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la esclavitud de los niños en áfrica


[Sharon LaFranière] El mundo de la esclavitud, a los ojos de un niño de seis.
Kete Krachi, Gana. Justo antes de que dieran las cinco de la mañana, cuando sobre el Lago Volta el cielo aún estaba oscuro, Mark Kwadwo fue despertado en su rincón en el húmedo suelo de tierra. Era hora de ir a trabajar.
Tiritando con el frío del amanecer, ayudó a remar en una canoa a un kilómetro y medio de la playa. Durante cinco horas más, mientras sus colegas arrojan la red de pesca, pulgada a pulgada Mark saca el agua para impedir que la canoa zozobre.
Su último bocado era del día anterior. Su remo de madera roto era tan pesado que apenas si podía levantarlo. Pero obedecía atentamente todas las órdenes de Kwadwo Takyi, el robusto hombre de 31 en la parte de atrás de la canoa, que reparte palizas liberalmente.
"No me gusta aquí", susurró, fuera del alcance de Takyi.
Mark Kwadwo tiene seis años. De unos 13 kilos y medio, con calzoncillos y una camiseta Little Mermaid, se ve más como niño grande que como marinero. Es demasiado pequeño como para entender por qué está en este pueblo de pescadores, a dos días caminando de su casa.
Pero los otros tres niños mayores que trabajan con él saben por qué. Como Mark, son siervos, prestados por sus padres para que trabajen para Takyi por apenas veinte dólares al año.
A menos que esta servidumbre termine en tres o cuatro año, estarán atrapados como los peces en sus redes, obligados a trabajar catorce horas al día, siete días a la semana, en una actividad que incluso pescadores adultos aquí califican de agotadora y, a veces, peligrosa.
Los niños del señor Takyu -conscriptos en un campo de trabajos forzados en miniatura, privados de escuela, de la satisfacción de sus necesidades básicas y de su libertad- son parte de un enorme tráfico en niños que mantienen en vida a las pescaderías, canteras, plantaciones de cacao y arroz y mercados callejeros de África occidental y central. Las niñas son empleadas domésticas, panaderas, prostitutas. Los niños son peones de campo, carretoneros, carroñeros en minas de piedras preciosas y oro abandonadas.
El tráfico de niños no es de ninguna manera algo únicamente africano. En Oriente Medio los niños son obligados a criar camellos, a tejer alfombras en India y llenan los burdeles en todo el mundo en desarrollo.
La Organización Internacional del Trabajo, una agencia de Naciones Unidas, calcula que 1.2 millones de niños al año son vendidos como esclavos en un negocio ilegal que genera hasta diez mil millones de dólares al año.
Los estudios muestran que los niños son más vulnerables en Asia, América Latina y África.
Los niños de África, los más pobres del mundo, conforman gruesamente un sexto del tráfico, según la organización del trabajo. Los datos son escandalosamente escasos, pero sugieren una victimización a gran escala de los niños africanos.
Un estudio de 2002, realizado bajo supervisión de la organización del trabajo, estima que unos 12 mil niños son vendidos y comprados para trabajar en las plantaciones de cacao solamente en la Costa de Marfil. Los niños, que no tienen familiares en la región, limpian las plantaciones con machetes, manejan pesticidas y abren las vainas de cacao.
En un análisis de febrero, la Unicef dice que el tráfico de niños está aumentando en África central y occidental, provocado por los enormes beneficios y controlado parcialmente por redes organizadas que transportan niños dentro y entre los países.
"Sabemos que en África es un enorme problema", dice Pamela Shifman, funcionaria de protección del menor en la sede de Unicef en Nueva York. "Un montón de eso es visible. Se ve a los niños que son explotados. Lo ves. Alguien llevó a los niños al lugar donde están. Alguien está explotando su vulnerabilidad".
Aparte de eso, preguntó: "¿Cómo llegaron aquí?"
John R. Miller, director de la Oficina de Seguimiento y Lucha Contra el Tráfico de Personas, dijo que el término tráfico no transmitía la brutalidad de lo que estaba ocurriendo.
