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murió esther hautzig


Escribió ‘La estepa infinita’ sobre el exilio en Siberia. La familia de la autora fue enviada a la remota región soviética por ser capitalista. Eso fue probablemente lo que los salvó de la muerte en el Holocausto.
[Matt Schudel] En un hospital de Nueva York el 1 de noviembre falleció Esther Hautzig, cuyas memorias sobre la vida en el exilio en Siberia, ‘La estepa infinita’ (The Endless Steppe) se convirtió en un clásico de la literatura infantil. Sufría del mal de Alzheimer y tenía 79 años.
Hautzig nació en el seno de una familia acomodada en Vilnius, Lutuania, entonces parte de Polonia, donde poseían una joyería. En 1941, después de que la Unión Soviética y Alemania firmaran un pacto de no agresión que puso a Vilnius bajo control soviético, la familia de Hautzig fue arrestada por ser capitalista. A los diez días fue enviada con sus padres y abuelos en un vagón ganadero hacia la ciudad de Rubtsovsk, en Siberia.
Pasó la Segunda Guerra Mundial allá, asistiendo a la escuela y aprendiendo a vivir con privaciones y pérdidas. Más de veinte años más tarde, después de que Hautzig se asentara en Estados Unidos, escribió ‘La estepa infinita’.
Escribió el libro para niños cuando los editores le dijeron que su historia no atraería a los adultos. Ganó varios premios y fue aclamada como una digna sucesora de el poderoso ‘Diario de Ana Frank’.
En el libro, Hautzig cuenta una valerosa historia de exilio y supervivencia. De niña se adaptó a sus nuevos entornos sorprendentemente bien, y aprendió ruso y asistió a una escuela estricta que, como escribió un reseñador del New York Times en 1968, "sería la envidia de las madres de Nueva York".
Escribió sobre cómo tratar de ganar dinero vendiendo libros de poesía rusa, recordando que un hombre hojeó un libro antes de decidir que no lo compraría porque el papel no servía para liar cigarrillos.
Las batallas de esos tiempos de guerra afectaron de diferentes modos a su familia. Su abuela lamentaba un mundo perdido de criados y grandes casonas; su padre fue enviado a la guerra en el ejército soviético; y su madre trabajó en una mina de yeso y en una panadería. Su abuelo murió a los 72 años en un campo de trabajos forzados.
"Pasamos en Siberia los siguientes seis años", escribió Hautzig en ‘Remember Who You Are: Stories About Being Jewish’, una antología de 1960 de recuerdos de infancia. "Fui a la escuela allá, hice amigos, aprendí a sobrevivir a pesar de todo".
Después de la guerra su familia se reencontró en Lodz, Polonia, descubriendo que su exilio forzado les había salvado la vida. La mayoría de sus familiares que se quedaron en Vilnius (llamado entonces Vilna) había perecido en el Holocausto. De los 57 mil residentes judíos de Vilnius a principios de la guerra sólo sobrevivieron tres mil.

Esther Rudomin nació el 18 de octubre de 1930 y tuvo una infancia encantadora en una ciudad culta y próspera.
"Todo lo que hago viene de Vilna", dijo a la publicación judía Forward en 2002. "Soy una guía de Vilna, en ausencia".
Tras reunirse con sus padres y abuela en Lodz, en 1947 llegó por sus propios medios a Estados Unidos, conociendo al pianista concertista vienés Walter Hautzig en el buque en que cruzaban el Atlántico. Completó su educación secundaria en Brooklyn, Nueva York, y estudió en la Hunter College de Nueva York antes de casarse con Hautzig en 1950. Su marido le sobrevive, junto con dos hijos y tres nietos.
Hautzig llegó a ser una talentosa artesana en Siberia, donde aprendió, entre otras cosas, a teñir cortinas con piel de cebolla. Escribió la primera serie de libros para niños sobre cocina, decoración y cómo hacer regalos con poco o nada de dinero  cuando trabajaba en editoriales neoyorquinas en los años cincuenta.
Más tarde Hautzig tradujo obras del yiddish y continuó escribiendo libros para jóvenes sobre su infancia en Vilnius. Durante su única visita de retorno de su ciudad natal en 1993, dijo que "tenía el fuerte sentimiento de haber visto a los muertos caminando entre los vivos".

17 de noviembre de 2009
12 de noviembre de 2009
©los angeles times
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buscando a federico


La posible identificación de los restos de Federico García Lorca, víctima de la Guerra Civil Española, y la aparición de un nuevo libro firmado por Ian Gibson que centra su atención en la peripecia homosexual de su biografía, invitan a volver a leer a uno de los más grandes poetas de todos los tiempos.
[Daniel Link] En estos días, la humanidad espera en vilo que los equipos de antropología forense que trabajan en las inmediaciones de Granada por orden del juez Baltasar Garzón descubran e identifiquen los restos de Federico García Lorca, que podrían estar (o no) en una fosa común entre Víznar y Alfacar, donde hay tres mil personas enterradas.
La circunstancia obliga a reexaminar las razones del asesinato del poeta, y también algunos aspectos de su vida.
En sus años escolares le decían Federica, y la prensa de derecha se refería a él, cada vez que querían desacreditar a La Barraca, la compañía teatral que fue una pieza central de la política cultural de la República Española, como Federico García Loca.
Hijo de Vicenta Lorca y Federico García Rodríguez, el que estaría llamado a convertirse en "el poeta español más leído de todos los tiempos" nació el 27 de agosto de 1897 como Federico del Sagrado Corazón de Jesús. Ya adulto, Lorca, cuya pasión por la mentira corría pareja con su pasión por la poesía, la música y el folklore, echó a correr la especie de que no había caminado hasta los cuatro años como consecuencia de una grave enfermedad.
Lo cierto fue que el niño tenía grandes pies planos y la pierna izquierda ligeramente más corta que la derecha, defectos que "con el tiempo prestarían a su manera de andar un característico balanceo o cimbreo corporal" (como nos informa Ian Gibson en su monumental biografía, ‘Federico García Lorca’).
Desde el comienzo, Lorca, que ha nacido apenas treinta años después de que por primera vez en la historia de Occidente se imprimiera la palabra "Homosexualität" en un folleto militante, marcha con su andar de pie quebrado hacia lo queer.
Toda la historia de la poesía de Lorca puede leerse como un combate contra los monstruos infernales, y hay un compuesto indiscernible entre autoctonía, sexualidad, naturaleza y cultura que es lo que podríamos reconocer como propiamente lorquiano.
Lábdaco (padre de Layo) quiere decir "rengo", Layo (padre de Edipo) quiere decir "pie torcido". Edipo quiere decir "pie hinchado". Es con esa serie de nombres prestigiosos, en los que la persistencia de la autoctonía humana se inscribe directamente en el cuerpo y el andar (la imposibilidad de salirse totalmente de la tierra), con los que Lorca establece una relación de linaje.
Lo ctónico se opone a lo olímpico como el inframundo se opone a lo celestial.
Es posible glosar el mito de Edipo de muchas formas, pero la lectura que más conviene retener y relacionar con la obra de Lorca es la que lo reconoce como una suerte de instrumento lógico que permite articular una respuesta a la pregunta inicial: "¿Se nace de uno solo, o bien de dos?" Y a la pregunta derivada: "¿Lo mismo nace de lo mismo o de lo otro?"
Lo que se llama queer no es sino una etiqueta (la última) para una pregunta radical sostenida en el murmullo de los pájaros: ¿lo Real es Uno o Múltiple? ¿Somos verdaderamente libres o el efecto de un sistema de clasificación sistemática que nos precede?

Lo Natural
En un retrato retrospectivo, Lorca ha presentado su infancia en los siguientes términos:

Siendo niño, viví en pleno ambiente de naturaleza (...). En el patio de mi casa había unos chopos. Una tarde se me ocurrió que los chopos cantaban. El viento, al pasar por entre sus ramas, producía un ruido variado en tonos, que a mí se me antojó musical. Y yo solía pasarme las horas acompañando con mi voz la canción de los chopos. Otro día me detuve asombrado. Alguien pronunciaba mi nombre, separando las sílabas como si deletreara: "Fe... de... ri... co". Miré a todos lados y no vi a nadie. Sin embargo, en mis oídos seguía chicharreando mi nombre. Después de escuchar largo rato, encontré la razón. Eran las ramas de un chopo viejo que, al rozarse entre ellas, producían un ruido monótono, quejumbroso, que a mí me pareció mi nombre.

