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construcción de un monstruo


[Eugenio Martínez Ruhl] El asesinato de un chico por otro, en ituzaingo, desata los miedos.
Corrientes, Argentina. El crimen de Agustín Esteche a manos de un compañero de su escuela impactó de lleno en la sociedad correntina. E. V., el chico detenido, fue internado en el hospital del pueblo, donde ningún niño quiere entrar desde entonces. Las versiones recorren las calles ida y vuelta. E. V. era un excelente alumno y no tenía rasgos agresivos, pero la sociedad necesita el perfil de un monstruo.
"Acá las cartas llegan más por el nombre que por la dirección." El comentario pertenece a un habitante de Ituzaingó, la ciudad-pueblo correntina que no logra salir de la conmoción por el asesinato de Agustín Esteche a manos de uno de sus compañeros del séptimo grado de la escuela Juan Bautista Alberdi. Y deja claro que el lugar tiene más reminiscencias de pueblo de las que en lo formal permiten sospechar sus 18 mil habitantes. El sangriento episodio es el tema de conversación exclusivo, y en la mente de la gente empieza a operar la transformación en un monstruo del –hasta el sábado–, para todos, un alumno brillante y compañero ejemplar. Mientras tanto, la Justicia local ordenó pericias psiquiátricas sobre el chico y llamó a declarar el próximo jueves a su familia.
Ubicada a 230 kilómetros al norte de la capital provincial, Ituzaingó tiene un solo hospital. Es en el que la Justicia ordenó internar a E.V., el niño de 12 años que acuchilló en su casa a Esteche. Según lo que cuenta la calle, los chicos se niegan a entrar al hospital, a pesar de los retos de sus padres. Tienen miedo de ese monstruo que el pueblo va formando en su imaginario a expensas de lo que el mismo chico sea.
"Necesitamos recuperar el equilibrio perdido desde el jueves pasado, cuando se supo de la muerte de Agustín. No estamos acostumbrados a este tipo de episodios, como sí pueden estarlo en las grandes ciudades. A nosotros nos sacudió y no encontramos la forma de empezar a digerirlo", relata el mismo vecino, que prefiere no decir su nombre, sobre el crimen ocurrido el jueves pasado, pero cuya trama se descubrió recién el sábado.
Mientras la Justicia local continúa con la investigación –más para encontrar motivos que culpables, pues el chico de 12 años que estaba con Esteche al momento de su muerte aceptó la responsabilidad del hecho–, las charlas en la calle, en los cafés, en el trabajo y en todos lados intentan sin éxito construir un perfil de E. V. acorde a lo que había hecho y no a lo que se sabía de él. Marta Báez, directora de la escuela Alberdi a la que concurrían tanto la víctima como el victimario, no encuentra explicación: "El chico es un excelente alumno, fue abanderado y tiene un promedio de 9,20. Nunca tuvo problemas de conducta y es muy sociable, era imposible imaginar algo así de él".
Entonces, desorientada, la comunidad no sabe cómo reaccionar. Pero lo cierto es que lo quiere lejos por aquello de que las culpas son ajenas, y algunos de sus integrantes empezaron a reclamar que se lo traslade a un centro de salud de otra ciudad. Creen que sólo así la vida cotidiana puede volver a fluir por sus cauces normales en esta localidad, dedicada casi exclusivamente a la ganadería y al turismo.
Por eso, se espera una gran convocatoria para la marcha de silencio que los Esteche llamaron para este jueves. El reclamo será de justicia, pero el de fondo es el de que alejen al "monstruo" de Ituzaingó. "Agustín era bueno y estaba siempre sonriente. Le gustaba jugar al fútbol. El otro chico tiene que pagar. No puedo dejar esto así", llegó a decir ante las cámaras la madre de la víctima, Mirta Avila, antes de quebrarse.
Julio Camuglia, concejal electo el domingo por el PJ, grafica a Página/12 la situación. "Hay una especie de psicosis. Los chicos imaginan a este niño como un demonio, como un ser irreal. Y los adultos se empiezan a cuestionar la educación de sus hijos, se preguntan qué están haciendo mal para que uno de los pibes del pueblo haya hecho esto", cuenta.
Todo ocurrió en el hogar de E. V., ubicado sobre la calle Corrientes, que es una de las dos céntricas de la ciudad. Los testimonios de vecinos indican que la del detenido siempre fue una familia poco dada a socializar con la gente del barrio. "Aunque viven en pleno centro, no son muy conocidos. Nunca salen a tomar mate a la calle, como se acostumbra acá en Ituzaingó", señala Camuglia. Quienes sí son más ubicables son los abuelos del niño, ambos ex integrantes de fuerzas de seguridad: el materno, policía de Ituzaingó retirado; el paterno, prefecto jubilado.
Los chicos estaban solos realizando un trabajo práctico para la escuela. En un momento, el niño de 12 años dejó a su compañero frente a la computadora y se fue para otro ambiente. Al volver, le clavó un cuchillo en el cuello. Antes de toda la secuencia, de que Agustín llegara al último lugar que pisaría, el chico que confesó el asesinato había cavado un pozo de un metro y medio y había dejado al costado una bolsa, con la que se cree que planeaba envolver el cuerpo sin vida de Esteche.
Cuando la víctima, pese a la herida, salió corriendo hacia un patio interno de la vivienda, el plan quedó desbaratado. Había llenado de sangre todo el lugar, no se podía disimular. Entonces E. V. pensó la historia de un intento de asalto que terminó con la muerte de su colega de estudios. El resto es historia conocida: se contradijo en los interrogatorios, se puso nervioso y terminó confesando todo.
El fiscal a cargo del caso, Eugenio Balbastro, ordenó ayer que se sometiera al chico a una serie de estudios psicológicos y psiquiátricos. Balbastro precisó que "luego de obtener un diagnóstico de los especialistas, se seguirán los tratamientos que correspondan". Además, los padres del niño de 12 años detenido fueron citados a declarar el próximo jueves en el Juzgado de Instrucción de Ituzaingó, que controla el juez Néstor Anociber.

