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liberalismo de ópera bufa


Un editorial de La Nación. Lo que inquieta de las afirmaciones de Larraín. Su análisis encarna la mirada de la derecha "profunda" respecto de la dignidad de la persona humana y explica la deuda que este sector mantiene con la sociedad chilena.
El presidente de Renovación Nacional (RN), Carlos Larraín, ha desoído el consejo de todos los analistas de opinión pública -incluyendo los que orbitan a su partido-, que recomiendan a la dirigencia aliancista no atacar a la Presidenta de la República, Michelle Bachelet, cuyo nivel de adhesión ciudadana supera el 60%, un índice que ya constituye un hito histórico. Más aun en tiempos turbulentos e impredecibles como los actuales.
Luego de que la Mandataria, al visitar el museo de Ana Frank en Amsterdam (Holanda), recordara su propio paso por Villa Grimaldi durante la dictadura de Pinochet -una referencia en todo caso menor en el marco de su visita-, el timonel de RN reaccionó en Santiago de modo airado e incomprensible, tanto a través de sendas cartas a El Mercurio como en entrevistas radiales.
A Larraín le ha parecido equívoco que la Jefa de Estado haya mencionado su experiencia personal en una actividad de Estado, supuestamente de manera comparativa con la niña judío-holandesa, y la acusa de haber optado libremente por vivir su exilio en la comunista República Democrática Alemana (RDA). Asimismo, en una reducción excesiva de la historia europea del siglo XX, Larraín ha postulado que el nazismo y el comunismo "son hijos de la misma perra", sugiriendo también la conspirativa tesis de que tras el comentario de Bachelet habría una acción sicológica de una suerte de omnímodo aparato de propaganda del gobierno.
El conjunto de afirmaciones del presidente de RN conforma, sin duda, un exceso interpretativo y anula cualquier posibilidad de seguir considerando a Renovación Nacional una colectividad de derecha liberal. La preocupación en la Alianza por el efecto contraproducente en la campaña de las palabras de Larraín explica el apuro de Sebastián Piñera y su entorno por distanciarse de ellas, apelando a dos ideas: que todas las violaciones de los derechos humanos son inaceptables y que es necesario respetar la experiencia privada -e intransferible- de la Presidenta. La escasa funcionalidad de la actuación de Larraín a la estrategia de su presidenciable -manifestada también en otros episodios- podría volver a plantear su permanencia a la cabeza de RN, habida cuenta de su débil sintonía con Piñera.
No obstante, más allá de una fricción en la cúpula, lo inquietante de la intervención de Larraín es lo que representa, es decir, su posición pública entendida como expresión de la visión no sólo política, sino cultural o ideológica, que tiene el conservadurismo chileno en materia de derechos humanos y, por extensión, de la democracia. Desde este punto de vista -y las secciones de cartas de los diarios suelen ser un buen termómetro de tal conducta-, en su relativización de tales garantías, Larraín no es una voz aislada, sino "orgánica" al bloque social que conduce la Alianza. Su análisis encarna la mirada de la derecha "profunda" respecto de la dignidad de la persona humana y explica la deuda que este sector mantiene aún con la sociedad chilena y con la historia.

29 de mayo de 2009
©la nación
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