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literatura

murió carlos franqui


Escritor cubano y crítico de Castro.
Después de ser hospitalizado por problemas bronquiales y cardiacos, murió en Puerto Rico el viernes el escritor y activista cubano Carlos Franqui, que fue un conocido personaje en la revolución cubana pero se convirtió luego en un declarado crítico de Fidel Castro, informó Andrés Calendario, un amigo de la familia.
Hijo de un campesino pobre, Franqui nació en 1921 y se incorporó a movimientos políticos de izquierda cuando era adolescente. Se unió al Partido Comunista, y renunció a él, y, finalmente se incorporó como periodista a la rebelión de Castro contra el dictador Fulgencio Batista.
Franqui editó el diario del movimiento Revolución antes y después de que los insurgentes de Castro derrotaran a Batista, pero empezaron a tener crecientes conflictos con los fanáticos que restringían la disidencia cultural y política.
En 1963, Franqui se marchó al extranjero. Rompió abiertamente con el gobierno comunista en 1968 cuando denunció la invasión soviética de Checoslovaquia.
El ‘Diario de la Revolución Cubana’, de Franqui, publicado en 1976, sigue siendo uno de los trabajos más citados sobre la historia de esa lucha.
Finalmente se mudó a Puerto Rico y a principios de los años noventa ayudó a fundar Carta de Cuba, una revista independiente que gira sobre la isla.

24 de abril de 2010
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tierra de la memoria


El último 24 de marzo, Carlos Gamerro participó en Leipzig junto con Laura Alcoba y Pablo Ramos de una mesa titulada ‘Los hijos de la memoria’ –organizada por el comité para la participación argentina en la Feria de Frankfurt–, en la que se debatió acerca de la literatura escrita durante y después de la dictadura militar, relacionada con el período histórico y sus aspectos centrales en materia de memoria y derechos humanos.
[Carlos Gamerro] Argentina. Como soy narrador, antes que ensayista o conferencista, voy a empezar hablando de tres descubrimientos que hice mientras trabajaba en algunas de mis novelas. Cuando estaba escribiendo ‘Las Islas’, que trata, entre otras cosas, de la Guerra de Malvinas, quise entrevistar a los soldados que habían participado en ella. En su ensayo ‘Experiencia y pobreza’, Walter Benjamin famosamente dijo que durante la Gran Guerra los hombres "volvían mudos del campo de batalla" y, agregaba, "no enriquecidos sino más pobres en cuanto a experiencia comunicable". De eso que había pasado en las trincheras, los soldados que volvían no podían hablar, eso que habían vivido nunca había pasado antes. Jorge Luis Borges nos recuerda, una y otra vez, que el lenguaje, para comunicar, requiere de experiencias compartidas. Palabras como "rojo", "verde" o "violeta" nada pueden decirle a un ciego de nacimiento; ciegos también, y sordos, eran los oyentes de los soldados que volvían de las trincheras, educados por tres milenios de literatura épica y relatos orales a concebir la guerra como el terreno privilegiado donde se desplegaban valores como el honor, la gloria o la hombría. Mi descubrimiento personal fue que los soldados volvían de Malvinas no mudos sino lacónicos. Me miraban como si supieran de antemano que yo no iba a entender, que las mismas palabras significarían, para nosotros, cosas diferentes. Entre ellos, en cambio, se entendían perfectamente. Cada palabra que usaban, como "frío", "pozo de zorro", "balas trazadoras", "bombardeo naval", desbordaba de paisajes, situaciones y vivencias definidas y precisas, infinitamente ricas y sugerentes, aterradoras, intolerablemente vívidas. Uno de ellos las pronunciaba; los otros asentían, generalmente mudos. Para hablar conmigo, todas las palabras parecían insuficientes; para comunicarse entre ellos, las palabras eran casi innecesarias: lo mismo valían los silencios y los gestos.
Yo me había acercado a ellos con timidez, casi con vergüenza. ¿Cómo iba a escribir yo, que no había estado en la guerra, desde el punto de vista de un ex combatiente? ¿No estaban ellos, los que habían estado, mucho más capacitados para hacerlo? Pero estos encuentros que tuve con los ex combatientes paradójicamente sirvieron para infundirme confianza. Tuve una intuición en ese momento. Sentí: ellos no necesitan hacer real esa experiencia mediante el lenguaje. Yo, que no estuve allí, yo, el que nada ve y el que nada siente ante esas pobres palabras en que destila todo lo que vieron y vivieron, me veo obligado a construir esa experiencia con las palabras; debo hacerla verdadera para mí, primero, y si lo logro, hay una buena probabilidad de que logre hacerla verdadera para mis lectores; y quizá, quién sabe, verdadera, de modos nuevos, incluso para ellos, los que estuvieron. Ese fue mi primer descubrimiento, obvio tal vez, pero una de esas verdades que sólo valen si uno las descubre por su cuenta: que la pobreza de la experiencia puede ser suplida por la riqueza de la imaginación y, sobre todo, por el trabajo de la escritura, que no siempre el que ha tenido la experiencia será el que mejor la cuente.
Se cuenta, entonces, una experiencia que no es enteramente propia; pero para tener la urgencia de contarla –y sin esta urgencia no hay literatura posible– tampoco debe ser completamente ajena. ¿Por qué quería yo contar la Guerra de Malvinas? Hasta donde alcanzo a ver, mis motivaciones personales no eran ningún misterio. Soy clase ’62, la clase que fue a Malvinas. No fui a Malvinas. Malvinas, en ese sentido, me dejó la sensación de una vida, quizá también una muerte, paralela, fantasmal (la mía, si me hubiera tocado ir a la guerra). La ficción no sólo existe en la literatura, existe en cada uno de nosotros, en esas otras vidas posibles que se desarrollan paralelamente a la que nos tocó, o elegimos. Ese fue mi segundo descubrimiento: que la literatura puede ser autobiográfica en negativo: la historia no de lo que nos pasó sino de lo que nos pudo haber pasado.
Cuando mis novelas ya fueron varias, y mi afición a tratar en ellas el pasado reciente una rutina, un lector se acercó a preguntarme: "¿Y? ¿Para cuándo la novela del corralito?". Me hice la pregunta a mí mismo. La época sin duda me había marcado, como a la mayoría de nosotros. Viví cada una de las angustias de ese tiempo, mis padres perdieron sus ahorros, yo perdí mi casa. Y, sin embargo, es algo que no caló con la profundidad necesaria: me lastimó la piel, me magulló los músculos, pero no se revolvía en mis tripas, ni se me alojaba en la médula de los huesos. La escritura necesita de raíces más profundas. Se nutre sobre todo de lo que no logramos percibir o entender en su momento; por eso éstas se hunden tantas veces en la adolescencia, la infancia temprana, e incluso la época anterior a nuestro nacimiento; luego, esas vivencias que nos convierten en otro, que nos cambian para siempre. Este fue mi tercer descubrimiento: hay experiencias que nos afectan, y experiencias que son la materia misma de la que estamos hechos. Estas últimas son el más poderoso motor de la escritura.
La literatura argentina sobre la dictadura pasó por cuatro etapas, etapas más lógicas que cronológicas. La primera (que por excesivo énfasis en el tema de la memoria de la dictadura obvié en mi presentación en Berlín, omisión que me ayudó a remediar Sergio Chejfec, presente entre el público) fue la literatura producida durante la dictadura, cuando cualquier revelación sobre lo que estaba sucediendo sería no sólo censurada sino castigada con la muerte. Las estrategias habituales para eludir la censura: la elipsis, el desplazamiento, la alegoría más o menos evidente, se extremaron en esta situación de censura de muerte. Ejemplar en este sentido es ‘Respiración artificial’ de Ricardo Piglia (1980), novela tan críptica e inteligente que estaba garantizado que los militares no podrían entenderla, y en la cual la desaparición forzada de las personas, ya que no podía decirse, se realiza haciendo desaparecer a un personaje del texto de la novela. La literatura del período necesariamente debe haber tenido una elaboración diferente en los escritores que vivían en el exilio (obligado o voluntario) y publicaban en el extranjero. Pero en ‘Nadie nada nunca’ (1980) de Juan José Saer o en ‘Cuarteles de invierno’ (1982) de Osvaldo Soriano también se optó por versiones más o menos indirectas o metafóricas: como señaló Laura Alcoba, los exiliados, por solidaridad mimética, podrían haber limitado su propia libertad de expresión a imagen y semejanza de los que se habían quedado en situación de riesgo.

