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literatura

murió jane weinberger


Escritora, editora y esposa del ministro de Defensa, Jane Dalton Weinberger.
[Elaine Woo] Murió el domingo, en una residencia en Bar Harbor, Maine, Jane Dalton Weinberger, que convenció a su marido, Caspar W. Weinberger, de que se dedicara a la política y fue una leal esposa de Washington durante tres gobiernos republicanos antes de empezar a escribir y publicar libros para niños. Tenía 91 años.
Sufrió de mala salud durante sus últimos meses antes de sufrir un derrame masivo la semana pasada, informó su hijo Caspar Weinberger Jr.
Weinberger fundó la Windswept House, bautizada en homenaje a la casa familiar en Somesville, Maine, en 1984, cuando su marido era ministro de Defensa del presidente Reagan. En las siguientes dos décadas, su compañía publicó más de cien títulos, en general para lectores jóvenes.
Práctica, y ocasionalmente irreverente, Weinberg fue la autora de una decena de libros, incluyendo ‘As Ever’ (1991), dirigido al público adulto. Una compilación de cartas que había escrito a familiares y amigos en el curso de los años, compartía lo que llamó "las opiniones de una mujer corriente que lleva una vida extraordinaria".
Esas visiones incluían mordaces opiniones sobre figuras como el vicepresidente Spiro T. Agnew ("me enferma"), la primera dama Nancy Reagan ("irritable y gruñona") y el embajador soviético Anatoly Dobrynin ("cabrón astuto, pero divertido").
"Era una dama de Maine en todos los sentidos. No se daba aires de nada", dijo Caspar Jr. "También era una señora muy elegante... que conocía el mundillo de Washington mucho mejor que cualquiera".

Nacida en Milford, Maine, el 29 de marzo de 1918, Weinberger estudió en la Universidad de Maine y en la escuela de enfermería del Hospital de Somerville. Estaba enseñando enfermería cuando se enroló en una unidad del gobierno para ayudar en casos de emergencia nacional.
Cuando Estados Unidos entró a la Segunda Guerra Mundial, fue llamada al servicio.
En el verano de 1942 estaba a bordo de un buque de transporte de tropas con destino a Australia, desde San Francisco, cuando conoció a Caspar, estudiante de la facultad de leyes de Harvard y teniente segundo del ejército, al que superó en rango en un par de semanas.
Cuando desembarcaron tres semanas después, se casaron.
No vivieron juntos sino hasta después de la guerra, cuando se establecieron en San Francisco. Él trabajaba en un bufete de abogados cuando ella le sugirió que se postulara como candidato.
En 1952 se hizo con un escaño en la asamblea del estado y los siguientes seis años representó el área de San Francisco.
Tuvo un papel activo en las campañas políticas de su marido, al tiempo que se ocupaba de la educación de sus dos hijos.
Además de Carpar Jr., de Mount Desert, Maine, le sobreviven su hijo Arlin, del condado de Marin, California; una hermana, Virginia Garceau, de Brewer, Maine; tres nietos y cinco biznietos.
Acompañó a su marido a Washington al inicio del gobierno de Nixon, cuando le pidieron que dirigiera la Comisión Federal de Comercio.
Más tarde trabajó para Nixon como director de la Oficina de Administración y Presupuesto y ministro de Salud, Educación y Bienestar, continuando este último cargo con el presidente Ford.
Fue ministro de Defensa durante la mayor parte de los dos términos de Reagan, posición a la que renunció cuando su esposa tuvo problemas de salud, incluyendo un cáncer.
Jane Weinberger incursionó en literatura durante el primer término de su marido en el gabinete de Reagan, espoloneada cuando el presidente eliminó el financiamiento federal de su proyecto favorito: el Fondo Científicos del Futuro, que reúne a jóvenes estudiosos con eminentes científicos durante el verano en el Jackson Laboratory en Bar Harbor.
Para mantener funcionando el programa, escribió ‘Vim’, un libro sobre un arrogante ratón de laboratorio, y donó al fondo los beneficios de las ventas.
El libro subsiguiente, titulado ‘Kiltie’, por el perro de la familia, fue una colaboración con su marido, cuyas fotografías ilustran la historia.
Cuando el ministro de Defensa no estaba en el Pentágono, a veces se ocupaba de otras tareas, como empaquetar, vender e incluso entregar los libros de su esposa.
Se lo agradeció en la nota del autor de ‘Please Buy My Violets’, un libro de 1986 sobre la recaudación de fondos para obras de beneficencia, para lo que pasaba una parte del año en Washington, D.C., "donde mi marido trabaja con el gobierno".

24 de julio de 2009
15 de julio de 2009
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murió paul hemphill


Escritor se concentraba en el Sur Profundo.
Murió el sábado, de cáncer oral en una residencia en Atlanta, el periodista y escritor Paul Hemphill, 73, que escribía sobre deportes, música country y el angustiado legado del Sur.
En los años sesenta, antes de empezar a escribir libros, Hemphill era un admirado columnista de periódico en Atlanta y lo llamaban a veces el Jimmy Breslin del Sur. Dejó los diarios en 1970, cuando escribió un exitoso libro sobre música country: ‘The Nashville Sound: Bright Lights and Country Music’, pero nunca volvió a conquistar un éxito semejante.
Hijo de un camionero de larga distancia, Hemphill creció en Birmingham, Alabama. Se graduó en la Auburn University en Alamaba y trabajó como periodista de diario en Alabama, Georgia y Florida antes de mudarse a Atlanta en 1964. Escribió una columna seis veces a la semana para el Atlanta Journal. Más tarde trabajó brevemente para el San Francisco Examiner.
Quemó muchos de los puentes con su ciudad natal con sus memorias de 1993, ‘Leaving Birmingham’, que denunciaba las inclinaciones racistas de su padre y mostraba poca piedad por sus tradiciones. Pero en novelas, memorias y periodismo, volvía una y otra vez al mundo obrero del Sur, mostrando un especial talento para captar su habla, problemas y pathos.
"La mayor parte de mis mejores escritos son tristes", escribió en la introducción a una antología de periodismo de 1981, ‘Too Old to Cry’. "Gira sobre sueños perdidos y exceso de equipaje y divorcio, whiskey, suicidio, homicidio e infelicidad general".
Entre sus otras obras se encuentran ‘The Heart of the Game: The Education of a Minor League Ballplayer’, un libro de 1996 que repasa una sola temporada de béisbol; ‘The Ballad of Little River’, una versión documental escrita en 2000 de los jóvenes blancos desilusionados y sin rumbo fijo, de Alamaba, que fueron a prisión por quemar una iglesia negra; y ‘Lovesick Blues’, una bien recibida biografía de un vecino de Alabama, cantante y letrista Hank Williams.

