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condena de cura despierta fantasmas


[Patrick J. McDonnell] En la era de las dictaduras militares en América Latina, la iglesia católica no siempre hizo frente a la represión.
Buenos Aires, Argentina. Era un sacerdote católico que recorría el gulag de centros de detención secretos argentinos, como una suerte de predador espiritual.
"La vida de los hombres depende de Dios, y de tu cooperación", dijo el Padre Christian Federico von Wernich una vez a un detenido antes de traicionar la confianza del prisionero, de acuerdo a testigos.
Von Wernich, 69, fue sentenciado a reclusión perpetua por crímenes contra la humanidad, el primer sacerdote condenado por violación a los derechos humanos en la era de las dictaduras militares y guerras civiles en América Latina.
Según declaraciones de testigos, von Wernich trabajaba como informante de la policía para el gobierno militar de Argentina, de 1976 a 1983, usando su función como capellán de la policía para recabar información de los detenidos. Fue condenado como ‘co-autor' en siete homicidios, 42 secuestros y 31 casos de tortura.
Este macabro caso ha arrojado nuevas luces sobre el papel de la iglesia católica en América Latina durante esos turbulentos tiempos para la iglesia y la sociedad. Rebeliones de izquierda pusieron en jaque a sacerdotes y obispos cogidos entre las enseñanzas tradicionalmente conservadoras y anticomunistas de la iglesia y los dictados del Vaticano II a participar en el mundo.
"En América Latina la iglesia misma estaba sufriendo tremendos cambios, independientemente de lo que estaba ocurriendo en el campo político", dijo Kenneth P. Serbin, historiador de la Universidad de San Diego, que es una institución católica.
En toda la región sacerdotes, monjas y laicos con coraje eran frecuentemente acérrimos defensores de los derechos humanos, pagando a menudo esa defensa con sus vidas. Eso también era verdad en Argentina, donde la jerarquía de la iglesia gozaba de un relación inusualmente estrecha con los militares renegados.
"El ejército representaba para la iglesia argentina el lugar donde se resguardaba la esencia de la identidad nacional", dijo Loris Zanatta, profesor de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Bolonia, Italia. "Entre la iglesia y las fuerzas armadas había una relación casi simbiótica".
Fuera de Argentina, las jerarquías eclesiásticas a menudo cosecharon elogios por denunciar la represión.
El caso más famoso fue el del arzobispo de San Salvador, Óscar Romero, que fue asesinado en 1980 después de implorar a las fuerzas armadas que "paren la represión" durante la guerra civil de El Salvador.
Líderes eclesiásticos de Brasil y Chile, los vecinos más grandes de Argentina, también se pronunciaron contra los abusos militares, a pese al respaldo inicial que brindaron a los golpes en los dos países.
En Chile, el cardenal Raúl Silva Henríquez se convirtió en símbolo de la oposición a la dictadura del general Augusto Pinochet. La iglesia facilitó la fuga de activistas cuyas vidas corrían peligro.
"Durante muchos años la iglesia católica era la única fuerza capaz de contener de algún modo la brutal represión de Pinochet", dijo José Miguel Vivanco, abogado chileno que encabeza la división Américas de Human Rights Watch. "Muchos chilenos están hoy vivos gracias a la iglesia católica".
En Brasil, el país católico más grande del mundo, la iglesia fue un vehículo para las reformas políticas durante la dictadura militar de 1964 a 1985.
"En el caso brasileño, la iglesia se convirtió en uno de los polos más importantes de la oposición", dijo Serbin. "El caso de Argentina es atípico".
Von Wernich es seguramente un ejemplo extremo, incluso en Argentina. Pero críticos de la iglesia dicen que el caso es ilustrativo de la postura colaboracionista de la jerarquía durante la ‘guerra sucia'.
Von Wernich tenía antecedentes manchados como seminarista antes de que se ordenara sacerdote en 1976, el año del golpe argentino más reciente. Se convirtió de inmediato en capellán de la policía, una rama del servicio sacerdotal especialmente cercana al aparato de estado.
El vicario general del ejército argentino, monseñor Victorio Bonamin, fue especialmente explícito en su apoyo de la brutal campaña contra los ‘subversivos'.
"El ejército está extrayendo la impureza de nuestro país", declaró Bonamin.
Von Wernich se convirtió en asesor espiritual de un infame jefe de policía provincial, Ramón Camps, que controlaba una red de centros de detención clandestinos. Según testigos, los dos eran amigos íntimos.
Según declaraciones, von Wernich estuvo presente durante al menos tres asesinatos, llegando en una ocasión a lavarse la sangre de sus manos con los verdugos. Llamaba "acto patriótico" a los asesinados cometidos "en nombre de Dios', de acuerdo a testimonios jurados.
Un ex capitán contó a las autoridades que von Wernich también reconfortaba a los agentes de los ‘vuelos de la muerte' -vuelos militares desde los cuales los prisioneros, sedados, eran arrojados al océano. El sacerdote decía a los agentes que los vuelos eran "por el bien de la patria", dijo el capitán.
Sin embargo, mientras von Wernich ponía su condición de clérigo al servicio de la dictadura, otros clérigos y trabajadores religiosos argentinos se enfrentaron al aparato represivo.
Entre los ‘desaparecidos' en Argentina hay dos monjas francesas que ayudaron a las renombradas Madres de la Plaza de Mayo, cuya cruzada a nombre de sus hijos e hijas desaparecidos ayudaron a minar a la junta.
La mañana del 4 de julio de 1976, un escuadrón de la muerte militar asesinó a tres sacerdotes palotinos y dos seminaristas en la rectoría de la Iglesia de San Patricio, en el barrio de Belgrano, Buenos Aires. Monolitos de piedra frente a la iglesia de ladrillo recuerdan hoy sus muertes.
Los asesinos dejaron una nota anónima acusando a los cinco sacerdotes de estar vinculados con las corrientes religiosas izquierdistas tercermundistas.
Hasta hoy, muchos critican duramente a la iglesia argentina por no condenar al gobierno por la masacre de los sacerdotes palotinos y otras causas.
Tras la condena de von Wernich, la iglesia emitió una declaración lamentando la participación del sacerdote en "graves delitos".
Pero la iglesia no acepta responsabilidad institucional por las acciones de von Wernich y llamó a los ciudadanos a dejar atrás "la impunidad, así como el odio y el rencor".
Muchos se desilusionaron de que la iglesia se niegue a pedir excusas por las acciones del sacerdote. Durante el juicio de von Wernich, otro sacerdote, Rubén Capitanio, había llamado a la jerarquía a aceptar responsabilidad por su oscuro pasado.
"Fuimos cómplices", dijo Capitanio. "Eso por eso que creo que es hora de que pidamos perdón.
"La iglesia debería estar al lado de los crucificados, no al lado de los verdugos".

patrick.mcdonnell@ latimes.com

Andrés D'Alessandro contribuyó a este reportaje.

22 de octubre de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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