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lógica del horror


"Debemos aclarar algo más: cada noche, cada vez que alguien fue llevado a un Centro Clandestino, esa noche ingresamos todos".
[Fabiana Rousseaux] En las últimas semanas volvió a ser noticia el caso de un ex militante de la UES y su mujer, quienes fueron secuestrados y llevados a un Centro Clandestino de Detención (CCD), como miles de personas que pasaron por ese infierno, pero hoy él está siendo juzgado junto a Ramón Genaro Díaz Bessone, imputado por haber cometido delitos a la par de sus verdugos, dentro del campo de exterminio.
Tanto él, su mujer y tres ex militantes más; fueron acusados por varios sobrevivientes de haber sido crueles con otros compañeros, dentro del campo, una vez que comenzaron a colaborar con sus propios captores y torturadores.
En estas dos frases, se concentra el nodo de lo que realmente significa la lógica de un Centro Clandestino de Detención, tortura y exterminio. Cuando hablamos de exterminio y de tortura, y por ende de las condiciones de clandestinidad que rodean estos crímenes, no nos podemos referir sólo a la tortura de los cuerpos ni de su asesinato o desaparición; nos referimos muy especialmente al exterminio y tortura de la condición humana, donde el sentido mismo de esa condición, puede quedar suspendido dentro del dispositivo de horror creado precisamente para pulverizar la esencia de la dignidad de los hombres y mujeres obligados a soportar esa experiencia que de tan extrema se nos hace irrepresentable, es decir ajena a nuestra capacidad de ser comprendida.
Que esto puede suceder, no significa decir que esto sucedió en quienes estuvieron secuestrados, sino que en algunos casos la eficacia de la máquina de tortura y exterminio fue máxima. Pero esto ¿De qué depende?
¿De la resistencia de cada quien? ¿De los tipos de tortura? ¿De lo que se puso en juego en cada mesa de tortura, los hijos, los compañeros? Y las preguntas siguen sin saber a dónde nos conducen...
En un libro de reciente aparición, ‘Ensayo sobre la crueldad’, su autora Ana Berezin, dice: "El mal nunca es banal, produce consecuencias destructivas irreparables, por lo tanto cabe preguntarse: ¿Qué tiene de banalidad el mal? En la valiosa y profusa información histórica que Hannah Arendt despliega en su libro sobre el Holocausto se va pergeñando una igualación entre víctimas y victimarios. ¿Por qué no? Todos podemos hacer cosas malas, muy malas, en especial en condiciones de esclavitud, desamparo y crueldad, en una lucha perdida de antemano por la supervivencia. Pero sólo los victimarios son los responsables de una política de la crueldad, aunque en alguna ocasión, disculpen la ironía, hayan sido buenos (salvando un niño gitano o a un amigo judío...)".
No es lo mismo quien ingresa a un CCD siendo una víctima y a partir de la crueldad aplicada sobre sí, y en condiciones de absoluta indefensión termina formando parte de un dispositivo de la crueldad, donde si traspasa esa valla ya nada podrá volver a ser como antes; que quien asumiendo la decisión de formar parte de un engranaje clandestino y asociado a esa política de administración del horror, crueldad y espanto decide formar parte de ese proyecto.
La "decisión" no es un tema menor en este ámbito, nadie podrá decir seriamente que un secuestrado en un CCD tiene alguna injerencia sobre su propia vida. Ni aún cuando podría parecer que sí la tiene para poder salvarla.
Años de análisis lleva aún la experiencia incomprensible de la Shoá, miles de páginas escritas para tratar de comprender los comportamientos humanos en el reino de lo inhumano, pero precisamente lo inhumano es parte esencial de lo humano.
No podemos erigirnos en exculpadores de nadie, eso lo hará la justicia, pero lo que debemos debatir a fondo para no convertirnos en escarmentadores modernos con disfraz de defensores de derechos humanos es si podemos leer las consecuencias irreversibles de los campos de exterminio, pero no solamente sobre los secuestrados y secuestradas, sino sobre toda la sociedad, ya que nunca volveremos a ser como antes, luego de lo sucedido.
Tampoco podemos confundir las leyes del Estado con la aplicación de leyes morales, de índole social, que arrastran a una lectura equívoca o al menos parcializada de la verdadera e incomprensible dimensión que adquirieron estos crímenes y cuál debería ser nuestra lectura de ello.
Pero lo cierto es que reducir el problema a quien cometió crímenes y quien no puede resultar un aplastamiento del problema de la lógica concentracionaria.
A su vez perder de vista quienes han sido ingresados a los campos como secuestrados y torturados y quienes han ingresado a los campos como verdugos que formaban parte de un sistema de exterminio, es un error que no podemos permitirnos a esta altura de los acontecimientos, porque estamos reconstruyendo una historia colectiva, con un impresionante esfuerzo de memoria social, y es necesario dirimir las aguas para no perder el norte de lo que esta sociedad debe y quiere enjuiciar. Los crímenes cometidos durante el terrorismo de Estado no son lo mismo que los crímenes cometidos por el terrorismo de Estado, ya que los agentes del Estado que formaron parte de los dispositivos del horror planificado debían ejercer una función: precisamente la de ser quienes llevaban adelante una política de Estado, y encarnando la figura de la ley dieron paso al terror más irrepresentable. Las víctimas entonces no tuvieron sitio de apelación posible, ya que a quienes podían apelar eran precisamente quienes implementaban con una sistematicidad aberrante el dolor y el exterminio.
Esto no significa hacer alarde de las impunidad, por el contrario, es hacer lugar a la verdadera dimensión que lo que vivimos como sociedad tuvo y tendrá.
Porque la degradación social ha sido un efecto también de la que llevará años poder revertir. ¿O acaso todavía no escuchamos la terrible fórmula del "yo no sabía", o "con los militares estábamos mejor" en alusión a los múltiples discursos de la mano dura como garante de la "seguridad" que grandes sectores de la sociedad añoran?
La sociedad en su conjunto está atravesada por esa degradación, obscena sin dudas, nadie quiere verla, produce espanto, nadie quiere identificarse con esa obscenidad; y es verdad que no toleramos saber cómo un ex militante aplicó medidas crueles sobre otros secuestrados. Pero clamar por el enjuiciamiento que iguala a víctimas y victimarios significa que aún no hemos entendido qué es un campo.
Pero es necesario precisar algo más. Es claro que el haber atravesado por la experiencia de la tortura crea una autorización innegable en quienes lo han vivido. Eso está fuera de discusión, pero también debemos decir que eso en nada autoriza a que se exija a la sociedad en su conjunto o a las organizaciones del Estado a cambiar la lectura de los acontecimientos.
En ‘El furgón de los locos’, Carlos Liscano, ex detenido uruguayo, relata: "Antes de caer preso no sabía que este descenso al abismo, era posible. Aterra mirarse en ese espejo. Eso habré aprendido en estos calabozos". Pero debemos aclarar algo más: cada noche, cada vez que alguien fue llevado a un Centro Clandestino, esa noche ingresamos todos.

La autora es coordinadora del Centro de Asistencia a Víctimas del Terrorismo de Estado ‘Dr. Fernando Ulloa’ de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.
20 de septiembre de 2010
©página 12
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