"Un niño no consiente", dijo. "La pérdida de opción, el engaño, el uso del embuste, obligar a alguien a trabajar por nada o por muy poco, las amenazas... es esclavitud".
Algunas familias de África occidental lo ven más como una estrategia de supervivencia. En una región donde casi dos tercios de la población viven con menos de un dólar al día, la compensación por la pérdida temporal de un niño impide que el resto de la familia pase hambre. Algunos padres dicen que sus hijos están mejor aprendiendo un oficio que muriéndose de hambre en casa.
En realidad, en gran parte de la sociedad africana, la idea de que los niños deben estar al cuidado de sus padres no es algo evidente.
Es frecuente que los padres presten a sus hijos incluso a parientes lejanos si pareciera que con ello tendrán una posibilidad de educarse y más oportunidades.
Sólo en los últimos seis años ha quedado en claro cómo los traficantes sacan provecho de esta costumbre, para vender y comprar niños, a veces con menos ceremonia que cuando se compra o vende una cabra.
En 2001, 35 niños, la mitad de ellos de menos de quince años, fueron descubiertos en un carguero en un puerto de Benin. Dijeron que habían sido embarcados a Gabón, para trabajar.
En 2003, la policía nigeriana rescató a 194 niños desnutridos de canteras de piedra al norte de Lagos. Al menos trece niños habían muerto y estaban enterrados cerca de los fosos, dijo la policía.
El año pasado, la policía nigeriana tropezó con 64 niñas, de catorce años y menores, metidas en un camión frigorífico construido para cargar pescado congelado. Habían viajado cientos de kilómetros desde Nigeria central, dijo la policía, y debían trabajar como criadas en Lagos.
En respuesta a esos informes, los países africanos han aprobado toda una carga de leyes contra el tráfico, adoptando o reforzando, solamente el año pasado, una docena de leyes.
El año pasado, hubo cerca de 200 procesos contra traficantes en el continente, cuatro veces más que en 2003, de acuerdo a la oficina de tráfico de personas del ministerio de relaciones exteriores.
Algunos países alientan a las aldeas a formar sus propios comités de vigilancia. En Burkina Fasso, esos comités, junto con la policía, liberaron en 2003 a 644 niños que estaban en poder de traficantes. Sin embargo, funcionarios oficiales en la región dicen que sólo se detecta una pequeña facción de las víctimas.
Gana, un país del tamaño de Oregón de 21 millones de personas, todavía no ha procesado a nadie con la nueva ley contra el tráfico de personas adoptada en diciembre pasado. Pero el gobierno ha tomado otras medidas -incluyendo la eliminación de la matrícula escolar -que obligaba a los jóvenes a abandonar la escuela-, aumentar los registros de nacimiento de modo que los niños tengan identidades legales y hacer pequeños préstamos a unas mil doscientas madres para darles alternativas al préstamo de sus hijos.
La Organización Internacional para las Migraciones, una agencia inter-gubernamental fundada después de la Segunda Guerra Mundial para ayudar a los refugiados, también ha lanzado un programa financiado por Estados Unidos para rescatar a los niños del poder de la industria pesquera.
Desde 2003, dice la organización, se ha rescatado a 587 niños en la región del Lago Volta, de Gana, que han sido trasladados a refugios para darles tratamiento psicológico y médico, y luego reunirse con sus padres o familiares.
"Firmamos un contrato social con los pescadores", dijo Eric Peasah, el representante de área de la agencia en Gana. "Si tienen diez niños, les decimos: ‘Suelten a cuatro, y no pueden tener más, o los llevaremos a juicio'. Una vez que firman, nosotros volvemos y les decimos que queremos que liberen a más".

Para reducir significativamente el tráfico de niños, dice Marilyn Amponsah Annan, que está a cargo de problemas de la infancia a nombre del gobierno de Gana, los adultos deben estar convencidos de que los niños tienen derecho a la educación, a ser protegidos, a no sufrir las tensiones de la adultez y, en resumen, que tienen derecho a la infancia.
