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dónde está lópez 19


[Adriana Meyer] Seguimientos inexplicables, llamadas, pista con von Wernich, otra con pariente.
Buenos Aires, Argentina. La causa de la desaparición de Julio López investiga a Óscar Chicano, un ex secretario del represor Etchecolatz, y sus asociados. En allanamientos encontraron armas, panfletos nazis y carapintada, y evidencias de seguimientos.
Sin que se diera cuenta, Julio López tuvo una misteriosa compañía diez días antes de desaparecer. "¿Y éste quién es?", se empezaron a preguntar sus compañeros al ver una serie de fotos de actos y reuniones políticas de los que había participado López. Nadie conocía a ese hombre mayor, de pelo ralo. Hace nueve meses esas fotos llegaron al juzgado por la sospecha de que el desconocido hubiera espiado a su entorno para realizar la inteligencia previa al secuestro. Un funcionario del Ministerio de Seguridad bonaerense lo identificó como Oscar Raúl Chicano, ex secretario privado del represor Miguel Etchecolatz. La fuente del funcionario fue un testigo de identidad reservada que además relató un encuentro de ex militares y ex policías, del que participó Chicano, en el que planeaban un golpe de Estado y hablaban del avance de los juicios de lesa humanidad. Hace tres semanas, el juez allanó las casas de cuatro miembros de esa banda y encontró panfletos carapintada y de partidos marginales, armas, símbolos nazis, y volantes sobre López. Esta es la hipótesis más activa en la investigación sobre el destino del testigo que contribuyó a la condena de Etchecolatz, pero no es la única. Se complementa con la que aportó un periodista alemán –que afirmó que a López lo mataron el mismo 18 de septiembre por haberse negado a desdecirse de su declaración– y con el descubrimiento de que una ex asistente de Etchecolatz vive a pocos metros del último lugar donde fue visto López ese día.
Al igual que Chicano, esta mujer también integró la secretaría privada cuando Etchecolatz era el director de Investigaciones de la Policía Bonaerense y en la actualidad pertenece a la misma fuerza. Por este motivo, el juez federal Arnaldo Corazza determinó que sea investigada sólo por la Federal y la Secretaría de Inteligencia. Uno de los testigos que afirmaron haber visto a López caminando por su barrio, Los Hornos, entre las 9 y las 10 y media del 18, es vecino de la mujer. Sobre la misma calle que viven hay un local de Edelap, luego viene la vivienda de la mujer y muy cerca la del testigo, el último que vio a López.

Pista DPA
A mediados de mayo el periodista alemán Jan Uwe Ronneburger, corresponsal de la agencia DPA (Deutsche Presse Agentur), "tuvo conocimiento por medio de dos mujeres y dos varones de que Julio López habría sido inducido a cambiar, el día de los alegatos contra el detenido Miguel Etchecolatz, el testimonio que había prestado con anterioridad ante el Tribunal Oral 1, y que ese extremo conllevaría un cambio político del juicio, toda vez que habría puesto en tela de juicio todos los demás testimonios de la causa", según consta en su declaración a la que Página/12 tuvo acceso. El periodista, que había plasmado esto en un cable de su agencia del 21 de diciembre de 2006, aclaró que sus fuentes eran civiles y que se acercaron a un representante del Poder Ejecutivo nacional, a quien "entregaron toda la documentación bajo reserva de confidencialidad pero como ayuda a las autoridades para ver qué pasaba con López".
Según Ronneburger, sus fuentes le refirieron que la respuesta fue que "pudieron ser ex represores", y respecto de la veracidad de la versión el funcionario les dijo que "el camino era el correcto y les aconsejó que tuvieran cuidado". Página/12 pudo saber que la persona contactada por las fuentes del periodista sería una funcionaria del Ministerio de Justicia, de rango medio. Cuando el juez Corazza le preguntó si podía aportar algún elemento que permita individualizar a quienes asesinaron a López, el periodista respondió que "la respuesta del Poder Ejecutivo fue que López fue asesinado el 18 de septiembre de 2006", aunque aclaró que esto "no le consta sino que se lo relataron sus fuentes.
El juez Corazza considera factible que los hechos se hayan desarrollado de esta manera, según comentó a este diario una alta fuente del caso. Cuatro testigos vieron a López caminando por el barrio, en dirección contraria a los tribunales donde lo esperaban. El magistrado destaca el dato de que la defensa de Etchecolatz había pedido ese día la postergación de los alegatos, como para tener tiempo de forzar a López a desdecirse de su declaración incriminatoria no sólo de ese represor, ex mano derecha de Ramón Camps, sino de otros siete ex policías. En esa línea, el testigo habría ido a una reunión en el lugar donde fue visto por última vez, en la que habrían intentado inducirlo a cambiar sus dichos, y de la que pudo no haber salido con vida. Si López salió de su casa por propia voluntad se disipan varios de los interrogantes sobre cómo abandonó la vivienda (se puso los borceguíes que usaba para ocasiones especiales, apagó las luces y cerró una ventana) y por qué ésta no presentaba ningún signo de violencia.

Pista Chicano
El superintendente Óscar Alberto Farinelli, ex miembro de la Dirección de Investigaciones de la Policía Bonaerense (Dipba), fue encargado de identificar al hombre que aparece en las fotos al lado de López. Lo hizo con un testigo de identidad reservada que suministró el nombre de Chicano y también dijo haber participado de una reunión política, en febrero de 2007, junto a doce personas "lideradas por el teniente coronel (retirado Anselmo) Palavezatti", que dijo tener "grupos de combate en todo el país para dar un golpe de Estado". En otra foja del expediente figura que el testigo afirmó que en ese encuentro se habló del avance de los "juicios de lesa humanidad". Luego de su declaración, personal de la Policía Bonaerense le exhibió las fotos que habían llamado la atención a los compañeros y compañeras de López, y el testigo reconoció a Chicano.
Cuando los enviados del juez Corazza allanaron su casa y las de los demás participantes de esa reunión (Palavezzatti, Sanz Salaregui y Aldo Conter), encontraron folletos del Partido Popular de la Reconstrucción (PPR) con la leyenda "boletín informativo Mohamed Alí Seineldín en Libertad, lista 51", cargadores vacíos para pistola 9 milímetros, variedad de cartuchos, una pistola Browning 9 milímetros, una cartilla de adiestramiento de conducción de grupos y hojas de afiliación al PPR, elementos de computación, celulares, volantes sobre la recompensa por López, un informe titulado "Serían delitos de lesa humanidad los crímenes cometidos por la subversión en los '70", una cartilla del Partido Revolucionario Ético, otra pistola calibre 22, materiales químicos, un cuadro con un águila y una esvástica y una pistola del Ejército.
La situación de los dueños de esas viviendas allanadas depende del peritaje que los investigadores están terminando respecto del material informático. Página/12 pudo saber que entre los planes delirantes que aparecen figura la idea de "utilizar a los beneficiarios de los Planes Trabajar para cultivar el campo", tras el golpe que les permitiría acceder al poder. Más allá del vínculo con el secuestro de López, la fuente consultada afirmó que "esto dará inicio a otra causa".
Hay elementos en la causa para vincular a esa banda mixta con los represores detenidos en Marcos Paz. En el juzgado están convencidos de que son grupos con "códigos, lealtades y dinero", lo cual les da el grado de autonomía de una "sociedad anónima", tal como la denominó la fuente, parafraseando a un importante funcionario del gobierno nacional. ¿Puede haber sido planeado allí el secuestro?, quiso saber Página/12. "Es perfectamente posible", respondió la fuente.

