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legado de un bandido


[P.J. Huffstutter] Jeffrey Scalf admite que su tío abuelo tenía defectos, pero le enviará su abogado a cualquier que llame a John Dillinger asesino o trate de sacar provecho de su nombre.
Mooresville, Indiana, Estados Unidos. Cuando se trata de proteger la memoria de su tío abuelo, Jeffret Scalf se ve a sí mismo como un solitario centinela.
La verdad es que no es fácil defender el nombre de John H. Dillinger, un hombre que era conocido como el Enemigo Público Número 1.
"Para bien o para mal, este es el legado de mi familia y nadie me lo va a arrebatar", dice Scalf, 50, que admite de buena gana que su fascinación de toda la vida con el infame forajido se ha convertido en una cruzada.
Dice que ha sido estafado por el autor y editor de una biografía de Dillinger, que se negó a pagarle sus derechos. Se siente timado por los dueños de un restaurante que utilizaron el nombre del asaltante de bancos de los años treinta, para publicitar hamburguesas y cerveza y engañado por una compañía de videojuegos de California que usó la apariencia digital de Dillinger para crear un personaje de un juego sobre gángsteres.
Y mejor no hablar con Scalf sobre los organizadores de festivales y autoridades municipales que montan eventos públicos utilizando el notorio nombre y proezas del ladrón -pero que no le pagan por usar su nombre. Eso, dice, es asalto a mano armada.
De día, Scalf es un gerente de márketing para el equipo de baloncesto Indiana Pacers. De noche, ante la pantalla del ordenador, navega internet a la búsqueda de información sobre Dillinger, y cazando a los que explotan su nombre o manchan su recuerdo.
No hay ninguna duda de que su tío abuelo fue un personaje fascinante. Entre mayo de 1933 y julio de 1934, cuando los agentes federales lo mataron a balazos frente al Teatro Biógrafo de Chicago, Dillinger vació más de una docena de bancos y destruyó miles de pólizas hipotecarias guardadas en sus cajas fuertes. Durante ese período de catorce meses en los momentos más álgidos de la Depresión, Dillinger robó más de trescientos mil dólares -el equivalente de casi 4.8 millones de dólares en la economía de hoy. La ola de crímenes obsesionó al país.
Fue un legendario historial de robos, del que Scalf habla con orgullo. También fanfarronea sobre las tres osadas fugas de la cárcel, el hecho de que Dillinger flirteara con las rehenes durante los asaltos a bancos y que Humphrey Bogart dio su gran salto a la fama interpretando a un personaje modelado sobre el bandido.
Cuando Scalf era un niño de campo pobre, soñaba con esta ensalzada imagen de su tío abuelo: Dillinger era todo un hombre, un ingenioso seductor que era mitad playboy, mitad rebelde.
Hoy, Scalf se apresura a señalar las similitudes físicas entre él mismo y Dillinger: De un metro 73 de estatura, Scalf tiene el alto de Dillinger, y las fotografías de su tío abuelo muestran el mismo hoyuelo en la barbilla, la frente alta y entradas, como Scalf. Sin embargo, el pelo rapado de Scalf es ahora más canoso que el castaño de Dillinger; Dillinger murió a los 31. Scalf es también "bastante" más pesado que su pariente.
Dado ese orgullo en los rasgos similares, y el tenaz sentido de lealtad familiar, Scalf no entiende ni perdona a los que llaman asesino a Dillinger.
Fue acusado de matar a balazos al agente de policía William Patrick O'Malley durante el asalto al First National Bank of East Chicago, Indiana, en enero de 1934. Pero el caso nunca llegó ante el juez. Dillinger murió antes de que se formara el jurado.
Scalf insiste en que su familia tiene pruebas de su inocencia, las que piensa revelar en una biografía que está escribiendo. La página web del FBI describe a Dillinger como uno de los "más terribles forajidos" de esa época, pero no dice específicamente que Dillinger haya matado a nadie; sólo dice que su banda fue la responsable.
Scalf reconoce que su héroe tenía defectos. Dillinger desertó de la Armada. Durante los asaltos murieron asesinadas diez personas -algunas lo fueron accidentalmente por los agentes- y se escapó de la cárcel. Pero esas oscuras realidades a menudo ensombrecen los recuerdos de Scalf de las proezas más románticas de Dillinger.
Desde 2001 que Scalf viene entablando demandas o amenazando con acciones legales a los que culpan a su tío abuelo del asesinato de ese agente de policía, incluyendo a dueños de cafeterías, directores de museos, sociedades históricas y funcionarios de ayuntamientos rurales. Ha exigido que todos los que usen el nombre de Dillinger firmen una cláusula de renuncia prometiendo no retratar al bandido como un hombre depravado o miserable.
"John hizo algunas cosas malas. Tuvo una vida trágica", dice Scalf. "Pero no era un asesino".
Ese reclamo ha sido ridiculizado por la mayoría de los historiadores, y los que han sido atacados por Scalf dicen que él está explotando a Dillinger -para provecho y gloria personal propias.
"Eso no tiene nada que ver con la historia", dice el escritor Dary Matera, cuyo editor se enredó con Scalf por ‘John Dillinger: The Life and Death of America's First Celebrity Criminal'. "Tiene que ver con control y dinero".
Scalf admite que algunos de sus propios parientes -que se negaron a ser entrevistados ni pudieron ser localizados- están desconcertados por sus intentos de limpiar el legado de la oveja negra de la familia. Y algunos en pueblo adoptado por Dillinger -Mooresville, un pueblo dormitorio de unos 9.300 habitantes- todavía se sienten avergonzados por todo esto.
Scalf, que dice que ha gastado cientos de miles de dólares en gastos jurídicos, afirma que todavía no recibe beneficios de sus luchas legales. Dice que sueña con usar las regalías para empezar con una fundación para jóvenes con problemas y levantar un museo en Mooresville.
Por supuesto, después de que pagadas sus cuentas legales.

