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murió martha mercader


A los 83 años, murió la escritora Martha Mercader. Escribió novelas, cuentos y guiones para televisión. Juanamanuela, mucha mujer, que vendió más de cien mil ejemplares, la convirtió en best-seller. Fue funcionaria y legisladora por la UCR.
[Silvina Friera] La mujer que siempre utilizó una curiosa artimaña para eludir que se publicara su edad murió anteayer a los 83 años. La escritora Martha Mercader ya no puede quejarse por este atrevimiento póstumo. Pero unos cuantos años atrás protestó con toda la delicadeza que emanaba de sus rasgos de "mujer fina" para reprender, siempre blandiendo como espada la buena educación, a sus ocasionales interlocutores. En los años ’80, cuando se radicó en España como funcionaria del gobierno radical, una periodista del diario El País cometió la osadía de mencionar que había nacido el 27 de febrero de 1926. La autora de ‘Juanamanuela, mucha mujer’ (1980), novela que vendió más de cien mil ejemplares, con mucha coquetería y aplomo, le aclaró: "Bueno, mire: ya que ha dicho usted mi fecha de nacimiento, si me quiere hacer vieja, diga que tengo más o menos la edad de Margaret Thatcher; pero si me quiere hacer joven, diga que tengo la edad de Raúl Alfonsín".
Mercader siempre quiso escribir, pero su vocación no terminaba de aflorar porque tenía internalizados muchos roles femeninos. "Nadie me prohibió que escribiera, pero tampoco me estimularon a ello; y como yo tenía a mi alrededor gente muy importante que opinaba con mucha seguridad sobre muchas cosas, era muy difícil quebrar esas normas heredadas", contaba la escritora. Su padre, Amílcar Mercader, fue abogado de Ricardo Balbín durante sus años de preso político, presidente de la Suprema Corte de Justicia e integrante de la Procuración General de la Nación durante la presidencia de Arturo Illia. Su hermano Emir había estado largos años preso en Ushuaia, luego de gritar ante el general Evaristo Uriburu y desde la tribuna de socios del Hipódromo de La Plata: "¡Muera la tiranía!".
A los 26 años, gracias a una beca, Mercader se escapó de La Plata y descubrió la Inglaterra de posguerra y el cosmopolitismo de Europa. En Londres, a los ponchazos, se formó leyendo a Margaret Mead y Erich Fromm. También anduvo por París y Madrid, donde conoció a Juan Benet. Su primer marido, Nicolás Sánchez Albornoz, fue un anarquista, miembro de la Federación de Estudiantes Españoles, que estuvo detenido en la prisión del Valle de los Caídos, de la que escapó en un operativo de ficción, y en compañía del filósofo Manuel Lamana. El matrimonio y la crianza de sus hijos le habían hurtado el tiempo para escribir. Ya sin "excusas" para aplazar su vocación, después del divorcio llegó la revancha, su afirmación. Mercader comenzó su carrera de cuentista, de guionista de televisión (‘Cosa juzgada’), hasta culminar con la escritura de novelas de "largo aliento". Es autora de los libros de cuentos ‘Octubre en el espejo’, ‘De mil amores’, ‘La chuña de los huevos de oro’, ‘Decir que no’ y ‘El hambre de mi corazón’, entre otros, y de las novelas ‘Los que viven por sus manos’, ‘Solamente ella’, ‘Belisario en son de guerra’, ‘Donar la memoria’ y ‘Vos sabrás’, lo último que publicó, en 2001.
En los años ’60 empezó su carrera en la política. Se desempeñó como directora de Cultura de la provincia de Buenos Aires entre 1963 y 1966 y fue diputada por la Unión Cívica Radical entre 1993 y 1997. Aunque pudo acercarse a Jorge Luis Borges cuando fue directora de Cultura, no lo hizo. Le dio pudor. Victoria Ocampo la invitó a tomar el té, pero no fue. Lo único que no se perdía era el "siestáculo", ese encuentro alternativo entre narradores y poetas que se realiza en casa de Horacio Salas, donde se jactaba de ser la única mujer. ‘Juanamanuela, mucha mujer’, novela montada sobre la biografía de Juana Manuela Gorriti, la convirtió en una best-seller. "Juanamanuela, cabeza dura y al mismo tiempo aguerrida, sentó plaza de escritora, se divorció de un tipo todopoderoso, y con hijos a cuestas y amores extramatrimoniales salió airosa. Y yo me veía reflejada en su historia, me vino como anillo al dedo, porque en el libro no hablé de mí sino de ella. Hablar de uno mismo es muy aburrido", decía la autora de ‘Para ser una mujer’, en donde confesó que había sido violada en España. Se animó a contarlo en el programa de Mirtha Legrand que, obvio, se escandalizó. "A mí contarlo no me rebaja en nada –aclaraba la escritora, que defendió siempre los principios que movilizaron a los radicales–. Es como si me hubiera pisado un auto, como si hubiera tenido un accidente en la calle. Mi honor está a salvo, es algo espantoso que me ha pasado, pero que no tiene nada que ver con mi integridad."

19 de febrero de 2010
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recuerdan a josé lezama lima


José Lezama Lima en su centenario en feria habanera.
La Habana, Cuba. La vida y obra del fallecido poeta y ensayista cubano José Lezama Lima ocupará hoy un sitio de honor en la 19 Feria Internacional del Libro, con un coloquio dedicado a su centenario.
Considerado uno de los escritores más notables de Hispanoamérica, el autor de ‘Paradiso’ será recordado además con la publicación de varios títulos suyos y otros dedicados a él, entre los que se encuentran ‘Asedio a Lezama’ y ‘Lezama disperso’, de Ciro Bianchi Ross.
Mientras tanto, Rusia, país invitado de honor a la cita, ofrecerá una mesa redonda sobre la literatura en el siglo XXI, en la que Dmitry Bikov, Lidia Dovletkireeva, Serguei Lukianenko y Marina Moskvina tratarán la relación autor-héroe-lector.
‘Los microlibros rusos’, de Yaroslav Kostiuk, ‘La revuelta de la clase media’, de Boris Kagarlitshi, y ‘Memorias del corazón, la gran guerra patria’, son algunas de las propuestas literarias del pabellón ruso en esta séptima jornada.
Por su parte, las editoriales cubanas estarán presentes con libros históricos, educativos y de ciencias sociales, entre ellos ‘Vilma Espín y la igualdad de la mujer’, ‘Con la mano extendida’, de Juan Almeida Bosque, y ‘Fidel Castro, el Moncada’ y ‘La historia me absolverá’, de un colectivo de autores.
Para los niños y jóvenes, privilegiados en esta cita editorial, habrá una variedad de textos como ‘Akeké y la jutia’, del poeta Miguel Barnet, ‘Música de zorros’, de Manuel Vargas, y ‘Arcoiris de ensueño’, una antología de cuentos clásicos infantiles, compilado por Emmanuel Tornés.
Entre las atracciones de la feria se menciona a la editorial peruana ‘Los libros más pequeños del mundo’ , una presencia habitual cada año, que exhibe el libro más pequeño y otro de grandes dimensiones, que aspira ingresar a los récords Guiness.
El público que asistió a la Fortaleza San Carlos de la Cabaña pudo hojear un ejemplar de cuatro metros de alto y 2,5 de ancho, que los peruanos muestran por primera vez fuera de su país.
Otro de los momentos destacados de la jornada fue la presentación de ‘El quetzal resplandeciente y otros relatos’, de la canadiense Margaret Atwood, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2008, quien escogió para los cubanos un conjunto de textos escritos a lo largo de su carrera.

18 de febrero de 2010
©prensa latina
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murió louis auchincloss