El Capellán y el Pariente
El fiscal del caso, Sergio Franco, sospecha respecto de la posible participación del ex capellán policial en el secuestro, porque su juicio era el que seguía al de Etchecolatz. El teléfono de Von Wernich aparece en la agenda de Etchecolatz, y la investigación determinó que ese número está a nombre de una agencia de seguridad (Tipper Car Security) vinculada a otro ex miembro de la patota de Etchecolatz, el comisario Rousse. Del cruce de llamadas los días previos y posteriores a la desaparición de López surgen comunicaciones con la cárcel de Marcos Paz.
A fojas 3202 del expediente surge que un testigo de identidad reservada acusó a un familiar directo de López de haberlo amenazado con matarlo porque había descubierto un secreto íntimo de este hombre. Fue intervenido el teléfono del familiar pero como fue avisado de esta situación toda la pesquisa quedó viciada. El juez terminó investigando al denunciante y encontró que se trata de una persona que estuvo vinculada a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA).
Myriam Bregman y Guadalupe Godoy, abogadas de López en el juicio contra Etchecolatz y querellantes en esta investigación, se quejaron ante Página/12 de que las medidas se toman "tarde y mal, y por eso frustran las pistas fundamentales". Godoy destacó que los policías nombrados por López en sus declaraciones judiciales "no fueron investigados", y esto lo reconocen en el expediente las propias fuerzas de seguridad actuantes. Se trata de Julio César Garachico, que tiene un casino en Esquel, Urcola, Manopla Gómez, Peralta, el cabo Gigena y Jorge Ponce.
A modo de ejemplo enumeraron que la agenda de Etchecolatz aún no fue incorporada al sistema de cruce de llamadas, que la computadora del juzgado de Corazza no tiene capacidad para abrirlo, y que el Ministerio de Seguridad habría permitido que el hijo de Chicano saque fotocopias del expediente, siendo que estaba bajo la mira y su casa fue allanada meses después. Las letradas se alarmaron de que el encargado del la "pista infiltrado" haya trabajado en "nada menos que en la Dipba (Etchecolatz) en la dictadura". Y agregaron que los recientes allanamientos a las casas y al penal de Marcos Paz se hicieron sin presencia de funcionarios judiciales. En este sentido, la falta de control llegó al punto de que el fiscal Franco hizo una denuncia penal contra el Servicio Penitenciario Federal por haber ocultado pruebas que "habrían sido esenciales para esclarecer el caso". Por todas estas razones, Bregman y Godoy enfatizaron que "tiene que quedar clara la responsabilidad de los que investigan, y si no podemos encontrar a los secuestradores y hay tanto encubrimiento avancemos en busca de los encubridores". Según ellas, "como no se pondera cada pista lo importante queda diluido". Bregman concluyó que "a un año estamos 1 a 0: 1 año, cero imputados". Y Godoy completó que "no hay voluntad política para saber qué grupo se llevó a Julio, si fue la derecha, los carapintadas, los milicos o todos juntos, y esto sólo instala una enorme incertidumbre social como ocurre con los casos impunes, como la AMIA". Ante este escenario desde la agrupación Justicia Ya! La Plata se preguntaron "de dónde viene el reiterado optimismo de Aníbal Fernández o de León Arslanian, y el porqué de la pasividad del juez Corazza frente a estas anormalidades".

16 de septiembre de 2007
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jerarquía colaboró con dictadura


[Sebastián Abrevaya] Pérez Esquivel cuestionó a la jerarquía de la iglesia durante la dictadura. "Hubo compromisos con la represión".
Al declarar en la última audiencia del juicio al cura Von Wernich, el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel recordó que trató "de motivar a la cúpula de la Iglesia, pero nunca tuvimos respuesta", en la búsqueda de los desaparecidos. Destacó las excepciones como los obispos Hesayne y Novak.
"Dios no mata." Esa inscripción, escrita con su sangre por un detenido en una pared de la Superintendencia de Seguridad Federal, dejó una marca imborrable en el Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel. En la última audiencia del juicio contra el ex capellán de la Policía Bonaerense Christian von Wernich, tanto la Iglesia Católica Argentina como el Vaticano fueron duramente cuestionados. "Traté de motivar a la cúpula de la Iglesia para que nos ayudara en la búsqueda de los desaparecidos, pero nunca tuvimos respuesta", afirmó. Tras relatar su cautiverio y el vuelo de la muerte del que se salvó, Pérez Esquivel sentenció: "Hubo concepciones ideológicas e intereses que han llevado a sectores de la Iglesia a comprometerse con la dictadura y con la represión". En su declaración, describió un encuentro con el Papa Juan Pablo II en el que le presentó un informe con 84 casos de niños desaparecidos y recibió una respuesta: "Usted tiene que pensar también en los niños de los países comunistas". Ante el tribunal también se presentó el teólogo y ex sacerdote, Rubén Dri, quien envió al entonces presidente de la Conferencia Episcopal, el cardenal Raúl Primatesta, un documento sobre las violaciones de los Derechos Humanos que nunca fue contestado.
Los familiares de los funcionarios civiles que debían declarar ayer por su participación en la última dictadura no se quedaron a escuchar el relato de Pérez Esquivel, el presidente del Servicio de Paz y Justicia (Serpaj) en América latina. El había sido citado como Premio Nobel de la Paz –al que era candidato estando en cautiverio– y por su participación en el movimiento cristiano no violento en Latinoamérica que, en 1975, dio lugar al Movimiento Ecuménico y la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos.
Con su testimonio, Esquivel dio cuenta de las similitudes del proceso militar en toda América latina y del "avance entre luces y sombras, con grandes contrastes" de la Iglesia. Después del 24 de marzo del '76, abandonó el país y viajó a Riobamba, Ecuador, donde fue apresado junto a 14 obispos latinoamericanos y 4 norteamericanos por un batallón del ejército local en un hecho que fue relacionado con el ‘operativo Cóndor' y "la internacional del terror". Allí también los acusaron de subversivos y el obispo de Riobamba les respondió: "El único libro subversivo que tenemos es el Evangelio". En ese encuentro se esperaba a dos obispos argentinos, Enrique Angelelli, de La Rioja, y Vicente Zaspe, de Santa Fe. "Con Angelelli había hablado unos días antes de su asesinato. Tenía dificultades en llegar a Ecuador porque habían asesinado a dos sacerdotes de su diócesis", detalló Pérez Esquivel de sus últimas conversaciones con el obispo. "Lo que pasaba cuando se trabajaba en las villas miserias –declaró–, cuando se atendía a los pobres y a los campesinos, cuando uno trabajaba con los sectores más necesitados, era que el sistema los veía como enemigos."
De vuelta en Argentina, el 4 de abril de 1977, Pérez Esquivel fue detenido en el departamento de policía cuando intentaba renovar su pasaporte. Desde entonces pasó por la Superintendencia de Seguridad Federal –adonde también llevaron al director del diario Buenos Aires Herald, Robert Cox y a la familia Graiver–, la base aérea de Morón en El Palomar y la Unidad número 9 de La Plata. "Nunca fui interrogado a pesar de las torturas", resumió. Además, hizo un claro análisis sobre la situación general: "La doctrina de la seguridad nacional, impuesta como política para todo el continente, es muy clara: señala que a la religión hay que usarla vaciada de contenido por la acción psicosocial que ejerce sobre los pueblos".
En 1981, se realizó la primera audiencia con el Papa. Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo –que todavía no se habían terminado de formar– habían confeccionado con el caso de 84 niños secuestrados y desaparecidos en el país. "Yo se lo entregué en mano al Papa –recordó–. No fue una reunión feliz. Fue una reunión muy complicada, un recibimiento muy duro y muy frío. Le dije al Papa que le llevaba el dossier que nos había dado Chicha Mariani, fundadora de Abuelas."
"Este informe yo se lo mandé por tres canales, pero él me dijo que nunca llegó a sus manos. El Papa guardó eso y después, de muy mal modo, me dijo: Usted tiene que pensar en los niños de los países comunistas. Yo le respondo que tenemos que pensar en todos los niños del mundo, pero éstos son niños secuestrados y desaparecidos en la Argentina por una dictadura que se dice cristiana y occidental", relató.
En otras oportunidades la Nunciatura apostólica recibió el reclamo de intervención por parte del Vaticano. Algunos de esos encuentros con el nuncio Pío Laghi "fueron muy duras y muy críticas". "Aquí estuvieron los tres comandantes anoche y les dije sobre la cuestión de los desaparecidos y los derechos humanos en Argentina. ¿Qué quiere que haga?, yo no puedo hacer lo que los obispos argentinos no quieren hacer", fue la respuesta de Pío Laghi en una de esas reuniones, según relató Pérez Esquivel.
La madrugada del 5 de mayo del '77 lo llevaron esposado hasta lo que Pérez Esquivel reconoció como el aeropuerto de San Justo. "Veo en la pista un avión –relató–, me encadenan. El avión era pequeño. Había un oficial, un suboficial, tres soldados, el piloto y el copiloto. Vuela sobre el Río de la Plata, el Paraná de las Palmas, el Paraná Guazú, el Paraná Miní, la isla Martín García, reconozco la costa del Uruguay, la barra de San Juan. El avión da vueltas y vueltas por ese lugar hasta que llega una orden para que el avión se dirija a la Base Aérea de Morón, en el Palomar. Es decir, soy un sobreviviente de esos vuelos de la muerte."
El último testimonio perteneció a Rubén Dri, un teólogo y filósofo que se había ordenado sacerdote en Chaco y que debió exiliarse en México a partir del '76. Desde allí, elaboró un documento sobre las violaciones de los Derechos Humanos que envió al cardenal Primatesta sin que le respondiera. "Nos extrañaba que la jerarquía eclesiástica no denunciara estos terribles hechos", confesó. Además, criticó la existencia de las capellanías porque los militares pueden confesarse con el sacerdote que le corresponda. En el juicio se planteó el problema de la responsabilidad del capellán quien, según Dri, si luego de denunciar los hechos ante su obispo no recibe la orden de abandonar su cargo, debe renunciar por su propia cuenta. "Es una aberración aceptar trabajar en un lugar donde se violan todos los derechos cristianos." Rechazó totalmente que puedan ser consideradas como confesiones las condiciones en las que Von Wernich actuaba en los centros clandestinos. "La confesión no es válida si el que la recibe pertenece a otra religión" y, de ser católico, "tiene que haber un consentimiento absolutamente explícito", aclaró. Además, sostuvo que es un acto totalmente privado, por lo que no es lícito que haya otras personas presentes en ese momento.

