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aliados dudosos en anbar


[David Ignatius] No está mal aliarse con jeques sunníes, pero no olvidemos que se trata sobre todo de bandidos.
El gobierno de Bush se ha mostrado tan entusiasta pregonando su nueva alianza con líderes tribales sunníes en la provincia de Anbar que es fácil pasar por alto dos preguntas básicas: ¿Por qué tomó tanto tiempo lograr un acomodo con los sunníes? Y ¿es Anbar realmente un buen modelo para la estabilización del resto de Iraq?
Primero, el problema de por qué tomó tanto tiempo: El hecho es que algunos líderes tribales sunníes han estado haciendo cola durante cuatro años para tratar de cerrar el tipo de alianzas que finalmente han echado raíz en Anbar. Durante la mayor parte del tiempo, esas tentativas de acercamiento fueron rechazadas por oficiales norteamericanos que, no sin razón, consideraban a los jeques sunníes como señores de la guerra locales.
Este desdén hacia esos aliados potenciales fue un error, pero también lo es que ahora se les dore la píldora. Son rudos jefes beduinos, a veces poco más que contrabandistas y gángsteres. Estados Unidos debería cerrar alianzas tácticas con ellos, pero no debemos engañarnos. La tendencia de idealizar a nuestros aliados ha sido un error que se repite consistentemente.
Como otros periodistas que siguen los desarrollos en Iraq, yo empecé a hablar con líderes tribales sunníes en 2003. La mayoría de las reuniones tuvieron lugar en Amán, Jordania, organizadas con la ayuda de ex funcionarios del gobierno jordano que han perfeccionado el arte de pagar a los jeques. Un contacto era miembro del clan de los Kharbit que ha mantenido durante largo tiempo relaciones amistosas, aunque secretas, con los jordanos y los estadounidenses. Los Kharbit anhelaban una alianza, incluso después de que un bombardeo aéreo estadounidense matara a uno de sus jefes, Malik Kharbit, en abril de 2003. Pero los oficiales estadounidenses mantuvieron su desdén.
Durante una visita a Faluya en septiembre de 2003, me reuní con un viejo líder de la tribu Bu Issa, llamado Sheik Khamis. No quería pagas estadounidenses secretas: lo matarían, dijo. Quería dinero para reconstruir escuelas y caminos y dar trabajo a miembros de su tribu. Algunos oficiales hicieron esfuerzos esporádicos por ayudar, pero nada lo suficientemente serio como para controlar la resistencia en Faluya. Entonces, recordaréis, el gobierno de Bush subestimaba la idea de acercarse a la resistencia.
Un líder tribal sunní que insistió valientemente en una alianza con los estadounidenses fue Talal al-Gaaod, líder de una de las ramas de la tribu Dulaim. Estudiando mis notas de entonces, puede reconstruir que una serie de sus esfuerzos fueron manejados torpemente por oficiales estadounidense: En agosto de 2004, ayudó a organizar un encuentro en Amán entre comandantes marines de Anbar y líderes tribales allá que querían formar una milicia local. Otros altos oficiales estadounidenses se enteraron del encuentro no autorizado y lo cancelaron.
Gaaod lo intentó nuevamente en 2004, organizando una cumbre tribal en Amán con la bendición del gobierno de Jordania. Nuevamente, la respuesta oficial americana fue fría; ese mes, los militares estadounidenses lanzaron su segundo asalto contra Faluya, y la cumbre debió ser suspendida. En la primavera de 2005, el infatigable Gaaod empezó a idear planes para lo que llamó ‘Fuerza de Protección del Desierto', una especie de milicia tribal que lucharía contra al-Qaeda en Anbar. La propuesta fue destripada por oficiales estadounidenses en Bagdad que la ridiculizaron como una iniciativa de señores de la guerra.
Un abatido Gaaod me envió un e-mail en julio de 2005: "Créame, no hay necesidad de gastar ni un solo centavo del dinero de los contribuyentes norteamericanos ni de derramar ni una sola gota de sangre más de los chicos estadounidenses". Su desesperación despertó el interés del nuevo embajador norteamericano en Bagdad, Zalmay Khalilzad, que empezó a reunirse con Gaaod y otros sunníes iraquíes en Amán con la esperanza de lograr un acuerdo con los insurgentes. Gaaid murió de un ataque cardíaco en marzo de 2006.
Lo que pasó en Anbar finalmente fue que algunos líderes tribales sunníes -tipos rudos que poseen armas y saben cómo usarlas- empezaron a hacer frente a los matones de al-Qaeda que se estaban casando con sus mujeres y bloqueando sus rutas de contrabando. La respuesta inicial estadounidense de mediados de 2006, me dijeron, fue floja. Más señores de la guerra. Pero oficiales de la Zona Verde empezaron a darse cuenta de que esto era lo que había, y empezó un ciclo de retroalimentación positiva. La tragedia es que pudo haber ocurrido mucho antes.
Ahora los estadounidenses planean, aparentemente, propagar el modelo de Anbar y crear soluciones ‘desde las bases' en todo Iraq. Por ejemplo, me dijeron que algunos comandantes estadounidenses se reunieron hace poco con un organización política chií conocida como el Consejo Supremo Islámico Iraquí y dieron luz verde para que su milicia, la Organización Báder, controlara la seguridad en Nasiriyah y otras zonas en el sur de Iraq, para poner coto al poder la milicia Ejército Mahdi de Moqtada al-Sáder. Nos estamos interponiendo aquí en una guerra interna chií que apenas entendemos.
Estos acuerdos locales pueden ser atractivos como tácticas a corto plazo para estabilizar el país. Pero no deberíamos confundir estas alianzas tácticas con la construcción del estado. Con el tiempo, romperán a Iraq, antes que unirlo. Trabajemos con líderes tribales y de milicias, pero no olvidemos de quiénes se trata.

isdavidignatius@washpost.com

6 de octubre de 2007
20 de septiembre de 2007
©washington post
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