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rebelión femenina en un pueblo indio


[Mark Stevenson] Pueblos indios aferrados a sus costumbres no admiten el voto femenino. Menos que las mujeres postulen a cargos públicos.
Santa María de Quiegolani, México. Las mujeres en esta aldea india ubicada en lo más alto de las montañas cubiertas de pinos de Oaxaca se levantan todos los días a las cuatro de la mañana para recoger leña, moler maíz, preparar la comida del día, ocuparse de los niños y limpiar la casa.
Pero no pueden votar en las elecciones locales, porque -dicen los hombres-, las mujeres no trabajan lo suficiente.
Fue aquí, en una aldea que ha luchado durante siglos para conservar sus tradiciones zapotecas, que Eufrosina Cruz, 27, decidió ser la primera mujer que postula a la función de alcalde, pese al hecho de que las mujeres no pueden asistir a las asambleas del pueblo, y mucho menos ser candidatas.
El consejo municipal enteramente masculino rompió las papeletas a su favor en las elecciones del 4 de noviembre, diciendo que como mujer, ella no era ‘ciudadana' del pueblo. "Así es la costumbre aquí, que sólo votan los ciudadanos, no las mujeres", dijo Valeriano López, el alcalde del pueblo.
Antes que dar su brazo a torcer, Cruz ha lanzado el primer desafío serio a nivel nacional de las formas indias tradicionales de gobierno, conocidas como ‘usos y costumbres', que recibieron un completo reconocimiento legal en México hace seis años en respuesta a los movimientos por los derechos indígenas que sacuden toda América Latina.
"Para mí, es como ‘abusos y costumbres'", dijo Cruz cuando presentó su queja en diciembre ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos. "Estoy exigiendo que nosotras, las mujeres de las montañas, tengamos derecho a decidir sobre nuestras vidas, a votar y a ser elegidas, porque la Constitución dice que tenemos esos derechos".
López reconoció que los votos de Cruz fueron anulados, pero dijo que sólo eran ocho papeletas de las cien votadas en este pueblo de caminos en gran parte de tierra de unas 1.500 personas.
Cruz dice que estaba ganando y quiere que se anulen las elecciones y se vuelvan a realizar, esta vez con el voto femenino.
Pero los líderes masculinos se niegan a ceder. "Señor, aquí vivimos la vida de otra manera que en la ciudad. Aquí las mujeres se dedican a su casa, y los hombres trabajan en el campo", dijo al periodista Apolonio Mendoza, secretario del consejo municipal exclusivamente masculino.
Cruz ha recibido apoyo de algunos hombres mayores, que de acuerdo a las normas de la aldea pierden sus derechos políticos cuando cumplen sesenta. Algunos jóvenes dicen que el sistema debe cambiar y que las mujeres deben tener derecho a voto.
En una reunión hace poco de varias decenas de partidarios de Cruz, la mayoría de ellos sin derecho a voto, mujeres vestidas con sus tradicionales chales grises dijeron que se les negó el acceso a programas de ayuda del gobierno porque no iban acompañadas por un hombre.
Martina Cruz Moreno, 19, dijo que cuando su madre viuda pidió al gobierno materiales de construcción para mejorar el suelo de tierra de su casa de madera con tejado de hojalata, las autoridades del pueblo le dijeron que se buscara un marido.
Como mujer, Eufrosina Cruz no sólo no puede ser alcaldesa, sino tampoco participar en los ‘trabajos comunitarios' que es un requisito para que los hombres del pueblo se conviertan en ‘ciudadanos'. Esas tareas incluyen reparar caminos, arrear ganado, barrer las calles y cultivar.
"Me gustaría ver a los hombres haciendo tortillas, día tras día, y que luego me digan que eso no es trabajo", dijo Cruz, describiendo el aseo de la casa, el lavado, la cocina y la molienda del maíz, el amasado para hacer el pan, y la recolección de leña para calentar los hornos de arcilla y ladrillo en el que cocina la mayoría de las mujeres.
Durante los importantes festivales del pueblo, se espera que las mujeres cocinen para todos los hombres invitados. Pero en lugar de unirse a ellos en la mesa, dice Cruz, son relegadas a esteras de paja en el suelo. Las ropas hay que lavarlas a mano, y aunque la mayoría de las casas tiene agua potable, a menudo sólo cuentan con un caño.
