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piden perpetua para videla


Los abogados querellantes María Elba Martínez y Hugo Vaca Narvaja solicitaron prisión perpetua para los represores Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez, otros nueve militares y siete policías por considerarlos culpables de los delitos de imposición de tormentos y crímenes cometidos durante la última dictadura militar.
Argentina. En el marco del juicio que se les sigue a los represores en el Tribunal Oral Federal número 1 (TOF1) por la comisión de delitos de lesa humanidad, Martínez fue la encargada de leer el pedido de las condenas a Videla, Menéndez, Vicente Meli, Carlos Poncet, Jorge González Navarro, Raúl Eduardo Fierro y Víctor Pino Cano, que incluyó la degradación del cargo e inhabilitación absoluta por 14 homicidios. También solicitó para los acusados Emilio Juan Hubert y Aldolfo Alsina, por el delito de homicidio con alevosía y ensañamiento por el caso del preso político René Moukarsel, que murió el 14 de julio de 1976 luego de ser estaqueado en el patio del pabellón de mujeres de la Unidad Penitenciaria número 1 (UP1). Por su parte, la letrada solicitó la pena de prisión perpetua para Osvaldo Quiroga y Francisco D`Aloia, por los asesinatos de los presos políticos Miguel Hugo Vaca Narvaja, Higinio Toranzo y Gustavo de Breuil, ocurridos el 12 de agosto de 1976 en un supuesto intento de fuga. También en relación a los 31 asesinatos de la causa UP1, pidió la misma condena para los policías Calixto Flores, Yamil Yabour, Alberto Luis Lucero, Carlos Alfredo Yanicelli, Juan Ramón Molina, Miguel Ángel Gómez y Hermes Óscar Rodriguez al considerarlos autores directos de homicidios. En cuanto a los represores Enrique Pedro Mones Ruiz y Miguel Ángel Pérez, la abogada pidió que se los castigue con 15 años de prisión por los delitos de aplicación de tormentos a los presos políticos de la UP1. En relación a la causa Gontero, anexada a la de la UP1, solicitó las penas de 20 años de prisión para los policías Graciela Antón y Luis Salgado, 15 para José San Julián y pidió la absolución de Ricardo Cayetano Rocha y Marcelo Luna.
25 de noviembre de 2010
24 de noviembre de 2010
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dilemas de niños apropiados


Responsabilidad subjetiva de las victimas de apropiación. A partir del caso de una niña, víctima del terrorismo de Estado, que fue capaz de reaccionar ante su apropiador, la autora reflexiona sobre la responsabilidad subjetiva que concierne, también, a las víctimas; al trasluz puede leerse la referencia a "jóvenes apropiados que, por el momento, consienten en ser usados como objetos de goce".
[Jacquie Lejbowicz] Argentina. Hoy, aquí, en la Argentina, faltan textos enteros del tejido social. Tejido roto porque hay nombres cuyos cuerpos faltan. Y también hay cuerpos adosados a nombres falsos, cuerpos expropiados de sus verdaderos nombres y de sus verdaderos lazos, y por tanto sin verdadero acceso a la vida, a estar en el mundo. Y esto no puede ser desconocido a la hora de intentar dar cuenta de lo que circula entre generaciones. Es difícil pensar que no vaya a tener efectos sociales y a producir catástrofes subjetivas el que haya todavía nietos circulando con nombres falsos, otrora niños expropiados de sus padres. Desalojados de deseos que no eran anónimos, los de sus padres, e incrustados en familias de apropiadores. Pero también tiene y tendrá poderosos efectos el deseo decidido de quienes buscan la restitución.
Tener un cuerpo incluye una dimensión jurídica que vuelva a anudarle un nombre, y la decisión cívica de restituir sujeto al religarlo a su historia, a la de quienes le dieron vida y existencia, y a sus familias. Pero también es fundante cómo ese sujeto devastado, expropiado de su historia, se decide o no a ligarse a lo verdadero. Ahí es donde se termina de efectuar la dimensión ética.