La etapa siguiente estuvo marcada por la producción discursiva de los participantes directos: militantes y sobrevivientes de los campos de concentración de la dictadura. La forma privilegiada fue el testimonio: lo sucedido en aquellos años había sido escamoteado, negado, borrado, desaparecido; era esencial rescatar la historia, oponer la verdad a las ficciones de la dictadura. En lo discursivo, recordemos, la dictadura y el periodismo cómplice fueron sobre todo creadores de ficciones: estábamos librando la tercera guerra mundial contra el comunismo, los desaparecidos estaban vivos en Europa, estábamos ganando día a día la Guerra de Malvinas. Frente a las ficciones del poder, la literatura se vio obligada a ocupar el lugar de la mera verdad: la imaginación era innecesaria, casi irreverente. El Nunca Más fue el texto fundamental del período: un informe, cuyo fin principal era el de establecer la verdad de los hechos, pero también una colección de relatos, que funda un género discursivo: el ‘Decamerón’ o ‘Las mil y una noches’ de los años oscuros. En esta etapa aparecen también novelas que oscilan entre la ficción y el testimonio, como ‘Recuerdo de la muerte’ de Miguel Bonasso (1984), y ese otro Decamerón, ahora de los años de la militancia, que es ‘La voluntad’ de Martín Caparrós y Eduardo Anguita (1997-1998). Posteriores, pero asimilables en algunos aspectos a la producción de esta etapa, fueron ‘Villa’ de Luis Gusman (1995) y ‘El fin de la historia’ de Liliana Heker (1996), novelas en las cuales la novedad está en haberles dado voz y adoptar el punto de vista de los victimarios –como el médico que trabaja para López Rega en la novela de Gusman–, o de una militante que pasa a colaborar con la represión, como en la de Heker.
Paralelamente empieza a elaborarse la literatura de los que podríamos llamar los testigos, aunque quizá les convenga mejor la palabra inglesa bystanders, que designa al testigo-observador más que al testigo–participante; niños o como mucho adolescentes cuando aquel fatídico 24 de marzo de 1976, demasiado jóvenes para la militancia y mucho más para la guerrilla; testigos a veces directos, como Laura Alcoba en ‘ La casa de los conejos’ (2008), novela que narra, desde la perspectiva de una nena de siete años, la vida cotidiana en una casa operativa de Montoneros; a veces meramente testigos de los silencios, las verdades a medias, o directamente las mentiras que nuestros mayores nos impartían. En esta etapa regresa la mirada indirecta, los testimonios sesgados y refractados de la primera, pero ahora no por necesidad práctica sino por elección estética, como la más adecuada a la naturaleza incompleta, bloqueada, turbia de la experiencia: como en las novelas ‘Dos veces junio’ (2002) y ‘Ciencias morales’ (2007) de Martín Kohan, con su énfasis en las actitudes de los que, como un colimba o una preceptora de escuela, habitan rincones remotos del aparato represivo, o ‘La ley de la ferocidad’ de Pablo Ramos (2007), en la cual la violencia exterior es referida, metafórica o más bien metonímicamente –porque no se trata de un juego de analogías sino de contagios mutuos–, por la cadena de violencia familiar, y donde el orden moral se trastrueca cuando el hijo sometido a la violencia del padre se regodea de que éste, preso por la dictadura, deba "sentir en carne propia la ferocidad interminable de un sistema invencible".
Y por último –por ahora– llegó la literatura de los que no tienen recuerdo personal alguno; que saben porque escucharon las historias familiares, o leyeron, o investigaron, o imaginaron lo sucedido. Albertina Carri en la película ‘Los rubios’ (2003) o Félix Bruzzone con ‘76’ (2007) y ‘Los topos’ (2008). Los caminos parecen dividirse: en algunos casos, el de un furor investigativo, de llegar a la verdad, reponer lo elidido o desaparecido de la memoria o los relatos familiares y sociales. Pero esta investigación no logra a veces más que hacer presente la ausencia, como sucede en el documental-ficción de Carri. Otras veces, la imaginación se sacude todo imperativo de verdad y rellena y aun desborda los huecos de la historia, que parece ser la estrategia de ‘Los topos’.
Suele decirse que para entender un período histórico, sobre todo si es traumático, se necesita dejar pasar el tiempo, a veces una o dos generaciones (o tres o cuatro, subirán la apuesta los interesados en que nunca suceda). Pero el tiempo no pasa solo, hay que hacerlo pasar: no es tiempo de espera sino de trabajo incesante. La distancia no se crea con silencio sino a fuerza de escritura. Si se dejan pasar treinta años a la espera de ese momento adecuado, estaremos, treinta años después, todavía al comienzo. Cada escritor se apoya en lo que han hecho los anteriores; porque lo han hecho, puede pasarse a una segunda etapa, o a una tercera. En este proceso inciden todas las prácticas de la sociedad, no sólo la literatura. No importa cuánto tiempo ha pasado, lo que importa es lo que ha pasado en ese tiempo. En la Argentina, en los últimos 34 años desde el golpe, se realizaron los Juicios contra las Juntas, que continúan ahora con los otros responsables; se reivindicó y reparó, en la medida de lo posible, a las víctimas, se restableció la identidad a muchos cuerpos, se recuperaron muchos chicos arrebatados a sus familias. Si no hubiera sucedido todo eso, la literatura seguiría atada a las funciones más básicas del testimonio y la denuncia. El discurso de los derechos humanos, por su vinculación necesaria con la Justicia, es, necesariamente, un discurso de verdad; la literatura no lo es, no necesariamente, y puede, si no oponerse, hacer otra cosa. Cualquier cosa, como dijo Beatriz Sarlo a propósito de Los topos, novela cuya deriva, más que decurso, lleva al protagonista, hijo de desaparecidos, desde una vinculación a regañadientes con la agrupación H.I.J.O.S. hacia planes de venganza personal que lo impulsan a convertirse en travesti y, eventualmente, a convivir en cálida felicidad conyugal con el Alemán, un sádico-tierno, amante-torturador de travestis quizá vinculado con la dictadura. El protagonista, cuyo padre le fue señalado por la propia familia como topo (doble agente), se convierte a su vez en otro topo-traidor que intenta desmarcarse de lo que los discursos oficiales le impondrían, y a quitarle a la palabra H.I.J.O.S. las mayúsculas y los puntos.
Los discursos de la ficción adquieren, en la obra de estos autores, máxima independencia de discursos como los de la militancia o los de los derechos humanos, que pueden considerarse solidarios, pero no por eso rectores. No es que la literatura esté por encima, ni que se constituya en discurso soberano (en todo caso estará al costado, en un lugar marginal, o menor). Esta independencia respecto de los discursos de verdad va de la mano con otra: la independencia de los discursos de la experiencia y los de la memoria, subsidiarios de aquélla. Y no nos parece adecuada esta etiqueta de "hijos de la memoria": contra la visión necesariamente maniquea del discurso de los derechos humanos, que opone la necesidad de la memoria al discurso del olvido interesado, la construcción de una memoria en los discursos de ficción parte de la comprobación de que el olvido, lejos de ser el opuesto de la memoria, es su componente creativo; que la memoria no es igual al registro del pasado sino una versión de éste, siempre cambiante, urdida en función de las necesidades del presente, la más acuciante de las cuales es la de la construcción de la identidad. No hay –lo señala Beatriz Sarlo en su Tiempo pasado– diferencia fundamental entre la construcción de la memoria por parte de los protagonistas, de los testigos, de los que no tienen experiencia directa para recordar: cada memoria personal es un constructo hecho de recuerdos personales, relatos oídos, los discursos de la historia y los medios masivos, sólo que en la obra de estos últimos autores esto se vuelve más evidente que nunca antes. En contra del sentido común, que nos dice que son los protagonistas, o los testigos, los más indicados para recordar y contar la historia, ellos indagan de manera absolutamente novedosa y potente en una época que no vivieron, pero que los gestó en su vientre; tienen pleno derecho a hacer lo que quieren con ella, porque ella los hizo; la mudez no es problema para ellos, porque no están volviendo del campo de batalla: en él nacieron.

12 de abril de 2010
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el libro de manuel


No creía en Dios, pero sí en Rita Hayworth. Y su vida hasta los créditos se pareció a una película. Rechazado como Bovary, adaptó el cine a la novela y amó hasta el desgarro. Así lo cuenta Ítalo Manzi, autor del libro ‘Mi gran amigo salvaje’.
[Gabriela García] Fue de mañana. A la hora en que las historias hacían rondas en su cabeza. Sentado frente a la máquina y bosquejando a duras penas la segunda escena de ‘Madrid 37’ (un guión encargado por la directora española Marina Cañonero), Manuel Puig sintió la embestida de la muerte. "Llévame al médico", le suplicó a su madre (Male) cuando ésta volvía de la piscina y se encontró al argentino con los ojos hundidos y las manos apretadas contra el vientre.
La escena ocurrió hace veinte años en la vieja casa familiar de Cuernavaca y parece la previa a los créditos de una película. En ésta el escritor que renovó la literatura trasandina es dirigido al quirófano, y posteriormente operado de la vesícula. A los tres días, un sábado y después de comer puré, su corazón hace cortocircuito. Ese día, el 22 de junio de 1990, Coco (así lo llamaban sus cercanos) se reencarna en leyenda.