Cruz decidió escapar de esa vida después de que su padre diera a su hermana de doce en matrimonio a un hombre mayor. La hermana tuvo su primer hijo a los treces, y desde entonces ha tenido siete hijos más.
Cruz tenía once "y entonces ni siquiera sabía lo que era un autobús".
Viajó a la ciudad más cercana para matricularse en una escuela, vivió con parientes y se mantuvo con trabajos ocasionales, para egresar finalmente con un diploma universitario en contabilidad.
Es soltera y en una cultura pueblerina donde la mayoría de las mujeres llevan falsas, ella usa pantalones. Debido a que en su pueblo no hay trabajos formales para mujeres, trabaja como directora de una escuela en una ciudad cercana, y vuelve a Quiegolani la mayoría de los fines de semana. Eso, dicen las autoridades, la descalifica para postular a la alcaldía, porque no es una residente de tiempo completo. Pero el hombre que ganó las elecciones también trabaja fuera del pueblo, y hay dudas sobre cuánto tiempo en realidad pasa en el pueblo.
Cruz considera que el problema de la residencia es sólo un pretexto, observando que las autoridades también han prohibido a mujeres candidatas y en realidad cualquiera con un diploma universitario. Dijo que ella ha acatado las reglas impuestas por los usos y costumbres tanto como se lo permitieron, cumpliendo meticulosamente con los deberes de bajo nivel con que se mide la dedicación a la gente a su pueblo. Acarreó a la Virgen por todo el pueblo en una procesión religiosa durante cuatro años, y ha ayudado a fundar y organizar otras festividades.
Cruz cree que su petición de que se anulen las elecciones es sólida -después de todo, la Constitución mexicana establece que hombres y mujeres tienen derecho a voto. Fue primero al consejo electoral del estado de Oaxaca, luego a la legislatura del estado. Después de que ambos aprobaran la elección, llevó el caso a una comisión en Ciudad de México.
"No estoy pidiendo nada para mí. Lo que estoy pidiendo es a nombre de las mujeres indias, de modo que las leyes no permitan nunca más la discriminación política", escribió Cruz a los miembros de la comisión, que pueden tomar meses en investigar el caso, y que podrían recomendar que las autoridades del estado protejan el derecho a voto y a cargos políticos de las mujeres. Dice que si es necesario irá todavía más arriba, a las autoridades electorales federales.
En México, muchas reglas de gobiernos locales datan de antes de la conquista española y no fueron reconocidas legalmente sino cuando se implementó la reforma de los derechos indígenas en 2001 como consecuencia de la rebelión zapatista en Chiapas.
La ley establece que los pueblos indios pueden "aplicar sus propios sistemas normativos siempre que respeten los principios generales de la Constitución y los derechos individuales, los derechos humanos, y en particular la dignidad y el bienestar de las mujeres".
A pesar de esta protección específica, casi un cuarto de los pueblos indios funcionan bajo la ley que no permite que las mujeres voten, colocando así en un dilema a los grupos de derechos humanos: La mayoría de ellos apoyaron activamente el reconocimiento de los sistemas de gobierno indios, y por eso sólo unos pocos han hecho suya la causa de las mujeres.
Ahora Cruz viaja sola de una oficina de gobierno a otra, llevando siempre consigo una brazada de calas. "Hay un montón de estas flores en el pueblo. Aunque no la reguemos demasiado, florece", dijo. "Es un símbolo de las mujeres indias".
"El congreso aprobó la elección por pura holgazanería, para evitar revuelos en el pueblo, para no provocar un conflicto", dijo Perla Woolrich, legisladora del estado de Oaxaca que apoyó la causa de Cruz. "En el pasado, los usos y costumbres representaban algo positivo, pero ahora violan los derechos constitucionales de la gente. Los usos y costumbres tienen que ser revisados para eliminar las prácticas que violan esos derechos".
Cruz dice que ella no está contra las costumbres en su pueblo. Prefiere el bipartidismo a la rivalidad de los partidos políticos, porque estimula a las comunidades indígenas a permanecer unidas y favorece su supervivencia.
"Hay cosas realmente bellas en los usos y costumbres, si se aplicaran como debe ser", dijo.
"Pero desgraciadamente allá en las montañas nadie nos escucha", dice. "Si no se hace nada, de aquí a cien años las cosas seguirán igual en Quiegolani".

8 de febrero de 2008
29 de enero de 2008
©fwdailynews
cc traducción mQh
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