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guerras sucias en el banquillo


Es posible debatir sobre el contexto en que transcurrieron las "guerras internas". Lo que no es debatible son las atrocidades cometidas por fuerzas armadas regulares que actuaron en el nombre y con todos los recursos de sus respectivos estados. La columna de Raúl Sorh en La Nación.
[Raúl Sohr] "Asumo mi responsabilidad en la guerra interna librada contra el terrorismo subversivo, mis subordinados se limitaron a cumplir mis órdenes como comandante en jefe", declaró ya destituido de su rango de general Jorge Videla, que lideró la Junta que gobernó Argentina entre 1976 y 1981. La admisión la hizo esta semana ante un tribunal federal que lo juzga, junto a otros 30 represores, por el fusilamiento de 31 presos políticos. El reconocimiento de Videla, a sus 84 años, es tardío. La admisión, sin embargo, contrasta con la postura de otros militares de la región que han alegado desconocer los crímenes cometidos mientras gobernaban.
Luego de Videla, tomó la palabra el ex comandante del Tercer Cuerpo de Ejército Benjamín Menéndez, que repitió propósitos anteriores sobre la necesidad de poner las cosas en su debido contexto. Señaló que su país fue agredido por "el marxismo internacional", el que movilizó a "los subversivos contra la sociedad occidental y cristiana".
Fermín Rivera, que estuvo encarcelado por más de una década, es uno de los promotores de la causa contra los responsables de los fusilamientos realizados en 1976. En una entrevista al periódico Página 12, Rivera narró lo vivido luego del golpe de estado: "La cárcel se convierte en un campo de concentración y exterminio: nos aíslan, cierran puertas y ventanas, nos dejan con lo puesto. Fueron seis meses sin bañarnos, sin afeitarnos, haciendo las necesidades en celdas colectivas, 17 en la mía. Tuvimos que abrir un hueco en la pared para tirar el orín y las heces al patio. A los que sobrevivimos nos trasladaron a Sierra Chica el 30 de septiembre. En mi caso, con hemiplejia por los golpes". Es la consabida técnica de la denigración sistemática a la cual se suma la tortura física y sicológica: "El general (Juan Bautista) Sasiaíñ nos dijo: "Están todos condenados a muerte, pero no se hagan ilusiones: van a morir lentamente, de uno en uno". Se fue y empezaron a golpearnos, todos los días, hasta dejarnos sin conocimiento, ensangrentados, sin enfermería ni nada… A partir de la visita de Sasiaíñ, nos preparamos para lo peor, aunque quedaba la secreta esperanza de que algo extramuros nos salvara. Cuando sacaron al primer grupo de compañeros, dijeron "despídanse porque no vuelven". Al otro día nos enteramos de que habían sido fusilados y supimos que de un momento a otro nos tocaba. La de San Martín es una cárcel enorme, con bullicio permanente, pero cuando sentíamos las pisadas de los militares se producía un silencio aterrador. Sacaban a uno u otro, en el pasillo le ponían capucha y mordaza, y se preocupaban por decir "salen para no volver". La intención era recordarnos que nos iban a matar, a tal punto que a uno de los hermanos De Breuil lo hicieron ver el fusilamiento de su hermano y lo devolvieron a la cárcel para que lo contara". Los presos fueron utilizados como rehenes. Al respecto, Rivera cuenta: "Tenían una tabla de conversión: si moría un oficial superior nos mataban a todos; si era oficial jefe, a 20; subalterno, a 15; suboficial, a 10; y si era soldado, a cinco".
Según todos los parámetros que definen los conflictos internos en la mayoría de los países sudamericanos, no hubo "guerras internas" sino que más bien fueron "guerras sucias", como los propios militares suelen llamarlas. Pero incluso si se considerara que hubo una guerra interna, nada justifica las violaciones sistemáticas a los Convenios de Ginebra que detallan los deberes de los captores y los derechos de los prisioneros en el curso de un conflicto armado.
El testimonio de Rivera, uno entre decenas de miles, delata la falta de profesionalismo e ideologización, amén del sadismo, de vastos sectores del estamento militar sudamericano. No sorprende que los militares argentinos al enfrentar una verdadera guerra, la sostenida por las Malvinas en 1982, proyectasen el miedo por las atrocidades cometidas. Al ser capturados por las tropas británicas, luego de la derrota, muchos uniformados fueron trasladados en helicópteros. Un oficial inglés me comentó que sus hombres quedaban perplejos ante el terror de los prisioneros, que se negaban a subir a las máquinas. Temían recibir el trato que ellos dieron a muchas de sus víctimas que fueron asesinadas en los famosos vuelos sin retorno. Para su sorpresa, los británicos respetaron los derechos de los vencidos en forma plena.
Encontrándome en Malvinas días después de concluidos los combates, pedí visitar a los prisioneros argentinos que esperaban en buques, en la bahía de Port Stanley, para ser enviados al continente. La solicitud me fue denegada pues los Convenios de Ginebra prohíben exhibir a un prisionero ante la prensa ya que ello menoscaba su dignidad.
Con el correr de las décadas, es posible debatir sobre el contexto en que transcurrieron las "guerras internas". Lo que no es debatible son las atrocidades cometidas por fuerzas armadas regulares que actuaron en el nombre y con todos los recursos de sus respectivos estados. En el caso argentino, el fallo del tribunal en el juicio en curso es casi anecdótico dada la avanzada edad de los acusados. Es, sin embargo, de la mayor relevancia para las generaciones venideras.

13 de julio de 2010
©la nación 
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