Escritor. Hizo la crónica de la aristocracia.
Murió Louis Auchincloss, prolífico escritor y autor de libros documentales cuyas decenas de libros impartieron conocimientos sobrios y de primera mano sobre la aristocracia estadounidense. Tenía 92 años.
Auchincloss falleció el martes en un hospital de Nueva York, una semana después de sufrir un derrame, informó su nieto James Auchincloss.
Auchincloss escribió más de cincuenta libros, uno al año en promedio, después de la Segunda Guerra Mundial, entre ellos obras tan logradas como ‘El rector de Justin’ [The Rector of Justin] y el libro de memorias ‘A Writer’s Capital’. También escribió biografías, crítica literaria y cuentos. Fue cuatro veces finalista del Premio Nacional del Libro, entre otras con las novelas ‘El malversador’ [The Embezzler] y ‘La casa de los cinco talentos’ [The House of Five Talents].
Cumpliendo con el ideal del Viejo Mundo de ser útil, Auchincloss combinaba los varios títulos de escritor, abogado, líder comunitario y hombre de familia. Era socio del bufete de abogados de Wall Street, Hawkins, Delafield & Wood y padre de tres hijos. Fue presidente del Museo de la Ciudad de Nueva York y de la Academia Americana de Artes y Letras.
También era primo -por matrimonio- de Jacqueline Kennedy Onassis, la que trabajó con él cuando se desempeñó, más tarde en su vida, como editora.
Auchincloss tenía una anticuada aversión a los cambios, y su presencia se podría comparar con la de un edificio de monumentos nacionales. Entrado en los noventa, andaba a zancadas, su quijada aferrada tercamente, sus ojos melancólicos menos una ventana del alma que la mayoría de los porteros intolerantes.
En cuanto a los temas, seguía el consejo que le dio una vez Henry James a Edith Wharton: "Escriba sobre Nueva York. La versión de primera mano es muy valiosa". Auchincloss documentó el exclusivo e influyente mundo del que era a la vez miembro y detractor. Llevó a los lectores a salas de junta, clubes de campo, casas de verano en Bar Harbor, banquetes en la Quinta Avenida.
Esto le granjeó elogios y críticas a la vez, a veces con el mismo ambiguo cumplido de ser "sobre todo el novelista estadounidense de las maneras", que es parecido a ser llamado "el jugador de polo de primera clase de Estados Unidos" o "el más fino fabricante de sombreros de Estados Unidos". En 1970, el crítico Granville Hicks ridiculizó el "pequeño mundo" de Auchincloss, diciendo que no tenía nada que ver con el resto de la sociedad.
En respuesta, Gore Vidal defendió a Auchincloss por informar a los lectores sobre "el papel que juega el dinero en nuestras vidas" y por mostrar "cómo generaciones de abogados han mantenido intactas las grandes fortunas del siglo pasado".
El miércoles, Vidal elogió a Auchincloss como un amigo íntimo cuyo tema literario era único. "Nadie se ocupaba de ese tipo de gente, porque nadie la entendía, excepto de la manera más estúpida", dijo Vidal.
Auchincloss no buscaba elogiar a los ricos, sino entenderlos. Era un puritano que se preocupaba por el conflicto entre el dinero y los principios, sobre el derecho de las personas privilegiadas a la felicidad. Varios de sus libros mejor conocidos mostraban a retraídos hombres y mujeres jóvenes.
"¿Cómo puede vivir en la época en que vivimos y no sentir que tiene que haber alguna redistribución? ¿Por qué tengo esta vida maravillosa mientras que esas personas pasaron por lo que pasaron en Alemania?", dijo Auchincloss.

Nació en 1917 en Lawrence en Long Island, Nueva York; sus ancestros habían llegado desde Escocia hace más de un siglo. La abuela de Auchincloss conocía a Edith Wharton y su padre era un abogado en Wall Street. La familia y la servidumbre vivían en un brownstone en Manhattan a una cuadra de la residencia en Park Avenue donde vivió más tarde Louis Auchincloss.
Sus primeros años fueron los típicos de su clase: una escuela privada en la Quinta Avenida, la escuela preparatoria privada Groton, la Universidad de Yale, la facultad de leyes en la Universidad de Virginia. Después de servir en la Armada durante la Segunda Guerra Mundial, terminó su primera novela, ‘The Indifferent Children’, una historia de guerra que el inseguro y joven escritor publicó con el seudónimo de Andrew Lee.
Sin embargo, los críticos elogiaron el libro y, a partir de ese momento, el autor siguió llamándose Auchincloss por el resto de su vida. Dejó la práctica de la abogacía en 1951, descubrió que el tiempo libre no le ayudaba a escribir y retomó su oficio en 1954.
Entre sus otros libros se incluyen las novelas ‘Her Infinite Variety’ y ‘Pursuit of the Prodigal’, la antología de cuentos ‘Tales of Manhattan’ y la breve biografía de Theodore Roosevelt para la serie presidencial de Times Books’.
La esposa de Auchincloss, Adele, artista y ecologista, murió en 1991. Al autor le sobreviven tres hijos, un hermano y siete nietos.

3 de febrero de 2010
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murió tomás eloy martínez


El autor de la novela de Perón murió ayer a los 75 años. El escritor y maestro de periodistas mezcló sus dos formas de narrar con resultados notables en ‘La novela de Perón’ y ‘Santa Evita’. Trabajó en La Opinión y Primera Plana y fue el creador del primer suplemento literario de Página/12, Primer Plano.
[Silvina Friera] Argentina. Los azares del periodismo lo acercaron con insistencia al tema de la muerte. Hacia mediados de los ’60 advirtió, en Hiroshima y Nagasaki, que "un hombre puede morir indefinidamente, y que la muerte es una sucesión, no un fin", según señaló en el prólogo de uno de sus mejores libros, el anfibio ‘Lugar común la muerte’, publicado durante su exilio en Caracas, en 1978. El escritor y maestro de periodistas Tomás Eloy Martínez murió ayer a los 75 años, tras una larga pulseada contra el cáncer. De niño, cuando tenía menos de diez años, escribió su primer cuento para burlar el castigo de sus padres, que le habían prohibido leer. Poco a poco el joven encontró en la ficción una forma de rebelión extrema. Por la imperiosa necesidad de ganarse la vida empezó a foguearse en La Gaceta de Tucumán, la ciudad donde había nacido en 1934; pero pasó por muchas redacciones como el semanario Primera Plana, la revista Panorama; dirigió el suplemento cultural del diario La Opinión y creó el primer suplemento literario de Página/12, Primer Plano.
Su fama de joven impetuoso y obstinado se confirmó con una anécdota que le contó a este diario cuando hace dos años publicó ‘Purgatorio’ (Alfaguara), en la que exploró por primera vez los años de la última dictadura militar. El narrador de su última novela confiesa en un momento que le hubiera gustado ser poeta. A Tomás, qué duda cabe, también. ¿Quién no empezó escribiendo poemas? A los 14 años, como era un chico "muy osado", se presentó a un concurso de poesía en Tucumán. "Y les gané a poetas extraordinarios, a los que admiraba y admiro mucho ahora –recordaba en esa entrevista–. Por suerte me pararon en ese camino, alguien que quizá no se acuerda de esta historia. Terminé un libro de poesía y me presenté a un concurso cuando tenía 17 años. Conocía muy bien a María Elena Walsh y le conté que iba a presentar un libro al concurso. Ella me dijo: ‘Mirá que yo soy una jurado muy rigurosa’. ‘Mejor’, le dije. Presenté el libro y no gané, lo ganó otro poeta, cordobés. En esa época me parecía que mi libro era mejor que el libro del cordobés. Y le dije: ‘María Elena, ¡premiaste a un poeta que me parece menor!’". Muchacho bravo, nunca dejó de admitir que Walsh fue la responsable de que "un mal poeta" abandonara a tiempo la poesía.
Martínez llevó hasta las últimas consecuencias su convicción de que la escritura periodística es un acto de libertad. Cuando era director de la revista Panorama, en 1972, recibió la orden de publicar sobre Trelew sólo la versión oficial de los hechos que desembocaron en el fusilamiento de dieciséis guerrilleros, en agosto de ese año. La falsedad de la versión oficial era tan evidente que supo que no podía cometer esta falta de respeto con el periodismo. "Si bien no desmentí la versión oficial, escribí que si en este acto se ha derramado sangre sin un juicio justo iba a correr sangre. Lamentablemente, ese vaticinio resultó después cierto", contó el escritor, que fue despedido por única vez de un medio periodístico por "daño a la empresa". El periodista viajó a Trelew para averiguar de primera mano qué había pasado realmente. "Me encontré la primera manifestación pública contra el régimen militar de ese momento. Unas 12 mil personas se levantaron contra la toma de prisioneros dentro del pueblo y formaron una especie de comuna." ‘La pasión según Trelew’, publicado en 1974, fue quemado durante la dictadura en una plaza de Córdoba y prohibido durante mucho tiempo. En 1975, amenazado por la Triple A, debió exiliarse en Caracas, donde fundó El Diario. "Al condenarme al exilio tuve que trabajar como un alfarero, peor, como un carpintero, escribiendo libros que firmaban otros para poder sobrevivir y mandar algún dinero a los hijos que tenía aquí", se quejaba el escritor al repasar su vida en Venezuela.
Su primera ficción, ‘La novela de Perón’ (1985), arrancó como un trabajo de investigación periodística "muy acucioso", que nació de la necesidad de "enmendarle la plana a Perón", como confesó el año pasado, cuando se presentó la Biblioteca Tomás Eloy Martínez, la reedición de toda su obra que viene llevando a cabo la editorial Alfaguara. El escritor se dio cuenta de que Perón le estaba ocultando hechos importantes de su vida. "Estaba usándome para construir su monumento personal", evocaba Martínez. "Me dije que tenía que explorar qué había detrás de todo esto que Perón contaba y dónde estaba lo cierto y lo que no era cierto." Toda esa exploración está narrada y referida en ‘Las vidas del general’ (2004). "Cuando empecé a escribir ‘La novela de Perón’, durante el exilio, tenía una discusión cotidiana con un matemático que vivía enfrente de casa, Manuel Sadosky. Yo le decía que mi desafío era revelar la verdad en la misma dirección con que Sarmiento escribió el Facundo. El Facundo que ahora conocemos es el de Sarmiento y no el Facundo real; yo quería que el Perón que conocieran las generaciones futuras fuera el de mi novela. ‘No querés poca cosa vos’, me decía Manuel. Perón devora todo porque tiene su propia ley de gravedad. Pero me bastaba con que mi novela lo desafiara", subrayó el escritor, que dirigió durante muchos años el programa de Estudios Latinoamericanos de la Rutgers University, de Nueva Jersey, y fue uno de los referentes de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, creada por su entrañable amigo Gabriel García Márquez.
Críticos y lectores suelen encasillar automáticamente a los escritores, sin importar que en el oficio de la escritura muchos, como Martínez, derramen la vida, los sueños, las energías. Aunque ya estaba con ‘Santa Evita’ en la cabeza, antes de que se publicara (1995), prefirió avanzar sobre su novela tucumana ‘La mano del amo’ (1991), para evitar que lo consideraran "un peronólogo, o peor que eso, un peronista, con todo respeto por el peronismo", ironizaba el escritor, que en 2002 recibió el premio Alfaguara por su novela ‘El vuelo de la reina’. A este reconocimiento literario se agregaron el premio Ortega y Gasset de periodismo en 2009 que otorga el diario El País, donde fue columnista, y su incorporación en junio pasado a la Academia Nacional de Periodismo.
Martínez conservaba quizá un resabio de amargura por "cierta falta de reconocimiento como escritor", como si con cada novela tuviera que rendir una "prueba de calidad" por "cometer el pecado de ser un excelente periodista". Estaba convencido de que las mejores críticas a sus libros venían de Alemania, Inglaterra, Estados Unidos, Francia e Italia. Curiosamente, en la lista no estaba la Argentina. "Como he sido crítico, también sé que muchas veces se lee con el hígado, con las simpatías y antipatías personales", decía el autor de ‘Réquiem por un país perdido’ (2003) y ‘El cantor de tango’ (2004). "Ahora me da lo mismo cómo leen, ya no me importa, pero sé que me van a leer con el hígado, con los riñones, con el buen o malhumor del día. Es decir que van a leerme como me quieren leer". El hombre que se lanzó a la aventura de escribir uniendo dos grandes ríos que son afluentes de un mismo mar, el periodismo y la literatura, deja un puñado de libros inolvidables.

