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el almirante y el cardenal


Tras sufrir un derrame cerebral, la justicia suspendió juicio por robo de bebés y saqueo de los bienes de detenidos asesinados.
[Horacio Verbitsky] Por una ironía de la historia, ayer se murió el ex almirante Emilio Massera y debutó ante un tribunal el cardenal Jorge Bergoglio. Así volvieron a cruzarse la rama naval de la dictadura y la Iglesia Católica, en la ciudad de Buenos Aires, donde Massera montó su aparato de torturas y exterminio y en la que Bergoglio encabeza la principal diócesis del país. Uno y otro recibieron de la justicia argentina un trato reverente.
Massera fue detenido por primera vez en plena dictadura, cuando el esposo de su amante no volvió de un paseo en el yate oficial del Comandante en Jefe de la Armada. A ese procesamiento se sumó el segundo en 1985, junto con Jorge Videla y Ramón Agosti. Por última vez de uniforme, se quejó ante la Cámara Federal de la veleidosa sociedad que le daba la espalda luego de haberlo consentido. Durante años rumió su mayor rencor contra los grandes empresarios, cuyos privilegios tuvo la ingenuidad de creer que compartiría para siempre. Indultado por Menem, recorrió canales de televisión prestando un servicio a la sociedad que muchos no valoraron en aquel momento. Su gesto tenso, la repetición de consignas vacías, el despecho y la amenaza en cada palabra, sirvieron para que los más jóvenes aprendieran de primera mano el horror. El señor de la ESMA volvió a caer en 1998, horas después que Pinochet en Londres, por robo de bebés y saqueo de los bienes de sus víctimas. Pero el proceso se suspendió porque en 2002 sufrió un derrame cerebral. La justicia de Roma, donde debía responder por la desaparición de personas de nacionalidad italiana, envió a la Argentina un perito médico. Su dictamen, en febrero de 2009, fue que fingía y que estaba en condiciones de enfrentar el proceso. Al mes siguiente se le realizó un nuevo peritaje argentino. El dictamen ratificó que Massera carecía de la posibilidad de comprender las resoluciones judiciales. Así lo certificaron incluso los peritos designados por las víctimas. Desde entonces, nadie volvió a molestar a uno de los tres jefes de la primera dictadura militar, quien vivió en su casa, con su familia, hasta su internación final. Murió de viejo, a los 85 años. Esa es la diferencia entre el terrorismo de Estado y el estado de derecho, en el que hasta el peor asesino goza de las garantías que en el apogeo de su poder negó a sus víctimas.
Bergoglio tuvo el privilegio de eludir la declaración pública en el tribunal que juzga los crímenes de la dictadura. En cambio los jueces aceptaron visitarlo en su arquidiócesis. Reconoció que en 1999 habló conmigo sobre el secuestro de sus entonces subordinados en la Compañía de Jesús, Orlando Yorio y Francisco Jalics. Pero dijo que nunca oyó hablar de la isla ‘El Silencio’, en el Tigre, propiedad del Arzobispado porteño, a la que fueron trasladados los prisioneros de la ESMA en 1979 para que no los encontrara la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Eso no es cierto, ya que en aquella entrevista Bergoglio me dio los datos precisos sobre el expediente sucesorio del solterón empleado de la Curia que figuraba como dueño de la propiedad. El papel manuscrito que me entregó se reproduce en esta página.
También negó haberse entrevistado en el Colegio Máximo con el obispo de Morón, Miguel Raspanti. Esto contradice el testimonio de la catequista de Morón Marina Rubino, quien estudiaba teología en el Máximo. Un mediodía, al salir de sus cursos, encontró allí a Raspanti. Marina sabía que sus profesores Jalics y Yorio y un tercer jesuita que trabajaba con ella en el colegio de Castelar, Luis Dourron, habían pedido pasar a la diócesis de Morón. Le dijo que los tres eran intachables, que no dudara en recibirlos. Raspanti le aclaró que la situación era más complicada. No podía recibirlos en la diócesis por "las malas referencias que Bergoglio le había mandado". Estaba muy angustiado "porque en ese momento Orlando y Francisco no dependían de ninguna autoridad eclesiástica y, me dijo:

–No puedo dejar a dos sacerdotes en esa situación ni puedo recibirlos con el informe que me mandó. Vengo a pedirle que simplemente los autorice y que retire ese informe que decía cosas muy graves".

Bergoglio dijo a los jueces que cuando los curas fueron secuestrados mantuvo un diálogo duro con Massera, a quien visitó para salvarlos. También le preguntaron por su visita a la Cancillería al pedir un trámite especial para la renovación del pasaporte de Jalics, una vez que quedó en libertad. Contestó que le había dicho al funcionario que lo atendió que Jalics estuvo detenido junto con Yorio, que ambos fueron acusados de guerrilleros pero que "no tenían nada que ver". No es eso lo que dicen los documentos del archivo de Culto. Según el funcionario Anselmo Orcoyen, Bergoglio le dijo que Jalics tuvo "actividad disolvente en Congregaciones religiosas femeninas (Conflictos de obediencia)". Fue "detenido en la Escuela de Mecánica de la Armada 24/5/76 XI/76 (seis meses) acusado con el padre Yorio. Sospechoso contacto guerrilleros. Vivían en pequeña comunidad que el superior Jesuita disolvió en febrero de 1976 y se negaron a obedecer solicitando la salida de la Compañía el 19/3. Ningún Obispo del Gran Buenos Aires lo quiso recibir". Orcoyen añade que Bergoglio le comunicó esos hechos "con especial recomendación de que no se hiciera lugar a lo que solicita".
Cuando en la megacausa ESMA se trate el secuestro de Yorio y Jalics, es probable que estos hechos vuelvan a ventilarse, pero en otros términos, y que Bergoglio no pueda acogerse a los privilegios que el Código Procesal Penal concede por su jerarquía a algunos testigos, pero no a los imputados. Tal vez entonces envidie las brumas mentales que aliviaron el final de Massera.
9 de noviembre de 2010
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el jefe más maquiavélico


