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prepárense para lo peor


[David Ignatius] En la guerra de Iraq, el gobierno de Bush debe prepararse para lo peor.
De algún modo, después de cuatro años, el debate sobre Iraq está todavía animado por quimeras. La Casa Blanca habla como si una adición de 20 mil tropas más fuera a parar la guerra civil. Los demócratas argumentan que cuando Estados Unidos retire sus tropas, los iraquíes finalmente aceptarán ser responsables de su propio destino. Pero todos necesitamos enfrentarnos a la posibilidad de que este asunto pueda no tener un final feliz.
Ese era el mensaje subyacente del Estimado Nacional de Inteligencia sobre Iraq, dado a conocer la semana pasada. Advertía al gobierno que si el conflicto religioso continuaba, casi ciertamente "creemos que la situación general de seguridad continuará deteriorándose". El conflicto actual no es simplemente una guerra civil, observan los analistas; es peor que eso: las bandas criminales, los terroristas de al-Qaeda y las guerras internecinas aumentan el estado de caos del país.
Y para los críticos de la guerra que prefieren una rápida retirada estadounidense, los analistas destinaron esta dura advertencia: "Si las fuerzas de la coalición se retiraran rápidamente durante [los próximos doce a dieciocho meses], creemos que esto ciertamente conducirá a un aumento significativo en la escala y alcance del conflicto religioso en Iraq". Una vez idas las tropas norteamericanas, predicen los analistas, el ejército iraquí se derrumbá y aumentarán los atentados de al-Qaeda dentro y fuera de Iraq. "Habrá bajas civiles masivas y es probable que ocurran desplazamientos forzados de población".
En esta sombría situación -donde, como repite todo el mundo todo el rato, "no hay buenas opciones"-, ¿cuál es la mejor dirección para la política exterior norteamericana? Una estrategia útil podría ser comenzar a prepararse no para lo mejor, sino para lo peor. El congreso y el gobierno deberían empezar a pensar en catástrofes potenciales en Iraq -y sobre cómo proteger intereses básicos de Estados Unidos y sus aliados.
Pensando en los resultados catastróficos, me he orientado por un artículo que fue hecho circular la semana pasada en círculos privados por Robert Jervis, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Columbia. Empieza con esta idea: "En algún momento, Estados Unidos retirará sus tropas de Iraq, y cuando lo haga, si no antes, la situación empezará a deteriorarse feamente. Esos podrían ser tiempos realmente espantosos -como un maremoto que inundara toda la región".
¿Cómo proteger intereses norteamericanos vitales en este maremoto de violencia? Voy a presentar varios preceptos básicos, sacados de conversaciones con expertos dentro y fuera del gobierno:

-Contener la violencia religiosa. Estados Unidos no puede parar la guerra civil entre sunníes y chiíes, pero puede tratar de mantener este conflicto dentro de las fronteras iraquíes. En esto reside el mayor peligro para la nueva estrategia de ‘redespliegue' que esbozó la ministro de asuntos exteriores Condoleezza Rice en una entrevista conmigo el mes pasado. Al tratar de reunir a los árabes sunníes moderados para combatir contra Irán y sus aliados, Estados Unidos corre el riesgo de extender el conflicto sunní-chií de Iraq a toda la región.
Este es un curso peligroso. Los riesgos fueron resumidos por Amr Moussa, presidente de la Liga Árabe. La guerra en Iraq "abrió las puertas del infierno", me dijo, y si el conflicto se extiende a los chiíes respaldados por Irán y a los árabes sunníes, "entraremos en el infierno mismo". Estados Unidos no debería alentar este descenso al infierno.

-Proteger el petróleo. Estados Unidos debería empezar a planificar con sus aliados cómo proteger el suministro de petróleo de la región. Lo hemos hecho antes: Las exportaciones de petróleo en el Golfo Pérsico continuaron durante los ocho cruentos años de la guerra Irán-Iraq, gracias en parte a las escoltas navales norteamericanas y al reembanderamiento de los petroleros. Estados Unidos debería ayudar a preparar ahora una iniciativa internacional similar, incluyendo nuevos oleoductos que simplemente eviten el Golfo.

-Proteger a la población iraquí. Estados Unidos no ha sido capaz de parar la guerra civil, pero las tropas estadounidenses pueden reducir la carnicería y ayudar a entregar ayuda humanitaria para lo que es probable que se convierta en una creciente ola de refugiados escapando de las zonas de combate.

-Hablar con los vecinos. Asesando la perspectiva de un resultado catastrófico en Iraq, Estados Unidos debería iniciar un diálogo con los estados de la región, incluyendo a Siria e Irán. Estados Unidos no debería inicialmente ofrecer ningún acuerdo, mucho menos ‘precios de subasta', pero sí debería hablar sobre intereses de seguridad mutuos y explorar los terrenos en los que convergen.

-Estimular la paz árabe-israelí. En lo que todo el mundo en la región parece estar de acuerdo -desde Israel hasta Arabia Saudí- es en la necesidad de un estado palestino. Los palestinos mismos no pueden ofrecer a Israel ahora un acuerdo de paz significativo -son demasiado débiles, y están demasiado indignados y desorganizados. Pero los árabes, conducidos por el rey saudí Abdullah, pueden. Este es la solución que debería buscar Rice.
Estas medidas en el control de la crisis no impedirán la catástrofe que se está desarrollando en Iraq, pero podrían mitigar sus efectos, que puede ser casi todo lo que podemos aspirar. Y el beneficio del escenario del peor de los casos es que las cosas, a veces, funcionan mejor de lo que se espera.

davidignatius@washpost.com

8 de febrero de 2007
©washington post
©traducción mQh
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