Sinopsis Vital
Que lo mató la tacañería, que era mitómano, que tuvo dos hijos o que murió de sida. Si hay un mito que encabeza la vida de Manuel Puig es el de Edipo. Soltero y con 58 años, comía por las noches con su madre y sagradamente tenía que llevarle una película de cine americano. Además, si el momento de su muerte los pilló juntos fue porque ésta lo mandó llamar a Río de Janeiro. "La culpa de su muerte la tiene la Male que lo hizo venirse a México porque tenía frío y necesitaba piletas temperadas para la enfermedad del corazón", le dijo un vidente colombiano a Italo Manzi, crítico literario y amigo personal del trasandino, que por estos días promueve un libro de correspondencias titulado en sueco ‘Min vilda vän’, que quiere decir mi gran amigo salvaje. "La madre es un personaje muy especial. Él la quería mucho, pero también estaba a veces harto de ella. Le hizo bien, pero mucho mal también, porque le impidió tener la plena libertad para hacer lo que quería", afirma Manzi.
Nacido en General Villegas, Argentina, el 28 de diciembre de 1932, Puig fue un niño que creció viendo películas en un destartalado cine de provincia. Hijo de Baldomero, un severo fraccionador de vinos ("me echa todos los amigos", decía Manuel) y golpeado en el colegio por su precoz amaneramiento, el niño se refugia en el ensueño de Hollywood y en los sublimes ojos de divas como Bette Davis o Rita Hayworth, estrella de cine con la que titularía años más tarde la famosa novela de 1965 con la que postuló animado por Juan Goytisolo al Concurso Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral (‘La traición de Rita Hayworth’) y que, según dice el rumor, no pasó la final por oposición de Mario Vargas Llosa. "Creen que soy un best seller pasajero, no un escritor. Lo mismo pasó con Roberto Arlt hace 30 años", diría más tarde el escritor que caminaba en cámara lenta y suspiraba más de lo que hablaba sobre el rechazo que en un principio causó su obra.
Bebiendo de la gran pantalla, el folletín, la telenovela, el radioteatro o las necrológicas y reivindicando la cursilería, Puig es un autor que envuelve en satín sentimientos como el fracaso, la nostalgia, el dolor y el desamor, entre otros sentimientos que moldea la cultura pop a su antojo. Melodramático, es raro imaginar que haya partido inscribiéndose en los años 50 en la Facultad de Arquitectura de Buenos Aires. Y aunque se cambió al año a Filosofía y Letras, es en 1956 cuando verdaderamente empieza a pasarse películas.
En Roma y gracias a una beca, estudia cine en el Centro Sperimentale di Cinematografia. Escenario que inspira sus primeros libretos y desde donde le cuenta a Manzi, a finales de los ’60, el nacimiento de su vocación literaria. "Ahora una noticia: allá por marzo caí en un pozo de desesperación y a modo de descarga nerviosa se me dio por escribir a tontas (?) y a locas (!!!) y me está saliendo una especie de novela. Los que han visto los primeros capítulos están entusiasmados ¿¿ ???? Jamás me hubiera imaginado meterme en un berenjenal semejante", le escribe al hombre sobre las que se convertirían en los libros ‘La traición de Rita Hayworth’ y ‘Boquitas pintadas’.

Sexacional
Rechazado como la Madame Bovary de Flaubert, Manuel era de esos tipos condenados a los "amores impuros", como le diría a Tomás Eloy Martínez. Enamorado de un obrero que colocaba tuberías de gas en Buenos Aires o de un panadero al que soñaba con enseñarle inglés en Italia, da la impresión de que Puig era de esas estrellas de cine que deben sufrir mucho antes de sonreír.
Por eso la "amistad amorosa" entre él y Manzi es una de las vivencias que le salva la vida. Conocidos en Francia, no fue hasta varios años más tarde que el amor explotó en Buenos Aires. "Nos conocimos en la Ciudad Universitaria de París, cuando él iba rumbo a Londres, donde escribía y trabajaba lavando platos. Recuerdo que no nos caímos nada bien. Él me encontró tímido y pretencioso y a mí me molestaba que hablara en femenino y exagerara la parte gay", cuenta Manzi sobre quien a esas alturas se refería a sí mismo como Rita o Julie (por Julie Christie) y llamaba a sus amantes ocasionales como los amores de Hayworth: Orson, Alí, Dick o Jim. A su vez, tenía nombre de diva para colegas como Carlos Fuentes (Ava Gardner), Tomás Eloy Martínez (Jane Russell) y Mario Vargas Llosa (Elizabeth Taylor).
"O la cortas con eso o lo nuestro se acaba", le rayó la cancha Manzi antes de hacer el amor. Desde entonces no dejaron de encontrarse y escribirse. "Fue un sábado, me acuerdo, y su familia no estaba en Buenos Aires. Era verano y resultó muy lindo y natural. Manuel era siempre divertido, si se ponía celoso era casi en broma porque nunca tuvimos una cosa atada. Tampoco mantuvimos la fidelidad", revela sobre una relación que perduró por treinta años y que el libro retrata con cartas donde se devela un Puig cinéfilo, viajero y soñador. Además destapa su sexualidad. "Es cierto que era gay y le gustaban los hombres, pero tenía muchas relaciones sexuales con mujeres. Puig era bisexual, él decía que era el estado natural del ser humano", explica Manzi. Pero hay también otro rito que narra el libro. El de las noches en que se juntaban a tocar piano y Manuel soñaba con lanzar a Manzi a la fama. Entonando letras ‘Come on, join the party’, originalmente en la voz de Marlene Dietrich en la cinta ‘Witness for the prosecution’, el escritor volvía a respirar como una estrella de cine. "Manuel fantaseaba con una presentación mía y preparaba la publicidad. Había que elegir el nombre. Pero yo me empeñé en que tenía que ser el del héroe del ‘Kalevala’, la epopeya finlandesa. Al fin, Manuel encontró mi sobrenombre: "Rauno, el chico de voz sexacional". Nos reíamos mucho", dice Manzi.

Tangos y Flores
Vanguardista u oscuro como William Faulkner, según la necrológica del New York Times, Coco pensaba que sus libros tenían que ser un buen show. O un tango de esos que te hacen sudar hasta el desgarro. Brutalmente honesto pero a la vez dulce, en el famoso libro adaptado a la pantalla grande ‘El beso de la mujer araña’ queda en evidencia lo que éste pensaba de la homosexualidad ("No existe. Es una proyección de la mente reaccionaria. Estoy convencido de que el sexo carece absolutamente de significado moral", dijo Puig en entrevistas), pero también el dolor que le causó la dictadura argentina. Terminado en México ‘El beso de la mujer araña’, el autor había huido allí después de que su obra ‘The Buenos Aires Affaire’ (1973) había sido censurada en su tierra natal. Además, la historia cuenta que hasta recibió amenazas de muerte de parte de la Triple A.
Por esta razón y por lo desapercibida que pasó ‘El beso de la mujer araña’ en Argentina, es que Manuel falleció padeciendo sentimientos encontrados con una patria que lo consideró en un momento un best seller y un talento que sería devorado y olvidado por el mercado. Y que hoy le rinde honores como uno de los escritores más importantes y novedosos del siglo XX.
La partida de Argentina, sin embargo, lo conduce al renombre internacional. Viajando por Nueva York, Suecia, Londres y Sudamérica, Coco hace lo imposible: adaptar el cine a la novela. De película, se dice que ‘Sangre de amor correspondido’ (1982) lo escribió después de hacer un contrato con un albañil que le permitió registrar con su grabadora su vida. Leyenda que, sin embargo, Italo Manzi desmiente. "Es un invento total. Y hay otra cosa que se dice de Manuel que no es cierta: que era un gran lector. Lo suyo era un talento innato, nunca, en todos los años de relación lo vi leyendo un libro, sólo los hojeaba, excepto los guiones de cine, a los que sometía a un exhaustivo análisis y siempre les encontraba la falla", afirma su amigo.
La razón de su falta de instrucción estaría en el bolsillo. Y el crítico literario lo ejemplifica con la comida. "Manuel podía comer en restaurantes caros de invitado, pero después no gastaba un centavo en comida porque era muy, muy avaro. Tan tacaño que jamás se tomaba un taxi cuando venía del aeropuerto para venir a casa, acá en París. Un día miré por la ventana y estaba arrastrando la valija. Se había venido caminando", expresa con entusiasmo el hombre al que la muerte de Manuel lo pilló en un corredor de su oficina en la Unesco. "Me quedé en shock cuando lo supe y pensé que había sido un accidente aéreo, porque sin avisar a veces tomaba un avión, daba una charla y volvía. Pero después me enteré de que había estado internado, y que si bien la operación había salido bien, se agravó de golpe y el corazón no le resistió. Se habló de que el sábado los médicos no están, pero no sé la verdad de la verdad", confiesa quien vio a Puig por última vez en el ’88, cuando éste todavía estaba viviendo en Río de Janeiro. "Realmente el último encuentro no fue significativo. Recuerdo que me pedía disculpas por no poder ocuparse por mí. Estaba torturado por ‘El beso de la mujer araña’, que había sido un fracaso en teatro en Estados Unidos. No fue un encuentro como todos los otros, donde nos llamaba la atención cómo seguíamos haciendo el amor a través de los años. Después hablamos mucho por teléfono cuando él vino a Italia a trabajar en un guión de Vivaldi que quedó inconcluso. Me llamaba todos los días, mientras no le cobraban", agrega Manzi.