Dice Walter Benjamin: "El pasado contiene un índice temporal que lo remite a la salvación. Hay un secreto acuerdo entre las generaciones pasadas y la nuestra. Hemos sido esperados en la tierra. A nosotros, como a las generaciones que nos precedieron, nos ha sido dada una débil fuerza mesiánica sobre la cual el pasado tiene un derecho". Es esa fuerza mesiánica, ese heliotropismo secreto, llámese confianza, valentía, humor, audacia –según términos de Benjamin–, o llámese deseo, fuerza inconsciente, decisión del sujeto, esa fuerza es el corazón de aquello que intentan atacar los apropiadores, cuando buscan reducir al sujeto a una posición de objeto del cual disponer.
Por eso la restitución se termina de efectuar verdaderamente cuando quien pudo salir y trasponer el límite del nombre ajeno y usurpatorio para acceder al propio, se encuentra con el deber ético, como sujeto de derecho, de dar testimonio. Ese testimonio es un renacimiento del sujeto que le permite volver a la vida y al mundo cuando lo que intentaban era reducirlo a lo inmundo. Los testimonios de quienes salieron de los campos de extermino nazi –Robert Antelme, Primo Levi, Jorge Semprún–, cada uno con sus particularidades, dan cuenta de esto.
Quien ha sido víctima también tiene una responsabilidad, un deber cuyo cumplimiento le devuelve la dignidad que se le ha intentado arrebatar.
Sin embargo, la posición de algunos jóvenes apropiados es, por el momento, la de rechazar lo que entre generaciones se transmite; consienten, por el momento, en ser objeto de goce de otros, en ser usados como hijos de alguien que dispone de progenie ajena para su perversa satisfacción personal. Desoyen y desmienten, por el momento, el heliotropismo secreto del que Benjamin hablara, lo que reprimido debería retornar, las risas, las palabras, los olores de sus padres. En cambio, por el momento, eligen permanecer en un tormento de culpas, como quien viste una ropa interior con mugre ajena.
El psicoanálisis de una niñita, que Alicia Lo Giúdice relata en ‘Lo que se restituye en un análisis’ (en ‘Psicoanálisis de los derechos de las personas’, varios autores, ed. Tres Haches), da cuenta de cómo una de las primeras nietas restituidas asumió, aun en su primera infancia, la tremenda responsabilidad subjetiva de retomar decidida su historia, el secreto acuerdo entre generaciones que el terrorismo de Estado le había intentado birlar. La niña, con títeres que confeccionan con su analista, va armando el siguiente relato: "Una pollita se va a pasear con sus hermanos y su mamá, y se pierde, encuentra una casa en la que había gente grande y, como la invitan a pasar, entra y se queda y se olvida de volver. El papá gallo, la mamá gallina y sus hermanos salen a buscarla pero no la encuentran. La pollita, después de mucho tiempo, se da cuenta de que se había quedado en una casa que no era la suya y decide volver. No encuentra el camino, pero después de muchas cosas logra encontrar su casa. Tenía mucho miedo de que el papá estuviera enojado, pero el gallo primero la reta, luego la perdona y la pollita puede irse a jugar con sus hermanos, a los que les cuenta todo lo que había pasado cuando se había perdido".
Este relato le llevó varias sesiones, en las que pudo rearmar su historia y darse alguna explicación acerca de lo que le había pasado: era chiquita y sus papás no podían ayudarla porque estaban desaparecidos. Sí la pudo encontrar su abuela, "que es más famosa que yo", dice la nena.
Esta niña, en su tremenda dignidad, se hace responsable de sí, responde cómo es que se había perdido y vivido en una casa ajena en una época en que, dice, "era un poco tonta". Nombra así la desaparición forzada de sus padres y la voluntad poderosa de su abuela.
Responde, no porque se plantee culpable sino, por el contrario, porque no consiente en quedar en el lugar de objeto en que los captores la habían situado; decide restablecer su dignidad de sujeto y asumir, de manera dolorosa pero audaz, las consecuencias de su propia historia, armando con los pollitos el trayecto vital de la vuelta a casa.
Dice Benjamin: "Articular históricamente el pasado significa adueñarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro". No se trata de una reconstrucción histórica punto por punto, sino de destellos, pequeños latidos en que surge algo de lo verdadero, lo que sucedió (con su borde inexplicable, imposible e inadmisible). En este caso se trata, sobre todo, de cómo lo que sucedió hizo marca en esa niña. Y, a la vez, de lo que ella va pudiendo hacer con esas marcas: producir reescrituras sucesivas de su nombre, reclamar al juez que le restituya su documento de identidad, crecer acorde a su edad verdadera y no acorde a la edad que el captor le había asignado. Retomar las marcas que sus papás dejaron.