1 de febrero de 2010
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murió robert b. parker


Exitoso autor de las novelas con el detective privado ‘Spenser’. Parker escribió sesenta novelas, 37 con Spenser. La serie Spenser puso al día el género de las novelas de detectives. En 2002, Parker recibió el Premio Grand Master de la Asociación de Escritores de Misterio de Estados Unidos.
[Dennis McLellan] Murió Robert B. Parker, el exitoso autor de la larga serie de novelas sobre el detective privado ‘Spenser’ que puso al día el género de la novela de detectives en los años setenta. Tenía 77 años.
Según informó su agente literario de toda la vida, Helen Brann, Parker murió el lunes en su casa en Cambridge, Massachusetts, tras sufrir un ataque al corazón.
"Estaba en su escritorio, escribiendo un libro, una nueva novela sobre Spenser", dijo Brann.
Apodado una vez "el decano de la vieja escuela de la literatura barata americana", el ex profesor de literatura de la Universidad de Northeastern en Boston escribió sesenta novelas -37 de las cuales sobre el rudo pero culto detective privado Spenser, que debutó en ‘El manuscrito Godwulf’ [The Godwulf Manuscript] en 1973.
"En la línea de los grandes escritores norteamericanos, que va desde Dashiell Hammett hasta Raymond Chandler y Ross Macdonald, Robert B. Parker es el siguiente en esa línea de grandes escritores", dijo Otto Penzler, dueño de la Mysterious Bookshop en Nueva York y editor de novelas de detective.
Parker, dijo, "tenía un estilo parco que hacía que sus libros fueran entretenidos y consistentemente legibles. Su protagonista, Spenser, era un héroe de verdad, y creo que la gente adora a los héroes".
Parker fue consultor de la serie de ABC, ‘Spenser, detective privado’ [Spenser: For Hire], que se proyectó desde 1985 hasta 1988, con Robert Urich en el papel protagónico. (¿El compromiso de Parker? "Cobrar el cheque todas las semanas", dijo más tarde a USA Today). Más tarde Spenser reapareció en una serie de película de A&E TV, con Joe Mantegna.
El bigotudo Parker, que era conocido entre sus amigos por ser un tipo divertido y risueño, recibió en 1976 el Premio Edgar Allan Poe de la Asociación de Escritores de Misterio de Estados Unidos por su novela con Spenser, ‘La tierra prometida’ [Promised Land]. En 2002, recibió el Premio Grand Master de la organización.
"No hubo restricciones a la hora de elogiarlo", dijo Christine Pepe, vicepresidente y editora ejecutiva de G.P. Putnam’s Sons.
Pepe, que fue la editora de Parker desde que se cambiara a Putnam’s en 1989, describió a Spenser como "la interpretación moderna de Parker de lo que es un detective duro".
"Le encantaba cocinar. Tenía un conocimiento enciclopédico de literatura y música. Tenía un humor muy seco, como su creador. Y Spenser, como todos los buenos personajes, tenía un código de honor que respetaba.
"Spenser estaba siempre completamente seguro de sí mismo y creo que a los lectores les gustaba tener a alguien con el que contar y les encantaba que Spenser hiciera siempre las cosas bien. Y en un mundo donde no puedes contar con un montón de cosas, creo que esto importa cada vez más".
Como escritor, dijo Pepe, Parker "era una maravilla trabajar con él. Me ayudaba a hacer mejor mi trabajo, porque era muy bueno en lo que hacía".
Parker también escribió otras dos exitosas series para Putnam: la serie Jesse Stone, sobre el jefe de policía de una pequeña localidad en Massachusetts y la serie Sunny Randall, ambientada en Boston, sobre una mujer que trabaja como detective privado.
Entre sus otros novelas se encuentra la de vaqueros, ‘Appaloosa’, que fue llevada al cine en 2008.
Parker, que reconoció que había estado tratando de copiar a Philip Marlowe, de Chandler, en sus primeras novelas con Spenser, completó, por encargo de los herederos de Chandler a fines de los años ochenta, un manuscrito no terminado en la serie de Philip Marlowe, del que Chandler había escrito solamente cuatro capítulos.
Parker brincó ante la oportunidad, y ‘La historia de Poodle Springs’ [Poodle Springs] fue publicado en 1989. También escribió ‘Perchance to Dream’, la secuela de 1991 al clásico de Chandler de 1939, ‘El sueño eterno’ [The Big Sleep].

Parker nació el 17 de septiembre de 1931 en Springfield, Massachuetts, y se mudó más tarde a Nueva Bedford. Obtuvo su bachillerato en 1954 en el Colby College, en Waterville Maine, donde conoció a su esposa Joan, con la que se casó en 1956.
Después de servir en el ejército en Corea de 1954 a 1956, sacó su licenciatura (1957) y su doctorado (1971) por la Universidad de Boston. Ya había trabajado como escritor técnico y en publicidad antes de que empezara a enseñar inglés.
Estaba enseñando en la Universidad Northeastern en Boston cuando empezó a escribir su primera novela con Spenser a principio de los años setenta.
"Se necesita un montón de tiempo para ser escritor", dijo a la Massachusetts’ Telegram & Gazette en 1997. "Yo sabía que quería ser escritor y ordené mi vida para lograr ese objetivo".
Le sobreviven su esposa y dos hijos, David y Daniel.
"Prefiero ser su marido [su esposa] y padre de mis hijos que ‘Robert B. Parker’", dijo a USA Today en 1989.

28 de enero de 2010
20 de enero de 2010
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murió erich segal


Autor de ‘Love Story’. La primera novela del profesor de la Universidad de Yale se convirtió en todo un fenómeno de la cultura pop.
[Elaine Woo] Falleció el domingo, en Londres, Erich Segal, un profesor de literatura clásica en la Universidad de Yale cuya primera novela, la sensiblera ‘Love Story’, se convirtió en todo un fenómeno de cultura pop, llegando a vender más de veinte millones de ejemplares en tres docenas de idiomas y generando un icónico estribillo de los años setenta. Tenía 72 años.
Segal sufría del mal de Parkinson y murió de un ataque al corazón, informó su hija Francesca Segal a la Associated Press.
"¿Qué puedes decir sobre la muerte de una niña de veinticinco años?", escribió Segal en el primer renglón de la novela de 1970 sobre unos amantes desafortunados, que se convertiría en un éxito de taquilla con la película del mismo año con Ali McGraw y Ryan O’Neal. La frase más famosa, dicha temprano en la película por el personaje de McGraw y más tarde también por el personaje de O’Neal, fue: "Amor quiere decir no tener que decir nunca que lo lamentas".
El sentimental romance provocó valles de lágrimas y convirtió a su autor en una sensación prácticamente de un día para otro. Su éxito desencadenó "un egoísmo que linda con la megalomanía", como dijo Segal sobre sí mismo, que contribuyó a provocar una violenta reacción: le quitaron su cátedra en Yale y ‘Love Story’ fue retirada de la lista de nominados al Premio Nacional del Libro después de que el jurado de narrativa amenazara con renunciar.
"Es un libro banal que simplemente no es literatura", dijo el novelista galardonado con el Premio Pulitzer y miembro del jurado, William Styron.
El Premio Nacional del Libro [National Book Award] para ficción ese año le fue otorgado a Saul Bellow, por su ‘El planeta de Mr. Sammler’s’ [Mr. Sammler’s Planet].
Sin embargo, Segal siguió escribiendo y operando en dos planos. Escribió ocho libros de ficción más, entre ellos ‘Oliver’s Story’ (1977), ‘The Class’ (1985) y ‘Doctors’ (1987). También escribió los libros académicos ‘Roman Laughter: The Comedy of Plautus’ (1987) y ‘The Death of Comedy’ (2001).
Segal enseñó en la Universidad de Princeton, el Dartmouth College y la Universidad Brown y fue investigador visitante del Wolfson College de la Universidad de Oxford.

