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¿por qué la democracia?


[Stanley Fish] Cuando se me pidió votar por presidente del planeta no se me ocurrió nadie, ni vivo ni muerto.
Hace unas semanas un entrevistador de la British Broadcasting Company me hizo diez preguntas sobre la democracia. Yo era uno más de muchos que estaban siendo entrevistados para una serie de programas y películas que llevan el título general de ‘¿Por qué la democracia?' A partir de hoy -8 de octubre- los que los productores llaman "el evento multimedia factual más grande del mundo" será transmitido por televisión, radio y online en más de doscientos países con una audiencia prevista de trescientos millones de personas. La intención es ‘provocar un debate' y una masiva discusión online.

Dos preguntas están relacionadas: "¿Cuál es la mayor amenaza para la democracia?" y "¿Puede el terrorismo destruir la democracia?" Las respuestas dependen de lo que pienses que es la democracia. Yo tiendo a rechazar las definiciones románticas que incluyen conceptos como ‘noble ideal' y opto, al contrario, por algo más analítico; la democracia es una forma de gobierno que no está vinculada a ningún propósito político o ideológico predeterminado, que permite que los objetivos sean elegidos por la mayoría de los votos en elecciones libres.
Esto significa que la democracia es la única forma de gobierno que, al menos en teoría, contempla con ecuanimidad su propia desaparición. Las elecciones democráticas no garantizan que los ganadores se comporten democráticamente, y siempre es posible que los que controlan el proceso legislativo aprueben leyes o incluso revoquen derechos -de propiedad, de libre expresión y libre circulación- que distinguen a las democracias de las teocracias y monarquías. (Algunos dicen que esto es exactamente lo que ha estado ocurriendo en los últimos seis años). El juez Oliver Wendell Holmes captó la fragilidad de una forma de gobierno que se puede alterar a sí misma hasta el punto de que puede dejar de reconocerse a sí misma cuando dijo que si sus conciudadanos querían ir la infierno en una cesta de mimbre, su trabajo era ayudarlos a llegar ahí, pese a que deploraba las consecuencias. De la democracia se puede decir entonces que ella misma es su principal amenaza.

El terrorismo presenta una amenaza paralela desde el exterior. El peligro no es tanto que los terroristas derroten a las democracias por su recurso a la violencia, como que, al hacerles frente, las democracia olviden las garantías constitucionales (contra las detenciones arbitrarias, la censura y la vigilancia policial secreta) que hacen de las democracias lo que son. (Nuevamente, algunos dicen que eso ya está ocurriendo). Si los terroristas pueden manipular a las democracia empleando métodos que no se distinguen de los suyos propios, se podrá decir que han ganado la guerra, independientemente del resultado en el campo de batalla.

Las otras dos preguntas también están relacionadas una con otra. "¿Son buenos los dictadores?" y "¿Vale la democracia para todo el mundo?" La pregunta de si los dictadores son buenos depende una pregunta previa sobre de qué quieres que se ocupe el gobierno. Si estás preocupado por las libertades personales y no quieres que la policía se la pase controlando a todo el mundo, un poder ejecutivo fuerte, permanente e intrusivo tendrá poco o nada de atractivo. Pero si, como Thomas Hobbes, la estabilidad y la seguridad te importan más que todo lo demás, podrías aceptar la idea de que un soberano absoluto que sea suficientemente fuerte como para protegerte de tu vecino y proteger a ambos contra enemigos extranjeros.
El mismo razonamiento se aplica a la pregunta de si la democracia es buena para todo el mundo. Depende de si crees que la democracia es la forma de gobierno hacia la que ha estado avanzando la historia (la tesis de Francis Fukuyama en ‘El fin de la historia') o si es meramente una opción entre otras. Si eres de la primera opinión (como parece serlo el actual gobierno), creerás que mientras más se expongan tus adversarios a las ideas democráticas, más atractivas las encontrarán. Pero si desconfías de los argumentos teleológicos (como yo), te mostrarás incrédulo en cuanto a la posibilidad de exportar la democracia y considerarla, al contrario, como algo que los otros pueden adoptar o desechar, dependiendo del aprecio en que la tengan.
Dado que la democracia privilegia algunos valores -movilidad personal, espíritu empresarial, tolerancia, cosmopolitismo-, y quita importancia a otros -comunidad, adaptación ideológica, estabilidad cultural-, su atractivo variará con los valores que adopte una sociedad particular. Por ejemplo, una sociedad que descansa en sólidos fundamentos religiosos puede encontrar útiles algunas prácticas democráticas, pero no estará inclinada a pelear y morir por ellas.

