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lucha contra el olvido


La historia de Sara Rus, sobreviviente de Auschwitz y Madre de Plaza de Mayo. Su infancia en el gueto de Lodz. Auschwitz y el trabajo en una fábrica de aviones. Su entrada clandestina en una Argentina que no recibía judíos y una carta a Eva Perón. La desaparición de su hijo y la búsqueda de justicia.
[Victoria Ginzberg] La mujer levanta la vista. Tiene los ojos húmedos, enrojecidos. "Mayormente no lloro", dice. Se seca con un pañuelo de papel. Revuelve el té que acaba de servir en la mesa de su departamento de Belgrano. "Mayormente no lloro", repite Sara Rus. Tiene 83 años. Pero habla y es una nena de doce años que separan de la fila de la lechería del gueto de Lodz, donde fue con su jarrito para conseguir alimento para su hermano porque su madre está enferma y no puede amamantar. Es una nena que ve morir al bebé y no puede contener las lágrimas. Después será la joven que salvó a su mamá de las cámaras de gas de Auschwitz, la que trabajó esclava en una fábrica de aviones y la que se enamoró a pesar de todo. La mujer que llegó a la Argentina tras cruzar de forma ilegal la frontera con Paraguay, la que empezó de nuevo y fue feliz y perdió a su hijo mayor, cuando una patota de la última dictadura se lo llevó de la Comisión Nacional de Energía Atómica. Hoy es la abuela que conmueve a estudiantes en sus charlas y va al gimnasio y baila rikudim. La que cree que la vida vale la pena porque después de todo lo que vivió tiene una mesa para recibir visitas y compartir el pan con una familia que la rodea de amor. "Hago lo que hice toda mi vida, lucho por no olvidar. Para que los nazis de Alemania y los que estuvieron acá nunca más tengan la fuerza que tuvieron."

Lodz
Schejne María (Sara) Laskier de Rus nació en Lodz, Polonia, en 1927. Fue, hasta 1939, la única hija consentida de Jacobo y Carola Laskier. Su papá era sastre. Hacía trajes a medida para los señores y tapados de piel para las señoras. Sara iba a la escuela y estudiaba violín. Hasta que llegaron los nazis. "Yo no tenía noción de qué pasaba. Mi madre decía ‘si ganan los alemanes vendemos todo y nos vamos de Polonia’. Mi padre creía que iba a ser como en la Primera Guerra. Pero después teníamos que bajar de las veredas, usar la estrella de David para identificarnos. Hubo mucha discriminación que probablemente yo no entendía. Con el correr del tiempo empecé a darme cuenta. Un tío, hermano de mi madre, emigró porque un grupo de chicos polacos le dio una paliza por ser judío. Ya teníamos familia en la Argentina y se vino acá", cuenta.
Recuerda bien la primera vez que sintió en carne propia la violencia antisemita, aunque en esa oportunidad ni siquiera la tocaron: "Un día aparecieron los alemanes en casa. Cuando entran, con esa prepotencia, ven mi violín sobre la mesa. Uno pregunta ‘¿acá quién toca el violín?’. Mi madre, toda orgullosa, dice ‘mi hija está aprendiendo’. ‘Ah, ¿Te gusta el violín?’, dice y con una fuerza terrible lo revienta en la mesa".
Pronto tuvieron que dejar el departamento e instalarse en un pieza del gueto. Empezaron las "selecciones": los vecinos que se subían a un tren con la promesa de una vida mejor en otra parte. El trabajo era obligatorio. El que no trabajaba, no comía. Y el que trabajaba casi no comía. A Sara la mandaron a una fábrica de sombreros: sombreros para mujer, sombreritos para chicos y manguitos de piel para protegerse las manos en invierno. Carola estaba débil y no podía cumplir con las obligaciones impuestas por los nazis. Su hija, que tenía catorce años, se llevaba trabajo a su casa, preparaba una producción extra y la entregaba en nombre de su madre para que no le quitaran la carta de alimentación.
"Mi madre en el año ’40 tuvo un bebé, un nene. Ella estaba muy enferma. Tenía tifus, prácticamente no tenía leche para alimentar al nene. Había hospitales pero con muy pocos recursos. Yo, como una hermanita todavía chiquita, iba a la madrugada a la lechería donde repartían un poquito de leche a la gente que tenía bebés, tenían que presentar un papel. A mí no me consideraron, me ponía en la fila y me echaban, no podía conseguir... El nene vivió tres o cuatro meses y lo más terrible, que mi madre un tiempo largo no se enteró por qué mi padre y yo íbamos al hospital. Casi al año quedó otra vez embarazada, tuvo otro varoncito, que fue liquidado al nacer." Sara se quiebra. Llora. Aunque en general no lo haga.
Las lágrimas obedecen a la impotencia, a no haber podido intervenir para alejar la muerte. Lo mismo pasaría 37 años después. Frente a los SS, en cambio, sus acciones, sobre todo las más atrevidas, parecen haber salvado su vida y la de su madre.
Pero antes de que la llevaran al campo de concentración le pasó otra cosa. Le pasó Bernardo. "Porque también hay una historia de amor, también pasaban cosas como ésta, por lo menos a esta niña que está hablando", dice Sara y ahora sus ojos se iluminan.
Bernardo Rus llegó a su casa de la mano de papá Jacobo, que lo encontró un domingo en la calle y lo invitó a cenar porque era "un muchacho muy interesante y daba gusto conversar con él". Luego, la madre le reprocharía haber traído a un hombre a quien la nena miraba demasiado. Y era verdad. Se llevaban doce años pero Sara se sentía adulta: "Yo lo miré, él me miró... y empezó a venir más a menudo. Estábamos enamorados. Yo tenía una libretita en la que él me anotó que si algún día sobrevivimos, el 5 del 5 del ’45 nos vamos a encontrar en el edificio Kavanagh de Buenos Aires. El sabía que yo tenía familia en Argentina, se hablaba de eso en mi casa y él leía mucho sobre Argentina". Pero antes de esa fecha Sara y sus padres tuvieron que dejar el gueto.

Auschwitz
Habían sobrevivido a muchas "selecciones". A la madre, que era flaquita, le rellenaban la ropa y le pintaban la cara para que tuviera mejor semblante. De todas formas llegó el día en que rodearon la casa y les dijeron que llevaran lo mínimo posible. Sara eligió una mochila muy chiquita que ella misma había cosido antes de la vida en el gueto. No reparó en meter bombachas. En cambio, puso algunas fotos familiares y la libretita en la que Bernardo anotó la fecha de su reencuentro: "Yo pensaba que podía ser... algún día, pero llegó un momento que dejamos de pensar. Y empezó el viaje a Auschwitz".

¿Cómo fue?
Nos fuimos los tres, con algunos vecinos y otros que no conocíamos.

¿Ya sabían de qué se trataba?
Absolutamente no sabíamos a dónde nos llevaban. En el viaje fuimos apretujados, sucios. Ponían un balde para hacer las necesidades. Se viajaba en un tren de animales. Se veía que la gente se caía de hambre.

¿Cuánto duró?
Nunca supe. Perdí la noción del tiempo. Llegamos a Auschwitz. Nos llevaron a Birkenau, a una plaza enorme y empezó la selección. A los hombres directamente los sacaron. Nunca más vi a mi padre. Te dabas cuenta quién iba a un lado y quién a otro por cómo estaban físicamente. Mi madre estaba a la miseria, pero era una mujer muy bonita y todavía muy joven. Pero me la llevaron. La pusieron de un lado y a mí del otro. En mi casa hablábamos alemán y cuando veo que me encuentro sin mi madre... me atreví a acercarme a un SS con un rebenque que estaba en el medio de la plaza. La gente me miraba. Pensaba que me iban a matar. El me mira y me dice ‘cómo te atrevés a acercarte’. Le dije en alemán ‘¿por qué me sacaste a mi madre?’. Si hoy pienso lo que hice... Me mira y me dice ‘¿de dónde hablás alemán?’. Le dije que en mi casa se hablaba. Me preguntó ‘¿cuál es tu madre?’ y me dijo: ‘Andá a buscarla’. La primera salvada. Desde ese entonces mi madre estaba siempre conmigo. Sobrevivió a la guerra conmigo. Pero pasamos momentos muy duros.