Hay un acto último, y a la vez inaugural, que esta niña realizó y contó luego a su analista; un acto que marca un antes y un después. En una ocasión en que el apropiador la espera frente a su casa y la llama por su nombre, ella sale corriendo, pero antes se da vuelta y le saca la lengua. "Fue lo único que se me ocurrió", dice.
La lengua es la patria y la memoria que destella y vuelve en pequeñas escenas. Dice Jacques Lacan: "El inconsciente es la manera que tuvo el sujeto de estar impregnado por el lenguaje (...), la manera en que le ha sido instilado un modo de hablar, que no puede sino llevar la marca del modo bajo el cual lo recibieron sus padres". Aquel gesto tiene una enorme significación; ese pequeño acto simbólico de sacarle la lengua al captor, evidencia en la niña su audacia de no haber consentido al intento de arrebatarle en lo real su lengua, su nombre, su filiación, su historia. Y ese acto le señala al apropiador que es él quien ya no podrá contar con la posibilidad de su propia lengua, ya que su acto lo deja excluido de la verdadera existencia.
Retomemos la idea de trama, donde lo singular no es sin lo colectivo. Esta niñita responde porque hay en ella rastros del deseo de sus padres; y porque hay en ella una decisión de no desoír esos rastros. Y, también, porque hubo abuelas decididas a encontrarla. E instancias jurídicas. Y civiles. Y una analista decidida a escucharla dejándose tomar por lo que la niña planteara. Es decir que hubo Otro con el que contar para no quedar en el mayor de los desamparos, bajo la presencia masiva de un otro intrusivo, abusivo.
Pero no se trata sólo de que hubo Otros con los cuales contar, sino, también, de que los hubo reclamado el acto civil y ético de la restitución que se completa con la decisión de la niña. Eso constituye país.
Un derecho es humano en tanto no es individual; en tanto no sólo compete a quien es víctima directa, sino también a toda la ciudadanía. La restitución es un acto que se le debe a cada víctima, pero también a toda la comunidad. Si no, nos quedamos todos perdidos como la pollita al principio del relato: viviendo sin enterarnos en una casa ajena, en un país ajeno; peor aún, expropiados de país, sin poder volver y reclamando que se nos respete el derecho... a ser rehén.
[La autora es psicoanalista. Extractado de un trabajo presentado en el III Seminario Internacional Políticas de la Memoria ‘Recordando a Walter Benjamin. Justicia, Historia y Verdad. Escrituras de la Memoria’, Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, octubre de 2010.]
25 de noviembre de 2010
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habló manolo fernández


Manolo y esas voces. El esposo de Ana Ferrari.
[José Maggi] Argentina. Tres testimonios fueron brindados en la tarde de ayer en el marco del Juicio por terrorismo de estado que lleva el nombre del general Ramón Genaro Díaz Bessone: el de Manuel Fernández, (Manolo, el compañero de Ana María Ferrari), el de su hermano Ricardo Fernández y el de Carlos Usinger.
Manuel Ángel Fernández relató que fue secuestrado el 15 octubre de 1976 en Agrelo 1592. "Sucedió a las 4.30. Estábamos con mi esposa Ana María Ferrari, su abuela y mi hijo de 6 meses. Me golpean mientras siento el nombre de Tu Sam, entre otros. En el baúl de un auto me llevan a la vieja jefatura de San Lorenzo y Dorrego. Me preguntaban por mi hermana Gloria Fernández que hasta hoy sigue desaparecida... Eramos varios, se escuchaban golpes, gritos de personas, de mujeres, llantos de criaturas, era insoportable escuchar las voces de terror de los demás porque yo pensaba en mi mujer, en mi hijo... En un momento me volvieron a bajar. Estuve al lado de Ana María en una escalera, le pregunto por mi hijo y me dijo ’quedáte tranquilo, me lo agarró un policía vestido de marrón que me prometió que se lo iba a dar a mi mamá’. Estaba toda lastimada, no la podía ver. Rezamos el padre nuestro, alguien nos escuchó y nos empezó a patear y a insultar, se habían ensañado totalmente con Ana".