14 de septiembre de 2007
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cae otro cura en caso del demoníaco


Argentina: Detienen a cura testigo en juicio a ex párroco de El Quisco.
El tribunal que juzga por delitos de lesa humanidad al sacerdote argentino Christian Von Wernich, conocido también como el ex párroco del El Quisco, ordenó hoy la detención del cura Pedro Traveset por el presunto delito de "falso testimonio".
La medida fue solicitada por el fiscal Carlos Dulau Dumm después de un careo con el testigo Héctor Rossi, quien había declarado en el juicio que Traveset le confió que Von Wernich le había sugerido que dejara de buscar a un desaparecido durante la última dictadura militar porque esa persona estaba muerta.
La víctima era Eduardo Lugones, un estudiante de medicina secuestrado por agentes de la dictadura militar argentina en presencia de Rossi.
El Tribunal Oral Federal de la ciudad de La Plata entonces puso a Traveset a disposición del juez Humberto Blanco, quien deberá resolver la situación procesal del religioso.
La de hoy fue la última jornada de la audiencia pública del juicio a Von Wernich, ex capellán de la Policía de la provincia de Buenos Aires, a quien el tribunal platense juzga por siete homicidios, 31 casos de torturas y 42 privaciones ilegales de la libertad durante la dictadura.
Von Wernich "daba misa" a los militares cuando éstos volvían de los "vuelos de la muerte", aseguró el Premio Nobel de la Paz 1980, Adolfo Pérez Esquivel, quien señaló que el ex capellán policial "les decía que habían salvado a la patria del comunismo internacional".
Von Wernich fue ubicado en 2003 por el desaparecido semanario chileno Siete + 7, que denunció su presencia en un artículo titulado "El cura torturador que se esconde en El Quisco". En ese balneario litoral de la Región de Valparaíso, el religioso de pasado represor ejerció por siete años como párroco de su única iglesia haciéndose llamar Christian González.

14 de septiembre de 2007
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cura demoníaco no estaba solo