Las mandaron a los baños, les cortaron el pelo, les dieron ropa que no les quedaba y las llevaron a una barraca donde se amontonaron en el piso de cemento. No tenían que hacer nada, excepto salir y formar para que las contaran. Todos los días sacaban algunas mujeres de la fila. Mujeres que no volvían. A diferencia de la mayoría de los prisioneros, no las marcaron con un número. "Llegamos en el ’44, estábamos destinadas a ir al gas." Pero no fueron. Las seleccionaron para trabajar en una fábrica.

Alemania, Austria
Después de dos meses en Auschwitz, se subieron otra vez a los trenes para viajar como animales que van al matadero. Las ubicaron en una fábrica de aviones en Alemania. Sara tenía que remachar las chapas de las alas con una pistola de aire comprimido que casi no podía sostener. "Siempre decíamos, ningún avión de acá se va a levantar", recuerda. En un turno nocturno, no vio los rieles que estaban en el piso y se cayó para atrás. Casi se corta en dos. En la enfermería, una rusa la trató como a una enemiga de guerra.
"Había que trabajar todos los días. Pero yo no podía levantarme de la cama. Apareció un alemán que me dijo: ‘qué bien que te lo hiciste, vos pensaste que no vas a trabajar, que vas a estar acá descansando’. Yo era un poco atrevida, o no me importaba más nada. Se ve que no pensé o no me interesó. Era bastante rebelde, parece. Le dije en alemán: ‘¿qué me dijiste, que me hice esto a propósito? Sí, señor, me lo hice a propósito para quedarme acá, pero no me imaginaba que iba a perder tanta sangre’. Mi mamá empezó a gritar ‘no le hagas caso, está loca, no sabe lo que dice’. Las chicas que estaban en la habitación se quedaron mudas de miedo. pensaban que nos iban a matar a todas por mi culpa. Un rato después aparece una alemana, una SS, y me dice ‘tenés suerte, el jefe dijo que te mandemos algo de comer’. No podía creerlo", relata.

Todas las veces que se rebeló le fue bien.
Una vez, en una charla que di, un abogado explicó que pude sobrevivir porque, para los alemanes, mientras vos no te rebelás, no les contestás, no sos nadie, nada. Se ve que los impacta que alguien se les anime a contradecirlos y enfrentarlos. Igual, mi descanso no duró mucho.

Después del accidente la mandaron a trabajar a la cocina como pelapapas. A veces podía comerse una papa cruda y también traficaba en el forro de un tapadito cáscaras y pedazos de papas para sus compañeras. "Uno no se puede dar idea de lo que puede significar una papa o la cáscara de una papa. Es el alimento más importante que uno puede imaginarse", dice. Y sabe.
Los aliados estaban cerca, así que otra vez subieron a los trenes. Esta vez rumbo al campo de concentración de Mauthausen, en Austria, donde finalmente fueron liberadas: "El mismo día que llegamos la Cruz Roja ocupó el campo. Y dejaron de matar. Los alemanes se estaban empezando a organizar para retirarse y todavía tenían ese descaro de decirnos si queríamos ir con ellos porque venían los americanos. Fuimos liberados el 5 del 5 del ‘45. Este día yo fui liberada. Esta fecha quedó en mi mente pero yo no sabía nada de Bernardo y él no sabía nada de mí".
En Mauthausen Sara recibió una carta. Bernardo la estaba buscando. Y ella fue a verlo. No fue en el Kavanagh, pero no importó. Se casaron y buscaron trabajo. Sara se incorporó a una compañía de teatro. Empezaba a reponerse pero un médico le dijo que debido al accidente que había sufrido en la fábrica no iba a poder tener hijos. "Mi esposo estaba totalmente resignado, basta que me tenía a mí, que nos habíamos podido reencontrar y estar juntos. Para mí, fue un golpe terrible."

Argentina, vía Paraguay
En Buenos Aires, el tío de Sara estaba dispuesto a recibirla junto a su madre y su esposo. Pero el gobierno de Juan Domingo Perón no le abría las puertas a los judíos. Después de un viaje en avión accidentado, en el que se incendió una turbina y algunos religiosos querían también prender velas porque era viernes, llegaron a Paraguay.
"Oficialmente no podíamos entrar a la Argentina –relata–; teníamos que pasar ilegalmente con un barquito, juntar un poco de plata para dar a una persona que nos cruce la frontera. Eramos diez. Nadie hablaba una palabra de castellano. Nos llevaron a Clorinda. Y el tipo se mandó a mudar. Nos dejó solos, de noche, con lluvia. Hasta que vino un policía a caballo con un rifle. Sentó a mi madre arriba del caballo y a mí me dio el rifle. Nos llevó a su casa a los diez, con su mujer y no sé cuántos chicos y nos dieron de comer. Pero al otro día nos llevaron en micros a Formosa y nos metieron en la cárcel. Pero era una cárcel... qué querés que te diga, los muchachos, los vigilantes nos tenían tanta lástima. Había más de cien personas. A algunos los llevaron después a casas particulares y a nosotros al templo. ¿Pero cómo se hace para ir a Buenos Aires? Nos decían que nos iban a mandar de vuelta a Paraguay. Mi esposo era un hombre muy inteligente. Ya sabíamos que existía Eva Perón, que ella hacía mucho por la gente. El se atrevió a mandar una carta en polaco a Eva Perón. Le contaba nuestra historia. Se ve que le llegó, la hizo traducir y mandó a decir que no nos asustemos y que nos iban a mandar pases para ir a Buenos Aires. Efectivamente después de un tiempo nos mandaron los pases a todos los que estábamos allá. Y nos vinimos a Buenos Aires."
Había que empezar de cero. Bernardo se inició en el oficio de anudador textil y, asegura su mujer, llegó a ser el mejor de Villa Lynch. Sara no se resignó a la idea de no tener hijos y fue a ver a un médico que para su sorpresa le dijo que no tenía nada, sólo un cuerpo que había sufrido mucho y necesitaba reponerse. Daniel nació el 24 de julio de 1950. Y cinco años después llegó Natalia: "El de Daniel fue un embarazo complicado porque era un cuerpo complicado. Pero resistí. Era un chico hermoso y desde chiquito fue brillante en todo: en el colegio, se recibió de lo que él quería, fue físico nuclear.... Hasta el año ’76 lo tenía yo".
Sara dice que Daniel no militaba, pero que seguramente era peronista. Que ella no sabía nada porque su única preocupación era rehacerse. "Recién empezábamos a vivir", apunta.
El 15 de julio de 1977, a las dos y media de la tarde, Daniel Rus fue secuestrado en la puerta de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), donde trabajaba. Otros veinte físicos empleados de ese organismo fueron detenidos ilegalmente durante la última dictadura. A Daniel lo subieron a una camioneta. Esa fue la última vez que alguien lo vio. No hay testimonios que lo ubiquen en algún centro clandestino de detención, aunque su madre sospecha que estuvo en la Escuela de Mecánica de la Armada, ubicada en la vereda de enfrente de la CNEA.
Cuando Daniel no llegó a casa, Sara y Bernardo pensaron que había tenido un accidente. Recorrieron comisarías y hospitales, hasta que fueron a la CNEA y se enteraron de que estaba desaparecido. "Ahí empecé yo a luchar – dice Sara, como si su vida anterior quedara reducida ante la pérdida de su hijo–. Fui al Ministerio del Interior, presentamos hábeas corpus, mi esposo escribió cartas a todo el mundo, el Papa incluido, y me incorporé a las Madres de Plaza de Mayo y empecé a dar vueltas a la plaza. Antes había entrado a una agrupación de sobrevivientes de la guerra. Lo más triste fue que cuando desapareció Daniel esa gente, hasta los mismos sobrevivientes, empezaron a alejarse de nosotros por el miedo que había en el país. Una chica que también fue secuestrada, hermana de un muy amigo de Daniel que está desaparecido, nos contó que en la sala de torturas había esvásticas. Estaba claro que acá habían aprendido una buena lección de los nazis... A mí me parecía que era imposible perder a este hijo. Un día subí a la terraza de mi casa y grité tan fuerte, llamándolo, pensando que él en algún lado podía estar escuchando. El siempre decía ‘vos sos tan fuerte mamá’. Y yo no pude hacer nada por él." Sara llora. Es otra vez la impotencia.

Lo buscó, reclamó a las autoridades, a la Justicia, se unió a las Madres...
Es verdad, pero me imagino que eso es lo que él pensó. No sé de qué manera lo mataron, cómo lo hicieron sufrir. Mi madre vivió hasta los noventa años conmigo, pero en el momento en que me llevaron a mi hijo dejó casi de hablar. No le interesó más la vida. Murió con su dolor y no pudo ver todavía bisnietas, lo que yo estoy deseando.