"El Pollo Baravalle -prosiguió- me llevó a la favela, sentí que había menos personas. Llegó una orden de que nos iban a bañar, bajamos otras escaleras, había un baño donde pudimos asearnos. De ahí nos llevan a un sótano, en San Lorenzo y Dorrego. En la primer pieza a la derecha había todas mujeres. En la segunda pieza, justo en la esquina, ahí empiezo a tener contacto con Tossi, Piccolo, Giusti, Bocanera, Bustos, Pérez Risso, Moyano, ahí empiezo a conocer a algunas de las personas que subían y bajaban: era un oficial que andaba de civil, bajaba para traernos bolsos, ropa, era gordito, con peluquín, le decían Sargento. Otro gordito petisito Kunfito".
"Un vez una persona bajó y me pidió por favor que no diera su nombre, lo conocía porque era mi vecino, Oscar Gómez, me decía que ahí lo llamaban Carlitos Godoy, que me quedara tranquilo, que sabía dónde estaba mi hermana Gloria. Me recalcó que no dijera su nombre. Después me llevo al encuentro con mi vieja María Herminia Acevedo, que estaba toda golpeada", agregó.
Sobre su hermana se enteró en marzo del 77 "por compañeros de Coronda como el Bicho Mechetti, que Gloria había estado en el SI, que la habían torturado terriblemente, que se había portado muy bien, que había una saña personal contra ella de Oscar Gómez y que la habían trasladado. Y que los que la reconocieron a Manolita son el Caddy Chomicky y Gómez".
También declaró Carlos Usinger, detenido en junio de 1976 y llevado al Servicio de Informaciones, donde también fue salvajemente torturado. Mencionó haber visto, entre otros a Cacho De María, Charani, Enzo Tossi que estaba muy golpeado, lastimado, no podía comer, los otros que habían caído con él, el grupo completo de delegados del gremio de los que fabrican mosaicos, "trataban de convencerlo de que aunque sea tomara la sopa para recuperarse".
25 de noviembre de 2010
24 de noviembre de 2010
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habló beatriz beletti


Declaró por primera vez. El dolor de Beatriz.
Argentina. Beatriz Beletti guardó el secreto de su sufrimiento durante más de 20 años. Secuestrada el 14 de septiembre de 1976, en su casa, fue llevada al Servicio de Informaciones donde la torturaron. "Hace 34 años que me torturan", dijo ayer, y dio cuenta de un modo inapelable del efecto indeleble de esa crueldad. Esa noche de 1976, a su casa entró un hombre de contextura robusta, cabello rubio, ondulado, con nariz recta, más bien chica y ojos de un celeste intenso. Le pegó a su padre, amenazó con matarlos. Supo que era Alberto Vitantonio en 1997, cuando lo vio por televisión como policía en actividad, en plena democracia. Y ella, que jamás había denunciado el horror en carne propia, decidió colaborar con Esperanza Labrador por la desaparición de Miguel Angel, uno de sus hijos. El otro, Palmiro y su esposo, Víctor, fueron asesinados. "Yo guardé silencio durante todo el tiempo porque sentí que no tenía nada que decir. Era mío, me había pasado a mí. En este caso, era distinto, sentí que tenía la obligación de hablar", afirmó sobre su decisión de declarar, ya que Vitantonio había participado del secuestro de Miguel Angel Labrador.
Beletti fue explícita sobre la tortura. "Durante años pensé, sostuve, que no hay que hablar de la tortura. Sin embargo, voy a hacer una excepción porque creo que si todos venimos acá y decimos sólo que nos torturaron, no se va a tener la dimensión de lo que era eso". Le aplicaron picana en los genitales, en los pechos, hubo quemaduras con cigarrillos, bolsas de plástico en la cabeza para el tormento que después supo se llamaba submarino seco, golpes en la boca del estómago. Estaba vendada, pero al mover la cabeza para atrás podía ver, y vio a un compañero de la UES, Mancha Tartaglia, que presenciaba la tortura y les confirmaba a los torturadores si ella estaba diciendo la verdad. "Me decían que hablara, que iba a terminar teniendo un hijo de un hijo de puta. Me decían que tenían tiempo de hacerme un hijo, reventármelo y volver a hacerme otro", relató ayer. En ese momento, lloró. Lo hizo varias veces.