Cómo el niño-poeta ha podido alucinar en el ruido monótono y quejumbroso de unas ramas viejas su propio nombre sería asunto de la psicología experimental o de la psiquiatría, pero lo cierto es que el relato dice una verdad: el llamado de la tierra como constitutivo de la poética lorquiana, es decir, la imaginación (poética) procede de la naturaleza, es su continuación, y el ser es autóctono (lo vegetal es su modelo). De allí el proyecto nunca abandonado de devenir uno con lo verde ("verdes vientos, verdes ramas"), la dificultad de ese devenir y la consecuente melancolía. El niño ya sabe que el arte no es privilegio del hombre y que constituye un geomorfismo y no un antromorfismo.

Lo Animal
El primer libro publicado por Lorca, en 1918, se llama ‘Impresiones y paisajes’, y en él ya se deja leer la creciente fricción entre el celestial Sagrado Corazón de Jesús con el que ha sido marcado y su infernal cojera. ‘Libro de poemas’, de 1921, se cierra con ‘El macho cabrío’, fechado en 1919:

¡Cuántos encantos
tiene tu barba,
tu frente ancha,
rudo Don Juan!
¡Qué gran acento el de tu mirada
mefistofélica
y pasional!
(...)
Tu sed de sexo
nunca se apaga;
¡bien aprendiste
del padre Pan!

Todavía no muy lorquiano, el poema muestra la evidente inclinación uranista del joven granadino. Más importante es notar la aparición del aker de los aquelarres. Salido del infierno, mefistofélico, el aker de Lorca abre la puerta de la fragua por donde entrará la omnipresente luz lunar ("la luna vino a la fragua / con su polisón de nardos"). Lorca sacará a la luna de la tradición tardo-romántica y la reintegrará a la tradición celtíbera: el plenilunio de la Turdetania, las comunidades imposibles, las sociedades secretas y los rituales anticristianos de regeneración del mundo son los puntos irisados que organizan la constelación de autoctonía y sexualidad, lo queer de Lorca. La luz lunar, cuyo predicado es el neutro, aparecerá reflejada en los pozos donde duermen su sueño los niños insepultos (sacrificios en altar y sacrificios en pozo se oponen como lo olímpico y lo infernal).
El último poema ‘estadounidense’ de la extraordinaria conferencia ‘Un poeta en Nueva York’ (el libro fue publicado después del asesinato de Lorca) es precisamente ‘Niña ahogada en un pozo’, que opone infancia y género, es decir: el yo sexuado y el yo de la infancia. La niña de la infancia, Federica, vuelve como la Samara de ‘The Ring’ a cobrar el precio del sacrificio ctónico. Lo que además regresa en ese poema último de un ciclo es el estribillo, el ritornello del agua que no desemboca. Al agua fija en un punto (el pozo) se opone el agua corriente, como lo Uno de Parménides se opone a lo Múltiple de Heráclito. La niñez estancada contra la niñez que fluye hacia lo múltiple (vegetal o animal): el llamado de la naturaleza y la fuerza de la autoctonía. Así sostiene Lorca un imaginario (homo)sexual, luego de haber atravesado todas las etapas de su pensamiento y ensayado todos los estilos de escritura.

Lo Colectivo
En 1922, Lorca pronuncia una conferencia en el Centro Artístico de Granada: ‘El Cante Jondo. Primitivo canto andaluz’. Es, una vez más, el encuentro con la fatalidad de lo autóctono, pero elevado ahora a programa estético.
La pena, dice Lorca, no es del sujeto que canta sino del género y, por esa vía, se instaura una cosmogonía cuyo contenido (y cuya expresión, porque son indiscernibles) es la "nostalgia de lo autóctono". Mucho más adelante, en 1931, Lorca dirá: "Yo creo que el ser de Granada me inclina a la comprensión simpática de los perseguidos. Del gitano, del negro, del judío... del morisco, que todos llevamos dentro".
Se trata, ya, de sostener un proceso de desidentificación que implica abrazar una causa, la causa de "los perseguidos" que son, con más precisión, los raros o fuera de clasificación. Lo que canta, lo que habla en ‘Poema del Cante Jondo’ no es un individuo sino un colectivo indefinido: "el alma andaluza" de naturaleza trágica. Autoctonía y tragedia son el fondo común que encuentra Lorca en las coplas del Cante Jondo: "El Amor y la Muerte... pero un Amor y una Muerte vistos a través de la Sibila, ese personaje tan oriental, verdadera esfinge de Andalucía". Es el regreso de la esfinge, el monstruo ctónico de Edipo, que vuelve para plantear el enigma de lo Múltiple en lo Uno: no la culpa del desvío sino una ética del abandono y la disidencia; no una política de la reproducción familiar sino la pandemia del contagio.

Sebastián
Más allá de los episodios biográficos que desencadenaron el decisivo viaje a Nueva York de Lorca en 1929, lo que se lee en ese momento de vacilación (existencial y estética) es la pregunta sobre cómo conjugar el tradicionalismo autóctono con la destrucción generalizada preconizada por el programa superrealista. ‘Poeta en Nueva York’, ‘El público’ y ‘Así que pasen cinco años’, obras póstumas, son el umbral de una transformación profunda. Desde 1925, Lorca ha venido discutiendo con el sinuoso Salvador Dalí y el infame Luis Buñuel temas de estética y, también, de política sexual.
En la ‘Oda a Salvador Dalí’, publicada en 1926, Lorca anota lo que constituirá una de sus obsesiones en los años siguientes:

¡Oh Salvador Dalí de voz aceitunada!
Digo lo que me dicen tu persona y tus
cuadros.
No alabo tu imperfecto pincel adolescente,
pero canto la firme dirección de tus flechas.

Además de algunos dibujos y cartas dirigidos a Lorca ("¿No habías pensado en lo sin herir del culo de San Sebastián?"), Dalí le dedica en 1927 el extraordinario texto Sant Sebastià, que hace de la figura del mártir una máquina célibe y a partir de la cual desarrolla un elogio de la objetividad y la apatía estéticas, en una dirección que parece contraria a la que Lorca había apuntado en su ‘Oda’, al colocar al pintor en el lugar del arquero y a sí mismo en posición de víctima sagitaria (en los recuerdos de Dalí, era Lorca quien pretendía sodomizarlo).
En la conferencia ‘Un poeta en Nueva York’, Lorca escribirá, por única vez, el nombre de la figura que, en su perspectiva, sella la nueva alianza entre lo ctónico y lo poiético: "Convengamos en que una de las actitudes más hermosas del hombre es la actitud de San Sebastián", escribe sin más aclaración y totalmente fuera de contexto.
Esa inesperada aparición de aquel cuyas glorias cantaron no sólo los grandes pintores europeos del Renacimiento al Barroco (quiero decir: todos ellos) sino, también, Marcel Duchamp y T. S. Eliot, es la clave de la articulación en la que está pensando Lorca, el fundamento de lo queer, la voz que le viene, ahora, a la vez de la tierra y del cielo. Un llamamiento simultáneo al martirologio y a la desclasificación.
El primer poema que Lorca escribió en Nueva York fue ‘Oda al rey de Harlem’, donde reaparece la noción de "raza maldita", la amplificación del tema gitano y, a partir de ese impulso de universalización de motivos autóctonos, un postulado de identificación con esas comunidades imposibles en las cuales no se puede reconocer al semejante porque no hay identificaciones sino sencillamente multiplicidades.
Lorca desarrolla en el más impresionante poema (‘Oda a Walt Whitman’), del que será su último libro de poemas planeado como tal, una teoría de la (homo)sexualidad natural ("un desnudo que fuera como un río") en oposición a una (homo)sexualidad producida socialmente ("pantano oscurísimo donde sumergen a los niños"), donde el agua estancada y el agua que fluye adquieren nuevas connotaciones sin desprenderse de las que ya formaban una constelación omnipresente en su obra.
En Cuba, donde se detiene luego de su período neoyorquino, escribe ‘El público’, donde se lee la sorprendente sentencia: "El ano es el fracaso del hombre, es su vergüenza y su muerte", que, si bien es expresión de un ataque de pánico homosexual que parece continuar el diálogo con Salvador Dalí, también puede interpretarse ya como una teoría del descentramiento y la desclasificación queer en la línea en que lo planteará Severo Sarduy en sus escritos.
Es en Cuba donde finaliza también la ‘Oda a Walt Whitman’, poema didáctico-doctrinario que vuelve a superponer lo natural y lo construido, lo autóctono y lo celeste, el Sagrado Corazón y el macho cabrío, para excluir del festín de la vida (la "bacanal" de la que participan "los confundidos, los puros, / los clásicos, los señalados, los suplicantes") únicamente a los "maricas de las ciudades", "esclavos de la mujer", "perras de sus tocadores".
Yo quisiera rescatar a Lorca de estas últimas y penosas palabras que parecen más bien pronunciadas para agradar a sus enemigos (Buñuel y la Falange) que para sostener un proyecto de vida y de arte, un arte de vivir, y de vivir juntos.
Quisiera poder decir que cuando Lorca escribió ‘¡No haya cuartel!’ y ‘¡Alerta!’ no quiso sino alertarnos contra el poder de la normalización, contra el poder de los sistemas clasificatorios que, a través de la injuria, construyen modelos de comportamiento aberrantes que sólo pueden comprenderse como espejos de agua podrida.
Sé que la delicadísima estructura de su obra, su agónica marcha hacia la felicidad (como cosa colectiva), su confianza ciega en el llamado de la naturaleza y en la poesía como respuesta a esas voces que decían su nombre, su compasión por las niñas enterradas en los pozos y los plenilunios precristianos (prehumanistas) que él rescató de la barbarie, así lo autorizan.
La Sagrada Familia celestial, lo comprendió Lorca con una intuición que no alcanzó a desarrollar antes de que lo asesinaran (y lo asesinaron, entre otras cosas, para que no alcanzara a desarrollar esa intuición), no es nada sin San Sebastián, ese abandonado en la Cloaca Máxima: carece de sentido.
Pero prefiero no poner a Lorca en el lugar de su posteridad. Lo leo en el instante en que él sabe que va a morir, como lo sabe del niño músico y poeta que fue, cuya imagen de pie quebrado entrevé en un pozo de agua que no desemboca, víctima de una política de exterminio.
Lo leo en el instante en que elige el desorden y se ofrece como víctima de los sistemas de clasificación, en el instante en que lo queer no tiene todavía un nombre y, por eso mismo, tampoco programa, ni destino.

