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vida y tiempos de timothy leary 2


Nueva biografía, y tal vez la última, del gurú del LSD. Segunda entrega.
[Louis Menand] Después de su experiencia con hongos mexicanos, Leary leyó entusiasmado ‘Las puertas de la percepción’. Tenía un estilo de pseudo-ciencia mística que le convenía a la perfección, una suerte de psicología chamanística deliciosamente inmune a los retos empíricos. Daba la casualidad de que Huxley estaba entonces dictando una charla en el M.I.T. y Leary arregló un encuentro. Almorzaron en el Harvard Faculty Club, que era, y sigue siendo, el escenario más inverosímil en el que planear el futuro del movimiento psicodélico. Pero eso es lo que Huxley y Leary hicieron. La idea de Huxley era que si se podía convencer a los líderes del mundo, el león yacería junto al cordero, y la paz estaría a la mano. La visión atraía a Leary. Después de todo, era simple trabajo socio-psiquiátrico a escala global y administrado no a convictos y delincuentes juveniles, sino a las elites políticas, sociales y artísticas -mucho más divertido. La persona con la que Leary finalmente terminaría uniéndose para la difusión de la ilustración ácida, no fue Huxley, que murió en 1963, el día en que fue asesinado el presidente Kennedy; fue Ginsberg, un hombre que se enorgullecía de saber la dirección y el número de teléfono de todos los que importaban en el mundo cultural. Convencer a gente importante era la misión de todos ellos. El uso de la droga auto-administrada parece haber sido la principal forma de investigación. "Un montón de tipos ociosos en un callejón angosto diciendo ‘Wow’" es como lo describió más tarde uno de los participantes. Leary y sus colegas fueron acusados, en reuniones en la facultad, de estar administrando drogas a sujetos sin ninguna supervisión médica, y un informe sobre la reunión apareció en el diario estudiantil. La historia fue recogida por la prensa nacional, que logró que la Administración de Alimentos y Fármacos (F.D.A.) empezara a regular el uso de drogas psicodélicas. Leary se vio obligado a entregar todas sus existencias de psilocibina al servicio de salud de la universidad, y el proyecto se canceló. Pero empezaron a circular rumores de que estudiantes de Harvard estaban usando ácido y a fines del año académico 1962-1963, el nombramiento de Leary no fue renovado, que se debió a la razón oficial y suficiente de que ya no veía con sus estudiantes. Había ido a California: le dijo a su secretaria que repartiese una lista de lectura y despachase luego a los alumnos.
Técnicamente Leary no fue despedido, pero sí su compañero en el Proyecto Psicodélico, Richard Alpert. Alpert era profesor asistente en Harvard y provenía de una familia rica; poseía un Mercedes, un M.G., un velero, y un Cessna (esto fue en la época en que la mayoría de los profesores asistentes de Harvard apenas tenían un Cessna). Fue acusado de dar LSD a los estudiantes -de acuerdo a Greenfield, a cambio de favores sexuales. La historia de Alpert generó una enorme publicidad, de la que Leary, cuyo caso era relativamente mundano, se benefició. Los dos adoptaron prudentemente la pose de que estarían mejor sin Harvard, y artículos sobre ellos empezaron a aparecer en Look, Esquire, el Saturday Evening Post, y Times Magazine. Se hicieron famosos como los dos profesores de Harvard -¿genios? ¿parias? ¿quién sabe?- que habían sido despedidos por ser demasiado excéntricos Justo en esos momentos históricos se estaba formando una audiencia tolerante y excéntrica para la que ser expulsado de Harvard probaba la propia rectitud. Leary vivió como fugitivo durante seis años.
El inmortal mensaje de Leary a su público -‘Turn on, tune in, and drop out’ [Únete, ponte a tono y abandona lo demás]- fue recogido rápidamente y ampliamente usado, lo que no es muy sorprendente, por varias razones. Una es que a mediados de los años sesenta, el idioma de la cultura comercial era el habla sobre las drogas. Casi todo se publicitaba como el equivalente moral, legal y sensorial de la experiencia de drogas, desde la música pop hasta el evangelismo. (Billy Graham: "Únete a Cristo, ponte a tono con la Biblia y abandona los pecados"). Todo tipo de productos afirmaba poder seducirte y colocarte. Pero la otra razón de por qué la frase de Leary fue adoptada como lema publicitario es que fue pensada como un lema publicitario. La inspiración venía de un visionario pop contemporáneo, Marshall McLuhan. En 1966, McLuhan y Leary almorzaron en el Plaza Hotel de Nueva York; allá, según contó Leary, McLuhan le ofreció el siguiente consejo:

La clave para tu trabajo es la publicidad. Estás promoviendo un producto. El nuevo cerebro, mejorado y acelerado. Debes usar las técnicas actuales para despertar el interés del consumidor. Asocia al LSD con las cosas buenas que puede producir el cerebro -belleza, diversión, asombro filosófico, revelación religiosa, mayor inteligencia, romance místico. El boca a boca de consumidores satisfechos ayudará, pero convence a tus amigos roqueros para que escriban canciones sobre el cerebro.