"Lo que determinó el inicio de su decadencia fue su temeridad al confrontar con poderes demasiado grandes, a los que no podía vencer a largo plazo".
[Claudio Uriarte] Argentina. Fue de lejos el jefe más maquiavélico, torcido, barroco, dúplice, oportunista y complejo que tuvo el engendro de siete años de duración que se llamó a sí mismo Proceso de Reorganización Nacional. También fue de lejos el más ambicioso, y el más inescrupuloso a la hora de tratar de concretar su deseo: conquistar el poder absoluto. Porque el ex almirante Emilio Eduardo Massera quiso para sí mismo mucho más que el rol de represor y estafador por el que hoy se lo recuerda de modo excluyente. Fue el más político de los jefes militares de entonces; la represión y la sangre no eran para él más que escalones para lograr sus ambiciones de máxima, en que se imaginaba nada menos que como un nuevo Perón.
Eso lo define como un marino atípico. Desde el apoyo del almirante Domecq García a las bandas rompehuelgas de la Liga Patriótica de la primera parte del siglo hasta el rol del almirante Rojas como jefe del ala dura de la Revolución Libertadora de 1955, desde la temprana convocatoria antiperonista del almirante Vernengo Lima en los días críticos del "gobierno a la Corte" en 1945 hasta el bombardeo aeronaval de la Plaza de Mayo en 1955 y los fusilamientos ilegales de guerrilleros en la Base Naval Almirante Zar en 1972, la Marina de Guerra argentina siempre había encarnado una sola, ininterrumpida línea de conducta como el arma más consistentemente reaccionaria, y de imaginario más aristocratizante, de las que surcaron el proceso político argentino. Pero Massera, un ambicioso oficial de inteligencia cuyo rol más importante en el legajo de servicios había sido la jefatura del Servicio de Informaciones Navales, vio en 1972 la oportunidad y la aprovechó sin asco: el país giraba a la izquierda, la vuelta de Perón era imparable y en estas condiciones era posible que un joven contraalmirante saltara dos promociones y descabezara a las reliquias sobrevivientes del gorilismo para postularse como el jefe naval con que el peronismo podía tratar y hacer negocios. "Masserita: usted se equivocó de tren –le dijo una vez Perón–: en vez de ir a Campo de Mayo se metió en el de Río Santiago."
Efectivamente, se parecía mucho más a un militar que a un marino, por lo menos en el campo de las ambiciones políticas. Pero la pertenencia a la Marina, que por naturaleza es un arma aislada del contexto general, en barcos lejanos o en abstractos ejercicios de Estado Mayor, y que además nunca representó más de un tercio de la cantidad de hombres del Ejército, era una limitación efectiva. Massera resolvió superarla ganando implantación territorial. Y, en tiempos de la dictadura, eso significaba multiplicar todo el tiempo el papel de la Armada en la represión ilegal. Por eso fue posible el enorme rol de la ESMA –en cuyas primeras operaciones participó en persona– dentro de las operaciones represivas; por eso Massera pudo concretar una decisión aparentemente absurda como la de abrir un Liceo Naval en una provincia mediterránea como Córdoba.
Durante el tercer gobierno peronista, Massera había convertido a la Marina en el arma más sólidamente identificada con el poder político. Muerto Perón, se consagró a seducir platónicamente a su viuda, a la que halagaba con ramos de flores, cajas de bombones y reverencias. Cuando el gobierno de Isabel empezó a tambalearse, hizo de la Armada la fuerza más cerradamente defensora de su derrocamiento. El golpe del 24 de marzo no fue planeado en el Edificio Libertador, del Ejército, sino en el más discreto Edificio Libertad, de la Marina, donde desde octubre de 1975 habían empezado a multiplicarse unos misteriosos cartelitos con la inscripción "Area restringida". Todo esto tenía el objeto de negociar de antemano un papel inéditamente protagónico para su fuerza dentro del Proceso que se venía. Lo logró a un grado antes inimaginable, logrando establecer el principio de la subdivisión del poder del Estado en un 33 por ciento para cada una de las tres armas. Ministerios, embajadas, radios y televisiones fueron repartidos de acuerdo a este principio de poder feudalizado. Eso favorecía las competencias y las intrigas internas. Y Massera era un intrigante de primera línea.
Desarrolló una maniobra increíble. Para dentro de las Fuerzas Armadas, era el portavoz de la línea dura; para fuera, era el almirante culto y aperturista de los discursos de estilo literario que decía que "nadie muere por el Producto Bruto Interno", se oponía a la política económica neoliberal de José Alfredo Martínez de Hoz y desplegaba una incesante actividad internacional con epicentros en el Vaticano y la logia Propaganda 2 de Licio Gelli. Pero lo más llamativo es lo que trató de hacer en sus cárceles. En un momento, Massera logró tener en una discreta prisión domiciliaria naval a Isabel Perón, a los peronistas de "centro" como Lorenzo Miguel y Carlos Saúl Menem en el buque 33 Orientales y a los Montoneros, a los que quería recuperar, en la ESMA, como una parodia carcelaria del Movimiento Nacional Justicialista. Y si para dentro de la Junta representaba a la línea dura, de modo de favorecer la quiebra del Ejército entre los comandantes de cuerpo y Jorge Rafael Videla, para afuera buscaba negociar con los Montoneros las reglas de la posguerra.
Paradójicamente, lo que determinó el inicio de su decadencia fue su temeridad al confrontar con poderes demasiado grandes, a los que no podía vencer a largo plazo. Uno de ellos fue el Establishment. Massera fue responsable sucesivamente de las desapariciones del empresario textil radical y embajador procesista en Venezuela Héctor Hidalgo Solá, de la diplomática argentina Elena Holmberg Lanusse –que empezaba a denunciar sus contactos extranjeros con los Montoneros, incluyendo una presunta entrevista en París con Mario Eduardo Firmenich– y del empresario Fernando Branca, con quien había tenido negocios turbios y de cuya esposa, Martha Rodríguez MacCormack, él era amante. Algunos miembros del equipo económico de Martínez de Hoz, como el ex secretario de Hacienda Juan Alemann, nunca dejaron de sospechar que Massera había estado detrás de una misteriosa ola de atentados dinamiteros realizados contra ellos en 1979, como tampoco dejó de estarlo nunca el radical Ricardo Yofre, subsecretario general de la Presidencia de Videla, ante una bomba en el palier de su casa. Dentro de este revoltijo sangriento se mezclaban promiscuamente móviles políticos, sexuales y de negocios, lo que convirtió a Massera en un personaje muy peligroso a los ojos de muchos de los que reinan pero no gobiernan. E incluso para sus propios camaradas. Un vicealmirante de su Gabinete de Asuntos Especiales me comentó años después: "Que matara por política vaya y pase, pero hacerlo por una cuestión de faldas...". Quizá sea innecesario recordar que Massera, "El Negro", era también el Don Juan número uno de la dictadura, disfrutando que el mundo comentara sus romances con modelitos como Graciela Alfano y escritoras como Marta Lynch.
Otro de los dioses desafiados fue el Ejército. Aunque Massera tenía muy buenas relaciones con Guillermo Suárez Mason y otros generales exponentes de la línea dura, desde el desbarranque militar tras la aventura de Malvinas en 1982 el grueso del Ejército empezó a resentir sus intrigas y conspiraciones y decidió acabar políticamente con él. La primera vez que Massera estuvo preso no fue en democracia, sino en los últimos tiempos de la dictadura militar, por orden del juez procesista Oscar Salvi, por la causa de la desaparición de Fernando Branca y, de acuerdo a algunas fuentes, por instigación del Batallón de Inteligencia 601.
Pero el núcleo de su fracaso político radicó en que el cumplimiento de su proyecto dependía de demasiados condicionantes que se cancelaban mutuamente. Dependía de que la dictadura se mantuviera, pero no tanto como para que él quedara en los márgenes de su historia; que hubiera cierta apertura política, pero de modo que sólo pudieran emerger él y su raquítico Partido de la Democracia Social; tras pasar a retiro en 1978 empezó a hablar crecientemente como un político de la oposición, pero dependía al mismo tiempo de los recursos de una Marina que seguía siendo parte de la Junta. La tarea de ser al mismo tiempo la encarnación del Proceso y del Antiproceso fue excesiva, incluso para él. Y cuando la dictadura desapareció en desbande, ya no hubo modo que su "movimiento político" de laboratorio, relaciones públicas, diarios inventados, noche y niebla pudiera sobrevivir en la política de la vida real.
Por eso, incapaz de saciar su sed política, pasó sus últimos años rodeado de un pequeño grupito de amigos y colegas, cada vez más viejos y aislados, para reaparecer algunas veces en público y constituirse en el defensor político de todo lo actuado por la dictadura desde 1976, cuando antes había tratado de surgir como su crítico. Muchas veces amagó con la publicación de sus Memorias, y la mano de muchos escritores fantasma pasó sucesivamente por sus páginas, pero el libro nunca quedó en nada más que fárragos de materiales caóticos e incoherentes, como si algunas cosas se resistieran a ser escritas.
[El autor publicó ‘Almirante Cero. Biografía no autorizada de Emilio Eduardo Massera’. Uriarte murió en julio de 2007. Esta nota permanecía inédita hasta hoy.]
9 de noviembre de 2010
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sensación de alivio


