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la violación masculina como arma


Un nuevo símbolo de los males del Congo que espera solución: las víctimas de violaciones sodomíticas.
[Jeffrey Gettleman] Goma, Congo. Eran cerca de las once de la tarde cuando un grupo de hombres armados irrumpieron en la choza de Kazungu Ziwa, le pusieron un machete contra su garganta y le bajaron los pantalones. Ziwa es un hombre chico, de cerca de un metro cuarenta de alto. Trató de defenderse, pero dijo que fue rápidamente sometido.
"Entonces me violaron", dijo. "Fue horrible, físicamente hablando. Yo estaba mareado. Simplemente dejé de pensar".
Durante años, las montañas de densas selvas y profundos y cristalinos lagos del este del Congo han sido una reserva de atrocidades. Ahora, aparentemente, hay otro problema en desarrollo: hombres que violan a otros hombres.
De acuerdo a funcionarios de Oxfam, Human Rights Watch, Naciones Unidas y varias organizaciones de ayuda congoleñas, el número de hombres que ha sido violado ha aumentado fuertemente en los últimos meses como resultado de las operaciones conjuntas de las fuerzas armadas del Congo y Ruanda contra los rebeldes que han desatado un espantoso nivel de violencia contra los civiles.
Los socorristas tratan de explicarse este repentino aumento de casos de violación masculina. La mejor respuesta, dicen, es que la violencia sexual contra hombres es otro método utilizado por los grupos armados para humillar, desmoralizar y someter a las comunidades congoleñas.
Naciones Unidas ya considera el este del Congo como la capital de las violaciones en el mundo, y se espera que la secretario de Estado Hillary Rodham Clinton preste atención a los testimonios de sobrevivientes durante su visita al país la próxima semana. Cientos de miles de mujeres han sido atacadas sexualmente por una plétora de milicias que se combaten mutuamente y merodean en las montañas, y en estos momentos este área atraviesa por uno de sus periodos más violentos en años.
Las operaciones militares conjuntas -que empezaron en enero- de Ruanda y el Congo, vecinos como David y Goliat que hasta hace poco eran encarnizados enemigos, debían poner fin al problema de los rebeldes homicidas que se concentran a lo largo de la frontera, e iniciar una nueva época de cooperación y paz. Las esperanzas habían aumentado considerablemente después de la rápida captura de un general renegado que había derrotado a las tropas del gobierno y amenazaba con marchar a través del país.
Pero las organizaciones de ayuda dicen que las maniobras militares han provocado, en represalia, horrendos ataques, acelerando el desplazamiento de más de medio millón de personas, que han sido expulsadas de sus casas, con decenas de pueblos incendiados y cientos de aldeanos masacrados, incluyendo a niños que han sido arrojados a fogatas.