Su fallecimiento fue repentino. Algunos diarios especularon que lo habría matado el sida. ¿Cuál es tu versión?
Tenía un gran miedo del sida, pero no lo padeció. Pero sí le tenía miedo a la muerte y a la enfermedad. A propósito de eso, hay un tema que nunca pude tocar a fondo con él. Yo soy muy religioso, siempre lo fui, pero él nunca quería saber nada. Yo pienso que le tenía miedo a la religión. No así al amor.

¿Qué hay de esos hijos que se manifestaron, cuando murió, en la prensa?
¡Ni me lo recuerdes!, yo sabía quiénes eran y todo, pero no eran hijos sino dos mexicanos gays que lo ayudaron mucho, sobre todo en su colección de cine. Lo llamaban "mami" y alguien lo oyó y entonces se inventaron la cosa de los dos hijos. Me dio mucha rabia por las mentiras que se decían.

-Su película favorita era ‘Los niños del paraíso’. ¿Te lo imaginas allí ahora?
-Todo depende de lo que se crea. En el paraíso tal como se describe en la Biblia, no. Recuerdo que cuando nos conocimos me preguntó si me gustaban las películas de mujeres, yo le dije que no, como tampoco me gustan los western. Pero es gracias al cine y las canciones que lo sigo sintiendo cerca.

12 de abril de 2010
©la nación 
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editan obras de copi


Con la publicación de ‘Obras’ (Tomo I), la editorial Anagrama pone en circulación varios de los textos centrales en la obra de Copi. Se trata de ‘El uruguayo’, ‘La vida es un tango’ y ‘La internacional Argentina’, tres muestras narrativas de un talento que también se prodigó en el teatro, fuera de y en escena, en la historieta y en la construcción de un personaje que en sí mismo fue una obra de arte.
[María Moreno] Prologar un libro de Copi es impacientar. El lector no quiere saber nada de preámbulos, sólo ir cuanto antes a chapotear, de género en género, en ese único relato infinito que es, en realidad, la totalidad de su obra y en donde todo es posible menos la identidad y la naturaleza, a menos que sean una identidad potpourri y una naturaleza de viva la Pepa. A ese lector, si por razones de prestigio cultural no se anima a convertirse en lector salteado, dejando de lado el prólogo para tirarse directo en las novelas, puedo proponerle una transacción: hacer como le sugiere el narrador de ‘El uruguayo’ a su corresponsal francés, que a medida que lea vaya tachando las líneas con su estilográfica; así olvidará más rápido. Prometo no llamarlo boludo a cada línea, como sucede en ese relato, a pesar de que, al ser yo argentina, es la palabra que me sale con más naturalidad y frecuencia. Otra posibilidad es que el lector lea el libro en invierno, aprovechando para alimentar con sus primeras páginas el fuego de la chimenea como, según el mito, hacían los formalistas rusos: las usaban todas luego de leerlas, si antes no habían tenido que comérselas.
Encima, para redactar este prólogo se me ha impuesto la restricción de no valerme de la vida del autor, ya que forma parte del libro un texto titulado ‘Río de la Plata’, hasta ahora inédito en español, en el que Copi pretende contar su autobiografía. A su modo, claro, lo mismo que lo hace a través de las variadas peripecias que adjudica a su personaje Copi en cualquiera de sus variantes, René Pico, Darío Copi o Kopisky, por nombrar las más recurrentes.
Lo único que quiero decir es que Copi nació en Buenos Aires, aunque –al igual que Michel Cournot en el prólogo de ‘El uruguayo’– muchas veces insistí en que era uruguayo, pero precisamente para garantizar que era argentino. Como Julio Cortázar es belga y Gardel, francés.
El Uruguay fue para Copi más que otro país, el fuera del país. Es que desde siempre el Río de la Plata es el lugar por donde ciertos argentinos han salido corridos por los gobiernos y hasta los gobiernos mismos; la ballenera debería formar parte de nuestro escudo nacional.
Pero el Uruguay es también la tierra de la familia materna de Copi, los Botana-Espárrago, entroncada tanto con Bolívar como con los indios charrúas. Basta leer ‘Río de la Plata’ para saber que el árbol ginecológico de Copi no transmite herencias sino variables, es una especie de genealogía de únicos únicos. Su padre, Raúl Damonte Taborda, inaugura la tradición progresista del siglo XX del padre peligroso que, en lugar de encarnar la ley, le quita lugar al hijo rebelde, transgrediéndola él primero. (...) El abuelo materno de Copi fue Natalio Botana, inventor del periodismo moderno argentino, patrón de varias luminarias nacionales como Jorge Luis Borges y Roberto Arlt, una especie de William Randolph Hearst al que le hubiera sucedido el peronismo. Fue fundador del periódico Crítica, cuyos avatares político-mafiosos y el carácter de empresa familiar constituyeron el primer teatro de Copi, artísticamente desfigurado en ‘La vida es un tango’.
No tenés abuela es una expresión argentina que se usa para señalar que alguien no tiene límites, pero a Copi esta frase podría decírsele con esa ironía que suele encubrir la admiración.
Según Copi, doña Salvadora Medina Onrubia de Botana, novelista (‘Acasha’) y autora teatral (‘Las descentradas’, ‘Lo que estaba escrito’, ‘Un hombre y su vida’), amén de militante anarquista, fue su primera lectora y la primera argentina que se atrevió a poner como personajes a mujeres capaces de pecar doblemente: como lesbianas y como adúlteras. Y aunque él se suela sacar de encima todas las influencias, sacudiéndose como el perro Lambetta luego de salir del mar (‘El uruguayo’) hasta fingir no haber leído nada de teatro, ni siquiera a Artaud, debe tener algún sentido que haya elegido como seudónimo el apodo que ella le puso: Copi. Un apodo capado cuyo origen sería Copito (al parecer era muy blanco) y que capa, a su vez, el doble peso del Damonte-Botana. Cuando él le leía sus primeras obras de teatro, ha contado Copi, ella se reía a más no poder. "Seguramente advertía en esas obras una malignidad que le era propia", aclaraba, y la aclaración no necesariamente admite un legado sino que lo inventa: en literatura no conviene llevar ni el nombre del padre ni el que nos pone el padre, sino el que nos pone el primer lector.
Salvadora Medina Onrubia era madre soltera de un varón llamado Carlos cuando se cruzó con Natalio Botana, quien lo reconoció y le puso su apellido. La pareja se casó luego de tener a su último hijo (una mujer, Georgina, la madre de Copi; los otros fueron Jaime y Helvio).
Como buena militante, Salvadora prefería los vínculos entre camaradas a los de la propia sangre. Y a pesar del dogma freudiano que santifica el amor de las madres por sus hijos, ella sometió a los suyos a un amor lleno de bromas pesadas y de gritos que llegaban al techo.
Su hijo Helvio la describe en sus memorias, ‘Tras los dientes del perro’, como una furia de pelo rojo y ánimo beligerante, una especie de Medea criolla. Anarquista, espiritista, eterómana, Salvadora solía afirmar que descendía de una aristócrata que había sido seducida por un tataranieto de los indios que se comieron a Solís, pero, en verdad, su madre era una maestra de provincia que había sido écuyère del circo Brasitas de Fuego, una intriga muy Copi, al igual que esta muestra de su prosa. "Todas somos raras. Amamos la literatura, el kummel y los cigarrillos turcos. Hablamos de cosas extraordinarias para mujeres. Tenemos opiniones filosóficas. Se hace música y se leen versos; se habla lo mismo de la filosofía de Patanjali que del último figurín", parlamento que bien pudo haber sido pronunciado tanto por la Mafalda Malvinas de ‘La Internacional Argentina’ como por la Daphnée de ‘La torre de la defensa’, todos ejemplares de la mujer moderna, a la que Copi consideraba un invento norteamericano. De puro envidioso y adicto de la religión del padre, como sugiere César Aira, Helvio Botana hace en ‘Tras los dientes del perro’ un retrato de Salvadora que la convierte en la asesina indirecta de su hijo mayor Carlos, apodado Pitón. Un día, el 17 de enero de 1928, se desencadenó la tragedia. Pitón veneraba a su padre y no le escatimaba loas. Salvadora estaba celosa y decidió decirle que él no era hijo de Botana sino de otro hombre. Luego se marchó en su automóvil. Pitón tomó un revólver y se pegó un tiro en la cabeza. Esta es la versión de Helvio.
Para los diarios se trató de un accidente: Pitón habría estado jugando con un arma, una pequeña pistola con cachas de nácar. La escritora Emma Barrandeguy da una versión más conspirativa: durante el juego violento habrían estado presentes todos los hermanos, Helvio habría sido el autor del disparo, lo que convierte a gran parte de ‘Tras los dientes del perro’ en falso testimonio.
En esa escena se condensa toda la leyenda negra que rodea a la mujer moderna: un hijo ‘natural’ a lo Alfonsina Storni, un automóvil y una celebridad con precio alto a lo Isadora Duncan.
Si me copio de Copi, de alguna de sus lógicas, para proponerme como prueba de que los medios argentinos están manejados por los psicoanalistas, como afirma el protagonista de ‘La Internacional Argentina’, debo advertir que, de este mito familiar que convierte a la abuela Salvadora en una asesina involuntaria, cabe reconocerse un efecto en la obra de Copi: el saber sobre una identidad, en este caso la del origen, sería mortífero, lo que volvería peligrosa cualquier identidad. Y la pistola de cachas de nácar que mata a Pitón, ¿no será la misma que mata a Kopisky hacia el final de ‘La Internacional Argentina’?
Como anarquista militante, la abuelita colaboró para que Simón Radowitzky –el joven ácrata que había asesinado al comisario Ramón Falcón, jefe de la Policía Federal Argentina y responsable de la represión de las movilizaciones obreras de principios del siglo XX– se fugara del penal de Ushuaia donde cumplía su condena; es decir, era una activista, pero su fuerte era la carta política de cuño narcisista extrapartidario. En 1947, en medio de las pujas entre los sucesores de Natalio Botana –había muerto en un accidente en agosto de 1941– por quedarse con Crítica y las presiones gubernamentales para convertirlo en un diario oficialista, fue el turno de Salvadora en la dirección. Corría el mes de junio. Los ‘contreras’ se despachaban a gusto contra la gira europea de Evita, a quien no se le perdonaba el ‘roce’ en palacios y salones, y cuyas anécdotas circulaban bajo una forma que no medía distancia entre el juicio político y la infamia. Entonces, de Casa de Gobierno llegó la orden inequívoca de intervenir. Salvadora debía redactar una defensa. Lo hizo: redactó y publicó una carta de dos páginas, la primera hasta tal punto dedicada al autoelogio que cuando escribía sobre ella misma parecía que estuviera haciéndolo, como le encargaron, sobre Evita ("A un ideal social consagré mi fe de niña y mi larga lucha de mujer. Aprendí en carne propia lo duro y caro del peaje que debe pagar todo el que a servir a sus compañeros humanos se consagra, peaje que se centuplica si el servidor social es una mujer"). También se declaraba una defensora consecuente de las reivindicaciones femeninas, de las que, precisaba, "el voto es su aspecto menor y externo", cuando el peronismo en el poder estaba a punto de concederlo; y, por último, deslizaba una defensa muy híbrida en donde el tono de condescendencia se amparaba en la diferencia de edad: "Pero hoy que estás lejos, hoy que alguna voz de mujer debe alzarse en tu homenaje y en tu defensa, ten la mía, que por ensueños, trabajos e ideales, y también por tiempo, lucha y dolor, puede ser para ti una voz maternal". El último párrafo, en donde simplemente aconsejaba a Evita que no se gastara mirando el suelo, tibia metáfora para la bajeza de los agravios que circulaban, contiene siete variantes del verbo "servir" (¿una bastarda como Evita no leería en esa defensa de último momento la palabra "sirvienta"?). Pero la mayor provocación era que toda la carta le peleaba al peronismo, desde Crítica, ese Santo Grial: el pueblo: "... no en vano Crítica abrió para el pueblo, para el trabajador explotado, para el ser desvalido, para la joven madre desamparada, para el enfermo y anciano abandonados, para todos los sacrificados y triturados por la enorme máquina de la gran ciudad, el camino de su reivindicación. No en vano Crítica fue la zapadora diaria de un camino de porvenir cerrado por la enmarañada selva de prejuicios y de egoísmos ancestrales".
Cuando en 1969 Copi estrenaba en París su obra de teatro ‘Eva Perón’, el personaje, como Crítica, era un tema familiar.
En Wikipedia se puede recordar que Copi había pertenecido al movimiento de teatro Pánico con Alejandro Jodorowsky y Fernando Arrabal, que parecen nombres salidos de una de sus obras, el primero por contener el verbo "jodo", el segundo por eludir el lugar en donde los compadritos imaginarios andan en tacos altos, bailan abrazados en el barro y se tatúan la cara con el puñal. De esa pertenencia le queda un cierto orgullo de perseguido, de escupidor del trono y del altar con castigo, ya que la transgresión no es nada sin la sanción de la ley, y es por eso que en ‘Río de la Plata’ casi se vanagloria: "Creo haber ahogado todos mis tangos en las arenas movedizas del olvido en el curso de los quince años, durante los cuales fui muy mal visto en los medios intelectuales, por una parte, a causa de una obra de teatro representada en París en 1969 y en la que la prensa argentina creyó ver un insulto a la memoria de la señora Eva Perón; por otra parte mal visto también por el poder de turno...".