¿Y qué pasó con su esposo?
En el ’77 dijo que estaba esperando que venga la democracia, que en algún momento vamos a tener que pasar a estos asesinos. Y en el ’83 dijo: ‘si mi hijo en seis meses no vuelve, yo ya no tengo nada que hacer’. Vino la democracia, pasaron seis meses, mi esposo se enfermó de un tumor y falleció el 2 de mayo de 1984.

"¿Sabés lo que todos me preguntan –se adelanta Sara–, de dónde saco mis fuerzas? Yo lucho por no olvidar. Lucho por la memoria. Para que jamás los nazis de Alemania y los que estuvieron acá tengan la fuerza que han tenido. La memoria es lo más importante, porque si no se tiene memoria las cosas vuelven a pasar. La fuerza sale de que gracias a Dios tengo una familia, una hija, un yerno, dos nietas, las Madres de Plaza de Mayo, los amigos que hice y que me quieren... Mi madre me decía, cuando estábamos en Alemania, ‘vas a ver que todavía vamos a tener un pan sobre la mesa’ y yo le contestaba ‘¿en qué mesa?’. Yo digo que la vida es linda porque si pasó todo eso y tengo una mesa y puedo recibir visitas, puedo servir y estar rodeada de amor... qué más se puede pretender. La vida es hermosa, si uno no quiere vivir es fácil morirse." Y apunta: "Yo tengo mis recuerdos bien adentro. Si todavía puedo pensar, puedo contar, y mientras pueda contar, lo voy a seguir haciendo".
22 de agosto de 2010
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qué pasó con ricardo


La familia ahora sabe qué pasó con Ricardo, asesinado por la dictadura en Corrientes y La Paz. Era un miembro de la UES, tenía 19 años cuando fue acribillado junto a Lalo Rossi mientras realizaban una pintada en Rosario. A través de Facebook, la tarea del Colectivo de ex presos y la fiscal Colalongo, se conocen los detalles.
[José Maggi] Argentina. La perseverancia de una familia, el contacto a través de una red social con otro familiar que buscaba a un desaparecido, la recopilación de testimonios en un libro sobre terrorismo de estado y el trabajo de una fiscalía federal se conjugaron para lograr la identificación de un militante caído durante la última dictadura. También se sumó el rescate de la memoria que realiza el Colectivo de ex presos políticos a través de sus murales. Se trata de Ricardo Amarilla, cuyo nombre ya había sido inscripto hace cuatro años en un paredón (hoy demolido por un edificio) en la misma esquina en la que cayó herido junto a otro militante, Lalo Rossi, chaqueño como él. Sin embargo la familia Amarilla recién se entero el último viernes del destino de Ricardo. El viernes la fiscal federal Mabel Colalongo recibió a su hermana Graciela y presentó ante el juez Marcelo Bailaque el requerimiento de instrucción y solicito distintas medidas probatorias para concretarlo.
La fiscal explicó que "este era un grupo de la UES (Unión de Estudiantes Secundarios que estaban efectuando una pintada el 7 de setiembre de 1976 en la esquina de La Paz y Corrientes. Esta es la dirección que surge de uno los partes de inteligencia del famoso Archivo Intermedio, que muchos de los que lo tenían en custodia decían que no servía absolutamente para nada en los casos de violaciones a derechos humanos. Sin embargo cuanto más pasa el tiempo y más avanzamos en las causas, nos damos cuenta cuánto sirve la información que contiene para ratificar o asociar datos que después permiten llegar a identificar a determinadas víctimas que hasta ahora seguían tal como querían los que implementaron el plan de terror, que era que se mantengan como NN.
"Más allá que el informe no contiene el nombre de las víctimas nos permitió confirmar que existió en esa esquina y en esa fecha un operativo, y que allí hubo dos víctimas NN masculinas. A partir de esta información, cruzando datos formal e informalmente, como se debe hacer en estos casos que es la única manera de ir consiguiendo reconstruir la verdad, se determina que una de las víctimas de ese lugar en Ricardo Alfredo Amarilla, quien tenía 19 años".
"En estos casos se dan casualidades que en definitiva no son tantas, hubo familiares de víctimas que buscando a otros desaparecidos establecieron contactos en la red social Facebook, y se conectaron con familiares de Amarilla y acercaron esta información a esta fiscalía, y formalmente pudimos corroborar que Ricardo estaba en Rosario, y terminamos de cerrar el cuadro. Al tener esta información decido hacer la denuncia de oficio ante el juez Bailaque, para comenzar a investigar ya formalmente en un expediente los hechos.
"Esperamos que en este caso al juez entienda el contexto en el que ocurrieron los hechos, que tiene a consideración en su juzgado y no nos obligue a demostrarle además con huellas dactilares, que Amarilla estaba en ese lugar ese día. Esto lo digo por la falta de mérito que acaba de dictar al ex teniente coronel Rubén Cervera en el caso del Batallón de Arsenales de Fray Luis Beltrán".
Graciela Amarilla estuvo el viernes en la fiscalía federal de Colalongo y pudo haber cuál había sido el destino de su hermano. "Cada vez que intentamos averiguar qué pasó con él llegamos hasta un punto en el que la información se cortaba y no podíamos saber más. Pero ahora que se abrieron estos archivos y que comenzaron los juicios en Rosario, volvimos a investigar dónde estaba mi hermano. Somos su familia, lo queremos y lo buscamos desde hace 34 años.
La historia de la familia Amarilla es muy dura. "Somos una familia muy castigada por la dictadura: mi hermano, mi primer marido, mi tío, el Negro Amarilla, y otros familiares están desaparecidos. Junto a los Molfino en el Chaco, tenemos muchos desaparecidos en ambas familias, unidos pro al casamiento de Marcela Molfino y Guillermo Amarilla. Sin embargo en la familia también otra historia la de Martín Amarilla, hijos de Marcela Molfino y Guillermo Amarilla, el Negro. "No sabíamos que existía porque tampoco supimos del embarazo de Marcela". El joven tiene poco más de treinta años y fue el nieto recuperado número 98.
El abuelo Amarilla era un viejo peronista, sus hijos militaban en al JP y Ricardo en la Unión de Estudiantes Secundarios. "Ricardo llega a Rosario porque toda nuestra familia se tuvo que ir de Resistencia como fuera, por la persecución y la represión,. Ricardo se vino a Rosario para cuidar su vida". explicó Graciela quien pudo rearmar en parte el rompecabezas de la vida de su hermano en esta ciudad. "No estuvo mucho tiempo aquí, donde conoció gente de la UES primero, y vivió en un hotel para después ir a la casa de un familiar en Villa Gobernador Gálvez y finalmente caerá en la pintada. Todavía no se como fue el desenlace porque allí cae herido y quien iba con otro chico del Chaco ‘Lalo’ Rossi, a quien matan".
Juan Carlos Amarilla, tío de Ricardo, hizo al denuncia en su momento ante la justicia y declaró ante un juez pero nunca se avanzó seriamente en la causa.
El último viernes, en un charla más distendida, Graciela Amarilla, revelo detalles de la vida de su primo recuperado como el nieto 98, e hizo un parangón con la suerte de haber podido conocer una parte del final de su hermano Ricardo en Rosario.
"Martín no sabía que era hijo de desaparecidos, pero siempre quiso ir a vivir a Padua, un pueblito de la provincia de Buenos Aires. También le gustaba tocar la guitarra, y sobre todo el bandoneón. Resulta que en Padua habían sido secuestrados sus padres, que a Guillermo le gustaba tocar la guitarra, y a su madre el bandoneón".
Parte de todos estos detalles que no resisten el análisis racional, se conjugaron en las últimas semanas para que se unieran todos lo puntos señalados al inicio de esta nota y permitieran saber a los Amarilla el destino de uno más de sus desaparecidos.