22 de julio de 2009
15 de julio de 2009
©los angeles times 
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murió vasily aksyonov


Escritor disidente expulsado de la Unión Soviética. En su prosa incorporó sus experiencias en Rusia y Estados Unidos, donde vivió por más de dos décadas.
Murió Vasily Aksyonov, prolífico escritor ruso que fue uno de los últimos disidentes en ser expulsado de la Unión Soviética. Tenía 76 años.
Aksyonov murió en un hospital de Moscú donde estaba siendo tratado tras sufrir un derrame el año pasado, dijo Maya, su viuda, a radio Ekho Moskvy.
Autor de más de veinte novelas, Aksyonov fue deportado después de ser calificado de "antisoviético", en 1980. Sus trabajos en prosa más famosos -incluyendo ‘La quema’ [The Burn], ‘La isla de Crimea’ [The Island of Crimea] y ‘La saga de Moscú’ [The Moscow Saga]- incorporaban a menudo sus experiencias en Rusia y Estados Unidos, donde vivió durante más de dos décadas.
Enseñó literatura en varias universidades estadounidenses, incluyendo la USC, George Mason University en Virginia y el Goucher College en Maryland. También trabajó como periodista para Radio Liberty.

Nacido el 20 de agosto de 1932, en la ciudad de Kazán en Rusia central, Aksyonov era hijo de Yevgenia Ginzburg, una importante periodista. Ella y el padre de Aksyonov, un funcionario local del partido comunista, fueron enviados a un campo de trabajos forzados a fines de los años treinta en el punto más álgido de las purgas políticas de José Stalin, y su hijo fue colocado en un orfanato.
A los dieciséis, Aksyonov se unió a su madre en el exilio en la remota y gélida región de Magadan, sede de algunos de los más espantosos campos de prisioneros del gulag ruso, donde su visión del mundo se formó en el ambiente de discusiones libres entre intelectuales perseguidos. Su madre se hizo conocida internacionalmente después de la publicación de sus memorias, ‘Viaje hacia el laberinto’ [Journey into the Whirlwind].
Aksyonov se graduó en la Universidad Médica de Leningrado en 1956 y trabajó como doctor hasta dedicarse completamente a la escritura en 1960.
Su primera novela, ‘Los colegas’ [The Colleagues], fue publicado en 1959 en una popular revista juvenil, lo que le ganó instantáneo reconocimiento. Pronto se convirtió en uno de los líderes informales de Shestidesyatniki -que se puede traducir gruesamente como ‘la generación de los sesenta’-, un grupo de jóvenes soviéticos que luchaban contra las restricciones culturales e ideológicas del Partido Comunista.
"Era asombroso: Nos estaban criando como robots, pero empezamos a escuchar jazz", dijo Aksyonov en un documental de 2007 sobre él.
"La muerte de Aksyonov es la muerte de toda una era", dijo a la agencia de noticias ITAR-Tass el escritor Viktor Yerofeyev. "Y no sólo palabras... En los sesenta, era un ídolo nacional".
Cerca de cinco millones de ejemplares de sus libros fueron publicados en la Unión Soviética hasta que cayó en desgracia con el gobierno a mediados de los años setenta. En 1979, Aksyonov y varios otros jóvenes escritores montaron una revista llamada Metropol, pero su publicación fue impedida y Aksyonov fue expulsado de la Unión de Escritores Soviéticos.
"Los apparatchiks moscovitas dicen que enviándonos al exilio están purificando el aire de nuestro país", dijo Aksyonov al New York Times después de ser deportado de la Unión Soviética. "Por supuesto no es verdad. No están purificando el aire, sino reemplazándolo. Yo diría que están creando una nueva civilización, sin oxígeno".
En 1990, en medio de la transparencia y críticas del pasado represivo durante la era del glasnot y un año antes del derrumbe de la Unión Soviética, Aksyonov recuperó la ciudadanía soviética. Empezó a visitar frecuentemente su país, y sus libros se publicaron ampliamente en Rusia.
En 19904 publicó ‘La saga de Moscú’ una trilogía épica que describe las vidas de tres generaciones de una familia soviética entre la Revolución Bolchevique de 1917 y la muerte de Stalin en 1953. El libro se convirtió en una popular serie para la televisión rusa, en veinticuatro episodios. Ese año también ganó el Premio Booker ruso, el más importante trofeo literario de Rusia, por su novela histórica ‘Voltairian Men and Women’, sobre un encuentro entre el famoso filósofo Voltaire y la Emperadora Catalina II.
Le sobreviven su esposa y un hijo.

20 de julio de 2009
10 de julio de 2009
©los angeles times
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murió gabriel bañez