En la tortura, le preguntaban por el que había sido su marido. Como Tartaglia la conocía bien, decidió incriminarse. "Daba datos falsos de lo que ellos querían saber, de quién había sido mi marido. Para dar algo, para no dar todo", contó ayer.
Escuchó el sobrenombre de El Ciego (Lofiego), también pudo distinguir la voz de Carlos Brunato (Tu Sam), que le cantaba, en plena tortura, con ritmo de canción infantil, "a la SSA, a la triple A, en zanjones y cunetas aparecen las boletas". Le hicieron firmar una declaración que ni siquiera pudo leer.
El momento más duro de su declaración se refirió a los tormentos de una compañera, Ana Lía Murgiondo. A Beatriz, el 8 de octubre la llevaron a la Alcaidía. A los 5 días, la sacan de ahí para llevarla nuevamente al SI. "Apenas entro me vendan, me tienen esperando en una habitación, me gritan, me preguntan cómo se llamaba la hermana de su mejor amiga, mientras me pegan", rememoró. En ese momento, ubica a un hombre "muy imponente, con manos grandes", cree que se trataba del entonces interventor de la policía rosarina, Agustín Feced. La amenazaron con volver a torturarla. La llevaron frente a una chica que estaba desnuda, con signos de haber sido muy torturada. Era Ana Lía, pero entonces, Beatriz no conocía su nombre, sólo que le decían La Polaca. La chica empezó a pedirle perdón. "Yo sé que vos no querés hablar, pero mirá cómo estoy", le dijo Murgiondo. Beletti le contestó: "Yo no te conozco". Al recordar este episodio, ayer, el llanto de la testigo fue incontenible. "Una cosa es recordar lo que me pasó a mí, otra es lo que vi que le hacían a otros. Fue uno de los peores momentos de mi vida", dijo. La chica le hizo un pedido: "Cuidame a la nena, por favor". Según sus cálculos, era el 14 de octubre de 1976. De todas las heridas, esa pareció ser la más abierta de Beletti. "La llevo en el alma. No era mi amiga, lo único que nos unió fue ese momento. Haberla abandonado, en cierta forma, y no haber podido hacer nada por su nena", dijo antes de llorar desconsoladamente. Murgiondo es una de las víctimas de la masacre de Los Surgentes.
Beletti volvió a la Alcaidía, donde también sufrió la desconfianza de sus compañeras, por haber sido sacada durante todo un día. "No las culpo, la desconfianza tenía un motivo", dijo ayer. En junio de 1977 recuperó la libertad. Pero en noviembre de ese año la llevaron nuevamente a la Alcaidía, por un proceso de la justicia federal. En ese momento, estaba embarazada. Tuvo pérdidas, pidió ayuda pero no se la brindaron, perdió el bebe. "Antes no menstruabas porque tenías miedo de estar embarazada, ahora como querés estar embarazada estás menstruando", le dijeron. "Al día siguiente estaba en un sanatorio, me estaban haciendo un raspaje con serio riesgo de infección, porque sí estaba embarazada", dijo.
Para terminar, la testigo agradeció la disposición de "todos los estamentos de la justicia" y a la política nacional de derechos humanos. "Me mueve a hablar, primero que quiero una sociedad realmente con justicia para mis nietos, y por los que no tienen voz. Yo decido declarar por Labrador, porque una madre tiene derecho a saber qué hicieron con sus hijos, y por la memoria de Ana Lía Murgiondo", dijo ayer Beletti, sobre el final de su declaración. La apelación fue concreta: "Considero que como víctima, como tantas víctimas, lo único que necesito es justamente una acción sostenida de justicia. Sería terrible que cayera en el agua, que se lo llevara el viento. Es un dolor tremendo venir acá a relatar esto", dijo Beatriz, con la voz quebrada, pero firme. "El único bálsamo que puede tener el alma de la víctima es un relato, un correlato de justicia", terminó. Se retiró con aplausos.
