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tropas renegadas saquean el congo 3


No se puede entender los problemas y conflictos en el Congo sin considerar la maldición de sus riquezas naturales. Tercera. El descubrimiento del estaño.
[Lydia Polgreen] Bisie, Congo. En 2002, un cazador descubrió pedazos de estaño, conocido como casiterita, en las faldas de una montaña en lo más profundo de la selva al este del Congo. Casi de un día para otro, llegaron hordas de mineros, impulsados por afiebrados informes sobre pilas del mineral esperando que alguien lo recogiera. Pero los civiles no eran los únicos interesados. Grupos armados libraban enardecidas batallas por el control de la zona. En 2004, un grupo de guerreros mai mai, aliados con el gobierno, se hizo con el control.
Bajo los términos del acuerdo de paz que puso fin a la guerra, la milicia fue incorporada en el ejército nacional y se convirtió en la Brigada 85. Se suponía que los guerreros debían seguir cursos de adiestramiento militar antes de ser enviados a diferentes lugares del país para contrarrestar la influencia de las milicias regionales.
Pero la Brigada 85 se negó a desbandarse. Su comandante, coronel Matumo, es conocido como un despiadado guerrero que entiende de negocios y cree, como la mayoría de los mai mai, que posee poderes especiales relacionados con el agua que lo hacen invisible.
Durante la guerra, estos guerreros llevaban tapones del desagüe colgando de sus abultados bíceps como amuletos de su potencia. En estos días, los miembros de la brigada en su mayor parte han abandonado esta práctica.
Impusieron violentamente un sistema de tributación ilegal de todos los trabajadores, comerciantes y vendedores de minerales que llegaran a la mina.
Ese sistema les aseguró que ellos y sus aliados se quedaran con millones de dólares durante los años en que la milicia controló la mina -una costosa oportunidad perdida para un país que necesita desarrollarse desesperadamente.
El estaño ha reemplazado al plomo en la soldadura utilizada para hacer numerosos artefactos electrónicos. Y en los últimos años cuando el precio se disparó, hasta llegar a veinticinco mil dólares la tonelada en mayo, el coronel Matumo y sus hombres marcaron toda una cordillera del complejo minera como su propiedad. Altos comandantes de la brigada han construido enormes casas y han empezado negocios, como hoteles y bares, con los beneficios de la mina.
Una compañía llamada Mining and Processing Congo compró los derechos de exploración de estaño en la mina en 2006. Pero la milicia ha bloqueado a la compañía, que es de propiedad de un consorcio de inversionistas sudafricanos y británicos, disparando contra su helicóptero y expulsando de sus locales a sus representantes.
Cuando la compañía empezó a trabajar en una carretera para unir la mina con la carretera principal, funcionarios locales bloquearon la ruta. Cuando empezó a trabajar en un campamento con sus geólogos, los soldados dispararon contra los trabajadores, dejando heridos a varios de ellos, dijeron empleados de la compañía.
"Todos tenemos nuestros documentos y permisos en orden", dijo Brian Christophers, el cansado director de la compañía. "Hemos escrito al comandante en jefe de las fuerzas armadas, el ministro de minas e incluso al presidente. Pero en el Congo no hay reglas; la que hay es el poder de las armas".
Christophers dijo que su compañía estaba preparada para ayudar a pagar no solamente el camino hacia la mina, sino también las escuelas, clínicas y una central termoeléctrica. También prometió invitar a agencias de gobierno para implementar normas laborales. Pero ninguno de ellos tuvo la oportunidad.
En realidad, algunos trabajadores desconfían de los planes de la compañía y temen que un camino deje a miles de cargadores sin trabajo y que la minería mecanizada reduzca drásticamente el empleo aquí. La milicia ha aprovechado este malestar para convencer a algunos trabajadores y funcionarios locales de que las compañías simplemente se marcharán con los minerales y dejarán a la gente de la localidad con las manos vacías.