A los 58 años, murió el escritor Gabriel Bañez. El escritor, periodista y editor platense se suicidó en su casa de La Plata. Ganador del Primer Premio Internacional de Novela Letra Sur por ‘La cisura de Rolando’, deja una obra prolífica, potente y felizmente inclasificable.
[Silvina Friera] ¿Qué pasó, Pelado? ¿Qué hilo se quebró que a los 58 años ya no encontró la brújula ni siquiera a través de la escritura? ¿Qué reservorio vital y lingüístico se agotó irremediablemente justo ahora que le había llegado la ‘consagración’? La noticia de su muerte llegó como un balde de agua fría en este julio gélido y pandémico. Se jactaba tanto de ser un confeso fanático del error en aquella atípica ceremonia en Puerto Madryn, donde recibió en octubre del año pasado el Primer Premio Internacional de Novela Letra Sur por ‘La cisura de Rolando’, su última novela –hasta les dedicó el premio a las ballenas, "que con tanta puntualidad y sensatez se acercan a la costa para mirar a la gente"–, que muchos lectores desearían que estas líneas fueran un gran equívoco. O un disparate mayúsculo. Cómo no recordar que un amigo de la infancia, Ignacio, cuando le comentó que había ganado, le dijo: "¡Cuidado, porque vos fracasando sos muy bueno!". Según informaron fuentes judiciales y policiales, el escritor y periodista Gabriel Báñez se colgó el jueves pasado de un lazo que anudó a un tirante del techo de su casa en las afueras de La Plata. Lo encontraron su ex mujer y un sobrino el martes a la tarde. También dicen que habría dejado cartas en las que explicaba su trágica determinación.
Báñez nació en La Plata en 1951. Como el personaje de su última novela, Rolando, a quien a los once años le detectan una rara enfermedad y pierde el habla, el escritor platense recordó en la entrevista con Página/12 que en su infancia el único modo de comunicación con esa verdad relativa llamada "el afuera" fueron los diccionarios. "Vivíamos con mis padres en una muy modesta casa alquilada del barrio de La Loma, y ellos salían a trabajar muy temprano. Mi padre se disociaba en varios trabajos, mi madre, poco menos. Barrio obrero y humilde en ese entonces, nadie a mi cargo. La solución final fue simple: me encerraban durante horas en un comedor bajo llave con libros. Esos libros me contaban el mundo. Aunque se trataba de palabras mudas, para mí tenían un sentido profundo. Yo las pensaba en voz alta. ¿Qué me daba esa ‘Biblia’ o esas ‘biblias’? Seguridad. Las palabras, el lenguaje, fueron siempre eso: certidumbre. Luego, cuando se abría la puerta con llave, yo salía del bunker bastante más confiado. Con más palabras en la sangre."
El escritor y periodista platense afirmaba que "la escritura fue una manera de hablar en silencio". Y vaya si habló. Publicó, entre otras novelas, ‘Paraje’ (Primer Premio Provincial de Novela Roberto J. Payró), ‘El capitán Tresguerras fue a la guerra’ (Ediciones de la Flor); ‘Hacer el odio’ (Bruguera); ‘Góndolas’ (Ediciones de la Flor); ‘El curandero del cuarto oscuro’ (Sudamericana), finalista en el concurso Rómulo Gallegos; ‘Paredón, paredón’ (Sudamericana); ‘Los chicos desaparecen’ (Atlántida); ‘Virgen’ (Sudamericana), ‘Cultura’ (Mondadori), ‘El circo nunca muere’ (Almagesto y Editions Alfil, París), primera mención del Premio Juan Rulfo; y ‘Octubre amarillo’ (Almagesto). "Jamás escuché voces extrañas. Pero sí la mía como que venía del otro lado del Atlántico, en eco. Una falla en el viejo cable coaxil", ironizaba Báñez, que supo desarrollar una intensa tarea periodística en los diarios Clarín, El Cronista Comercial y en el suplemento cultural de El Día, de La Plata. Hace pocos días, el Comité Organizador para la participación argentina en la Feria Internacional del Libro de Frankfurt 2010 aprobó la traducción al francés de ‘Los chicos desaparecen’, que tuvo su versión cinematográfica protagonizada por Norman Briski y Lorenzo Quinteros. El escritor dirigía desde hace años La Comuna Ediciones, editorial de La Plata que se ha destacado por la apertura y el pluralismo al servicio de novelistas, dramaturgos, ensayistas y poetas jóvenes de la ciudad que buscaban editar sus primeras obras. La última entrada de su blog ‘Corte y confección’, donde reflexionaba sobre literatura y temas de coyuntura nacional, es del 29 de junio. Está dedicada a Fernando Peña.
Desconfiaba de lo proteicas que podían parecer las ideas, más bien las entendía como conceptos terminales, inamovibles. "Una idea es lo que la piedra pómez a un volcán. Ya fue, se enfrió y solidificó. En cambio los errores, las fallas con respecto a la norma, sí son perfectibles –comparaba–. Las novelas asoman a consecuencia de seguir esa voz que dice por acá está la cicatriz, el equívoco. Uno sigue las migas de su propia tara y termina por encontrar su propia voz." Y la voz de Báñez era inconfundible. En ‘La cisura de Rolando’ (El Ateneo) el escritor aceitaba el magma de sus obsesiones. El mismo reconocía que casi todo lo que había escrito estaba vinculado con lo disfuncional. "Eramos retrasados con aspecto normal", dice el personaje–narrador que pierde el habla y prefiere tomar notas en su cuaderno. Las anotaciones de Rolando pronto revelan que la discapacidad empieza por la mirada. Su familia dista de ser un modelo de "normalidad". Cada tanto la madre le pegaba al padre, pero para encarrilarlo según decía, porque era "desequilibrado y putañero". El padre, que se ganaba la vida aplicando inyecciones en el barrio y a la tarde trabajaba en el Patronato del Leproso, dejó inconclusas algunas obras de teatro porque a último momento siempre advertía que se las habían plagiado. A pesar de la sesión de espiritismo, la terapia, la taquigrafía y el código Morse, Rolando no lograba decir ni mu. En la segunda parte de la novela, el protagonista, ya superada su afasia transitoria, ahora con cuarenta años, hace terapia por primera vez en su vida con un desopilante analista lacaniano peronista, que afirma que Perón "fue el único que atacó sin asco las bases del rizoma capitalista".
"La escritura es placer –subrayaba el escritor–. No creo en esos sufridores ejemplares que imaginan tener una misión para con el resto de los mortales y encarnan dolorosamente la misión de escribir. Me parecen, para usar una palabra sensata y en adecuada simetría, abominables. Ego puro, elevado al cuadrado." El Pelado le esquivaba a la solemnidad con su ironía elevada al cubo, pero no pudo gambetear la desesperación ni la angustia de los últimos tiempos. La mejor manera de honrarlo quizá sea simplemente diciendo, con palabras medio rotas por el dolor: "Gracias por escribir, Báñez".

9 de julio de 2009
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murió diana piazzolla


Falleció la escritora Diana Piazzolla, hija de Astor. Tenía 65 años. En 1986 publicó una novela sobre la vida de su padre que fue premiada en Francia. Escribió poemas, cuentos y letras de canciones de su padre.
La escritora Diana Piazzolla, hija del bandoneonista Astor, falleció ayer en Buenos Aires a los 65 años.
Nacida en Buenos Aires en 1943, a los 18 años su primer libro de poemas, ‘Yo y este siglo’, y escribió dos letras de temas musicales de su padre: ‘Requiem para un malandra’ y ‘Todo fue’.
Entre 1974 y 1984 vivió exiliada en México por razones políticas. Allí publicó su antología. ‘20 Cuentos del exilio’.
En 1986 editó ‘Astor’, su primera novela sobre la vida y obra de su padre, que fue publicada también en Francia, donde recibió el Premio Coup de Coeur. Su segunda novela, ‘Si preguntan por él’ (2000) fue galardonada en el Concurso Leopoldo Marechal.
Mar del Plata fue su lugar de residencia familiar en su niñez y juventud. En la vieja casona de Alberti entre Sarmiento y Alsina, donde funciona hoy una casa de comidas, todavía está la piedra que Astor talló con su nombre: Diana.

5 de julio de 2009
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con v de vian


Hace cincuenta años –exactamente el 23 de junio de 1959– moría Boris Vian en la butaca de un cine mientras veía la versión cinematográfica de su novela ‘Escupiré sobre vuestra tumba’.
[Juan Pablo Bertazza] Pocos artistas abarcaron tanta diversidad de géneros, corrientes, estilos e identidades en una época que todavía no se asomaba a la eclosión experimental de los sesenta. En 39 años de vida fue el autor de una cantidad de libros firmados por él o con el seudónimo de Vernon Sullivan que aún hoy evocan un tiempo de rara mezcla entre patafísica, surrealismo y existencialismo, tan francés y tan universal.
A las diez y diez de la mañana del martes 23 de junio de 1959, luego de decirle a su vecino de butaca del Cine Marbeuf que los actores de ‘Escupiré sobre vuestra tumba’ "no tienen realmente el aire americano", Boris Vian no sólo terminó de puntuar, en intensos treinta y nueve años, una vida tan literaria como sus novelas sino que, sobre todo, se convirtió en un emblema absoluto de la vitalidad, algo así como lo que Sartre representa para el compromiso político y el Marqués de Sade para el sexo. Y la prueba del delito es que hoy, a cincuenta años de su muerte, su figura está más vigente que nunca: acaba de asegurarse su inesperada entrada de honor a la colección de La Pléiade para fines de 2010, sus libros supieron venderse en forma constante pero exponencial durante los últimos veinte años, cada vez más biógrafos y ensayistas quieren vérselas con él, sus canciones suenan, en este mismo momento, en bocas curtidísimas como la de Carla Bruni y, por fin, la etiquetita que lo catalogaba como autor de pasaje para jóvenes perdió todo pegamento.