El Mural
El mural con la pintada que ilustra la portada de este diario fue realizada el 7 de setiembre de 2006 en Corrientes y La Paz. Allí podía leerse (hasta que una constructora decidió derribarlo) "Murieron para que la patria viva". Es la recopilación histórica el Colectivo de ex presos políticos que pintó el mural -entre ellos Hugo Papalardo, Carlos Arroyo y Horacio Dalmónego- señalaban que "el 7 de setiembre de 1976 cuatro militantes de la Juventud Peronista realizaban una pintada en esa esquina, en plena dictadura, son acribillados desde un vehículo muriendo en el lugar Julio César Rossi, el Lalo, militante montonero responsable de la UES (Unión de Estudiantes Secundarios) y Ricardo Amarilla ’El Negro’, de la UES, es herido y llevado detenido. Permanece aún desaparecido".
22 de agosto de 2010
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hijos que buscan justicia


Nueva marcha en Rafaela a cinco meses del asesinato de Silvia Suppo. Los familiares de Silvia, que fue testigo clave en juicios por terrorismo de estado en Santa Fe, se volvieron a movilizar para reclamar "una investigación judicial convincente y profunda que no descarte ninguna hipótesis".
[Juan Carlos Tizziani] Santa Fe, Argentina. A casi cinco meses del asesinato de Silvia Suppo, una marcha encabezada por sus hijos Andrés y Marina Destéfani reclamó ayer "una investigación judicial convincente y profunda que no descarte ninguna hipótesis". El punto de encuentro fue la recova Ripamonti, frente a la plaza central de Rafaela, donde las dudas de la familia de Silvia se plasmaron en un documento que cuestiona el sesgo de la causa, al juez que la tramita, Alejandro Mognaschi (Instrucción 2ª) y a la fiscal Cristina Fortunato. La prueba clave es la confesión de los dos limpiacoches que se adjudicaron la autoría del hecho, Rodrigo Sosa de 19 años y su primo, Rodolfo Cóceres, de 22, a quienes Mognaschi procesó por "homicidio calificado". Pero los hijos de Suppo consideran que la pesquisa está en mora sobre otras cuestiones: por ejemplo, que a cinco meses aún no fue localizado el chofer de un remís que trasladó a los dos imputados minutos después del crimen, desde las cercanías del negocio donde mataron a Silvia hasta la casa de uno de ellos o la listas de llamadas entrantes y salientes del teléfono celular de la víctima, que el primo de Sosa confesó haberse llevado.
La movilización fue convocada a las 15.30 por el espacio Verdad y Justicia por Silvia Suppo hasta la recova Ripamonti, donde se leyó el documento y siguió un recital de músicos rafaelinos. "Lo que reclamamos es lo mismo desde que mataron a mi madre: una investigación convincente y profunda, que no descarte ninguna hipótesis", dijo Andrés Destéfani a Rosario/12. Suppo era un testigo clave en causas por delitos de lesa humanidad, su relato estremeció al Tribunal Oral de Santa Fe que condenó al ex juez Víctor Brusa y compañía.
El crimen fue el 29 de marzo. Desde entonces, sus hijos Andrés y Marina Destéfani tienen las mismas dudas: si mataron a su madre para robarle o para callarla. Una sospecha que se abona en varios hechos: la fecha del ataque y su cercanía con el 24 de marzo, el día de la memoria por el golpe de 1976. La ausencia de lesiones defensivas en el cuerpo de Silvia como reveló la primera autopsia y confirmaría la segunda que se realizó en Rosario, lo que contradice la confesión de los imputados. Y "el ensañamiento que no se corresponde con un homicidio en ocasión de robo", dijo Andrés. "Nos resulta muy difícil entender que uno de los implicados (Rodrigo Sosa), que trabajaba en la esquina de mi casa y del local y que era conocido, haya tomado la decisión de robar a cara descubierta. Era muy probable que mi mamá lo reconociera y él sabía que lo iba a reconocer, por eso deducimos que la intención era matarla y no que la mataron porque los reconoció (como afirmó uno de los supuestos asesinos). Incluso, lo primero que hicieron fue matarla y después el robo".

- El remisero. Cóceres confesó que después del crimen salieron caminando del local de venta de cueros que atendía Silvia Suppo. "Hicimos una cuadra y doblamos dos, hasta la remisería", donde un chofer los trasladó hasta la casa de Sosa, aunque se bajaron antes de llegar. Andrés Destéfani dijo que la Policía no buscó a ese remisero para que declare en la causa y tampoco lo hicieron el juez ni la fiscal. "En el expediente no hay ninguna medida dispuesta para ubicar a ese chofer y no creo que sea imposible hacerlo en una ciudad como Rafaela, donde no hay muchas empresas de remises. El testimonio que puede brindar nos parece importante para reconstruir los momentos previos y posteriores al crimen, puede agregar elementos que sean válidos, pero hasta ahora no lo buscaron", agregó. En la causa ya declaró otro remisero, Rodolfo Zapatero, que trasladó a Sosa y a Cóceres, a la tarde, varias horas después del crimen, desde la casa del primero hasta la Terminal de Rafaela, para viajar a Santa Fe.

- Las llamadas. "A cinco meses, todavía no tenemos la lista de las llamadas entrantes y salientes del teléfono celular de mi madre", dijo Andrés. "Eso es importantísimo, creemos que debería estar porque podrían surgir elementos", afirmó. Cóceres confesó que el teléfono celular de Silvia "marca Samsung de color negro con tapita, estaba arriba del mostrador" del negocio y que ellos se lo llevaron. La esposa de Cóceres tambien admitió que su marido le dejó un teléfono de la misma marca, pero que no tenía chip. Ella compró uno y lo activó. "Cuando encendí el teléfono en la pantalla decía: "Hola, Silvia" y además había registro en la agenda como "pelado", "hija" "abuela y otros que no me acuerdo, pero yo los borré a todos", afirmó la mujer. A pedido de la querella, el juez Mognaschi ya dispuso el cruzamiento de las llamadas de los teléfonos celulares y fijos, de los detenidos y la familia Suppo y ordenó que fuera Gendarmería la que haga el análisis y que releve los casettes con las llamadas al mismo teléfono fijo que está intervenido.

- Dos veces víctimas. "Nos sentimos revictimizados por el juez y la fiscal", dijo Andrés Destéfani. Y recordó que en su declaración en Tribunales, "nos hicieron preguntas que no tienen nada que ver con el esclarecimiento del hecho y que no aportan nada a la investigación. En primer lugar, nos preguntaron si teníamos interés en elevar la causa a la justicia federal. Nosotros no entendemos a qué apuntaba esa pregunta. La competencia judicial no es una cuestión que resuelvan los querellantes sino que responde a causales objetivas", señaló.
22 de agosto de 2010
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hijos que recuerdan a sus padres


Dos nuevos querellantes en tribunales federales.
Argentina. Ayer el equipo jurídico de HIJOS presentó dos nuevos querellantes en los tribunales federales de Rosario, donde se llevan adelante diferentes causas contra responsables del terrorismo de estado en la región. Se trata de los casos de Bárbara Peters Tosi, que solicitará que se investigue el caso del asesinato de su madre, Clotilde Rosa Tosi. Y el de Iván Fina, que reclama por su madre desaparecida, Isabel Angela Carlucci y por su padre asesinado, Víctor Hugo Fina.
Fina se constituyó como querellantes en la causa "Díaz Bessone, Ramón Genaro s/ privación ilegal de la libertad y homicidio (víctimas: Isabel Carlucci y otras)", mientras que Peters Tosi lo hará en "Feced, Agustín y ots. s/ Homicidio, violación y torturas". Ambos son patrocinados por el equipo jurídico de HIJOS Rosario.
Bárbara relata cómo el 2 de enero de 1977, a las 17.30 irrumpen en el domicilio de barrio Gráfico de Rosario integrantes de fuerzas represivas. "En esta casa -relató Bárbara- estaban presentes Leonardo Bettanin y su mujer María Inés Luchetti quien estaba embarazada , junto a sus dos hijas Mariana y Carolina, de 3 y 1 año y medio respectivamente. Además estaban la pareja compuesta por Jaime Colmenares y Cristina Bettanin -hermana de Leonardo-; Elba de Bettanin, madre de Leonardo y Cristina; Roque Maggio junto a su pareja Clotilde Rosa Tosi, mi madre, la hija de ambos Paula Maggio de 2 años, y yo, de 11 meses".
Al arribar el grupo represivo, compuesto por unas 20 personas, la mayoría de los que se encontraban en el domicilio estaban durmiendo la siesta. Algunos de los miembros de las fuerzas represivas que atacaron la casa, entraron trepando por los techos de las viviendas vecinas. Colmenares fue retenido por quienes estaban en el exterior, quienes comenzaron a disparar. El resto de los que aún permanecían en el interior dejaron la casa llevando a los niños y pidiendo a los gritos que cese el fuego.
"Sin embargo, los miembros del grupo represivo nos arrinconaron a María Inés Luchetti, a su madre Elba Juana y a todos los niños contra una pared. Los disparos continuaron y producto de los mismos fueron fusilados a Cristina y Leonardo Bettanin", señala Bárbara. En esa masacre, resultaron muertos Cristina y Leonardo Bettanin, Maggio, y la madre de Bárbara.
Iván Fina señala que su madre desparecida, Isabel Carlucci, fue secuestrada el 10 de agosto de 1976 cuando se encontraba en Capitán Bermúdez. Estaba embarazada de siete meses. "El mismo día de su secuestro mi padre fue asesinado por fuerzas conjuntas en Valparaíso 2017" de Rosario, relató Iván.
21 de agosto de 2010
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entierros clandestinos y desapariciones


