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matanzas en dictadura de suharto


[Anthony Deutsch] Sobrevivientes describen matanzas durante dictadura de Suharto.
Blitar, Indonesia. Oculto en la húmeda y densa selva, Markus Talam observó a los soldados indonesios hacer descender de los camiones a los prisioneros maniatados, hacerles formar fila y acribillarlos con ronda tras ronda de armas automáticas.
Era 1968, y las matanzas formaban parte de la ofensiva final de las fuerzas controladas por el general Suharto para exterminar al partido comunista y asegurar su posición como gobernante de Indonesia, ahora el país musulmán más populoso del mundo.
"Los acribillaron y arrojaron sus cuerpos en una fosa común excavada por otros prisioneros. Recuerdo claramente el sonido de las armas: tat-tat tat-tat tat-tat... una y otra vez", dijo Talam, 68, que estuvo más tarde encarcelado durante diez años tras ser denunciado como simpatizante de izquierda.
Suharto, que murió el domingo en un hospital de Jakarta, se hizo con el control de las fuerzas armadas en 1965 y gobernó el país durante treinta y dos años, reprimiendo enérgicamente a los disidentes y apoyado por el gobierno norteamericano en los momentos más álgidos de la Guerra Fría.
Se estima que las víctimas durante su sangriento ascenso al poder -de 1965 a 1968- van de las 78 mil, según cifras oficiales, a un millón, según los historiadores norteamericanos Barbara Harff y Ted Robert Gurr, que han publicado libros sobre la historia de Indonesia. Fue la peor masacre en la historia moderna del sudeste asiático, después de los campos de la muerte de los Khmer Rouge en Camboya.
La virulenta violencia anticomunista manchó de sangre los ríos y sembró el campo con los cuerpos de maestros, campesinos y otros.
"Aquí acostumbraban a arrojar los cuerpos", recordó Surien, una mujer de setenta años que vivía cerca de una bahía utilizada como campo de ejecuciones. "Debido al hedor, la gente la llamaba la playa de los cuerpos putrefactos".
La CIA entregaba listas de miles de izquierdistas, incluyendo a miembros de sindicatos, intelectuales y maestros de escuela, muchos de los cuales fueron ejecutados o enviados a prisiones remotas.
Otros 183 mil murieron debido a asesinatos, desapariciones, hambre y enfermedades durante la ocupación indonesia de Timor Oriental entre 1975 y 1999, de acuerdo a una comisión de Timor Oriental reconocida por Naciones Unidas. Abusos similares dejaron más de cien mil muertos en Papúa Occidental, de acuerdo a un grupo local de derechos humanos. Otros quince mil murieron durante la rebelión separatista de la provincia de Aceh, que duró 29 años.
En entrevistas recientes en la ciudad de Blitar, un antiguo bastión comunista, sobrevivientes de las atrocidades narraron sus vidas como fugitivos, viviendo en cuevas, siendo golpeados y viendo decapitaciones de prisioneros.
"Estoy decepcionado. Vi terribles crueldades y tengo suerte de no estar muerta", dijo Talam, cuya sencilla casa de dos habitaciones da a un valle salpicado de fosas comunes cubiertas por la vegetación.
Aspirando con sus manos temblorosas un cigarrillo aromático, describió su detención y fuga de manos de la policía. Tropezó con cuerpos inertes que emergían de las superficiales sepulturas y durmió en húmedas cavernas con cientos de otros, comiendo de lo podían encontrar en la selva durante cincuenta días, hasta que fueron nuevamente capturados.
Talam, ex miembro de un sindicato de guardabosques de izquierda, dijo que fue torturado y golpeado repetidas veces durante los interrogatorios cuando estuvo detenido en la remota isla de Buru, donde el régimen retenía a unos doce mil prisioneros políticos, a 1.770 kilómetros al este de Yakarta, la capital. "¿Por qué no se llevó a nadie a juicio?", preguntó.
De hecho, muchos indonesios no saben nada de esa siniestra época. Se cree que los responsables todavía tienen influencia en la política y en los tribunales. Se ha prohibido mencionar detalles de la purga comunista en los libros de texto, y los militares han entorpecido los intentos de familiares de exhumar las fosas comunes.
Cerca de Blitar, un importante monumento y un museo rinde homenaje al aplastamiento de la amenaza comunista, y hoy en día el Partido Comunista sigue estando prohibido en Indonesia.
No hay registros oficiales de las matanzas presenciadas por Talam y que realizó el ejército indonesio cerca de Blitar, a quinientos kilómetros al este de Yakarta.
Aunque Suharto fue derrocado en 1968 por una insurrección democrática en este país de 235 millones de personas, nadie ha sido juzgado nunca por la carnicería, en parte porque algunos de los antiguos generales de Suharto siguen hoy en posiciones de poder.
"Uno de los legados perdurables del régimen de Suharto ha sido la cultura de la impunidad", dijo Brad Adams, director de la sección Asia de Human Rights Watch.
Además, el interés del público en revivir ese pasado turbulento es bastante apagado en un país en gran parte pobre, donde la gente está más preocupada de la supervivencia día a día que de otra cosa, dijo una ex comunista y miembro del ayuntamiento de Blitar.
"Los que deberían ser llevados a justicia por esos crímenes son Suharto, su gobierno y su régimen", dijo. "Suharto ordenó la eliminación de los comunistas y de los simpatizantes de izquierda".
Putmuinah estuvo viviendo escondida en una cueva al sur de Blitar antes de ser detenida y encarcelada durante diez años. "Me robaron la oportunidad de criar a mis siete hijos", dijo.
"Decapitaron a muchas de nosotras porque éramos miembros de la asociación de mujeres", agregó. "No me torturaron porque yo conocía al comandante que me arrestó".
El régimen de Suharto capitalizó las tensiones existentes entre musulmanes y comunistas ateos, incitando a los poderosos grupos islámicos del país a unirse a la purga.
Hasyim Asyhari, 67, ex miembro de un conservador grupo juvenil islámico sunní de la región de Blitar, dijo que el grupo recibió órdenes del ejército de identificar, perseguir y matar a los comunistas.
Dijo que se siente orgulloso de haber salvado al país de la dominación comunista y de haber ayudado a "convertir a simpatizantes del comunismo en buenos musulmanes".
Para matar a los prisioneros " usábamos herramientas agrícolas, puñales y palos", dijo Asyhari en una entrevista. "Yo obedecí órdenes del gobierno".

Irwan Firdaus en Yakarta contribuyó a este reportaje.

7 de febrero de 2008
29 de enero de 2008
©fwdailynews
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