estudiar la flora y fauna de la selva, y recibieron financiamiento de las fundaciones MacArthur y Gordon and Betty Moore.
Los cofanes también se han convertido en algo parecido al servicio de guardabosques del gobierno ecuatoriano, adiestrando a decenas de guardas forestales, que pasan hasta un mes abriéndose camino en la jungla con mochilas de cincuenta kilos a la espalda. Acuerdos con el gobierno han conducido a un creciente dominio, de los 776 kilómetros cuadrados bajo control cofane a principio de los años noventa, a los casi 4.402 kilómetros cuadrados de hoy.
Hace un poco en un día lluvioso, junto al torrentoso río Aguarico, Borman miró la gruesa alfombra de espesa selva que se eleva a tres mil kilómetros, la Reserva Ecológica Cayambe-Coca, uno de los siete bloques que controlan los cofanes.
En este, dijo, hay seiscientas especies de aves, cuarenta especies de grandes mamíferos y una de las poblaciones anfibias de más alta densidad del mundo.
"Es un ecosistema increíblemente diverso", dijo Borman.
Explicó que los cofanes ven la selva como un "producto" que puede ser vendido al mundo. "Esp es lo que es: el producto es una selva tropical intacta, funcionando", dijo.
Ahora Borman pasa gran parte del tiempo en Quito o en el extranjero, trabajando en un plan de créditos de carbono que llama a los países ricos, inversores y fundaciones a pagar a los cofanes para proteger la selva y así ayudar a contrarrestar las emisiones de dióxido de carbono.
"Aquí manejamos casi un dólar por hectárea al año", dijo Borman sobre el coste de administrar las tierras cofanes, medio millón de dólares en total. "No tenemos deforestación, no tenemos ningún daño".

8 de agosto de 2010
21 de junio de 2010
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vendedoras de té de khartoum


Venden recuerdos de tiempos mejores. El dinero no alcanza para las vendedoras de té, que conocen las historias de Khartoum, pero llegan y se sientan en una silla rota o encima de una caja, para que el té se pueda enfriar en tus manos. ¿Cuál es la prisa?
[Jeffrey Fleishman] Khartoum, Sudán. Las vendedoras de té llegan antes que el sol, encienden fogatas, agitan jarros, cucharean azúcar. Tararean y cantan, mujeres perdidas, marcadas con símbolos tribales, lejos de casa. Se sientan a esperar, con las teteras siseando entre el rescoldo y las cenizas, empezando el gran día, cayendo sobre el Nilo como un trapo mojado.
Khadiga Salim respira hondo. Ha tomado dos buses y gastado dos horas viajando desde las barriadas hasta el centro de Khartoum. Hace dieciséis años que vive aquí, desde que los tiroteos y los ladrones de ganado ahuyentaran a su familia de su granja en Darfur. Su hermana la introdujo en el oficio, le dijo, en estas calles, querida, una vendedora de té es lo mejor que puedes ser.
Húmedas, suaves y rápidas, sus manos revolotean entre el jarro y el colador, aviva el fuego, la tetera de plata ennegrecida. La vida la pasa vendiendo té a amigos y desconocidos en un pedazo de la acera apenas algo más ancho que su falda. Esta ciudad se volvió dura y el hombre con quien se casó terminó siendo malo, pero su voz es bonita, y sosiega a los hombres de turbante blanco que sorben té en delgados vasos.
"Soy divorciada. Tengo cuatro hijos. El dinero no es suficiente", dice Salim, que tiene las mejillas tatuadas con las finas líneas de la tribu misseriya. "Quería trabajar en limpieza de casas, pero no había trabajo. Tengo que trabajar en la calle. No puedo pagar una tienda. La policía nos persigue. Se roban nuestras teteras y se llevan nuestras jarros".
Las vendedoras de té de la capital sudanesa son viudas, están en la ruina, luchando, solas. Miles de ellas han escapado de la pobreza, huido de guerras, enterrado familias; la edad se les echó encima. Dispersas por toda la ciudad, vestidas con colores que parecen robados de arco iris y pavos reales, esperan a la sombra de los árboles y edificios, junto a niños limpiabotas y hombres que venden tarjetas de teléfono, sirviendo hasta el anochecer, ocultando sus cocinas, despareciendo en la noche.
La policía escaldó a algunas de ellas con su propio agua. El ministerio de Salud dice que sus utensilios son sucios. Existen en un mundo de las tinieblas que rebota entre el delito menor y la necesidad. Esta ciudad vive con té. Alivia las horas, recompone el alma en el bochorno de la tarde, anima la charla de labradores, banqueros y jeques.
Las vendedoras de té conocen las historias de Khartoum; susurros y cucharas tintineantes. Ven, siéntese en una silla rota o en una caja, deje que el vaso se enfríe en sus manos. ¿Cuál es la prisa? Si presta atención, puede oír los golpes de las redes de los pescadores en los cenagales.
Salim se echa el chal de manchas de leopardo, ligero como gasa, sobre los hombros y la cabeza. Se levanta brevemente una brisa. El fuego calienta el aire a su alrededor, pero ella no suda; sonríe, radiante, como la brisa, pero no por mucho tiempo. Las palmas de sus mano resplandecen blancas, la punta de los dedos manchados con el sepia de las fotografías antiguas; pero sus sandalias se ven como nuevas, tiras de cobre y flores color ámbar. Menciona el nombre de su pueblo en Darfur. Y habla de la ciudad más cercana, que suena como canción: Babanusa.
"Teníamos cabras y ganado, pero ahora ya no tenemos nada", cuenta. "La guerra se los llevó. Nos los robaron o murieron de hambre y sed. Mi padre murió en Darfur. Mi madre murió en Karthoum. Me escapé de mi marido. Me golpeaba y hacía problemas. Ya no quiero tener problemas. Nunca volveré a Darfur. Eso lo sé".
Lava un vaso y lo coloca sobre una bandeja plateada. Arroja carbón a las brasas. Un cliente dice algo sobre su pueblo natal; Salim desvía la vista, mirando abajo en la calle, mirando las sombras que rodean al sol. Al menos trescientas mil personas han muerto asesinadas en Darfur, más que los vasos de té que ha servido.
A la vuelta de la esquina, Zahra Ragil amamanta a su hijo. Su tetera hierve. Ella y su marido dejaron las montañas de Nuba para marcharse a la ciudad hace veinte años. Él encontró trabajo en una fábrica, pero hoy en día trabaja como conserje en un hospital; Ragil ha montado una caja y una estufa en una acera de labradores, tenderos y máquinas de aire acondicionado. Gana entre seis y catorce dólares al día, pero el carbón, el té y el azúcar son caros y a menudo lo que empieza como un buen día, terminal mal.
"Era mejor en las montañas", dice, apoyándose contra una muralla de ladrillos de color verde. "Aquí todo nuestro dinero lo gastamos en el alquiler y en la educación de los niños. Quiero volver a las montañas, pero allá las escuelas no son buenas. Estuve limpiando una comisaría de policía. Me pagaban cuarenta dólares al mes. No es suficiente".
La policía le ha requisado sus jarros y teteras veinte veces en los últimos ocho años. Dice que las venden en los mercados de pobres. Eso quiere decir casi todos los mercados de aquí. El dinero del petróleo ha hecho surgir nuevos brotes de vidrios teñidos en la línea del horizonte, pero la mayoría de la gente todavía está esperando que mejoren sus condiciones de vida. La sombra pasa; brillan las teteras de Ragil -una de plata, otra de bronce. Mohammed, su hijo, tropieza, y su hermana mayor -de ocho años- se lo lleva montado en su cadera.
"La mayoría de las señoras del té se conocen unas a otras. No tenemos tiempo para hablar. Nos saludamos y seguimos corriendo para vender el té", dice Ragil. "Cuando viene la policía, nos llamamos para avisarnos y nuestros clientes nos ayudan a esconder nuestras pertenencias".
Tiene cuarenta años y todavía juega al escondite. Se ríe con la idea, pero no se siente realmente bien, sentada con su vestido rojo, asándose al sol, las teteras hirviendo y ningún cliente, sólo cucharas asomándose entre latas y vasos que deben ser lavados en el cubo de agua. Sabe que la temporada de lluvias está convirtiendo su casa en la montaña en resbaladiza y verde.
"Me siento aquí y pienso en el futuro de mis hijos", dice. "¿Qué pasará con ellos? ¿Se pueden cuidar a sí mismos? Con la edad, es más difícil trabajar. No sé si viviré mucho tiempo".
Cierra sus ojos, atenta a su hijo, que está tranquilo en los brazos de su hermana.
La brisa se pone tacaña en la calle de Salim. Dos hombres de la librería vienen a tomar un té. Salim sirve. Ya no le queda ninguno de los caballos de la familia y los niños están pasando hambre. Se pregunta cómo puede ocurrir algo así en un mundo que lo tiene todo. Quizás sólo algunos lo tienen todo. Es generosa con su azúcar, y los hombres se sientan un rato, escuchando los ruidos de la calle más allá de un edificio semi derruido.
"Parece que no duermo nunca", dice Salim.
No falta mucho para el autobús de las cinco. Tendrá que empacar pronto, apagar el fuego, extinguir las brasas, apretar las tapas de los jarros, vaciar la tetera. Suspira y acomoda su chal; quizás vengan algunos clientes más, hombres que necesiten algo dulce en camino a casa.
Pule una cuchara y canta una canción de su país perdido, su voz alta y suave como el agua.
"Es antigua", dice. "Trata de una época antes de que las aldeas fueran atacadas por el ejército. Canto porque la vida ya no es tan buena y eso me hace pensar sobre el pasado, que era bello".

