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retirada, pero cuándo


[Stuart Gottlieb] Una retirada precipitada en estos momentos espolonearía a una guerra civil sin cuartel.
¿Recuerda Ruanda? Los libros de historia no han tratado con deferencia la pasividad de Estados Unidos cuando más de 800 mil tutsi fueron masacrados por sus compatriotas hutu en la primavera de 1994, después de que un accidente aéreo costara la vida a los presidentes de Ruanda y Burundi.
Ahora, piense en un guión en el que las decisiones y acciones de Estados Unidos fueran las principales razones del hundimiento del país en el caos y la violencia religiosa, y que, sin embargo, en lugar de hacer todo lo posible para evitar una catástrofe humanitaria, Estados Unidos prefiriera alejarse. ¿Qué dirían los libros de historia sobre eso?
Lo sabremos si los líderes demócratas en el congreso lograr hacer aprobar una apresurada retirada de las tropas norteamericanas de Iraq.
La presidente de la Cámara, Nancy Pelosi, y el Líder de la Mayoría del senado, se refirieron a la creciente violencia sectaria entre chiíes y sunníes como la principal justificación para retirar las tropas norteamericanas de Iraq. En una carta conjunta al presidente Bush el mes pasado, instándole a no vetar un proyecto de ley que incluye un calendario de retirada, Pelosi y Reid dijeron que han llegado a la "ineludible conclusión de que las fuerzas norteamericanas no deberían tratar de impedir la guerra civil en Iraq" y que "debería empezar el redespliegue gradual de las fuerzas norteamericanas".
Los demócratas tratan de suavizar este mensaje diciendo que una fecha de retirada fija obligaría al primer ministro iraquí Nouri al-Maliki, como dicen Pelosi y Reid en esa declaración de enero, "a encontrar la solución política que se necesita para estabilizar el país".
Pero estos argumentos son tan falsamente optimistas como la creencia de la Casa Blanca hace cuatro años, de que nuestras tropas serían acogidas como libertadoras. De acuerdo al Grupo bipartidista de Estudio de Iraq, "una retirada norteamericana prematura produciría casi ciertamente mayor violencia sectaria y continuaría el deterioro de la situación". Y el Estimado de Inteligencia Nacional dado a conocer en enero advertía que una retirada inmediata de Estados Unidos probablemente provocaría el colapso de las fuerzas de seguridad iraquíes, junto con "masivas bajas civiles y desplazamientos forzados de población".
Los norteamericanos se sienten comprensiblemente frustrados con la mala conducción de la guerra de parte del gobierno. Y estabilizar Iraq ha resultado ser un reto temible. Pero los demócratas elegidos en noviembre por la promesa de que pondrían fin a la guerra, deberían tener cautela.
La historia observará que los mismos demócratas que apoyaron las intervenciones de Estados Unidos para terminar con las guerras civiles en Bosnia Y Kosovo en los años noventa, ahora proclaman una política de retirada de Iraq, retirada que es probable que cause sufrimientos humanos todavía mayores. Aunque las bajas han sido tremendas -desde que empezara la guerra en marzo de 2003, al menos 75 mil civiles han perdido la vida, según estimaciones de la Brookings Institution-, esta cifra se podría multiplicar por diez o más si estallara una guerra sin cuartel. Ese desarrollo marcaría el toque de defunción del legado de gran parte de la política de relaciones exteriores de los demócratas en los años noventa: "Ruanda, Nunca Más".
La historia también apuntará que aunque el principal culpable sea la Casa Blanca, en octubre de 2002 una abrumadora mayoría bipartidista en la Cámara y en el Senado votaron autorizando esta guerra. Que haya un creciente consenso en ambos partidos en cuanto a que la guerra era un error, no libera a Estados Unidos de su responsabilidad por la actual situación de vacío de poder en Iraq. Retirarse a la cara de una catástrofe humanitaria casi segura, dejaría una mancha negra en la reputación de Estados Unidos y disminuiría durante generaciones su papel en el mundo.
Aquellos que piden una retirada rápida dicen que la guerra ha durado demasiado tiempo y ha costado demasiada sangre y dinero norteamericanos. Pero esas consideraciones deben ser ponderadas en el contexto de todos nuestros intereses en la región.
Más allá de las razones humanitarias para encontrar una estrategia de retirada viable, entre las preocupaciones estratégicas vitales se encuentra prevenir el surgimiento de un estado frustrado en el corazón de Oriente Medio, la creación de un santuario de al Qaeda al occidente de Iraq y refrenar los precios del petróleo, que ha superado los cien dólares por barril.
¿Quiere decir esto que Estados Unidos debería tolerar un interminable sacrificio por lo que muchos ya tienen como una causa perdida? Por supuesto que no. Pero los demócratas no deben simplificar las perspectivas de una retirada indolora como cuando la Casa Blanca exageró las perspectivas de una victoria fácil. Simplemente, lo que se juega tiene demasiado valor.
Este momento exige un liderazgo parlamentario unido para llevar estabilidad a Iraq. Como mínimo, la nueva estrategia contra la resistencia del presidente debe tratar de imponerse, aunque sólo sea para permitir una discusión más deliberativa de las alternativas de una retirada.
En 1998, el presidente Bill Clinton ofreció disculpas a la gente de Ruanda por la incapacidad de Estados Unidos de actuar para impedir la masacre que ocurrió durante su guardia.
Si Iraq es engullido por una guerra civil sin cuartel, habrá muchas más razones por las que pedir perdón en las décadas por venir.

El escritor fue asesor en política exterior demócrata y escritor de discursos en el senado de 1999 a 2003. Dirige el programa de estudios de política exterior en la Universidad de Yale.

16 de abril de 2007
15 de abril de 2007
©washington post
©traducción mQh
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