"Que era fundamentalmente un asesino quedó claro cuando queriendo añadir a su figura un matiz de héroe de tragedia, terminó una ceremonia militar vivando a la muerte, remedando al fanático franquista que enfrentara de ese modo a don Miguel de Unamuno".
[Eduardo Jozami] Argentina. Me enteré de la noticia cuando estaba reunido con los coordinadores de nuestro Centro Cultural, en el mismo lugar en que el difunto erigió su obra más importante. Emilio Massera no quedará en la historia por su degradado proyecto político que desafiaba la inteligencia de los argentinos, tampoco por su forzada figura de centurión romano, forjada quizás en la lectura de Jean Larteguy, menos aún por su imagen de varón triunfante dispuesto siempre a exhibir nuevos trofeos. Massera será por siempre el creador del centro clandestino de la ESMA, el lugar emblemático del exterminio y la tortura, en el mismo predio en que hoy nos encuentra la noticia de su muerte.
La ex ESMA no perderá nunca esa connotación siniestra, porque en ese reconocimiento se funda precisamente nuestro trabajo de Memoria. Pero hoy es también un espacio de vida y de cultura. Centenares de jóvenes debatían hace pocos días en homenaje a Walter Benjamin, son muchos los visitantes que recorren muestras que, como la de Gustavo Germano, simbolizan la magnitud de la pérdida. A pocos metros, avanza la refacción del espacio de Abuelas, la Casa de la Identidad. Un poco más allá, el Espacio Cultural Nuestros Hijos desarrolla una variada e intensa actividad. Delegaciones de escolares visitan a diario el Centro de Detención. De a poco, el Espacio para la Memoria va tomando forma.
Para Massera, la ESMA debía servir para encumbrar dentro de la Junta Militar a la Marina, que ya no aceptaba el lugar subordinado que tuvo en anteriores golpes militares. En la competencia de las fuerzas por mostrar más éxitos en la represión ilegal, la Armada podía jactarse, gracias al trabajo tenaz del Tigre Acosta y sus sicarios, de los éxitos logrados. Pero el proyecto masserista exigía algo más que represión. Fundó un diario y un partido político. Hizo un guiño a la socialdemocracia, pero no se atrevió a usar ese nombre e invirtió los términos: democracia social. Planteó sus reparos con la política de Martínez de Hoz para facilitar el diálogo con sindicalistas y dirigentes peronistas. Pero la Marina soportaba mal esos arrestos populistas, lo prueba lo ocurrido con su diario: Convicción debía servir para acercar a algunos peronistas, pero tuvo que poner como director a un hombre de la Revolución Libertadora, el más reconocidamente antiperonista de los periodistas.
Creyó que su estampa varonil abonaría sus proyectos de liderazgo. Pero su figura gardeliana venía acompañada de las marcas de la muerte, como para que pocos se animaran a acercarse. Aunque nos duela reconocerlo tenía algo de argentino, de lo peor del machismo vernáculo. Pero lo que en cualquier compadrito de barrio parece más que nada un resabio costumbrista era, en el poderoso Almirante Cero, expresión consumada de prepotencia y desprecio por la mujer.
Se equivocó en toda la línea. Ignoró que nunca podría superar la subordinación impuesta por el Ejército, sobreestimó su propia influencia en un arma donde seguía siendo fuerte una tradición de antiperonismo aristocrático que se avenía mal con el proyecto masserista. Pero nada de esto hubiera sido definitivo si él, como los demás dirigentes golpistas, no se hubiera equivocado en lo más importante. Aunque sus propios errores –como el de Malvinas– aseguraron el desenlace, lo cierto es que terminó por ser inviable el proyecto concebido para iniciar una nueva era de la política argentina.
Se dice que en otros casos el crimen aparecía cubierto por una mística contrarrevolucionaria que adquiría forma de religión. En el supuesto más que dudoso de que realmente existieran estos austeros gladiadores, no fue uno de ellos Massera, que calculó pragmáticamente cada paso, llegando a liquidar a todo aquel que incomodara sus proyectos políticos, comerciales o amorosos. Que era fundamentalmente un asesino quedó claro cuando queriendo añadir a su figura un matiz de héroe de tragedia, terminó una ceremonia militar vivando a la muerte, remedando al fanático franquista que enfrentara de ese modo a don Miguel de Unamuno.
Quizás esta muerte provoque el examen de conciencia de quienes no fueron inmunes a su seducción, pero la mayoría de los argentinos no sentirá más que una sensación de alivio, la misma que se siente cada vez que un criminal deja la Tierra. Diez días atrás despedimos con dolor a un gran presidente argentino, no sólo porque era uno de los nuestros, sino porque advertíamos cuánto podía aún aportar a la obra inconclusa. La muerte de Emilio Massera, de quien se hizo acreedor como pocos al odio de los argentinos, nos parece tardía, demorada, como la de Videla y algunos otros que ya no significan nada en el país de hoy. Massera es un pasado que la sociedad ha condenado y que no habrá de volver. Así pensamos a diario, trabajando en este lugar que él cubrió de sangre treinta años atrás.
[El autor es director del Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti.]
9 de noviembre de 2010
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se lleva muchos secretos