En las obras de Copi, un personaje que lleva su nombre puede ignorar que es judío, puesto que nunca ha visto el pene de otro hombre (‘La Internacional Argentina’), los pollos reproducirse en pollos al spiedo, los huevos en huevos fritos (‘El uruguayo’), los padres ser mujeres de un clítoris decapitado (‘La guerra de las mariquitas’) y las ratas cultivar géneros íntimos como la correspondencia (‘La Cité des Rats’). Todo está trastrocado, los sexos, las patrias, los reinos (animal, vegetal, mineral). Incluso, en una revolución, la única muerte es por accidente, luego de que se ha desmoronado un telón de teatro y no el teatro de la Revolución sino el Odeón de París (‘La vida es un tango’). Pero hay algo en lo que Copi no es trans. Es antiperonista –y aquí no jode ni con la familia ni con la patria–. Describe como infierno la Argentina con Perón en el poder, en donde los Damonte-Botana tuvieron que partir al exilio ("Nos fuimos al Uruguay. ¡Cómo no me voy a acordar de la Argentina! ¡Cualquiera se acuerda del infierno, es de lo que uno más se acuerda!"); él, que es ateo de declamación y burla. Pero, ¿es gorila? Gran parte de la intelectualidad argentina contemporánea del primer gobierno peronista ha sido antiperonista, pero no necesariamente gorila. El gorilismo es artísticamente estéril: mientras el peronismo estético ha producido un kitsch y un camp de diversas suertes, el gorilismo, al basarse en un entre nos previo a cualquier enunciación, puesto que habría una antítesis absoluta entre peronismo y producción artística e intelectual, se detiene ante cualquier exigencia retórica. Su única fecundidad radica en la mera enunciación de un sentimiento que certifica per se la pertenencia a la razón (justicia), libertad (antiperonista), educación (decencia): la indignación, algo que se expresa como irreprimible, incapaz de sosegarse aun –y por eso sería más valioso– en las maneras flemáticas propias de un sentido de discreción asociado a la clase media.
Es cierto que hubo gorilas geniales, pero en quienes es precisamente el rasgo gorila el que detiene toda creación. Basta recordar al Borges que, en la dedicatoria del primer tomo de sus ‘Obras completas’, le escribe a su madre estas frases del zonzo esencialismo (gorila): "Me has dado tantas cosas (...) tu memoria y en ella la memoria de los mayores, los patios, los esclavos, el aguatero, la carga de los húsares del Perú, y el oprobio de Rosas, tu prisión valerosa cuando tantos hombres callábamos" (doña Leonor había pasado quince días presa en la cárcel del Buen Pastor, acusada de escándalo en la vía pública). Hay un gorilismo autobiográfico en donde la desgracia de la Patria se asimila a la desgracia de la familia, un gorilismo que enfatiza, si no la denuncia de algo, la denuncia de que algo no se puede decir, y un gorilismo de empate que pretende una equidistancia apolítica de los bandos en pugna y concede, por ejemplo, que el bombardeo a la Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955 fue una masacre, pero jamás lo hace espontáneamente. Tienta descubrir en Copi rasgos de los dos primeros, sobre todo luego de leer ‘Río de la Plata’. Pero, ¿cómo diferenciar allí las declaraciones serias y las paródicas, las sobreactuaciones del testimonio? Sobre todo porque la originalidad de Copi radica en que no sólo es una excepción sino que es una excepción que cambia de excepcionalidad. Bajo el nombre ‘Copi’ puede nombrar al hijo de un nazi y de una judía, a un heterosexual que no conoce los penes, a un militante gay.