14 de mayo de 2010
24 de abril de 2010
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en india la superstición


Un pueblo indio acosado por misteriosas muertes. El hijo de Kartara Ram murió el 3 de julio; 17 días después murió otro hombre, la quinta muerte inesperada en el pueblo de Amloha, en el estado indio de Haryana, desde fines de diciembre. Los vecinos concluyeron que el dios del pueblo estaba enfadado.
[Mark Magnier] Desde Amloha, India. Algunos dicen que fueron las oraciones; otros, las vigilias nocturnas, y otros, los tres días de ayuno y abstinencia. Lo que quiera que sea que ha provocado la ira del dios, los vecinos de este pueblo de seiscientos habitantes respiraron tranquilos el jueves cuando el día terminó sin registrar otra muerte.
"Teníamos tanto miedo", dijo Kuldeep Singh, 32, jefe de la aldea. "Ahora nos sentimos mejor".
Desde fines de diciembre vive Amloha en el temor, cuando murió, misteriosamente, la primera persona. En los últimos meses, fallecieron otros cuatro, a intervalos bastante regulares, en un lugar donde pasan años sin un funeral. Todos los difuntos eran aparentemente personas sanas y no se veía claramente la causa de muerte.
El intervalo entre las últimas dos muertes fue de diecisiete días, lo que llevó a algunos a esperar nerviosamente para ver que pasaría el jueves diecisiete días después.
La superstición tiene una larga y rica historia en India. Aunque algunas de estas prácticas parecen poéticas a los extranjeros, dice Sanal Edamaruku, presidente de la Asociación Racionalista de India, de Nueva Delhi, pueden tener consecuencias mortales. No se tratan las enfermedades, los niños discapacitados son enterrados hasta el cuello durante los eclipses, se arroja a niños desde balcones para ser cogidos en el aire y alejar a los malos espíritus, dijo.
"Aquí falta pensamiento crítico", dice Edamaruku, que ha tratado durante los últimos veinticinco años de destruir mitos, liquidar fantasmas y suprimir la histeria de masas, pero reconoce que es una tarea difícil.
"Esa es la ironía de India. Somos una potencia emergente con creencias del siglo quince".
Entre otros factores, dicen los expertos, se encuentra la insuficiente educación, la reverencia en que se tiene a los textos antiguos junto con historias fantásticas tomadas a veces literalmente y el deseo de entender lo aparentemente inexplicable.
"Cuando algo sale mal, es fácil creer en lo misterioso, porque te absuelve de responsabilidad", dijo Harish Shetty, psiquiatra social de Nityanand Clinics en la ciudad de Bombay, al este del país. "India tiene grandes ingenieros, pero cuando se trata de casarse, tropiezan con un montón de supersticiones. Está en nuestra psique".
Roshan Lal, 55, uno de los hombres sabios del pueblo de Amloha, dijo que buscó respuestas racionales después de la seguidilla de muertes, pero no las encontró. Así que él y el resto de la comunidad concluyeron que la diosa del pueblo, Khera, debía estar enfadada.
"Siempre he querido creer en la ciencia, pero ahora he concluido que eso fue el trabajo de fuerzas alternas", dijo Lal, luciendo un pañuelo blanco, mientras conversaba con otras luminarias del pueblo. "Nuestra diosa ha estado enfadada antes, pero nunca tanto".
Ese antes es 1980, dicen los aldeanos, cuando cinco de diez personas fueron mordidas por serpientes, a cortos intervalos.
Mohan Lal, 50, cuyo hijo Rahul murió inesperadamente el 15 de junio, dijo que Khera podría estar enfadada porque cuatro días antes alguien puso maquillaje y otros cosméticos en su plantación. O, podría ser porque alguien guardó caramelos en el terreno de la cremación hace dos años. Las dos cosas son tabú.
El siguiente en morir fue Kartara Ram, hijo de Dhaarampal, el 3 de julio. "Fue muy doloroso perder a mi hijo", dijo. "Siento como si me hubiese muerto yo mismo".
Los vecinos indican otras evidencias. Cuando el vecino Raman Kumar murió el 20 de julio, los aldeanos incineraron su cuerpo y volvieron dos días después para arrojar al río los restos no quemados, para respetar las tradiciones locales. Para su horror, sin embargo, su cráneo, otras partes y el sudario habían desaparecido. Entonces se dieron cuenta de que fue el día del eclipse solar.
El jueves los misteriosos sucesos en Amloha fueron noticia de primera plana en toda India. Desde temprano en la mañana, el camino de una vía de tierra del pueblo estuvo atascado por los equipos de televisión.
"Estos tipos de la tele están enfermos", dijo Sohan Lal, cerca de los cuarenta. "Hay algo malo en sus cabezas".
Algunos expertos observan que en India, la superstición puede engendrar sucesos masivos e histeria. En 2006 se corrió el rumor de que el agua de un manantial cerca de la sepultura de un santo musulmán en Bombay sabía inusualmente dulce para ser agua salada, provocando que se aparecieran de un día para otro diez mil personas a beber allí.
La asociación racionalista dijo que instó a la gente no beber del agua y esperar a que se hiciesen pruebas, como dijeron los funcionarios municipales, pero la mayoría de la gente ignoró el consejo. El agua contenía cientos de veces el nivel tolerable de bacteria E. coli debido a la contaminación por las aguas servidas y otros residuos líquidos. Científicos y funcionarios dijeron que el cambio en el sabor del agua se debía probablemente a las fuertes lluvias del monzón.
"Incluso cuando mejoramos la alfabetización, a menudo carecemos de formación científica, pese a todos los ingenieros que produce India", dijo Edamaruku. "Lanzaremos un cohete, pero un santón romperá un coco para asegurarse de que sea la ocasión propicia".
El jueves, los viejos de Amloha dijeron que las muertes han generado la mayor atención que ha recibido la comunidad en toda su larga historia. El pueblo de exuberantes plantaciones de arroz y conos de seis metros de estiércol de vaca yace en lo más profundo de Haryana, uno de los estados indios más prósperos, a cuatro horas en coche desde Nueva Delhi.
"En realidad, aquí no ha pasado nunca nada", dijo Singh.
"Echamos a los británicos en 1947", dijo Mehar Singh Lambardar, 80, que vive con su padre, cuya edad nadie recuerda, a un periodista. "Usted es probablemente el primer extranjero que nos visita desde que se marcharon los ingleses".

