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nuevo candado en punta peuco


Sus disculpas universales son la ratificación de la condena más total de Chile y el mundo a aquéllos que abusaron del poder y la impunidad, y hoy tras las rejas son un ejemplo de lo que nunca más puede ocurrir en nuestra patria. Ni en ninguna parte. Interesante columna en La Nación.
[Antonio Gil] "Le explico una cosa. La mayor parte de Chile no sintió la dictadura. Al contrario, se sintió aliviada. Porque antes usted no podía comprar nada importado, tenía que pagar lo que se producía en Chile, caro y malo. De la noche a la mañana usted empezó a encontrar lo que no había. Ganó el pueblo. Entonces las calles se limpiaron, empezó a haber trabajo. La represión la conocimos mucho más tarde. Se juzga sin conocer la realidad de lo que vivió Chile". Estas declaraciones del que era nuestro embajador en Argentina, Miguel Otero, al diario Clarín de Buenos Aires, realizadas para salir al paso de los cargos que le efectuara la prensa trasandina, vinculándolo con razzias políticas producidas al interior de la Universidad de Chile tras el golpe de estado del ’73, levantaron una ácida polémica en ambos países. Estamos ante un nuevo flash back, una vuelta a ese pasado negro que nos sigue penando como una enfermedad nacional crónica y mal cuidada.
Tras el revuelo, Otero cambió radicalmente el rumbo de sus palabras para declarar, con la mirada húmeda de lágrimas: "Nunca dije que estuviese de acuerdo con la dictadura y siempre he condenado las violaciones a los derechos humanos. No defendí al régimen militar (...). Nunca he hecho una política partidista. Que hubo hechos reprobables, los condené en el Senado y nunca defendí a la dictadura". "Lamento mucho. No he querido ofender a nadie y nunca ha sido mi intención defender las violaciones a los derechos humanos", aseveró con voz temblorosa y dirigiéndose directamente a las víctimas de abusos y atropellos durante esos años negros. Este hecho, que no pasaría de ser la ingenua e innecesaria actuación de un alto y "duro" representante de Chile en el exterior, viene, sin embargo, a ratificar la postura del actual gobierno en relación a las violaciones de los derechos humanos. No sería concebible otra actitud. Otero dice primero, y luego se desdice, en un gesto que deja claramente establecida la derrota histórica del pinochetismo y vuelve a poner un grueso candado en el portón de Punta Peuco, en el de la Escuela de Telecomunicaciones y en otros lugares donde hoy purgan sus penas los condenados por atropellos y crímenes en días de la dictadura. Ha sido provechoso y determinante, en este sentido, el affaire Otero. Sumamente esclarecedor.
"Yo estoy pidiendo en este momento, y quiero ser muy claro, unas disculpas a todas aquellas personas que han sufrido bajo cualquier dictadura que sea. A aquéllas que se les han violado los derechos humanos, vayan a ellos mis sinceras disculpas porque tienen toda la razón de sentirse ofendidos, porque tienen toda la razón de reaccionar como han reaccionado. En el caso de ellos, probablemente al tener esa comprensión que tuvieron ellos, equivocada de mis palabras, yo habría reaccionado probablemente de la misma manera", dijo. Un balde de agua fría para todos los violadores de los derechos humanos que creyeron que con el gobierno del Presidente Piñera saldrían sobre una alfombra roja de sus centros de detención para convertirse en héroes nacionales, postular a monumentos y calles con sus nombres o incluso optar a cargos públicos. Con su lacrimosa declaración, Otero -al afirmar: "Quiero decir que tenemos que mirar hacia el futuro. Una cosa que me pesa y me amarga profundamente es haber traído el pasado a Chile. Nunca debí haber tocado el pasado. El pasado es el pasado y lo que nos corresponde es mirar hacia el futuro"- deja en evidencia que cometió un grueso error, propio de alguien inexperto, pero es también muy cierto que sus dichos reafirman ante la opinión mundial un nítido precedente. Sus disculpas universales son la ratificación de la condena más total de Chile y el mundo a aquéllos que abusaron del poder y la impunidad, y hoy tras las rejas son un ejemplo de lo que nunca más puede ocurrir en nuestra patria. Ni en ninguna parte. Un ejemplo de lo más abominable del pasado, en un país que, como dice Miguel Otero, hoy debe mirar hacia adelante.

13 de junio de 2010
©la nación
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