[Alejandra Dandan] El cura Rubén Capitanio critico a la iglesia en el juicio contra Christian von Wernich. "Fue una madre que no buscó a sus hijos".
Fue compañero del seminario del ex capellán, juzgado por su complicidad con la dictadura. Hizo un mea culpa sobre el rol de la jerarquía eclesiástica. "Alguno va a pensar que este juicio es un ataque a la Iglesia y yo quiero decir que es un servicio a la Iglesia."
Rubén Capitanio fue compañero del seminario mayor de La Plata del ex capellán de policía Christian von Wernich. Perseguido por la dictadura, se fue a Neuquén en 1976 donde fue acogido por el obispo Jaime de Nevares. Todavía es sacerdote en Neuquén. Ayer declaró en La Plata durante el juicio oral al ex capellán de policía Christian von Wernich. Para los presentes, su testimonio fue uno de los ‘mea culpa' más importantes de alguien de la Iglesia. "La Iglesia –dijo él– no mató pero no salvó" las vidas de las víctimas; "fue una madre que no buscó a sus hijos, llegó a prohibir la entrada de familiares de desaparecidos" y evitó estar "cerca de los crucificados y no de los crucificadores".
En 1972, Capitanio era asesor del capellán del servicio penitenciario del penal de Olmos desde donde hizo las primeras armas en el trabajo pastoral más combativo. En la audiencia de ayer recordó cómo terminó expulsado con su superior luego de denunciar a los empleados del servicio penitenciario por malos tratos. Volvió al penal tiempo después y como interventor durante el gobierno de Héctor Cámpora.
El 4 de agosto de 1976, la llamada de uno de los hombres de la cúpula de la Iglesia más comprometidos con la dictadura le salvó la vida. "Esta noche –le dijo el arzobispo de La Plata, Antonio Plaza– no quiero que duermas en La Plata." El cura, que estaba al frente de una capilla de Berisso, dejó todo.
Para entonces, Von Wernich ya era capellán de la policía de Ramón Camps, dueño de la vida y de la muerte de quienes pasaban por los centros clandestinos. Capitanio lo había conocido tiempo antes, en 1970 cuando hacían juntos el seminario de La Plata. La semana pasada, un testigo aseguró que Von Wernich había sido expulsado del seminario y pudo haber sido ordenado con un certificado falso.
Al juicio, Capitanio llegó convocado por la querella. No tanto para que hable del seminario sino de la existencia de la contradicción entre una y otra Iglesia; de la iglesia de Von Wernich y de la que él mismo formaba parte.
"Para nosotros es importante que no se entienda a Von Wernich como un cura suelto, un loquito perverso que además le gustaba ver sufrir a la gente", dijo Adriana Calvo, de la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos y testigo del juicio. "Lo que nos interesa que quede claro es que Von Wernich no era una pieza suelta sino un engranaje que partía de la cúpula de la Iglesia, y no era el único capellán en los campos."
El año pasado, el propio Von Wernich había dicho eso en defensa propia. Capitanio dio cuenta, en cambio, del compromiso de la Iglesia con la cúpula militar que, como institución, dijo, todavía no hizo un verdadero reconocimiento de lo que sucedió. "La Iglesia, escandalosa y pecaminosamente –explicó–, fue cercana a la dictadura porque no cumplió con el deber de servicio a la vida." Tuvo la Iglesia "durante la dictadura una conducta dolorosa y hasta que no reconozcamos este comportamiento seremos una Iglesia infiel".
Aunque no lo dijo con todas las letras, el cura se refirió a la polémica que cobró fuerza en los últimos días tras un reconocimiento público del obispado de Neuquén por el silencio de la Iglesia durante la dictadura. Su posición fue retrucada por el vocero del Episcopado, Jorge Oesterheld, que recordó la supuesta autocrítica que la Iglesia dice haber hecho durante el Encuentro Eucarístico de Córdoba en el jubileo del año 2000. Capitanio cree que aquello no se hizo con el marco ni con el lenguaje apropiado. "El pueblo argentino no entendió que le pedimos perdón, porque fue en un marco solemne y religioso", dijo en una entrevista.
En el día de ayer, planteó el rol que debían cumplir los capellanes de las Fuerzas Armadas y Seguridad, que "deben estar al servicio del encarcelado, del detenido". Y continuó: "Cuando la muerte tuvo tanta fuerza –dijo–, hubiera sido fundamental que el vicariato castrense defendiera la vida y no fue así".
En aquellos años existió una pugna entre la cúpula de la Iglesia y los curas identificados con el movimiento de sacerdotes para el tercer mundo o solidarios con quienes denunciaban las violaciones a los derechos humanos. En ese contexto, Capitanio fue dando ejemplos de lo que hizo uno y otro sector. "Mientras las madres de los desaparecidos buscaban un sacerdote para que ofrecieran una misa por sus familiares los generales eran recibidos y atendidos."
En mayo de 1976, contó, la cúpula la Iglesia difundió "documentos vergonzosos" que mencionaban "a los detenidos-desaparecidos" y "pidió con miedo que se suavizara la situación". ¿Cómo se podían suavizar estos crímenes?, se preguntó, "porque a los crímenes hay que pararlos no suavizarlos".
Como capellán de policía, Von Wernich asistía en ese momento a los centros para sacarles información a los detenidos en confesiones o escucharlos en las torturas. Pero también era sacerdote de 9 de Julio. Como otros tantos testigos, un día Capitanio se lo encontró cuando pasó por la diócesis luego de visitar un convento benedictino en Los Toldos.
"Gritó mi nombre –dijo por Von Wernich– y me dijo que sabía que yo estaba ahí porque se lo habían dicho en la (Unidad) Regional" de la policía.
Esa fue la última vez que lo vio.
"Sentí que me estaba notificando y se retiró, después no lo vi nunca más y creo que no era mentira que en la Policía le habían informado de mi presencia."
"Alguno va a pensar que este juicio es un ataque a la Iglesia y yo quiero decir que es un servicio a la Iglesia: esto nos ayuda como Iglesia y también nos ayuda a buscar la verdad." Pidió perdón a las madres, hermanos y a "todo nuestro pueblo".
Sobre Von Wernich pesa una acusación por siete casos de homicidio, 31 casos de tortura y 42 secuestros.

11 de septiembre de 2007
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parque de la memoria


[José Pablo Feinmann] Durante el periodo de dictaduras argentinas, militantes eran rescatados de la muerte para ser torturados y asesinados.
Es un parque. Un espacio que se recorta en el espacio y recupera en esa interioridad un sentido. Lo recupera porque ese sentido suele extraviarse, perderse en las zonas protectoras del olvido. Es un parque contra el olvido. Una sociedad vacila –siempre– entre la memoria y el olvido. Sobre todo si el terror la hirió y de esa herida quiere salir. Del terror que nos reclama desde el pasado se sale mal y se sale bien. Mal, cuando la sociedad elige olvidar, hundir en algún recoveco de la conciencia todo cuanto reniega, eso de lo que no quiere hacerse cargo. Lo que se olvida pasa a segundo o a tercer término. O no tiene término: cae en un socavón oscuro que, algunos suelen llamar inconsciente colectivo. El olvido es –sin embargo– persistente. Todo lo negado persiste en la conciencia, persevera. Lo negado engendra peste. Una patología devastadora que enferma a los pueblos. Hay una frase que se utiliza en estos casos y dice que los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo. La frase exige a los pueblos recordar lo malo para no sufrirlo otra vez. Es una frase-advertencia. Pero los pueblos no creen en las advertencias. Las advertencias advierten sobre el futuro y los pueblos –que son las personas, cada uno de los desvalidos seres que habitan este cascote que llamamos "mundo"– quieren habitar el presente, dado que el pasado quieren olvidarlo y el futuro los asusta. Nada más cómodo que olvidar. Hagamos una prueba. Usted, que lee estas líneas, no sabe aún de qué tratan. Supongamos que ahora, sin aviso ni preparación previa, yo le arrojo una cita de un libro de Pilar Calveiro: "Muchos militantes murieron por efecto de la ‘pastilla'. Sin embargo, ya en 1977, el personal de algunos campos sabía cómo neutralizar el efecto del cianuro y podía revivir a una persona ‘empastillada'. Obviamente pasaba del médico al torturador; sacar a alguien del envenenamiento ya había insumido un tiempo importante, por lo que la tortura se ‘debía' aplicar de inmediato e intensivamente para obtener información" (Pilar Calveiro, ‘Política y violencia. Una aproximación a la guerrilla de los años '70', Norma, Buenos Aires, 2006, p. 181). Algunos dirán: yo no quería saber esto. Otros: si leo este diario me lo tengo que bancar. Otros: yo no leo más, bastante tengo con mis problemas de hoy. Aun el mejor intencionado, el más abierto a los temas de los derechos humanos sentirá un horror inocultable: ¿no bastaba con tomar "la pastilla" para salvarse del horror de la tortura? No. La búsqueda de información (a la que, recuperando la instrumentalidad, la racionalidad del terror nazi, se llamó acción "de inteligencia") bloqueó esa salida al militante (armado o no, clandestino o de superficie) que buscara ese último refugio: morir. Hubo médicos que estudiaron cómo limpiar a los "empastillados". Porque para esa tarea se necesita a un médico. Un médico certero, eficaz. Que no estudió para eso pero que ahora pone ese saber al servicio de la búsqueda de información. "Tráiganlo, póngalo ahí, lo limpio y se los entrego." Acaso con cierto alivio habíamos pensado que para muchos la pastilla entregó la posibilidad de eludir el tormento. Tal vez usted, que lee este horror desatinado que me permito arrojarle, tenía un amigo y le dijeron que había tomado la pastilla. Ahora no sabe si el saber del terror planificado e instrumental lo limpió y lo entregó a los torturadores. Seguramente no tolera imaginar (porque es inimaginable) el padecimiento de un ser que despierta y descubre que no, que no murió, que su pastilla fue conjurada y que le espera todavía lo peor.