Testimonios en el juicio oral por la masacre de Margarita Belén. Una empleada del cementerio de Resistencia relató cómo, en la madrugada del 15 de diciembre de 1976, sepultaron diez cuerpos sin identificar. Dijo que recibieron presiones y que una compañera suya desapareció después.
[Marcos Salomón] Argentina. Una empleada municipal llamada Norma Godoy de Arias reveló en el juicio por la masacre de Margarita Belén, en el Chaco, que una compañera suya que trabajaba en el cementerio de Resistencia y su esposo permanecen desaparecidos desde poco tiempo después de que las víctimas de la masacre fueran enterradas a la madrugada en ese lugar.
La declaración se produjo en este contexto: en principio, la mujer estaba visiblemente nerviosa, pero a la vez clara cada vez que tenía que responder preguntas. Relató que el 15 de diciembre de 1976 tuvo que asentar en los libros que diez cuerpos fueron enterrados en horas de la madrugada. "No es común, siempre los servicios son en el horario de atención que comienza después de las 6. Lo hicieron a la madrugada. Lo obligaron al capataz Centurión (fallecido) a cavar", narró. Fue el mismo Centurión el que confeccionó los papeles de donde Godoy copió lo que iba asentado en los libros, con varios NN. El mismo capataz le contó a Norma que enterraron cuerpos en bolsas y en cajones cerrados. "A los que estaban en bolsas, los enterraron así nomás, no tenían ni una cruz para identificarlos", contó la mujer, que de todas maneras aclaró que a las administrativas –como su caso– no las dejaban acercarse a esa parte del San Francisco Solano.
Lo que vino después fue un calvario: "Estábamos bajo amenazas de militares. Vos nos digas nada porque vas a tener problemas o te va a pasar como a ellos, me dijo Centurión", relató. Según Norma, los trabajadores eran perseguidos hasta sus domicilios y llegaron a colocar en la administración del cementerio a un militar: ‘El Negro’ Juárez, quien controlaba todo el movimiento.
El cuadro se completó con la desaparición de su compañera Carmen ‘Pelusa’ Ferreira. Con esa presión, Godoy renunció como administrativa del cementerio en 1981, para ser reincorporada a la comuna de Resistencia hace cinco años. Antes de renunciar, "se entregaron cuerpos a los familiares, o nosotros suponíamos que lo eran. Muchos otros siguen ahí" en el cementerio, finalizó.
Abrieron la ronda de testigos del jueves los ex presos políticos Julio Coscio y Jorge ‘Mencho’ Campos, ambos militantes de la JP Regional 4ª y con similares lecturas de la masacre de Margarita Belén: se aplicó la ley de fugas, ante un supuesto enfrentamiento imposible de que se produjera.
La declaración de Coscio, acompañada por una barra formoseña, molestó en varias oportunidades a los imputados, pero, principalmente a sus familiares. Las esposas de Aldo Martínez Segón y Horacio Losito, sentadas juntas en algunos momentos, realizaban exclamaciones.
Mencho, que nerviosamente se frotaba la mano en la pierna izquierda, contó: "Entre los imputados está sentado Aldo Martínez Segón, que fue mi abogado defensor cuando en 1979 me sometieron a Consejo de Guerra".
Primera reacción: sorpresa. Acto seguido: risas –público, abogados, jueces y hasta los imputados– ante la ironía del destino. El diminuto (físicamente) Martínez Segón, incómodo, trataba de ocultarse en segunda fila, tras la inmensa humanidad de Luis Alberto Patetta, otro de los imputados.
Campos recordó que en 1979, tras recobrar por unos días la libertad, fue nuevamente detenido y sometido a Consejo de Guerra en el Regimiento de La Liguaria. Recién recuperó su libertad en 1983, ya con Raúl Alfonsín como presidente.
21 de agosto de 2010
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ruta de los castaño por los llanos


Varios desmovilizados contaron cómo paramilitares al mando de los hermanos Castaño se tomaron la región en 1997, relataron sus crímenes y señalaron algunos de los cómplices que facilitaron su llegada a los Llanos Orientales.
Colombia. En pocos sitios del país como los Llanos Orientales se hizo tan claro el proyecto de Carlos y Vicente Castaño para invadir regiones donde no tenían presencia, bajo la excusa de combatir a las guerrillas, pero en incursiones en las que asesinaron a cientos de civiles inocentes.
Algunos de esos paramilitares que participaron en este recorrido relataron en versión libre que contaron con la ayuda de las Convivir locales con lo que consiguieron que los Llanos pasaran ser controlados por las Autodefensas Unidas de Colombia.
Los paramilitares llevaron a 90 hombres en avión desde Urabá, con la complicidad de algunos miembros de la fuerza pública, y en esa incursión dejaron más de 100 muertos.
El propósito de los Castaño era expandirse para apropiarse de zonas de cultivos de coca, así como de rutas para el tráfico por el río Meta y la frontera con Venezuela.
En versión libre conjunta Elkin Casaerubia, alias ‘El Cura’, Dúmar de Jesús Guerrero, alias ‘Carecuchillo’, Manuel de Jesus Pirabán, alias ‘Pirata’ y Daniel Rendón Herrera, alias ‘Don Mario’, contaron paso a paso cómo los Urabeños, los hombres de los Castaño, exportaron su modelo a Meta, Casanare y Guaviare: masacres, descuartizamientos, desapariciones y complicidad con algunos miembros del Ejército y la Policía.

Los Aviones de Urabá
‘Carecuchillo’, que vivió hasta 1989 en la región de Mapiripán, Meta, fue escogido como guía por las autodefensas locales y alias ‘Raúl’, el hombre que los Castaño enviaron a los Llanos para coordinar la incursión.
Según relataron en versión libre estos paramilitares, a principios de 1997, pocos meses antes de la masacre de Mapiripán, ‘Carecuchillo’ se fue a Urabá, pasando en bus por Bogotá, Medellín y Montería. Después de dos semanas de entrenamiento en la finca Las Tangas, donde conoció a Vicente Castaño y a Carlos García, alias ‘Rodrigo Doble Cero’, integró un grupo conformado por hombres de la región.
En la finca La 15, entre San Pedro de Urabá y Valencia, Córdoba, los guías llaneros se reunieron con los Castaño, Elkin Casarubia, alias ‘El Cura’, Byron Jiménez, alias ‘El Gordo Pepe’, Héctor Buitrago, alias ‘Martín Llanos’, alias ‘Raúl’, Carlos García, alias ‘Rodrigo Doble Cero’ y alias ‘Cepillo Negro’, para coordinar todos los detalles de cómo iban a invadir la región.
"Ahí quedó definido que iban 80 hombres de los Castaño en avión directo a los Llanos", dijo en la versión libre ‘Carecuchillo’, quién tiene una condena a 40 años de cárcel por la masacre de Mapiripán. Añadió: "Cuadramos lo de las frecuencias de radio, la llegada a San José del Guaviare, las voladores (lanchas) para llegar a Caño Jabón (Meta), que era el objetivo primordial".
Según ‘El Cura’, "Vicente (Castaño) nos dijo que la ambición era llegar a Caño Jabón, porque gente pidió autodefensas en el Meta. Ahí fue que nos dijeron que nos íbamos a ver con los Carranza y los Buitrago".
’El Cura’, segundo al mando de los Urabeños en el Meta, y ‘Carecuchillo’ contaron que 87 paramilitares se concentraron en una finca en El Guineo en Urabá donde abordaron "uniformados, con el equipo, las armas, listos para el combate" varios camiones para Necoclí, Antioquia.
La caravana de camiones, y de camionetas que los escoltaban, llegó sin problemas al aeropuerto de Necoclí, donde los ‘paras’ se cambiaron y dejaron sus equipos en bolsos. ‘Carecuchillo’ recordó que "todo se metió en un costal, cada uno iba marcado con la chapa de cada uno de los muchachos". Un DC 3, un avión de transporte, embarcó las armas, los uniformes y los pertrechos de los paramilitares.
Los 87 hombres siguieron hacia Apartadó en buses de una empresa bananera. ‘El Cura’ relató que en ningún momento los detuvo algún retén de la fuerza pública, ya que "todo estaba coordinado con la Policía y el Ejército. A mí me informaron porque era uno de los comandantes".
En la pista del aeropuerto de Apartadó,  un Antonov 32 los esperaba. En el aeródromo de Apartadó hay un puesto de Policía, pero según ‘El Cura’, ahí tampoco tuvieron problemas. El Antonov, un avión de transporte militar ucraniano, llegó a las dos de la tarde a San José del Guaviare.
En la capital del Guaviare, los dos aviones desembarcaron su carga y los paramilitares sin obstáculos. El aeropuerto era uno de los más custodiados del país porque colindaba con una base Antinarcóticos de la Policía y del Ejército. Según  ‘El Cura’, en San José "había Policía y Ejército, desde el avión se vio la Fuerza Pública, era un avión grande de carga".
Según el paramilitar se encontraron con alias ’René’ delante de varios miembros del Ejército y Policía y allí encaminaron en un camión por una ‘trocha ganadera’, una carretera de tierra al límite de Meta y Guaviare. Otros paramilitares emprendieron el camino a Mapiripán en lanchas ‘voladoras’ por el río Guaviare.
El recorrido de casi 90 hombres pasó desapercibido para las autoridades y circularon sin ningún problema por los 50 kilómetros que separan San José de Mapiripán, pues según ‘El Cura’, "’René’ le dijo a la tropa que íbamos para allá (a Mapiripán)".