Fiestas
Escritor, trompetista, poeta, ingeniero, actor, inventor, pintor, dramaturgo, director artístico de la firma Philips, coleccionista de autos, crítico de jazz y cantante nacido el 10 de marzo de 1920 en el suburbio parisino de Ville d’Avray. Fue tan apretada la vida de Boris Vian que, tal vez, el listado de sus múltiples ocupaciones sobrepasa los años vividos, con el agravante de que su vida estuvo signada por la enfermedad: a los cinco años le descubren una cardiopatía que nadie supo tratar, un mal del corazón que le fue marcando el pulso de sus días y de su incansable obra, de una manera tan sincrónica que hasta supo predecir el año en que moriría.
La velocidad y la conciencia de la finitud se fundieron de tal forma que en tan sólo dos años –durante el magro período 1946-1947–, Boris Vian escribió seis novelas entre las cuales se encuentran, al menos, dos de sus mejores obras: ‘La espuma de los días’ y ‘El otoño en Pekín’. Podría hablarse de insomnio total, podría hablarse de un pacto con el diablo, podría pensarse en conjuros para detener el tiempo y trabajar mientras el resto del mundo permanecía inmóvil, podría imaginarse un ejército de reclutas que trabajaban por él. Nada y, sin embargo, mucho de todo eso es cierto porque la clave para explicar su obra es la diversidad, palabra que tiene con ‘diversión’ un origen común en el latín a partir del verbo divertere, que significa ‘llevar por varios lados’, por lo que no debería extrañar el hecho de que ‘variado’ y ‘expandido’ sean sinónimos de ‘divertido’. La diversión, entonces, en su ambiguo sentido de ‘diversidad’ y ‘esparcimiento’ resulta indispensable para hablar de Vian.
En cuanto a lo primero, además de usar numerosos seudónimos y anagramas –Bison Ravi, Baron Visi, Brisavion, Boriso Viana y, tal vez el más hermoso, Navis Orbi, que quiere decir ‘navegante del mundo’–, y de haber engendrado a su alter negro Vernon Sullivan, uno de los hilos conductores de la obra de Boris Vian es el trabajo con pares de dobles por semejanza y pares de dobles por oposición. En cuanto a lo segundo, sus dos primeras novelas, ‘Trouble dans les andains’ y ‘Vercoquin y el plancton’, ambas de 1946, fueron hechas, según él mismo contó alguna vez, "para divertir a los amigos de toda la vida". Ya en la adolescencia, Boris Vian organizaba con sus hermanos y vecinos de Ville d’Avray las famosas surprise-parties, el antecedente inmediato de la tumultuosa atmósfera de Saint-Germain-des-Près de los cuarenta y cincuenta. También en la adolescencia, Boris conoce a la persona que generó mayor influencia en su vida: Jacques Loustalot, El Mayor, un personaje que aparece en muchos de sus libros. Pronto se volvieron inseparables. El Mayor –quien explicaba que era tuerto porque había intentado suicidarse a los 10 años– contagió en el escritor la fascinación por los objetos, el absurdo lógico y el juego permanente. Habituado a salir por las ventanas más que por las puertas, porque los objetos "deben servir para todo menos para lo que fueron creados", Jacques muere a los 23 años, el 7 de enero de 1948 a las tres de la mañana, luego de caerse del 5º piso durante una surprise-partie.
La novela que mejor representa esos años alocados es Vercoquin... que comienza y termina con una de las surprise-parties. Los capítulos del libro se interrumpen, literalmente, con digresiones que cambian el rumbo del argumento. En una, el autor dice, por ejemplo, que "lo primero que hay que hacer al entrar a una surprise-partie es ver si hay mujeres disponibles", aclarando que lo único que define la disponibilidad de una mujer es que sea linda. A partir de ahí, Vian ofrece una verdadera sistematización con múltiples bifurcaciones de lo que hay que hacer en estas fiestas:

A) no hay una sola chica linda

A1) la surprise-partie está bien organizada: entonces, a pesar de no haber chicas lindas, hay muchas bebidas alcohólicas.

A2) la surprise-partie está mal organizada: por lo tanto usted tiene que irse llevándose un mueble como desagravio.

B) Hay chicas lindas pero las tienen entre manos

B1) si usted está solo y en su casa, hágalo tomar, impidiendo que su compañera, a la que usted desea, tome mucho o cerca de él, y evitando también que usted mismo tome tanto como él. Agregue en su vaso mucho oporto, tinta y ceniza de cigarrillo, y llévelo a vomitar.

B1.1) en las piletas si sólo tomó.

B1.2) en los inodoros si comió masas porque los pedazos de manzana taparían la pileta.

B1.3) afuera, si usted tiene un jardín y, sobre todo, si llueve.

B2) si usted está en casa del individuo que estorba a la que usted codicia, trate de eliminarlo de la siguiente manera:

B2.1) provocando una inundación.

B2.2) tapando el baño.

B2.3) emborrachando a morir, por uno de los métodos mencionados arriba, a un amigo íntimo del dueño de casa.

Así, el jugo de la imaginería absurda se exprime en un molde de sistematización científica. No por nada François Roulmann, uno de los encargados de llevar la obra completa de Vian a La Pléiade, dijo recientemente que "este magnífico escritor tenía la cabeza en las nubes pero los pies en la ciencia".

