el almirante y el cardenal
Tras sufrir un derrame cerebral, la justicia suspendió juicio por robo de bebés y saqueo de los bienes de detenidos asesinados.
[Horacio Verbitsky] Por una ironía de la historia, ayer se murió el ex almirante Emilio Massera y debutó ante un tribunal el cardenal Jorge Bergoglio. Así volvieron a cruzarse la rama naval de la dictadura y la Iglesia Católica, en la ciudad de Buenos Aires, donde Massera montó su aparato de torturas y exterminio y en la que Bergoglio encabeza la principal diócesis del país. Uno y otro recibieron de la justicia argentina un trato reverente.
Massera fue detenido por primera vez en plena dictadura, cuando el esposo de su amante no volvió de un paseo en el yate oficial del Comandante en Jefe de la Armada. A ese procesamiento se sumó el segundo en 1985, junto con Jorge Videla y Ramón Agosti. Por última vez de uniforme, se quejó ante la Cámara Federal de la veleidosa sociedad que le daba la espalda luego de haberlo consentido. Durante años rumió su mayor rencor contra los grandes empresarios, cuyos privilegios tuvo la ingenuidad de creer que compartiría para siempre. Indultado por Menem, recorrió canales de televisión prestando un servicio a la sociedad que muchos no valoraron en aquel momento. Su gesto tenso, la repetición de consignas vacías, el despecho y la amenaza en cada palabra, sirvieron para que los más jóvenes aprendieran de primera mano el horror. El señor de la ESMA volvió a caer en 1998, horas después que Pinochet en Londres, por robo de bebés y saqueo de los bienes de sus víctimas. Pero el proceso se suspendió porque en 2002 sufrió un derrame cerebral. La justicia de Roma, donde debía responder por la desaparición de personas de nacionalidad italiana, envió a la Argentina un perito médico. Su dictamen, en febrero de 2009, fue que fingía y que estaba en condiciones de enfrentar el proceso. Al mes siguiente se le realizó un nuevo peritaje argentino. El dictamen ratificó que Massera carecía de la posibilidad de comprender las resoluciones judiciales. Así lo certificaron incluso los peritos designados por las víctimas. Desde entonces, nadie volvió a molestar a uno de los tres jefes de la primera dictadura militar, quien vivió en su casa, con su familia, hasta su internación final. Murió de viejo, a los 85 años. Esa es la diferencia entre el terrorismo de Estado y el estado de derecho, en el que hasta el peor asesino goza de las garantías que en el apogeo de su poder negó a sus víctimas.
Bergoglio tuvo el privilegio de eludir la declaración pública en el tribunal que juzga los crímenes de la dictadura. En cambio los jueces aceptaron visitarlo en su arquidiócesis. Reconoció que en 1999 habló conmigo sobre el secuestro de sus entonces subordinados en la Compañía de Jesús, Orlando Yorio y Francisco Jalics. Pero dijo que nunca oyó hablar de la isla ‘El Silencio’, en el Tigre, propiedad del Arzobispado porteño, a la que fueron trasladados los prisioneros de la ESMA en 1979 para que no los encontrara la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Eso no es cierto, ya que en aquella entrevista Bergoglio me dio los datos precisos sobre el expediente sucesorio del solterón empleado de la Curia que figuraba como dueño de la propiedad. El papel manuscrito que me entregó se reproduce en esta página.
También negó haberse entrevistado en el Colegio Máximo con el obispo de Morón, Miguel Raspanti. Esto contradice el testimonio de la catequista de Morón Marina Rubino, quien estudiaba teología en el Máximo. Un mediodía, al salir de sus cursos, encontró allí a Raspanti. Marina sabía que sus profesores Jalics y Yorio y un tercer jesuita que trabajaba con ella en el colegio de Castelar, Luis Dourron, habían pedido pasar a la diócesis de Morón. Le dijo que los tres eran intachables, que no dudara en recibirlos. Raspanti le aclaró que la situación era más complicada. No podía recibirlos en la diócesis por "las malas referencias que Bergoglio le había mandado". Estaba muy angustiado "porque en ese momento Orlando y Francisco no dependían de ninguna autoridad eclesiástica y, me dijo:
–No puedo dejar a dos sacerdotes en esa situación ni puedo recibirlos con el informe que me mandó. Vengo a pedirle que simplemente los autorice y que retire ese informe que decía cosas muy graves".
Bergoglio dijo a los jueces que cuando los curas fueron secuestrados mantuvo un diálogo duro con Massera, a quien visitó para salvarlos. También le preguntaron por su visita a la Cancillería al pedir un trámite especial para la renovación del pasaporte de Jalics, una vez que quedó en libertad. Contestó que le había dicho al funcionario que lo atendió que Jalics estuvo detenido junto con Yorio, que ambos fueron acusados de guerrilleros pero que "no tenían nada que ver". No es eso lo que dicen los documentos del archivo de Culto. Según el funcionario Anselmo Orcoyen, Bergoglio le dijo que Jalics tuvo "actividad disolvente en Congregaciones religiosas femeninas (Conflictos de obediencia)". Fue "detenido en la Escuela de Mecánica de la Armada 24/5/76 XI/76 (seis meses) acusado con el padre Yorio. Sospechoso contacto guerrilleros. Vivían en pequeña comunidad que el superior Jesuita disolvió en febrero de 1976 y se negaron a obedecer solicitando la salida de la Compañía el 19/3. Ningún Obispo del Gran Buenos Aires lo quiso recibir". Orcoyen añade que Bergoglio le comunicó esos hechos "con especial recomendación de que no se hiciera lugar a lo que solicita".
