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la iglesia episcopal y los homosexuales


El apoyo que presta la Iglesia Episcopal a homosexuales y lesbianas llega mucho más allá de la religión y toca también a la sociedad. Un editorial de Los Angeles Times.

Con un poco más de dos millones de miembros, la Iglesia Episcopal de Estados Unidos está lejos de ser la denominación cristiana más grande del país. Pero sus recientes pronunciamientos a favor de obispos abiertamente homosexuales y la bendición de la iglesia de las parejas del mismo sexo tendrán repercusiones más allá de la iglesia, más allá del cristianismo e incluso más allá de la religión. Entre todos los temas teológicos que suscita, la aceptación de los homosexuales y lesbianas en el altar refleja -y afecta- la campaña por la igualdad en la sociedad en general.
Reuniéndose el mes pasado en Anaheim, la Convención General de la denominación aprobó dos resoluciones que ensancharán la división entre la rama estadounidenses del anglicanismo y muchas de las otras 43 iglesias en todo el mundo que trazan sus raíces a la Iglesia de Inglaterra. Una resolución llama a una "respuesta pastoral renovada de esta iglesia y a un proceso abierto para la consideración de recursos teológicos y litúrgicos para la bendición de las relaciones del mismo género". Otra afirma que Dios ha llamado a los homosexuales y lesbianas a "ejercer cualquier ministerio ordenado en la Iglesia Episcopal".
En una carta al Arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, la Obispo Presidente, Katharine Jefferts Schori, calificó la resolución sobre la ordenación como "más descriptiva que prescriptiva" y dijo que no repudiaba un llamado de la iglesia estadounidense a los obispos, en 2006, a "mostrar comedimiento no consintiendo la consagración de ningún candidato al episcopado cuyo modo de vida presente un reto a la iglesia más amplia y conduzca a tensiones sobre la comunión". Dio garantías similares sobre la resolución sobre la bendición de las uniones de mismo sexo.
Pero los últimos pronunciamientos de la iglesia estadounidense inflamarán todavía más el furor que estalló después de la consagración en 2003 del Obispo de Nueva Hampshire, V. Gene Robinson, un sacerdote abiertamente homosexual con una relación declarada. Después de las últimas votaciones en la iglesia estadounidense, Williams habló de una Comunión Anglicana de dos rutas, en la que la iglesia mundial tendría relaciones más holgadas con las iglesias regionales que siguen su propio camino en asuntos como la ordenación de sacerdotes abiertamente homosexuales.
En realidad, los episcopales ya han visto una amarga separación entre la iglesia nacional y los obispos y fieles que se han alineado con iglesias en África y América del Sur que tienen visiones más conservadoras (y en algunos casos, más burdas) de la sexualidad humana.
Se podrían desechar la fisuras en la Comunión Anglicana como un asunto puramente interno que gira sobre temas ideológicos de poca importancia para no-anglicanos o no-cristianos, tales como si la política de la iglesia hacia la homosexualidad debería ser guiada por la aparente falta de interés de Jesús en el tema o las condenas de la homosexualidad en el Antiguo Testamento y en los escritos de San Pablo. ¿Por qué deberían los no-creyentes preocuparse por esta disputa más de lo que se preocupan por otros abstrusos debates entre cristianos sobre la estructura de la iglesia, la predestinación o sobre si la Biblia debería entenderse literalmente?
No es romper el muro de la separación entre la iglesia y el estado observar que las ideas que evolucionan en un grupo, independientemente de sus aspectos teológicos, a menudo corren paralelas a las ideas sobre la moral y las creencias en la sociedad más amplia. Consideremos la igualdad de las mujeres. Sería idiota alegar que la decisión de la Iglesia Episcopal de 1976 sobre la ordenación de mujeres como sacerdotes, que alejó a los anglicanos de otros países así como a la Iglesia Católica Romana, no estuvo relacionada con los avances de las mujeres en Estados Unidos en ambientes laicos.
En una sociedad que ha aceptado a las mujeres como jueces, ejecutivos y presidentes de universidades, la ausencia de mujeres en el altar parecerá a los hombres y mujeres en las bancas como cada vez más incongruente. La influencia se ejerce de las dos maneras: Una niña que ve a una mujer presidiendo los ritos más sagrados de su fe se preguntará por qué todavía existe resistencia a la plena participación de su género en actividades mundanas. Es menos probable que un devoto adolescente homosexual que es confirmado como obispo homosexual dude de sus méritos cuando se enfrente a la intolerancia y al acoso en la escuela.
Esto no quiere decir que las organizaciones religiosas estén obligadas a adoptar todas y cada una de las innovaciones en la sociedad en general, y obviamente muchas no lo hacen. Al apoyar el matrimonio civil de parejas homosexuales, este diario ha señalado que la legislación que permite estas uniones no pone en peligro los derechos de las iglesias para definir el matrimonio religioso. Son tan libres para limitar el matrimonio sacramental a parejas heterosexuales como la Iglesia Católica Romana para restringir el sacerdocio a los hombres, pese a las leyes civiles que prohíben la discriminación sexual en el empleo.
Mientras la Primera Enmienda siga en la Constitución, las organizaciones religiosas podrán definir su teología y su culto como quieran, excluyendo del púlpito no solamente a las mujeres y los homosexuales sino también a miembros de minorías raciales. Aunque puede asumir formas repugnantes, esa libertad es una de las glorias de este país.

Sin embargo, no es sorprendente que la controversia en la Comunión Anglicana haya fascinado a observadores cuya sombra no ha cruzado nunca el umbral de una iglesia. No es solamente la disputa sobre la homosexualidad la que influye e informa debates similares en los países desarrollados, incluyendo Gran Bretaña y Estados Unidos. La controversia también tiene una dimensión global.
En Nigeria, por ejemplo, los anglicanos se ven a sí mismos como compitiendo por almas con los musulmanes, que aborrecen la homosexualidad. Como lo dijo un académico nigeriano: "La homosexualidad no está en nuestra cultura. Puede que se la permita en Occidente, pero aquí perderías a los feligreses".
Posiciones similares han complicado los intentos de gobiernos occidentales -incluyendo a Estados Unidos y Afganistán- de promover la igualdad de las mujeres. Como con la homofobia, las posturas arcaicas hacia las mujeres pueden estar enraizadas tanto en la cultura como en las Escrituras.
Las zancadas dadas por la Iglesia Episcopal son pues especialmente importantes, y especialmente encomiables, porque se dan contra un telón de fondo de resistencia tanto cultural como religiosa. Los partidarios de la Proposición 8 no son los únicos que encubren los prejuicios con piedad.

16 de octubre de 2009
2 de agosto de 2009
©los angeles times
©traducción mQh
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