Anshul Rana contribuyó a este reportaje.

21 de septiembre de 2009
7 de agosto de 2009
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reportero del crimen en moscú


Lee su obituario todos los días. Sergei Kanev, periodista investigativo.
[Ellen Barry] Moscú, Rusia. Después del atentado más reciente contra Sergei Kanev -un intento de estrangulamiento con un cable en el hueco de la escalera de su departamento-, su editor lo visitó y le sugirió delicadamente que tomara un sabático de seis meses en la cobertura de la delincuencia, en Estados Unidos.
Kanev todavía ríe de buena gana cuando recuerda la historia, como si se le hubieran recomendando que se dedicara al zapateo americano. Es el tipo de periodista que duerme con un escáner de la policía al lado de la cama. Si no trabajara, dijo, "me moriría de aburrimiento".
Y sin embargo, su vida se ha torcido bajo el peso del peligro. Especialista en corrupción policial y crimen organizado, ha contrariado a gente poderosa y teme que eso le cueste la vida. Ha instalado dos cámaras en la mochila que lleva con él, de modo que si algo le pasa, quedará grabado. Su última novia lo abandonó, así que ahora sólo sus padres le pueden suplicar que deje su trabajo, diciéndole que los temores por su seguridad están destrozando sus últimos días.
"Los entiendo", dijo Kanev, 46. "No sé qué decirles".
Este ha sido un año brutal en Rusia, no solamente para los periodistas sabuesos, sino también para activistas de derechos humanos y toda la red de abogados que investigan a funcionarios públicos y grupos extremistas.
Sólo el año pasado, el Comité para la Protección de Periodistas ha documentado tres asesinatos de periodistas y diecinueve ataques relacionados. Amnistía Internacional ha documentado el asesinato de un activista de derechos humanos y dieciséis ataques durante el mismo período.
Poco a poco, en la era de Vladimir V. Putin las personas dispuestas a exigir responsabilidades a la gente poderosa son cada vez menos. Su trabajo está siendo marginado, de modo que la mayoría de los rusos no se enteran nunca ni de los casos de corrupción ni de las violaciones de derechos humanos que han descubierto. Y aunque sólo una minoría responsabiliza al gobierno de los ataques, dicen que la incapacidad de investigar y castigar esos crímenes ha creado un ambiente permisivo, y peligroso.
"Atravesamos por un período en que la gente toma decisiones que la afectarán por el resto de la vida", dice Tanya Lokshina, subdirectora de la oficina de Human Rights Watch en Moscú. "No puedes decirle a la gente que tienes un cuarto de invitados en tu departamento y que pueden alojar ahí durante unos meses. Esa no es una solución".
Kanev no es el portaestandarte más obvio de la libertad de prensa. Corpulento y rubicundo, y fumador en cadena, se lo podría confundir fácilmente con un agente de barrio, o con un bandido de 1992, con "un abrigo deportivo de color frambuesa y un celular gigantesco", dijo Dmitri A. Muratov, editor de Novaya Gazeta, para el que Kanev trabaja como autónomo.
También es periodista de ‘Line of Defense’, un programa sobre delincuencia en el Canal 3 de Moscú.
Si la Unión Soviética hubiera perdurado, Kanev podría haber seguido siendo lo que era, un pinchadiscos que expresaba su descontento tocando a Donna Summer, que había sido prohibida por el Partido Comunista por "hacer propaganda del sexo".
Pero el diluvio de los años noventa también arrasó con su discoteca -durante su período allá sobrevivió dos atentados- y se ofreció voluntariamente para el turno de noche de un programa de noticias en la televisión.
Para 2005 su cobertura había sido consistentemente crítica de la policía, y perdió su trabajo en NTV, una de las tres redes nacionales rusas.
Así es como terminó escribiendo para Novaya Gazeta, un diario conocido por dos cosas: sus beligerantes ataques contra el gobierno ruso, y la cantidad de sus periodistas que han sido asesinados.
"Ahora mismo lo más peligroso no es criticar a las autoridades", dice Yulia Latynina, columnista del diario. "Lo peligroso es criticar a gente que te puede matar, como la gente sobre la que escribe Kanev. Ese es el problema".
El afable caos en la oficina de redacción se paralizó en enero cuando un pistolero enmascarado disparó y mató a Stanislav Merkelov, el abogado del diario, y a una joven periodista de veinticinco años, Anastasia Baburova.
Con ellos, los empleados que murieron en circunstancias violentas o sospechosas desde 2000 se elevaron a cinco, y los primeros asesinatos desde que la periodista investigativa Anna Politkovskaya fuera asesinada en el ascensor de su edificio en octubre de 2006.
Muratov, el editor, puso a dos de sus periodistas bajo protección armada e inició una política según la cual todo periodista con información sensible debe publicarla inmediatamente, lo que reduce las ventajas de su asesinato.
Kanev, por su parte, se ríe de la idea de que la protección sea incluso posible.
"Mira, si quieres un trabajo seguro, inténtalo en una biblioteca", dice. Entretanto, hace su trabajo de todos los días con algo que sólo se puede llamar alegría.