Esto me lleva a las otras preguntas. "¿Es Dios demócrata?" Esta pregunta es fácil. Dios, como el soberano de Hobbes, exige obediencia, y los que lo adoran deben subordinar sus deseos personales a su voluntad. (Aquí es paradigmática la historia de Abraham e Isaac). Por eso su gobierno es la antítesis de la democracia, que eleva la opción individual a una posición de primacía. Eso no significa, sin embargo, que Dios desconfíe de los estados democráticos o que exija la instauración de una teocracia o que tenga, del todo, opiniones políticas. (Por otro lado, alguien que, como Walt Whitman, crea que Dios no es una entidad separada sino que reside en cada uno de nosotros, podría concluir que la democracia es la forma de gobierno preferida por Dios).

Una pregunta que se me hizo era probablemente un error de categoría: "¿Puede la democracia resolver el cambio climático?" Resolver los problemas del cambio climático, si es que puede hacerse, será asunto de los avances en la tecnología y alteraciones en las conductas personal y profesional en respuesta a directivas y ordenanzas del estado. Ningún sistema político está naturalmente predestinado a la tarea o excluido por definición de llevarla a cabo. La política y la tecnología son variables independientes.

Otra pregunta era una trampa: "¿Son las mujeres más democráticas que los hombres?" Eso es como preguntar: "¿Son los hombres más decididos que las mujeres?" Cualquiera sea la respuesta que des, te meterá en problemas con la mitad del mundo. La idea de que las cualidades de personalidad y temperamento están determinadas por el género es muy antigua y toda generación tiene una nueva versión de las diferencias. Se nos ha dicho en los últimos años que las mujeres se inclinan por la relación, el compromiso, la empatía y la conversación, mientras que a los hombres les gusta ser independientes y fijar fronteras que los separen nítidamente. Si es así, los hombres son más democráticos que las mujeres porque la democracia, especialmente la democracia de estilo estadounidense, se basa más en los derechos que en la comunidad. Pero soy escéptico con respecto a estas binarias y, por eso, de la pregunta.

Una pregunta era demasiado general y ambiciosa: "¿Quién o qué gobierna el mundo?" ¿El capital? ¿La cultura consumista norteamericana? ¿El fervor religioso? Mi respuesta sería ‘la contingencia'. Nunca sabes lo que va a ocurrir ni que fuerzas serán desencadenadas por acontecimientos imprevisibles.

Pasé otra de las preguntas porque soy demasiado viejo para responderla: "¿Por qué razón empezaría usted una revolución?" A mi edad, nada. Si las cosas se pusieran muy mal, buscaría un lugar donde esconderme.

La última pregunta que se me hizo, fue: "¿Por quién votaría usted como presidente del planeta?" Sí sé por quién me gustaría votar. Por alguien sabio, culto, fuerte, valiente, piadoso, entendido, incorruptible, inspirador, capaz y guapo. No se me ocurrió nadie, ni vivo ni muerto, así que me conformé con un personaje imaginario, Atticus Finch, al menos tal como era representado por Gregory Peck. (Otra posibilidad es Morgan Freeman en cualquier papel).

www.whydemocracy.net and www.myspace.com/whydemocracy

18 de octubre de 2007
7 de octubre de 2007
©new york times
©traducción mQh
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