Hijo de un rabí, Segal nació en Brooklyn, Nueva York, el 16 de junio de 1937.
De acuerdo a un ensayo de su hija en la revista Granta, su temprana infancia fue algo solitaria: durante los primeros seis años de su vida vivió con su abuela enferma y su abuelo porque en el edificio de departamentos donde vivían sus padres no se permitían niños.
Dejado al cuidado de niñeras, escribía y representaba sus propias piezas de teatro, las que, escribió Francesca Segal, "servían el doble propósito de crear un reparto de personajes que le preocupaban, y de hacer que el reparto de su propia vida se preocupara más de él".
Su padre quería que estudiara para rabí, pero Segal tenía otros planes. Estudió en Harvard y se graduó en 1958 con los honores de poeta clásico y orador en latín.
Mientras terminaba su doctorado en Harvard, enseñó en Yale en 1964, sacó su doctorado en 1965 y para 1968 se había convertido en profesor de literatura clásica y comparada.
Como una descarga al escapar del pesado mundo académico, escribió, con Joe Raposo, una comedia musical titulada ‘Sing, Muse!’, que se estiró durante 39 funciones. Las reseñas sobre Segal llamaron la atención de un agente, que lo ayudó a asegurarse proyectos de cine.
Segal co-escribió el guión de la película de los Beatles, ‘El submarino amarillo’ (1968), que realizó un sueño de infancia de llegar a trabajar como guionista en Hollywood. Segal terminó volando a menudo entre Londres y Hollywood y codeándose con John Lennon.
Escribió ‘Love Story’ como guión, aunque su agente le convenció de que lo convirtiera en una novela. En los primeros doce meses la novela tuvo veintiuna ediciones en tapa dura y la primera edición en libro en rústica, con un tiraje de 4.3 millones de ejemplares, fue el encargo de impresión más grande en la historia de las editoriales.
Con sólo 212 páginas, ‘Love Story’ gira en torno a la atracción entre Oliver, un aristócrata jugador de hockey de Harvard, y Jenny, una chica de clase obrera de Radcliffe que finalmente muere debido a una misteriosa enfermedad.
Tocó una cuerda que los críticos tuvieron dificultades para descifrar. Nora Ephron, en Esquire, dijo que la abrumadora popularidad del libro era "un misterio". Pero el casto romance (no incluía escenas de sexo explícito) causó un enorme interés en una cultura que había perdido su norte en una ola de protestas estudiantiles, marchas por los derechos civiles, asesinatos, revoluciones sexuales y experimentos con drogas.
Segal mismo puede haber ofrecido la mejor explicación de su éxito. En una entrevista en 1970 con la revista Time, dijo: "Es terriblemente breve. Es declaradamente romántica. Pero antes del final me puse a llorar y llorar y llorar durante 45 minutos. Luego me lavé la cara y terminé el libro".
El autor se convirtió en el favorito de los programas de entrevistas. Apareció cuatro veces en cuatro semanas en el ‘Tonight Show’ de Johnny Carson. Respondió encantado al clamor por entrevistas, ofreciendo declaraciones que luego tuvo que lamentar. Se fanfarroneó sobre su popularidad con los estudiantes, llamándose a sí mismo "una especie de héroe popular en Yale". Se comparó a sí mismo con Shakespeare y F. Scott Fitzgerald.
Su frase "no tener que decir nunca que lo lamentas" fue tan prontamente absorbida en los escalones más bajos de la cultura que inspiró otras frases, como una tintorería de Santa Bárbara que anuncia sus servicios con un letrero que dice: "Traernos tu ropa quiere decir no tener que decir nunca que estás sucio".
Incluso O’Neal, cuya fortuna había aumentado con la película ‘Love Story’, se burló de esta en la comedia de 1972, ‘¿Qué me pasa, doctor?’ [What’s Up, Doc?], con Barbra Streisand. Cuando su personaje repite la famosa frase, su personaje responde: "Esa es la cosa más tonta que he oído nunca".
Uno de los escasos defensores de Segal fue el novelista Kurt Vonnegut, que dijo ante una audiencia de Harvard, que rechazar ‘Love Story’ era como "criticar a un palo de chocolate".
Después de que le negaran una cátedra en Yale, Segal se mudó a Europa. Se casó con una editora inglesa, Karen James, en 1975, la que lo sobrevive, junto con sus dos hijas.
Segal se hizo más cauto con la fama, prefiriendo vivir en Londres durante la mayor parte de tres décadas. Su famosa primera novela, dijo al Times hace algunos años, "me descolocó. Me arruinó totalmente..."
"Pero no voy a decir que lo lamento".

27 de enero de 2010
20 de enero de 2010
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sobre óscar masotta


Introductor de la obra de Lacan en castellano, lúcido lector de Roberto Arlt en pleno borgismo y personaje clave en la formación de toda una generación, desde hace años la figura de Óscar Masotta pertenece al ámbito de las mejores leyendas orales de la intelectualidad argentina.
[Guillermo Saccomanno] 1 ¿Por qué no considerar estas anotaciones sobre Óscar Masotta escritor a la manera de sus ‘Seis intentos frustrados de escribir sobre Roberto Arlt’? Si algo obliga la imitación, es pensar desde el otro su voz. Pero, ¿en qué consiste la frustración de escribir sobre Masotta? En principio, en que no parece haber únicamente un Masotta sino varios. Pocos escritores se han buscado en expresiones tan diferentes y a la vez tan complementarias. Como un detective de sí mismo, Masotta se subyuga por un género, una corriente de moda y, cuando cree haber dominado su mecanismo, al igual que el chico que desarma un juguete (¿rabioso?) lo vuelve a armar, lo abandona y pasa a otra cosa. En su ‘Introducción a la lectura de Jacques Lacan’ pone su propia escritura en entredicho: "Con un breve seminario de seis clases sobre un seminario de Lacan sobre un cuento de Poe, una conferencia pronunciada en un instituto de música y una nota periodística, no se puede pretender que el resultado sea un libro. Pero para una época donde no sólo en las policiales de Raymond Chandler los editores son tanto o menos burgueses que los escritores, lo que hace un libro de un libro es el hecho de su impresión más su diferencia con otros libros. He aquí un ejemplar raro de esa ave vulgar, lector. Todo aquí es diferencia. Un autor sospechoso que escribe sobre temas de psicoanálisis sin ser un psicoanalista, un libro escrito en el español del Río de la Plata y que no intercambia casi una palabra en común con otros libros escritos sobre el tema escritos en el mismo español, un texto que repite y transforma el texto de un autor europeo sin dejar de avisar al lector que ahí donde se repite tal vez traiciona y ahí donde transforma no es sino porque quiere repetir".
¿En qué consiste ser un autor sospechoso? ¿No lo era acaso, en su tiempo, Freud, lector de Conan Doyle? ¿Cuál es la culpa que debe pagar el sospechoso de sí mismo? Lacan pudo insinuarlo: quienes mejor lo comprendieron no provenían del psicoanálisis. Uno de sus amigos fue Simenon. Parafraseando, a esta altura me pregunto, además de las relaciones entre escritura como cuestionamiento y delito, si esto que escribo no debería llamarse ‘Introducción a la lectura de Óscar Masotta’. En una de esas, este es el camino. Imitar un estilo puede ser también comprender qué le pasa por la cabeza a uno mientras escribe esto o aquello, "esto" que en Masotta es y no es escribir, "aquello" que parece engañosamente no ser literatura –al menos en un sentido ortodoxo– pero que en Masotta siempre es literatura. Un ejemplo: ¿acaso la historieta no le resultaba "literatura dibujada"? De ser así, si todo en Masotta es hacer literatura, se debe a que nunca dejó de ser escritor, de pensar como piensa un escritor, acercándose y a la vez distanciándose del fenómeno que quiere captar. Soy consciente de que plantear "Masotta escritor" puede ir contra los intereses de quienes pretenden reducirlo al campito de estudios lacanianos. La pregunta sobre la frustración que formulaba al comienzo: ¿cuál es la obra que prueba que Masotta es escritor? ¿Cuál es, digamos, su gran novela, su cuento memorable, ese ensayo voluminoso y definitivo? Pero, ¿qué quiere decir definitivo cuando se es consciente de la transitoriedad? ¿Y si la gran novela de Masotta fuera su vida? No hay en Masotta géneros, por diferentes que parezcan, compartimentados. Todo tiene que ver con todo. Y todo con uno. Digamos: una escritura en la vida. ¿Y si su cuento memorable fuera apenas una crispada semblanza autobiográfica? ¿Y si su gran ensayo fuera una compilación de sus escritos centrados en intereses siempre cambiantes que, en esa mutación constante, permiten atisbar una coherencia que incomoda al crítico académico? Falta una edición completa de su obra, es verdad, para comprobar esta presunción.