"Se ven muchos niños con los pescadores", dice. "¡Esas manitas, esos cuerpos pequeñitos! Siempre es muy triste, porque este es un mundo de adultos.
"Tenemos que educar a estas comunidades porque no saben hacer otra cosa. Creen que esto es lo que tienen que hacer para sobrevivir".
Esa es la defensa favorita de los pescadores en Kete Krachi, a un día de camino por las densas selvas de la capital de Gana, Accra. La pesca es la principal fuente de subsistencia para los estimados nueve mil habitantes de la zona. Los niños la mantienen funcionando.
Aquí casi todas las canoas llevan al menos a un par de niños, algunos de cinco o seis, a menudo bajo la supervisión de un adolescente. Una docena de niños, entrevistados en sus canoas o mientras cosían las deterioradas redes en tierra, dijeron que era un trabajo demoledor, con semanas de trabajo de cien horas y frecuentes golpizas. A todos les invadía el temor de zambullirse en las turbias aguas del lago para desenganchar una red, y no volver a salir.
Un niño de diez años dijo que él a veces está tan cansado que se queda dormido remando. Interrogado sobre cuándo descansaba, otro niño hizo una pausa mientas remendaba una red, aparentemente confundido. "Es lo que usted ve ahora", dijo.
Nunca ven la miseria que ganan. Los pescadores dicen que ellos pagan a los padres o familiares en diciembre, normalmente en viajes a las aldeas de las familias durante las vacaciones de diciembre.
El único solaz de los niños parece ser la naturaleza compartida de su miseria, una camaradería de niños perdidos que no han visto a sus familiares durante años, no controlan su destino y, en algunos casos, fueron engañados con falsas promesas de educación o de un pronto retorno a casa.
En Nkomi, una frondosa isla en el lago, Kwasi Tweranim, un adolescente, y Kwadwo Seaako, de doce o tres años, parecían unidos por el temor y el resentimiento hacia su patrón. Los dos lucen cicatrices de pulgadas de largo en sus cabezas, donde, dijeron, les golpeaba con un remo de madera.
"Me zambullí a desenredar la red y cuando salí mi patrón dijo que había dejado una parte abajo", dijo Kwasi. "Luego vi todo negro y desperté en otro bote. Sólo me salvó la gracias de Dios".
Kwadwo, tartamudeando fuertemente, dijo que había sido castigado porque la red se había enredado en el agua.
No todos los pescadores son tan despiadados. Christian Lissah emplea a ocho niños de menos de trece, la mayoría de ellos parientes lejanos. Dice que sabe que muchos niños son tratados peor que bestias de carga, y que algunos se han ahogado.
"En general, este no es un buen oficio, porque la gente maltrata a los niños", dijo. Sin embargo, dijo que no podía imaginar cómo hacer de la pesca un negocio rentable sin el trabajo de los niños y depende de amigos y conocidos para mantener la oferta -a cambio de una comisión.
"Tienes que encontrar a gente de orígenes humildes, que necesite dinero", dijo. "Algunas personas están ansiosas de librarse de sus hijos".
Los padres de Mark Kwadwo, Joe Obrenu y su esposa Ama, lo vendieron sin lamentarlo. Obrenu es pescador en las costas de Aboadzi, una ciudad montañosa bañada por el sol en el Golfo de Guinea, y su esposa seca la faena para venderla. Pero a menudo se quedan sin comida, dice la tía de Mark, Adwoa Awotwe. En los últimos años han vendido a cinco de sus hijos, dijo, incluyendo a la hermana de nueve de Mark, Hagar, que hace trabajos domésticos para el señor Takyi.
Obrenu consigue niños de sus vecinos, a veces para su eterno pesar. "Fue el hambre, para tener un poco más de dinero; hoy no he comido en todo el día", dice Efua Mansah, cuyo hijo de siete, Kwabena, se subió hace cuatro años a un pequeño bus azul con Takyi para hacer el trayecto de 400 kilómetros hacia Kete Krachi.