‘Nueva York (oficina y denuncia)’, en ‘Poeta en Nueva York’:

¿Qué voy a hacer, ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre?
No, no; yo denuncio.
Yo denuncio la conjura de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.

1 de noviembre de 2009
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ángeles del mal


La bella edición de ‘El niño criminal’ de Jean Genet (acompañada de ‘Fragmentos...’) nos acerca dos textos capitales que funcionan como gritos de desesperación de quien fuera (y tal vez lo siga siendo) uno de los más lúcidos analistas de la homosexualidad entendida como crimen.
[Daniel Link] ¿Y si toda nuestra actualidad no pasara sino por ese hombrecito, alternativamente despreciado y admirado, llamado Jean Genet? ¿No nos obligaría esa constatación a revisar su obra y a preguntarnos hasta qué punto somos capaces de sostener sus incómodas hipótesis o, por el contrario, a intentar, inútilmente, rebatirlas?
Jean Genet nació en París en 1910. Su madre era una prostituta que lo entregó a la asistencia pública en cuanto cumplió un año de edad. Adoptado a los ocho años, comenzó a robar a sus tutores. A partir de los diez años, Genet (alumno escolar aventajado) era ya un ladrón consumado y comenzó a recorrer las prisiones juveniles que constituirán la materia de su literatura y de su ética. Según sus propias confesiones (puestas en duda por su biógrafo, Edmund White), llegó a prostituirse.
En 1943 publicó la novela ‘Santa María de las Flores’, que llamó la atención de sus contemporáneos por la calidad de su prosa y la radicalidad de su opción por el Mal (la ‘gratuidad’ y la ‘inutilidad’). En 1949, ‘Diario de un ladrón’ recogió sus experiencias como vagabundo, ladrón y prostituto por toda Europa durante la década anterior.
Pocos meses antes, y luego de diez condenas consecutivas, sólo la intercesión de Jean-Paul Sartre, Jean Cocteau y Pablo Picasso (que en 1944 lo habían sacado de la cárcel) lo salvaron de la cadena perpetua y le ganaron un indulto presidencial por todas las condenas en suspenso.
Para entonces había publicado ya cinco novelas –‘Pompas fúnebres’ (1947) y ‘Querelle de Brest’ (1947), entre ellas–, tres obras de teatro –‘Las criadas’ (1947) es la más conocida y tuvo una profunda influencia en el pensamiento de Jacques Lacan– y varios libros de poemas. Pero arrancado del mundo del delito, al que se había entregado con devoción sacrificial, Genet se encontró con problemas para seguir escribiendo. La ‘normalidad’, a él, le olía a muerte.
El golpe definitivo vendría de la mano de Jean-Paul Sartre, a quien Gallimard le había encargado un prólogo para las ‘Obras completas’ de Genet que preparaba. Sartre se tomó en serio su trabajo y el resultado fue el monumental ‘Saint Genet. Comediante y mártir’ (1952), un epitafio de casi seiscientas páginas en el que Sartre, entre otras cosas, propone una teoría de la libre elección sexual (de la que la homosexualidad sería su caso más agudo y más visible), que Genet abominó en general y en especial aplicada a su vida y a su obra.
En 1984, la Academia Francesa le concedió el Premio Nacional de Literatura. El 15 de abril de 1986, sus restos fueron enterrados en Marruecos. Había contraído cáncer de garganta, pero probablemente murió de una caída.

El Mal como Experimento
En la perspectiva de Genet, muy explícita en los dos textos que la madrileña editorial Errata Naturae ha reunido ahora bajo el título ‘El niño criminal’, con traducción y prólogo de Irene Antón, se afirma: "La sociedad pretende eliminar, o volver inofensivos, los elementos que tienden a corromperla" (pág. 47). Contra ese "proyecto de castración", el poeta (el criminal, la loca) levanta su grito de protesta.
El niño criminal es un texto escrito por encargo (habría que agregar: ¡a quién se le ocurre!) para la Radiodifusión Francesa, que pensaba emitirlo como parte del ciclo ‘Carta blanca’ en 1948. Pero del dicho al hecho, en este caso, hubo un abismo, y ni ‘El niño criminal’ de Genet ni ‘Para acabar de una vez con el juicio de Dios’ de Artaud pudieron ser leídos. Las razones son obvias: Genet se dirige a los niños criminales para recomendarles que persistan en su empresa de disolución, porque es eso lo que los hace bellos.
El otro texto, ‘Fragmentos...’, parece ser el efecto de un desencanto amoroso y postula, con el alto estilo lírico característico de Genet, una teoría de la homosexualidad como caída, pecado, ruina y condena eterna. Muy deshilvanado (y, por eso mismo, delicioso), incluye unos ‘Fragmentos de un segundo discurso’ en los cuales se lee, inevitablemente, un antecedente de los ‘Fragmentos de un discurso amoroso’ de Roland Barthes.
Leído por Sartre, pero también por Bataille, Lacan, Derrida (que en Glas lo pone, literalmente, junto a Hegel), colaborador de Michel Foucault y Daniel Defert en el Grupo de Información sobre las Prisiones, retomado recientemente por Didier Eribon para, en algún sentido, refutar la corrección política de las ideologías norteamericanas, llevado al cine por Fassbinder en una de sus más grandes películas (‘Querelle’), es muy probable que Jean Genet nos resulte hoy un poco anacrónico y, por eso mismo, estimulante: aunque sus hipótesis se nos aparezcan como cosa envejecida, o tal vez por eso, tienen el sabor de lo insospechado, de lo que violenta el propio pensamiento y lo pone a andar en una dirección desconocida.
Se trata de reivindicar, precisamente, la salida desconocida del experimento y, por lo tanto, el Mal: "Si pretendemos realizar el Bien, sabemos hacia dónde nos dirigimos y qué es el Bien, y que la sanción será beneficiosa. Cuando es el Mal, no sabemos todavía de lo que hablamos. Pero sé que es el Único en poder suscitar en mi pluma un entusiasmo verbal, signo aquí de la adhesión de mi corazón" (pág. 51).
Por la vía del ‘Saint Genet’ de Sartre, Oscar Masotta incorporó a la tradición argentina (leyéndolos en Arlt) los motivos más característicos de la ética genetiana. Tal vez sea ya tiempo de declarar definitivamente caducas aquellas perspectivas o, por el contrario, de investigarlas hasta sus últimas consecuencias.