25 de noviembre de 2010
24 de noviembre de 2010
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habló ana ferrari


"Durante todos estos años de impunidad, pase muchas noches insomne". "Una revive momentos de extremo dolor", dijo ayer la mujer que fue detenida el 15 de octubre de 1976 y traslada al Servicio de Informaciones de la policía -donde ya estaban sus padres y un hermano de 14 años- donde fue torturada.
[Sonia Tessa] Argentina. Ninguna de las personas que asistió a la audiencia de ayer de la causa Díaz Bessone pudo salir de la sala siendo la misma. En especial, después de escuchar a Ana Ferrari y Beatriz Beletti, dos testigos que hicieron un enorme esfuerzo para poner en palabras un horror que parece inenarrable. Declararon también Graciela y Raúl Villarreal, dos hermanos que fueron secuestrados en septiembre de 1976. Ana Ferrari brindó una contundente declaración sobre la persecución a su familia, que comenzó muy temprano, en 1969, con el asesinato de su hermano Gerardo, sacerdote tercermundista. En 1970, el propio Agustín Feced allanó su casa y le dio una trompada a ella, entonces una niña de 12 años. Ana mantuvo la opción por los pobres, y se mudó a una villa cuando era adolescente. Allí participó en tareas como la construcción de un dispensario, o los reclamos de cloacas. "Todas cosas que me enorgullecen", dijo ayer. En junio de 1976, sus padres y su hermano de 14 años fueron secuestrados, y estuvieron en el Servicio de Informaciones. A Ana y su compañero, Manolo Fernández, los llevaron el 15 de octubre de 1976, de la casa de una abuela. Ana tenía un bebe, había dejado de militar. Al ver su documento, Raúl Guzmán Alfaro le dijo: "Así que vos sos una Ferrari, a vos y a toda tu familia los vamos a hacer mierda". La separaron de su hijo, al que amamantaba. Cuando la torturaban, le salía leche de los pechos. En una de las sesiones de tortura participó el propio Feced. Estaba sentada en la escalera del centro clandestino de detención cuando se llevaron a las víctimas de la masacre de Los Surgentes, el 17 de octubre. Nunca olvidará la mano de José Antonio Oyarzabal, a quien le decían Ciruja, sobre la suya. "Hasta la victoria siempre", se dijeron. "Durante todos estos años de impunidad, he pasado muchas noches insomne", le dijo ayer al Tribunal Oral Federal número 2.
Apenas llegaron a la casa de su abuela, Ana supo que iba a pasarla muy mal. Levantó a su bebé del moisés, pero uno de los represores le tironeaba las piernitas. Cuando relató ese momento, y como cada vez que mencionó a su hijo, la emoción le congeló la garganta. Aún así, siguió. Un policía vestido de marrón le prometió cuidar que a su bebé no le hicieran nada durante el allanamiento. Y cumplió. Guzmán Alfaro y otro integrante de la patota, apodado Kuriaki, la llevaron a una pieza, le metieron una pistola en la vagina y le dijeron que iba a morir de esa manera. Después, la vendaron con una sábana que ella misma había hecho para su bebe. Ana tenía 18 años "recién cumpliditos".
Tras el allanamiento, la trasladaron en auto al SI. "Lo único que pensaba era que tal vez a mi hijo no lo iba a ver nunca más", dijo. Cuando la bajaron en la Jefatura, supo de inmediato donde estaba, porque meses antes había ido a llevarles comida a sus padres al mismo lugar. "Me tiraron contra la escalera y me dijeron: estás en el infierno", rememoró ayer.
Estaba en el SI cuando Feced llegó a verla, y le pegó. Una trompada por su madre, otra por su hermano muerto, otra por su hermano Pepe. Ana es la número 11 de 12 hermanos. "Tengo una familia numerosa, así que ligué mucho", dijo ayer, con un sentido del humor admirable para la ocasión. Demoró dos semanas, hasta que la trasladaron al sótano, en saber que su bebé estaba bien. Recién entonces la dejaron verlo unos instantes.