Así murieron muchos. Y tenemos la obligación de recordar ese horror. No porque si lo recordamos no volverá a repetirse sino porque recordarlo es aún nuestra posibilidad de habitar sanamente en este país y hasta en este mundo. Una moral es posible: la de no olvidar el horror y la de pensarlo sin claudicaciones. El Estado argentino llegó a los extremos de la abyección para pelear una "guerra" que consideró parte de otra: la de Occidente contra el comunismo, la "Guerra Fría". Esa guerra fue "fría" entre las potencias que encarnaban cada uno de los dos bloques. Pero fue caliente en los países del Tercer Mundo: en Vietnam y en América latina. Aquí, en el patio trasero del Imperio, había que aniquilar cualquier foco de resistencia. Otra Cuba, jamás. De este modo, "ni el socialismo democrático de Allende, ni un peronismo de raíz nacional-popular con influencia de sectores radicalizados, ni la alianza política de la izquierda uruguaya con fuerte presencia del comunismo, a pesar de sus diferencias ostensibles, resultaban ‘tolerables' para un proyecto de apertura y penetración profunda de las economías, las sociedades y los sistemas políticos que no admitía freno ni contraparte" (ibid., p. 189). Ese "peronismo de raíz nacional-popular con influencia de sectores radicalizados" (que se identificaban también como peronistas o como trotskistas) fue el masacrado en los campos de la dictadura. Su suerte ha sido tan turbia que –además de morir tan malamente– todavía es cuestionado por una izquierda "anti-populista" o "social-demócrata" que jamás inquietó al Estado desaparecedor y que pudo permanecer casi intocada. Algunos demoran demasiado en entender la explosividad que esa mezcla de marxismo, populismo, nacionalismo hegeliano, "negrada peronista" y hasta ese líder, Perón, que siempre se le atragantó a los Estados Unidos (hiciera o no "buena letra") representaba para los sectores dominantes de la Argentina y para el Imperio transnacional, el que dio la orden para la matanza por medio de su más eficiente y vigoroso criminal de guerra, Henry Kissinger: "Mátenlos, pero que sea antes de Navidad".
Ahora camino por el Parque de la Memoria junto a Marcelo Brodsky, que empuja el proyecto desde la Asociación Civil Buena Memoria. Es la mañana de un sábado y el río perdió la línea del horizonte porque una niebla intempestiva lo sofoca. Raro, pensamos. Cuando salimos desde el centro de la ciudad hacia la costa del Río de la Plata el sol nos sorprendió y hasta nos dijimos que al fin aflojaba este invierno duro. Aquí, en la costa, no. Está húmedo y el río se ve gris y la niebla semeja –lo sé: es una metáfora previsible, pero no la puedo evitar porque así ocurrió, porque la realidad es, a veces, evidente, lineal pero siempre temible pues revela lo oculto por ausencia o por presencia excesiva– un sudario, una mortaja: ahí los tiraron, algunos ya estaban muertos; otros, demasiados, no. El Parque de la Memoria exhibe, para quienes entren en él, para quienes quieran recordar, el Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado. Son unos muros largos con nombres, nombres, tantos nombres como infinito fue el terror. Uno no puede evitar estremecerse por las edades de las víctimas: veinte años, dieciséis, veinticinco, dieciocho, veintitrés, catorce. Hay, también, "veteranos", "hombres de edad": treinta y dos años, veintinueve, treinta y uno, treinta y tres. Los torturaron, los mataron y los tiraron a ese río en que el monumento desemboca con una coherencia escalofriante: cuando terminamos de leer los nombres (que están ordenados por años: los desaparecidos en el setenta y cinco, en el setenta y seis, en el setenta y siete y así hasta el ochenta y tres) estamos, nosotros, frente al río.
Alguien se acerca a Marcelo. No sé quién es. Juro que no lo conozco, pero pareciera pertenecer a los que han participado en el proyecto. O no: por lo que pregunta, digo. Porque su pregunta dice: "No sabía que iban a estar también los nombres de los muertos en combate". Marcelo no duda: "Por supuesto", dice. Marcelo tiene un hermano desaparecido. No "en combate", pero sí "desaparecido". Como todos. Porque todos están desaparecidos. Porque no hay desaparecidos buenos y desaparecidos malos. No hay desaparecidos "inocentes" y desaparecidos "culpables". El monumento no es para los que desaparecieron aunque "no tenían nada que ver". O sólo eran "inocentes perejiles". El Monumento es para las Víctimas del Terrorismo de Estado. Es, también (seamos rotundamente claros), para Roberto Santucho, que organizó el nefasto ataque a Monte Chingolo y le hizo más fácil todavía el golpe a Videla además de llevar a la muerte a demasiados militantes que creyeron en su delirante propuesta: organizar el ataque guerrillero más importante desde el asalto al Moncada. Ni yo ni Pilar Calveiro, por ejemplo, tenemos la menor simpatía por Santucho. Hemos tenido enormes y agrias diferencias con los que eligieron los fierros en lugar de la política. Con los que se apartaron para siempre de todo proyecto popular a partir del asesinato alevoso y no confesado de José Rucci. Escribí un largo ensayo contra la violencia y los violentos, los que se escindieron de las bases, los que se sustantivaron en una estrategia ciega y militarista que se extravió a sí misma reproduciendo en su interior el orden militar al que creían oponerse. Pero aquí, hoy, todos, ellos y los otros (insisto: todos) son mis compañeros y los de Marcelo. Porque ninguno merecía morir como murió. Ninguno merecía la muerte por desaparición. Ninguno merecía no ser entregado a sus familiares para que, al menos, pudieran velarlo y enterrarlo como se vela y se entierra a un hijo o a un hermano o a un amigo. No importa el número de muertos que provocó la guerrilla. La derecha de este país se empeña en subir esa cifra como si eso pudiera ‘empatar' la cuestión. Como si eso pudiera consagrar la teoría que postula la existencia de ‘dos demonios': la guerrilla y el poder militar. ¿Quién sabe cuántos murieron en enfrentamientos si los enfrentamientos se fraguaban? ¿Qué ‘guerra' es la que origina seiscientos u ochocientos muertos de un lado y treinta mil del otro? ("Dos mil de los cuales eran judíos", como me dicen los dirigentes de la AMIA, que también tendrá su monumento a las víctimas del atentado terrorista que sufrió a manos de un ‘autor intelectual' que ellos conocen bien y de cómplices de adentro que también conocen y son los mismos que ejercieron el terrorismo de Estado que fue, además, rabiosamente antisemita. Me lo dicen un día viernes mientras, invitado, almuerzo con ellos. "La mayoría de esos jóvenes judíos postulaban que el Estado de Israel es la cuña del imperialismo en Medio Oriente", les digo con deliberada aspereza. "No importa", me responden, "eran judíos".) Pero hay algo que diferencia de modo definitivo a los muertos del Estado terrorista y a los muertos de la militancia de la izquierda peronista, obreros, profesionales, universitarios, guerrilleros, perejiles y familiares, amigos o "tímidos". Los de un lado (el Estado y el Ejército que impuso el plan neoliberal de Martínez de Hoz o Walter Klein, los socios civiles, abundantes, del terror) pudieron tener a los suyos y velarlos y sepultarlos. Los otros, no. Las víctimas del Estado desaparecedor no están. Se esfumaron, como dijo claramente Videla. Para que nadie los olvide se hace este Parque de la Memoria. Es una herida en la ciudad, un gesto testimonial, valiente, que habrá que cuidar de la injuria de las hienas y visitar asiduamente para estar ahí, cerca de ellos, inocentes todos, porque el que muere sin justicia, sin defensa, sin ley, con su cuerpo escamoteado al amor postrero de los suyos, es inocente, estemos o no de acuerdo con lo que hizo cuando vivía, aunque discutamos hasta el final de nuestras vidas qué estuvo bien, qué estuvo mal. Porque muchos errores sin duda se cometieron para que todo terminara tan mal. Pero esa generación creyó que podía cambiar el mundo, hacerlo mejor, tener ideales y jugarse por ellos. Pocos, hoy, creen en esas enmohecidas vehemencias del pasado.