Y los rebeldes no son los únicos responsables. De acuerdo a organizaciones de derechos humanos, soldados del ejército congoleño están ejecutando a civiles, violando a mujeres y reclutado forzosamente a campesinos para que carguen con sus provisiones, municiones y equipos en la selva. A menudo son marchas de la muerte a través de uno de los paisajes tropicales más exuberantes e impresionantes de África, que han sido también el escenario de una guerra devastadora y compleja que se prolonga por más de diez años.
"Desde una perspectiva humanitaria y de derechos humanos, las operaciones conjuntas son un desastre", dijo Anneke van Woudenberg, investigadora de Human Rights Watch.
Los casos de violación masculina se extienden por cientos de kilómetros e incluyen posiblemente a cientos de víctimas. El Colegio de Abogados de Estados Unidos, que lleva en Goma una consulta legal para casos de violencia sexual, declaró que más del diez por ciento de sus casos en junio implicaban a hombres.
Brandi Walker, un socorrista en el hospital Panzi cerca de Bukavu, dijo: "En todas partes la gente dice que a los hombres también los violan".
Pero nadie conoce la cifra exacta de víctimas. Aquí los hombres, como en otros lugares, se muestran reacios a contar sus casos. Algunos que lo hicieron se convirtieron instantáneamente en parias en sus propios pueblos, aislados, ridiculizados, y llamados irrisoriamente "esposas de la selva".
Desde que fuera violado hace algunas semanas, Ziwa, 53, no ha mostrado demasiado interés en practicar la medicina veterinaria, que es desde hace varios años su profesión. Camina cojeando (le rompieron la pierna izquierda en el ataque) con una bata de laboratorio blanca y sucia con la palabra ‘Veterinario’ escrita con tinta roja y varias pastillas del tamaño de bizcochos para perros y corderos.
"De sólo pensar en lo que me ocurrió me da fatiga", dice.
Lo mismo le ocurre a Tupapo Mukuli, que dijo que fue aplastado boca abajo y violado por un grupo en su plantación de mandioca hace siete meses. Mukuli es ahora el único hombre en el pabellón de violaciones del hospital Panzi, que está lleno de cientos de mujeres que se recuperan de lesiones sufridas durante las violaciones. Muchas tejen ropas y hacen cestas para ganar algo de dinero mientras se recuperan.
Pero a Mukuli lo excluyen.
"No sé hacer cestas", dice. Así que pasa el tiempo sentado en una banca, solo.
Los casos de violación masculina son apenas una fracción de los de violaciones de mujeres. Pero para los hombres, dicen los socorristas, la recuperación es más difícil.

"La identidad masculina está muy conectada al poder y al control", dijo Walker. Y en un lugar donde la homosexualidad es tabú, las violaciones implican un grado adicional de vergüenza.
"Se ríen de mí", cuenta Mukuli. "La gente de mi pueblo dice: ‘Ya no eres un hombre. Esos hombres del bosque te hicieron su mujer’".
Los socorristas dicen que a menudo la humillación es tan severa que las víctimas de violaciones masculinas cuentan sus padecimientos sólo si sufren problemas de salud apremiantes, como hinchazón del estómago o hemorragias. A veces incluso eso no es suficiente. Van Woudenberg dijo que dos hombres a los que les habían cercenado el pene con una cuerda, murieron algunos días después porque no se atrevieron, por vergüenza, a pedir ayuda. Las castraciones parecen estar aumentando, y llegan a los hospitales más hombres mutilados.
El año pasado la epidemia de violaciones en el Congo mitigó un poco, se denunciaron menos casos y algunos violadores fueron encarcelados. Pero hoy parece que el tenue barniz de ley y orden ha sido borrado. Según lo que describen los campesinos, es temporada abierta para la caza de civiles.
Muhindo Mwamurabagiro, una alta y elegante mujer de largos y fuertes brazos, contó que caminaba con sus amigas por el mercado cuando fueron repentinamente rodeadas por un grupo de hombres desnudos.
"Nos agarraron por la garganta, nos arrojaron al suelo y nos violaron", contó.
Lo peor de todo, dijo, era que uno de los violadores era de su propio pueblo.
"Yo le grité: ‘Padre de Kondo, te conozco, ¿cómo puedes hacer una cosa así?’"
Otra madre dijo que un casco azul de Naciones Unidas violó a su hijo de doce. Un portavoz de Naciones Unidas dijo que no había oído nada sobre ese caso específico, pero que había en realidad varios casos de acusaciones por abuso sexual contra cascos azules en el Congo y que un equipo de investigadores llegaría al país a fines de julio.
Profesionales de la salud congoleños están cada vez más exasperados. Muchos piden una solución política, no militar, y dicen que las potencias occidentales deberían ejercer más presión sobre Ruanda, a la que se acusa ampliamente de conservar su propia estabilidad manteniendo la violencia al otro lado de la frontera.
"Entiendo que el mundo se siente culpable por lo que pasó en Ruanda en 1994", dice Denis Mukwege, doctor jefe del hospital Panzi, refiriéndose al genocidio de Ruanda. "Pero ¿no debería el mundo sentirse también culpable por lo que está pasando en el Congo?"

16 de agosto de 2009
4 de agosto de 2009
©new york times
cc traducción mQh
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