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las películas de norman mailer


[A.O. Scott] Norman Mailer, desatado y en película: Sus gigantescas identidades en retrospectiva de julio.

¿Quién fue Norman T. Kingsley? No existe una entrada en la Wikipedia que entregue una bibliografía completa, pero en sus días Kingsley -o N.T.K., como se lo llamaba a veces- era un personaje de considerable significación histórica mundial. Cineasta al que se compararía con Buñuel, Dreyer, Fellini y Antonioni, era también un potencial y formidable candidato para ser presidente de Estados Unidos, objeto de implacable fascinación en la prensa y blanco de rebuscadas conspiraciones de los ricos y poderosos. Respaldado por un séquito de rufianes y matones callejeros conocidos como los Cash Box, era, en partes iguales, artista, delincuente, pornógrafo y santo.
Kingsley vivía bajo el perpetuo peligro de ser asesinado. Se deleitaba con la compañía de boxeadores y guapetonas y algunos dijeron que tenía cierta "proclividad hacia el amor griego". Sus orígenes son algo misteriosos -rusos, irlandeses y galeses, con rumores de gitanos y de lo que en esos días se llamaba sangre negra- y su acento parecía que emprendía viaje en el espacio de una simple expresión, por Brooklyn, Harvard y Texas. Si se pudiera decir que un solo hombre cristalizaba las violentas contradicciones de su época y lugar, ciertamente ese era Norman Kingsley.
Lo que no quiere decir que esa persona haya existido. Pero alguien -en especial, una persona- tenía que inventarlo. Norman Kingsley es el personaje principal de una película llamada ‘Maidstone', y el alter ego, avatar y tocayo del director de la película, Norman Mailer (cuyo segundo nombre, dicho sea de paso, es Kingsley). ‘Maidstone', rodada en los Hampstons en el verano de 1968 y estrenada en 1971, es el tercero de los cuatro largometrajes que ha dirigido Mailer, después de ‘Salvaje 90' [Wild 90] (1967) y ‘Más allá de la ley' [Beyond the Law] (1968). El cuarto, una adaptación de su novela de 1984, ‘Los hombres duros no bailan' [Tough Guys Don't Dance], es el único en el que no aparece Mailer y el único del que se puede decir que se adaptaba a las convenciones del guión de cine comercial. Con Ryan O'Neal como ex presidiario y aspirante a escritor mezclado en una serie de asesinatos en Provincetown, Massachusets.
Las cuatro películas fueron proyectadas como parte de ‘The Mistress and the Muse: The Films of Norman Mailer' [La amante y la musa: Las películas de Norman Mailer'] es una fascinante y amplia retrospectiva que se realizó durante las últimas semanas de julio en tres instituciones culturales de Manhattan: la Sociedad Cinematográfica del Lincoln Center, el Paley Center for Media y los Archivos del Cine [Anthology Film Archives].
La obra cinematográfica de Mailer, ahora de 84 años, no se sostiene por sí sola; las películas que dirigió recorren toda la gama que hay entre la curiosidad y la catástrofe. Felizmente, esta retrospectiva incluye un montón más: adaptaciones de sus libros (notablemente la excelente mini-serie hecha con ‘La canción del verdugo' [The Executioner's Song, su obra maestra documental]; películas sugeridas por su vida y personalidad (como ‘El jugador' [Gambler], de Karel Reisz, escritas por el discípulo de Mailer, James Toback, y con James Caan en el papel protagónico como un profesor de literatura singularmente severo); y un generoso potpurrí de documentales y programas de televisión (desde ‘En la línea de fuego' [Firing Line] hasta ‘Las chicas Gilmore' [Gilmore Girls]) en los que aparece.
Se puede objetar que todos estos materiales son triviales y secundarios, una amena distracción del controvertido y substancial edificio del verdadero trabajo de Mailer, que son sus novelas. Muchos de ellas, me parece, se leen poco frecuentemente y las verdades más espinosas son eclipsadas por la reputación de su autor por el exceso dentro y fuera de las páginas.
Verlo como era en sus varias encarnaciones no literarias -como cineasta y anfitrión de programas de conversación, como político y como polemista- es entender algo de lo que pretendía en libros como ‘Advertisements for Myself' (1959). ‘Los ejércitos de la noche' [Armies of the Night] (1968), ‘Un fuego en la luna' [Of a Fire on the Moon] (1970) y ‘El prisionero del sexo' [The Prisoner of Sex] (1971). Y las tres primeras películas de Mailer -‘Maidstone', en particular, son valiosas de ver por el conocimiento que proporcionan sobre las ideas y ambiciones que nutrieron la escritura de Mailer en los años sesenta y setenta, el período más salvaje, más productivo y más contencioso de una carrera que no ha sido especialmente calma ni fácil de comprender.