Dobles
Triste, irónica, justa, terriblemente justa, tardía, arriesgada después de todo y contradictoria. Así podría describirse la inclusión de la obra vianesca en la prestigiosa colección La Pléiade de Gallimard, un panteón que tiene los cupos más que contados. Irónica, sobre todo, si se tiene en cuenta que uno de los grandes golpes que sufrió Vian en su carrera de novelista fue el hecho de no haber ganado, contra todos los pronósticos, el premio de La Pléiade de 1946 por ‘La espuma de los días’; sin lugar a dudas, una gran decepción. Si bien Queneau y Sartre lo apoyaban, Malraux hizo muy bien su jugada para que ganase la novela ‘Terre du temps’ de Jean Grosjean, un autor hoy olvidado incluso para Google.
El otro gran golpe lo sufre en el año 1953, cuando Gallimard le rechaza la publicación de su última gran novela, ‘El arrancacorazones’, con el irrebatible argumento de que "podía haber sido mejor escrita".
En realidad, esto mucho tuvo que ver con lo que fue la más disparatada transgresión de Boris Vian, aquella donde puso en funcionamiento toda su maquinaria de dobles y travestidos: el affaire Vernon Sullivan.
Una tarde de verano de 1946, Jean d’Haluin, editor de Scorpion, encuentra a Boris Vian y su primera esposa Michelle en la vereda, haciendo la cola para ingresar a un cine de los Champs-Elysées. Las cosas andan mal, le cuenta el editor, y le propone traducir un policial negro que asegure un boom de ventas, dada la afición inesperada de los franceses hacia la literatura yanqui pos Segunda Guerra Mundial. Boris no conoce un autor para traducir. "¿Querés un bestseller? Dame diez días y te lo hago", responde. Para el 20 de agosto la novela está terminada y su nombre es ‘Escupiré sobre vuestra tumba’, título dado por Michelle, ya que Vian quería llamarla ‘Bailaré sobre vuestra tumba’. Sólo Michelle y Jean conocían el secreto. El libro sale en noviembre de 1946, bajo la firma de un autor norteamericano inventado, Vernon Sullivan, de quien Vian sólo era traductor. Por violencia y pornografía, un funcionario de nombre Daniel Parker lo persigue en nombre de la moral y le hace pagar 100.000 francos por ofender las buenas costumbres. En noviembre de 1948, Vian reconoce ser el autor de la novela. Entre otras cosas porque un vendedor, luego de matar a un amigo en un hotel, dejó al costado del cadáver ese mismo libro. En aquella novela el tema del doble se vuelve núcleo: Vian se tradviste en Sullivan para contar historias de negros travestidos en blancos, que a su vez revelarán, por un lado, lo que Vian despreciaba de EE.UU. (el racismo y la frivolidad) y, por el otro, la estupidez de la crítica media francesa que, lejos de sospechar que Boris Vian era algo más que el traductor de la novela, entrevistó más de una vez al inexistente Vernon Sullivan. Es impresionante advertir las abismales diferencias de venta entre este libro –y los otros publicados bajo el nombre de Vernon Sullivan– y las novelas publicadas con su nombre real, a tal punto que Sullivan le ha dispensado a Vian nada menos que cuatro millones y medio de francos de esa época. Claro que también le acarrearía muchos problemas, muchos rencores y la muerte, consolidando así una anécdota patafísica que sobrepasa la mismísima condición de anécdota.
Patafísica
La extrañeza del caso Vian trasciende las fronteras francesas para llegar incluso a nuestro país. El autor de ‘La espuma de los días’ goza del curioso privilegio de ser uno de los escritores extranjeros menos conocidos pero que más influyeron, no sólo en nuestra literatura, sino también en buena parte del espectáculo nacional. Uno de los principales agentes de esa influencia es el Cortázar de cronopios y famas cuyos aires vianescos le dieron al francés un lugar preponderante en la literatura humorística. Más tarde, durante los sesenta, la diputada Nacha Guevara hizo lo propio versionando sus canciones en el Di Tella. En los noventa, la revista V de Vian consolidó su presencia en el mapa cultural argentino no sólo en lo que respecta a su literatura (la revista solía traducir fragmentos de novelas y cuentos) sino a su estética en general. En rigor, la apuesta era hacer un número único sobre Vian, pero luego siguió y Vian se convirtió en cifra de la propuesta de la revista. Por estos días, el rockero Andy Chango dejó las drogas para versionar también sus canciones pese a que Boris Vian se burlaba mucho del rock, ese "jazz corrompido".
Lo cierto es que Vian es conocido, más que nada, en Argentina por lo que hizo como antecesor de oulipo, l’OUvroir de LIttérature POtentielle, aquel grupo creado justo después de su muerte por Raymond Queneau y François le Lyonnais, exactamente en 1960. Porque si bien coqueteó con varias escuelas para después tomar otros rumbos (especialmente con el surrealismo y con el existencialismo, del que terminó totalmente alejado, entre otras cosas porque Sartre le birló a Michelle) Vian es, por sobre todo, un patafísico, y tal vez por eso haya pegado tanto en nuestro país. Podría decirse, tal como dijo alguna vez Raymond Queneau, que Vian es el mayor exponente de aquella ciencia dedicada al estudio de las soluciones imaginarias y las leyes que regulan las excepciones, puesta en marcha por los admiradores de ‘Gestas y opiniones del doctor Faustroll’, patafísico de Alfred Jerry. La Patafísica –un colegio que, pese a tanto delirio, cuenta con una férrea jerarquía– fue creada el 11 de mayo de 1948, como contrapunto irónico al prestigioso Collége de France. Desde entonces el Collége de Pataphysique ha contado con ilustres socios, entre los que se cuentan Raymond Queneau, Jacques Prevert, Max Ernst, Eugene Ionesco, Joan Miró, Marcel Duchamp, Jean Dubuffet, René Clair, entre otros.
Justamente, Buenos Aires fue, junto a Milán, una de las primeras ciudades en inaugurar su propio colegio patafísico el seis de abril de 1957 a las 18 horas, por obra de Juan Esteban Fassio y Albano Rodríguez, con tanta sintonía que es uno de los lugares patafísicos más importantes entre los que se encuentran fuera de Francia.
En cuanto a Vian, su obra ‘L’equarrissage pour tous’, vaudeville paramilitar y anarquista (1947), le valió el 8 de junio de 1952 el ingreso al colegio con el grado de descuartizador de primera clase. Dice Roger Shattuck en el dossier 13: "El cómico es un serio que se escuda en las burlas; el serio que se toma en serio es una burla"; Boris Vian decía de sí mismo: "Cuando hablo en broma me toman en serio, y cuando hablo en serio se ríen".
Como no podía ser de otra forma, Boris Vian tuvo un rápido ascenso, y el 11 de mayo del 53 fue integrado al cuerpo ilustre de sátrapas –el cuerpo mayor– sólo con 33 años. La patafísica le iba muy bien a su marcha siempre contracorriente, lejos del azar objetivo del surrealismo y la responsabilidad colectiva del existencialismo.

No Quisiera Morir
Así como el bebop de Dizzy Gillespie, Charlie Parker, Max Roach y Thelonious Monk revolucionó al jazz desplazando al swing, la estética Vian pone en escena diferentes ritmos a la vez; es rápido y frenético, lleva en su esencia tanto la improvisación como la metodología; es capaz de reunir un ritmo furioso con un solo melódico y suave; hay en su obra tensión y relajación, violencia y dulzura; eros y tanatos, pulsión de vida y pulsión de muerte. Los truenos y los claros, la dulzura y el sadismo, la sinceridad y la mentira, el pacifismo y la combatividad se suceden, se contestan; y en un equilibrio se muestra toda la urgencia y la precariedad de quien está urgido por la muerte y no deja de desear vivir, de vivir incluso la propia muerte, tal como dice en su hermosísimo poema ‘No quisiera morir’: "No quisiera morir//antes de haber gastado//su boca con mi boca//su cuerpo con mis manos.//No quisiera morir//sin que hayan inventado//las rosas eternas,//la jornada de dos horas,//el mar en la montaña,//la montaña en el mar,//el fin del dolor,//los diarios en color,//la alegría de los niños.//No quisiera morir.//No señor, no señora//antes de haber palpado//el sabor que me atormenta//el sabor que es más fuerte,//no quisiera morir//antes de haber probado//el sabor de la muerte."

