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la movida de moqtada al-sáder


La salida de los ministros chiíes extremistas del gabinete de Maliki, no augura nada bueno para Iraq.
Justo cuando pensábamos que el gobierno de Iraq se había hundido todo lo que era posible, se hundió todavía más, después de una temeraria demostración de poder de Moqtada-al Sáder.
Hasta ahora, Sáder, un clérigo virulentamente antinorteamericano, ha sido el aliado político más poderoso del primer ministro Nuri Kamal al-Maliki. Pero el lunes, debido a su intervención, renunciaron los seis ministros de su partido en el gabinete de Maliki. El gobierno todavía depende de los votos en el parlamento del partido de Sáder, el grupo más numeroso del gobernante bloque chií.
Maliki, un soso e ineficaz político, lleva un año como primer ministro. Pero desde el principio su autoridad ha dependido del apoyo de Sáder, un carismático demagogo con un atemorizante ejército privado, un poderoso partido político y una impresionante capacidad para sacar a sus partidarios a la calle.
Maliki pensó probablemente que era mejor tener al partido de Sáder dentro del gabinete, exigiendo el apoyo de sus seguidores y la protección oficial de su agresiva milicia privada, que afuera, rechazando abiertamente las políticas del gobierno, incluyendo el apoyo de Maliki a la continuada presencia militar norteamericana en Iraq.
Ahora Maliki corre el riesgo de vivir la peor de las dos opciones. Sáder hizo renunciar a sus ministros en el gabinete en un intento de obligar al gobierno a fijar un calendario de retirada de las tropas norteamericanas de Iraq. Maliki no puede decir simplemente no, porque si el partido de Sáder se vuelve contra él, podría perder la mayoría en el parlamento. Tampoco puede decir simplemente sí, porque la supervivencia física de su gobierno todavía depende probablemente de esas tropas norteamericanas. Entretanto, Sáder se ha alineado con una causa altamente popular que probablemente incrementará todavía más su influencia.
Este estrujón deja al gobierno de Bush en Bagdad en una posición todavía más frágil que antes. El ministro de Defensa, Robert Gates, que ahora viaja por la región suplicando a los mandatarios árabes que dejen de lado sus recelos sobre los logros del gobierno de Maliki, y su probable remplazo por tecnócratas políticamente neutros, está tratando de convencerlos de que la partida de los ministros de Sáder podría en realidad ayudar a estabilizar al gobierno iraquí.
Pero el gobierno tecnocrático no será suficiente, especialmente ahora que Sáder está incitando a la división desde los lados. La campaña militar norteamericana en Bagdad tiene que mostrar todavía resultados significativos. Pero incluso si los hay, todo avance en la seguridad será rápidamente anulado si el gobierno iraquí no toma una serie de medidas decisivas. Estas medidas van desde la repartición del poder político y los recursos económicos con la minoría sunní, la erradicación de las milicias sectarias y la creación de fuerzas de seguridad comprometidas con la protección de todos los iraquíes sin distinción.
Las medidas requerirán voluntad y autoridad política, no solamente capacidad administrativa. Maliki no ha dado muestras de ninguna de las dos. Y parece todavía menos probable que las vaya a exhibir ahora.

19 de abril de 2007
18 de abril de 2007
©new york times
©traducción mQh
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