En esos años, los logros extra-curriculares de Mailer, incluyendo las incursiones en el cine, llamaban a veces más atención que su prosa. Parecía perversamente empecinado en transmutar su temprana fama, adquirida con el éxito comercial de su primera novela, ‘Los desnudos y los muertos' [The Naked and the Dead] (1948), por la barata celebridad de los medios o incluso la notoriedad de tabloide. Su ego parecía no tener límites, su apetito por ser el centro de la atención era tan feroz que se podía interpretar como ansiedad por el ridículo público. En 1967 deleitó a los manifestantes contra la guerra en Washington con un retrato de un Lyndon B. Johnson borracho, incoherente y escatológico; dos años más tarde emprendió una quijotesca candidatura a la alcaldía de Nueva York sobre una plataforma de secesiones municipales; escupió obscenidades contra Germaine Greer en el escenario del Ayuntamiento en Manhattan en 1971. Ese mismo año, intercambió insultos con Gore Vidal en un episodio especialmente memorable de ‘The Dick Cavett Show'.
Todos estos eventos y muchos más pudieron ser nuevamente apreciados en ‘La amante y la musa'. Su valor como entretención -ved a Mailer el candidato dando la manos a diestra y siniestra en las calles de Harlem y Queens. Mirad cómo Mailer, el cerdo chauvinista, se pelea con las amazonas convocadas del movimiento de liberación femenina. Temblad ante Mailer el púgil literario que acusa a Vidal de "polución intelectual"- es innegable. Y también el carisma de Mailer, su extraordinaria capacidad de mezclar los roles de cruzado y clown, profeta y loco, rabí y actor.
Parte de su magnetismo se deriva de su mera presencia física: las orejas de jarra, los penetrantes ojos azules debajo de un mechón de pelos canosos y lanudos, los rasgos rechonchos capaces de sorprendentes giros de rapidez y encanto. Y luego, ahí está la voz, la potente y rápida corriente de panaceas y brillantes intuiciones expresadas con un acento inimitable, un palimpsesto audible del Brooklyn de la infancia de Mailer, su educación en una universidad de elite y su período de servicio de combate en la Segunda Guerra Mundial en una unidad del ejército compuesta principalmente por tejanos y sureños. Dobla el labio superior como un boxeador revisando su boquilla, y sus impresionantes cejas que brincan repentinamente cuando alegres, o se abaten amenazantes.
En breve, Mailer no es, se podría decir, un artista cualquiera. Ha aparecido en un puñado de películas de otros directores, incluyendo ‘Ragtime', de Milos Forman (1981) y ‘El rey Lear' [King Lear] (1987). Y su entusiasmo por la improvisación como actor es el aspecto más sorprendente de ‘Salvaje 90' y ‘Más allá de la ley'. En la primera, es un tipo de gángster; a menudo su voz es ininteligible debido a la pobre calidad del sonido, y las inflexiones irlandesas, italianas y afro-americanas cuando no está a cuatro patas ladrándole a la cara a un perplejo pastor alemán. En ‘Más allá de la ley', es un detective con el alma de un poeta, cuya combinación de sensibilidad y profano machismo parece ser tanto una parodia de la imagen de sí mismo de Mailer como su sincera apoteosis.
En la pantalla, sea que haga de Norman Mailer o de Norman Kingsley (o, mucho más tarde, el Rey Lear), Mailer está casi siempre poniendo a prueba su hipótesis de que las presentaciones más hiperbólicas de sí mismo son también las más auténticas. La fama era no solamente su carga, sino también su tema y su método. "Yo era un nodo en un nuevo paisaje electrónico de celebridad, personalidad y estatus", escribió en ‘Advertisements for Myself', recapitulando con ambivalencia su transformación, a los veinticinco, de universitario y ex marine, en el escritor más aclamado de su generación. Y ese libro hace la crónica, entre otras cosas, de su determinación para descubrir cómo utilizar esta curiosa condición existencial como la base de su trabajo.
Mientras que sus películas, con sus largas y desiguales escenas de diálogo improvisado, muestran una afinidad superficial con las de Andy Warhol, Warhol y Mailer son, en el contexto de nuestra época, figuras antitéticas. Warhol estaba fundamentalmente interesado en los efectos distanciadores y despersonalizantes de la celebridad, en el sentido de que los medios podían convertir a la gente en ceros a la izquierda, vaciándoles de afecto e individualidad. Para Mailer, afecto e individualidad eran todo, y su proyecto era concebir una personalidad suficientemente grande para resistir a las fuerzas reductoras, homogenizadoras y castrantes de la vida contemporánea.