2 de octubre de 2007
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museo con las llaves de la esma


El Museo de la Memoria recibió las llaves del predio de la marina. Nunca más la Armada en la ESMA.
Buenos Aires, Argentina. La Marina entregó simbólicamente las llaves del predio de la Escuela Mecánica de la Armada (ESMA) al gobierno nacional. La entrega incluyó la cesión del predio ante escribano público pero no la ceremonia oficial, que se hará mañana, a las 11, en el campo donde funcionó uno de los centros clandestinos de detención emblemáticos en la última dictadura y ahora será Museo de la Memoria. En tanto, el Ministerio de Defensa sigue de cerca la mudanza de los marinos. En el Edificio Libertador repiten que se están estudiando "minuciosamente" las irregularidades en los expedientes de construcción que encargó la Marina y que hace más de una semana reveló este diario. Por ahora, el destino de los militares y civiles que cursaban en ese lugar es transitorio.
En lo inmediato, la decisión de entregar las llaves del predio cierra el largo periplo de la mudanza de la Marina que comenzó con un anuncio del presidente Néstor Kirchner el 24 de marzo de 2004. Desde ese tiempo, el traslado de la ESMA incluyó en lo formal dos etapas de entregas parciales de algunos sectores del predio de 17 hectáreas y 32 edificios y una serie de acuerdos sobre el destino del lugar. En ese tiempo, también surgieron las decisiones sobre el destino de los hombres que estaban adentro. Para cubrirlo, el Poder Ejecutivo destinó una partida especial de obras públicas para la fuerza comandada por el almirante Jorge Godoy con el objetivo de que se hagan las licitaciones para los edificios necesarios. Así como lo reveló este diario, cuatro de esas licitaciones las ganó la empresa San José Construcciones, del contraalmirante retirado Basilio Pertiné, cuñado del ex presidente Fernando de la Rúa, y por un valor de cerca de 68 millones de pesos. Esos expedientes, entre otros, son los que revisa "minuciosamente" en este momento el ministerio de Nilda Garré. Analizan el otorgamiento de las obras, las condiciones y los tiempos de ejecución.
Fuera de eso o mientras ese proceso concluía, se acercó el final de la mudanza. El domingo, el edificio quedó vacío y ayer hubo una comisión de funcionarios de Nación y de la ciudad de la Comisión Bipartita, a cargo del traslado, que recorrió las instalaciones, esperó al escribano para asentar la cesión y para hacer el inventario, explicó Judith Said, la coordinadora del Archivo Nacional de la Memoria, cuya sede estará a partir de ahora en uno de los edificios recuperados de la ESMA. Ahora, la Comisión Bipartita seguirá en marcha y conduciendo esta etapa del proceso que concluirá con la apertura del espacio como Museo de la Memoria.
La ceremonia oficial del traspaso en la ESMA se hará con la presencia prevista de la ministra de Defensa, Nilda Garré; el jefe de la Armada, Jorge Godoy, y el secretario de Derechos Humanos de la Nación, Eduardo Luis Duhalde. En representación del jefe de Gobierno porteño, Jorge Telerman, que se encuentra de viaje, asistirá el ministro de Derechos Humanos de la ciudad, Omar Abboud, integrantes de la Comisión Bipartita y representantes de los organismos de derechos humanos del Instituto Espacio para la Memoria, un ente donde participan representantes de los organismos de derechos humanos, encargados de la recuperación de los centros clandestinos de la ciudad de Buenos Aires creado por la ley 961 de la ciudad en el año 2002 y una pieza clave en la etapa de la apertura del museo.
"Para nosotros es un hecho histórico", dijo Ana María Careaga, la directora ejecutiva del Instituto. "Es un hecho histórico que tiene que ver con una lucha sostenida por los organismos de derechos humanos que desde hace treinta años han bregado por la verdad, la memoria y la justicia y es ésta la voluntad que sentimos que debe guiar la voluntad de los organismos sobre este predio".
En lo inmediato el Instituto estará a cargo de los edificios más emblemáticos del lugar, aquellos donde pasaron los ex detenidos desaparecidos. Entre ellos está el Casino de oficiales, cuyo sótano fue adaptado como lugar de detención.

2 de octubre de 2007
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un asesino de doce


Un chico de 12 acuchilló a otro de 13 en Corrientes. El crimen tuvo lugar en Ituzaingó, a 230 kilómetros de la capital correntina: su autor no soportaba más burlas.
Corrientes, Argentina. "Lo maté porque me tenía cansado. Me molestaba todos los días en la escuela; lo tenía que matar." Con esas tres frases, un niño de 12 años confesó en Ituzaingó, Corrientes, el asesinato de su compañero de aula, Agustín Esteche, quien el jueves pasado apareció sin vida y con una cuchillada en el cuello. La víctima, de 13 años, había ido a hacer un trabajo práctico a la casa de su colega de estudios y fue allí que se encontró con la muerte. El chico –que reconoció la responsabilidad por el homicidio– vive con su madre y su padre, un trabajador de la Marina Mercante que pasa largos períodos en altamar. La comunidad de la ciudad norteña, todavía conmocionada, resalta también como datos del pequeño que su abuelo paterno pertenece a la Prefectura, mientras el materno es un ex policía.
El hallazgo del cuerpo sin vida de Esteche, con una herida cortante en el cuello y otras tres en el pecho, arrancó el jueves de su tranquilidad habitual a Ituzaingó, una ciudad con 18 mil habitantes ubicada a 230 kilómetros al norte de la capital provincial. La policía había llegado a la casa de la familia alertada por uno de los abuelos del chico, que había recibido un llamado en el que su nieto le decía que él y su amigo habían sido víctimas de un asalto.
Dos días después, y luego de esbozar una versión en la que un delincuente encapuchado había sido el autor del crimen, el chico se quebró y contó la verdad: "Me tenía cansado. Todos los días me molestaba en la escuela", señaló ante los investigadores el pequeño, que había invitado a Esteche a que fuera a su casa, aprovechando que ese día estaría solo.
De todas formas, que su hogar estuviera en soledad no era una situación extraordinaria, ya que su padre trabaja como marino, por lo que, según cuentan los vecinos de Ituzaingó, pasa largos períodos sin verlo. El marco social del chico se completa con dos abuelos empleados de las fuerzas de seguridad. El paterno, integrante de la Prefectura. El materno, policía retirado. En este contexto, el chico quedó aprisionado por su propio plan de venganza, incapaz de dilucidar qué era aquello ajeno a él que lo empujaba a pretender semejante idea, que venía imaginando desde julio pasado. Y la llevó a los hechos el jueves: en un momento de la tarde lo dejó solo a Esteche frente a la computadora, fue a buscar un cuchillo y lo apuñaló por la espalda en el cuello.
Luego de eso, la víctima intentó escapar para buscar ayuda, por lo que salió hacia un patio interior y caminó los 20 metros que lo separaban del portón de entrada, dejando en su camino un reguero de sangre. Como la puerta de rejas estaba cerrada con llave, no pudo salir y cayó.
Cuando los investigadores comenzaron con su trabajo, el niño de 12 años relató que él y Agustín habían sentido ruidos en el patio, por lo que ambos salieron a ver qué había pasado. Según esa primera versión, en ese momento un delincuente encapuchado entró a la vivienda, ubicada en la calle Corrientes al 200, y los atacó a ambos. "Yo escapé", aseguró, para luego sostener que su compañero no pudo y fue asesinado por el intruso.
En un primer momento, la policía creyó el relato. Sin embargo, con el paso de las horas comenzaron a aparecer contradicciones en su versión, que despertaron las sospechas. En primer lugar, su relato no coincidía con el lugar donde fue hallado el cuchillo; en segundo, su historia se modificó entre el primero y el segundo interrogatorio. Al profundizar las preguntas, el chico de 12 años comenzó a ponerse nervioso, hasta que se quebró y confesó el crimen.
Carmen de Patagones –en Chubut– y Rafael Calzada –en el conurbano bonaerense– fueron escenario en los últimos años de casos parecidos. El pueblo patagónico fue sacudido cuando, en septiembre de 2004, Junior –un chico de 19 años, hijo de un integrante de la Prefectura– tomó el arma de su padre y mató a tres compañeros e hirió a otros.
En Rafael Calzada, los disparos fueron a la salida del Polimodal 9 en el año 2000 y terminaron con la vida de un adolescente de 16 años, integrante del grupo que con sorna solía burlar diciéndole ‘Pantriste' a un compañero, autor de los tiros. El 8 de abril de 2003, el Tribunal Oral Nº 6 de Lomas de Zamora lo declaró inimputable y ordenó su internación psiquiátrica.