Vian y el Canon
"Si los inventores de lenguaje no entran en La Pléiade, ¿quién más podría hacerlo? Durante mucho tiempo, les hice leer a mis alumnos la literatura de Vian. Siempre me sorprendió verlos apreciar las distorsiones de su lengua más de cincuenta años después de su escritura. Su literatura guarda toda la modernidad. Por primera vez en sus vidas, los chicos descubrieron las metáforas, y eso es formidable."
Daniel Pennac

"Leí a Boris Vian desde mi juventud, tanto ‘La espuma de los días’ como sus policiales. Es un escritor todoterreno, que mezcló todos los géneros, que era Kafka y Malraux a la vez. Le hizo creer a la juventud en un mundo más inteligente. Evidentemente, en La Pléiade encontrará su sitio."
Yasmina Khadra

"Boris Vian es, sin dudas, el escritor que me dio ganas de escribir. Haber leído ‘La espuma de los días’ a los quince años fue para mí un inmenso shock, sentí la aparición de una ventana por la que se abría el mundo y autorizaba toda libertad. Si Colin podía afilarse los párpados para hacer más misteriosa su mirada, entonces ¡todo era posible! Todo me hace reír en Vian, empezando por ‘El otoño en Pekín’, que no sucede ni en otoño ni en Pekín. Realmente es un personaje que hubiera querido conocer, y espero que su ingreso en la Pléiade de a sus obras una nueva oportunidad."
Jean Teulé

"Boris Vian es un escritor víctima de una injusticia en vida. Y, bien, es un principio de La Pléiade reparar las injusticias. Quisieron castigarlo por divertirse tanto, por hacer fiestas y tocar la trompeta. Vian es, sobre todo, un escritor subestimado, que ha inventado una lengua poética, moderna y humorística. Adoro sobre todo su novela ‘Vercoquin y el plancton’, que cuenta con mucha diversión las mil y una maneras de sobrevivir a las surprises-parties. La entrada de Vian a la Pléiade es un acontecimiento importante para la gente como yo: significa que existe una esperanza para todos los escritores, frívolos y mundanos."
Frederick Beigbeder

Estas son algunas opiniones vertidas por escritores franceses actuales convocados por la revista Lire en abril pasado, acerca de la inclusión de Boris Vian en La Pléiade.

30 de junio de 2009
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cardenal en tres tomos