La Masacre de Mapiripán
A las cinco de la mañana del 15 de julio de 1997, los 87 ‘paras’ de Urabá llegaron a Mapiripán. Después de rodear el pequeño municipio, ocuparon la alcaldía, el aeropuerto y el puerto fluvial. ‘El Cura’ recordó: "Llegamos y nos presentamos como Ejército. Después hicimos grafitis en el pueblo y la gente se empezó a asustar".
‘El Cura’ dijo que con una lista, hecha por los Buitrago, seleccionaron a sus primeras víctimas. Se llevaron a varias personas al matadero municipal donde las descuartizaron. Muchos desaparecieron en el río Guaviare. ‘Carecuchillo’ contó que también asesinaron a gente que no estaba en la lista "por desorden de la tropa".
Los ‘paras’ estuvieron cinco días en Mapiripán, donde masacraron, sin ninguna intervención de la fuerza pública, a 60 campesinos. Los habitantes trataron de llamar al Ejército, pero el auxilio llegó tarde. "Hablamos con un capitán del Ejército que iba a venir (a Mapiripán). Teníamos una frecuencia de radio y ya todo estaba coordinado con el Ejército", señaló ‘El Cura’ en la versión libre.
Cuando los soldados se estaban acercando a Mapiripán, el 20 de julio, se comunicaron con los ‘paras’ para evitar cualquier encuentro. ‘El Cura’ recordó que la tropa estaba a menos de 10 kilómetros, ya que habló con un capitán del Ejército con una radio punto a punto que tiene poca cobertura.
"Yo hablé con un capitán del Ejército, y cuadramos que ellos ya estaban ahí, y que ya nos íbamos para afuera", dijo ‘El Cura’.

El Combate de la Cooperativa
Después de la masacre de Mapiripán, los Urabeños al mando de ‘El Cura’ y ‘Mauricio’ marcharon a La Cooperativa, una inspección de Mapiripán, donde se reunieron con ‘Los Buitrago’, el grupo paramilitar comandado por ’Martín Llanos’. Allí asesinaron a cuatro personas más y el 4 de agosto de 1997 combatieron por más de cinco horas contra 300 guerrilleros de las Farc.
En La Cooperativa, según ‘Carecuchillo’, murieron unos 10 paramilitares y 18 guerrilleros. Después del choque las autodefensas trazaron una improvisada pista sobre la carretera, sobre la cual se aterrizó una avioneta blanca que ‘El Cura’ identificó como ‘La Rebeca’, presuntamente de propiedad de Víctor Carranza, el zar de las esmeraldas.
"Los muchachos de ’Los Buitrago’ me dijeron que era de Víctor Carranza, era una avioneta blanca, con una hélice", señaló el desmovilizado en la versión libre.
La aeronave recogió a varios paramilitares heridos y se los llevó a fincas donde recibieron atención médica.

La Masacre de La Picota
La siguiente masacre de los hombres de los Castaño fue en La Picota, un caserío en la región de Puerto Gaitán, Meta, en octubre de 1997 con José Baldomero Linares, alias ‘Guillermo Torres’, de las Autodefensas de Meta y Vichada.
’El Cura’ aseguró que San Martín era una zona de influencia de los ’Carranceros’. "En la zona ’Cepillo’ (otro ex jefe paramilitar) me dice que íbamos a hacer una operación con la gente de Víctor Carranza", le dijo a la Fiscalía el desmovilizado.
Una tropa de más de 120 hombres, entre ’Urabeños’ y autodefensas de ’Guillermo Torres’ se reunieron en Santa Isabel, una finca cerca a Puerto Gaitán, para planear la incursión a La Picota. En este caserío los paramilitares asesinaron a cinco personas a quienes señalaron de presuntos nexos con la guerrilla.
Después de la masacre, los dos grupos se replegaron a la finca Brasil, en Puerto Gaitán, donde recibieron entrenamiento militar y político de instructores de Urabá. La finca Brasil, señaló ’El Cura’, pertenecía a Víctor Carranza: "Se decía que era de Víctor, hay una pista abandonada y una laguna, era una casa grande, de material, con una corralera en donde hicimos los entrenamientos".
José Efraín Pérez Cardona, alias ‘Eduardo 400’, uno de los ’paras’ envíados por los Castaño a Puerto Gaitán para hacer la instrucción, aseguró en una versión libre de octubre de 2009 que había escuchado que la finca Brasil era de Víctor Carranza. Contó que había una casa de material y una pista de aterrizaje abandona en la que se hicieron los ejercicios físico  

La Masacre de Caño Jabón
El 4 de mayo de 1998, casi un año después de su arribo a los Llanos, los ‘Urabeños’ asesinaron a más de 20 campesinos en Caño Jabón, una población a 100 kilómetros al oriente de San José, sobre el río Guaviare.
En ese momento los Castaño  fraguaron su alianza con Manuel de Jesús Pirabán, alias ’Pirata’, quien ya delinquía en los Llanos desde hacía casi una década y allí dirigía un grupo paramilitar en San Martín, Meta.
La orden de tomarse Caño Jabón vino directamente de Vicente Castaño a través de alias ‘Raúl’. Según relató ‘Pirata’, 150 paramilitares se reunieron en Cachama, Meta, y en varias volquetas, carros y camionetas llegaron a Caño Jabón.
En la recorrido de varias horas las autodefensas asesinaron a por lo menos seis campesinos, que tildaron de supuestos colaboradores de la guerrilla. En Caño Jabón un grupo se llevó a varias personas a la bomba de gasolina, donde los acribillaron y le prendieron fuego al combustible almacenado.
Mientras tanto otro grupo, dentro de los que estaba ‘Carecuchillo’, ocuparon el puerto fluvial y dispararon indiscriminadamente sobre los pobladores que estaban huyendo de la arremetida. En el tiroteo en el puerto los ‘paras’ asesinaron una niña de seis años.
Las autodefensas también dinamitaron una avioneta, destruyeron el puerto y la pista del aeropuerto, para estar seguros de que nadie pudiera salir de ahí. Aunque poco después de la masacre los sobrevivientes de Caño Jabón denunciaron la presencia del avión ‘Fantasma’ de la Fuerza Áerea, los ‘paras’ en la versión libre rechazaron cualquier ayuda de la Fuerza Pública.
Después de cuatro horas de muerte, los ‘paras’ abandonaron el pueblo. Aún no se sabe a cuantos asesinaron. ‘Carecuchillo’ dijo: "cuando hablamos (de la masacre) nos da un promedio de 27 muertos", y ‘Pirata’ señaló que las víctimas podían ser 31. Cálculos de la época indican que fueron al menos 18 personas asesinadas.