9 de septiembre de 2007
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mudo con juicio oral


[Horacio Cecchi] La increíble historia del sordomudo preso que es iletrado, no sabe señas pero igual le leyeron sus derechos y le tomaron declaración. El mudo que tendrá su juicio oral.
Buenos Aires, Argentina. Una mujer lo acusó de haberla violado tras "conversar" con él en un bar de San Miguel. Lo detuvieron, lo golpearon y le leyeron sus derechos. El fiscal consideró válida su "confesión" aunque la intérprete no entendía nada. Está preso en Sierra Chica. Un caso emblemático de cómo la policía y la Justicia tratan a las personas discapacitadas.
Entre la Justicia de San Martín y la Bonaerense de San Miguel lograron en dos días lo que la ciencia médica no pudo resolver en 33 años: le devolvieron la voz a un sordomudo de 36 años. Hugo Sosa, que de él se trata, fue detenido hace ocho meses acusado de violación por una mujer que aseguró haber estado conversando con él. Una patrulla de la 1ª de San Miguel le dio la voz de alto y como no respondió, entre nueve policías lo molieron a palos; le leyeron sus derechos siendo sordo y le hicieron firmar la acusación en su contra siendo mudo e iletrado. Sosa tampoco entiende el lenguaje de señas por el simple motivo de que apenas si lo estudió hace más de un cuarto de siglo. Para comunicarse usa señas inventadas por él que sólo entienden su familia y los más cercanos. El fiscal Marcelo Segarra le tomó declaración sin la presencia de un defensor y ante una intérprete de señas, ubicada de apuro y que después reconoció no haber entendido ni mu. Igual, Segarra acusó a Sosa de abuso sexual agravado, apoyado en la supuesta confesión de un sordo, mudo, sin señas e iletrado. Desde marzo, Sosa es inquilino en Sierra Chica. Allí, en el silencio nocturno de cada día, el sordomudo está aprendiendo que en la cárcel el canto de la presunción de inocencia no tiene eco. Podrá ser que la Justicia sanmartiniana sea sorda, pero no es muda y habla por sus fallos: apenas concluida la feria judicial, ordenó que el mudo tuviera su juicio oral.
"De contextura robusta" y "agresor", en esos términos apareció pintado por primera vez en el acta policial Hugo Sosa, de un metro sesenta y detenido por nueve policías que lo doblaban en tamaño, fuerza, armas y verborragia. Unas horas antes, la verdad de la historia del mudo se la llevó su propia incomunicación y una supuesta víctima que se contradijo a sí misma y a los estudios realizados por un perito médico. "No sé bien lo que dijo porque es difícil entenderlo. Ni a nosotros, que somos la familia, nos resulta fácil", dijo a Página/12 Rita Sosa, hermana menor del mudito. Ella y Mirta, esposa de Hugo, también sordomuda, son quienes mejor interpretan las señas autogestionadas por el mudo protagonista de una historia que debería dar que hablar.

Autogestionadas significa que se comunica con el mundo a través de señas inventadas por él y su familia y que ni los propios sordomudos usan. ¿Por qué? A Hugo Sosa, la incomunicación le llegó mucho antes que la dispuesta por el fiscal 7 de San Martín, Marcelo Segarra. Para ser precisos, a los tres años sufrió una enfermedad que derivó en su sordera permanente. El silencio sólo llama al silencio: a esa edad, la sordera definitiva fue garantía de mudez.
Hijo de una familia pobre, Hugo fue creciendo sin otra discapacidad que la incomunicación. Su madre, María Antonia Monzón, todavía no sabe cómo hizo para llevarlo todos los días desde su casa en Billinghurst, San Martín, hasta la única escuela pública especial de la región, la ex 504 de José C.Paz, donde aprendió los rudimentos del lenguaje de señas y los barrotes de las letras que olvidaría después de tres años de estudio, por la falta de uso. "No se acuerda nada –aseguró Rita a este diario–. Fue tres años y abandonó." No obstante, hace 14 que está casado con Mirta y hace 22 que trabaja en un taller, donde también aprendieron a autogestionarle la comunicación.
Pese a todo, Rita aseguró que su hermano se las arregla para andar por la calle, ir al trabajo. Todos los días, entre ocho y diez de la noche, Hugo volvía del taller. Pero el 28 de diciembre pasado se demoró. Demasiado. Al punto de que la familia salió a buscarlo por los hospitales. Hasta que alrededor de las 8 del día siguiente, una vecina llamó a la madre de Mirta para avisarle que a Huguito lo llevaban a declarar, detenido, a la fiscalía de Segarra al mediodía. Qué había pasado, por qué lo detuvieron y cuándo, fueron preguntas cuyas respuestas la familia tuvo que ir hilvanando. Y muy de a poco.

La H Es Letra Muda
Según la historia oficial, antes de volver, Hugo apareció por el pool Rodrigo, de Fraga y Belgrano, pleno centro de San Miguel. Tomó unas cervezas y a su mesa se sentó C.R.V., la supuesta víctima, que declaró que lo conocía desde hacía unos meses de sentarse a tomar cerveza, y que él se hacía llamar "el Loco Daniel".
A Rita le llama profundamente la atención el apodo y el nombre. "Nadie lo conocía como ‘Loco' y menos como Daniel, que es su segundo nombre y que ni siquiera él sabe que lo tiene", sostuvo la hermana menor del mudo, sin entrar en el detalle de cómo se las arregló la denunciante para saber que Hugo no era Hugo sino Daniel, y que mejor le dijera "loco" que le caía mejor.
El acta policial redactada por el sargento Eduardo Metivier, de la 1ª de San Miguel, no tiene desperdicio. A las 2.45 del 29 de diciembre, mientras patrullaba las calles céntricas junto a la vía, cuenta que apareció la denunciante, vestida sólo con una remera y pidiendo ayuda. Dijo que la habían violado. Justo en ese momento pasaba por ahí el denunciado y Metivier y sus colegas de la patrulla 8093, Edgardo Suárez y Mario Herrera, lo persiguieron. Antes, el sargento pidió refuerzos. Acudieron la 8092 y 8358, con los policías Pedro Rodríguez, Oscar Romero, Andrés Navarro, Néstor Roldán, Héctor Monsalve y Francisco González. Le dieron la voz de alto y como "el sujeto no respondió", se le echaron encima. El mudo, pese a su metro sesenta, opuso "ardua resistencia" hasta que los nueve lograron dominarlo. No consta en el acta pero se deduce que lo molieron a palos: cuando llegó a la fiscalía, seis horas después, "todavía rengueaba, le faltaba una uña del pie maltrecho, sangraba de un oído, tenía moretones por todo el cuerpo y le habían sacado las zapatillas nuevas", aseguró Rita, que junto a siete testigos presenció la llegada de su hermano a tribunales.
Volviendo al escenario de la resistencia, el acta policial relata que "intentamos identificarlo resultando imposible ya que este sujeto se negaba a aportar sus datos". Más allá del silogismo deductivo del sargento que sostiene que si el mudo no hablaba ellos no tenían modo de saber que era mudo, llama poderosamente la atención la misteriosa desaparición del carnet plastificado de unos diez centímetros, otorgado por la Asociación de Sordomudos, que usan para viajar en colectivo y para que, si se pierden, se conozcan sus datos, escritos en el carnet. En el de Hugo figuraban sus dos nombres, Hugo y Daniel, y el número de teléfono de una vecina de San Miguel. El carnet jamás apareció y los de la 1ª sólo dieron seña de haber tomado el DNI. Rita intuye que el carnet fue extraviado por la policía porque si Hugo hubiera aparecido maltrecho y con carnet no hubieran podido justificar la molienda al sordomudo. A la familia otra explicación le resulta difícil de entender. Y es verdad. Si los bonaerenses de la 1ª supieron, sin el carnet, a quién debían avisar entre el cuarto de millón de habitantes de San Miguel, estaríamos ante un verdadero y desaprovechado escuadrón de expertos Guiness.
Al pie del acta de una carilla y media firmaron los nueve Guiness de la 1ª, la víctima y, debajo, sin saber qué firmaba porque no sabe leer, ni puede oír, firmó el detenido: "Hugo". Habría que descifrar las letras que intentó poner. Parecen rayas sin sentido y escritas de memoria. Está claro, para un sordomudo iletrado todas las letras son H.