John Herbert Dillinger nació en Indianápolis en 1903 como el primogénito de un tendero local y su mujer. Su madre, Mollie, murió poco después de que él aprendiera a caminar.
Su padre, John Sr., se casó más tarde por segunda vez y se mudó con su nueva esposa, Elizabeth, y sus hijos a una pequeña granja en las afueras de Mooresville, a unos treinta kilómetros al sudoeste de Indianápolis.
La abuela de Scalf, Doris Dillinger Hockman, era la hermanastra joven del bandido. Fue Doris y su marido Harlon quienes contaron a Scalf historias sobre el pasado.
Sacando álbumes de fotos que crujen de viejos, la pareja mostró instantáneas de un arrogante Dillinger -su nieto-, envuelto en un traje negro nuevo con una ametralladora. Las fotografías fueron tomadas en una época en que muchos estadounidenses tenían más respeto por los asaltantes de bancos que por los banqueros.
Doris recordó cómo, de adolescente, veía pasar a los aeroplanos de la policía del estado sobrevolando los campos de la zona, y cómo los niños fastidiaban a los detectives tapándose la cara con sus sombreros y escondiéndose entre los tallos de maíz. Harlon recordó haber mirado nodos sobre las proezas de Dillinger, y cómo cada atraco era cubierto meticulosamente por los reporteros gráficos de entonces -tal como persiguen los paparazzis hoy a las celebridades.
Scalf acribillaba a sus abuelos con preguntas: ¿De qué tamaño era el arma de madera que Dillinger esculpió para escapar de la prisión? ¿Dónde escondía el dinero? ¿Realmente daba cien dólares a los rehenes cuando los dejaba marcharse?
Otros parientes no querían saber nada de ese pasado, ni parecían interesados en los potenciales beneficios económicos que podrían obtener en relación con su pariente.
Una ley de Indiana, conocida como el derechos de publicidad póstuma, permite que Scalf y otros descendiente el derecho a cobrar, o impedir el uso del nombre de Dillinger, su apariencia, voz o personalidad, dice el abogado de Scalf, Amy Wright. En Indiana, esos derechos duran cien años después de la muerte de la persona y cubren, entre otras cosas, la firma del difunto, fotografías, apariencia característica y manerismos.
De acuerdo a Wright, tras la muerte de Dillinger, la abuela de Scalf se quedó con la mayor parte de los derechos, hasta que en 1997 los traspasó a su nieto. (Murió en 2001). Le hizo a Scalf una sola petición: Que impidiera que la opinión pública la llamara la hermanastra de un asesino. Scalf dice que se dio cuenta pronto que -como ocurre con otros personajes históricos-, desconocidos estaban tratando de sacar provecho de su tío abuelo.
Bandas llamadas con el nombre del asaltante de bancos pregonaban CDés punk. Coleccionistas subastaban diarios originales de Chicago de los años treinta con escandalosos titulares sobre los asaltos de Dillinger. En internet, se venden camisetas, calzoncillos y almohadillas para ratón con la cara de Dillinger.
Pero fue lo que ocurrió en Hammond, Indiana, lo que llevó a Scalf a buscar un abogado.
En 1999, la Oficina de Turismo y Convenciones del condado de Lake abrió un museo de Dillinger, un proyecto de 1.4 millones de dólares para fomentar el turismo en el rincón más remoto del nordeste de Indiana.
Las exposiciones incluían una fotografía del Chicago Tribune que mostraba a un grupo de gente reunida detrás del Teatro Biógrafo después de que Dillinger fuera matado, untando sus pañuelos en la sangre que había en el suelo. Una maqueta del callejón mostraban figurillas de agentes inclinados sobre el muerto. Una reproducción de la morgue incluía una réplica del cuerpo de Dillinger sobre una tabla.
Todavía peor, había cajas expositoras mostrando en detalle cómo Dillinger había asesinado a O'Malley.
Esto indignó a Scalf, y exigió que los materiales fueran retirados. Los funcionarios de la oficina de convenciones se negaron a hacerlo. Así que 2001 Scalf demandó a la organización, acusándola de explotar ilegalmente la persona de Dillinger.