La primera pregunta que despierta el escándalo provocado por ‘Eva Perón’ en los medios argentinos es: ¿por qué los mismos que decían a través del mito que Evita era el verdadero macho de la pareja Perón-Evita, gritan "¡blasfemia!" cuando es representada por un hombre? Encima un hombre que tiene el mismo nombre que un libro clave de la literatura argentina, ‘Facundo’, de Domingo F. Sarmiento, biografía de Facundo Quiroga, el caudillo llamado a representar la prehistoria clínica de la barbarie, y el mismo apellido que el mayor cineasta del camp peronista: Armando Bo. ¿No les pareció suficiente que Copi salvara a Eva de la muerte? Porque la Eva de Copi vive, y quien la ve representada por un hombre sabe entonces que esa Eva no puede morir enferma de un órgano que no tiene: la matriz.

En su libro dedicado a Copi, César Aira cuenta, de acuerdo con la versión de Helvio Botana, que Salvadora Medina comenzó a alucinar que su hijo Pitón estaba vivo: "Ya muy anciana y senil (era eterómana), la madre, que había vivido con el remordimiento, empezó a alucinar que Pitón estaba vivo, y que no la visitaba por castigarla. Entonces Poroto (Helvio) puso en escena a un falso Pitón, un amigo suyo corpulento y moreno de la edad que tendría su hermano si viviera: era muy parecido a Perón. Le dio instrucciones y su amigo fue a abrazar a la anciana haciéndose pasar por Pitón. Ella quedó totalmente convencida. El parecido con Perón le da una dimensión histórica a todo el cuento. Todas las filiaciones fantásticas y o funambulescas de Copi tienden a esa constitución de lo novelesco que trasciende la anécdota".
Pero si se trata de inventar una escena mítica, yo prefiero la que Copi le cuenta a José Tcherkaski en ‘Habla Copi, homosexualidad y creación’.
"Tenía cinco años y tengo una conciencia viva del 17 de octubre, absolutamente viva. Allanaron mi casa; mi madre me dio un papel así de grande para que se lo diera al portero para que no lo agarraran a mi padre; mi hermano acababa de nacer; había diecisiete mujeres en la casa, yo caminé por un balconcito, lo llamé al portero y le tiré el papel. El portero recibió el papel, después fue a esperarlo a mi padre a la esquina a que llegara en un auto. Nos fuimos al Uruguay."
Copi niño porta un mensaje que debe llegar a destino a través de un personaje secundario, el portero, para salvar al padre, toda una intriga literaria. En la escena él no está ni afuera ni adentro de la casa sino en tránsito, que podría ser la divisa de Copi.

Copi es considerado un autor de elite. Habrá que escucharlo recitar las marcas populares que declara: Oski, cronista de una fantástica fundación de Buenos Aires dibujada; Carlos Warnes, el irreverente autor de otro autor; César Bruto, a su vez autor de textos como’‘Esplicasiones de una Señora que sescapa con otro" ("¡Adiós negro, no mechés la culpa de nada y pensá que todo lo hago para que triunfés con una canción en contra mía... !¡Ha, y apurate que te van a desalojar antes del 30!") y donde la incorrección ortográfica es sólo la forma de una incorrección de sentido. Como humorista, Copi trabajó en ‘Tía Vicenta’, revista de humor político, pero divulgadora de una jerarquía de clases fantástica (los gordis y las pirujas, la gente aut y la gente in, Mirna Delma y su novio Aldo Rubén, María Belén y Alejandra fueron personajes literarios más que categorías sociales). El director de ‘Tía Vicenta’ era Landrú (Ignacio Colombres), dibujante y escritor cuya herencia era el humor absurdo de la revista ‘La Codorniz’, dirigida por Miguel Mihura, el célebre autor de ‘El caso de la mujer asesinadita’. Copi viene de ahí, pero no porque esas marcas configuren un origen siquiera mítico, ya que cada línea de Copi, ya sea en su teatro y en sus historietas como en sus novelas y cuentos, parece venir de la anterior. Porque es el arte de la réplica lo que más fascina en Copi, esa imaginación que hace que la réplica nunca sea utilitaria, que rara vez informe sino por añadidura. (¿Cuándo nos cansaremos de citar, como en ‘La torre de la defensa’, la expresión excelsa de ese arte?)

Micheline: –¿Me preferís como hombre o como mujer?
Ahmed: –Con los anteojos, como hombre; con la peluca, como mujer.

La réplica en Copi nunca es un remate ni se aprovecha solamente del significante usado por el otro; pone algo más. En el final de uno de los ensayos que va dirigiendo hacia la gran obra final sobre Copi, Daniel Link escribe (lamento la inevitable repetición de la palabra final): "En el final, Cachafaz y Raulito, mártires de la revolución antropofágica, son víctimas de la metralla. Raulito le dice a su hombre: ‘Muramosnós, se está levantando viento’ (es difícil encontrar final mejor que éste en toda la historia de la literatura argentina). Tal vez haya que entender esa última frase en relación con otro parlamento de Raulito, en el primer acto: ‘¡No te excites, Cachafaz, que el viento viene de atrás!’. ¿Qué es un viento que viene de atrás? Un viento en popa. Y no hace falta saber mucho de marinería (no hace falta ser Billy Bud) para saber que ése es un viento a favor. Así imaginaba Copi los vientos de la historia". Y es un párrafo brillante porque no hay relación mejor para definir todo el movimiento de Copi, porque cuando en Cachafaz se dice que el viento viene de atrás y termina con que se está levantando viento, se está indicando una continuidad que jamás se ancla en la memoria sino en una frase cualquiera y capaz de atravesar la muerte. Que Copi puede ser popular lo prueba el hecho de que en este momento se esté representando en Buenos Aires ‘Una visita inesperada’ con la más famosa vedette televisiva, Moria Casán, en el papel de la enfermera. Y algo que le hubiera encantado a Copi: Moria Casán es la mujer más parecida a un travesti que pueda encontrarse; al lado de ella, Facundo Bo como Evita parecía una mujer natural.
A menudo, Copi pone al mar como personaje. A veces, como en ‘El uruguayo’, lo hace desaparecer para que se pueda tocar la luna desde la playa; otras, prendido de una cita del diario de Fernando de Magallanes, quisiera hacer desaparecer la tierra, que todo sea mar, para que nada impida seguir el sol. (Dejemos de lado que en ‘El uruguayo’ a la totalidad del mar y la tierra se le llama "papá", no voy a insistir con el psicoanálisis.) Se trataría de inventar algo que permita unir los territorios ilusorios llamados patrias, ida y vuelta, o en redondo, con la corriente o contracorriente, por todo tierra o todo mar, con viento a favor o viento en contra, a la deriva, pero siempre de paso por el Río de la Plata.

5 de abril de 2010
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escritores de novelas por celular


Para los novelistas por celular del Japón, la prueba del éxito es el libro impreso. Una adolescente que escribió una novela en tres tomos en su celular ha vendido más de 110 mil ejemplares de la edición de bolsillo, con ventas de más de 611 mil dólares.
[Yuriko Nagano] Tokio, Japon. Le gusta Care Bears, todavía no se maquilla, y sacó su nombre de pluma de un personaje de un clásico de Disney: ‘Bambi’.
Y el año pasado, ‘Bunny’, de quince, se convirtió en una de las principales autoras de la literatura celular, llamada keitai -novelas por celular.
Después de empezar como una historia narrada en la diminuta pantalla de un celular, su novela de tres tomos, ‘Wolf Boy x Natural Girl’, ha vendido más de ciento diez mil ejemplares desde que fuera publicado en mayo, de acuerdo a Starts Publishing Co.
La autora de ‘Wolf Boy’, que tomó su seudónimo de la amiga de Thumper, Miss Bunny, empezó a escribir cuando estaba en el sexto, después de que sus padres le compraran un celular. "Estaba muy entusiasmada", dice, con una tímida sonrisa.
Bunny usaba su teléfono sobre todo para escribir mensajes a sus amigas hasta que vio un anuncio en la televisión sobre una página web dedicada al keitai, que permitía que los usuarios escribieran novelas en celulares puestos gratuitamente a su disposición.
Inspirada por algunas de las novelas que había leído, Bunny empezó a escribir una ella misma, simplemente respetando el límite de palabras de mil caracteres por página.
Los escritores keitai puede elegir entre ‘publicar’ su contenido online inmediatamente o mantenerlo inaccesible. La mayoría de los escritores suben sus contenidos cuando terminan, de modo que reciben una respuesta instantánea de lectores que acceden a sus historias en la página web y pasan de página con el ratón. Los autores responden a los lectores corrigiendo errores y, en algunos casos, modificando la trama.
La recompensa para las novelas más leídas es ponerlas en papel.
Bunny tipeó su novela en su dormitorio en el curso de varios meses, entre los deberes escolares. ‘Wolf Boy’ terminó como una historia de amor en la secundaria entre la guapa y tímida Miku, y el alto y guapo Shun, que normalmente es todo un caballero, a menos que Miku se encuentre en la cercanía (de ahí viene el nombre ‘Wolf’).
Una escena, desde el punto de vista de Wolf, es típica del estilo:

"Me puse un traje para la fiesta... Cuando salí de mi dormitorio... me encontré con Miku. Miku llevaba un vestido rosado, con tacos blancos. Se ve más madura porque lleva su pelo ligeramente rizado. Me mira directamente a los ojos. Es difícil mantener la calma cuando me mira de ese modo".
‘Wolf Boy’ se convirtió en una de las novelas más populares de la página web No-ichigo. Ignorando el trabajo de su hija, la madre de Bunny quedó pasmada cuando se enteró de una oferta pendiente para publicar la historia en forma de libro.
"No tenía ni idea", dice su madre.
‘Wolf Boy’ ha completado ventas por más de 611 mil dólares.
Cuando le preguntaron si Shun era su novio ideal, Bunny bajó la vista, sonrojándose. Sacudió la cabeza y murmuró: "Lo era antes, pero ya no más". Bunny no tiene novio, todavía.
Nadie en su escuela sabe sobre su éxito. "Es vergonzoso", dice Bunny.
Como la mayoría de los autores de novelas keitai, Bunny oculta su identidad para proteger su privacidad.
"Los usuarios aceden a estas páginas web creando para sí mismos una identidad online y generalmente participan manteniendo esa identidad", dice Shigeru Matsushima, editor de Starts Publishing.
Gran parte del mundo literario japonés ha criticado el éxito comercial del género.
"La mayoría de los escritores de novelas keitai son aficionados que nunca han escrito antes y las entregas siguen el mismo patrón", dice Chiaki Ishihara, profesor de literatura en la Universidad Waseda.
Ascii Media Works, editor de novelas keitai para el mercado de lectores entre los catorce y los diecisiete años, reconoce que las obras no son obras maestras.
"Las novelas keitai deberían compararse con el género literario de las novelas livianas", dice Kenro Hayamizu, autor de un libro en el que analiza el fenómeno de las novelas por celular. "Son como los romances de Harlequin, pero para adolescentes".
No se conoce el tamaño del mercado de las novelas keitai, pero Maho i-Land Co., uno de los proveedores más importantes de novelas keitai, se jacta de un millón de títulos online y seis millones de usuarios.
"Aunque las ventas de cada edición varían ampliamente, hemos vendido un promedio de cien mil ejemplares de cada libro que hemos publicado en los últimos años", dice Mari Yusa, que trabaja con la división de contenidos de Maho i-Land. La editorial publica cada mes algunas de las novelas más populares del género.
Cuando empezaron a surgir las novelas keitai en los últimos diez años, muchas de las historias eran burdas y se basaban en acontecimientos de la vida real.
El género tuvo su inicio con un autor de algo más de treinta años conocido solamente como Yoshi, que escribió la novela ‘Deep Love’, cuya trama gira sobre una chica de diecisiete llamada Ayu que trata de pagar la operación al corazón de su novio haciendo dinero prostituyéndose y termina muriéndose por complicaciones relacionadas con el SIDA.
Matsushima, el editor de Starts Publishing, dice que el reciente éxito de novelas keitai más íntimas, como ‘Wolf Boy’, ha implicado un cambio en el interés de los lectores. Las historias de horror y las parecidas a comedias de historietas para niñas también son populares.
"Las novelas más recientes están siendo escritas en un estilo claramente más coloquial, reproduciendo el habla adolescente", dice Matsushima. "Hace un año, los lectores empezaron a rechazar las historias tristes. Se volvieron hacia las novelas que describen un mundo ideal, de fantasía", una tendencia que ha sido posiblemente reforzada por la recesión económica en Japón.
"Las preferencias de los lectores podrían ser un reflejo de cómo piensan sobre el mundo real".
Bunny se está preparando para los exámenes de admisión en la escuela secundaria. Puso el dinero que le reportó el libro en una cuenta de ahorros y está pensando en su futuro: "Me gusta pensar si acaso me gustaría convertirme en una escritora profesional".

20 de marzo de 2010
9 de febrero de 2010
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miguel delibes


Largo adiós al cazador que escribía. Miguel Delibes murió ayer, a los 89 años, en su casa de Valladolid. El escritor español había dejado de trabajar en 1998, tras una operación. Fue autor de más de sesenta obras, entre novelas (como ‘Los santos inocentes’ y ‘El camino’), libros de viajes y diarios. Recibió los premios Cervantes, Nadal y Príncipe de Asturias.
[Silvina Friera] El cazador que escribía murió ayer a la madrugada a los 89 años en su casa de Valladolid. Miguel Delibes, ese hombre sencillo que inclinaba su oreja y su mirada sobre la tierra de Castilla, haciendo una reverencia al idioma y persiguiendo palabras que, intuía, se perderían para siempre, estableció la fecha de su muerte, con dignidad, mucho antes: el 21 de mayo de 1998, en la mesa de operaciones de la clínica madrileña de La Luz. Aunque sobrevivió casi doce años al cáncer de colon que le diagnosticaron, el zarpazo de esa intervención quirúrgica le produjo una rabia infinita. No lo mató, pero lo dejó fuera de la cancha. "En el quirófano entró un hombre inteligente y salió un lerdo. Imposible volver a escribir. Lo noté enseguida. No era capaz de ordenar mi cerebro. La memoria fallaba y me faltaba capacidad para concentrarme", afirmaba el prolífico autor de más de sesenta obras, entre novelas, libros de viajes y diarios, premio Nadal, Cervantes y Príncipe de Asturias, maestro de periodistas y académico de la Lengua. "¿Cómo abordar una novela y mantener vivos en mi imaginación, durante dos o tres años, personajes con su vida propia y sus propias características? ¿Cómo profundizar en las ideas exigidas por un encargo de mediana entidad? Estaba acabado. El cazador que escribe se termina al tiempo que el escritor que caza. Me faltaban facultades físicas e intelectuales. Y los que no me creyeron y vaticinaron que escribiría más novelas después de ‘El hereje’ se equivocaron de medio a medio. Terminé como siempre había imaginado: incapaz de abatir una perdiz roja ni de escribir una cuartilla con profesionalidad."
España ha perdido la mitad de su alma con la muerte de Delibes, el hombre que nació en Valladolid el 17 de octubre de 1920, que vivió y sobrevivió en esa ciudad porque era como "un árbol que crece donde lo plantan". En 1940 comenzó a publicar sus caricaturas en el El Norte de Castilla, bajo el seudónimo de Max. Pronto se animó a las críticas de cine en el mismo diario, del que llegaría a ser director entre 1958 y 1963; en el apogeo del franquismo hizo un diario liberal, opuesto a los lugares comunes más groseros de la dictadura. Estaba en la redacción la noche de Reyes de 1948 cuando recibió la noticia de que con su primera novela, ‘La sombra del ciprés es alargada’, un relato ambientado en Ávila y Barcelona sobre la pérdida y la posibilidad de la felicidad, había ganado el premio Nadal. La fama anticipada de ese galardón no consiguió alejarlo del diario ni de sus frecuentes paseos por las calles céntricas de Valladolid. A ese bautismo prematuro le debe el hecho de haberse atrevido a escribir sin cesar hasta la fecha que eligió para consignar su muerte: 1998, cuando entregó su última novela, ‘El hereje’, y le diagnosticaron el cáncer de colon. Delibes se inscribía en la línea de los escritores que consideran que la novela debe ser un reflejo de la vida. "Una novela requiere, al menos, un hombre, un paisaje, una pasión", solía repetir.
‘El camino’ (1950), sobre la pérdida de la inocencia infantil de su protagonista, Daniel el Mochuelo, es la novela que, según la crítica, le permitió a Delibes encontrar su espacio en las letras hispanas por el modo en que retrató, con precisión y elegancia, el habla de Castilla. De sus excursiones como cazador y pescador aprendió a auscultar cada uno de los latidos del idioma de la región. El sentimiento amoroso, la desigualdad social, el contraste entre la vida en el medio rural y en la ciudad, y a la cabeza, el habla de las gentes del campo, constituyen los núcleos duros de su vasto legado literario. Que el paisaje del campo o la lengua del pueblo –que dicen que escuchaba con la misma paciencia con la que liaba tabaco– fueran su "fuente de inspiración" no implica que sus novelas sean exclusivamente "costumbristas". Son, más bien, de una sencillez barojiana con la que cala más hondo, hasta alcanzar que se vea el alma (o el hígado) de sus personajes. Con ‘Diario de un cazador’ obtuvo en 1955 el Premio Nacional de Literatura; y desde entonces le dedicó una docena de libros a una de las ‘corrientes’ de su literatura, la del deporte cinegético, entre los que se destacan ‘La caza de la perdiz roja’ (1963), ‘El libro de la caza menor’ (1966), ‘Con la escopeta al hombro’ (1970), ‘La caza de España’ (1972), ‘Alegrías de la caza’ (1977) y ‘Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo’ (1978).
En ‘Cinco horas con Mario’, publicado en 1966, criticó el provincialismo y la realidad de la dictadura franquista. Sin embargo, nunca ocultó su respeto y admiración por la tradición castellana, aun con el rancio tufillo de conservadurismo que pudiera acarrear esa devoción. Lejos de orquestar una profunda renovación en la literatura española, y más cerca de lo que se podría inscribir en el "tradicionalismo", Delibes, no obstante, inoculó dosis de una poción que resultaba revulsiva para la anestesiada realidad literaria de la España de la posguerra. En el camino del escritor, los paisajes eran pretextos, como sucede con ‘Los santos inocentes’ (1982), donde la geografía del campo, la soledad y la tristeza rotunda que se esconde en medio de la miseria se recorta sobre una soledad más honda: la que padecen los hombres que no se acompañan por dentro. Azarías, el personaje de esta novela, interpretado en la versión cinematográfica de Mario Camus por el actor Francisco Rabal, es uno de los iconos culturales españoles de la segunda mitad del siglo XX. Su obra más autobiográfica es ‘Señora de rojo sobre fondo gris’ (1991), en la que revisitó la muerte de su esposa, Ángeles de Castro, ocurrida en 1974. Un año antes, el escritor que defendía la naturaleza y el arte de la caza, dos pasiones centrales en su vida, había ingresado a la Real Academia Española. Sería el primer escalón de una seguidilla de notables reconocimientos, como el Premio Príncipe de Asturias a las Letras (1982) y el Premio Cervantes (1993). En 1998, con ‘El hereje’, puso el obligado punto final a su actividad creativa para dedicarse, según contaba, a la vida contemplativa. Su último trabajo es una recopilación de relatos breves titulada ‘Viejas historias y cuentos completos’ (2006).
Como a Borges y a tantos otros escritores que esperaron en vano, el Premio Nobel de Literatura esquivó olímpicamente a Delibes. La última vez que habló en público fue en la Academia de la Lengua, a la que perteneció y que no pisó durante décadas, porque Madrid era un ruido atroz que lo espantaba. El 10 de diciembre de 2009, sin moverse de su Valladolid natal, grabó un video para celebrar la salida de la nueva Gramática de la Lengua Española. "La lengua nace del pueblo; que vuelva a él, que se funda con él, porque el pueblo es el verdadero dueño de la lengua", dijo. Estas palabras, que en otras bocas académicas hubieran sonado impostadas –el ‘maquillaje populista’ cae irremediablemente apenas se rasca un poco–, trasuntaban sinceridad. Más aún: los radares del escritor nunca dejaron de captar las bellas y saludables interferencias de "la lengua del pueblo". Aunque sea una "aberración" para el género de las necrológicas, el escritor murió el 21 de mayo de 1998. "Ya no puedo hacer más. Se me ha saltado la cuerda como a los coches de los niños pequeños", señaló Delibes en 2007, en una entrevista con El País. España llora "en diferido" la muerte de ese hombre sencillo que escribía sencillamente.