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Hace unas semanas Diego Caramés y Gabriel D’Iorio me acercaron el recién impreso Nro. 3 de la revista que hacen: ‘El río sin orillas’. Es una revista libro. Y se edita una vez al año. Exquisitamente diagramada, con una presentación cuidada, integra artículos sobre filosofía, cultura y política. En el Nro. 3, la sección Archivo, a cargo de Mariano Dorr, se publican de Masotta ‘Los muertos’ (fragmento de una novela) y ‘Reflexiones sobre la historieta’ (introducción a técnica de la historieta, publicado por la Escuela Panamericana de Arte). Como no se conoce ficción de Masotta, me llamó la atención el fragmento de la novela. También la propuesta de Dorr: "Arrancar a Masotta de donde estaría introducido. Arrancarlo de la historia (del psicoanálisis, de Contorno, del Di Tella) para contar una historia, la suya". Pero, pregunto, ¿se puede aislar a Masotta de su itinerario y el correspondiente contexto sociopolítico de las publicaciones en que interviene? ¿Sin Contorno, sin el psicoanálisis? Se trata de hitos y contextualizan. Lo que no significa que no concuerde en lo que –me da la impresión– Dorr insinúa, y redondeo: extraer a Masotta de una esclerotización institucional en la que, además de no encajar, de estar vivo, putearía. A la vez, es cierto, se dirá que mis conocimientos de la fenomenología sartreana, la semiótica y los presuntos misterios del hermetismo lacaniano son insuficientes y me restan autoridad para meterme en esta cuestión. Me atajo desde Masotta: "Yo de psicoanálisis no sé nada, o sé tan poco que lo que sé puede leerse en cuatro libros de Freud, pero eso sí, aprendí a odiar. Lo mejor que tengo ahora son mis odios". Gesto arltiano el de Masotta al enunciar un conocimiento escaso del psicoanálisis que más tarde sería su objeto de investigación, ocupándolo desde los casi ‘70 hasta su muerte en Barcelona, en 1979.
Arlt y Masotta constituyen una relación visceral padre/hijo. Una herencia. El padre auténtico de Masotta no sería, desde esta perspectiva, el genético, aquel que le dio un nombre, un apellido y le asignó un destino que sería burlado, sino aquel otro, el literario, padre adoptado por el escritor. Su padre entonces, ya que de literatura hablamos, es electivo y es literario: Arlt, digo. Aunque sostuvo que, al escribir su ensayo ‘Sexo y traición en Roberto Arlt’, no pensaba en Arlt tanto como en Sartre escribiendo sobre Genet. Como Masotta no se queda quieto, traiciona. Quienes lo siguieron en lo sartreano serán traicionados por su descubrimiento de Lévi-Strauss, quienes lo adoraron en la modernidad del pop art, serán traicionados por su hallazgo de Lacan. La traición deviene entonces, al modo siempre arltiano, su coherencia. Nunca volverá donde lo estaban esperando. Nunca volverá atrás.

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Busco explicarme: Roberto Arlt, yo mismo, insular dentro de la multifacética obra de Masotta, entrevero de autobiografía intelectual y confesión pública, me ha parecido siempre uno de los más desgarrados autorretratos de nuestra literatura. Se me puede cuestionar lo que digo, pero es indiscutible que en su brevedad, por su consistencia dramática y espesor ideológico, se manifiesta como escritura de una dialéctica que atraviesa nuestra literatura desde ‘El matadero’ hasta la actualidad: violencia y política. Roberto Arlt, yo mismo es la presentación escrita de ‘Sexo y traición en Roberto Arlt’. El texto fue escrito en 1965 y recopilado recién con el ensayo sólo en la edición de ‘Sexo y traición...’ de Centro Editor de 1982. Es una falta que no se volviera a publicar hasta hace poco y que iluminaría algunas de las situaciones que acá intento esbozar. Todas en torno de un propósito: "Masotta escritor". Masotta cuenta en esta presentación sus procedimientos para hacerse escritor: un grueso cuaderno Avon, la manipulación de las palabras, una experiencia del mundo y un contenido siniestro. "Esto significa: que quería ser escritor y que, cuando intentaba hacerlo encontraba que no conocía ninguna palabra, por ejemplo, que sirviera para distinguir el estilo a que pertenecía un mueble. Y tampoco conocía el nombre de las partes de un edificio. Si el personaje de mi novela bajaba por una escalera, y apoyaba una mano mientras lo hacía, ¿dónde la apoyaba? ¿En la ‘baranda’ o en la ‘barandilla’? Y si el personaje miraba a través de un balcón, ¿cómo nombrar a los ‘travesaños’ del balcón? Travesaños, simplemente. O tal vez ‘barrotes’. Pero me perdía entonces en el sonido material de las palabras y me parecía grotesco y desmesurado, por ejemplo, llamar ‘barrotes’ a esos ‘travesaños’. Y si me decidía por la palabra ‘travesaños’ me parecía de pronto pobremente descriptiva para contentarme con ella. Si mi personaje debía caminar por la calle, y creía imprescindible envolverlo en la atmósfera propia de un determinado momento del día, había que decir ‘que caminaba bajo los árboles’. ¿Pero qué árboles? ¿‘Pitas’ o ‘cipreses’? ¿Se dan cuenta de la locura? Lo siniestro era el descubrimiento de aquel idiotismo. Yo, seguramente un idiota mental, pretendía escribir. Tenía miedo."
No obstante, Masotta terminó esa novela. El fragmento recobrado ahora por ‘El río sin orillas’ fue publicado originalmente en la revista Centro de la Facultad de Filosofía y Letras en 1954. Y está dedicado a David Viñas, por entonces amigo y compañero de Masotta en Contorno, el grupo político y literario que cargaría contra el establishment cipayo/tilingo (léase ‘La Nación’, léase ‘Sur’) y practicaría, además de una revisión no xenófoba del peronismo, el rescate tajante de Roberto Arlt. De este período son afiladísimos los pequeños ensayos de Masotta sobre el platonismo en Güiraldes o el antiperonismo colonialista en ‘Sur’ más tarde republicados en ‘Conciencia y estructura’. El fragmento de ‘Los muertos’ describe dos escenas de cuartel. El primer bloque cuenta una típica escena de sometimiento, un sargento bailando cuarenta reclutas, ensañándose con un conscripto del interior. Masotta pone el foco en los cuerpos, en la tensión y su jadeo. El segundo lo protagonizan dos soldados, Martín, un muchacho pequebú, que fue separado del PC, y Benasar, un universitario de derecha. En un descanso, mientras fuman, conversan sobre el país y la política. Benasar dice: "El argentino es el prototipo del hombre sin heroísmo". Aunque proviene de la izquierda, Martín "no estaba en desacuerdo con todo lo que Benasar había dicho, pero conocía. Conozco: las palabras de la verdad o de la semiverdad en cualquier boca pero sin uso posible".
Masotta termina esta novela antes de los veinticuatro años. Todavía gobierna el peronismo. Y Masotta, junto con Carlos Correas y Juan José Sebreli, son atraídos por el lado popular del peronismo. Si publicaba su novela a los veinticuatro, imaginaba Masotta, superaría a Faulkner. No obstante, no la publica. Una hipótesis: la dedicatoria a Viñas revela, además de una amistad y cofradía en Contorno (junto con Rozitchner, Alcalde, Halperin Donghi y Jitrik entre otros), un oficio narrativo común, aunque más endeble en Masotta. A Masotta le costaba esa escritura que en Viñas se manifestaba con plasticidad y soltura. En mi opinión Masotta no publica porque se percata de que no hay novedad en lo que cuenta y como lo cuenta: ya lo contó Viñas. El dilema en Masotta no es tanto si baranda o barandilla sino un deseo de originalidad. Pero, además de Viñas, como antes de Viñas están Hemingway y Dos Passos, antes de Masotta está Sartre. Por cierto, el fragmento respira un aire del Sartre novelista. En este punto, una vez escrita su novela, una vez leída y repensada, aborta. Masotta debió percibir –además de que Viñas le había ganado de mano– que sus palabras ya habían sido usadas. Es en este punto donde, al no publicar, se llama a silencio como narrador. Quizá será para muchos un psicologismo juzgar este silencio inicial como un anticipo del que padecerá intelectualmente a raíz de una depresión tras la muerte de su padre. Dos silencios que a su vez derivan en un silencio mayor, cuando ya de vuelta de todo, en los ‘70 termina padeciendo una sordera progresiva. En síntesis: un escritor que viene de Floresta y ha participado del barullo de la modernidad en Plaza San Martín desemboca en el silencio de los grupos de estudio y la escucha del paciente, ese otro, mientras su sordera avanza implacable. Una interpretación: Masotta hace su sordera para escuchar/se mejor. Pero, ¿se puede curar si se prescinde de la palabra del otro? ¿Por qué no pensar esta situación como un koan? Cura, escribí. Pero, ¿de qué cura hablamos bajo el capitalismo?, nos interroga el Masotta sartreano. Y se dará cuenta, también en este punto, de la imposibilidad de una "salud mental" bajo un sistema enloquecedor. (Como maestro reconocerá únicamente a Enrique Pichón Rivière, quien se había animado a descender a la miseria de la locura, hundir su "ciencia" en el barro de la historia a la vez que escribía sobre Lautréamont.) Acá, de nuevo, un eco sartreano. Me atrevo a conjeturar que, en el fondo, Masotta nunca renegó de su formación sartreana. "La enfermedad mental es inútil", dice en Roberto Arlt, yo mismo. Lo que prenuncia, a lo Foucault, qué loco es aquel que no produce. Masotta, curado presuntamente de su angst, se lanzará a una producción intelectual frenética. "Los libros me salvaron", había dicho.