La Ayuda de las Convivir Locales
Por fuera de la ayuda de Héctor Buitrago, alias ‘Martín Llanos’, José Baldomero Linares, alias ‘Guillermo Torres’ y de Manuel de Jesús Pirabán, alias ‘Pirata’, quienes en 1997 ya delinquían en la zona, los Castaño contaron con el apoyo clave de varias Convivir de los Llanos. Según la versión de los paramilitares, estas empresas privadas de seguridad fueron determinantes para surtir guías y coordinar la arremetida de los ‘Urabeños’.
Según recordó ‘Carecuchillo’, él fue reclutado como guía por Pablo Trigos, de la Convivir de San Martín. Además dijo que tuvieron el apoyo de la Convivir de Anuar Salomón Castro en Acacías. Estos se reunieron con varios jefes ‘paras’ de Urabá meses antes de la masacre de Mapiripán para preparar la toma de los Llanos.
‘El Cura’ también recordó que cuando estaba enfermo fue internado en una casa rosada en Puerto López que era "una oficina de las Convivir de Puerto López".  Allí un médico particular se ocupó de él y de otros paramilitares heridos o enfermos.
En septiembre de 1998 los Castaño ya eran los jefes de gran parte de los Llanos. A punta de bala y con masacres lograron imponerse y federar las autodefensas de la región en el Bloque Centauros.
Estos datos fueron revelados en una diligencia de versión libre ante la Fiscalía. La justicia deberá verificar lo dicho por los paramilitares.
21 de agosto de 2010
18 de agosto de 2010
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la joven de memoria prodigiosa


Una nieta recuperada dio su testimonio en el juicio por Automotores Orletti. Fue apropiada por Eduardo Ruffo y recuperó su identidad en 1985. Vive en España y volvió para denunciar al represor, quien abusaba de ella cuando era niña, y a otros miembros de la banda de Aníbal Gordon.
[Juan Carlos Martínez] Argentina. Uno de los testimonios más importantes en el juicio oral y público que se sigue a los responsables de los múltiples delitos de lesa humanidad cometidos en Automotores Orletti es el que ofreció el 12 de agosto Carla Artés Company, quien, junto con su madre, Graciela Rutila, permaneció en ese centro clandestino de detención hasta que el asesino y torturador Eduardo Ruffo se apropió de ella. "Debo suponer que la persona que me llevó debe ser la misma que asesinó a mi madre", dijo Carla en una parte de su preciso relato, clavando su mirada en Ruffo, pero el cobarde inclinó su cabeza hacia el piso. "No tenía dudas de que no aguantaría mi mirada", diría luego de prestar su testimonio.
Hasta instantes antes del ingreso de Carla a la sala, Ruffo giró varias veces su cabeza para saludar con una sonrisa o un guiño de ojos a una rubia oxigenada que ocupaba una de las sillas del ala reservada a familiares y amigos de los verdugos. Ruffo, que se jactaba de ensayar tiro al blanco disparando a la cabeza de sus indefensas víctimas, se apropió de Carla cuando tenía poco más de un año y la mantuvo en su poder hasta dos meses después de haber cumplido los diez.
Serena, firme y segura, Carla hizo su relato y luego respondió a cada una de las preguntas que le formularon el fiscal, los miembros del tribunal, los abogados de la querella y la defensa de represores. El mayor impacto de su declaración fue cuando reveló que Ruffo había abusado sexualmente de ella mientras estuvo en su poder, siendo una niña.
Esto produjo la rápida intervención del fiscal, quien pidió a los jueces que se ordenara el trámite judicial previsto para casos de esa naturaleza. Uno de los defensores se opuso al pedido con el argumento de que se trataba de una cuestión de índole privada y ajena al tema que se estaba debatiendo. El presidente del tribunal anunció un cuarto intermedio de quince minutos que se prolongó más de una hora. Reanudada la audiencia, el juez informó a las partes que las actuaciones sobre la revelación de Carla pasarían al ministerio público.

Prodigiosa Memoria
Carla era una niña cuando comenzó a ver los rostros de los principales miembros de la banda ultraderechista que dirigía Aníbal Gordon y que integraba, entre otros, su apropiador Eduardo Alfredo Ruffo.
Dotada de una prodigiosa memoria, aquella niña que hoy es una mujer de 35 años ofreció a los miembros del Tribunal Oral Federal número 1 detalles de lo que vivió en el hogar formado por Eduardo Ruffo, Amanda Cordero y Alejandro, otro niño que probablemente también es hijo de desaparecidos durante la dictadura militar.
En la sala sólo se encontraban tres de los acusados: el ex general Eduardo Cabanillas y los parapoliciales Eduardo Ruffo y Honorio Martínez Ruiz. En realidad, había un cuarto: el militar abogado Bernardo José Menéndez, condenado en primera instancia a prisión perpetua por secuestros y asesinatos durante la dictadura militar. A pesar de ese antecedente, Menéndez estaba en la audiencia como defensor de sus compañeros de crímenes, secuestros y torturas y hasta se dio el lujo de formularle algunas preguntas a Carla.
"Tengo una buena memoria fotográfica", dijo Carla ante el tribunal. Recordó lugares, personas y otros hechos que quedaron grabados en su prodigiosa memoria. Mencionó el nombre del colegio al que concurrió hasta segundo grado, cuando Ruffo pasó a la clandestinidad para eludir la orden de captura que pesaba sobre él a poco de instalarse el gobierno democrático. "Era el Colegio Betania", dijo Carla, que fue retirada de aquella escuela en 1984 y hasta el momento en que Ruffo fue detenido permaneció oculta en los distintos lugares elegidos por el genocida para no ser atrapado.
Ruffo utilizaba distintas credenciales con nombre falso y para que los niños no fueran advertidos en los controles de las rutas, Carla y Alejandro iban en el asiento trasero del auto, cubiertos por una manta y encima de la manta dos grandes perros de policía.
Esta situación se la contó Carla a su abuela el primer día que Sacha bañó a la niña. "¿Y estos rasguños?", preguntó la abuela al observar la espalda de su nieta. "Son de los perros, abu", respondió Carla.
Carla recordó que los Ruffo vivían en un departamento de Soler y Billinghurst, en el barrio de Palermo, donde su abuela Sacha pasó jornadas enteras indagando sobre la vida del apropiador de su nieta. Contó que Ruffo tenía una casa en Cariló y que allí vio desfilar a miembros de la banda de Aníbal Gordon. Dijo, también, haber visto en ese lugar un verdadero arsenal e identificó a Raúl Guglielminetti como uno de los asiduos visitantes.
El presidente del tribunal le preguntó a Carla si podía reconocer a alguna de esas personas, Carla asintió, y fue en ese momento cuando le entregaron una carpeta con fotos que fueron identificadas sólo con un número. Carla comenzó a observar la carpeta, hoja por hoja, y a medida que iba reconociendo a los personajes los mencionaba por su nombre y así reconoció al propio Ruffo, a Guglielminetti, a Gordon y a sus dos hijos y a otros miembros de la banda. En un caso en que no recordaba el nombre, Carla dio como dato certero que esa persona tenía dos hijos a los cuales identificó por sus nombres de pila.
En su fresca memoria Carla mantiene vivo el recuerdo del momento en que fue separada de su madre. Dijo que desde siempre grabó en su memoria el rostro de la persona que la retiró de su lado, que "era de tez blanca, ojos muy oscuros, barbado, que vestía una camisa blanca".