La Comunidad Imposible
El niño criminal es para Genet, todavía, una figura heroica porque es objeto de un martirologio: odiando la sociedad, se pone al margen, roba y delinque, busca su castigo porque entiende que son ésas las penas que lo convierten en algo más que la masa boba de la ‘buena gente’ (de los bien pensantes, se diría hoy), en algo diferente, en algo superior. Entre criminales puede haber asociación e incluso camaradería (aunque la traición, el acto más gratuito y más inútil, esté siempre en el horizonte de esa precaria teoría de conjunto).
El homosexual, en cambio, es dos veces víctima del odio y del terror. La homosexualidad "me aísla, me separa a un tiempo del resto del mundo y de cada pederasta. Nos odiamos, en nosotros mismos y en cada uno de los demás. Nos desgarramos" (pág. 73).
Lo que a las locas les queda es la comunidad ausente o la ausencia de la comunidad. Contra toda teoría de las identidades, Genet postula una deriva (una ascesis) en solitario, un "Soy" que jamás podrá declinarse en plural salvo asociado con la negación: "No somos".
¿De dónde viene esta imposibilidad radical para pensarse grupo, comunidad, para imaginar la propia identidad en relación con otras?
Se trata de la Mujer, al mismo tiempo expulsada de ese universo en el que cada partenaire sexual se siente como piedra, mineral, abstracto, pero que vuelve, irónicamente, como máscara: "Nos llaman afeminados. Expulsada, secuestrada, burlada, la Mujer, a través de nuestros gestos y nuestras entonaciones, busca la luz y la encuentra: nuestro cuerpo, agujereado de repente, se irrealiza" (pág. 76).
Lo que condena al homosexual es ese principio de irrealidad, esa esterilidad irrevocable que fertiliza de vacío sus actos. Es decir: lo que lo obligará a pagar con angustia contante y sonante "el estúpido orgullo que nos hizo olvidar que salimos de una placenta" (pág. 77).
Intentando recuperar las tajantes definiciones genetianas, Didier Eribon las ha inscripto en una teoría generalizada de la injuria: es la injuria fundacional que señala al niño como "maricón" (o la palabra que se quiera) la que lo aísla, lo separa, lo condena y lo obliga a aceptar el odio como único motor de su existencia.
La tapa y las imágenes que ilustran la nota pertenecen a ‘Un chant d’amour’ (1950), la única película que dirigió Jean Genet.

El Cielo y el Infierno
Pero Genet tal vez hubiera rechazado esa hipótesis sentimental y redentora ("Yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, porque nadie me ha tratado con amor", etcétera). Lo que le interesa de la homosexualidad (como tema de discurso) es el modo en que supone una antropología entera y, por lo tanto, una cosmovisión y, también, una ética. Si la homosexualidad no es de elección libre, tampoco se llega a ella por pura presión social. La homosexualidad es, como la palabra de Dios, una llamada, una convocatoria.
Lo que Genet señala es que al tachar a la Mujer de su horizonte de ternuras, el homosexual se entrega a una existencia moribunda (y, en este punto, parece incluso más existencialista aun que Sartre). La teoría de la homosexualidad genetiana recurre a la autoctonía como principio explicativo: la loca se genera sola, sin la intervención de lo otro (la Mujer, sin la cual no puede haber mundo). Su principio reproductivo es el contagio y no la familia. Su destino es el infierno (donde se esconden todos los demonios y las divinidades del subsuelo, de la tierra, de la autoctonía) y no el cielo (donde moran la Sagrada Familia y sus fieles seguidores). El homosexual, "suspendido entre la muerte y la vida", habla "desde el fondo de un pozo" (pág. 80), como una Samara insepulta que viene a atormentar los sueños de los niños vivos (pocos años antes que Genet, Federico García Lorca había sostenido una teoría semejante).
Lo que separa a Genet de Sartre (entre tantas otras cosas) es la profunda religiosidad del primero, aunque se trate de una religión pagana. Genet pone a la homosexualidad del lado de un complejo crimen imaginario, del lado de una llamada irresistible (que es la llamada del goce y también de la condena eterna).
Desterrado del cielo por haber escuchado el llamado del abismo, lejos de toda malevolencia (porque no es capaz de alcanzar nunca, verdaderamente, el estado adulto), el homosexual es un ángel del Mal, un expulsado de toda comunidad porque en ninguna encuentra la posibilidad de construir alguna identidad que no sea precisamente la del desvío, el rechazo, la caída. ¿Cómo podría pensar el homosexual que su sustancia y su forma han sido producidas (por las leyes de la genética o por las reglas familiares)? No, no ha habido nunca intercesión alguna de algo ajeno a esa mismidad que lo constituye, lo paraliza y lo subleva: es él y sólo él (y su melancolía).
¿Por qué no morir, entonces? ¿Por qué no entregarse al mar de todos los olvidos?
"El orgullo cambió el exilio en rechazo voluntario, pero la soledad luminosa y continuamente deseada del artista es lo contrario de la reclusión taciturna y arrogante de los pederastas" (pág. 81). Esa es la clave: llamadas por potencias infernales, obligadas a obedecer esa voz que las separa de sí para siempre (separación que jamás permitirá que haya coincidencia del yo consigo mismo, ni con los otros), las locas se sostienen sólo en un arte, el arte de vivir, para el cual, naturalmente, no hay regla escrita y todo está, siempre, por principio, a punto de inventarse.

17 de agosto de 2009
10 de agosto de 2009
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murió frank mccourt


Autor de ‘Las cenizas de Ángela’. El libro de memorias sobre su lúgubre infancia en una barriada irlandesa fue escrito después de jubilarse como maestro en Nueva York.
[Dennis McLellan] Murió el domingo, de cáncer, Frank McCourt, el maestro jubilado de Nueva York que inició su carrera literaria tarde en su vida, reuniendo recuerdos de su lúgubre y miserable infancia en Irlanda para escribir el tomo que ganó el Premio Pulitzer, ‘Las cenizas de Ángela’ [Angela’s Ashes].
McCourt, que fue tratado recientemente por melanoma y luego enfermó gravemente de meningitis, murió en una residencia de ancianos en Nueva York, informó su hermano Malachy.
"Soy un retoño tardío", dijo McCourt, entonces de 66, al New York Times poco después de la publicación de ‘Las cenizas de Ángela’ en 1996.
McCourt, hijo de inmigrantes irlandeses nacido en Brooklyn, que volvió a Irlanda con su familia durante la Depresión cuando él tenía cuatro años, pasó tres décadas enseñando inglés y literatura creativa en el sistema de educación pública de Nueva York.
En la reputada Escuela Secundaria Stuyvesant, en Manhattan, donde enseñó durante muchos años, siempre aconsejaba a sus estudiantes de literatura creativa que escribieran sobre sus propias vidas y familias.
Pero McCourt no escribió el galardonado relato personal sobre su lúgubre infancia en una miserable barriada de Limerick, Irlanda -que describió como "historia trágica", que concluyó cuando emigró a Estados Unidos a los diecinueve- sino varios años después de jubilarse como maestro en 1987.
Descrito en Newsweek como "la historia de la Cenicienta de la industria editorial de la década", ‘Las cenizas de Ángela’ escaló al número uno de la lista de éxitos de venta, y fue traducida a más de veinte idiomas -vendiendo más de cuatro millones de ejemplares en todo el mundo.
También ganó el Premio Pulitzer de biografía y el Premio del Círculo Nacional de Críticos Literarios para literatura documental, y fue llevada al cine en 1999.
En el proceso, ‘Las cenizas de Ángela’ propulsó a su autor de la oscuridad a la fama y la fortuna.
El afamado y canoso autor recorrió el circuito de los programas de televisión, fue descrito en un perfil de ‘60 Minutes’ y era constantemente solicitado como conferencista porque, como señaló Newsweek en 1999, "es inteligente, articulado y tiene el perfecto acento irlandés: lírico, pero comprensible".
"A los 66 se supone que te mueres o te pegas hemorroides", dijo McCourt al Hartford Courant en 2003. "Escribí el libro y me sorprendió que se convirtiera en un éxito de ventas y ganara el Premio Pulitzer. Todavía no logro procesarlo".
Cuando volvió a Estados Unidos en 1949 dijo a Newsweek "todo lo que tenía era esta historia. Escribirla me tomó dos años, y toda mi vida".