Cuando en la megacausa ESMA se trate el secuestro de Yorio y Jalics, es probable que estos hechos vuelvan a ventilarse, pero en otros términos, y que Bergoglio no pueda acogerse a los privilegios que el Código Procesal Penal concede por su jerarquía a algunos testigos, pero no a los imputados. Tal vez entonces envidie las brumas mentales que aliviaron el final de Massera.
9 de noviembre de 2010
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[Claudio Uriarte] Argentina. Fue de lejos el jefe más maquiavélico, torcido, barroco, dúplice, oportunista y complejo que tuvo el engendro de siete años de duración que se llamó a sí mismo Proceso de Reorganización Nacional. También fue de lejos el más ambicioso, y el más inescrupuloso a la hora de tratar de concretar su deseo: conquistar el poder absoluto. Porque el ex almirante Emilio Eduardo Massera quiso para sí mismo mucho más que el rol de represor y estafador por el que hoy se lo recuerda de modo excluyente. Fue el más político de los jefes militares de entonces; la represión y la sangre no eran para él más que escalones para lograr sus ambiciones de máxima, en que se imaginaba nada menos que como un nuevo Perón.
[Eduardo Jozami] Argentina. Me enteré de la noticia cuando estaba reunido con los coordinadores de nuestro Centro Cultural, en el mismo lugar en que el difunto erigió su obra más importante. Emilio Massera no quedará en la historia por su degradado proyecto político que desafiaba la inteligencia de los argentinos, tampoco por su forzada figura de centurión romano, forjada quizás en la lectura de Jean Larteguy, menos aún por su imagen de varón triunfante dispuesto siempre a exhibir nuevos trofeos. Massera será por siempre el creador del centro clandestino de la ESMA, el lugar emblemático del exterminio y la tortura, en el mismo predio en que hoy nos encuentra la noticia de su muerte.
[Gabriel Morini] Argentina. "Massera no fue loco nunca, fue un genocida siempre", aseguró Nora Cortiñas, integrante de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, apenas enterada de la muerte del dictador. Lamentándose por la protección que recibió por parte de las Fuerzas Armadas, Cortiñas aseguró que el represor no deja tras de sí más que haber sido "un asesino y un cobarde". "Se lleva a la tumba muchos secretos", apuntó la integrante de Madres, en referencia a los archivos con el paradero de miles de desaparecidos y de la identidad de los bebés apropiados en la ESMA.
Argentina. Los organismos de derechos humanos decidieron no difundir, al menos por ahora, comunicados oficiales respecto de la muerte del represor Emilio Massera, uno de los principales responsables de la maquinaria de terror montada por el Estado argentino durante la última dictadura militar. Página/12 se puso en contacto con referentes de las organizaciones que luchan para que se conozca la verdad y se haga justicia sobre aquellos años, y todos coincidieron en que "la muerte biológica no cambia que ya era una persona condenada y que murió sometido a un proceso por los crímenes más graves que se cometieron en la Argentina", como supo apreciar el director ejecutivo del Centro de Estudios Legales y Sociales (Cels), Gastón Chillier. También hay una opinión compartida sobre la necesidad de una mayor celeridad en los tiempos judiciales para evitar que mueran criminales sin condena. La titular de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, evitó explayarse porque "yo lo perseguí en vida".
[José Pablo Feinmann] Argentina. Hizo pintar –en paredes de Mar del Plata, por ejemplo– leyendas de un cinismo memorable: "Ganar la paz", decía una. La otra era peor: "El amor vence". Galimberti, que lo conocía bien, decía: "Cuando Massera quiere hablar con alguien, lo secuestra". Desde la picana pensaba llegar al poder absoluto. Tenía pinta y sonrisa como para imaginarse un nuevo Perón. Era un megalómano delirante. Durante el Juicio a las Juntas, desafiante, dijo a la audiencia, a los jueces, a los periodistas, a todos: "A ustedes les queda la crónica, a mí la Historia". Tenía razón. Por desgracia, Massera pertenece a la historia de nuestro país, a su historia más profunda, a su lógica más perversa. Y más todavía. Pertenece, Massera, al gran Museo de Horrores de la Humanidad. Como el genocidio argentino, del que fue uno de sus más señalados protagonistas.
[Osvaldo Bayer] Argentina. Un personaje tan completo como el muerto no vamos a encontrar en toda la historia argentina. Completo en su total decadencia moral, crueldad, ambición fuera de toda medida. Almirante de la Marina de Guerra de la Nación. Massera, a secas.
[Martín Granovsky] Argentina. Dijo que solo estaba seguro de una cosa: "De que cuando la crónica se vaya desvaneciendo porque la historia se vaya haciendo más nítida, mis hijos y mis nietos pronunciarán con orgullo el apellido que les he dejado". Así quiso defenderse hace 25 años Emilio Eduardo Massera en el Juicio a las Juntas. Terminó condenado a cadena perpetua y destituido por homicidio agravado, privación ilegítima de la libertad, tormentos y robos. Nacido en Entre Ríos hace 85 años, el ex almirante murió ayer en Buenos Aires mientras aún era procesado por nuevos cargos. La historia, contra lo que quería, fue haciéndose más nítida.