Antes de ir al sótano, sentada en la escalera del SI, Ana compartió un tiempo con Ana Lía Murgiondo (o la Petisa Carmen, quien rogó a los compañeros presentes que cuidaran a su hija), María Cristina Marquez y Cristina Costanzo. Por allí bajaron a Eduardo Felipe Laus y Oyarzabal, y también escuchó que decían "traigan al turco" por Sergio Jalil. Esa misma noche los asesinaron en la localidad cordobesa. "Fue el último día de vida de esos compañeros, el último día que estuvieron vivos", dijo con la voz ahogada por el dolor.
En cambio, no le tembló la voz para nombrar a los represores. "Sé con certeza absoluta que (José El Ciego) Lofiego participó de mi tortura y controlaba mis latidos cardíacos", dijo, para repetir la convicción sobre Mario ‘el Cura’ Marcote. Mencionó a Carlos Gómez, al Sargento, a Telmo Ibarra, a Kuriaki, a la Pirincha, a Kunfito, a Darío, a Kung Fu y a Tu Sam, que era Carlos Brunato, alguien que se había hecho pasar por integrante de la UES.
También recordó a Caramelo, Carlos Ulpiano Altamirano y contó que la hija del represor fue novia de su propio hijo. "La acepté en mi casa porque ella no tenía ninguna responsabilidad en lo que había hecho su padre. A él lo identifico un día que trae a su hija a mi casa. Jamás acepté las invitaciones a almorzar indicó ayer la testigo. Quiero recalcarlo para que se vea que entre nosotros no hay espíritu de revancha, de venganza". Aunque ella no unió todos los apodos con nombres, Darío era Julio Héctor Fermoselle, Kung Fu era Carlos Martín Ramos, la Pirincha era César Peralta.
En las sesiones de tortura "se nombraban entre ellos, se reían, se burlaban, se divertían", dijo la testigo ante una pregunta de la defensa. Ana mencionó un intento de violación de los represores, que la habían dejado desnuda en la rotonda del SI, pero fueron interrumpidos por Feced al grito de "No, la Ferrari es mía". Ayer, la sobreviviente usó la ironía. "No me violaron. ¿Se lo agradezco?", dijo ante los jueces Jorge Venegas Echagüe, Beatriz Barabani de Cavallero y Otmar Paulucci.
Afirmó que durante estos años, la persiguieron los recuerdos. Que pasó muchas noches sin dormir, recordando las torturas, la picana, las quemaduras de cigarrillo. "Me ha costado muchas noches de insomnio donde uno revive muchos momentos de extremo dolor, no sólo físico, sino también de indignidad, de vejación", dijo ayer.
Después de un mes en el Servicio de Informaciones, a Ana la trasladaron a Devoto, el 15 de noviembre de 1976. "Sé que a la noche siguiente Feced vino a buscarme para matarme. No se sabe de dónde salió la orden de trasladarme a Devoto, pero Feced se puso muy furioso por mi ausencia", recordó ayer la testigo. En esa cárcel supo que le habían abierto una causa federal. La defensora oficial era Laura Cosidoy, quien desoyó sus denuncias por torturas. "Hubiera preferido no tener abogado. Le hago la denuncia de lo que habíamos pasado y por supuesto que se hizo la sorda, no tomó ninguna referencia", contó la sobreviviente. Después, volvieron a llevarla a Rosario, esta vez a la Alcaidía. El 24 de diciembre de 1978 recuperó la libertad, pero debía ir tres veces por semana al mismo lugar donde la habían torturado para "firmar una libretita". A la familia de su esposo la diezmaron, y al salir en libertad, la única forma de reconstruirse fue tomar distancia, vivir en Entre Ríos y luego en Buenos Aires.
El relato fue extenso, mencionó a muchos compañeros y compañeras de cautiverio. "Estoy acá porque creo profundamente que la justicia tiene que servir para que los jóvenes crean en un país distinto. No se puede juzgar a un ladrón. No hay manera de juzgar a nadie si estos crímenes quedan impunes", dijo la testigo, quien llevó puestos los zapatos de la abogada Delia Rodríguez Araya, quien fue fundamental en el impulso de la causa Feced, al comienzo de la democracia. "Le quiero rendir homenaje", dijo Ana. Cuando salió de la sala, demoró un rato largo en transitar el camino hasta calle Oroño. A cada instante, alguien la abrazaba, con emoción. Al terminar su testimonio y también cuando salió a la vereda, recibió una ovación.