El mayor de siete hermanos, McCourt nació el 19 de agosto de 1930. Sus padres eran jóvenes inmigrantes irlandeses. Su padre jornalero y bebedor no encontró trabajo durante la Depresión, y la pareja volvió a Irlanda, donde las condiciones eran mucho peores.
La familia vivía en Limerick -en "una de las barriadas más picantes a este lado de Bombay", escribió McCourt- donde su pequeña y húmeda casa quedaba junto de un fétido excusado lleno de ratas que compartían las otras familias del bloque.
La hermana menor de McCourt murió por causas desconocidas cuando todavía vivían en Nueva York, y al año de llegar a Irlanda, los hermanos gemelos de McCourt murieron de neumonía, con seis meses de diferencia. A los diez, McCourt mismo fue hospitalizado por tifus.
Toda vez que su padre lograba encontrar brevemente un empleo, se gastaba la paga bebiendo en bares. Durante la Segunda Guerra Mundial encontró trabajo en un fábrica de municiones en Inglaterra, pero rara vez envió su salario a casa.
La sacrificada madre de McCourt -la Ángela del título del libro- pedía ayuda a la Sociedad de San Vicente de Paul y a veces se vio obligada a mendigar.
McCourt, que empezó a robar pan y leche para la familia, abandonó la escuela a los catorce y consiguió una seguidilla de trabajos meniales, entre otros repartiendo telegramas.
"Ciertamente no podría haber escrito ‘Las cenizas de Ángela’ cuando vivía mi madre, porque se habría avergonzado", dijo McCourt al Hartford Courant. "Hasta cierto punto, su generación y mi generación nunca nos enorgullecimos de haber crecido en la pobreza y la adversidad. Siempre quisimos dar a la gente la impresión de que éramos de clase media, o de clase media baja".
Después de llegar a Estados Unidos en 1949, McCourt encontró trabajo como criado en el Hotel Biltmore de Nueva York.
Reclutado por el ejército durante la Guerra de Corea, pasó dos años en Alemania. Aunque no terminó la secundaria, según contó más tarde, era "bastante culto" y logró hacerse camino hacia la Universidad de Nueva York.
Tras graduarse en 1957, consiguió una posición para enseñar inglés en una secundaria vocacional y técnica en Staten Island. Diez años después recibió la licenciatura del Brooklyn College.
Como maestro, McCourt entretenía a sus alumnos con sus horrendas y a menudo hilarantes historias sobre su infancia en Irlanda. A fines de los años sesenta, trató de escribir un libro sobre sus primeros años, pero consideró que su intento fue "atroz" y lo dejó de lado.
"Estaba pasando por mi período James Joyce, estudiado y afectado", dijo al New York Times en 1997. "Todavía estaba luchando para encontrar mi voz.
"No quería más que escribir este libro. Tenía que escribirlo, o moriría aullando".
No fue sino en 1994, después de observar a Chiara, su nieta, desarrollando su vocabulario, que McCourt descubrió un modo de contar la historia: a través de sus ojos de niño.
Contar cuentos era algo natural para McCourt, que desarrolló sus habilidades con pintas de cerveza Guinness en lugares como la taberna Lion’s Head en Greenwich Village, que era un lugar de reunión de periodistas y escritores como Pete Hamill y Norman Mailer.
"De niños, todos contábamos historias", dijo McCourt sobre su familia en una entrevista con el Toronto Sun en 2000. "Era todo lo que teníamos. No había televisión ni radio. Nos sentábamos junto al fuego e inventábamos historias. Mi papá era un gran narrador. Bastaba mencionar a algún vecino para que nos contara alguna historia.
"Pero también tenía que ser un gran narrador para sobrevivir la docencia. Pasé treinta años en el aula. Cuando te paras todos los días frente a 170 adolescentes, tienes que mantener su atención. Su lapso de atención es de cerca de siete minutos, que corresponde con la pausa entre comerciales. Así que tienes que mantenerte alerta".
A mediados de los años ochenta, McCourt y su hermano actor Malachy escribieron y empezaron a actuar en ‘A Couple of Blaguards’, una comedia musical de dos personajes sobre sus primeros años.
McCourt también escribió ‘Tis: A Memoir’, una memoria de 2005 sobre sus años de maestro. Casado y divorciado dos veces, se casó con su tercera esposa, la publicista Ellen Frey, en 1994.
Aparte de su esposa y su hermano Malachy, le sobrevive también una hija, Maggie, de un matrimonio anterior.

9 de agosto de 2009
20 de julio de 2009
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murió alfonso calderón


Muere el Premio Nacional de Literatura Alfonso Calderón. Como profesor de castellano, el destacado poeta y escritor dedicó su vida a su vocación y la formación de nuevos autores, lo que le valió ganar el galardón más importante de las letras chilenas en 1998.
Santiago, Chile. A raíz de un infarto al miocardio murió esta mañana el Premio Nacional de Literatura, Alfonso Calderón (78), académico de varias universidades y destacado profesor de castellano, poeta y escritor, padre de la poetisa Teresa Calderón.
Su deceso se produjo alrededor de las 9:25 de esta mañana, luego de que le comunicara a su mujer que se sentí un poco mal y que descansaría un rato antes de revisar la prensa.
Sin embargo, sólo minutos después se vio afectado por un ataque cardíaco fulminante, falleciendo pese a los intentos de su familia por revivirlo.
Sus restos serán velados en la casa central de la Universidad Diego Portales a partir de esta tarde y el lunes, tras una ceremonia de responso no religiosa, su cuerpo será incinerado, tal como lo solicitó en vida.
Calderón recibió el premio en 1998 cuando muy pocos apostaban por él para recibir el premio, no por falta de méritos, sino que en aquella ocasión su postulación competía con candidatos como Volodia Teitelboim, Fernando Alegría, Guillermo Blanco y Enrique Lafourcade.
Sin embargo, Calderón, nacido en san Fernando el 21 de noviembre de 1930, se ganó el votó de la mayoría del jurado conformado por el entonces ministro de Educación, José Pablo Arellano, quien afirmó que tomó la decisión por "la lucidez, profundidad y variedad del ensayista, crítico, novelista, poeta y antólogo".
En la ceremonia de entrega del galardón, el ex ministro Arellano indicó que "el jurado destacó el deslumbrante estilo de Alfonso Calderón y la continuidad de una vida entregada a su vocación desde la juventud y a la formación de nuevos autores".
Al recibir el galardón, Calderón indicó que "nací con la literatura y moriré con la literatura, ahora no en honor de la literatura porque ese puede ser un mal olor".
Dentro de sus obras más destacadas se encuentra ‘Memorias de memoria’ (1990), una obra que en más de tres mil páginas en siete tomos.
Otras de sus obras destacadas son el ‘Primer consejo a los arcángeles del viento’ (1949), ‘El país jubiloso’ (1958), ‘La Tempestad’ (1961), ‘Los cielos interiores’ (1962), ‘Antología de fábulas’ (1964), ‘Grandes cuentos humorísticos’ (1966), ‘El cuento chileno actual: 1950-1967’ (1969), ‘Toca esa rumba don Azpiazú’ (1970), ‘Antología de la poesía chilena contemporánea’ (1970) y ‘Cuando Chile cumplió 100 años’ (1973).
Dentro de sus creaciones más actuales están ‘Memorial del viejo Santiago’ (1984) y ‘Una bujía a pleno sol’ (1997).