1 de octubre de 2007
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esma, centro de la memoria


[Marta Dillon] Hoy ya es un edificio diferente. La ESMA dejó ayer de pertenecer a la armada y es un centro de la memoria.
Buenos Aires, Argentina. Ya no habrá centinelas militares en esas hectáreas de la avenida Libertador. La sede del tristemente célebre campo clandestino de la muerte durante la dictadura pasó de manos, completando un cambio que comenzó el 24 de marzo de 2004. Lo que se hará a partir de hoy y los proyectos para los demás edificios.
El mástil ya no se yergue en el centro de la plaza de armas, detrás del vallado que hasta ayer separaba en dos el predio de la Escuela de Mecánica de la Armada: de un lado el Espacio para la Memoria y la promoción de los Derechos Humanos, del otro, el territorio donde la Marina todavía educaba cadetes y oficiales. La ESMA, ese inmenso y –aunque la palabra suene discordante– elegante centro clandestino de detención y tortura, las hectáreas de su territorio, sus 34 edificios, las calles arboladas y bucólicas que lo surcan ya no pertenecen a ninguna fuerza armada. Ayer, la comisión Bipartita que integran el gobierno nacional y el de la ciudad Autónoma de Buenos Aires tomaron posesión completa de estas instalaciones en donde el horror se fraguó entre 1976 y 1983 prácticamente a la vista de todos, como un recordatorio permanente de lo que en esos años era cotidiano: el secuestro, la tortura, el exterminio de personas y de ideas, la apropiación de menores como el máximo experimento destinado a borrar la subjetividad y la herencia de los rebeldes. Ayer, la ESMA dejó de pertenecer definitivamente a la Armada. Ayer, empezó el proceso para convertir este sitio histórico en un lugar que pertenece a todos, al pueblo de la Nación Argentina.
Sólo dos guardias de la marina quedaron de consigna el domingo. Así se hizo visible que no quedaba allí nada que proteger incluso antes del traspaso oficial. Cada edificio había sido vaciado a conciencia y sus restos –viejos armarios de metal, cientos de colchones, sillas rotas, cables, montañas de desperdicios- eran desguazados por una procesión de cartoneros que cargaban los carritos que por una vez se bajaron del tren blanco en la estación Rivadavia tal vez alertados por alguna voz que circuló de boca en boca. Había material para reciclar detrás del edificio del Casino de Oficiales de la Escuela, ahí donde los oficiales y los y las detenidos desaparecidos durante la última dictadura militar compartían escaleras y hasta baños en una convivencia que sirve de metáfora a ese atroz silencio que colaboró entonces para que se consumara el terrorismo de Estado.
Así como convivían dentro de ese edificio los captores y los capturados, sometidos al borramiento de sus identidades y de su humanidad, así se convivía con el horror puertas afuera: por la Avenida del Libertador, la que adivinaron los cautivos en algún descuido en que la capucha les descubría los ojos inflamados por la ceguera impuesta, circulaban casi tantos autos como ahora, la mayoría indiferentes y sordos a lo que ocurría dentro. Esa indiferencia ya no será posible. La ESMA ya no será un lugar cerrado frente al que estaba prohibido detenerse bajo la clásica amenaza del "centinela que abrirá fuego". Hace tiempo que no es así, de hecho las siluetas que los organismos de Derechos Humanos y los familiares y sobrevivientes de este Centro Clandestino de Detención señalan desde las rejas de entrada la realidad paralela que en los años de fuego no se quiso o no se pudo ver. Pero además desde ayer, y progresivamente desde el 3 de octubre, este sitio de memoria desnudo –sin recreaciones que podrían asestar golpes bajos, sin más que sus paredes húmedas y los carteles que a través de testimonios de sobrevivientes recrean lo que allí sucedió– estará abierto al público para ofrecer la oportunidad de ver, de sentir, de reflexionar sobre lo que nunca más se puede permitir.
"Desde 2004 que estoy acá, trabajando con los guías, acompañando a las casi mil personas que ya recorrieron el lugar. Y aun así es conmocionante saber que ya no vamos a vivir vallados, que finalmente este lugar nos pertenece a todos", dijo Daniel Schiavi ayer, poco antes de reunirse con Judith Said –coordinadora general del Archivo Nacional de la Memoria, de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación–, con Guillermo Guerín –subsecretario de Derechos Humanos de la Ciudad de Buenos Aires–, con Ana Careaga –directora del Instituto Espacio de la Memoria– y con Margarita Jarque –titular de la Unidad Ejecutora de Sitios de Memoria de la Ciudad–. A espaldas del grupo, las vallas blancas que ponían un límite a la convivencia entre civiles y uniformados empezaban a disolverse: ahí donde caía una ya no se levantaría. Ahora el trabajo es de integración y de debate para dar un destino útil a los 34 edificios sin ningún mástil. Esos que antes izaban la bandera que juraban los cadetes y oficiales fueron arrancados y trasladados a los nuevos destinos donde funcionarán las escuelas de la armada: la Fluvial, la Náutica, el Liceo Naval, la Escuela de Guerra. Sólo quedará en poder de la Marina el campo de deportes, ahí donde los colegios secundarios eran invitados a competir durante la dictadura como parte de un supuesto espíritu deportivo que bien sirvió a las Fuerzas Armadas usurpadoras del poder político para distraer la atención de un pueblo aterido por el miedo.
De todos esos edificios que ayer pasaron al poder civil sólo uno es el más significativo para contar de qué se trató el plan sistemático de desaparición y exterminio de la dictadura: el Casino de Oficiales, donde funcionaban la Capucha y la Capuchita, campos de concentración de la Armada y de otras fuerzas como el Servicio de Inteligencia de la Nación (SIN), respectivamente. Ese edificio fue entregado a la Comisión Bipartita que se fundó junto con el Acta Acuerdo para el traspaso en marzo de 2004. Pero no fue suficiente: "La entrega completa del predio era una demanda muy fuerte de los organismos de derechos humanos, de los familiares y de los sobrevivientes. Si la convivencia entre los uniformados y los detenidos desaparecidos signó a este campo de concentración, ahora era necesario no reeditar ninguna convivencia, el predio tiene que estar en manos civiles", sintetizó ayer Judith Said durante un breve recorrido por ese sitio que sin guardar marcas efectistas permite revivir el horror y el desconcierto por la cercanía de una vida cotidiana que sucedía a metros de las salas de tortura, sobre la Avenida del Libertador. Tal vez un signo de cómo se prolongó esa convivencia ciega sea la construcción del inmenso edificio que hoy da sobre el Casino de Oficiales y que se vendió bajo el eslogan "el edificio más Libertador" durante los años noventa.
"Hasta ahora han pasado casi mil personas por este lugar histórico, grupos de familiares, de sobrevivientes, algunas escuelas y quienes están presentando propuestas para el destino de este predio –relató Guerín–, que lentamente se abrirá al público. Pero no lo imaginamos como un lugar al que se llegue masivamente como un paseo más sino un lugar de reflexión sobre nuestra historia reciente, donde las visitas tengan espacio y tiempo para elaborar lo que ven y lo que sienten frente a lo que se relata."
Hay 15 guías, actualmente, que han conducido a los visitantes por los edificios hasta ahora abiertos, el Casino de Oficiales, la enfermería –muy cerca de ahí, donde se aplicaban las inyecciones somníferas a quienes más tarde serían exterminados a través de los vuelos de la muerte y donde también parían algunas embarazadas– y el edificio de las cuatro columnas, el más reconocible para cualquiera, que también se usó para coordinar y planificar las tareas de represión. Estos guías han sido formados para hacer el recorrido y cuentan con un relato base, una especie de guión que da un marco para sus palabras y las propias emociones. Ese guión se elaboró fundamentalmente con testimonios de sobrevivientes y a partir del avance de las causas judiciales que ponen un coto para posibles modificaciones en el predio de la ESMA. Por su valor de prueba en las causas contra los represores, reabiertas luego de la anulación definitiva de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, sobre la ESMA rige una orden de no innovar que obliga a mantener ciertas instalaciones tal como están. Y así es como se las ve. Desde el sitio que se llamó Capucha, apenas un piso sobre los dormitorios de los oficiales, donde se hacinaban los detenidos desaparecidos, todavía pueden reproducirse instintivamente los gestos de quienes pudieron reconocer el lugar después de su cautiverio. Es imposible no agacharse y mirar por las ventanas rotas a la calle y vivir otra vez la sorpresa por esa convivencia obligada entre la sociedad puertas afuera y el espanto puertas adentro.
Desde ayer, ya no habrá centinelas en el predio. Apenas guardias civiles que circularán en bicicleta para custodiar el patrimonio histórico. En la Escuela de Guerra, desde el 3 de octubre, se presentará una muestra de fotografías que abarca el período desde la Ley de Residencia al terrorismo de Estado para dar cuenta de la actividad represiva del Estado ante los movimientos sociales emergentes durante el siglo XX. También habrá muestras que prepararon los distintos organismos de derechos humanos. El boceto de guión con que cuentan los guías ya no mostrará "el cerco provisorio hasta tanto se restituya la totalidad del terreno"; ese momento histórico ya es un hecho. Todavía está abierto el debate sobre el destino de cada edificio, pero ya empezó a concretarse eso que se firmó en el acta acuerdo de 2004: "El destino que se asigne al predio y a los edificios de la Esma formará parte del proceso de restitución simbólica de los nombres y de las tumbas que les fueron negadas a las víctimas, contribuyendo a la reconstrucción de la memoria histórica de los argentinos para que el compromiso con la vida y el respeto irrestricto de los derechos humanos sean valores fundantes de una nueva sociedad justa y solidaria".

1 de octubre de 2007
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belén, la nieta 88