Mutis por el Foro
Pero las sorpresas del caso siguen. En la foja 9, de la IPP 526468, es decir, el expediente judicial, con la carátula de abuso sexual grave, consta la "notificación" a Sosa, Hugo Daniel, de que fue "aprehendido", que se le "formará una causa" y, como formalidad, se le participan siete "derechos". Los dos primeros son absurdos para la imaginación: el derecho a ser "informado sin demora, en un idioma que comprenda" –aclara el artículo– sobre su detención, el nombre del juez y demás. El tercero es imposible de imaginar: Sosa tenía el derecho de llamar por teléfono a un abogado. También le aclararon que no está obligado "a declarar en su contra", pese a que horas más tarde el fiscal utilizaría su "declaración", muda por cierto, como confesión de parte. El quinto derecho es el que menciona aquello de la "presunción de inocencia y que de tal modo se lo trate hasta que se demuestre lo contrario". Desde hace ocho meses, Sosa espera que se cumpla ese quinto inciso, en su celda de Sierra Chica.
Leídos que fueron sus derechos, la teniente primero Claudia Morales estampó el sello de la comisaría, puso su firma y logró que el enterado firmara, aunque el nombre otra vez resultó ilegible. Quizás Sosa supiera que firmaba. Lo que es difícil de creer es que supiera qué.
Después, fue trasladado a los tribunales. No se puede decir que se haya comunicado: entró en contacto con Marcelo Varvello, su defensor oficial, que intentó entender algo. No pudo. Llamó a Rita, que tampoco logró sacar en limpio –de aquel desborde de nerviosos gestos que escapaban del rostro y las manos de su hermano– una historia con sentido de lo sucedido. Con una envidiable capacidad de síntesis, en 16 líneas, Varvello describió la imposibilidad de entender nada, y sugirió convocar un intérprete. Esas fueron sus 16 líneas del caso.
A las 10.30, Segarra tomó declaración a la denunciante. Más allá de los hechos, el texto es curioso. De la declaración surge que Sosa "comentó" en una ocasión, "dijo" en cuatro (una de ellas "entre palabras y señas"), ella le "preguntó" a él en una ocasión; le "contestó" en otra; le "dijo", en tres momentos diferentes, y en uno de esos sorprendentes intercambios de palabras, él escuchó lo dicho y "se negó". Mucho más curioso es que él se molestara por los "gritos" de la víctima y le dijera "que se callara porque si no le iba a pegar".
Después, sin haberse recogido otro testimonio, pasó a declarar el mudo. Segarra no entendía nada. Sus ayudantes, tampoco. Pero el que menos entendía era Sosa. Como no hubo posibilidad de que hablara, el fiscal ordenó postergar la declaración hasta conseguir un intérprete, cosa que ocurriría al día siguiente porque en la Justicia sanmartiniana no existe ese cargo. Entretanto, al mudo lo volvieron a la comisaría de los nueve Guiness que lo habían vapuleado.
Al mediodía del sábado 30, Flavia Barrita, intérprete de señas, ya estaba en los tribunales. Y a las 13.40 se inició la extraordinaria declaración del mudo. Del otro lado de la puerta, Rita y familia intentaban escuchar lo que ocurría.
–Lo único que podíamos escuchar era "no entiendo", "no entiendo"....
–¿Hugo hablaba?
–No, no –respondió Rita con una sonrisa–. Era la intérprete. No entendía ninguna de las señas.
De todos modos, la declaración quedó firme. Y fue usada como confesión en su contra. El 7 de marzo, Hugo volvió a declarar. Ampliación indagatoria fue el término eufemístico. En esa ocasión, estuvo Barrita auxiliada por otro intérprete contratado por la familia. "Nos contó nuestro intérprete –dijo Rita–, que entre los dos, después de cuatro horas, pudieron entender lo que quería decir. Que Hugo llegó a tirarse al piso de la desesperación por gesticular signos comprensibles. La intérprete me reconoció que ‘recién ahora pude entender lo que decía'. Igual, a nuestro intérprete le quedaron dudas."
Al fiscal, no. En la ampliación logró entender que había estado con la chica en el bar, que le había pagado después y que él se quiso ir, pero la chica quería más plata. Que no hubo violencia hasta que llegó la policía. Pese a que el médico policial certificó que no había rastros de violación, el mudo marchó preso a Sierra Chica por violación agravada por acceso carnal.
Desde marzo está alojado y aseguran que lo tratan bien. De todos modos, cada vez que ve a algún familiar, llora, porque los sordomudos pueden llorar. La última vez le habían hecho firmar una notificación. Nadie sabe qué es lo que firmó. El creyó que era por su libertad y dicen que estaba feliz, pero a los días, cuando Antonia recorrió media provincia desde Billinghurst hasta Olavarría para verlo, se lo encontró desconsolado llorando. El mudo ya debía haber entendido que no había firmado su libertad.
Ahora, sólo le queda el juicio. La Cámara ya aceptó la elevación pedida por Segarra en tiempo record. Falta el sorteo del tribunal. La fecha. Y la sala. Dicen que en San Martín no tienen una sala acústica para semejante juicio oral.

9 de septiembre de 2007
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cura con papeles falsos