Un martes hace poco, Kanev subió las escaleras detrás de un salón de ventas de colchones y fue llevado a una oficina donde un hombre de negocios de aspecto fatigado le contó los detalles del secuestro de su hijo. Kanev se secó la frente con una servilleta y no tomó notas.
Unas horas después recibió en la oficina del diario a un demacrado visitante vestido de negro que venía del ministerio del Interior. Cuando lo acompañaba a la salida, Kanev estaba tan feliz con lo que había escuchado que empezó a dar brincos en el vestíbulo, haciendo chirriar el linóleo.
"Es como un hilo", dijo. "Jalas, y jalas, y jalas".
Kanev se enteró de los riesgos que tenía que correr temprano en su carrera, cuando seis matones de Zelenograd lo amarraron a una silla con un cable y le aplicaron una plancha caliente contra el pecho, exigiéndole que entregara una cinta de video.
Desde entonces ha aumentado sus ambiciones. Sus tempranas columnas sobre sobornos policiales y pequeñas corrupciones han dado paso a investigaciones policiales sobre el asesinato de Politkovskaya y una organización dedicada al secuestro en Uruguay -un caso sobre el que sugiere que participan actuales o ex agentes de seguridad del gobierno. Las apuestas han crecido, así como su sentido de misión.
"Tratamos de llegar a los ciudadanos para que digan: ‘Eh, miren, ya es suficiente’", dice Kanev. "Recuperemos nuestro país. ¿Nacimos aquí, no es así?"
En agosto pasado, cuando Kanev volvía a su departamento, dos hombres se deslizaron detrás de él. Uno agarró su bolso, lleno de documentos policiales, y el otro le apretó un cable en su garganta, dejándolo luego en el hueco de la escalera.
Su madre, Nina, se enteró en un informe por televisión, lo que hizo más profunda su desesperación por su único hijo. Ha pasado años tratando de convencerlo de que lo que hace no merece su sacrificio.
"Es inútil. Es como golpear una pared con tu cabeza", dice Kaneva, 71, maestra parvularia jubilada. "La puedes golpear todas las veces que quieras, y quedar, si tienes suerte, lleno de moretones y chichones, o quedar lisiado, o perder tu vida. ¿Así vas a solucionar las injusticias?"
"Me dice: ‘Mamá, si no lo hago yo, ¿quién lo hará?’ Y yo le digo: ‘Un solo hombre en el campo de batalla no es un guerrero’".
La enfadada respuesta de Kanev se explica por su historia familiar: Cuando Nina Kaneva tenía cuatro años, su padre fue detenido como enemigo del pueblo y nunca volvió a saber de él. La señora Kaneva ocultó la historia, por miedo a que le hicieran el vacío.
"Le dije: ‘Has estado toda la vida con miedo a hablar’", dice Kanev. "Y yo no quiero vivir de esa manera".
Y así llegaron a este compromiso: Firma con su nombre todos sus artículos. Si cruzando el oscuro vestíbulo de la escalera siente que hay alguien detrás de él, enciende las cámaras que lleva en su mochila.
Pero cuando se acercan a él jóvenes a preguntarle sobre el periodismo investigativo, ya no puede estimularlos.
"Primero les cuento todo lo que sé", dijo Kanev. "Luego les digo: ‘Quizás deberían dedicarse a otra cosa".

25 de junio de 2009
6 de junio de 2009
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la invasión extraterrestre


La impresionante recopilación de casos y protagonistas de la ufología argentina, de la pluma de Alejandro Agostinelli.
[Juan Pablo Bertazza] Aunque Estados Unidos se lleva todas las medallas de oro en ufología, paranoia y encuentros cercanos de todo tipo, la Argentina compite a su manera: libros épicos escritos en idiomas extraterrestres celosamente guardados por los jesuitas de Córdoba, teletransportaciones interamericanas, una invasión anunciada sobre la laguna de Chascomús, cataratas secadas por visiones y hasta marcianos pungas que afanan celulares. Periodista escéptico y especialista en la materia, Alejandro Agostinelli decidió deponer su incredulidad y salió en busca de los casos y los protagonistas más emblemáticos de la ufología vernácula. ‘Invasores’ (Sudamericana) recopila esas investigaciones que acá presenta.
Cada vez que en este país se menciona la palabra ‘marciano’, suele acudir a la mente esa canción de Andrés Calamaro que es ‘Fabio Zerpa tiene razón’. Aun los que no son, ni nunca fueron, ufólogos, contactados, extraterrestres ni nada por el estilo la habrán escuchado mil, dos mil veces. Pero es probable que ninguno de ellos se haya detenido en las profundas contradicciones que arrastra la letra: no sólo entre el escéptico y el crédulo sino también, dentro de los crédulos, entre quienes se los imaginan buenitos y quienes se los imaginan malditos: mientras Calamaro dice estar seguro de que los marcianos "están copando el mundo a traición", la voz de Fabio Zerpa, mucho más baja que la del cantante, parece ir por otro carril totalmente distinto cuando confiesa, seguro, que los extraterrestres "deben venir en son de paz".
Contradicciones de ese tipo aparecen desarrolladas no ya en los dos minutos de una canción pop sino en la pista alucinante de más de trescientas páginas que despliega el flamante libro ‘Invasores’. Historias reales de extraterrestres en la Argentina del periodista Alejandro Agostinelli –uno de los que escribieron sobre ovnis a comienzos de los 90, durante el auge del periodismo de promoción de revistas especializadas como ‘Conozca más’ y ‘Descubrir’, además de desplegar un exorbitante itinerario laboral que incluye la producción televisiva de ‘Secretos revelados’ (ATC), ‘Frente a frente’ (América TV) y ‘Zona de investigación’ (Canal 9) más su trabajo como secretario general del Centro de Investigaciones Ufológicas (C.I.U.), y como editor en la revista ‘Ufo Press’.
Sin embargo, ya un poco más alejado de ese escepticismo que le generó más de un dolor de cabeza cuando los editores de esas publicaciones le agregaban, por ejemplo, un título sensacionalista a sus notas equilibradas y un tanto desconfiadas, pero al mismo tiempo haciendo uso de toda esa experiencia, Alejandro Agostinelli se propuso reunir y profundizar algunas de esas historias insólitas que lo acompañaron durante toda su vida, más otras nuevas que le fueron llegando, como él mismo reconoce, "por casualidad", con toda la ambigüedad y el misterio que puede generar esa palabra en un contexto así. Tal vez ya no haya tantos reparos, tantos pruritos, sino más bien una mirada periodística, antropológica casi; la necesidad de mostrar y dejar fluir, desde el llano, los casos más estrambóticos, los casos más contradictorios, porque ahí donde hay contradicciones está el elemento humano; y ahí donde está el elemento humano, se sabe, hay una historia que contar.

Los Expedientes Arxentinos
Son once los casos (en realidad el libro informa sobre algunos más) detallados hasta lo imposible, once casos con muy diversa probabilidad extraterrestre pero la misma certeza humana, once casos de gente solitaria de pronto rodeada de fugaz celebridad, once casos en que la realidad termina superando a la ficción al mismo tiempo que se le parece demasiado, algunos de los cuales conviene presentar por separado para deleite y asombro del lector:

1 Entre las incontables ediciones y traducciones del ‘Martín Fierro’, ese libro emblemático de nuestra literatura, que Lugones entroncaba sin ambages con la épica griega, habría una traducción al varkulets. El ejemplar en esa lengua extraterrestre aprendida por Eustaquio Zagorski –trotamundos polaco que vino a vivir a nuestro país en 1929– permanecería en un archivo jesuita en la provincia de Buenos Aires, al que el autor intenta acceder durante todo un capítulo de intrigas y conspiraciones dignas de un Dan Brown gauchesco.

2 Cualquier ratón de hemeroteca puede encontrar en algunos diarios de fines de los ‘60 información acerca de un curioso caso de teletransportación entre Chascomús y México protagonizado por un matrimonio argentino, los Vidal. Tal como descubre Agostinelli, el caso guarda demasiadas similitudes cronológicas y temáticas con ‘Che ovni’, una verdadera rareza dentro de esa bizarreada que era, por entonces, gran parte del cine argentino. La historia detrás de esta película dirigida por Aníbal Uset, estrenada en agosto de 1968 y filmada en una serie de inauditas locaciones que incluyen nada menos que la tríada París, Buenos Aires y Londres, es un claro ejemplo de que hay explicaciones reales mucho más bizarras que la existencia de humanoides.