[Victoria Ginzberg] "Fue un proceso de años".
Argentina. "La historia de mis viejos me provoca dolor. Pero saber que me estaban esperando, que me querían, me cambia mucho la perspectiva. Me da tranquilidad. Todo el mundo quiere saber su origen, su identidad", dice Belén a Página/12. Tiene 30 años y es la nieta ‘88', la última joven que recuperó su identidad.
Belén es hija de Horacio Altamiranda y Rosa Luján Taranto. Nació algún día de agosto de 1977 en la maternidad clandestina que funcionó en el hospital militar de Campo de Mayo. Sus padres militaban en el PRT-ERP y fueron secuestrados el 13 de mayo en Florencio Varela. Llegó a la familia que la crió en Córdoba a través del Movimiento Familiar Cristiano.
"Fue un proceso de años –dice sobre su búsqueda–. Yo sabía que era adoptada desde chica. Saqué cuentas sobre la fecha en que había nacido y me acerqué a Abuelas. La primera vez fue a principios de 2006. Una amiga me consiguió el 0800. Ahí me dieron el teléfono de la filial de Córdoba", cuenta la joven de 30 años que trabaja en un call center. La segunda aproximación de Belén con su historia fue el año pasado. Después de que murió su padre adoptivo volvió a Abuelas y esta vez se hizo el análisis genético. En poco tiempo los resultados confirmaron que era hija de Horacio y Rosa. Y vino a Buenos Aires a conocer a su familia.
"Me encontré con tres abuelos, mi hermana y una tía abuela. Fue muy emocionante. No he terminado de caer. Fue fuerte ver la emoción de ellos, que me estaban buscando hace 29 años. A la vez fue raro reconocerme en los rasgos. La verdad es que hubo una conexión inmediata con todos. Eran desconocidos pero ahí nomás me sentí parte. Hubo un feeling inmediato".
Belén está reconstruyendo su historia de a poco. Sabe que su mamá estuvo secuestrada en El Vesubio y que la llevaron a parir a Campo de Mayo, donde le adelantaron el parto con una cesárea. Susana Reyes, la última persona que vio con vida a Rosa, le contó que ella ni siquiera supo si tuvo un varón o una mujer, pero que tenía "una polenta bárbara" y "esperanza de salir".
"Creo que se trata de cerrar círculos. Cosas que te vas planteando en la vida. La mayoría de los que somos adoptados tenemos esa imagen de que no nos quisieron. Saber que me estaban esperando, que me querían, me cambia mucho la perspectiva. Es fuerte, todavía hay cosas que estoy construyendo."

30 de septiembre de 2007
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la primera nieta recuperada


Tatiana, la primera recuperada por abuelas. "Es una historia en común".
El 20 de octubre de 1977 Tatiana y su hermana quedaron en una plaza del partido de San Martín. Los militares acababan de secuestrar a su madre. Laura, que tenía un par de meses, quedó arriba de un cantero. Tatiana, de tres años, a su lado, sentía cómo caía la tarde. Después de pasar por una comisaría y hogares de menores fueron adoptadas por el matrimonio Sfiligoy, que desconocía su origen, pero que al intuirlo colaboró para que reconstruyeran sus lazos de sangre. Se trató de un caso raro, que contribuyó para que fueran las primeras nietas recuperadas por las Abuelas de Plaza de Mayo. Tatiana tiene dos hijas y trabaja en el Centro de Salud Mental por el Derecho a la Identidad y en el consejo de niños, niñas y adolescentes.
Los recuerdos de Tatiana llegaron con los años. En realidad, después de los 18 y, sobre todo, después de la terapia. Ahora puede narrar su historia en primera persona. "Estábamos llegando a la casa y mi mamá (Mirta Graciela Britos) vio un operativo, entonces siguió de largo y fue para la plaza. Pero la empezaron a seguir. Nos dio besos y abrazos. No recuerdo lo que me dijo, pero sí las imágenes. Yo no entendía por qué se despedía si recién habíamos llegado a la plaza. Vi venir más de cinco uniformados. La encapucharon y se la llevaron", cuenta. También se acuerda de su papá, Óscar Britos (desaparecido en Córdoba en agosto de 1976), de cómo corría a abrazarlo a través del pasillo de una casa chorizo y cómo le tiraba de la barba.
Tatiana y su hermana fueron a parar a una comisaría y de allí las derivaron a distintos institutos de menores. Tatiana decía su nombre, pero igual la caratularon como NN. La intervención de los Sfiligoy hizo que los caminos de las niñas no se perdieran para siempre. Ellos insistieron para que estuvieran juntas y adoptaron a las dos. A la más chiquita le pusieron Mara. La mayor sabía su nombre.
Las Abuelas de Plaza de Mayo habían iniciado su búsqueda y, en 1980 llegaron al juez que las dio en adopción. Lo convencieron de que revisara el caso y así localizaron a las chicas, que siguieron viviendo con sus padres adoptivos pero en contacto permanente con sus familiares biológicos.
"Con los chicos que recuperan su identidad ahora me reconozco en la historia en común: nuestros viejos no están. Si bien cada historia es diferente hay algo esencial que está ahí. La mayoría busca también reconstruir su historia, hace una búsqueda mayor. Por otro lado, creo que los que vienen a Abuelas a buscar su identidad están más preparados. Ya son adultos, están más decididos. Por ahí para mí fue mejor porque fue gradual, porque no hubo una mentira", dice.
Tatiana empezó a colaborar con las Abuelas en el área de genética. "Pensaba ser bióloga pero después me decidí por psicología." A partir del 2000, los jóvenes que acudían a la institución para saber si eran hijos de desaparecidos comenzaron a abundar y Tatiana se dedicó a escucharlos. Luego, armó un espacio para acompañar a quienes recuperan su identidad pero por diferentes motivos no se encuentran con una familia biológica que los contenga.
Dice que en todos estos años lo más difícil de afrontar fue la maternidad. "Antes de quedar embarazada por primera vez yo estaba muy enojada con mi vieja. Creo que el enojo es parte del proceso por el que todos pasamos. Cuando me aflojé y lo ‘resolví' me enteré de que estaba embarazada. Era algo que no podía venir antes. En ese momento estaba preparada para recibir a mi hija. Ahora miro a mis hijas y pienso ‘lo que se perdieron'. Me hubiera gustado que las conocieran."

30 de septiembre de 2007
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treinta años de búsqueda