9 de agosto de 2009
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semana negra


Hace veintidós años, la ciudad cantábrica de Gijón fue la sede de una reunión de escritores de novelas policiales. Desde entonces, el encuentro no ha parado de crecer hasta convertirse, hoy en día, en el centro de reunión anual de un centenar de autores y más de un millón de lectores.
[Ernesto Mallo] Gijón, España. Es un día brillante de sol del verano europeo, la brisa que proviene del mar Cantábrico trae los graznidos de las gaviotas y el clan-clan de las amuras de las naves amarradas en el puerto deportivo de Gijón. Pero a nada de esto le está permitido la entrada en el casino. Allí todo es penumbra reluciente de lucecitas multicolores. En ese sótano acolchado, tapizado y alfombrado, no es de día ni de noche, no hace frío ni calor, no hay relojes ni calendarios, el tiempo está abolido en aras de los juegos de azar. Camareros bien peinados y azafatas maquilladas bandejean copas y canapés, pinchos de tortilla, exquisitos bocadillos de jamón ibérico, queso manchego y otras delicias de la cocina asturiana, rigurosamente vigilados por damas ligeras afichadas en las paredes. En un rincón, fumando incesantemente, el hombre no muy alto, fornido, de bigotes espesos, ademanes serenos y mirada de lince, repatingado en un sillón de cuero rojo, escucha atentamente a los que se acercan a él con respeto, y reparte bendiciones y negativas. Sentado junto a él, un tipo enorme y cansino, de camisa celeste, escucha y calla. Detrás, un joven de notable parecido a Matt Damon y gafas oscuras vigila discretamente a la inquieta concurrencia que puebla las instalaciones. Podría ser una escena de ‘El Padrino’, en la cual se hubiera reunido la flor y nata de la mafia, pero no. El Capo del sillón no es otro que Paco Ignacio Taibo II (PIT II), legendario organizador, alma mater y cacique de la Semana Negra; el de camisa celeste es Julián, un verdadero ministro de transportes; y el muchacho de las gafas es Diego García, un atleta de la traducción simultánea capaz de transcribir instantáneamente al español una acalorada discusión entre un italiano, un alemán y un bielorruso. La concurrencia está compuesta por escritoras y escritores que han venido de todas partes del mundo. Se trata de la recepción que la casa de juego le ha ofrecido a los participantes de la XXII Semana Negra de Gijón (SN), el festival de novela policial más importante del mundo de habla hispana y, probablemente, de los otros mundos. Entre abrazos de reencuentro, saludos fraternales, risas y sonrisas, se celebra el inicio de esta nueva edición que ha convocado a más de 120 autores de México, Argentina, España por supuesto, Irán e Inglaterra, entre muchos más.
El fenomenal esfuerzo de organización que capitanea PIT II, significa ocuparse con singular eficacia del traslado, alojamiento, alimentación y solución de cualquier problema de los escritores, periodistas, editores y demás deudos, cuyo número ronda fácilmente las 200 personas. Todo ello a cargo de un equipo cuyo desempeño va mucho más allá de la obligación laboral, aportando el imprescindible entusiasmo que supone la titánica tarea que incluye el montaje de las carpas donde se realizarán los encuentros, presentaciones de libros, exposiciones, talleres, conciertos, recitales de poesía y tertulias, a lo que se suma la instalación de servicios sanitarios, pasarelas, agua corriente y electricidad en la Playa del Arbeyal, más el control del paso por esas instalaciones de más de un millón de visitantes, interesados y curiosos. Secundan a PIT II en esta fenomenal tarea su mujer, la encantadora Paloma Saiz, que sin estridencia alguna parece estar presente en todas partes y en todo momento. Anda por allí la indispensable Cristina Macía, resolviendo con impensable buen humor todo tipo de contingencia; Marisa Cuyás coordinando cientos de entrevistas de prensa; Rocío Orraca ocupándose de los viajes de unos invitados que a toda hora se les ocurre cambiar de itinerario. Ángel de la Calle, infatigable en el diseño de la movida y en amistosa y permanente confrontación con PIT II. Todos ellos entre muchos otros colaboradores que la injusta memoria escatima. El día a día de la SN queda registrado en las cámaras de Marina Taibo, Mauricio-José Schwarz, José Luis Morilla y Julia Vicente, y en la edición diaria del periódico ‘A Quemarropa’ que se distribuye gratuitamente y en el que, entre otros, colabora como columnista Alejandro Gallo, el marxista jefe de policía de Gijón, escritor de novela policial, hombre duro y sensible que ha conseguido que ésta sea la segunda ciudad más segura de España. El último homicidio, cuenta, fue cometido hace más de cuatro años.
Enmarcan las instalaciones de la SN una cantidad de librerías entre las que se destacan la Negra y Criminal, que se viene desde Barcelona al mando de Paco Camarasa, tradicional militante especializado en novela negra, hombre de alegría y energía inclaudicables; y el Estudio en Escarlata que dirige Juan Salvador. Hay librerías de oferta, supermercados del libro, especializadas en comic, en ciencia ficción, novela histórica y lo que se busque. A un promedio de venta de más de cinco mil libros diarios, el fenómeno le da un rotundo mentís a la versión de que ya no se lee. Mezclados, pero no revueltos, o sí, innumerables chiringuitos, en los que pueden adquirirse souvenirs, camisetas, bisutería de todo tipo, bebidas y comidas, entre las que hay que mencionar el exquisito pulpo a la gallega hervido en ollas gigantescas y cortado a tijera. Sinuosas senegalesas, peluqueras al aire libre, trenzan y enlazan con piedritas de colores los cabellos de las más coquetas. Y, como si todo esto fuera poco, aloja un enorme parque de diversiones con varios juegos mecánicos de esos que lo ponen a uno de cabeza, los pelos de punta y el hígado en la garganta al son del rock’n’roll, la salsa, el merengue y el reggaetón.
Mezcla rara de feria popular con evento literario, la Semana Negra huele a fritanga, a mar, a gente y se recorta de cualquier otro acontecimiento cultural por su falta de almidón, por su descaro y por su horizontalidad. Aquí vale tanto el escritor laureado como el chofer del trencito infantil, transporte oficial que cumple el recorrido por las callecitas de Gijón desde el Hotel Don Manuel, el cuartel general, hasta la playa de Arbeyal. Clima de fiesta donde no tiene cabida el divismo ni la vanidad, desalojados sin miramientos por la ironía.
Gijón es el único lugar en la tierra donde la semana tiene diez días. Comenzó con modestia hace veintidós años como una reunión de escritores de novelas policiales que ofrecía además algo de música y teatro. Año a año su convocatoria fue creciendo y ampliándose hasta convertirse en un modelo de referencia para organizadores de eventos y de estudio para sociólogos, y de igual manera sumando atractivos a su oferta. Como los conciertos en los que han participado, entre muchos otros, Los Lobos, Willie Colón o Georges Moustaki. Recitales de poesía de los que fueron parte el poeta asturiano Ángel González, el argentino Juan Gelman, el mexicano Juan Bañuelos, Joaquín Sabina y Luis García Montero, por nombrar sólo unos pocos.
Además de la primigenia literatura policial, se dan cita autores de obras testimoniales, comic, novela histórica y ciencia ficción, y habilita locales para las artes plásticas y la fotografía. Con cada edición la SN publica y regala varios libros escritos por escritores amigos y visitantes, e ilustrados por dibujantes, autores de comic y fotógrafos.
Se realizan, festivales dentro del festival, el Encuentro Internacional de Fotoperiodismo, dirigido por el premio Pulitzer, Javier Bauluz; y la Asturcon, la convención asturiana de ciencia ficción, que en su momento también ha sido anfitriona de la convención española de ciencia ficción y fantasía. Durante unos años se realizó también un festival de magia.

Libres de Toda Sospecha: los Premios
La Semana Negra distribuye varios premios a trabajos publicados el año anterior y escritos en español. El Memorial Silverio Cañada a la mejor primera novela policial. Celsius, a la mejor obra de ciencia ficción o fantasía. Hammett, a la mejor novela policial. Rodolfo Walsh, a la mejor obra de no ficción policial. Espartaco, a la mejor novela histórica. Y un concurso de relato policial en colaboración con el Ateneo Obrero de Gijón. La modalidad de estos premios es muy singular. En primer lugar no otorga ninguna suma en dinero y, al tratar sobre novelas ya publicadas, no lo alienta la perspectiva de entrar a ninguna editorial. Los nombres de los jurados sólo son revelados en el momento de difundirse el fallo, cuando los ganadores obtienen como única recompensa un pequeño diploma. Al contrario de lo que sucede en muchos de los concursos organizados por grandes editoriales, los de Semana Negra están libres de toda sospecha y en ellos sólo cuenta lo que a juicio de los jurados es el nivel de calidad. Por eso mismo gozan de mucho prestigio y con frecuencia les abren las puertas a ganadores y finalistas de editoriales de toda Europa. Editores grandes y pequeños andan por allí a la caza de nuevos autores para sus catálogos. Para participar en ellos es preciso que alguien apadrine, no se trata acá de presentarse porque sí. Al haber ganado el Silverio Cañada en 2007 con ‘La aguja en el pajar’ y resultado finalista del Hammett el año pasado con ‘Delincuente argentino’, en esta edición me tocó apadrinar una novela, elegí la excelente ‘77’ de Guillermo Saccomanno. El jurado compuesto por Paco Ignacio Taibo II, Carlos Salem, Bruno Arpaia y Ricardo Menéndez Salmón le otorgó el premio Hammett, compartido con ‘Niños de tiza’ del español David Torres, tema del que oportunamente se ocuparon Silvina Friera y el escritor Juan Sasturain.