Nora Cortiñas, Madre de Plaza de Mayo.
[Gabriel Morini] Argentina. "Massera no fue loco nunca, fue un genocida siempre", aseguró Nora Cortiñas, integrante de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, apenas enterada de la muerte del dictador. Lamentándose por la protección que recibió por parte de las Fuerzas Armadas, Cortiñas aseguró que el represor no deja tras de sí más que haber sido "un asesino y un cobarde". "Se lleva a la tumba muchos secretos", apuntó la integrante de Madres, en referencia a los archivos con el paradero de miles de desaparecidos y de la identidad de los bebés apropiados en la ESMA.

¿Cómo recibieron la noticia de la muerte de Massera?
La recibimos con sorpresa por tanto silencio que hubo hasta ahora alrededor de este dictador. Este personaje fue un genocida y vivió oculto y protegido. Hubo un operativo del silencio total, que les habrá costado mucho a quienes lo ocultaron. Buscó siempre evadir la Justicia haciéndose el loco. Ese no fue loco nunca, fue un genocida siempre. Las Madres nunca les hemos deseado la muerte a estos personajes, sino, por el contrario, hemos deseado que la Justicia cayera sobre ellos y fueran a la cárcel común, por todos los delitos de lesa humanidad que cometieron.

Fue uno de los principales responsables del terrorismo de Estado.
Fue uno de los dictadores que primero dieron el golpe y que luego comenzaron con la matanza. Todos conocemos la historia de la ESMA y el terror que se vivió allí. Toda la gente que pasó por esa situación terrible, en el marco del terrorismo de Estado. Massera tuvo una participación muy intensa en todos los operativos que se hicieron. Además, la ESMA fue el lugar donde más bebés se apropiaron y donde hicieron que miles de personas pasaron por las mazmorras. Un personaje con una gran responsabilidad, con crímenes horrendos, protegido por todos lados.

¿Por quién fue protegido?
Por las Fuerzas Armadas, especialmente por la Marina. Se hizo pasar por enfermo y por loco. Cuando se declaró la inconstitucionalidad de los indultos, él no se prestó a los juicios a los que era convocado. Fue muy protegido para llegar a esa situación, salvándose de tener que presentarse en los juicios en Italia, por ejemplo. Han venido los médicos de allá a constatar que estaba en condiciones. La Justicia italiana reconoció que podía afrontarlos, mientras que los médicos de acá decían que no estaba en condiciones psicológicas.

¿Qué deja tras de sí esta muerte?
Quedará uno menos. Es la muerte de un asesino y un cobarde, que no enfrentó a la Justicia. No deja ninguna gloria para la carrera que siguió. Deja la cobardía, lo sucio, lo siniestro. El no enfrentar un juicio muestra la catadura de persona que era. Dentro de la historia de los militares, sólo deja la imagen de la basura que fue. Además, muere y se lleva a la tumba muchos secretos. Ese archivo que las Madres pedimos todos los días para que se conozcan los expedientes que contienen el destino de nuestros hijos e hijas. Eso es lo que se lleva a la tumba. Las Madres nunca quisimos venganza, sino que buscamos verdad y justicia. Igual las seguiremos buscando y exigiendo. Seguiremos tratando de saber qué pasó, seguiremos esperando que algún día se abran las gavetas de los jueces para saber a quiénes les dieron los bebés en falsas adopciones. Este es el final que dejan estos que tuvieron que sentarse en el banquillo de los acusados. No tienen otra historia más que la de haber sido genocidas.
9 de noviembre de 2010
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uno de los más siniestros


Los organismos de derechos humanos ante la muerte de Massera.
Argentina. Los organismos de derechos humanos decidieron no difundir, al menos por ahora, comunicados oficiales respecto de la muerte del represor Emilio Massera, uno de los principales responsables de la maquinaria de terror montada por el Estado argentino durante la última dictadura militar. Página/12 se puso en contacto con referentes de las organizaciones que luchan para que se conozca la verdad y se haga justicia sobre aquellos años, y todos coincidieron en que "la muerte biológica no cambia que ya era una persona condenada y que murió sometido a un proceso por los crímenes más graves que se cometieron en la Argentina", como supo apreciar el director ejecutivo del Centro de Estudios Legales y Sociales (Cels), Gastón Chillier. También hay una opinión compartida sobre la necesidad de una mayor celeridad en los tiempos judiciales para evitar que mueran criminales sin condena. La titular de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, evitó explayarse porque "yo lo perseguí en vida".

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Gastón Chillier (director ejecutivo del CELS): "Por un lado, Massera murió como una figura paradigmática de lo que fue el terrorismo de Estado, condenado por la Justicia en el Juicio a las Juntas y procesado en varias causas luego de la reapertura de los juicios. Sin embargo, para la Justicia argentina era un incapaz, por lo que no murió en prisión. Pero esto no mejora la imagen de que se murió una de las figuras más siniestras de la dictadura argentina. Para el CELS, no hace más que reforzar el compromiso con que los juicios avancen y terminen rápido, y así esta etapa dé lugar a una nueva. La sociedad argentina ya no dudaba de quién era Massera, o sea que en definitiva la muerte biológica no cambia que ya era una persona condenada y que murió sometido a un proceso por los crímenes más graves que se cometieron en la Argentina. Su muerte debería ayudar a aumentar la responsabilidad de los funcionarios de la Justicia para que la edad biológica no cierre las causas antes de la sentencia judicial".