La milicia impone un impuesto a las empresas. Para los vendedores ambulantes que venden pequeños paquetes de detergente, aceite de cocina y leche en polvo, el impuesto es usualmente de veinte dólares a la semana, una enorme tajada de las ganancias. Desde prósperos burdeles, dueños de bares y vendedores de minerales, los soldados se quedan con un porcentaje, dicen hombres de negocios de aquí.
Un funcionario de la inteligencia congoleña calculó que la milicia ingresaba entre 300 mil a seiscientos mil dólares al mes solamente en tributación ilegal, sin incluir el dinero que hacían en las minas de estaño.
Los trabajadores acosados por la milicia trabajan en túneles de profundidades de hasta 182 metros, sostenidos precariamente sobre pilares de madera. Algunos de los trabajadores son niños, especialmente en el verano, cuando padres desesperados envían a sus niños aquí para que hagan dinero para la matrícula de la escuela del año siguiente.
Los túneles son muy oscuros y sofocantemente angostos. A menudo se llenan de peligrosos vapores. A veces los mineros pasan 48 horas seguidas trabajando en los túneles. Los pozos abiertos también son peligrosos: las fuertes lluvias causan deslizamientos de tierra y derrumbes. Los derrumbes, aludes y gases matan y mutilan a un número desconocido de trabajadores todos los años.
Una tarde a fines de un verano en la mina, un túnel colapso y aplastó la pierna de un minero. Otro trabajador lo acarreó a espaldas mientras el minero lesionado se quejaba agónico, sus ojos revoloteando salvajemente. La sangre dejaba surcos en su frente y sus mejillas.
"Mi mujer está embarazada", gimió. "Jesús, mamá, por favor".
Se había quebrado una rodilla, y su hombro izquierdo se había rajado. Hizo una mueca cuando los trabajadores de la salud con sólo un mínimo de adiestramiento empezaron a su modelar una tablilla de varillas y enredaderas.
Musamaria Luseke, 22, es lo que aquí consideran un doctor. Es uno de los pocos trabajadores de la salud con adiestramiento básico en primeros auxilios y sobrevive vendiendo medicinas a mineros enfermos y lesionados.
"Este tipo de lesiones ocurren todo el tiempo", dijo.
Luseke tenía analgésicos en su caja de metal, pero estaba pidiendo veinticinco centavos cada uno.
"Yo también tengo que comer", dijo.
Aquí la solidaridad no es muy abundante. Estalló una pelea sobre quién pagaría veinte dólares a un cargador para transportar al minero herido hacia abajo. "No le dije que fuera a trabajar", gritó el dueño del túnel, el que, sin embargo, aportó el dinero.
Mineros que trabajan en lo más profundo de los túneles dicen que el dinero que pueden ganar en un día provechoso compensa los riesgos. Un joven que dijo que su nombre era Pypina contó que en los buenos turnos podía ganar hasta doscientos dólares.
Pero su amigo Serge dijo que esos días eran raros.
"Tenemos días en que no encontramos nada, en que cavamos y cavamos por nada", dijo.
Los dos jóvenes abandonaron la secundaria para venir a trabajar en la mina durante el verano, pero pronto se encontraron atrapados en una red de deudas. Serge dijo que quería volver a la escuela, pero ya llevaba todo un año en la mina y no había ahorrado nada.
Pypina había abandonado sus estudios completamente.
"Yo me compraré un coche", dijo Pypina, mostrando sus bíceps para admirar el signo dólar que lleva tatuado.
Pero para comprar el coche todavía le falta mucho. Cuando hace algo de dinero, primero tiene que pagar sus deudas. Sin nada, trata de consolarse.
"Primero, necesitas una mujer", dijo. Pypina dijo que paga cien dólares a una mujer para tenerla consigo veinticuatro horas. Se citan en los bares de tablilla del mercado, y gasta cien o más dólares en whiskey, cerveza y gin. Ella cocina para él.
"Es como mi esposa por un día", explicó.
"Yo soy un hombre", dijo, explicando por qué gastaba tanto dinero buscando placer. "No puedo vivir sin una mujer. Y sólo Dios sabe qué pasará mañana".

29 de noviembre de 2008
16 de noviembre de 2008
©new york times 
cc traducción mQh
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