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Una novela y una nouvelle dan cuenta de lo que va desde el Masotta pibe al Masotta exilado en Barcelona introduciendo a los "gallegos" en los arcanos del psicoanálisis. Aunque ambos relatos tienen forma de ensayo, si se está interesado en comprender la evolución del Masotta que deja afuera el dogmatismo de su discipulaje, es decir, el hombre literario, habrá que recurrir a estos dos textos: ‘La operación Masotta’ de Correas y ‘El joven Masotta’ de Sebreli. Se trata de dos cantos de amor perdido. Ambos relatan que Masotta coqueteaba con la homosexualidad. Sebreli se enamora de Masotta en el colegio, se prenda de un pibe bello y malvado, de guardapolvo, que toca Gershwin en el piano durante un recreo. Pero Masotta lo ignora. Recién años más tarde, en Filosofía y Letras, Masotta reparará en Sebreli al advertirlo leyendo Proust. Ya en esta época Masotta es amigo de Correas, no menos seducido por un Oscar compadrito que imita a James Dean y Marlon Brando, les copia el look, y cuando descubre al Belmondo de ‘A bout de soufflé’, abrocha definitivamente una imagen deseada y deseable: cierto desaliño al ponerse el saco, el cigarrillo permanente, una sonrisa que oscila "entre la pena y la nada". Se conforma un triángulo donde menudean lecturas avant-garde, cartas y maledicencias. Correas no deja de apuntar el rencor de sentirse a menudo despechado por este Masotta que se pasea canchero por la facultad en impermeable y bluejeans. Si el modelo que acuña Masotta es Belmondo, por qué no pensar la relación del trío cinéfilo, según los enamorados de Oscar, como un ‘Jules et Jim’ gay. Ambos coinciden en señalar que ese elegantísimo traje que Masotta viste en el sepelio de su padre, donde los parientes deben arrastrarlo hacia el ataúd, ese traje cruzado lo obtuvo prometiéndole favores sexuales a un compañero de la colimba, favores que dejó incumplidos. Su experiencia homosexual, como demasiado, habría sido dejársela chupar una vez por una marica. En cuanto a lo literario, en este período de iniciación Masotta se jacta de escribir páginas y páginas sin un nombre propio. Sebreli le acusa, al espiar su biblioteca, la inestabilidad y el capricho: la mayoría de sus libros tienen subrayadas apenas las primeras páginas y el resto permanece sin abrir. Punzante y sombrío el relato de Correas (quien también ha escrito sobre Arlt), roza la canallada al narrar un Masotta ambiguo, nocturno, viajando entre pesados en un auto, "secuestrado santón" o "jefe mafioso", en tiempos de las Tres A, frente a una librería de la avenida Santa Fe. Más contenido, Sebreli evoca un Masotta juvenil, con quien compartió, como Correas, una correspondencia abundante, una suma de lecturas, la marca de ‘Les Temps Modernes’. Sebreli, a diferencia de Correas, prefiere recordar "un amigo olvidado, íntimo, secreto, desconocido para sus amigos tardíos que ya no fueron mis amigos, un Masotta vuelto hacia mí".

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El mito Masotta no defrauda a quien busca un personaje literario en extremo. No es desatinada la idea de Dorr: la historia de Masotta merecería ser historietizada. Un escritor, se dirá, que se preocupó, en ocasiones, por ser más un personaje real que crear uno en la ficción. Y acá habría que ver cuál es el Masotta real: ¿el de los actos, el autor de sus escritos o el mitológico? Masotta docente, en una escuela, pidiéndoles a sus alumnos una composición: "Perón o Dios". Cambiando de aire, mozo en un restaurante cordobés. El acercamiento a Puiggrós y ‘Clase obrera’: la comprensión del peronismo. Estudiante que desafía desde el autodidactismo el pensamiento académico (su cruce con Verón, quien lo descalifica por falta de rigor, aunque más tarde volverán a cruzarse y, más acá, Verón lo recordará con admiración). Masotta "enloqueciendo" tras la muerte del padre, intentando un suicidio en el que combina ahorcarse, cortarse las venas y empastarse, todo al mismo tiempo, rescatado mediante un lavaje, como cuenta Jorge Lafforgue. Masotta, botella de ginebra por día. Masotta turbulento en una pasión desenfrenada con su tormentosa pareja, Reneé Cuellar, alimentando un cocodrilo bajo la cama. Masotta enfant terrible del Di Tella. Masotta en New York propulsando a Julio Le Parc, Marta Minujin y Luis Felipe Noé.

En esa época, donde mucha polémica se dirimía a las trompadas, Bioy Casares registra en su Borges el temor que inspiraban en los plumíferos los hermanos Viñas, capaces de sacudir a quienes se les oponían. Una época donde las palabras y los actos no se diferenciaban o, mejor dicho, las palabras impulsaban a la acción. Acá, Masotta trompeándose con Abelardo Castillo a partir de la crítica que le disparó en ‘El escarabajo de oro’ contra la muestra de historietas que organizó con Romero Brest. Una digresión y no tanto, un detalle a pensar: el segundo nombre de Masotta es Abelardo. En esta instancia, conviene resaltarlo, Castillo es el modelo antagónico de Masotta: el escritor austero que se confina el tiempo que haga falta para cincelar una obra versus el neurótico incurable a quien nada, ninguna tendencia lo conforma, y como un pibe pobre que entra en una juguetería, (¿rabioso?, insisto) quiere jugar con todos los chiches. Si para Masotta la vida es un happening, un ocurriendo, para Castillo siguen vigentes el marxismo y el existencialismo. La pregunta pendiente ahora, ¿contra qué Abelardo se trompea Masotta? Su fe en la literatura se venía deteriorando. ¿Y si su dandismo es una venganza de personaje arltiano de clase media que, con su resentimiento a cuestas, concreta su sueño de dinero, mujeres, prestigio?
"Arlt y yo habíamos salido de la misma salsa, conocimos los mismos ruidos y los mismos olores de la misma ciudad, caminamos por las mismas calles, soportamos seguramente los mismos miedo económicos." Pero ningún sueño realizado es como se lo esperaba. Después de la consagración como intelectual de elite, ¿el desencanto, el crack up? Entonces su interés en Freud y Lacan, el psicoanálisis como monasterio personal. Se hace maestro. "Uno que anduvo en todas", titulaba una producción sobre Masotta un suplemento cultural de ‘Tiempo Argentino’ en noviembre de 1984. "Alguien que se leía a sí mismo como si fuera otro; un maestro, no un profesor; un hombre que no rechazaba a nadie; un marginal de nuestra cultura; alguien en quien la preocupación teórica se articulaba con los intereses cotidianos: cómo leer un texto, cómo arreglar un calentador Primus; un escritor que, como tal, no se resignaba a utilizar la palabra como instrumento porque iba a descubrir algo en ella", dice la bajada anónima. En la producción intervienen nombres de prestigio intelectual. Roberto Jacoby: "De Masotta hay mucho para decir y ese exceso dificulta". Eliseo Verón: "Masotta trabaja sobre el pensamiento lacaniano bajo la forma de un discurso que no es, en modo alguno, lacaniano. Lo que tal vez marque el encuentro de Masotta consigo mismo, a través de Lacan". Jorge Jinkis: "Será tentador buscar el rasgo común de esa serie heterogénea de intereses para dibujar la figura unificada de alguna originalidad, convertir a Masotta en lo que Darío llama `un raro’. El mismo construyó un anecdotario propicio para alimentar el mito". Luis Gusmán: "Reflexionar acerca de lo que Masotta escribió sobre literatura exige lo mismo que él se proponía en la lectura de los libros: el rigor"). Y Óscar Steimberg: "Era tan escritor. (...) Una vez en un prólogo escribió: `Un cierto borgismo siempre será pertinente’. Dicho por Masotta es algo que contiene alguna distancia, como el reconocimiento de algo que cuesta reconocer. Porque él no era un personaje borgiano, ni en términos de su práctica como intelectual que se relaciona con otros y su público, ni en términos de su escritura. Su lugar era otro. Y señalando ese lugar uno podría decir: la posición de Masotta en relación con la cultura de este país es algo que, como referente de límite, siempre será pertinente".