3 Un chacarero presencia consternado cómo un extraterrestre le roba su celular. Como si fuera poco, el capítulo da cuenta de casos similares de contactos furtivos. El denominador común: el encuentro genera en los contactados una notable mejora de su rendimiento sexual.

4 Como las viejas películas que hacían demasiado sin ningún tipo de tecnología ni efectos especiales, tal vez éste sea el caso que más impacta con menos recursos. No sólo por la falta total de marcianos, sino también porque el autor tuvo que escribir sin contar con un material indispensable que se perdió para siempre con la muerte de Víctor Sueiro: Francisco García ("marciano de parte de madre"), un verdadero antecesor de José de Zer, hacía en la convulsionada atmósfera de la vuelta de Perón a Ezeiza, altísimos picos de rating, primero en el programa ‘Teleshow’ (con Víctor Sueiro y José de Zer) y luego en ‘Sábados Circulares’, hablando no de aviones negros sino de una supuesta guerra entre los habitantes de Marte (los buenos) y Júpiter (los malos) que pronto, muy pronto, se iba a extender a nuestro planeta. Hasta que una vez salió al aire, vía telefónica, una persona que lo conocía para finalmente desbaratar los planes de este charlatán: quienes realmente querían apoderarse de la Tierra no eran los jovianos sino los marcianos, dejando servido un debate apasionante que tuvo su final al mismo tiempo que dejó de saberse el paradero de García, una vez que fue demasiado lejos y no pudo postergar más el día de la supuesta invasión de cincuenta platos voladores en plena laguna de Chascomús.

5 Esta es la gema de todo investigador: el caso inconcluso, el rompecabezas que no cierra por ningún lado y, sin embargo, hipnotiza a todo el que se cruce con él: dos amigos, Fernando José Villegas y Juan Carlos Peccinetti se topan en el medio de una ruta mendocina, la madrugada del 31 de agosto de 1968, con una emboscada de cinco extraterrestres que proyectan en una pantalla las siguientes imágenes: una catarata de agua, una explosión atómica y, nuevamente, la catarata seca, como si se tratara de un mensaje pacifista. Una de las "hipótesis racionales" más fuertes fue que los amigos del trabajo le habían hecho una broma pesada a Villegas, pero tan perfecta que, como dice el libro de Agostinelli, parece tramada por Spielberg. Hubo tanto revuelo con este tema que, desde entonces, Mendoza pasó a ser "la tierra del sol y del buen... OVNI".

I Love Alien
"El tema de los extraterrestres me interesa desde que tengo uso de razón; en la primaria cuando hacíamos títeres, yo sacaba siempre marcianitos, yo era el marciano. Creo que la cosa empezó como empiezan los juegos, buscando desde 1968 (cuando yo tenía cinco años) en diarios La Razón noticias que todavía tengo datadas. Después, hubo una experiencia que tuve, más o menos, a los seis años y de la cual guardo un registro muy vago, tan vago que hasta podría ser un recuerdo falso, pero creo que sí me pasó: estando en Mar del Plata, en La Rambla, con mi familia, creo haber visto o escuchado algo relacionado con platos voladores: luces, muchas personas corriendo, noticias en los diarios del día siguiente. Me cagué en las patas y, al mismo tiempo, escuché, poco tiempo después, que todo se había tratado de una confusión con gaviotas, tenuemente iluminadas por la ciudad. Esa primera experiencia morbosa significó una mezcla de temor y de decepción racional; a mí no me gustó que no fueran extraterrestres pese a que me daba muchísimo miedo la posibilidad de que lo fueran", despega Agostinelli en un bar de Coronel Díaz y Santa Fe, a una hora desacostumbradamente nocturna para una entrevista pero ideal para perderse en reflexiones acerca de la posible compañía de extraterrestres y compañía.

¿Cuál es el caso que más te fascinó?
Bueno, me interesó mucho el descubrimiento que pude ir haciendo de los hermanos Duclout, los primeros contactados argentinos. Ellos eran espiritistas y encuentran a un informante de Ganímedes –el satélite más grande Júpiter– y eso es una novedad importante porque, en muchos países, los orígenes de los contactados se remontan al espiritismo o la teosofía, mientras que, en la Argentina, ellos eran conocidos, pero uno como director de cine –dirigió, entre otras películas, ‘Los Pérez García’– y el otro como divulgador científico. Ese tema fue importante en mi vida porque cuando yo encuentro, en el año 1981, su libro acerca de los platos voladores, quedé impresionado. Tanto que, como empezaba a vincularme con ufólogos, y había un investigador de ovnis, Rolando Coluccini, a quien yo respetaba mucho por su seriedad, decidí mandarle por encomienda el libro, gastando un montón de guita que no tenía. Me lo devolvió espantado y para mí eso fue un trauma. A partir de ese momento nunca más supe de él, salvo que trabajaba en un casino. Pero yo mismo fui repitiendo, después, el comportamiento de Coluccini despreciando ese tipo de historias. Aunque el caso que más me impresionó y todavía me mantiene en vilo es el de Mendoza. Aun cuando es muy probable que no haya habido extraterrestres, me sigue pareciendo un gran misterio. Agrava el misterio el hecho de que ellos dos, los protagonistas, se dejaron de ver para siempre. Cuando el libro se publica, lo fui a presentar a Mendoza, y se los mandé a ellos con una dedicatoria para cada uno. De distinto modo, les dije que había sólo un código que yo respetaba profundamente y era la amistad, y si había algo más por enterarme que por favor me lo contaran. Pero no me contaron nada y eso que estaban muy agradecidos los dos. Pasó algo gracioso: ellos hace tiempo que no se ven y yo les mandé los libros cruzados; entonces tuvieron que leerse mutuamente las dedicatorias. Me encantaría conocer lo que pasó pero hay algo que se guardan. El broche dorado del misterio fue que mientras uno de ellos, Peccinetti, me dice: "Flaco, dejá las cosas así y dedicate a cosas serias"; el otro, Fernando Villegas, totalmente reacio a charlar, me dice nada menos que eppur si muove. Yo, personalmente, voy a seguir preguntándome que pasó en Mendoza el 31 de agosto de 1968, pero tal vez nunca lo sepa y, tal vez, esté bien que nunca lo sepamos.

El hecho de tener, en este libro, una mirada mucho más periodística, ¿te obligó a cambiar la forma de encarar los casos?
Significó acercarme más a la gente pero la verdad es que nunca me costó hablar y es algo que me gusta mucho hacer. Me gusta escuchar y el otro se da cuenta y, finalmente, te cuenta la historia. Por otro lado, cuento con la experiencia de ‘Frente a frente’, el programa de América que produje y para el cual debía hablar con treinta o cuarenta personas por semana: gente que hablaba con la Virgen, gente que desayunaba con ángeles todos los días...