Un tribunal del estado le dio la razón, pero no resolvió el tema de las indemnizaciones. Para evitar otro juicio, las dos partes accedieron a una mediación. La oficina ofreció pagar 375 mil dólares; otros detalles -tales como qué hacer con el ‘arma' de madera original que usó Dillinger para escapar de una cárcel de Indiana- quedaron sin resolver. Pero un impasse en la negociación envió a las partes de vuelta al juzgado y ahora el caso irá a juicio este verano.
El museo cerró sus puertas.
Scalf había recién comenzado.
Demandó a una compañía de juegos de ordenador en San Francisco. (Llegaron a un acuerdo). Peleó con un restaurante temático sobre Dillinger en Hudson, Indiana. (Su dueño también prefirió un acuerdo). Demandó a un grupo de promotores que organizaron un festival llamado Dillinger Days en el centro de Ciudad Mason, en Iowa. (El ayuntamiento rebautizó el festival).
De algún modo, ningún rumor sobre la inclinación pendenciera de Scalf llegó a oídos de los organizaciones de los Dillinger Days en Tucson. Desde 1992, este festival anual a atraído a multitudes a sus charlas sobre historia, paseos en coches clásicos y representaciones de cómo la policía capturó a Dillinger.
Pensando que podría ser divertido tener a un miembro de la familia como parte del espectáculo, en 2003 el organizador del evento, Richard Oseran, invitó a Scalf a ser el ponente principal.
El público escuchó ávidamente sus historias sobre la vida de su tío abuelo en el Medio Oeste y los planes del bandido de escapar a México. Después, Scalf se codeó un rato con la multitud. Les contó cómo había comprado la granja de la familia Dillinger y que ahora dice que es suya; cómo guarda todavía el sombrero de fieltro gris que, afirma, llevaba Dillinger en su última visita a la familia. Y adoptó repetidas veces la misma sonrisa y pose desafiante que se ve en los carteles ‘Se Busca' de Dillinger.
Scalf recuerda con orgullo ese viaje, incluso ahora. Pero eso no le impidió, el año pasado, de demandar a Oseran para impedir el espectáculo y para que le entregara la mercancía no vendida de Dillinger. Oseran, que dice que ya no organiza los Dillinger Days, se negó a hablar sobre el asunto.
Que Scalf haya recurrido a la ley como un arma para defender el legado de un notorio delincuente no le parece raro.
"John habría apreciado la ironía", dice Scalf. "Que haya violado la ley no significa que lo puedan hacer otros".
Entre los líos jurídicos, Scalf todavía espera convencer a sus vecinos en Mooresville para acoger al infame hijo nativo de Indiana. Pero la idea no ha prendido.
"Nos interesa mucho más que Mooresville haya sido el pueblo natal de Paul Hadley, que diseñó la bandera del estado", dice el bibliotecario Bill Buckley.
De momento, no hay estatua ni placa en honor de Dillinger. Ninguna calle lleva su nombre ni se marcan sus escapadas. Incluso una vez las autoridades locales ordenaron a un McDonald de la localidad a retirar carteles y otros artefactos que honraban a Dillinger, so pena de tener que vender sus hamburguesas y patatas fritas en otro lugar.
Esa actitud todavía persiste hoy, para asombro de Scalf. "Aquí hay un mercado", dice.
En realidad, tantos cazadores de recuerdos han desconchado trozos de la lápida de Dillinger en el Cementerio Crown Hill en Indianápolis, que la familia la ha reemplazado cinco veces. Algunos se han dejado caer sin invitación en la granja de Dillinger en las afueras de Mooresville y han excavado en el jardín, con la esperanza de encontrar botines enterrados hace más de siete décadas.
Puso a Scalf tan nervioso que escondió todos sus recuerdos de Dillinger -una carta firmada escrita desde la cárcel, su sombrero de barquero de paja, el delgado cinturón de cuero que llevaba el forajido la noche que murió.
Los ha guardado en un lugar que haría aullar a Dillinger.
En una caja fuerte en el banco.

p.j.huffstutter@latimes.com

29 de noviembre de 2007
8 de noviembre de 2007
©los angeles times

©traducción mQh
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