Carla en Agosto
Un cuarto de siglo atrás, Carla abandonaba el infierno en el que vivió durante nueve años. El 25 de agosto de 1985 fue rescatada de las manos de Ruffo, asesino y torturador de Automotores Orletti. Ruffo fue apresado en la quinta La Susanita, ubicada en el kilómetro 48 de la ruta 8, cerca de Pilar.
Otro 25 de agosto, pero de 1976, la niña y su madre fueron entregadas por la dictadura boliviana a su par argentina en la frontera Villazón-La Quiaca. Desde allí fueron trasladadas a Buenos Aires y confinadas en aquel centro clandestino de detención, tortura y muerte que funcionaba en el barrio de Flores.
Graciela, la madre de Carla, había sido detenida en Oruro, Bolivia, donde residía con su madre e hija, el 2 de abril de 1976 por su participación en una huelga de mineros. El padre de Carla –Enrique Joaquín Lucas López– fue asesinado en Bolivia por la dictadura de Banzer.
Matilde Artés, más conocida por el apodo de Sacha –madre de Graciela y abuela de Carla– inició la búsqueda de ambas desde España, donde se radicó escapando de las dictaduras que en la década del ’70 se instalaron en este continente.
El 14 de julio de 1984, Sacha llegó a la Argentina con un dato preciso que las Abuelas de Plaza de Mayo habían obtenido a través de intensas investigaciones: establecieron el nombre del apropiador de Carla.
"En quince días me llevo a mi nieta a España", dijo Sacha en el mismo aeropuerto en aquella fría mañana del invierno porteño. Fueron dos largos y traumáticos años los que debió esperar para cumplir aquel sueño.
Dos años más tarde, Sacha y Carla dejaron la Argentina por decisión propia, porque la inestabilidad política generada tras el levantamiento carapintada despertó fundados temores sobre los riesgos que corría la niña en aquel contexto. Hacia España vuelve Carla un cuarto de siglo después de haber regresado a la vida, al amor y la libertad.
21 de agosto de 2010
20 de agosto de 2010
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laura seoane, sobreviviente


Testigo en el juicio por la ESMA. Seoane era la mujer de Víctor Basterra, secuestrado en la ESMA y responsable de haber copiado las fotos de los represores que lo obligaban a falsificar documentos. Testimonió frente a Ricardo Miguel Cavallo, el marino que la capturó en 1979.
[Alejandra Dandan] Argentina. Cuando la audiencia terminaba, ella pidió un momento más. Tal vez, dijo, "para muchos todas estas declaraciones se hayan naturalizado, pero para nosotros es de mucho dolor y de mucha angustia, es revolver cosas de treinta años que están siempre presentes, pero en este contexto seguimos sufriendo violencias". Antes de irse, todavía en la silla, Laura Seoane nombró a Jorge Julio López, testigo desaparecido en 2006, y a Silvia Suppo, sobreviviente y asesinada este año en Santa Fe. "Por eso pedimos –agregó– la unificación de las causas." En el fondo, algunos intentaron aplaudirla. El Tribunal Oral Federal Número 5 lo impidió.
A unos metros, sentado entre las primeras filas de la sala de audiencias de los tribunales de Comodoro Py, el represor Ricardo Miguel Cavallo seguía detenido frente a su notebook. Suele mantener abierta la pantalla desde que comenzó el juicio oral por los crímenes en la ESMA; hace tiempo, dicen, ya no actualiza su blog. Arriba, detrás de un vidrio que divide la sala, murmuraba el grupo de marinos que acompaña el proceso contra los represores. "¡La falsedad de la Justicia es imperdonable!", comentó alguno. "¡Que lloren sangre porque se la merecen!", dijo otro. Uno de los asistentes más frecuentes tenía en las manos un libro que lee hace días. "Voy por el tercer capítulo", se ufanó de pronto. "Todavía no apareció ningún muerto."
La audiencia había empezado temprano con el relato de Laura Lidia Iadlis, amiga de una desaparecida de la ESMA. Y luego declaró Laura Seoane, esposa en 1976 de Víctor Basterra, uno de los detenidos del campo, aquel experto en gráfica y fotografía que se convirtió en mano de obra esclava dentro del centro desde donde empezó a llevarse fotografías de detenidos, de represores y documentos que se convirtieron en elementos de prueba.
El 10 de agosto de 1979, dijo ella, en horas del mediodía, una persona golpeó a la puerta de su casa en la calle Tuyú de Lanús, presentándose como vendedor de seguros. Ella no abrió, pero el hombre, de campera de cuero negro, insistió. Víctor estaba pintando. Mientras el hombre golpeaba, por los techos del vecino entró una patota que lo tomó. Con el tiempo, Laura supo que el supuesto vendedor de seguros era Adolfo Donda Tigel, acompañado en esa ocasión por Carlos Capdevila y Fernando Enrique "Gerardo" Peyot. Ambos se quedaron en otra habitación, Donda revolvía otra parte de la casa con ella. "Me explicó que me iban a llevar para hacerme preguntas, que le preparara un bolso de ropa a mi hija, porque tenía una beba de dos meses". Ahora, le dijo luego, "vamos a salir caminando hasta la esquina como si fuésemos de la familia". Lo hicieron. Laura se subió con su hija a un Ford Falcon metalizado, cree que de color celeste; en el volante había otra persona, "Marcelo", lo llamaron, aunque luego supo que era otro de los alias de Sérpico, Ricardo Miguel Cavallo, el mismo marino que la escuchaba en la audiencia.
El auto anduvo entre el Riachuelo y la quema, bordeando Villa Jardín. En un momento paró. Donda le sacó a la beba, a ella la tiró en el piso del auto y la cubrió. En la ESMA, Laura repitió el circuito de otros detenidos. Esposas, escaleras, la música de una radio muy fuerte emergiendo desde el sótano y ella en una habitación pequeña, sobre una cama. "Me sacaron la ropa y me ataron de pies y manos a los barrotes de la cama, ahí supe lo que era la picana eléctrica."
En la sesión preguntaron por un cuñado, por la militancia de su esposo, por su nombre de guerra. Cuando dijo que no sabía, su torturador le dejó un ojo negro. Preguntó por su hija. "Quedate tranquila –le dijeron–, ella está bien, la están cuidando otros compañeros tuyos." Luego "alguien me puso a la bebé en brazos, me pareció curioso porque le hacía caricias en la cabeza, la mano era una mano blanca con manchas, a lo mejor, pensamos después, se trataba de Colores (Juan Antonio Del Cerro)."
Laura estuvo cuatro o cinco días secuestrada. En un momento, la bajaron, la sentaron en un banco, le sacaron la capucha y pudo ver a Víctor golpeado. Cuando la liberaron la llevaron con su hija a la casa de una hermana en La Plata. "Dejaron las armas arriba de la mesa, le dijeron a mi hermana y a mi cuñado que estábamos todos bien, que no se nos ocurriera hacer una denuncia porque Víctor era boleta."
Pese a la amenaza, Laura declaró esos días ante la delegación de la OEA que estaba en Buenos Aires. A mediados de agosto recibió un llamado de Víctor, en diciembre otro, y luego el padre de un ex detenido le acercó una carta de él. En ese tiempo, llamó una persona para darle los datos de una escribanía. Cuando llegó al lugar, ella y su suegra tuvieron que firmar papeles fraguando la venta de la casa de la calle Tuyú, con la promesa de que Víctor iba a quedar en libertad.
El 7 de enero de 1980 empezaron algunas visitas de Víctor y la reconstrucción secreta de una parte del archivo de la ESMA. Víctor le había contado que estaban haciendo documentos falsos, también certificados de autos, sacando fotos. Laura empezó a recibir parte de esos archivos que él se llevaba escondidos en los genitales. Para entonces se había mudado a una casa en José C. Paz. Los envolvieron en nylon y los pusieron en un agujero dentro del armario.
La fiscalía le preguntó a Laura si ella trabajaba. "Mis hermanos me bancaban, en realidad a mí me daba miedo salir a calle, me daba miedo dejar sola a mi hija, llamaban para controlarme."
Pasaron años. Tuvieron otro hijo. Víctor estuvo en el nacimiento y también cuando su hija más grande cumplió un año. "Esos eran momentos de mucha angustia –explicó–, porque no sabía si íbamos a volver a vernos."
En una ocasión, entraron a la casa: Laura todavía cree que fue un grupo de tareas que buscaba algo de documentación. No la encontraron, dijo, pero tampoco se llevaron el sueldo de maestra que ella había guardado en el primer cajón de un armario.
En 1984 se mudaron a Neuquén. Todavía para esa época un marino los seguía.
La fiscalía le pidió a Laura un reconocimiento sobre el archivo que aportó Víctor Basterra en los inicios ya remotos de la causa. Ella lo hizo, explicó además que las anotaciones con datos de los marinos eran letra de Víctor. En la revisión, reconoció a Elsa, la petisa, esposa de Villaflor, entre otros nombres. Intentó hacer lo mismo con los marinos. Eso dio lugar a un debate de más de treinta minutos entre el ministerio público y abogados de la defensa. Ellos no querían que la testigo leyera datos de los marinos antes de terminar con su testimonio. Luego de una deliberación, el Tribunal acordó una solución intermedia. Que "agote su memoria" y luego se hagan las preguntas de los archivos.
21 de agosto de 2010
20 de agosto de 2010
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