25 de noviembre de 2010
24 de noviembre de 2010
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reconstituyen muerte de tohá


En el ex Hospital Militar. Juez Zepeda se reunirá con ex funcionarios en la pieza en que se encontró muerto al otrora ministro del Interior y de Defensa en el gobierno del presidente Salvador Allende.
Santiago, Chile. El juez Jorge Zepeda permanece en el Hospital Metropolitano de Santiago, ex Hospital Militar, desarrollando diligencias en el marco de la reconstitución de la muerte en 1974 de José Tohá, ex ministro del Interior del Presidente Salvador Allende.
El magistrado, que realiza el trámite en el marco de la reapertura del caso inicialmente declarado como suicidio, llegó al recinto de la comuna de Providencia cerca de las 09:00 horas de este miércoles acompañado de efectivos de la Policía de Investigaciones.
Se espera que Zepeda haga una revisión de la pieza en que Tohá, detenido por la dictadura luego del golpe de Estado, supuestamente se colgó desde una barra en un closet y además entreviste a los funcionarios que fueron testigos del hallazgo de su cuerpo.
24 de noviembre de 2010
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todos sabemos que la marihuana es buena


columna de lísperguer
Gobierno intensifica campaña antidrogas.
Asombra la ingenuidad de los funcionarios, o la que asumen entre ciudadanos. No hace mucho publicó The Lancet un nuevo y demoledor informe sobre drogas según el cual el alcohol es dos veces más peligroso que la heroína en términos de daños al usuario y a su entorno. Ya no necesitamos que se nos pruebe más que el alcohol es la peor droga. Ante estos resultados, el gobierno inglés dijo que seguirían como siempre, haciendo caso omiso del informe, vale decir, fomentando el consumo de alcohol y persiguiendo a las otras drogas, incluyendo las buenas. Algo similar ocurre en Chile, donde el gobierno persigue a la marihuana (que es una droga buena), fomenta el alcohol y el tabaco y tolera la cocaína que se consume preferentemente en barrios ricos donde nunca hay allanamientos colectivos. Alegra saber que muchos chilenos de todas las edades conocen la verdad y no creen en las prédicas de los funcionarios.
lísperguer

murió sergio valech


Muere el ex vicario de la Solidaridad Sergio Valech. El obispo emérito de Santiago, que también encabezó la Comisión sobre Prisión Política y Tortura, falleció a los 83 años víctima de un cáncer pulmonar.
Santiago, Chile. El ex vicario de la Vicaría de la Solidaridad hacia el fin de la dictadura militar de Augusto Pinochet, monseñor Sergio Valech Aldunate, obispo auxiliar emérito de la Arquidiócesis de Santiago, murió en la madrugada de este miércoles víctima de un cáncer pulmonar, en en la Casa Sacerdotal Santo Cura de Ars, en Santiago.
El religioso de 83 años, que falleció en la residencia en donde se encontraba en reposo desde hace varios meses, en el área de los derechos humanos también tuvo un rol destacado al encabezar la Comisión Sobre Prisión Política y Tortura, conocida también como Comisión Valech, que emitió su informe en 2004.
En la Vicaría de la Solidaridad, principal organismo de la Iglesia Católica dedicado a la defensa de los derechos humanos, asumió en el período entre 1987 y 1992, y es reconocido como haber defendido los archivos sobre víctimas de la dictadura ante el interés de agentes de ese gobierno de requisarlos antes de la salida de Pinochet.

Nacido en Santiago el 21 de octubre de 1927, Valech estudió en el Seminario de Santiago y en la Facultad de Teología de la Universidad Católica y fue ordenado sacerdote el 28 de junio de 1953 por el cardenal José María Caro.
En 1973, el Papa Pablo VI lo eligió obispo titular de Zabi y auxiliar del cardenal Raúl Silva Henríquez, arzobispo de Santiago, quien lo consagró en ese cargo el 18 de octubre en la Catedral de Santiago.
La Conferencia Episcopal de Chile indicó que a partir de las 09:00 horas, el Consejo de Vicarios de la Arquidiócesis de Santiago, presidido por el cardenal arzobispo de Santiago, Francisco Javier Errázuriz, se reunirá para ver los detalles de sus funerales.
24 de noviembre de 2010
©la nación
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