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pobres con mascotas


[Erik Eckholm] Para las familias pobres, demasiadas mascotas son una carga.
Selmer, Tennessee, Estados Unidos. Phillip Swetman es el dueño accidental de trece perros. La mayoría de ellos, dijo Swetman, llegaron tras ser abandonados por sus dueños.
"Oyen ladrar a un perro y arrojan el suyo en la zanja", dijo. "Para nosotros no queda otra cosa que dejarlos morir de hambre o atropellados por un coche, o recogerlos".
Deshacerse a medianoche de perros no deseados es común aquí en el sur de las Montañas Apalaches, donde mucha gente pobre posee múltiples mascotas pero no pueden pagar los costes de su esterilización o vacunas, y donde arruinados ayuntamientos no cuentan con refugios animales, exigen el pago de permisos e implementan las vacunas antirrábicas.
La combinación de mascotas y pobreza, dicen veterinarios, produce resultados similares en muchas áreas rurales: condiciones insalubres para enormes poblaciones animales, pese a los esfuerzos de ayuda de individuos a menudo abrumados y una permanente amenaza a la salud humana.
El doctor Bob Sumrall, veterinario en Henderson, en el condado de Chester, calcula que más del 75 por ciento de los miles de perros solamente en el condado no han sido vacunados contra la rabia. "Esto representa definitivamente un riesgo para la salud", dijo.
Los animales sobrantes, abandonados en caminos oscuros que serpentean entre bosques de robles y pinos y plantaciones de maíz, tienden a terminar al cuidado de gente que tiene más grande el corazón que la cuenta bancaria. Gente como Swetman y su mujer, Alicia, que se ven en apuros para pagar su propia hipoteca y la cuenta de la bencina con lo que gana Swetman como maquinista en una fábrica de bañeras, pero que sin embargo han terminado con un extenso zoológico, conformado en gran parte por animales abandonados y una fertilidad no controlada.
Los Swetman viven en una zona despoblada cerca de Finger. Tiene dos perros en su desordenada casa de concreto, dos más amarrados a árboles y el resto en tres rediles de alambre. De algún modo reúnen los 26 dólares a la semana que necesitan para comprar dos sacos de 22.5 kilos de alimento para perros.
"Preferiría pasar hambre yo antes que mis perros", dijo la señora Swetman. Pero dicen, con algo de desesperación, que la atención veterinaria, que puede llegar en vacunas a los cien dólares al año por perro, y a cien dólares más por esterilizaciones y castraciones, está simplemente fuera de su alcance.
"Aquí un montón de gente pobre termina con montones de perros y con la sensación de impotencia, de no saber qué hacer", dijo Sherrye McKinney, que trabaja en grupos de rescate de mascotas en la región.
Así que los Swetman estaban agradecidos de conseguir una consulta gratuita en una clínica temporal para ver a sus dos últimos cachorros, aunque no hubiera espacio en el agotado programa de cinco días para sus ocho hembras más viejas y no esterilizadas.
La clínica fue instalada a mediados de junio en el arsenal de la Guardia Nacional de Selmer por los Servicios Veterinarios de Áreas Rurales, un proyecto de la Sociedad Protectora de Animales de Estados Unidos que envía veterinarios y estudiantes voluntarios a los Apalaches, las reservas indias y otras áreas para esterilizar y tratar a mascotas cuyos dueños viven en la pobreza.
"Hacemos una diferencia cada vez que impedimos que un animal tenga crías", dijo Tammy Rouse, coordinadora en las Apalaches del servicio de voluntarios. En el vestíbulo, tres veterinarios y 28 estudiantes de medicina veterinaria pasan quince horas al día esterilizando hasta cincuenta perros y gatos al día y colocando inyecciones, sacando gusanos y otros tratamientos.
Pero el servicio voluntario hace frente a una tarea de Sísifo, dijo Rouse.
"Es como una curita en un arteria abierta", dijo. "La esterilización y la castración tienen que ir de la mano con la educación y las leyes".
Tina Churchwell, directora de la sociedad protectora en el condado de McNairy, al que pertenecen Finger y Selmer, tiene doce perros y ha instalado un refugio improvisado en su casa, con rediles que albergan a otros 22 perros que espera que sean adoptados. La sociedad está recaudando dinero para construir un refugio adecuado en terrenos ofrecidos por el condado, pero falta el apoyo de la comunidad, dijo Churchwell.
A falta de dinero para los equipos normales del cuidado de mascotas, la gente improvisa. James Cotner, 64, y su mujer viven con ingresos de nueve mil dólares al año en una casa con calefacción de leña y tejado de hojalata. En su propiedad deambulan quince gatos y los Cotner tienen además tres perros, el último recogido en la carretera después de que lo abandonaran. "He tratado de darlo, pero nadie quiere un perro grande porque comen demasiado", dijo Cotner.
Comprar alimentos en el Wal-Mart ha estirado su presupuesto, dijo, y estaba agradecido por la clínica gratuita, que esterilizó a los perros y les puso la inyección antirrábica. "Tenía miedo de que mordieran a alguien y me demandaran", dijo.
Para combatir pulgas y garrapatas, usa remedios caseros. Mascador de tabaco, ahorra el jugo y lo rocía en el jardín.
Janet Stanford Brown, 28, en el arsenal adoptó dos gatos y uno de los cuatro perros de su familia. Punkin, un mestizo marrón, tenía una herida infectada en el hombro, probablemente por una mordida, temía Brown, de un joven pit bull que habían recogido hacía poco.
"Lo habríamos llevado al veterinario si tuviésemos dinero", dijo Brown mientras la doctora Lydia Love, veterinaria jefe de la clínica libre, examinaba la sucia herida y hacía arreglos para su tratamiento. "Punkin es el perro de mi hijo y si fuera necesario pediría dinero prestado para tratarlo".
Su marido, un aprendiz de electricista, no gana demasiado dinero. Sus animales se alimentan de sobras de la mesa y cazan por su comida, persiguiendo a conejos y otros animales.
Todas las tardes en la clínica, cuando el personal termina largas horas de cirugía y reconforta a los animales que se recuperan mareados de la anestesia, los dueños, muchos de ellos caminando de arriba para abajo con la ansiedad con que se espera a familiares en un hospital humano, esperan para retirar a sus mascotas.
Alicia Swetman se veía especialmente acongojada porque se enteró de que uno de sus cachorros, el de un ojo azul y otro castaño, tenía problemas de salud que hacían muy peligrosa una intervención quirúrgica. Para alivio de Swetman, cuando le llevaron los cachorros, moviendo furiosamente sus rabos por el reencuentro, Love dijo que se trataba probablemente de una infección curable de gusanos.
"Sería feliz si estos dos fuesen adoptados por una buena familia, donde sean queridos", dijo Swetman, sin sonar enteramente convencida, mientras abrazaba al cachorro enfermo.

1 de julio de 2007
©new york times

©traducción mQh
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