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nuestro torturador en jefe


[Rosa Brooks] Hasta que Bush asumió la presidencia, Estados Unidos no tenía problemas en definir lo cruel y lo inhumano.
El presidente Bush ha dicho repetidas veces que nosotros no torturamos a los prisioneros: simplemente hacemos uso de ‘procedimientos alternativos' legales para interrogar.
Pero si todo lo que hacemos es legal, ¿por qué está tratando la Casa Blanca, tan repentina y desesperadamente, de llegar a un acuerdo con el congreso que ‘aclararía' el Artículo Común 3 de la Convención de Ginebra y reformaría la Ley de Crímenes de Guerra, que penaliza la violación del artículo?
De acuerdo a Bush, el problema es que el Artículo Común 3, que prohíbe los "tratos degradantes", "crueles" y "humillantes" y las "ofensas a la dignidad personal", es vago. Dice que no entrega una guía "clara" sobre lo permitido y lo no permitido durante los interrogatorios.
Sin embargo, en realidad eso no es lo que preocupa ahora a Bush. Su verdadero problema es exactamente lo contrario: el Artículo Común 3 y la Ley de Crímenes de Guerra no son suficientemente vagos. Si se pidiera determinar si acaso las técnicas ‘alternativas' del gobierno violan el Artículo Comun 3 -y por tanto la Ley de Crímenes de Guerra-, prácticamente cualquier tribunal del país resolvería que sí lo hacen.
Nuestra constitución prohíbe los "castigos crueles e inusuales". Eso también es vago, pero nuestros tribunales han logrado definirlos siempre. Como dijo la Corte Suprema en 2002, en el caso de Hope vs. Pelzer, el argumento de que la normativa es vaga y que no es suficientemente clara a la hora de determinar qué está prohibido, simplemente no se sostiene. Algunas prácticas son llanamente "contrarias a la dignidad humana" y se caracterizan por una "obvia" e "inherente" crueldad.
Es verdad, la degradación de un hombre puede ser la idea de otro sobre pasar un buen rato. Pero a menos que el gobierno sostenga que los detenidos por Estados Unidos están agradecidos por la oportunidad de llevar collares de perro y ser arrastrados con una correa, el "trato degradante", en la práctica, no es un concepto terriblemente vago. Y hay gente -aparte los psicópatas- que honestamente no pueden imaginar que ahogar repetidas veces a un prisionero echándole agua por la boca y nariz no sea cruel o inhumano.
En caso de dudas recomiendo analizar cualquiera de los métodos ‘alternativos' que Bush quiere usar contra prisioneros de Estados Unidos e imaginar que alguien utiliza esos métodos para tratar a nuestros hijos o hijas. Si los tipos malos capturaran a tu hijo y lo arrojaran, desnudo, en una celda mantenida a una temperatura ligeramente superior al promedio de una nevera, y luego lo empararan repetidas veces con agua fría para provocarle hipotermia, ¿estaría bien? ¿Qué si lo sujetaran con grilletes a una pared durante días de modo que no pudiera ni sentarse ni tenderse sin depositar todo el peso de su cuerpo en sus brazos? ¿Qué si lo amenazaran con violar y matar a su mujer, o simular que lo están enterrando vivo? ¿Qué si le hicieran todas estas cosas por turnos? ¿Tendríais problemas a la hora de determinar si esos métodos son o no crueles?
Detrás de palabras antisépticas como ‘alternativas', ‘,modificaciones dietéticas' y ‘posiciones estresantes', se esconden métodos diseñados para romper el cuerpo y la mente de otros seres humanos. Legal y moralmente, muchos de los métodos alternativos de interrogatorio propuestos por nuestro presidente son tortura, llana y simplemente. Y no hay ninguna duda en absoluto de que son crueles, inhumanos y degradantes.
Eso es lo que tiene tan preocupado al presidente. Sabe demasiado bien que las prácticas que autorizó u ordenó violan el Artículo Común 3 de la Convención de Ginebra. La reciente resolución de la Corte Suprema en el caso de Hamdan vs. Rumsfeld lo hizo explícito, pero la decisión de la Corte no debería ser una sorpresa. Sólo confirmó lo que la mayoría de los juristas (y abogados militares) le han estado diciendo a la Casa Blanca durante años.
Después de todo, el Artículo Común 3 no es exactamente una innovación reciente en el derecho internacional. Ha estado en vigor y con la misma formulación desde 1949 y Estados Unidos nunca tuvo problemas con él. Firmamos y ratificamos la Convención de Ginebra en 1949; de hecho, diplomáticos norteamericanos ayudaron en su redacción. Y la Ley de Crímenes de Guerra fue aprobada abrumadoramente por un congreso republicano en 1996. No hay nada inesperado o vago en cuanto a esto. Sabemos que el artículo prohíbe la tortura, incluyendo las torturas que propugna la Casa Blanca.
En 2002, el entonces abogado de la Casa Blanca, Alberto Gonzales, advirtió a Bush que algunas de sus medidas planteaban "el riesgo de procesos criminales nacionales". Pero los extremistas que han secuestrado a la Casa Blanca ignoraron medio siglo de legislación estadounidense y los consejos de la jefatura de los militares del país. En lugar de eso, Bush siguió adelante y autorizó prácticas que hasta Gonzales predijo que podrían acarrear "acusaciones futuras" como violaciones de la Ley de Crímenes de Guerra.
Bush no es estúpido. Entiende que es demasiado tarde para él dejar un legado que no cause la vergüenza de generaciones futuras. Así que quiere una segunda opción: una tarjeta del congreso para ‘salir de la cárcel'.

rbrooks@latimescolumnists.com

22 de septiembre de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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