La poesía de Ernesto Cardenal, reunida en tres tomos revisados por el autor. Personaje insoslayable de la cultura latinoamericana del siglo XX, ex ministro del gobierno sandinista, el escritor nicaragüense rastreó en su obra la vida concreta de los postergados. La completa y oportuna edición local da cuenta de su evolución artística.
[Silvina Friera] Escribir una poesía que se entienda, pulir el poema hasta que quede sólo el hueso. Este ha sido el proyecto del nicaragüense Ernesto Cardenal, uno de los poetas de habla hispana más importantes del siglo XX, reciente ganador del Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2009 en reconocimiento a su larga trayectoria y obra poética. No habría que confundir este empeño simplemente con el sencillismo. La edición de su ‘Poesía completa’ (publicada por Editora Patria Grande en tres tomos que fueron revisados por el autor) quizá sea el señuelo que permita leer su obra poética, sin resistencias, como el corpus de uno de los grandes místicos de la humanidad, como propone, desde el prólogo, el poeta venezolano Luis Angulo. "La poesía ha sido mi vida. Soy poeta, sacerdote y revolucionario, pero la primera vocación con la que nací fue con la poesía. Si algún impacto tiene mi obra es por razones extraliterarias. Yo no soy grande como escritor, pero es grande la causa que inspira mi poesía: la causa de los pobres y de la liberación", ha dicho Cardenal, nacido el 20 de enero de 1925 en Granada (Nicaragua). El primer tomo recoge los ‘Epigramas’, emblemática recreación del universo latino de la mano de Cátulo, pero también junto a Propercio y Marcial ("Yo he repartido papeletas clandestinas,/ gritado: ¡Viva la libertad! en plena calle/ desafiando a los guardias armados. Yo participé en la rebelión de abril:/ pero palidezco cuando paso por tu casa/ y tu sola mirada me hace temblar/"); los poemas de ‘Hora cero’ (relato de la guerra del héroe nacional, Augusto César Sandino contra el Ejército de Estados Unidos), ‘Gethsemnani, ky’, los bellos e inquietantes ‘Salmos’, ‘Poemas documentales’, su legendaria ‘Oración por Marilyn Monroe’, un puñado de poemas sueltos no recopilados en libros, ‘El estrecho dudoso’ y ‘Los ovnis de oro’. Este abanico, de apariencia tan disímil, permite recorrer la frescura y modernidad inicial de su poesía –influida por Rubén Darío, Pablo Neruda, Rafael Alberti y Federico García Lorca– y las sucesivas transformaciones del poeta lírico y subjetivista, en sus comienzos, al poeta solar, diáfano y de tono épico que impera en buena parte del conjunto de su obra.
Una influencia capital para este sacerdote y monje trapense comprometido con la liberación de los pueblos, sin duda, ha sido el descubrimiento de la poesía norteamericana y en particular el hallazgo de la obra de Ezra Pound, a quien Cardenal tradujo al español, después de su permanencia en Nueva York, entre 1948 y 1949, como estudiante de la Universidad de Columbia. Del autor de los ‘Cantos’, según Pablo Antonio Cuadra, Cardenal tomó un recurso que "consiste más que en un collage, más que en la cita de un trozo de rango poético, en una sabia redistribución de la prosa del historiador o del viajero hasta que alcance un nivel lírico o épico. Sus poemas son así, bellos y vastos documentos ajenos cuya gracia está en los cortes y en las junturas". El propio poeta, en una conversación con Mario Benedetti, admitía la influencia de Pound, que le hizo ver que "no existen temas o elementos que sean propios de la prosa, y otros que sean propios de la poesía". "Todo lo que se puede decir en un cuento, o en un ensayo, o en una novela, puede también decirse en un poema. En un poema caben datos estadísticos, fragmentos de cartas, editoriales de un periódico, noticias periodísticas, crónicas de historia, documentos, chistes, anécdotas, cosas que antes eran consideradas como elementos propios de la prosa y no de la poesía."
Nunca una obra deja de estar puntuada por la gramática y la sintaxis de una vida, pero en el caso de Cardenal conviene repasar algunos acontecimientos que han impactado en su escritura. Después de su inmersión en la poesía norteamericana, viajó por París, España e Italia hasta que en 1950 regresó a Nicaragua y empezó a escribir sus poemas, ésos que por su tono pausado inauguró lo que la crítica denominó "tendencia neorromántica". Su maestro, el poeta nicaragüense José Coronel Urtecho, le enseñó "las técnicas de una poesía de periodista, escrita con imágenes no con metáforas, directa y concreta de cosas reales y la vida ordinaria", según lo ha expresado Cardenal. En 1954 participó del movimiento conocido como la ‘Rebelión de Abril’, que intentó acabar con la dictadura de Anastasio Somoza. Pero el intento fracasó y terminó con la muerte de muchos de sus compañeros y amigos. El poeta decidió ingresar al Monasterio de Our Lady of Gethsemani, en Kentucky (Estados Unidos) en 1957, donde Thomas Merton fue su maestro de novicios y mentor espiritual, aunque por problemas de salud, Cardenal se fue del monasterio y continuó sus estudios religiosos en el Monasterio Benedictino de Cuernavaca, México. "Su trabajo poético –recordaba Merton– estuvo bastante restringido en el noviciado. Escribió tan sólo las notas más sencillas y prosaicas de su experiencia, y no las desarrolló en forma de ‘poemas’ conscientes. El resultado fue una serie de sketches con toda la pureza y el refinamiento que encontramos en los maestros chinos de la dinastía Tang. Jamás la experiencia de la vida de noviciado en un monasterio cisterciense había sido dada con tanta fidelidad y, al mismo tiempo, con tanta reserva. El calla, como debía, los aspectos más íntimos y personales de su experiencia contemplativa y, sin embargo, ésta se revela más claramente en la absoluta sencillez y objetividad con que anota los detalles exteriores y ordinarios de esta vida. Ninguna retórica del misticismo, por muy abundante que fuera, podría haber jamás presentado tan exactamente la espiritualidad sin pretensiones de esta existencia monástica tan sumamente llana."
Un ejemplo de lo que precisaba Merton se encuentra en ‘Gethsemnani, ky’, escrito en Cuernavaca: "Hay un rumor de tractores en los prados./Los ciruelos rosados están en flor./ Mira: están en flor los manzanos./ Amado, ésta es la estación del amor/. Los estorninos cantan el sicomoro./ Las carreteras huelen a asfalto recién regado/ y los carros pasan con risas de muchachas./ Mira: la estación del amor ha llegado./ Todo pájaro vuela perseguido por otro./". Sin embargo, a pesar de esta "transparencia", Cardenal, como lo ha subrayado Paul W. Borgeson J., "provoca y reta a cuantos lo leen, pues se escapa de las categorías poéticas, teológicas y políticas normativas, para difundir sus propias ideas y múltiples actividades públicas en una sola obra vital, innovadora y renovadora". Ordenado sacerdote en Managua, en 1965, Cardenal enlaza e integra escritura y militancia religiosa-política. En 1966, junto a Merton, fundó una pequeña comunidad contemplativa en una isla del archipiélago de Solentiname, donde se fomentó el desarrollo de cooperativas, se creó una escuela de pintura primitiva y un movimiento poético entre los campesinos, además del trabajo de concientización sobre la base del Evangelio interpretado, claro, revolucionariamente. En la década del ’70 publicaría los extensos poemas ‘Canto Nacional’ y ‘Oráculo sobre Managua’, que integran el segundo tomo de su ‘Poesía completa’; tomo que incluye, además, las célebres ‘Coplas a la muerte de Merton’ (en las que el místico humanista dialoga con su difunto maestro y guía espiritual), ‘Pasajero de tránsito’, ‘2 epístolas’, ‘Versos del pluriverso’ y ‘Telescopio en la noche oscura’, poema místico en el que cifra su vocación religiosa: "El que amó más de todos sus compañeros,/el que amó más en toda su generación, /amando ahora un tal ser trascendente,/como decir un tipo no existente./ En qué has venido a parar, Ernesto".
Considerado por la crítica como representante del ‘exteriorismo’, corriente que prioriza lo concreto a la abstracción de la metáfora, para Cardenal el exteriorismo es tan antiguo como Homero y la poesía bíblica. "El exteriorismo es la poesía creada por las imágenes del mundo exterior, el mundo que vemos y palpamos, y que es, por lo general, el mundo específico de la poesía –explica el poeta–. El exteriorismo es la poesía objetiva: narrativa y anecdótica, hecha con los elementos de la vida real y con cosas concretas, con nombres propios y datos exactos y hechos y dichos. En fin, es la poesía impura." Jaime Quezada plantea que "todo se unifica en la poesía y en el lenguaje del autor", desde los poetas latinos y las poéticas indígenas precolombinas; el sentimiento bíblico de los ‘Salmos’ y el ‘Cantar de los cantares’, unidos por momentos a la visión oriental de la poesía china y japonesa, hasta los grandes cantos de la India. Este eclecticismo es la antesala de la rotunda presencia mestiza del nuevo mundo desplegándose universalmente en su poesía.
Cardenal, un luchador imbatible contra la dictadura de Somoza, colaboró estrechamente con el Frente Sandinista de Liberación Nacional. El 19 de julio de 1979, el día de la victoria de la Revolución Nicaragüense, fue nombrado ministro de Cultura del nuevo gobierno del FSLN, cargo que ocupó hasta 1987, año en el que se cerró el ministerio por razones económicas. En 1983, cuando Juan Pablo II visitó oficialmente Nicaragua, el pontífice –frente a cámaras de televisión que transmitían a todo el mundo– amonestó e increpó severamente al poeta y sacerdote, arrodillado ante él en la misma pista del aeropuerto, por propagar doctrinas apóstatas según la fe católica y por formar parte del gobierno sandinista. Cardenal rompió definitivamente con el FSLN en 1994, en protesta contra la dirección autoritaria de Daniel Ortega, y denunció la corrupción y apropiación de bienes del Estado por parte de los líderes de la ex guerrilla. Posteriormente, manifestó su apoyo moral al MRS o Movimiento Renovador Sandinista, fundado por el escritor Sergio Ramírez. "Como marxista, Cardenal es hereje; y como sacerdote católico, está al filo de otra herejía, pues rechaza la noción de la incompatibilidad de fe cristiana y política socialista –subrayó Bergeson–. En poética, también discrepa con circunscripciones tradicionalistas, en su rechazo de la metáfora y su inclusión de lo común y corriente dentro del arte verbal. Creer y crear, política y fe en Dios no están reñidos para Cardenal: contrariamente, insiste en que el uno lleva definitivamente a lo otro. Así, estas vertientes marcan su obra definitiva."
El tercer tomo cierra con una de las apuestas estéticas más ambiciosas de este pacífico luchador convencido del poder de la poesía para cambiar al mundo: ‘Cántico cósmico’, un largo poema, compuesto en 43 ‘cantigas’, como las denomina el poeta, donde indaga sobre las razones del Ser y el destino humano. "En el principio no había, naturalmente, ni leyes físicas/Salimos según parece de una amalgama de caos./De electrones y núcleos nacieron átomos,/y después galaxias, estrellas, diamantes./Como la física nuclear descubrió/los elementos transmutables./¡Hiroshima! ¿Era ése el sueño de los alquimistas?", se lee en la Cantiga 30, titulada ‘La danza de los astros’.