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Carlos Lordkipanidse (miembro de la Asociación de ex Detenidos Desaparecidos, parte del Colectivo Justicia Ya!): "Tengo un sentimiento de profunda decepción, en el sentido de que este tipo muere impune y llevándose a la tumba la verdad acerca de los cinco mil desaparecidos de la ESMA y de los chicos apropiados. Por otro lado, siento alivio de saber que hay un genocida menos en la faz de la Tierra. No creo que cambie la situación en los Tribunales, pero a mí, si algo me genera alguna clase de expectativa, es que los que hoy están enfrentando los juicios se den cuenta de que todo llega y que alguno, en un acto de sinceramiento, aporte el grano de justicia que estamos buscando desde hace 30 años, diciendo la verdad de lo ocurrido y permitiendo que la Justicia alcance a condenar a los responsables de este genocidio. También hay que notar que justo el mismo día que murió Massera se dio la declaración del cardenal Bergoglio en la causa ESMA y esto tiene que ver con la complicidad entre la Iglesia y la dictadura en la barbarie. Queda avanzar con lo que queda, que es la complicidad de los civiles".

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Adolfo Pérez Esquivel (titular del Serpaj, miembro del Encuentro Memoria, Verdad y Justicia): "Se sabía de la enfermedad de este hombre. Lamentablemente, la muerte le permitió eludir la Justicia. Pero creo que a pesar de su muerte, hay que expresar todo el daño que hizo al pueblo argentino a través de la represión. Cuando la Justicia se active, la mayoría ya va a haber muerto. Cuando la Justicia se demora tanto ya deja de ser justicia".

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Ulises Guede (miembro de HIJOS Zona Sur): "Nos pone contentos que haya muerto porque no va a joder más a nadie, pero el problema es que se murió y no en cana. Eso nos hace pensar que la Justicia es bastante lenta. Tenemos que ver cómo hacer para que la condena penal a estos genocidas les llegue en vida: no sólo el repudio y la condena social que habíamos logrado. Estaría bueno que estos tipos declaren, porque tienen mucho que decir, y con cada uno de estos que muere perdemos la oportunidad de enjuiciar a más cómplices. Y ojalá que no descanse nunca en paz".

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Rodolfo Yanzón (abogado de la Fundación Liga Argentina por los Derechos Humanos): "En primer lugar, hay que aclarar que murió condenado, a partir del fallo de la Corte Suprema que decidió declarar la nulidad del indulto. El interrogante que nos queda es si con esta muerte perdemos información sobre el paradero de las víctimas. Hay que hacer un llamado nuevamente a la Armada para que ponga a disposición de los jueces respectivos toda la información de la que dispone. También hay que resaltar que este señor quedó afuera de los juicios hace tiempo. Lo único que hizo la muerte fue resolver su situación, nosotros ya sabíamos que no íbamos a poder juzgarlo. Por eso no sentimos ni alegría ni pesar. Todos tenemos que reflexionar sobre la tardanza de la Justicia y sobre la triste realidad que nos permite recordar que en 1983 este señor llegó a ser candidato presidencial y que otros como él fueron gobernadores y legisladores, lo que nos lleva a pensar también en la complicidad de la clase política y de los medios de comunicación durante todo este tiempo".

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Hebe de Bonafini (titular de la Asociación Madres de Plaza de Mayo): "Yo lo perseguí en vida, ahora opinar no tiene sentido".

"Muere Impune"
La titular de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados, Victoria Donda, aseguró que el represor Emilio Massera "muere impune", al sostener que "el único lugar posible para un genocida es la cárcel". La legisladora de Libres del Sur (parte del interbloque Proyecto Sur) es hija de desaparecidos y nació en la ESMA, donde fue robada de brazos de su madre a los pocos días de haber nacido. "Para la memoria de este pueblo, Massera aparecerá siempre como un ser nefasto, alguien a quien la historia terminará condenando al sitio más oscuro", manifestó Donda, que también agregó que el hecho de que Massera muera impune "representa un profundo agravio a la democracia, a sus instituciones" y a todos los que piensan, como ella, "que el único lugar posible para un genocida es la cárcel". El ex almirante "fue el gran maestro en la ESMA, por lo tanto fue el máximo responsable de la maternidad clandestina que funcionó dentro del centro de tortura", recordó la diputada antes de pedirle al Poder Judicial que haga "el máximo esfuerzo para que la causa ESMA avance al mayor ritmo posible" porque "no puede morirse otro genocida impune".
9 de noviembre de 2010
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el amor vence