Era un proyecto fundamentalmente romántico, y lo convierte en una figura épica, y curiosamente vulnerable. Al introducirlo en ‘En la línea de fuego' en 1968, William F. Buckey Jr. observó que la técnica de Mailer "es de un narcisismo puro y mitigado por el reconocimiento -no diría devoción- de sus defectos". Aunque este resumen es algo descortés, no es impreciso, y ayuda a comprender al personaje exasperante y fascinante en que se había convertido Mailer.
Uso la palabra personaje deliberadamente. Hacia fines de los sesenta su principal estrategia, ya evidente en ‘Advertisements', sería precisamente derribar las fronteras entre autor y personaje, convertirse en el protagonista explícito de su escritura. El resultado fue una serie de notables híbridos literarios que definieron la horma de lo que más tarde sería conocido como nuevo periodismo. ‘Ejércitos de la noche', en la que la tercera persona ‘Norman Mailer' participa en la marcha contra la guerra de Vietnam en octubre de 1967, es quizás el acto más sostenido y exitoso en esta vena. Y aunque su reportaje ha sido justamente elogiado -no existe una instantánea mejor de la inteligencia en guerra en esa época-, el formal radicalismo de ese libro ha sido subestimado de muchos modos.
Debido a que el ambiente de Mailer eran los medios populares antes que la academia, y debido a que fue, desde el principio, un novelista de gran éxito antes que un protegido de la crítica, generalmente no se lo asocia con los novelistas experimentales del periodo. Pero incluso aunque se hubiera educado en el realismo de Theodore Dreiser y James T. Farrell, y aunque la deidad literaria de su juventud fue Ernest Hemingway, emprendió sin embargo una meticulosa y audaz reinvención de los parámetros estéticos de la novela, como hicieron Thomas Pynchon, John Barth y William S. Burroughs.
Ese mismo impulso experimental -tantear las fronteras de la convención, arremeter contra los patrones de expresión establecidos con la onda expansiva de su personalidad- empuja sus otras actividades, desde el cine hasta la política. El conocimiento de Mailer del teatro de vanguardia y del cine experimental que florecieron en Nueva York en los años cincuenta y sesenta es evidente en sus películas, que están siempre menos preocupadas con el refinamiento y la coherencia que con sondear los misterios y hallazgos fortuitos del proceso. No quiere representar una experiencia, sino más bien inducir una para precipitar el caos con la esperanza de vislumbrar un asomo de orden.
Entre sus camarógrafos estaban D.A. Pennebaker y Richard Leacock, pilares del movimiento de cinéma vérité. Pennebaker estuvo a la mano para captar la escaramuza con las feministas en el ayuntamiento y convertirlo en el ‘ayuntamiento sangriento', y también filmó una infame escena al final de ‘Maidstone'. En esa película, Mailer describe lo que está haciendo -no queda claro si hablando como él mismo o como Kingsley- cuando emprende "un ataque contra la naturaleza de la realidad", un lema que se adapta bien al arte de la época.
De cualquier modo, la realidad se vengó, o llamó bluf a Mailer, en la persona de Rip Torn, el actor que en la película ataca a Mailer con un martillo mientras la cámara de Pennebaker seguía rodando y los hijos del novelista gritaban de terror. Se derramó sangre de verdad -Mailer casi le arrancó la oreja a su asaltante- y se intercambiaron insultos de patio de escuela como si fueran críticas ontológicas.
Esta escena, lo admito, tiene una pavorosa fascinación. Pero también capta algo esencial de Mailer: sus temerarias bravatas, su disposición a cortejar el ridículo y a perder el control. Muy pocos artistas de cualquier medio hoy, exhiben este tipo de loca pasión, y no está bien. Al principio de ‘Advertisements for Myself', Mailer confiesa que "en los últimos diez años he sido candidato a presidente en la intimidad de mi mente". Casi al final de ‘Maidstone' observa que "en realidad, alguien como Kingsley no podría nunca ser candidato a presidente. Sólo podía serlo en la imaginación".
Verdad. Y aunque alguna gente parece fantasear que el actual alcalde de Nueva York, en virtud de su sagacidad y competencia como gerente, podría ser un buen candidato, mi propia imaginación se inclina por el hombre que llegó cuarto entre cinco demócratas en las primarias de 1969. Y si Norman Mailer no se presenta, quizás lo haga Norman Kingsley.

9 de agosto de 2007
20 de julio de 2007
©new york times
©traducción mQh
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