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Sexto intento ahora: subrayar qué significaba para Masotta el compromiso de escribir. Lo dice en su ensayo sobre Arlt: "Para defenderse de la gratuidad del acto de escribir había que escribir sobre temas que lo pusieran a uno en situación de peligro, que lo descolocaran ante los demás. Y hay entre otras (puesto que si se redacta un panfleto político el peligro es bastante inminente, policial y real) una manera de hacerlo. Escribir sobre uno mismo. Para desnudarse o para confesarse. Pero quien se confiesa se confiesa de algo, y para hacerlo es preciso un juicio retrospectivo y negativo, sobre ese algo. ¿Sería este mi caso? Y por otra parte, es difícil sortear el peligro de la falta de peligro. Es necesario decidirse entonces a sumarse en todos estos peligros para intentar sortearlos".

26 de enero de 2010
10 de enero de 2010
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todo sobre mi madre


Al día siguiente de morir su madre, el 25 de octubre de 1977, el semiólogo francés Roland Barthes empezó a escribir una especie de diario de duelo para y por esa mujer con quien vivió, en la salud y en la enfermedad, hasta que los separó la muerte.
–¡No ha conocido usted el cuerpo de la Mujer!
–Conocí el cuerpo de mi madre enferma, luego moribunda –es la segunda entrada de ‘Diario de duelo’,
26 de octubre de 1977-15 de septiembre de 1979 de Roland Barthes. Menos por falta de imaginación que por ceder golosamente a los señuelos estilísticos del autor, las reseñas han insistido en la cita de esa defensa altiva de que hay un conocimiento más radical que el de la carne, que es el de la carne prohibida y, al mismo tiempo, de la carne en retirada.
‘Diario de duelo’ ha sido escrito en hojas divididas en cuatro, quizás un hábito de ahorro de quien fuera hijo de una viuda de guerra –su madre, Henriette Binger, se casó a los veinte años con Louis Barthes, quien resultó muerto durante un combate naval en el Mar del Norte tres años después–; son notas fechadas y hechas con tinta o con lápiz y que juntas, según precisa Nathalie Léger en el prólogo, no forman un libro acabado sino "una hipótesis de libro" que ella infiere deseado por el autor. François Whal, editor de Seuil en los años noventa y a quien Barthes habría dejado a cargo de su obra póstuma, no estuvo de acuerdo con la publicación de esas notas demasiado íntimas y en donde alguien muerto, por un accidente de tránsito en 1980, no tuvo la oportunidad de corregirse. Michel Salzedo, hermanastro de Roland Barthes, hizo una declaración ritual: "Después de 30 años nadie puede erigirse en dueño de la obra de un autor". Pero, de hecho, él es el dueño. Y en el mismo ‘Diario de duelo’ habría una indicación precisa: "Vivo sin ninguna preocupación por la posteridad, sin ningún deseo de ser leído más tarde (salvo financieramente por M –M es Michel Salzedo–), la perfecta aceptación de desaparecer completamente, ningún deseo de ‘monumento’ –pero no puedo soportar que sea así para mamá (tal vez porque ella no escribió y porque su recuerdo depende totalmente de mí)".
En el mismo párrafo contrae una deuda de responsabilidad –con ese otro con el que comparte la sangre de ella– y con un libro que vendría a sacarla del olvido. Si en ‘Diario de duelo’ Barthes anota "esta mañana, con gran pesadumbre, retomando las fotos, trastornado por una donde mamá niña pequeña, dulce, discreta junto a Philippe Binger (Jardín de invierno de Chennevières, 1898)./Lloro./Ni siquiera deseos de suicidarse", en ‘La cámara lúcida’ escribe: "Así yo mirando, solo en el departamento donde ella acababa de morir, bajo la lámpara, una a una, esas fotos de mi madre, volviendo atrás poco a poco en el tiempo con ella, buscando la verdad del rostro que yo había amado. Y la descubrí. /La fotografía era muy antigua. Encartonada, las esquinas comidas, de un color sepia descolorido, en ella había apenas dos niños, de pie formando grupo junto a un pequeño puente de madera en un Invernadero con techo de cristal. Mi madre tenía entonces cinco años (1898), su hermano tenía siete. Este apoyaba su espalda contra la balaustrada del puente, sobre la cual había extendido el brazo; ella, más lejos, más pequeña, estaba de frente; se podía adivinar que el fotógrafo le había dicho: ‘avanza un poco, que se te vea’, había juntado las manos, la una cogía la otra por un dedo, tal como acostumbran a hacer los niños, con un gesto torpe. El hermano y la hermana unidos entre sí, como yo sabía, por la desunión de sus padres, que a poco tiempo después se divorciarían, habían posado uno al lado de otro, solos, en la abertura del follaje y de palmas del invernadero (era la casa en que había nacido mi madre, en Chennevières surMarne./Observé a la niña y reencontré por fin a mi madre".
La escena es la misma pero no es una pasada en limpio ni una reescritura, en Barthes la nota no es nunca un borrador sino una marca que fija lo que se repite o, todo lo contrario, lo irrepetible pero también lo gratuito, lo que no se sabe por qué. En ‘Diario de duelo’ la nota cae bajo una vigilancia triste pero firme: que no haga literatura, que no goce.

Demás Deudos
La escritura no puede nada. Pero, ante una pérdida irrevocable, muchos insisten en escribirla, sabiendo que es imposible y que no hay consuelo, ni siquiera el de que, de no haberlo hecho, hubiera sido peor, puesto que, si se escribe ¿cómo se sabe que, de no hacerlo, hubiera sido igual o peor de terrible?
En el matrimonio blanco con la madre, ella puede pretender sobreponerse a la fatalidad biológica y acompañar al hijo hasta el final de éste: ese horror preferible a dejarlo solo. Leonor Acevedo lo intentó hasta que las fuerzas le faltaron e hizo público, ya sobre los noventa años, en infinitas protestas ese durar que ya no era vida. El mito dice que ella escuchaba, disentía, comentaba cada argumento del hijo con más inteligencia y razón que la que utilizaba en poner en fuga a sus rivales. Un vestido lila apoyado sobre su lecho de manera que evocara su forma viva se erigió en monumento blando a La Lectora, ante la que Jorge Luis Borges habría rumiado quién sabe qué oraciones de agnóstico. Claro que una esposa con la que se han llevado sesenta años en común también puede provocar la ilusión, como con la madre, de ser uno con ella, de "llevar una comunidad física y psíquica total" sólo interrumpida por la muerte como la de Sandor Marai con Ilona Matzner. Si Roland Barthes planeaba hacer de su notoriedad una prórroga de la memoria de Henriette Binger –"quizás un día la escriba, con el fin de que, impresa, su memoria dure por lo menos el tiempo de mi propia notoriedad", insistió en ‘La cámara lúcida’–, Marai vivió el duelo por su esposa Ilona, la experiencia casi opuesta. Cien agendas minuciosas, de ella que no escribía, le permitieron seguir oyéndola con los ojos: "Durante décadas lo anotó todo sin excepción, los acontecimientos cotidianos, ya fueran importantes o irrelevantes. Es su regalo desde el más allá. Como si todos los días recibiera una carta de ella". (Sandor Marai, ‘Diarios 1984-1989’.) Horror o maravilla: que dos, uno de los cuales está muerto, puedan cotejar recuerdos.