Y también: Saluda tranquilo. Irradia coraje. No te quejes nunca, ni muestres tu enfado. Está bien si te tienen por extravagante y excéntrico. Después de todo, eres profesor. Pero una apariencia de confianza es la mejor publicidad. Tienes que hacerte conocer por tu sonrisa.

Haya o no sido McLuhan el que enunció estos preceptos, guiaron a Leary durante el resto de su vida. Él fue el vendedor de la contracultura, y siempre llevó, en toda ocasión, la misma sonrisa beatífica, un rictus entre una sonrisa dichosa y despreocupada y la mirada congelada de una estrella de cine ante los focos. Una de sus ex-esposas lo describió como "la sonrisa del ego comiéndose a la personalidad",
El consejo de Leary de abandonarlo todo es una de esas cosas que dan a los historiadores la ilusión de que la conducta de masas es provocada por ideas populares, cuando lo más habitual es que las ideas sean popularizadas por conducta de masas ya en curso. Debido al aumento en la tasa de natalidad que empezó en 1946, el número de personas entre dieciocho y veinticuatro años en Estados Unidos subió de quince millones en 1955, a veinticinco millones en 1970; durante los sesenta, la inscripción universitaria se duplicó, de tres millones y medio de estudiantes a algo menos de ocho millones. Los tiempos eran buenos; fueron los años ‘go-go’ en Wall Street, la era de los cañones y la mantequilla, Vietnam y la Gran Sociedad. El gasto fiscal cebó la escopeta. Los jóvenes se bajaban del sistema porque era económicamente sustentable, y porque había más de ellos que el sistema no podía absorber. El fenómeno era más complicado, por supuesto -los sistemas sociales no se regulan a sí mismos tan ordenadamente-, pero la gente encontró natural renunciar a las ambiciones de los años sesenta, y recibieron sus mantras de adultos como Leary.
Leary reveló su lema en un congreso sobre el LSD en Berkeley, en 1966. (La posesión de LSD no era ilegal, aunque su fabricación no autorizada se había convertido recién en un delito menor). Estaba en la cresta de su onda personal. Después de abandonar Harvard, Leary y Alpert trataron de establecerse en un hotel cerca de Acapulco, donde exploraron el potencial religioso de los psicodélicos y ofrecían a los cientes una experiencia en lo transcendental, pero el gobierno mexicano los expulsó. Fueron rescatados por un joven y adinerado corredor de bolsa llamado Billy Hitchcock, que puso a su disposición la finca de mil hectáreas de su familia, en Millbrook, en el condado de Dutchess, a dos horas al norte de Nueva York. Millbrook se convirtió en el escenario de un extendido movimiento de contracultura, un lugar donde las decenas de residentes (muchos de ellos con niños, a los que también daban drogas) y un variable reparto de visitantes cantando, meditando, participando en juegos sexuales y consumo de drogas psicodélicas, con Leary y su tercera esposa, Nena von Schlebrugge (más tarde la madre de Uma Thurman), y la cuarta esposa, Rosemary Woodruff. El dios Krishna disfrutó de un inesperado incremento en la cantidad de oraciones dirigidas hacia él desde el norte de Nueva York, y los Beatles sonaban en el tocadiscos veinticuatro horas al día. En una ocasión, llegó el bus de los Alegres Bromistas, con Neal Cassady, la musa masculina de los Beats y héroe de ‘On the road’, en el volante. Pero los Bromistas estaban acostumbrados a jugar con los Hell’s Angels; no tenían paciencia para peaceniks alucinados, y la visita terminó mal.
Para entonces, Leary había confeccionado una ciencia de los psicodélicos, que explicó en una larga entrevista en Playboy, presentada como una "sincera conversación con el controvertido ex profesor de Harvard". El LSD, explicaba Leary, pone al usuario en contacto con su propio pasado ancestral y con la memoria genética de todas las formas de vida, que está inscrita en los genes de cada persona. En el futuro psicodélico, explicó Leary, "cada persona será su propio Buda, su propio Einstein, su propio Galileo. En lugar de depender de conocimiento muerto, estático y enlatado transmitido por otros productores de símbolos, usará su período de vida de unos ochenta años para explorar todas las posibilidades de la aventura humana, prehumana e incluso subhumana". El entrevistador, un hombre admirable y honesto, preguntó si eso quería decir que el viaje en el espacio era posible. Leary dijo que lo era:

LEARY: Ese es justamente el proyecto particular en el que he estado trabajando últimamente con LSD. He dibujado mi árbol genealógico y trazado mi pasado tan lejos como pude hasta Irlanda y Francia.
PLAYBOY: ¿Le fue bien?

Ser tu propio Einstein suena bastante bien; sin embargo, los lectores de la revista pensaron probablemente que los otros usos del LSD mencionados por Leary apelaban más directamente a sus preocupaciones inmediatas.

LEARY: Con el LSD se libera una enorme cantidad de energía de cada fibra de tu cuerpo, y más especialmente en la energía sexual. No hay duda de que el LSD es el afrodisíaco más poderoso que ha descubierto el hombre.
PLAYBOY: ¿Podría dar ejemplos?

Libro reseñado:
Robert Greenfield
Timothy Leary
Harcourt,
$28

22 de octubre de 2008
26 de junio de 2008
©new yorker 
cc traducción mQh
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