"Si alguien, hoy, le desea el Infierno, se equivoca. Si Massera va al Infierno lo van a recibir como a un héroe".
[José Pablo Feinmann] Argentina. Hizo pintar –en paredes de Mar del Plata, por ejemplo– leyendas de un cinismo memorable: "Ganar la paz", decía una. La otra era peor: "El amor vence". Galimberti, que lo conocía bien, decía: "Cuando Massera quiere hablar con alguien, lo secuestra". Desde la picana pensaba llegar al poder absoluto. Tenía pinta y sonrisa como para imaginarse un nuevo Perón. Era un megalómano delirante. Durante el Juicio a las Juntas, desafiante, dijo a la audiencia, a los jueces, a los periodistas, a todos: "A ustedes les queda la crónica, a mí la Historia". Tenía razón. Por desgracia, Massera pertenece a la historia de nuestro país, a su historia más profunda, a su lógica más perversa. Y más todavía. Pertenece, Massera, al gran Museo de Horrores de la Humanidad. Como el genocidio argentino, del que fue uno de sus más señalados protagonistas.
En ‘Los hundidos y los salvados’, Primo Levi marca a los asesinos de este país como imitadores de los criminales alemanes. Dice: "Sus imitadores en Argentina y Chile". Eso fueron Massera y todos los restantes capitostes de la masacre: imitadores de Himmler, de Goering, de Hess, de Eichmann. Tenía razón Massera esa tarde ante el tribunal que lo juzgaba: no tanto en el primer sentido de su afirmación ("A ustedes les queda la crónica"), pero sí en el segundo: "A mí la Historia". Sí, le queda la Historia. Ingresó, con pleno derecho, a la historias de las grandes masacres del siglo XX. Y del lado de los masacradores.
Pero hay algo más en el Almirante: a la masacre le añade la crueldad. La ESMA –de la que era jefe absoluto, amo y señor de la vida y de la muerte–- era un campo de concentración y exterminio. Pero, al ser un campo de recabamiento de información, era un campo de torturas. La tortura le fue más esencial a la ESMA que a Auschwitz. El detenido que ingresaba en Auschwitz, el que cruzaba ese portón en que había un cartel que decía "El trabajo os hará libres", iba, sin duda, a morir, tarde o temprano habría de morir, pero muchos no fueron torturados, porque Auschwitz no era un centro de acumulación de información. La información, su búsqueda, su urgente necesidad de posesión para atrapar a los otros, a los ligados al detenido antes de que pudieran escapar, era propia de la ESMA. La ESMA era, en primera instancia, un centro de búsqueda de información, es decir, un centro de torturas. Además, la tortura era parte de un esquema prefijado que se proponía quebrar al detenido. Y era tan terrible que muchos, luego de pasar por ella, preferían morir antes que volver. Fue, como Drácula, un empalador. Llenó de cadáveres el Río de la Plata. Gritó (junto a Videla y Agosti y todos los enfervorizados hinchas que desbordaban el estadio de River Plate) los goles de la Selección Argentina, los goles de Kempes, el matador. Con cada gol argentino, más poder para Massera. Más poder para que secuestrara, torturara, violara, prohibiera, le dijera al mundo que éste era el país de las maravillas y que, aquí, se vivía en medio de la alegría y el respeto por los derechos humanos.
Que ahora se muera no sirve para nada. Todos, alguna vez, nos vamos a morir. Massera ya hizo en nuestra historia todo el daño que podía hacer. Lo pidió un pueblo que quería orden y él le dio ese orden. Una de las primeras publicidades televisivas de la Junta decía: Orden, orden, orden, cuando hay orden el país se construye de arriba abajo. En esa búsqueda de orden, siempre exigida por los argentinos, hay que encontrar la explicación de la existencia de monstruos como Massera. Si alguien, hoy, le desea el Infierno, se equivoca. Si Massera va al Infierno lo van a recibir como a un héroe. Al cabo, él es uno de sus creadores. El creador de una de las figuras más perfectas del Infierno, la ESMA. ¿Podríamos entonces desearle el Cielo, ese lugar donde un Dios justo le señalaría sus culpas? Ocurre, sin embargo, que el Cielo y ese Dios justo no existen. ¿Cómo habrían de existir si existió Massera?
9 de noviembre de 2010
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el almirante que mostró la hilacha


"Ojalá exista el infierno para el almirante de la muerte, los negociados y la corrupción".
[Osvaldo Bayer] Argentina. Un personaje tan completo como el muerto no vamos a encontrar en toda la historia argentina. Completo en su total decadencia moral, crueldad, ambición fuera de toda medida. Almirante de la Marina de Guerra de la Nación. Massera, a secas.
Traicionó, como otros tantos uniformados en nuestra historia desde 1930, a su juramento pronunciado al recibirse de guardiamarina de ser fiel a la Constitución Nacional. Pero, claro, ante tantos otros ejemplos desde Uriburu, en ese ’30, ya casi sólo sería un delito argentino. No, lo feroz de su conducta se puede sintetizar en una sola palabra: la ESMA. Para qué más. Basta ver la celda mínima donde estuvieron tiradas en el piso durante seis meses las tres primeras Madres de Plaza de Mayo. Arrojadas luego desde un avión, vivas, al río. Almirante Massera, esa fue su máxima acción de guerra como almirante. Almirante argentino.
La ESMA: una fábrica del máximo horror a lo Massera. Sí, esa expresión va a quedar para siempre en la historia: Torturar a lo Massera, hacer desaparecer a lo Massera, robar niños a lo Massera.
Y su ambición, sus negocios, su afán de figuración, su ansia de poder: quería ser presidente, millonario, estanciero, empresario, propietario de todo lo que tenía a su alcance. Y llegó sólo a ser un infame y corrupto traidor a todo principio de ética, de humanismo, de grandeza. Eso sí, cuando entraba en una iglesia era el primero que se arrodillaba y santiguaba. Completo. ¿Dónde aprendió todo eso? ¿De sus padres, en la Escuela Naval, en los cursos de oficiales, en su conocido fervor católico?
Massera. Un vocablo que quedará para siempre entre los próceres de la picana eléctrica, invento argentino. Una galería interminable que empieza con el comisario Polo Lugones, el coronel Falcón, el teniente coronel Varela... y la lista sería interminable en esta historia argentina que comenzó con aquellos increíbles hombres de Mayo. Los nombro: Belgrano, Moreno, Castelli, Monteagudo. Y nace la pregunta desesperada: ¿qué nos pasó a los argentinos? Desde aquel Mayo a ese marzo del ’76 en que iba a empezar la marcha hacia la desaparición del respeto a la vida. Comienza la "desaparición" llamada ya la "muerte argentina" en los diccionarios de ideas afines. Para siempre. Videla, Massera, Agosti, Viola, Galtieri, y cien, mil más, todos los que obedecieron, y sus civiles: Martínez de Hoz y los ministros que juraron por "Dios y por la Patria" y sus embajadores y sus soplones y rufianes.
¿Qué más podemos escribir de este ser que acaba de morir: de sus negociados, sus veleidades, sus calenturas, su sonrisa siempre cínica? ¿Para qué? Si basta con nombrar lo que ya nombramos: la ESMA. Está todo dicho. El templo de la infamia más perversa de la historia humana. Un sinónimo de Auschwitz. Los argentinos, sí, tenemos nuestro Auschwitz. Y nuestro Himmler. Uno, silencioso, de mirada con el dejo de desprecio a la vida; el nuestro, ruidoso, de carcajada sonora, de darte el golpecito amigo en la espalda, del abrazo. Aquel, sombrío como un cuervo sin sotana; el nuestro siempre sonriente, amistoso, un galán con espada al cinto y gorra cargada de perversidades.
Sí, ya sé, me van a decir que me están faltando los adjetivos. No, me sobra el dolor, pensando en los últimos minutos de Rodolfo Walsh en la ESMA, y en todos los Rodolfo Walsh y las Azucena Villaflor que cayeron en las manos de ese verdugo sucio y voraz.
Permítaseme este escrito donde trato de hacer un resumen de los sentimientos que me provoca esa figura y la de todos los serviles que le hicieron la venia y le dijeron: "Ordene, mi almirante".
Nos quedará para siempre el dolor. Rodolfo, Azucena. En nombre de los miles.
Ojalá exista el infierno para el almirante de la muerte, los negociados y la corrupción.
Lo merece. Allí con Roca, Falcón, el Polo... y tantos otros. Una galería argentina. En contraposición con la otra galería argentina. La de los Héroes del Pueblo, los Hijos del Pueblo, como les cantaba la gente humilde de principios del siglo pasado a quienes daban todo por una vida mejor. Los que creían en un mundo de la mano abierta contra los que siempre propiciaron la ESMA.
9 de noviembre de 2010
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el mengele de la última dictadura