[Alejandra Dandan] Un ex amigo contó que Von Wernich fue expulsado del seminario por gay. Eugenio Lugones fue amigo del cura. Aseguró que Von Wernich le confesó que tuvo que falsificar documentación para ordenarse como sacerdote.
Buenos Aires, Argentina. Eugenio Lugones conoció a Christian con Wernich en 1972 en una pileta del Ateneo de la Juventud. Lugones era profesor de educación física; el joven Von Wernich, en cambio, trabajaba en la Secretaría de Turismo. En la audiencia del juicio oral que se le sigue al ex capellán de policía en la ciudad de La Plata, Lugones declaró ayer como testigo. Explicó que el cura había dejado el seminario expulsado por su condición de "homosexual" e indicó que tiempo después falsificó documentación para ordenarse de cura. Lugones le adjudica a Von Wernich la desaparición de un hermano y su cuñada. En la audiencia habló de ello, de un viaje a Río de Janeiro con el cura y hasta de giras a un cabaret del centro.
Lugones vive en Alemania. Llegó a Buenos Aires hace unos días convocado especialmente para declarar en el juicio oral a Von Wernich a pedido de la fiscalía federal de La Plata. Ellos están a cargo de la acusación contra el cura por 7 homicidios, 31 casos de torturas y 42 secuestros ilegales.
En la audiencia de ayer, él relató algunos tramos de su vida donde aparece en lugares muy cercanos al cura. Von Wernich estuvo presente en sus primeros años de juventud, en el momento de la muerte de su padre, en el pueblo de 9 de Julio y luego de la desaparición de su hermano. Por esa razón fue capaz de hablar del cura como de un "amigo", pero de "la persona que era (ya) no queda nada".
Von Wernich y Lugones se conocieron en el verano del '72, en la pileta del Ateneo donde Lugones daba clases de gimnasia y estaba a cargo de la instrucción. Von Wernich había pasado unos años por el seminario, lo había dejado, usaba la pileta para nadar, y trabajaba. Para entonces se hicieron muy amigos. Lugones tenía ganas de viajar por el mundo y Von Wernich tenía los contactos para ayudarlo. Un año más tarde, en 1973, viajaron juntos a Río de Janeiro para ablandar un auto.
Por alguna razón, Lugones volvió a ver a Von Wernich después de un tiempo y se enteró de que había conseguido terminar el seminario. Ayer, en el juicio, reveló lo que ahora parece motivo de otro escándalo: según su testimonio, Von Wernich fraguó los documentos para ordenarse de cura porque consiguió un certificado de materias aprobadas.
De esa línea, la causa no tiene demasiados datos. Según Lugones, el cura volvió al seminario con un certificado fraguado de la Facultad de Filosofía y Letras. Expertos de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación consultados por este diario señalaron que para saber cómo lo obtuvo hace falta otra investigación sobre la relación del cura con la conducción académica. En ese marco, dicen, hay que tratar de entender además uno de los puntos todavía dudosos sobre el rol del cura en la arquitectura de la represión.
"Lo raro no es que haya sido homosexual o no", dice Luis Alen, jefe de gabinete de la secretaría. "Eso no le importa a la querella; lo raro para nosotros es cómo la Iglesia, que es tan rigurosa y condena la homosexualidad, lo aceptó con estas características."
La sospecha no probada es que el cura no sólo haya sido un hombre de la Iglesia sino que haya sido un doble agente, una teoría basada en el mundo de relaciones políticas del cura, pero no probada. En esas relaciones cuentan su cuñado, el coronel Morelli, jefe de Coordinación Federal en Buenos Aires; y Ramón Camps, de quien era amigo, confesor y capellán de confianza.
Mientras tanto, Lugones siguió hablando. El 4 de mayo de 1977, dijo, el cura lo acompañó en el entierro de su padre que se hizo en el cementerio del pueblo de América. Von Wernich había sido trasladado a 9 de Julio, parte de ese mismo distrito. Viajó al cementerio en auto, con el hermano de Lugones y su cuñada. Al regreso, César y su mujer le hablaron del cura y le dijeron que este "tipo es un facho de mierda" porque, aparentemente, habían discutido de política. Hasta entonces, César militaba en una organización del peronismo y diez días después desapareció con su mujer.
Ante la situación, Lugones fue a buscar al cura para pedirle que hablara con ese cuñado coronel a cargo de Coordinación Federal. Ese mismo día, el cura volvió a buscarlo a su casa y le dijo que su hermano estaba vivo dentro de la ESMA.
Lugones vio al cura otras veces. Tenía un cabaret en la avenida Corrientes con "tragos, chicas y strip tease". Allí también iba el cura. Un día, contó, "me pidió que le dijera a uno de mis empleados al que se quería ‘levantar' que era comisario de la Policía Federal, me mostró la credencial y aunque siempre venía en distintos autos, esa vez fuimos en un Toyota amarillo que tenía sirena desmontable", explicó, como la de las películas.
Habló de la relación de Von Wernich, de que alguna vez le pidió que lo lleve hasta Avellaneda para avisarle a un cura o seminarista de que al otro día se lo iban a llevar. "Solía decirme –dijo– que la Iglesia era un buen trabajo, que hacía dos ‘changas' los domingos y tenía libre el resto de la semana."

7 de septiembre de 2007
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proceso contra prefecto febres


[Victoria Ginzberg] Empieza el 18 de octubre el proceso contra Febres, el prefecto que fue miembro del grupo de tareas y encargado del ajuar de los recién nacidos que iban a ser apropiados. Lo juzgarán sólo por cuatro casos de secuestros y torturas.
Buenos Aires, Argentina. Los miembros del grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) se reconocían como animales. Alfredo Astiz se hacía llamar ‘El Cuervo', Jorge Acosta, ‘El Tigre', Jorge Perrén, ‘El Puma'. A Héctor Febres, en cambio, le decían "Selva". "Porque era todos los animales juntos", recordó Carlos Gregorio Lordkipanidse, un ex detenido que lo padeció en ese centro clandestino. Febres, que era el encargado del ajuar de los recién nacidos que luego eran apropiados, será el primer represor de la ESMA sometido a un juicio oral después de la anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. El proceso comenzará el 18 de octubre.
Será el primer juicio oral sobre la ESMA. Pero no habrá un marino en el banquillo. Febres, un integrante de la Prefectura Naval, deberá responder por cuatro casos de secuestros y torturas.
Está previsto que se escuchen cerca de 60 testimonios y que las audiencias se extiendan durante algo más de un mes, antes de que lleguen los alegatos y la sentencia. La mayoría de los testigos propuestos por las partes y por la fiscal Mirna Goransky son sobrevivientes de la ESMA. También será convocado el coronel Horacio Ballester, del Centro de Militares por la Democracia (Cemida), y se incluirán declaraciones ya dadas por represores, como Adolfo Donda o Juan Carlos Rolón.
El proceso lo llevará adelante el Tribunal Oral Federal 5, que reúne todos los expedientes vinculados con la ESMA y el Primer Cuerpo de Ejército y que condenó el año pasado al represor Julio Simón, alias El Turco Julián. El de Febres, por el momento, es el único juicio que los jueces Guillermo Gordo, Ricardo Farías y Daniel Obligado (que se incorporó al cuerpo hace una semana) realicen este año.
El prefecto será juzgado por los secuestros de Carlos Alberto García, Alfredo Julio Margari, Josefa Prada de Olivieri y Carlos Gregorio Lordkipanidse. "Tengo bronca, porque la primera vez que declaré contra él fue hace veinte años, en febrero de 1987, y recién ahora se hace el juicio. La causa se desguazó y vamos a tener que volver a testimoniar miles de veces. Es una infamia que lo juzguen por tan pocos casos cuando era un vitalicio de ese lugar, era un torturador y también operativo del aparato secuestrador", dijo a Página/12 Lordkipanidse. "Acá soy el que da máquina", fue lo primero que él le escuchó decir a Febres cuando llegó a la ESMA, el 18 de noviembre de 1978, después de haber sido secuestrado junto a su mujer. Margari fue detenido ilegalmente un año antes, el 17 de noviembre de 1977, y García el 21 de octubre del mismo año. A Prada de Oliveri la llevaron a la ESMA junto a su esposo el 21 de diciembre de 1977. Estaba embarazada de cuatro meses. Los cuatro recuperaron la libertad.
Elea Peliche, abogada de la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos, se mostró decepcionada porque el juicio abarca muy pocos delitos y se quejó porque el tribunal dejó afuera de este proceso el caso de Raimundo Villaflor, quien murió en la ESMA a causa de las torturas.
"Nos hubiera gustado un juicio que reuniera más hechos y más imputados. Pero teniendo en cuenta que hace cuatro años que se anularon las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, es imperioso que comiencen los juicios, ya que la parte central de esta causa sigue obstruida por el accionar de la Cámara de Casación", señaló, por su parte, Rodolfo Yanzón, abogado de la Fundación Liga Argentina por los Derechos Humanos y otro de los querellantes.
Al anularse las leyes de impunidad, la causa ESMA volvió a la situación en la que había quedado en 1987. Diez marinos, entre ellos Astiz y Acosta, estaban en condiciones de ser juzgados. Pero el represor Enrique Scheller, que también era de la partida, presentó un recurso ante la Cámara de Casación que paralizó el proceso. Parte de ese tribunal, que fue luego acusado por "cajonear" los expedientes sobre los crímenes de la dictadura, fue recusado por los sobrevivientes. Durante ese trámite, el juez Alfredo Bisordi llamó "delincuente terrorista" a una de las víctimas. Después de que Casación fuera cuestionado en el Consejo de la Magistratura, el caso de Scheller volvió a la vida. Pero fue entonces el represor quien impugnó la participación de los jueces que habían sido acusados y rechazó que se nombraran conjueces. Este es el estado actual de aquel caso. Por lo tanto, será Febres el primer representante de la ESMA en ser juzgado.

6 de septiembre de 2007
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