Los Conjurados: Las Actividades Oficiales y Otras
Este año hemos sido más de 120 los escritores invitados a participar en la Semana Negra. No es posible nombrarlos a todos, quien se interese por saber los nombres puede acceder a la página web (www.semananegra.org), donde está el listado completo. Una de las actividades más destacadas son las tertulias que se realizan en las distintas carpas. En ellas, una veintena de escritores forman un círculo y dan sus opiniones sobre el tema de que se trata. Allí el público que los rodea escucha a serios intelectuales fundamentando sus ideas sobre los muertos vivientes o acaloradas discusiones sobre la novela negra al abordaje de la política. El tema de los narcos en México y dictadura militar y novela negra a cargo del seleccionado argentino. Hay mesas redondas en las cuales se diserta sobre el problema de la basura en Nápoles o sobre memoria y exilio. Exposiciones de fotoperiodismo, artes plásticas y comic, recitales, conciertos, cine y más de cien presentaciones de libros. La SN es un verdadero maratón de arte y cultura. Muchos autores coinciden en pensar que el mejor saldo del evento es la oportunidad de encontrarse con escritores que uno ha leído y admirado, descubrir otros y reencontrarse con viejos amigos literarios para intercambiar experiencias, proyectos y estrategias narrativas y de política editorial. Estas tertulias informales se desarrollan principalmente en la terraza del Don Manuel o en la media docena de restaurantes que aceptan los vouchers que la organización entrega a los invitados. Las charlas se prolongan hasta la madrugada en las que es obligatorio el buen humor y de rigor las bebidas espirituosas. PIT II es la excepción: sólo bebe Coca-Cola.

Identikits: Perlas Negras de la Semana Ídem
Raúl Argemí, notable autor argentino afincado en Barcelona, presentó este año ‘La última caravana’, un poderoso thriller ambientado en la Patagonia en tiempos de Menem. Es la única novela que tiene sobrenombre, ‘Patefuá’, debido a que una latita del producto ilustra su portada y el público la identifica por él.
Un capítulo aparte merece Cristina Fallarás, periodista aragonesa que también habita Barcelona y, casualmente, el mismo apartamento de Argemí con quien comparte, entre otras pasiones, una hija de siete meses. Fallarás se presentó con una novela verdaderamente extraordinaria y sin fallas. Se trata de ‘Así murió el poeta Guadalupe’. Poderosísima narración que combina magistralmente una ácida frivolidad con un horror destilado y químicamente puro. La autora, un terremoto de pasión inteligente, es una pelirroja encendida que desborda de ideas originales y una sublime utilización del lenguaje que no descuida la trama y, para muestra, resulta irresistible citar: "Max Santabárbara acababa de desembarcar en la capital con toda su corte de piratas. Porque eso y no otra cosa es lo que eran, bandidos, malhechores, delincuentes, pero eran unos delincuentes enormes, déjate de enanos y miserables, grandes hombres con sus trajes de lino impecables y sus largas mujeres sin pechos". Sería maravilloso que alguna editorial local se atreviera con este novelón que brillaría como un faro entre tanta baratura importada que se publica.
El peruano Alonso Cueto, con ‘Grandes miradas’, que le hace honor al título, y ‘El susurro de la mujer ballena’, novelas en las que combina magistralmente el rigor narrativo con un impecable vuelo poético. En muchas ocasiones, leerlo es como estar escuchando a Mozart.
Alfonso Mateo Sagasta, hombre que para conquistador sólo le falta el yelmo y la Santa María, porque pinta de adelantado le sobra, con su memorable ‘Ladrones de tiza’. Un engendro de 572 páginas que se lee como quien se bebe el segundo martini y que revela una insospechada España del Siglo de Oro, por la que va saltando de sombra en sombra.
Fernando Marías tiene tantos premios que no alcanza el espacio para consignarlos. Viene deslumbrando con novelas de títulos esperanzadores como ‘Esta noche moriré’, en perpetua reedición; o ‘El mundo se acaba todos los días’, ‘Invasor’ y una veintena de títulos a cual mejor. Otro incomprensible ausente en las editoriales argentinas.
Laura Restrepo, con sus ‘Demasiados héroes’, novela ambientada en la siniestra Buenos Aires de la dictadura que no hace concesiones de ninguna clase en su violenta humanidad.
Con la conciencia de estar incurriendo en omisiones imperdonables, valgan estos pocos autores para dar cuenta de la profusión de artistas de las letras que se dieron cita en la Semana 2009. Rusos, checos, mexicanos, alemanes, iraníes, ucranianos, colombianos, italianos, franceses, parece una convención de las Naciones Literarias.

La Conexión Argentina: Hammett en el Sótano
El año pasado, Cristina Macía, comentando sobre la presencia recurrente de autores argentinos finalistas y premiados en la SN, pidió que dijeran qué era lo que comían en la Argentina que daba tantos autores geniales. El seleccionado nacional presente este año, además de quien redacta estas líneas, fue con Guillermo Saccomanno, Raúl Argemí, Guillermo Martínez, Carlos Salem y el queridísimo Horacio Altuna.
Por alguna razón misteriosa, no exenta de gracia, los premios se anuncian en el sótano del Hotel Don Manuel. Ámbito cerrado y ciego, donde se concentra todo el nerviosismo de los finalistas acumulado durante los últimos diez días. Los candidatos lucen ecuánimes y despreocupados, pero tics y gestos inconscientes delatan la inquietud. Como todo en la Semana Negra, el clima es sumamente informal y los jurados se van dando turno para anunciar los vencedores. En la apretada habitación se apilan los participantes hasta que uno tiene la sensación de encontrarse en un colectivo 60 en hora pico y con huelga de subterráneos. Pero nadie se mueve de allí. Ejerciendo mis funciones de padrino, me ubico junto a Saccomanno para el momento crucial. A poca distancia, sentado a una mesa y con la presión arterial por las nubes, el mexicano Jorge Moch, otro de los finalistas del Hammett, tiene la mirada clavada en el presidente del jurado que, con toda parsimonia, abre el sobre que contiene el acta respectiva. Un poco más allá, David Torres encuentra el cálido apoyo del bombón español con ojos de vértigo que lo acompaña. Raúl Argemí, que parece de visita protocolar, tiene tantos premios en su haber que para él es una situación en la que está tan cómodo como en el living de su casa mirando la tele. Los otros dos finalistas, Juan Madrid y Sergio Ramírez, no asomaron su nariz por la SN. La final es reñidísima. Llega el momento y se lee el fallo. En primer lugar se menciona a Torres, en medio del estallido de aplausos se nombra también a Saccomanno. Lo abrazo y lo felicito. Guillermo tiene un signo de interrogación pintado en la cara, no oyó su nombre y no entiende por qué lo estoy felicitando. Me lleva unos segundos convencerlo de que lo ganó y empujarlo al podio donde, como si fuera la cosa más natural del mundo, agradece la distinción.

Fin: La Pandilla Se Despide
La Semana Negra se termina, el cielo está algo encapotado y el aire un poco frío. Las despedidas se prolongan, las promesas se regeneran y no escasean los buenos deseos. Allá van los escritores, preocupados por el sobrepeso de las maletas atestadas de libros, emprendiendo el regreso a casa, a las letras, con renovadas ganas de seguir ejerciendo ese oficio que desde la SN no parece para nada inútil. Infatigable, Paco Ignacio Taibo II anuncia que la XXIII Semana Negra ya está en marcha. En este momento, lo único que uno desea es dormir ocho horas seguidas.