Murió el Mengele de la última dictadura. Massera fue una máquina de matar dentro de otra máquina de matar. Los resultados del régimen tiránico que gobernó entre 1976 y 1983 también le pertenecen: fragmentación social, destrucción productiva y masacre. Pero Massera, además, quiso trascender. Aquí se cuenta cómo.
[Martín Granovsky] Argentina. Dijo que solo estaba seguro de una cosa: "De que cuando la crónica se vaya desvaneciendo porque la historia se vaya haciendo más nítida, mis hijos y mis nietos pronunciarán con orgullo el apellido que les he dejado". Así quiso defenderse hace 25 años Emilio Eduardo Massera en el Juicio a las Juntas. Terminó condenado a cadena perpetua y destituido por homicidio agravado, privación ilegítima de la libertad, tormentos y robos. Nacido en Entre Ríos hace 85 años, el ex almirante murió ayer en Buenos Aires mientras aún era procesado por nuevos cargos. La historia, contra lo que quería, fue haciéndose más nítida.
El indulto de Carlos Saúl Menem lo dejó sin la perpetua en 1990. Recobró la libertad y volvió a quedar privado de ella cuando en 1998 fue procesado por robo de bebés. Las leyes de Punto Final y Obediencia Debida impulsadas por Raúl Alfonsín –el mismo presidente que terminó en la Argentina con el ciclo de amnistías al anular la autoamnistía militar y pedir el procesamiento de las juntas– no beneficiaron a los ex comandantes pero sí a los jefes intermedios como Jorge Acosta, Alfredo Astiz, Juan Carlos Rolón, Jorge Perrén y Antonio Pernías.
Massera podría haber muerto ayer sin condena alguna, pero el 31 de agosto último la Corte Suprema de Justicia confirmó sentencias de tribunales inferiores que habían fallado sobre la inconstitucionalidad del perdón de Menem. Si el indulto no se ajustaba a la Constitución, entonces quedaba en pie la condena original del 9 de diciembre de 1985.
Dijo la Corte que según el Derecho Internacional debe computarse "la obligación del Estado Argentino no sólo de investigar sino también de castigar los delitos aberrantes, deber que no podía estar sujeto a excepciones". El indulto a procesados no se ajusta a Derecho porque quitaría el deber internacional de investigar. En cuanto al indulto a condenados, como el caso de Massera, según la Corte implicaría escapar de la obligación de castigar cuando los órganos judiciales de un Estado hallaron las pruebas suficientes como para fallar.

La Máquina de Matar
Impetuoso, seductor, mujeriego, capaz de imaginar alianzas con el socialismo europeo o de buscar la cooptación de dirigentes montoneros, Massera fue una máquina de matar y hacer política dentro de otra máquina de matar y hacer política como fue el Proceso de Reorganización Nacional que tomó el poder el 24 de marzo de 1976.
Los estudiosos no se ponen de acuerdo sobre si la máquina mayor, la del Proceso, se propuso intencionalmente los resultados que alcanzó: masacre, fragmentación social, desindustrialización y perjuicio para la agricultura, financierización, caída de la participación de los trabajadores en la renta nacional y de su poder de negociación en la puja por la distribución de esa renta.
En un estudio escrito en caliente, en 1979, el economista Adolfo Canitrot habló de un gigantesco proceso de disciplinamiento social.
Más allá de las intenciones o de un plan escrito, la transformación social de la Argentina habla por sí misma.
¿Cuál es el fenómeno que representa Massera? Quizás que, en su caso, no hay dudas de que, en paralelo a la marcha de la dictadura, él sí era parte de un plan político explícito e intencional.
Tan burócrata de la muerte como Jorge Videla u Orlando Ramón Agosti, sus compañeros de la primera junta de la dictadura, el entonces Almirante Cero, como lo llamaban las patotas de la Escuela de Mecánica de la Armada y lo subrayó el periodista Claudio Uriarte, que tituló de ese modo la biografía de Massera, el entonces jefe de la Marina quiso añadir un valor extra. Procuró su proyección como dirigente político a partir de la dictadura y, además, en medio de ella.
Venía haciendo méritos para ello. Joven oficial antiperonista antes del golpe de 1955, veinte años después llegó a hacerse un interlocutor confiable de Isabel Martínez de Perón, presidenta por muerte de su marido Juan Domingo Perón el 1ª de julio de 1974. A esa altura ya había anudado el centro de su pertenencia en un circuito clave del poder a escala mundial: la organización fascista Propaganda Dos, que buscó infiltrarse en la masonería italiana, y terminó repudiada por ella, y consiguió el manejo de porciones importantes de decisión en el Vaticano, la Justicia italiana, los servicios de inteligencia y las finanzas negras. Los dos puntos de apoyo de Propaganda Dos fuera de Italia estaban en Brasil y en la Argentina.
Ayer a la tarde, recién enterado de la noticia, el sobreviviente de la ESMA Víctor Basterra repitió otra vez su increíble relato que prueba que nada de lo anterior es una fábula. Basterra, sometido a tormentos y trabajo esclavo en la ESMA, contó que fue forzado a realizar cuatro pasaportes falsos para Licio Gelli. Gelli era uno de los jefes de la P-Due. Condecorado por Perón en la Argentina a pedido del entonces canciller Alberto Vignes, en 1973, Gelli fue la garantía de continuidad para que estructuras de poder mafioso edificadas a fines del gobierno de Isabel pudieran seguir vigentes en el régimen que comenzó en 1976. Y el garante del garante se llamó, en la Argentina, Emilio Eduardo Massera.
Basterra contó ayer su dolor por el hecho de que Massera no muriera en prisión común y que hubiese muerto sin una sola condena por robo de bebés, entre otros cargos que aún afrontaba. También relató por qué en un momento de su esclavitud decidió juntar pruebas. "A mí ya me dejaban salir y yo sabía cómo violarles algunos encriptados, así que me fue llevando elementos valiosos", dijo. Contó Basterra que lo decidió porque en un momento sus compañeros le dijeron: "Estos tipos no se la van a llevar de arriba".
La ESMA fue uno de los tres grandes campos de concentración de la Argentina y el más grande controlado por la Armada. Los otros dos estaban bajo el mando directo del Ejército: La Perla en Córdoba y la sede de Institutos Militares en Campo de Mayo.
Las tres fuerzas construyeron sus formas propias de relación con sectores civiles, y tanto investigadores como militantes políticos y dirigentes de derechos humanos hablan cada vez más de "gobierno cívico-militar" para referirse al régimen que gobernó entre 1976 y 1983. La historia de ese régimen no se ajustaría a los hechos si el supuesto pintoresquismo de Massera y su personalidad opacaran la urdidumbre de poder que incluyó desde relaciones con grandes empresarios a dirigentes del peronismo, el radicalismo, el socialismo democrático y el comunismo, en este caso por decisión propia e impulso de la propia Unión Soviética.