29 de junio de 2009
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el rey de los suicidas


Chatterton, el suicida. Amena disertación de Juan Forn en Página 12.
[Juan Forn] Un compadre con el que intercambio música acá en Gesell me hace escuchar la versión que hace Seu Jorge de un tema famoso de Serge Gainsbourg. El brasuca aporrea sin compasión los bajos de su guitarra y canta con voz grave, monocorde y cada vez más crispada: "Chatterton suicidou / Kurt Cobain suicidou / Vince Van Gogh suicidou / Nietzsche enloqueceu / E eu, ¡puta pariu!, nao vou nada bem". Mi joven amigo, que parece un calco del Lukas de Rep en vestimenta, personalidad y gustos musicales, dice: "Es la única canción brasilera que me banco". Y agrega: "¿Vos sabés quién es Chattertón?" (así lo pronuncia: con acento en la o, como Seu Jorge en la canción). Y señala la imagen bajada de Internet que tiene pegada en la pared, entre fotos de Luca, Hendrix, Kurt Cobain, Sid Vicious, Janis Joplin, Ian Curtis y Jim Morrison. "Era un groso este chabón", dictamina. "Es el rey de los suicidas."
Cierto: Thomas Chatterton es uno de los cadáveres más famosos de la historia, aunque nació en la clase equivocada y nunca logró salir de ella, aunque vivió apenas diecisiete años y comió mierda desde que llegó hasta que abandonó este mundo. Su madre cuidaba una iglesia en Bristol, su padre había muerto antes de que él naciera. Lo mandaron a la escuela para pobres de Bristol, de donde egresó con escaso futuro a los catorce años y empezó a trabajar para un copista de la ciudad, que no le pagaba ni una moneda: sólo le daba alojamiento, comida y ropa vieja, como a sus otros criados. En esas ásperas condiciones, el joven se las arregló para inventar un inexistente monje medieval llamado Thomas Rowley, a quien le adjudicó una serie de poemas, que redactó él mismo, en estilo y caligrafía impecablemente góticos, sobre unos pergaminos que su abuelo había encontrado accidentalmente en los sótanos de la iglesia que cuidaba. Gracias a ellos, el impetuoso Chatterton pudo dejar Bristol y llegar a Londres dispuesto a conquistar la ciudad con su pluma. Seis meses después su casera lo encontró muerto en el altillo que alquilaba.
El cadáver seguía tibio cuando empezó a tejerse la leyenda. Mientras la población masculina reunida en la taberna adjudicaba el suicidio a la evidente insanía del muerto (cosa que permitía explicar todas las excentricidades de Chatterton, desde "sus amenazas de hacerse mahometano" hasta sus falsificaciones medievales, su bizarro gusto para vestir e incluso su vegetarianismo), las chicas del burdel de abajo aseguraron que el muchacho había muerto de hambre porque el panadero de la cuadra le había negado "una hogaza a crédito". La madama afirmó que lo había oído sollozar toda la noche, mientras sus pasos iban y venían de un extremo al otro de la habitación. Una vecina que logró colarse junto al policía que forzó la puerta dijo que el cadáver yacía a medias caído de la cama, con expresión angelical y rodeado de papeles rotos, "no mayores que una moneda de seis peniques". Y el boticario confesó compungido que la tarde anterior le había vendido al muchacho un poco de arsénico y láudano. En los días siguientes, no sólo las pupilas del burdel, sino ya todas las muchachas de la zona hablaban de la fulminante belleza, el carácter indómito y las proezas amatorias del finado. "En el fondo de sus extraordinarios ojos grises había un incendio", escribió Horace Walpole, que en vida de Chatterton lo había despreciado olímpicamente. Y Coleridge, aun sabiendo que aquellos poemas medievales habían sido meras imitaciones, afirmó que estaban escritos "en el inglés más puro que haya existido jamás".
Chatterton es el primer caso de un poeta en el que importan menos sus versos que su vida, y su muerte. A partir de él se acuñaron las palabras "bardolatría" y "literaturicidio". Menos de un año después de su muerte, Alfred de Vigny estrenó en París su obra de teatro sobre Chatterton y Goethe publicó Las tribulaciones del joven Werther y comenzó una verdadera epidemia de suicidios de jóvenes en toda Europa. Chatterton era el patrón por el cual medían su desesperación. Juventud, poesía y alienación se hicieron sinónimos. Keats, Shelley y Byron lo idolatraron. Baudelaire, Nerval y Rimbaud harían lo mismo en Francia, como Von Kleist y Holderlin en Alemania. En palabras de Balzac, la disyuntiva era "matar la pasión y llegar a viejos o abrazar el martirio de la pasión y morir jóvenes". El suicidio se convirtió en el supremo gesto de desprecio hacia el insípido mundo burgués. El cuadro La muerte de Chatterton, del prerrafaelita Henry Wallis, se convirtió en una auténtica estampita devocional. Y la única razón que impidió que la tumba del poeta se convirtiera en objeto de veneración fue que lo enterraron en la fosa común.
Curiosamente, si Chatterton hubiera seguido escribiendo se habría convertido casi con seguridad en su propia antítesis: de hecho, al llegar a Londres ya había dejado atrás su escritura "gótica" y virado hacia el estilo de moda por entonces en la metrópoli, la sátira en verso. Con esa paradoja en mente, un bisoño egresado de la Universidad de Bristol llamado Nick Groom se sumergió hace diez años en la iconografía chattertoniana y emergió hace muy poco con un veredicto hasta para él mismo decepcionante: Chatterton no se suicidó. El informe del forense admite la presencia de arsénico y láudano en el cuerpo, pero aplicados para curar una gonorrea que tenía el muerto. Aparentemente Chatterton habría incurrido en una sobredosis accidental. No sólo en su nutrida correspondencia londinense sino en los papeles que quedaron en su habitación y fueron enviados a su familia hay el menor signo de depresión suicida. Al contrario, Chatterton cuenta en ellas que estaba ganando buen dinero, fruto de las treinta piezas que logró colocar en siete periódicos de Londres antes de llegar y otras veinticuatro que entregó en los meses previos a su muerte, además de vender un drama musical en cinco guineas (cuando una libra alcanzaba para alimentar a una familia entera durante una semana) y aceptar una jugosa comisión para escribir un libro por encargo.
En cuanto a la lluvia de papeles rotos que había en torno del cadáver, no se debió a que Chatterton destruyera toda su producción literaria antes de morir, como decía el mito, sino que era práctica habitual suya romper en pedazos bien pequeños todo lo que escribía y no le gustaba (para que nadie pudiera robarle los versos que él descartaba por malos). Groom cuenta además que Chatterton no se hubiera privado bajo ningún aspecto de dejar una nota en caso de suicidio ya que, en sus tiempos en casa del copista en Bristol, dos veces habían hallado notas suicidas de su puño y letra en lugares bien visibles de la casa (de hecho ésa fue la razón por la que terminaron despidiéndolo y se marchó a Londres). En su gran libro sobre suicidas, Al Alvarez comenta una de ellas: dice que nunca leyó una nota de suicidio en la que su autor pareciera estar pasándola tan bien como para preferir seguir escribiendo en lugar de suicidarse.
No sé a ustedes pero, a mí, este Chatterton me cae mucho más simpático que el del mórbido cuadro de Mills que ilustra esta página y acompaña a Luca, Hendrix y compañía en la pared de mi amigo Lukas.

26 de junio de 2009
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