Desde entonces sólo lo ha visto dos veces. En todo ese tiempo, Takyi le ha pagado 66 dólares, dijo, y gastó un tercio de la suma en buses y lanchas que usó para ir a cobrar el dinero.
En su choza de un espacio decorada con botellas de plástico vacías, luchó por contener las lágrimas. "Quiero que mi hijo vuelva a casa", dijo.
Mark también lloró cuando le llegó su turno de partir este año, contó su tía, de modo que su madre le dijo que Takyi lo llevaría a ver a su padre. En lugar de eso, fue llevado al recinto de chozas de adobe de Takyi, a un cubículo de medio metro cuadrado con un diminuto ventanuco. Lo comparte con otros cinco niños, tábanos y unos cubos con carnadas para la pesca.
En dos días nunca cruzó una sonrisa los delicados rasgos de Mark. Rara vez dijo algo, excepto asentir o sacudir la cabeza. "Me golpearon en la casa. No recuerdo qué hice, pero me golpeó con la palmeta", dijo sobre el señor Takyi.
Takyi, que duerme y trabaja con la misma camiseta gris, es terriblemente franco sobre su casa. A los niños les puede dar de comer dos veces al día, y no puede vestirlos adecuadamente. Él mismo ha estado remando en el lago desde que tenía ocho años.
"Sé cómo se sienten los niños", dijo. "Porque yo no fui a la escuela y este es el trabajo que tengo que hacer. Yo también lo encuentro difícil".
Sin embargo, no duda en romper una rama de un árbol cercano para despertar a los niños para el turno de medianoche.
"Aquí casi todos los niños son muy problemáticos", se quejó. "Quiero que sean humildes, pero no obedecen mis órdenes".
Una mañana hace poco, su joven equipo, envueltos en delgadas mantas para mantenerse abrigados, caminaron en la oscuridad hacia la playa.
Se subieron a dos canoas estables, aunque hacían agua, buscando en el agua un pedazo de esponja que marcaba dónde habían enganchado la red a troncos de árboles sumergidos. Kwabena, 11, se sacó sus pantalones cortos y se zambulló con un chico de dieciocho para desgancharla, jalándola en un momento con sus dientes.
Mark no domina el ritmo de los remos. Takyi dijo que el niño llora cuando el agua está muy brava o tiene frío. No sabe nadar. Si la canoa zozobra, dijo Takyi, él lo salvará.
"No puedo pagar lo que se les paga a los niños mayores", dijo Takyi cuando Mark sacaba el agua de la canoa con el culo rebanado de una botella de plástico de aceite de cocina. "Es por eso que tenemos que hacer esto. Cuando tenga el dinero, conseguiré otro".
En la otra canoa, Kwame Akuban y Kofi Quarshie sacaban peces de la red con el aire de prisioneros que esperan que termine su condena.
Kofi, 10, dijo que su madre le había dicho que sus ganancias alimentarían a la familia. Pero sospecha que tuvo otro motivo. "No me quieren", dijo quedamente.
Kwame, 12, dijo que sus padres le habían prometido retirarlo al cabo de un año, para mandarlo a la escuela.
"Hace tres años que llevo aquí y no me estoy yendo a casa, y no estoy feliz", dijo, tranquilo.
Como obedeciendo una indicación, Takyi gritó: "Saca más rápido los peces, o te daré con la palmeta".
Huir es una fantasía común entre los niños. Kofi Nyankom, que es del mismo pueblo que Mark y llegó hace tres años, a los nueve, fue uno de los pocos que lo intentó realmente.
En diciembre pasado llegó semi desnudo al pueblo, con la espalda convertida en una masa de cardenales. Dijo que Takyi lo había atado y dado de latigazos.
George Achibra, un funcionario de educación del distrito, pidió la intervención de la policía y Takyi fue obligado a dejar marcharse a Kofi.
Pero Takyi trajo un substituto en cuestión de semanas -más joven, más desamparado, más sumiso. Se llamaba Mark Kwadwo.

29 de octubre de 2006
©new york times
©traducción mQh
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