[Victoria Ginzberg] 30 años de Abuelas de Plaza de Mayo. Búsquedas y encuentros.
Buenos Aires, Argentina. La lucha por recuperar los chicos secuestrados por la dictadura o nacidos en cautiverio, que fueron apropiados por los mismos represores, cumple tres décadas. Una historia y muchos relatos de una experiencia terrible, dolorosa y llena de esperanza.
Paula Eva Logares fue apropiada por un represor que la anotó como hija propia e hizo figurar en su documento que tenía dos años menos de los reales. Las Abuelas de Plaza de Mayo la localizaron cuando tenía siete años, pero su físico y su madurez eran más parecidos al de una nena de cinco. Había sufrido una retracción en el desarrollo por el trauma causado cuando la separaron de sus padres. Después de que recuperó su identidad, creció hasta alcanzar a los niños de su edad. "Al principio, hasta nosotras nos preguntábamos si estábamos haciendo bien al pedir que los niños desaparecidos volvieran con sus familias. La reacción de los chicos fue la respuesta", dice Estela Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. En los últimos treinta años, la institución buscó a los niños secuestrados durante la dictadura o nacidos en cautiverio. Muchos de aquellos bebés que hoy rondan los treinta años tocan ahora la puerta de la casa de las Abuelas para buscar su historia.
Treinta años son muchos días de espera. Muchos días de búsqueda. Muchas miradas atentas para reconocer un gesto familiar, unos ojos que reflejen otros. Hace treinta años nacían las Abuelas de Plaza de Mayo. Fue un parto largo. Fue darse cuenta de que los militares de la última dictadura no sólo se habían llevado a sus hijos y sus hijas: también se habían quedado con sus nietos. Desde 1977 hasta hoy, las Abuelas recuperaron la identidad de 88 chicos, pero más de 400 jóvenes siguen desaparecidos. "Cada caso es un triunfo de la verdad sobre la mentira. Nos faltan muchos nietos. Nos faltan la verdad y la justicia plenas, pero mientras caminamos cada vez falta menos", asegura Carlotto.
Las Abuelas representan, tal vez, la herida más abierta que dejó la dictadura. Los familiares de desaparecidos nunca se resignaron a la ausencia. Pero con los años, y sin ceder en el reclamo de saber qué ocurrió con ellos y que sus asesinos vayan a prisión, dejaron de esperar que sus seres queridos regresaran. Los secuestros de embarazadas o de niños pequeños implicaban la posibilidad –con los años cada vez más cierta– de que los chicos estuvieran vivos. Y generaban en sus familias la impotencia de saber que estaban creciendo sin conocer su historia, con un nombre falso y al lado de una persona que podía estar involucrada en el asesinato de sus padres.
La agrupación se gestó en La Plata, en los encuentros entre Licha de la Cuadra y Chicha Mariani, las primeras presidentas de la institución. Salió a la luz con la visita del entonces secretario de Estado de Estados Unidos, Cyrus Vance. Allí fueron las mujeres a manifestarse junto con las Madres de Plaza de Mayo y llevaron carpetas en las que relataban las historias de sus nietos secuestrados o nacidos en cautiverio.
Durante la dictadura, el mayor reto fue conseguir información y comenzar a organizarse. "Al principio creíamos que nos iban a devolver a los chicos. Muchas preparamos un ajuar o dejamos de trabajar con la idea de que íbamos a dedicarnos a criarlos. Hubo que asumir riesgos y anteponer el amor y la necesidad de encontrara a los hijos y nietos. Sabíamos que buscarlos era peligroso pero era un mandato del corazón. Lo bueno fue hacerlo juntas, darnos la mano", dice Carlotto.
Juntas recorrieron juzgados, iglesias, hospitales, institutos de menores y despachos militares. En Europa y Brasil, donde viajaron para denunciar al terrorismo de Estado, recibieron los primeros testimonios sobre los partos clandestinos. Sobre mujeres –sus hijas, sus nueras– que habían dado a luz encadenadas y con los ojos vendados, que eran separadas de sus bebés recién nacidos y luego "trasladadas", es decir, asesinadas. La suma de relatos de sobrevivientes de los diferentes centros clandestinos permitió que se dejara de hablar de casos "aislados" y se desentrañara el plan sistemático para apropiarse de los hijos de desaparecidos.
Mientras los militares se mantenían en el poder las Abuelas se reunían en confiterías, simulaban festejar un cumpleaños y se pasaban papelitos por abajo de la mesa. Eran tiempos de esperar escondidas a la salida de los colegios para ver la cara de un niño o niña que, según una denuncia acercada con total discreción, podía ser un nieto o nieta buscado.
El 1º de agosto de 1979, la organización brasileña Clamor localizó en Valparaíso, Chile, a Anatole Boris y Eva Lucía Julien Grisonas. Los había adoptado un dentista. Estaban desaparecidos desde el 26 de septiembre de 1976, cuando fueron secuestrados con sus padres en San Martín, provincia de Buenos Aires, donde estaban exiliados a causa de la dictadura que había en su país, Uruguay. En marzo de 1980 las Abuelas lograron la primera conquista propia: la identificación de Tatiana Ruarte Britos y Laura Malena (Mara) Jotar Britos. Las hermanas habían sido adoptadas por Carlos e Inés Sfiligoy, que contribuyeron a que recuperaran su identidad y se reencontraran con su familia. Las niñas siguieron viviendo con ellos y aún hoy llevan el apellido Sfiligoy.
