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racismo sale del clóset


Racismo declarado en un pueblo de Texas. Los vecinos de París, Texas, se reúnen para hablar francamente sobre un problema que ha dividido a la comunidad durante largo tiempo.
[Howard Witt] París, Texas, Estados Unidos. A diez días de iniciada una nueva era en Estados Unidos, cien ciudadanos negros y blancos de este polarizado pueblo del este de Texas intentaron el tipo de reconciliación racial anunciada por la investidura del presidente Obama, reuniéndose para una franca conversación en la comunidad sobre un tópico considerado tabú durante largo tiempo: la raza.
Las cosas no salieron bien.
Los oradores negros en la reunión de la semana pasada, dirigidos por dos especialistas en conciliación del ministerio de Justicia, hablaron en general sobre incidentes de discriminación, prejuicios e injusticias que dijeron que sufrían todos los días en París.
Sus oyentes blancos se limitaron a mirar, con los brazos cruzados.
La sesión de cuatro horas terminó con algunos participantes protestando a gritos por la presencia de tres coches policiales frente al ayuntamiento, preguntando quién los había llamado y por qué.
"No vamos a terminar con un bochorno como este", dijo Carmelita Pope-Freeman, directora regional del servicio de relaciones comunitarias del ministerio de Justicia. "¡Me tienen harta!"
Sin embargo, el alcalde del pueblo, que se convirtió en un tema nacional después de que el Chicago Tribune revelara varios casos de injusticias raciales en los últimos años, se declaró optimista.
Al menos, dijo, ciudadanos blancos y negros habían hablado entre sí, algo que antes ocurría muy rara vez.
"Debería haber este tipo de diálogo en todas partes", dijo el alcalde Jesse James Freelen, cuyo pueblo de veintiséis mil habitantes se divide en un 68 por ciento de blancos y un veintidós por ciento de negros. "No nos gusta la publicidad negativa sobre nuestro pueblo... Pero si el resultado final es que nuestra comunidad se une para crecer juntos, entonces habrá valido la pena".
Primero, la comunidad tenía que secar los trapos al sol, que era el objetivo de la reunión. Fue una temprana fase de un programa de mediación que el ministerio de Justicia ha ofrecido a otros pueblos con problemas -un eco de la comisión de verdad y reconciliación de Suráfrica- para ayudarles a cauterizar fisuras raciales.
"Vine aquí a hablar sobre el racismo. No tengo ningún interés en jugar y pretender que no existe", dijo Brenda Cherry, líder afro-americana de un grupo de derechos civiles local. "Cuando vas a las escuelas y ves que la mayoría de los niños castigados son negros, eso es racismo. En los tribunales se nos fijan fianzas más altas, sentencias más largas. Si eso no es racismo, ¿qué es entonces?"
Jason Rogers, pastor juvenil de una iglesia local negra, recordó a la audiencia el monumento que rinde homenaje a los soldados confederados caídos en combate que se ubica en el antejardín del juzgado del condado.
"Cuando llevo a mi hijo de cinco al juzgado y me dice: ‘Papi, ¿qué es eso?’, la historia que le cuento es que esa gente peleó para que yo siguiera siendo esclavo", dijo Rogers, mientras los miembros negros del público asentían. "Me molesta que haya un enorme soldado confederado frente al juzgado. No veo la diferencia entre un soldado confederado y un soldado nazi".
La sangrienta historia racial de París planeaba sobre la reunión como una nube tóxica. La reunión se realizó en un salón del Paris Fairgrounds, el lugar preciso donde, hace un siglo, miles de blancos se congregaban para festejar el linchamiento ritual de los negros, encadenándolos a astas de bandera o azotándolos en el patíbulo antes de desmembrarlos o prenderles fuego.
Pero la memoria de víctimas negras más recientes también llenaba el salón cuando la vecina de París, Jacqueline McClelland, se acercó al micrófono.
El hijo de veinticuatro años de McClelland, Brandon, fue asesinado el año pasado, presuntamente por dos hombres blancos que, según las autoridades, lo arrastraron debajo de una camioneta hasta que su cuerpo quedó prácticamente desmembrado. Los asesinos están esperando su juicio por asesinato, aunque la familia de McClelland y líderes de derechos civiles quieren acusarlos también por crímenes de odio.
"Creo que en cualquier crimen como el que se cometió contra mi hijo hay una parte de odio", dijo McClelland frente a un público que guardaba silencio. "Sólo espero y ruego que esta vez se haga justicia".
Luego tomó la palabra Creola Cotton.
En 2006, la hija de Cotton, Shaquanda, entonces de catorce, fue sentenciada hasta siete años de reformatorio por empujar a un monitor de la Escuela Secundaria de París. Tres meses antes, el mismo juez sentenció a una niña blanca de catorce años, por cargos de incendio provocado, a una pena de libertad remitida.
Menos de un mes después de la publicación el 12 de marzo de 2007 de un artículo del Tribune que resaltaba los contrastes provocaron protestas en todo el país y campañas de peticiones, las autoridades de Texas ordenaron la liberación anticipada de Shaquanda.
"En París, la justicia tiene color", dijo Creola Cotton. "Lo sé por experiencia personal".
En la parte de atrás del salón, el juez Chuck Superville, del condado de Lamar -el blanco que ordenó el encarcelamiento de Shaquanda- escuchaba y movía la cabeza manifestando su desacuerdo.
La discriminación racial en París, insistió, es un problema de percepción, no de realidad.
"Creo que la comunidad negra en este pueblo sufre debido a la pobreza, a los hogares rotos, a las drogas", dijo Superville. "Debido a que un gran porcentaje de la población negra está inmersa en eso, su angustia les hace percibir que son víctimas de discriminación".
"Pero los blancos no son los enemigos. La pobreza, el analfabetismo, las drogas, los padres ausentes... esos son los enemigos. Eso no es racismo. Eso es el fin de la comunidad".

14 de febrero de 2009
5 de febrero de 2009
©los angeles times 
cc traducción mQh
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