¿Pero no hubo alguien que te resultara más difícil?
Sí, Victorio Corradi, uno de los que entrevisto para el caso de Mendoza justamente. Yo sé que me tiene una terrible aprehensión por mi militancia de escéptico y lo sentí sumamente alerta cuando lo fui a ver, como si estuviera recibiendo al enemigo. De hecho, fue el único que estaba tenso durante la charla. Pero aun así se aflojó y terminó revelándome cosas de su vida. El tema es que, en este momento, me quiere hacer una demanda y está enojado porque puse cosas que, según él, "nunca me pudo haber dicho", pero yo tengo todo grabado. Igual lo entiendo perfectamente, yo me iba dando cuenta de que me decía cosas que, por ahí, no quería contar, cosas que contradecía aquello que decía en los diarios. Pero, bueno, en treinta años uno puede cambiar de opinión, ¿no?

Marcianos Argentinos
Al leer este libro –en el que sólo entran los casos sucedidos en territorio argentino– repiquetean, al menos, dos grandes paradojas que Agostinelli sabe llevar hasta el paroxismo por obra y gracia de un oído a la hora de investigar estos misterios, un rigor periodístico que mantiene a raya cualquier apresurada bajada de línea y un principio político con pocos condicionales y mucha exploración según el cual todos, incluso los que aparentemente están más desquiciados, dicen la verdad hasta que se demuestre lo contrario.
La primera gran paradoja es cómo estos casos que, en su momento, fueron tan relevantes a nivel social, hoy han caído en semejante olvido, como si entre la gente hubiera un pudor por haber tenido tanta credulidad, y la manera de castigarse y castigar fuera negándolo todo.
"Es que en la temática OVNI una historia renueva a la otra. En el año 2005, por ejemplo, hubo un tope, una escalada por encima de lo admisible que fue la autopsia del extraterrestre, la bomba molotov que destruyó todo un género de revistas de seudodivulgación científica. Esa autopsia fue creída por tanta gente, dio tanta guita y tanto rating que terminó siendo un quemo, reventó todo y da la impresión de que ya no se puede contar más nada", explica con evidente enojo Agostinelli.
La otra paradoja tiene que ver con un viejo argumento usado hasta el hartazgo por quienes creen en extraterrestres para convencer a los escépticos: ¿Cómo se puede ser tan soberbio –dicen y siguen diciendo– como para pensar que estamos solos, que somos los únicos en todo el Universo? Lo cierto es que esa soberbia, ese narcisismo también dice presente entre muchos de los que creen, en tanto la construcción que se hace de los extraterrestres tiene que ver, inexorablemente, con la propia idiosincrasia, con la propia cultura; extraterrestres que se parecen más a nosotros de lo que estamos dispuestos a reconocer. Y eso sin mencionar la caterva de argumentos circulares y ad hoc como "no es posible verlos porque son invisibles" o "no es posible recordarlos porque el contacto con ellos es siempre vertiginoso, efímero"; con lo cual sólo quedaría el camino de la fe, una fe, en definitiva, que Agostinelli no duda en igualar a la de la religión, a la de la existencia de Dios.
"Sí, las historias tienen la idiosincrasia del lugar donde aparecen: las argentinas tienen un sesgo que no tienen las europeas ni las yanquis ni las brasileras que son más barrocas, más complejas y con mucho sexo. Una de las paradojas más alucinantes de la ufología es que se trata de la búsqueda científica de un fenómeno que se parece mucho a la religión. Hay un contraste brutal entre la formación del ufólogo y la visibilidad o fugacidad de su objeto de estudio. Es un tema hacer ciencia sobre lo que no es, lo que por definición es lo no identificado, porque lo que no es puede ser todo, hay una imposibilidad ontológica. Ahora mismo, una de las novedades de la ufología clásica son los fenómenos furtivos: los ovnis son ahora perceptibles sólo por las cámaras, la tecnología, y no por los seres humanos.

¿En qué sentido lo comparás con la religión?
En el sentido más profundo y en el sentido menos profundo; está lo teológico con los ufólogos que hacen teorías más complejas que la de la santísima Trinidad y jerarquías estelares tan rígidas como la de los santos, hasta cosas mucho más populares, como el tipo que ve una sombra y, a partir de ahí, construye todo un relato increíble, lleno de detalles. Por otro lado, lo que importa no son las evidencias científicas sino las personas. El ufólogo escéptico busca la prueba o la falta de pruebas; al tipo que ya está convencido lo único que le queda por hacer es convencer al resto del mundo. Nosotros, los periodistas, sólo debemos contarlo y yo tuve que contenerme a veces las ganas de decir lo que pensaba. Pero sí intenté dejar para el final del libro las historias más raras porque sentí que iba a tener preparado al lector con otra cabeza, más abierta, y así lo raro resulta menos raro.
La Verdad Está Ahí Afuera
Hay un detalle del libro que no debería pasar desapercibido a la hora de detectar, justamente, esa opinión que no suele dar explícitamente: ‘Invasores’ se abre y se cierra con voces de escritores. En un extremo una cita de Stanislaw Lem: "Hay que educar a los niños para que no pateen cualquier objeto en un planeta extraño". En el otro, un relato imperdible de Héctor G. Oesterheld que describe a la perfección el afán de los ufólogos: "En algún lugar de Marte se halla ese cristal. Para encontrarlo hay que examinar grano por grano los inacabables arenales. Sabemos, también, que, cuando lo encontremos y tratemos de recogerlo, el cristal se disgregará, sólo nos quedará un poco de polvo entre los dedos. Sabemos todo eso, pero lo buscamos igual".

El cine y la literatura ayudaron mucho a moldear el imaginario extraterrestre, ¿cuál es la película más representativa de lo que encontraste?
La película que cuenta casi todo lo que hay para decir del tema es ‘Encuentro cercano del tercer tipo’. Ahí están representados, muy tempranamente, en el año 1977, los personajes centrales que construyen estas historias: el contactado, el científico, la mujer del contactado, el punto de contacto, el componente religioso, cómo llegan, el proceso, la transición entre el científico y el místico y las criaturas que siempre son parecidas a lo que nos imaginamos que son los extraterrestres. También hay en ‘ET’ algo muy interesante y es el mensaje religioso: no por nada, la figura del ET comparte con Jesús la muerte, la resurrección y la paz. Encuentro tantos paralelismos entre los extraterrestres y Dios que me gustan las películas que exploran ese vínculo.

¿Y los Expedientes X?
Algunos capítulos de ‘Expedientes secretos X’ son mejores que cualquier película. Como por ejemplo el capítulo 20 de la cuarta temporada, ‘José Chung’s From Outer Space’, donde se cuenta el caso de abducción de una pareja que revela los continuos autoengaños de los que quieren creer, la complejidad de las percepciones, la facilidad con que el ojo entra en cortocircuito con el cerebro y cómo los investigadores inducen las conclusiones a las que desean llegar. La investigación parece que avanza pero en realidad se pierde en infinitos caminos. No hay ninguna verdad y la verdad ni siquiera es la suma de todas esas percepciones, sino lo que cada espectador decide hacer con ella.

¿Cuál pensás que fue el gran aporte del programa?
Consolidar algo que venía gestándose: la subcultura paranoica norteamericana que venía taladrando en el imaginario colectivo con historias de los grises que secuestran humanos, documentos que pretenden probar que el gobierno oculta información sobre estrellamientos de naves en Roswell; todo eso que estaba sucediendo desde los años ‘50, y que tarde o temprano debía ser explorado por la ficción. Bueno, para mí explotó de la mejor manera posible con la serie. Y el hecho de que uno de los protagonistas sea más creyente y el otro más escéptico; y sobre todo que ella sea la escéptica le dio muchísima profundidad. Por ahí ‘Lost’ no hubiera sido posible sin ‘X-Files’.