La llegada de la democracia no allanó el camino de las Abuelas. "Pensábamos que el Estado se iba a hacer cargo de recomponer la situación y que nosotras íbamos a ser colaboradoras indirectas. Fuimos de una ingenuidad muy grande. Y finalmente nos dimos cuenta de que teníamos que seguir siendo las actoras principales en la búsqueda", recuerda Carlotto. Encontraron en la ciencia su gran aliada, ya que lograron que se elaborara "el índice de abuelidad", que permitía establecer con una muestra de sangre la pertenencia de los niños a un grupo familiar aun cuando faltaran los padres. Luego, el ADN facilitó las cosas. En cambio, tuvieron que padecer campañas mediáticas que sostenían que era mejor no remover el pasado ya que si bien las desapariciones habían sido "lamentables", no había por qué "sacar" a los niños de sus "nuevas familias".
A pesar de que el escenario no era el que imaginaban, las Abuelas siguieron con su trabajo hormiga. Paula Eva Logares fue la primera niña recuperada en democracia y el primer caso en que se usó el análisis de sangre para lograr la identificación. Había sido secuestrada con sus padres, Claudio Logares y Mónica Grispon, el 18 de mayo de 1978 en Montevideo, Uruguay, cuando tenía 23 meses. Y había sido anotada como hija propia por el represor Rubén Lavallén y su mujer. En 1986 se localizó a Elena Gallinari Abinet, la primera niña nacida en cautiverio, que estaba en manos de un subcomisario de la policía de la provincia de Buenos Aires. Para su 20º aniversario, las Abuelas organizaron un recital de rock y colgaron en la Plaza de Mayo un enorme cartel con la leyenda "¿Vos sabés quién sos?". Fue el inicio del acercamiento a los chicos que podrían ser sus nietos desde otro lado. Hijos e hijas de desaparecidos que buscaban a sus hermanos o jóvenes que ya habían sido restituidos se habían sumado al trabajo activo del organismo de derechos humanos. Las Abuelas entendieron que ya no debían rastrear a niños, sino que su búsqueda debía orientarse a adolescentes y adultos. Se propusieron interpelarlos directamente. De hecho, hicieron que una generación entera se preguntara por su historia.
A fines de la década del '90, la satisfacción de ver a los primeros jóvenes que se acercaban solos a la institución fue seguida por otra alegría: el regreso a prisión de los dictadores Jorge Rafael Videla y Emilio Eduardo Massera y otros represores acusados de ser los responsables del plan sistemático para robar a los hijos de desaparecidos y convertirlos en parte del "botín de guerra". Si los tiempos judiciales no vuelven a dilatarse, el año próximo el caso se ventilará en un juicio oral y público.
La Abuelas provocaron, a fuerza de necesidad, el avance de la ciencia en la identificación de personas, la creación del Banco Nacional de Datos Genéticos, la incorporación del Derecho a la Identidad en la Convención Internacional del Derecho del Niño aprobada por las Naciones Unidas y la formación de la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad.
Hoy, los años de soledad pasaron. Deportistas, escritores, dibujantes, músicos, plásticos, actores, periodistas, colaboraron con concursos literarios, festivales de música, confección de afiches, obras de teatro y películas, videos y campañas publicitarias en apoyo de Abuelas. El año pasado, la telenovela Montecristo llevó una historia de apropiación a miles de hogares de todo el país en horario central. Pero cada "caso", como cada biografía, sigue siendo único. Todavía hay más de 400 historias inconclusas. Las más difíciles de completar son aquellas en las que militares o miembros de las fuerzas de seguridad se quedaron con los niños y los criaron como hijos propios. Por eso las Abuelas piden que el examen genético sea obligatorio cuando haya sospechas fundadas de que un nieto o nieta está cerca. Por eso buscan vías alternativas al pinchazo, como la recolección de ADN en cepillos de dientes o restos de pelos en toallas y sábanas.
La reacción de los chicos –hoy jóvenes adultos– que recuperan su identidad sigue siendo el motor central de las Abuelas. "Me di cuenta de que inconscientemente tenía un peso que no percibía. Ahora me siento más completa, más tranquila. Ahora no soy parte de una mentira", le dijo en una entrevista a Página/12 Claudia Poblete en 2004. "No existe verdadero hombre sin verdadera identidad", aseguró Horacio Pietragala en la conferencia de prensa en que se anunció su reencuentro. "La mentira pesa y si alguien te quiere, te quiere ver feliz, y para ser feliz uno tiene que saber quién es", aseguró Victoria Donda en un reportaje en este diario. Dos meses después de conocer su historia Juan Cabandié habló en el acto que se realizó el 24 de marzo de 2003 en la ESMA. Allí definió: "La verdad es la libertad absoluta".