Su Roland
El recuerdo más penoso –hay otros pero éste es el que se repite y parece punzar más profundo– que registra ‘Diario de duelo’ es el de la madre gritando en las últimas "¡Mi Roland, mi Roland!". Quien en agonía pronuncia un posesivo sugiere querer arrastrarse fuera de la vida con las manos llenas, una vuelta a la nada pero rompiendo la soledad con un trofeo. A menos que ese nombre sea la última pertenencia, la fundamental antes de la separación, aquello que Henriette Binger se verá obligada a soltar para siempre cuando pronto no haya yo para utilizar gramática alguna.
Si Roland Barthes no renegara a veces del psicoanálisis hasta el punto de preferir la "aflicción" al "duelo", si pudiera pensar esa exclamación en detalles como le gusta hacerlo con cualquier otra, tal vez advertiría en ella el mordisco del vampiro. ¡Oh, pero maman no era así! No era así es lo que Roland escribe de mil modos de su Henriette, aun cuando todavía no escribió definitivamente si es que esto es posible: al creer una y otra vez en su inocencia soberana "si se quiere tomar esta palabra según su etimología que es ‘no sé hacer daño’", esa que reconoce en la foto del invernadero, la de la madre niña –el relato de cualquier cualidad tentativa– sólo podría hacerse en negativo.
Pero si Henriette Binger muere declarando que él es de ella, su ausencia, en medio del dolor que produce, tiene una cualidad suplementaria: hace, por primera vez, ligero el peso de los muchachos:
"Durante todo el tiempo del duelo, de la Aflicción (tan dura que: ya no puedo más, no me sorprenderé, etc.), seguían funcionando imperturbablemente (como mal educadas) costumbres de flirts, de enamoriscamientos, todo un discurso del deseo, del yo-te-amo-que por lo demás caía muy rápido y volvía a empezar sobre otro" (12 de junio de 1978).
Entonces, afligido en su máxima expresión, escribe que tiene mejor talante para el discípulo adorador de la frase –y Roland era un brujo de la retórica, ahí, a los sesenta era él el más bello–, pero atacado de un súbito déficit de atención si se lo invitaba a la cama, para el virgen sensato al que le molestaba la diferencia de edad, para al chongo inamovible en su sistema de toma y daca que jamás consiente en el "vuelto" de un abrazo, de un deshago fuera de tarifa (la enumeración corre por cuenta propia).
Pero a esa soltura, Roland la encuentra árida. "No solamente no abandono ninguno de mis egoísmos, de mis pequeños apegos, continúo sin cesar ‘dándome preferencia’, más aún, no llego a entregarme amorosamente a un ser, todos me son un poco indiferentes, incluso los más queridos. Pruebo –y es claro– la ‘sequedad del corazón’ –la acidia–", había escrito el 27 de abril.
En ‘Incidentes’, otro de sus libros póstumos, en una anotación posterior a la fecha en que escribe el diario, los muchachos han recuperado su peso aplastante: "Ayer, domingo, Oliver G. vino a comer; dediqué a la espera y al recibimiento el especial cuidado que revela, por lo general, que estoy enamorado. Pero, ya mientras comíamos, su timidez o su distanciamiento me intimidaron; ninguna euforia en la relación, ni de lejos. Le pedí que viniera a mi lado, a la cama, mientras dormía la siesta; acudió muy amablemente, se sentó en la orilla, leyó en un libro ilustrado; su cuerpo estaba demasiado lejos, cuando alargué mi brazo hacia él, no se movió, encerrado en sí mismo: ninguna complacencia; y acabó por marcharse a la otra habitación. Me invadió como una desesperación, tenía ganas de llorar. Me pareció evidente que iba a tener que renunciar a los chicos, porque no existe ningún deseo de ellos hacia mí, y porque yo soy demasiado escrupuloso, o demasiado torpe, para imponer el mío; creo que éste es un hecho indiscutible, avalado por todas mis tentativas de flirt, que mi vida es triste, que, bien mirado, me aburro, y que es necesario que expulse este interés, o esta esperanza, de mi vida. (Si repaso mis amigos uno a uno –aparte de los que ya no son jóvenes– descubro un fracaso cada vez ... ¿No me van a quedar más que los taxiboys? He tocado un poco el piano para O., a petición suya, a sabiendas de que acababa de renunciar a él para siempre; tiene bonitos ojos y una expresión dulce, suavizada por los cabellos largos: he aquí un ser delicado pero inaccesible y enigmático, tierno y distante a la vez. Luego le he dicho que se fuera, con la excusa del trabajo, y la convicción de que habíamos terminado, y de que, con él, algo más había terminado: el amor de un muchacho". ¿Será porque el duelo –18 meses para la muerte de un padre, de una madre, según el Larousse, él lo sabe puesto que es una de las primeras anotaciones de su ‘Diario de duelo’– ha abandonado su parte aguda, esa que, según el mito popular, se pacifica cuando en el cuerpo del muerto ya no hay carne y, en correlato, el deudo pasa de un dolor en carne viva a un dolor esencial como el hueso? ¿Entonces la máxima aflicción ya no protege del mismo modo y empieza a dejar pasar los dolores de segundo orden?
Si Roger Peyrefitte hubiera podido leer la escena con Oliver G se hubiera reído de Roland Barthes como siempre lo había hecho de André Gide al recordar que "Nunca practicó, según sus propias palabras, más que ‘el amor frente a frente’ y tuvo este grito de indignación con uno de mis amigos que le confesó sodomizar a los pequeños árabes en Argelia ‘¡Cómo! ¡Usted los maltrata!’". El hubiera leído en el acudir dulcemente, en el sentarse en la orilla de la cama y en leer un libro ilustrado de Oliver G las artimañas de un pasivo que, sin correrse cuando lo acarician, demanda además que le toquen el piano.
Es probable que Barthes no se equivocara, que en esa escena pudiera leer el fin de un amor y, tras su cola, el de todos los otros. Pero ¿no había una cierta complacencia en ese decoro pequeño burgués con el que nunca se atrevía a romper el velo de ningún pudor en provecho propio, una obediencia al qué dirán que es fácil imaginar muy Henriette Binger? ¿Qué le faltó a ese triste? Un poco de avasallante chabacanería. Un buen mal gusto. Total, de todos modos, era un fracaso cada vez.
Raúl Escari es testigo de Barthes en un París desde donde se partía a Marruecos para visitar un prostíbulo en el que el patrón –un tal Manolo– solía enviar, a través de cualquier cliente, "¡saludo a los profesores! "(Barthes, Foucault.)
–Una vez decidió analizarse con Jacques Lacan. Estaba sufriendo mucho, seguramente por amor. Llamó por teléfono al consultorio de la calle de L’ille y pidió hora para un rendez vous. El secretario de Lacan le dio cita para diecinueve días después. Fue puntual. Comenzó a hablar, Lacan lo cortó en seco: "¡Ah! ¡Viene a verme por un asunto personal! Hubiera debido pedir una consulta no una cita. Lo habría recibido de inmediato". Barthes habló y habló. Lacan escuchaba en silencio. De pronto dijo: "Aléjese enseguida de ese muchacho". Barthes nos lo contó a un grupo de amigos más tarde. "Fue raro que palabras tan triviales, tan chatas, hayan podido ejercer en mí un efecto tan inmediato, radical." Terminó con el chico y se puso a escribir su ‘Fragmentos de un discurso amoroso’. Yo estaba presente cuando lo contó.
¿No habría en ese provinciano un regusto de contable: que hasta lo más insoportable fuera a parar al haber del placer del texto? Pero con su Roland, el de Henriette Binger, todas las preguntas psi, las insubordinaciones críticas, las conminaciones de afiliados "¡Vamos, deje de regodearse! Con semejante cabeza ¿no podría haber luchado para ser más feliz?", se vuelven tautológicas pero además feas: él ya lo calibró todo y lo escribió en bellas figuras.

Cerrados por Duelo
El 23 de marzo de 1980 Roland Barthes venía de comer con Mitterrand y planeaba cruzar de un lado a otro la calle de las Ecoles cuando lo atropelló una camioneta de lavandería. Murió casi un mes más tarde. Entonces, el furor de la interpretación, a veces con la huella de su enseñanza, a veces no, comenzó a proliferar en versiones en donde ni el más ignorante comisario, el más pedestre equipo de emergencia, la más dura representante de las ciencias duras, se conformaron con la idea de accidente. Una cosa es señalar la tiniebla oculta en la declaración: "¡Mi Roland", mi Roland! y otra pensar que Henriette Binger vino a llevarse su propiedad para transportarla allí donde todos sabemos, la muerte no los reunió. Hasta el cínico alegre de Philipphe Sollersedipiza a más no poder. En su libro ‘Mujeres’ cuenta esa agonía en La Salpetrière en la que el herido, por obra del duelo, deja de luchar y cede, como si se hubiera suicidado. En Internet hay quien se mete con el objeto "camioneta de lavandería" buscando un sentido al cual sacarle el jugo. Y hay quien especula groseramente sobre si en la caja viajaba la ropa ordenada y perfumada de las casas burguesas de entrega semanal, o si, por el contrario, viajaban las sábanas con semen, flujo y chocolate de los hoteles por hora adonde todavía no entraban los homo, los manteles de la francachela derramada y el pañal cagado de las familias que no tienen las buenas maneras de los Barthes Binger. Esa muerte absurda inició la serie amarilla y reaccionaria titulada Paradojas de la razón Cartesiana que continuaría con Althusser asesino y Foucault sadomaso.
Roland Barthes tenía 65 años y había escrito hasta por los codos –que imaginamos protegidos por remilgados pitucones–, sin embargo se lo trataba como a una inversión perdida. La maldad radical del lenguaje hizo que el 23 de marzo de 1980 se recordara que en mayo del ’68 había dicho "las estructuras no bajan a la calle", entonces los estudiantes le contestaron "Barthes tampoco" ahora, en la calle había sido herido de muerte. Encima, si en la red se busca "muerte de Barthes" lo primero que aparece no es la noticia del accidente sino una noción: la muerte del autor.
¿No hubiera sido el mejor homenaje que los signos de asueto dejaran de producir?: que todos los suyos: amigos, lectores, discípulos se hubieran limitado a difundir un lacónico Barthes "murió en un accidente" en todas partes en donde se usaran palabras y luego de haberle creído simplemente que su pena provenía de "ser ella quien era y es por ser ella quien era por lo que viví con ella".
Roland Barthes no escribió el libro definitivo sobre su madre, lo dejó en medio entre el querer escribir y el poder escribir, el deseo de escribir y el hecho de escribir sobre los que habló en sus cursos del Collège de France. No hizo más que rodearlo, por ejemplo casi tipiando a la muerta en los objetos que la evocaban: su polvera de marfil, un frasco de vidrio biselado, una silla baja, almohadones (La cámara lúcida). Hasta su propia muerte, no hizo más que poner en todas partes, con una inusual fecundidad, algo de ella –‘Lo Neutro’, ‘La cámara lúcida’, ‘La preparación de la novela’–. Con más detalle en el segundo de estos libros en donde retoma las notas de ‘Diario de duelo’. Pero al ‘Libro de mi madre’, lo dejó para después, como si lo atesorara, en eterna preparación lo que fundiría profundamente a Henriette Binger, en idéntico brillar por su ausencia, con ese género fetiche: la Novela.

21 de diciembre de 2009
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