8 de agosto de 2009
4 de agosto de 2009
©página 12
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murió e. lynn harris


Exitoso autor que rompió barreras escribiendo sobre personajes homosexuales negros. Inició su carrera literaria con su novela -publicada por él mismo- ‘Invisible Life’, de 1991, antes de firmar con la editorial Doubleday.
[Dennis McLellan] Murió el jueves noche en el Centro Médico Cedars-Sinai en Los Angeles el exitoso autor E. Lynn Harris, que rompió barreras escribiendo sobre personajes homosexuales negros en novelas como ‘Invisible Life’ y ‘Just As I Am: A Novel’. Tenía 54 años.
Harris, que dividía su tiempo entre Atlanta y Fayetteville, Arkansas, enfermó en el Peninsula Hotel en Beverly Hills, durante una visita a Los Angeles, dijo el viernes su agente Laura Gilmore. La oficina del médico forense está realizando una autopsia, informó.
"E. Lynn rompió barreras en la literatura popular, escribiendo sobre personajes negros en una época en que esa literatura era desconocida por la mayoría de los estadounidenses y ciertamente por la mayoría de los afroamericanos", dijo Paula L. Woods, novelista de novelas policiales y colaboradora de Los Angeles Times Book Review, que ha reseñado la obra de Harris.
"Perteneció a la segunda ola de escritores de literatura popular negra, que ofreció a los lectores una perspectiva ampliada de la vida de los negros", dijo Woods.
Ex vendedor de ordenadores que dejó su trabajo en 1990, Harris inició su carrera literaria con ‘Invisible Life’, una novela de 1991 sobre un joven negro anteriormente heterosexual que empieza a llevar una doble vida después de sentirse atraído por hombre durante su último año en la universidad.
"Quería tratar de transmitir el dolor y la soledad que implican ser negro, y ser homosexual", dijo Harris al Times en 1996.
Después de recibir una avalancha de cartas de rechazo, Harris publicó su novela con sus propios medios. Y en un caso ejemplar de espíritu empresarial, empezó a vender uno a uno los cinco mil ejemplares de ‘Invisible Life’, en Atlanta, donde estaba viviendo en esa época.
Fue notoria su costumbre de dejar ejemplares de su novela en salones de belleza negros con una nota entre las páginas, en la que se podía leer: "Si le gusta este libro, por favor visite su librería y pida que lo compren".
El rumor se extendió y en un momento, un doctor que dirigía un programa de educación sobre el SIDA para minorías en Arkansas y había recibido un ejemplar gratuito, llamó a Harris para reservar ciento cincuenta ejemplares -y Harris vendió finalmente toda la edición de cinco mil copias.
Los poco convencionales métodos de mercadeo de Harris, y su pequeño éxito editorial, llamaron la atención de un encargado de ventas de Doubleday de la zona de Atlanta, y la rama de libros de bolsillo de Doubleday compró los derechos de reproducción de ‘Invisible Life’.
La editorial también le compró a Harris la secuela en tapas de cartón, ‘Just As I Am: A Novel’, y empezó una largas relación con el autor.
Con ‘And This Too Shall Pass’, de 1996, su tercera novela sobre un jugador de fútbol que lucha con su identidad sexual, Harris se introdujo por primera vez en la lista de los éxitos de venta.
"No es que no hubiera escritores homosexuales negros escribiendo y siendo publicados antes", dijo Charles Flowers, que fue editor de Harris en Doubeday durante diez años, a partir de su tercera novela. "Obviamente teníamos a James Baldwin y Audre Lorde, pero Harris encajó en un tipo de literatura popular que no se conocía antes y la mayor parte de su público era mujeres negras heterosexuales".
Parte del atractivo inicial para estos lectores, dijo Flowers, fueron los triángulos amorosos en las novelas de Harris. "Pero en sus libros posteriores, siempre incluyó mujeres afroamericanas independientes con carreras exitosas" entre sus personajes.
Las novelas de Harris también atrajeron a lectores homosexuales, dijo Flowers, que ahora es director ejecutivo de la Fundación Literaria Lambda, la principal organización sin fines de lucro dedicada a los libros de escritoras lesbianas, homosexuales, bisexuales y transexuales.
Su atractivo para ellos, dijo, "era muy fuerte, porque las primeras dos novelas giran sobre un joven que se descubre atraído hacia otro hombre de un modo que nunca había sentido antes, y no elude esa relación. Todo esto es anterior al concepto de ‘vivir en secreto’ -llevar una doble vida. La estaba retratando antes de que la sociedad se enterara de qué significaba el concepto.
Harris, dijo Flowers. "Se consideraba a sí mismo un narrador. Y realmente se conectaba con las personas corrientes, así que sus lecturas eran como reuniones de familia. Había cientos de personas, y la gente le llevaba flores. Y había risas y lágrimas. La gente testificaba sobre cómo sus libros habían cambiado sus vidas.
"Sus libros dieron a los homosexuales el coraje de asumirse como tales, y estaban agradecidos".

Hijo de una mujer soltera que era una obrera de cadena de montaje, Harris nació el 20 de junio de 1955, en Flint, Michigan, y creció en Little Rock.
En la Universidad de Arkansas en Fayetteville, fue el primer editor del anuario negro y el primer porrista masculino. Tras graduarse con honores y obtener su diploma de periodista en 1977, trabajó como representante de ventas para IBM.
Sin embargo, dedicarse a escribir fue un anhelo incumplido durante un largo tiempo. Era algo que no intentó, dijo al Washington Post en 1997, hasta después de que dejara su trabajo en 1990. Hacia entonces lo habían declarado clínicamente depresivo, intentando suicidarse tiempo después.
Mientras era sometido una terapia intensiva con un doctor de la Universidad  Howard, Harris le dijo que había soñado siempre con ser escritor.
"¿Por qué no lo hace?", le preguntó el doctor.
No fue sino hasta su éxito literario que Harris asumió públicamente su propia sexualidad.
"Me di cuenta de lo importante que era para mí ser abierto y honesto", dijo al Times en 1996. "Porque pensé que si tal vez otros veían que me habían aceptado, eso les daría más coraje".
De acuerdo a su publicista, le sobreviven su madre y tres hermanas.

8 de agosto de 2009
25 de julio de 2009
©los angeles times 
cc traducción mQh
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murió sergio meier


Literatura fantástica pierde a autor clave. Con sólo dos novelas, y a sus 45 años, se transformó en un escritor de culto dentro de la ciencia ficción chilena.
[Alejandro Nogué] Quillota, Chile. Sergio Meier, un nombre de culto dentro de la literatura fantástica chilena, que era considerado además el primer ’steampunk’ de nuestro país, falleció en la madrugada del sábado en la ciudad de Quillota, dejando inconclusa, a sus 45 años, una prometedora carrera como escritor y en luto a cientos de fanáticos que admiraban su obra y su figura.
Meier padecía de un cáncer que avanzó con fuerza el último tiempo y que sorprendió a muchos en el ambiente literario, ya que no se conocía de su enfermedad. De hecho el viernes pasado el escritor y editor de una de sus obras, Marcelo Novoa, fue a visitarlo a Quillota, encontrándose con que había sido hospitalizado. A pesar de ello, habló por teléfono con Meier de sus proyectos literarios.

Promisoria Carrera
Sergio Meier Frei sólo publicó dos novelas: ‘El color de la amatista’, en 1986, y en 2007 ‘La segunda enciclopedia de Tlön’ (considerada la primera obra ’steampunk’ chilena). También dejó inéditos dos títulos: ‘Una huida hacia la muerte’ y ‘Memorias de un Golem’; además de planes de publicar sus títulos en otros países, como España.
De hecho en los últimos meses estaba dedicado a escribir la que sería su obra mayor, por lo cual le solicitó a los médicos que le bajaran las dosis de drogas para avanzar en ese trabajo, del cual se desconoce en qué situación quedó.
Marcelo Novoa lo recuerda como un escritor de gran talento, autodidacta, que además llamaba la atención por su personalidad, pues era una "biblioteca andante" que sabía todo -y a la perfección- lo relacionado con la ciencia ficción, desde la literatura hasta la física y la astronomía. No por nada dictaba conferencias de ‘Física cuántica y literatura’.
Quien fue su editor con el sello Puerto de Escape destaca tres elementos que permiten entender este culto por Sergio Meier: "Primero, era un escritor de ciencia ficción en estado puro, como no conocí otro, un autodidacta que además era generoso, porque daba charlas en universidades y hacía talleres para compartir sus conocimientos; segundo, fue capaz de crear universos paralelos y cuestionar el sentido de la realidad, algo que impresionaba porque salía de lo provinciano y lo local para articular un mensaje universal sin salir de Quillota; y, por último, la entrevista que le realizó Cristián Warnken en el programa ’La belleza de pensar’ lo transformó en todo un personaje, ya que en cierta forma se consideraba en instancias más serias a un escritor de ciencia ficción, y esa pasó a ser una entrevista de culto".
¿Y por qué publicó sólo dos obras? "Yo le decía -responde Novoa- que no podía sacar un libro cada 20 años, pero respondía que no había apuro, además que le quitaba bastante tiempo su trabajo de traductor. Para mí era mitad niño genio y mitad judío sabio. Tenía mucho que entregar".

4 de agosto de 2009
©mercurio de valparaíso
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