30 de septiembre de 2007
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traición y muerte en pueblo chico


[Cristian Alarcón] Historia de traición, muerte y pueblo chico. Conmoción en General Villegas por la aparición del cadáver del ruralista secuestrado.
General Villegas, Argentina. La policía encontró el cuerpo de Francisco White, capturado 22 días atrás. Ya son cinco los detenidos. Uno de ellos confesó todo. Así se confirmó el sórdido contexto de ese secuestro: una banda improvisada conformada por gente del pueblo que conocía y frecuentaba a la víctima. Se investiga si el hombre murió por un paro o fue estrangulado.
Sólo faltaba que alguien cantara para confirmar la muerte del productor rural secuestrado hace veintidós días, Francisco White, de 59 años. Lo hicieron dos de los integrantes de un grupo formado por sus propios compinches. Con ellos departía en los tugurios en los que solían acortar las noches campechanas. Tras una confesión que duró toda la madrugada de ayer, los secuestradores dejaron claro lo que ya sospechaban por demás los familiares y los investigadores: se trata de una organización más dedicada a los negocios prostibulares que a los delitos complejos. El cuerpo de White apareció en una tapera, a unos 500 metros del asfalto de la ruta 188, junto a unos árboles como pintados por Molina Campos. Aunque la versión de los dos arrepentidos es que "se les murió" de un ataque cardíaco debido a los graves problemas de salud que padecía el productor, el juez esperaba ayer la autopsia con la sospecha de que lo mataron apenas fue secuestrado: "Lo levanta gente conocida, era un final cantado, no iban a dejarlo con vida", sostuvo anoche uno de los investigadores del caso. El cadáver no tiene marcas de disparos, pero sí un golpe en el cuello que podría deberse a un estrangulamiento.
Cuando la historia parecía acercarse al melodrama de provincia dio un giro de novela negra. Fue a las tres de la madrugada. Juez y fiscal federal aguantaban con café la indagatoria a uno de los presos que decidió hablar. Anoche las fuentes no coincidían en quién de los cuatro que habían caído el miércoles se puso a hablar, pero todos coincidieron en que el que confesó dijo que "si quieren saber dónde está Francisco, busquen a Claudio Gómez". Los de la Bonaerense salieron hacia La Trocha, el mismo barrio de donde ya se habían llevado a la meretriz Lidia Quiroz, a su marido, Pablo Lejarza y al boxeador Javier 'Mere' Miranda. Es el lugar de la vieja estación, donde los sueños de progreso quedaron suspendidos con el fin del ferrocarril. Gómez, que se convirtió en el quinto detenido, sería quien entregó finalmente los datos para llegar hasta el cadáver del productor rural.