¿Por Qué?
Porque ‘Lost’, entre muchas otras cosas, llevó hasta el disparate aquello de cómo va a terminar y cuál va a ser la explicación final que para mí inició ‘X-Files’. Es decir, ¿cuál es la verdad entre tantas posibles verdades? ¡Ninguna! Esto puede aplicarse a varios órdenes de la vida: mucha gente espera la respuesta definitiva y única acerca de sus dudas sobre un montón de cosas, y no siempre es así.

Fabio Zerpa... ¿Tiene Razón?
Si bien Agostinelli no emite demasiados juicios de valor sobre los casos que investiga, no puede evitar por momentos expresar cierta simpatía hacia algunos, incluso los que protagonizan los casos más fronterizos.
"¡Es que es tan fácil atacarlos! José de Zer, por ejemplo, me genera una sensación ambigua: por un lado hizo prácticas periodísticas repudiables pero, por el otro, es un personaje encantador porque, finalmente, cuando Jesús Quinteros le preguntó si decía la verdad, él le guiñó el ojo y ahí lo compré porque blanqueó todo: hubiera sido un impostor si mantenía el personaje. Cuando yo era un escéptico militante y bajaba línea, quería que lo raro tuviera explicación; ahora quise estar a favor de historias que cuentan personas sencillas y sorprendidas, con intención pedagógica o alguna finalidad superior; son predicadores, misioneros, personas que tienen algo que decir. Las personas somos mucho más que una sola cosa. Es decir, que las historias de estos contactados son, a veces, más interesantes que sus objetivos. Por otro lado, me ayudó haber pasado yo también por algunas experiencias. Me metí en lugares donde habitualmente se ven platos voladores para experimentar lo que experimentan los testigos y después busqué explicaciones tranquilizadoras, ciertas o no.

¿Por Ejemplo?
En Capilla del Monte tuve un momento de crisis porque había luces, subí a la terraza con cuarenta personas que estábamos en un bar y todos vimos esas luces que se movían. Yo eso lo expliqué, después, como un efecto de contagio social ante la emisión de un punto de luz en un fondo oscuro. La explicación fue frustrante pero la experiencia no. Años antes también tuve otra vivencia emblemática en La Aurora, Uruguay. Tenía 16 años, estaba con un amigo ufólogo, fuimos a esa estancia, no teníamos carpa ni nada. Sólo queríamos investigar por qué ahí aterrizaban ovnis todo el tiempo. En medio de la noche vimos luces que se movían en el horizonte, avanzábamos y avanzábamos y me cagué entre las patas. Al otro día cuando, volvimos al lugar, descubrimos que había una ruta donde pasaban autos.

No quiero olvidarme de preguntar lo siguiente: da la impresión de que tenés un tono bastante hostil con Fabio Zerpa.
Me pasa algo bastante raro con él: para mí siempre estuvo en la categoría del chamuyo, como que no se termina de convencer de lo que dice, sólo tiene un cassette que le rinde. Quizás sea injusto porque no lo conozco pero él es la institución, los otros están abajo. No tuve muchas ganas de hablar de él en este libro porque ya es parte de la cultura y siempre aparece. Es decir, no tenía ganas de encariñarme con él. A mí me gustan los piqueteros, no los políticos de corbata; Zerpa es de River, no le habla al pueblo. Pero, a pesar de todo, cuando presentó ‘Fabio Zerpa tiene razón’, su biografía, en la Feria del Libro, yo fui porque quería sacarme las dudas de si iba a hablar otra vez de extraterrestres.

¿Y Qué Pasó?
Curiosamente habló de él, por primera vez en mi vida lo escuché hablando de sí mismo: de su locura por el tango, por ejemplo. Me gustó el hecho de que en la mesa no lo acompañaran ufólogos sino actores. Yo siempre soñé con tener una charla a calzón quitado con él pero es un tipo muy difícil de bajarlo del personaje, alguien muy ortodoxo que controla perfectamente su discurso.

La última: ya que la imaginación es tan importante en estos temas, ¿cómo imaginás que podría ser, en el futuro, tu contacto más directo con extraterrestres?
No soy capaz de imaginarme la manera en que eso sucedería porque no tengo ningún prejuicio respecto de otra inteligencia: no sé si sería humanoide o una nube inteligente o una medusa invisible. Supera mi capacidad de imaginación porque los extraterrestres de los cuales nos hablan se parece demasiado a los que queremos creer; no quiero decir que la gente fantasee ni mienta, pero es llamativo que sus historias, por más increíbles que sean, nunca se aparten de un imaginario compartido. Yo soy agnóstico: no digo que no exista Dios o los extraterrestres pero no sé cómo se presentarían. Es un asunto sobre el cual sólo cabe sorprenderse porque cualquier cosa que te imagines tiene que ver con tu concepto acerca de cómo funciona el Universo, y estamos hablando de otra cultura. Lo que a mí más me fascina es la manera en que estas historias revelan cosas sobre el hombre y sus vínculos con sus pasiones, sueños, fantasmas, amigos, amor y país. Por otro lado, si algún día me encontrara con una historia en la que no quedaran dudas de que hubo extraterrestres escribiría otro libro, un libro científico sobre extraterrestres.

15 de junio de 2009
©página 12
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cuando egipto mató a los cerdos


