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trabajando con un dictador


La débil respuesta de Bush ante el golpe de estado en Pakistán se burla del ‘programa para la libertad'.
El presidente paquistaní Pervez Musharraf reclama que suspendió la Constitución y, de hecho, impuso la ley marcial el sábado para salvar a su país de los extremistas islámicos. Pero su represión se ha dirigido casi enteramente contra la oposición moderada, laica y pro-democracia de Pakistán -la gente misma que podría ofrecer una alternativa política a los talibanes y a al-Qaeda. Al menos quinientos abogados, jueces, dirigentes de partidos políticos, activistas de derechos humanos y periodistas han sido arrestados. Los canales de televisión independiente han sido cerrados. Los abogados que trataron de manifestarse contra la represión ayer frente a la Corte Suprema fueron atacados por las fuerzas de seguridad.
Musharraf está librando una guerra no contra el extremismo sino contra la democracia. Actuó porque temía que la Corte Suprema estuviera preparando una resolución en la que declararían inconstitucional su orquestada reelección como presidente el mes pasado. Estaba tratando de eludir los compromisos que hizo a los líderes políticos laicos de Pakistán y al gobierno de Bush de que dimitiría como jefe del ejército el 15 de noviembre y convocaría a elecciones parlamentarias libres y honestas a principios del próximo año.
La elección a la que se enfrentan ahora Estados Unidos y otros gobiernos occidentales no es entre Musharraf y las fuerzas terroristas contra las que ha combatido esporádicamente desde 2001. Es entre un gobernante militar profundamente impopular, ineficiente y políticamente agotado que está tratando de prolongar su gobierno por la fuerza en una de las sociedades civiles musulmanas más grande y liberal del mundo. El presidente Bush ha dijo justamente que la democracia es el mejor antídoto al totalitarismo de los extremistas islámicos. Los propios antecedentes de Musharraf son una prueba de que los gobiernos autocráticos sólo hacen más fuerte al extremismo.
No debería haber ninguna duda sobre de qué lado está Estados Unidos. Sin embargo, el gobierno ha ampliado sus apuestas. Ha calificado las medidas de Musharraf de "extremas" y declarado que "no apoyaremos un gobierno de emergencia". Pero Bush dijo ayer que "queremos seguir trabajando con él" en la campaña contraterrorista, y los personeros han dejado en claro que la ayuda destinada a esa colaboración -que es la mayor parte de la ayuda que recibe Pakistán de Estados Unidos- no será afectada. El general probablemente considerará esa postura como una aceptación de su golpe -como harán la mayoría de los paquistaníes y los millones de otros musulmanes en todo el planeta que están observando la respuesta estadounidense.
Estados Unidos deberá apoyar explícita y completamente a los políticos y jueces civiles de Pakistán. Esa postura no tiene porqué provocar la caída de Musharraf; todavía tiene la opción de retroceder, restaurar la Constitución y convocar a elecciones. Pero tal como están las cosas, si logra resistir la casi universal oposición a su golpe, Estados Unidos será responsabilizado por apuntalarlo -y por ponerse al lado equivocado en una crucial prueba de su seriedad de su proyecto de luchar con democracia contra el extremismo.

7 de noviembre de 2007
©washington post
©traducción mQh
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