Anoche declaraba Javier Tomas, el hijo de los dueños del campo vecino, el cuarto de los apresados el miércoles. En rigor, ambos, la víctima y el joven de 28 años sospechado de victimario, eran ‘hijos de'. Ese fue uno de los errores de los secuestradores al evaluar la fortuna del blanco que eligieron: creer en las historias de estanciero que Francisco había ensayado más de una vez ante la mujer a la que frecuentaba "eventualmente, con cierta asiduidad, desde un largo tiempo atrás", Lidia Quiroz. La morocha, que según las fuentes policiales no es una femme fatal, en rigor intentaba ‘pucherear' con servicios sexuales de bajo costo. Su concubino, el remisero Lejarza, en rigor no habría sido su ‘fiolo'. Los investigadores creen que aun así fue suya la idea del secuestro: enterado de los relatos épicos sobre un pasado patricio –White es heredero del Ingeniero White que le da nombre a un pueblo en el sur bonaerense– pensó que era Francisco el que controlaba la supuesta fortuna familiar.
En realidad, Francisco cobraba un sueldo de su padre, el dueño de la mayor parte de las tierras. Tras una sucesión, al productor muerto le correspondería sólo un cuarto de la propiedad. "Cobraba un sueldo que no pasaba los tres mil pesos por mes. En realidad él nunca tenía plata. Muchas veces se tomaba el colectivo de línea para ir del pueblo a la estancia San Francisco", contó uno de los pesquisas que siguió de cerca los pasos de la banda durante los últimos días. Lo que no se comprende es que el mismo diagnóstico erróneo haya hecho Tomas, el preso que vivía en el campo vecino. "Tenían una inquina hace cierto tiempo, de hecho White le había puesto una denuncia por un delito menor", contó una fuente judicial. Entre Tomas y Lejarza estaría, en la visión de los hombres de Delitos Complejos, lo que casi en broma ayer llamaban "el cerebro" del grupo por los errores de principiantes que cometieron desde el comienzo.
En palabras de uno de los expertos en secuestros que siguió los pasos del grupo desde que se interceptó el primer mensaje de texto enviado a la familia: "La de Lejarzo es una mente perfecta para manejar estas circunstancias, pero equivocó el camino". Uno de los primeros indicios de que no se trataba de una banda con capacidad operativa ni inteligencia suficiente fue que no se respetó uno de los abecé de los secuestros extorsivos: que cada quien cumple un rol específico y compartimentado. Tampoco existió un trabajo de inteligencia previa a la víctima. En este caso se trató de los relatos que White hacía ante Lidia Quiroz y otras personas. "Él boconeaba y eso hizo que se creyeran lo que no era", contó un investigador.
White era un tipo entrador, simpático, bonachón. Su vida social era envidiable, sólo que algunos lo identificaban con lo más lumpen de la zona, un pecado que se le perdonaba por el apellido ilustre que llevaba. ‘El Gordo', ‘Pancho' o ‘Corcho' eran algunos de los apodos que no se dejaba decir. Lo cierto es que dejó no pocos amigos en los dos sitios entre los que vivía: General Villegas, la apacible ciudad de 17 mil habitantes muy parecida a la que vivió en su infancia el autor de ‘La traición de Rita Hayworth', y Banderaló, el pueblo de poco mas de mil almas que fue fortín contra los ranqueles a comienzos el siglo pasado. "Se diga lo que se diga, la gente que llegó a conocerte sabe la clase de tipo que eras. Mediante este fotolog le mandamos saludos a la familia White y que tengan fuerza –se puede leer en el Fotolog oficial del Club Ingeniero White, de Banderaló–. Francisco era una persona muy querida y lo que hacía de su vida era problema de él, nadie tiene derecho a cuestionarlo".
Desde el comienzo de la investigación en la que actuó bajo las órdenes del fiscal federal Eduardo Varas, con despacho en Junín, una comisión de Bonaerenses y Federales evaluó si Francisco estaba con vida. Lo cierto es que si no se sospechaba del final de la víctima no se alcanza a comprender por qué los grupos especiales allanaron cuatro casas y detuvieron a cuatro acusados el miércoles. Esas detenciones podrían haber puesto la vida del productor en riesgo. "Hubo un indicio que aceleró las cosas", dijo uno de los jefes del grupo a cargo. El hombre anoche manejaba dos hipótesis, aunque se inclinaba por una de ellas. En principio, que Francisco White habría muerto por un paro cardíaco, como sus propios captores dijeron en sus indagatorias. "Dependía de un montón de medicaciones. Hay que pensar que estando en una condición extrema, atado con alambre de campo, golpeado, encapuchado, en una tapera en el medio de la pampa, puede que tu corazón, recién operado no resista", deslizó. La segunda opción, más siniestra, pero también más lógica es que desde el primer minuto tras su captura, la decisión fue eliminarlo, y por eso son fuertes las marcas que aún tras 22 días tiene en el cuello.
"Si lo hacés a cara abierta, el final está cantado", sintetizó una fuente con cierta experiencia en el tema. ¿Pero qué era lo que hacía pensar de esta manera a los pesquisas? Durante las semanas que duraron las negociaciones para pagar el rescate pedido a la familia la policía analizó los mensajes de texto enviados por Pablo Lejarza. Recordemos que fue en su casa, donde vivía con Quiroz, en el barrio La Trocha. "La perversión de su contenido hacían que sospecháramos de muchas cosas", reveló una fuente. A los policías les impresionó la escritura, correctísima, como corregida por alguien, de los mensajes. Y los detalles personales que en ellos se revelaban, y que no quisieron dejar transcender. Aun así, los expertos en secuestro no terminaba de creer que esos detalles eran dados por el propio Francisco. Por un lado, desde el comienzo estuvo en la mira Lidia Quiroz, porque era común verla junto al productor. Ella podía ser la informante. Por otro, reconocen que en una zona de pequeños pueblos con vida de clubes en cuyas mesas y vestuarios se teje y desteje la cotidianidad siestera también muchos de los datos eran parte del caudaloso río de los chismes.
"Con los mensajes intentaban marearnos", dijo uno de los que los tuvo que analizar.
Tal fue la debilidad de la banda de improvisados que jamás llegaron a negociar con el único que podría haber pagado por Francisco: su padre. El hombre, en los ochenta años, sigue manejando con rigor los fondos de su fortuna, heredada de generaciones de generaciones de White en la Argentina. Sólo para tener una idea de lo vinculada a la historia del país que está la familia, el primer White que pisó la pampa rioplatense fue Guillermo Pío White, quien según los registros llegó en 1800, en un barco procedente de Boston, en lo que aún no eran los Estados Unidos. Con cierta fortuna, aquel White colaboró con la flota del almirante Guillermo Brown. Uno de sus herederos fue el famoso Ingeniero White, que hoy le da nombre a un pueblo del sur bonaerense –Osvaldo Bayer ha relatado una de las masacres más siniestras de obreros en 1907– y que fue quien mereció las diez mil hectáreas que el estado nacional le obsequió en pago de su servicios como modernizador del interior pampeano en tiempos de indios y malones.
Anoche, en Banderaló los amigos de White se hacían compañía tras el desenlace siniestro. El silencio caía sobre el club. Allí, en la peña del Club Social y Deportivo que llevaba su apellido, Francisco cenó la noche en que lo esperó una sombra en la tranquera de la estancia, y la muerte un poco más allá.

28 de septiembre de 2007
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