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devaneos y cacareos ministeriales


columna de mérici
Se discutirá en el parlamento sobre un proyecto de ley que regula los textos del etiquetado y rotulación de vinos y alcoholes, con el objetivo, según la ministro de Salud, de "no fomentar el uso y abuso del alcohol en jóvenes y niños" (en La Tercera ). Es una idea loable, en mi opinión, advertir en las etiquetas sobre los estragos que puede causar su abuso. Y también sería necesario, obviamente, someter a más restricciones la publicidad de vinos y alcoholes, a la que está expuesta normalmente gente de todas las edades.
Según la ministro, a Chile también le interesa fomentar la exportación de sus vinos, causando naturalmente el temor de los productores, que se resisten al etiquetado que piensan que puede entorpecer sus negocios en el extranjero.
Así, la ministro concluye: "Entonces, nos parece que podemos encontrar acuerdo para cautelar estos aspectos. Por una, parte mantener el crecimiento de una industria sobre todo exportadora, porque para el país es muy importante, y, por otra parte, cautelar la salud de la población y creo que podemos buscar acuerdos" (misma fuente anterior).

Sin embargo, también vi una entrevista en la televisión en la que dice, en relación a una pregunta sobre el 15% de personas con problemas con el alcoholismo en Chile (es decir, con nuestro 15% de alcohólicos), que no le parece a ella que sea malo festejar de vez en cuando con alguna de nuestras drogas nacionales.
El abuso en el consumo de alcohol causa graves y serios trastornos sociales y personales. Recuérdese que, aparte las increíbles horas que se pierden de trabajo por San Lunes y el absentismo laboral y los accidentales laborales causados por el consumo excesivo, y la enorme carga de patologías relacionadas directamente con el alcohol, en Chile nada menos que el 25% de las muertes en accidentes de tránsito lo causó en 2005 el abuso del alcohol. Lo que gasta el país en el tratamiento de enfermedades relacionadas con el abuso del alcohol es simplemente incalculable.

Discuten ahora políticos y funcionarios los textos precisos que deberemos leer en el futuro en las etiquetas del vino y otros licores. Aparentemente se advertirá que su consumo es nocivo para las mujeres embarazadas, desaconsejándolo a los conductores y alérgicos al sulfito. Deberían también indicar las enfermedades que causa, y desaconsejarlos a los enfermos de cirrosis, ¿no?

La actitud de la ministro y otras autoridades de gobierno contrasta con la que adoptan cuando se trata de la marihuana. Esta, que es una planta medicinal que no produce grandes adicciones ni provoca enfermedades de ningún tipo (la única desventaja visible y comprobada que provoca la marihuana es, después de un uso prolongado, la paulatina pérdida de memoria; pero ésta, hay que decirlo, también se recupera cuando se suspende el uso de la droga) es perseguida tenazmente por las fuerzas policiales.

Y en esta absurda y desgastadora campaña permanente (lo que repiten como loros que es la implementación de la ley) las autoridades intervienen de una manera sospechosamente sesgada. Según lee uno los diarios, carabineros detienen a diario a jóvenes y niños por consumo de marihuana, mientras que Investigaciones se dedica fundamentalmente a la captura, no de consumidores de cocaína, sino a los vendedores y transportistas de la droga. Si uno se atiene a las estadísticas, debiese en realidad atacarse a los consumidores de cocaína. Pero no se hace, y creo que la verdad que lo explica es que los consumidores de marihuana son en general de estratos sociales bajos, mientras que los de cocaína pertenecen a los estratos altos. Y los carabineros prefieren no molestar a los hijos de las clases altas, por justificados temores de sufrir las consecuencias.
O sea, la ley que penaliza el consumo de drogas y su implementación sesgada está contaminada por el nefasto, primitivo y desagradable clasismo chileno.

Este mismo clasismo impregna las decisiones del gobierno. Se aplican las autoridades con saña a castigar a los consumidores de una planta reconocidamente medicinal e inofensiva, pero se deshacen en explicaciones ante los productores y exportadores de un producto que, mal usado, es una droga muchísimo, pero muchísimo peor que la marihuana.

Yo creo que el problema con las drogas, se trate del vino o de la marihuana o la cocaína, es, por decirlo así, la domesticación de su uso, que a su vez forma parte del proceso de civilización de la sociedad chilena. A los chilenos (pero no exclusivamente, pues este es un problema global) les cuesta trabajo domesticar el consumo; ciertamente, los que se ven incapaces de controlarse (de controlar sus pulsiones, diría un sociólogo de la cultura alemán), terminan alcohólicos con serios problemas de adaptación. Muchos terminarán en la calle, indigentes. Nada menos que el 15% de los ciudadanos. Controlar o domesticar el consumo del vino implica cosas como no beber en horas de trabajo, no beber antes de marcharse al trabajo, y saber en qué momento dejar de beber. Estas son costumbres que, por lo general, aprende todo el mundo. En general, la sociedad chilena ha logrado esta domesticación.

Con la marihuana se trata de lo mismo. Una vez legalizado y socializado su consumo, habrá que domesticar su uso. No fumar (para los que la fuman, pues se puede ingerir de muchas otras maneras) ni antes de la jornada laboral ni durante ella, no conducir después de utilizarla, etc. Afortunadamente, nadie muere de sobredosis de marihuana, y, por otro lado, el exceso es muy raro, porque el usuario por lo general se duerme.
Pero si se continúa manteniendo en la ilegalidad el consumo de marihuana (y hay que decir que la postura de las autoridades es de una increíble estupidez, pues jamás ganarán la guerra contra las drogas, se pongan como se pongan, porque nunca la ha ganado ningún gobierno, ni entre los fenicios de antes de Cristo ni entre los franceses del siglo diecinueve ni nunca en ninguna parte, porque va contra el espíritu humano), se empuja a sus usuarios (y a jóvenes) hacia la criminalidad y se los expone a riesgos de salud que hoy apenas si existen, porque la ilegalidad favorece su adulteración, lo que puede ser muy peligroso. La marihuana, en efecto, puede ser intervenida. Y lo es. Hay productores, por ejemplo, que inyectan anfetamina en sus plantas, así como hay vendedores de cocaína que la cortan o mezclan con veneno de ratones o cristal molido. Todo es posible gracias a la testarudez de las autoridades.

Si las drogas fuesen legalizadas Chile obtendría una nueva clase de productores y comerciantes emprendedores y responsables que competirían en buena ley por un lugar en el mercado. Y se transformaría en un país con algún grado de decencia, en que respeta la voluntad del ciudadano en cuanto a decidir qué usar o no, privando a nuestros mandarinescos políticos y funcionarios de prerrogativas y atribuciones que no debieron tener ni deben tener. Lo que ocurre con nuestros cuerpos y mentes es cosa nuestra. Si, como dice la ministro, tiene ella derecho a festejar con una droga peligrosa como el vino, ¿por qué no tendremos derechos otros a festejar fumándonos un porrete que es una hierba medicinal que, según muchos, expande nuestra conciencia?

[mérici ]
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