Socavó todo un modo de vida. En El Cairo, decenas de miles de recolectores de basura que criaban cerdos perdieron gran parte de sus ingresos cuando el gobierno, que se dejó llevar por un infundado temor a la fiebre porcina, ordenó la muerte de los animales.
[Jeffrey Fleishman] El Cairo, Egipto. Un hombre encorvado camina con un saco de basura. Parece una bestia greñuda, pues el saco lo oculta entero, excepto sus piernas, mientras avanza a grandes zancadas por una colina hacia las mujeres y niños de manos rápidas y ojos astutos, entrenados para detectar las cosas de valor.
El hombre pasa entre la fetidez del pescado, junto a la carne que se seca al sol, aminorando su paso agobiado por el peso. Acarreando el saco de basura, dobla tambaleando por una esquina y desaparece entre un grupo de hombres encorvados. Los sacos son dejados al sol y las moscas se reúnen en oscuros y zumbones remolinos. Las manos rasgan el plástico, rompen el cartón, pero falta un sonido.
Faltan los chillidos.
Los cerdos no son responsables de la llamada influenza porcina, la que en todo caso no ha llegado a esta barriada en la cima de la colina, pero los camiones del gobierno, escoltados por policías armados, llegaron de todos modos para retirarlos. Criados por los recolectores de basura -cristianos cópticos-, que los engordaban y vendían a carniceros no musulmanes, los cerdos pertenecían a los trescientos mil que el gobierno ordenó retirar y matar. El silencio quiere decir que la escasa prosperidad que había en estos precipicios, ha desaparecido.
"¿Cómo voy ahora a alimentar a mis hijos? He perdido el setenta por ciento de mis ingresos", dice Ramzi Shawki, cuyos cerdos -120- vivían en un corral junto a su casa hasta que fueron incautados, rociados con cal y enterrados en zanjas. "Nuestros cerdos no están enfermos. Los puedo tener en mis brazos. Tengo 41 años. Nací recogiendo basura y criando cerdos. Nunca he sido infectado. Pero a los que no entregan sus cerdos, se los llevan presos".
En la colina, donde se acumula la basura de la ciudad abajo, la gente pobre se hace más pobre en los vecindarios de los zabaleenzabaleen. Son las decenas de miles de recolectores de basura de El Cairo, que tienen sus casas entre los montículos de basura y han convertido los desechos en un modo de vida. Pero el temor a la influenza porcina, la crisis económica global, los tambaleantes precios del reciclaje, y todos los indiscernibles errores de la biología y las bolsas de valores llegan a lo más profundo de los bolsillos de la gente que vive aquí.
"El gobierno me dio 2.500 libras por mis animales" -unos 450 dólares-, dice Shawki, "pero valían dieciocho mil".
Los hombres que se han reunido a su alrededor sacuden sus cabezas. Les ha ocurrido lo mismo a todos ellos. Están sentados entre el sol y la sombra. Los camiones están aparcados, los sacos arrojados a un lado. Hay cruces grabadas en las paredes, y los hombres hablan de Dios del mismo modo que cuando el mundo y sus propias manos ya no responden. Han estado trabajando toda la mañana, desde las cuatro, y algunos afortunados tienen contactos con los hoteles turísticos, pero hay menos basura, como si en estos días hasta la gente rica se comiera todo lo que les sirven en sus platos y no están deshaciéndose de cosas que todavía pueden ser recuperadas.
Los hombres volverán a salir y sus mujeres y los niños se quedarán trabajando hasta las diez de la noche, pero ahora es la hora del té, pan y huevos. Fuman y los niños se acercan, formando un círculo, curiosos; miden sus palabras. Al otro lado cacarean unos pollos blancos, algo desplumados por la venta de sus plumas, y las madres muestran billetes a un panadero que les entrega el pan a través de una ventana.
El tío de Shawki, Mosad, tiene una voz insistente, zumbando en torno a las conversaciones de los otros, interrumpiendo de vez en cuando con datos sobre el pasado y hechos de la vida. Antes habían en esta colina solo chozas diminutas. Dos incendios las redujeron a cenizas en los años setenta, pero entonces llegaron los ladrillos y el cemento y ampliaron el lugar para que miles de cerdos dieran cuenta de seis mil toneladas de basura al mes.
Eso es lo que dice, pero también dice que aquí el aire es fresco, como si no pudiera ver la nube de polvo que se extiende desde los precipicios sobre la ciudad, que se despliega en un silencioso caos abajo. Los callejones en torno a Mosad son angostos y enredados. En una barbería retumba una tele. Un sastre plancha en la calle. Los coches pasan esquivando las carretas tiradas por burros, las amarillas espirales de humo, y el olor a cebolla cortada y a cabras destripadas que se eleva con el sol y se queda suspendido en el aire hasta después de que ha aparecido la luna.
"Estas no son pocilgas", dice Mosad. "Aquí se vive bien, no es como dice la gente".
La mayor parte de los hombres llegaron al Cairo hace décadas, cuando eran niños, desde pueblos del sur de Egipto. Abandonaron las escuelas y cogieron sacos para unirse a sus padres y tíos en las nuevas calles de los nuevos barrios a medida que se extendía la ciudad, desordena y desenfrenadamente, entre el Nilo y el desierto. Aquí arriba se sienten seguros, pero a veces las rocas se desprenden de las quebradizas colinas y se incrustan en los tejados.
Mosad y Shawki entran a un callejón. Las mujeres se arrodillan entre las pilas de basura frente a sus casas, las manos sucias, pero sus túnicas, adornadas con cuentas, se mantienen de algún modo limpias. Parecen no ver a las moscas, que revolotean como embudos junto a ellas, mientras separan, reciclan y queman la basura. Shawki señala una pared de ladrillos y una niña corre y cruza por una abertura hacia otra pared de ladrillos, donde se desliza por un pasaje hacia un sonido que no deberíamos oír.

"Aquí atrás tenemos a tres cerdos", dice Shawki, un hombre corpulento con una larga y ancha nariz y las manos hechas para acarrear cosas. "No sé qué harán los jóvenes. Mi hijo se escapó para buscar otro trabajo, pero no encontró nada y volvió a casa... Yo necesitaba esos cerdos para poder casar a mis hijos".
Los ojos ennegrecidos de Yousef Ishaq brillan contra su turbante blanco. Ha estado recogiendo basura desde 1958. Tiene nueve hijos, muchos de ellos grandes, y todos ellos trabajan recogiendo basura, inclusive Daoud, que tiene un diploma universitario en comercio -pero que no pudo encontrar trabajo en una oficina.
"Los problemas económicos del mundo nos afectan a todos nosotros", dice Ishaq. "Antes vendíamos plásticos y reciclábamos unas tres mil toneladas. Ahora son setecientas. El gobierno quiere encargar la recolección de basura a grandes compañías y dejarnos fuera. Pero lo que hicieron con nuestros cerdos selló nuestro destino".
Daoud escucha. Lleva el pelo echado hacia atrás, la camiseta impecable. Se supone que tiene que casarse el mes que viene. "Dios tiene que ayudarme", dice.
Una imagen de Jesús cuelga de la pared del callejón. Más abajo, hacia la base de la colina, hay mezquitas y minaretes. El llamado a la oración rebota entre los precipicios, pero Daoud y los otros viven en un reducto de santos y cruces. Es mejor no hablar demasiado sobre religión, pero estos hombres creen que cópticos, que constituyen el diez por ciento de la población de Egipto, son discriminados y que la matanza de sus cerdos es otra afronta a su fe.
"No puedo hablar sobre esta discriminación. Me podrían arrestar", dice Shawki.
Mosad asiente. La creencia en una conspiración se anida en su mente.
Los cópticos y los musulmanes han vivido juntos durante siglos. Han habido ocasionales y sangrientos enfrentamientos; en los últimos dieciocho meses han estallado conflictos, un seminario cristiano fue atacado y varios cópticos fueron asesinados en lo que pareció que eran crímenes premeditados. Los hombres no quieren hablar sobre esto; pero es lo que piensan.
"No hablamos sobre religión y no queremos una guerra civil", dice Daoud. "Pero Egipto es el único país del mundo que está matando a sus cerdos por temor a la influenza porcina. El noventa por ciento de la gente de este vecindario son analfabetos. Si les quitas sus trabajos en la recolección de basura, terminarán robando y matando".
Suena su celular y se aleja, seguido por los jóvenes y un niño con muletas que resuenan contra la tierra endurecida. El sol está arriba. La basura hierve. Los hombres acomodan los camiones y doblan los cartones; apachurran las botellas de plástico y las arrojan formando pilas cada vez más grandes. Mosad busca una sombra. Está más viejo, tiene el pelo cano, y le ofrecen un asiento.
Un poco de historia.
Antes ganaba unos noventa centavos al mes con cada casa que había en su recorrido. Ahora recibe menos de la mitad de eso. Y sin los cerdos, sobrevivir será más difícil. Peor que cuando tenía cinco años y él y su padre se fueron de su pueblo para ganar dinero en la ciudad.

Noha El-Hennawy contribuyó a este reportaje.

4 de junio de 2009
29 de mayo de 2009
©los angeles times
cc traducción mQh
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