El Proyecto
La peculiaridad de la construcción de Massera se apoyó en algunos rasgos específicos.
Intentó la edificación de un masserismo que, obviamente, lo contara como líder.
Igual que los demás comandantes, se acercó a dirigentes sindicales mientras el aparato represivo terminaba con los delegados de fábrica, los dirigentes intermedios y escarmentaba en la desaparición de Oscar Smith el primer desafío de los trabajadores a la dictadura. Pero en su caso no fue sólo un cálculo de contención de protestas obreras sino además el intento de una articulación para el futuro.
Buscó consolidar una fuerza propia, el Partido para la Democracia Social.
Como un Josef Mengele de la política, trató de erigir un laboratorio. Quería que mediante el terror, la negociación, la perversión y el aprovechamiento del humanísimo instinto de supervivencia fuese posible, primero, la absorción de conocimientos sobre qué pensaba la guerrilla montonera y, luego, la conversión de algunos de sus cuadros en cuadros propios. Sin embargo, no lo consiguió. Salvo dos o tres casos, los cautivos de la ESMA sometidos a servidumbre no se convirtieron en miembros de la inteligencia de la patota y, cuando cada uno vio llegado el momento, cada sobreviviente se transformó en un testimonio que contribuyó a que la sociedad conociera qué había ocurrido, quiénes habían sido los lugartenientes del Almirante Cero y cómo funcionaba por dentro la máquina de matar.
En la distribución militar de roles la Armada de Massera no obtuvo el ansiado Ministerio de Economía, que el Ejército se reservó hasta garantizar un tándem entre Videla y Martínez de Hoz. Massera consiguió, en cambio, entre otros resortes de poder, el control del Ministerio de Bienestar Social y la Cancillería. Asesinato del general Omar Actis mediante, Bienestar Social quedó articulado con el Ente Autárquico Mundial ’78, a cargo del almirante Alberto Lacoste. La Cancillería funcionó como una prolongación internacional de la ESMA.
Los marinos Oscar Montes y César Guzzetti estuvieron a cargo del Ministerio de Relaciones Exteriores cuando se desplegó el Operativo Cóndor, de colaboración entre las dictaduras de Sudamérica en materia de intercambio de información, de prisioneros y hasta de bebés robados. El número dos, el capitán de navío Gualter Allara, sería contraalmirante de Operaciones Anfibias en el desembarco que llevó a la guerra de Malvinas de 1982. Llegado a la Cancillería con la Revolución Libertadora de 1955, Federico Barttfeld fue el alfil de Massera entre un grupo de diplomáticos de carrera. Fallecido en 2009, Barttfeld pertenecía a la P-Due como Massera, Gelli y el entonces jefe de la represión en la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires, el general Carlos Guillermo Suárez Mason. Cuando el primer embajador de la Junta en Caracas, el radical balbinista Héctor Hidalgo Solá, fue llamado a Buenos Aires y asesinado, Barttfeld ocupó su lugar en Caracas. Allí funcionaba un Centro Piloto como el de París.
Aquella construcción que sumaba política más inteligencia militar es la que explica que vestigios de masserismo aparezcan en la política actual. Terminado el ciclo masserista en la Armada –donde, al revés de su colega de Ejército Roberto Bendini con el retrato de Videla, el almirante Jorge Godoy hizo descolgar el cuadro de Massera sin que Néstor Kirchner tuviera que ordenarle que procediera– cada tanto reaparecen muestras del poder de Massera en órganos del Estado democrático. Sucedió durante el menemismo nada menos que con la Dirección de Migraciones, dirigida por el capitán de navío retirado Aurelio Za Za Martínez. Con el Ministerio de Educación de Mauricio Macri, ocupado por el masserista Abel Parentini Posse. Y con la embajada en Venezuela, que ocupó por designación de Eduardo Duhalde, Carlos Ruckauf, Esteban Caselli y Martín Redrado el embajador de carrera Eduardo Sadous. Como joven diplomático Sadous había sido colaborador de Vignes y después, ya en dictadura, de Gelli cuando éste operaba en Italia desde la embajada argentina en Roma.
Otros cuadros del masserismo terminaron en negocios privados. Fue el caso de Jorge Radice, socio de Rodolfo Galimberti hasta que éste se murió, y el de Ricardo Cavallo, que desarrolló emprendimientos tecnológicos en México hasta que fue extraditado primero a España y finalmente a la Argentina.
Una parte de esos oficiales participó en otra parte del proyecto masserista (aunque, otra vez, no fue privativo de la Marina sino un método compartido por otras fuerzas y jefes) que fue el apoderamiento de bienes de secuestrados. Uno de los casos más resonantes fue Chacras de Coria, propiedad de Victorio Cerutti, obligado a vender sus bienes igual que su abogado, Conrado Gómez. Los dos fueron secuestrados en 1977. En lugar de desvanecerse, la historia cada vez es más nítida.
martin.granovsky@gmail.com
9 de noviembre de 2010
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