14 de marzo de 2010
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murió miguel delibes


Su muerte ha sido corta y dulce. A los 89 años murió el escritor Miguel Delibes. Su carrera literaria comenzó con ‘La sombra del ciprés es alargada’, con la cual ganó el Premio Nadal en 1948, un galardón que lo impulsó a seguir escribiendo. En sus más de 50 novelas, entre las que se destacan ‘Los santos inocentes’ y ‘Cinco horas con Mario’, dejó un dominio excelente del castellano y una prosa exacta en la que no sobraba ninguna palabra.
Delibes, uno de los grandes referentes de la literatura española del siglo XX, murió rodeado de su gran familia en su casa de Valladolid. Durante los últimos 12 años había tenido que convivir con un cáncer de colon. El jueves, su estado de salud se había agravado de forma drástica y el escritor cayó inconsciente. Murió a las 7 de la mañana de hoy, sumiendo al mundo de la cultura y las letras.
El ayuntamiento de su ciudad decretó tres días de luto oficial por la pérdida del autor de ‘El camino’, y entre aplausos y gritos de emoción se instaló su capilla ardiente al mediodía en el consistorio.
Los últimos cinco meses de vida del escritor fueron "muy difíciles", según explicó hoy su familia. Su salud se fue deteriorando mucho a lo largo de ese tiempo. Y ante el drástico empeoramiento de su estado, sus siete hijos cancelaron el jueves todas sus actividades para acompañarlo.
"Toda la familia hemos vivido unos momentos de emoción y de cierta desolación, pero también con satisfacción porque su muerte ha sido bastante corta y dulce", dijo su hijo Germán, catedrático de Prehistoria en la Universidad de Valladolid.
‘El hereje’ fue su última novela. En 1998, el día en que escribió la última página le diagnosticaron el cáncer que puso fin a su escritura, 12 años antes de morir.

13 de marzo de 2010
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murió ralph mcinerny


Era especialista en Santo Tomás de Aquino y enseñó filosofía y ética en la Universidad de Notre Dame durante décadas. También fue un prolífico autor de novelas de misterio, incluyendo la popular serie sobre el Padre Dowling.
[Dennis McLellan] Ralph McInerny, profesor de filosofía y estudios medievales en la Universidad de Notre Dame, fue también un popular escritor de novelas de misterio conocido por la serie de novelas sobre el Padre Dowling. Tenía ochenta años.
McInerny falleció el 29 de enero en el Hospital Our Lady of Peace en Mishawaka, Indiana, después de una larga enfermedad, según informó la universidad.
Miembro de la Universidad de Notre Dame desde 1955 hasta su jubilación en 2009, McInerny cosechó fama internacional como académico, autor y conferencista especializado en el teólogo y filósofo Santo Tomás de Aquino.
McInerny, que también escribió y dictó charlas sobre ética, filosofía de la religión y filosofía medieval, dirigió el Instituto Medieval de la universidad desde 1978 a 1985.
Y desde 1979 a 2006, dirigió su Centro Jacques Maritain, que es fundamentalmente un archivo para el estudio de materiales relacionados con el filósofo católico francés y su influencia en Estados Unidos.
McInerny "fue, en el ámbito del pensamiento filosófico de Tomás de Aquino, uno de los académicos más importantes del mundo", dijo John O’Callaghan, profesor asociado de filosofía que reemplazó a McInerny como director del Centro Maritain.
"Escribió muchos textos de filosofía, tanto comentarios sobre Aquino como trabajos filosóficos inspirados en Aquino", dijo.
Y luego estaba McInerny, el prolífico autor de cerca de cien novelas.
Empezando como ‘Her Death of Cold’ en 1977, escribió más de dos docenas de novelas de misterio con el Padre Dowling, que se convirtieron en la serie de televisión ‘Misterios del Padre Dowling’ [Father Dowling Mysteries], de 1989 a 1991, con Tom Bosley como protagonista.
El Padre Dowling es "un sacerdote detective cuyo interés secular en el crimen es sólo una máscara de su preocupación más profunda por el bienestar espiritual de las víctimas y los delincuentes implicados", escribió James R. McCahery en la ‘St. James Guide to Crime & Mystery Writers’.
Entre las otras series de McInerny se encuentran las novelas de misterio ‘Andrew Broom’, ‘Sister Mary Teresa’ (con el seudónimo de Monica Quill) y ‘University of Notre Dame’, con Robert Knight, profesor de Notre Dame, y su hermano Philip, un detective privado semi jubilado.
En 1993, McInerny recibió el premio en reconocimiento a su trayectoria de la Bouchercon World Mystery Convention.
‘Stained Glass’, su última novela con el Padre Dowling, fue publicada en octubre de 2009. ‘Sham Rock’, la última novela con los personajes de los hermanos Knight, será publicada en abril.
"Era un escritor muy prolífico", dijo Matt Martz, editor asociado de St. Martin’s Press que era el editor del Padre Dowling de McInerny, y de las novelas de misterio sobre los Knight en los últimos dos años.
"Es asombroso que haya podido escribir estas obras comerciales al mismo tiempo que las académicas", dijo Martz. "Y sus novelas de misterio son adoradas por sus fans", especialmente los libros sobre el Padre Dowling.

Nacido el 24 de febrero de 1929 en Minneapolis, McInerny hizo su servicio militar en el Cuerpo de Marines de 1946 a 1947.
Obtuvo su diploma de bachiller en el St. Paul Seminary en St. Paul, Minnesota, en 1951; la maestría en la Universidad de Minnesota en 1952; y el doctorado en filosofía en la Universidad Laval en Quebec en 1954.
Enseñó durante un año en la Universidad Creighton en Omaha antes de incorporarse a la Universidad de Notre Dame en 1955.
Su esposa Constance murió en 2002.
Le sobreviven sus hijas Cathleen Brownell, Mary Hosford, Anne Policinski y Beth Hark; sus hijos David y Daniel; sus hermanas Mary Williams y Theresa Coulombe; sus hermanos Steve, Roger, Ray, Dennis y Maurice; y diecisiete nietos.

25 de febrero de 2010
7 de febrero de 2010
©los angeles times 
©traducción mQh
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