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opinión

el infierno es poco


El Negro no pudo.
[Mario Wainfeld] Hace varios años, el maestro Osvaldo Bayer escribió: "Roberto Arlt lo hubiera calificado como ‘un turrito’. (...) Pero la Historia siempre es mucho más justa y precisa en su devenir que esos calificativos: sin ninguna duda, Eduardo Emilio Massera pasará a ser en la galería de los argentinos el más grande de los asesinos de la vida de la República, hasta el presente". El cronista no puede ni pretende superar esa síntesis, apenas agregarle unas líneas.
Massera, comandante en Jefe de la Armada, fue el más ambicioso de los comandantes que gobernaron el país, el único que amasó un proyecto político propio. Leopoldo Fortunato Galtieri fue ovacionado en actos de masas, soñó con perpetuarse. Se despertó en pocas semanas, con la resaca a cuestas. Massera, aunque jamás convocó multitudes, había intentado mucho más. Como detalló el periodista Claudio Uriarte en su notable biografía del marino, se había propuesto una hazaña paradójica: proveniente del arma ancestralmente gorila, imaginó llegar a ser el sucesor de Juan Domingo Perón. Una parte de las perversiones de la ESMA tenía que ver con ese proyecto. También su oratoria, que incluía diatribas más o menos explícitas al "liberalismo" de José Alfredo Martínez de Hoz y recuperaba tópicos del desarrollismo.
Se reunía con dirigentes empresarios y algunos sindicalistas canallas, viajaba al exterior, articulaba con la Logia P-2, hablaba con políticos europeos que lo detestaban, por usar un eufemismo.
Creó el diario Convicción y hasta fundó el Partido de la Democracia Social. Los perros de la guerra eran cínicos y psicóticos aun cuando querían ser convocantes.
Jorge Rafael Videla divagaba sobre "la cría del Proceso", una inmarcesible fuerza que se haría mayoría democrática. Su proyecto era confuso, seguramente pensaba en los jóvenes que acudían al programa de Bernardo Neustadt y Mariano Grondona: gente linda, de universidades privadas, que predicaba la necesidad de hacer más y decir menos.
El Negro Massera, mimado por la farándula y la crema de la sociedad argentina, tenía objetivos más precisos. Se miraba al espejo y veía al nuevo Perón. Liderar la represión, ensangrentarse las manos, ganarse así el respeto de sus compañeros de armas formaba parte de la construcción de esa fantasía funambulesca. Tal era su delirio.

* * *
Con el tiempo se fue sabiendo. Los centuriones no luchaban sólo por purificar a la Patria. A menudo privatizaban el aparato terrorista estatal en beneficio propio. El Almirante fue pionero en eso de secuestrar empresarios, hacerse de sus bienes de fortuna: los inmuebles y los caballos de carrera fueron algunos de sus berretines.
También fue notoria la desaparición de Fernando Branca, el esposo de su amante Martha McCormack. El comandante mezclaba la vida pública con la privada, cuando lo público estatal tenía como vigas fundantes el crimen y el miedo.

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La política económica era la del establishment, que escribía la obra y la interpretaba. El plan sistemático de exterminio, tanto como la ocupación del Estado y el territorio nacional, requerían el concurso de las Fuerzas Armadas. La jerarquía de la Iglesia Católica bendecía. Las corporaciones dividieron tareas.
A los centuriones (por tener fierros y estructura) les cupo la conducción del Estado.
Ese tramado explica por qué se le permitía a Massera licencias tales como diferenciarse del credo de "Joe". Y aún brutales desbordes de violencia, mejicaneadas y crímenes que, amén de Branca, terminaron con la vida de algunos hombres y mujeres de las clases dominantes. Esos fueron, en rigor, los únicos "excesos" de la dictadura, producto de cierta forma tolerada (o soportada) de descontrol.
El "botín de guerra", en cambio, jamás fue un exceso, sino un incentivo.

* * *
Massera era, seguramente, un criminal, un sádico y un corrupto. Videla, un falso santurrón con una estructura familiar perversa. Roberto Viola, una perfecta nulidad que surgió como segundo presidente del Ejército, cerrándole el paso a Massera. Galtieri, un alcohólico con un par de jugadores menos. Un cronista que ahora dicta clases de democracia desde una tribuna de doctrina se cansó de elogiarlos a todos. El ascetismo de Videla, la verba de Massera, "los elocuentes silencios" de Viola. Mariano Grondona, años antes, se había arrobado con la parquedad de Juan Carlos Onganía. En verdad, esos elocuentes silencios sólo probaban que el represor Viola era un supino pelotudo.
Que personajes tan mediocres hayan conducido una etapa tan fundacional remite, sin duda, a la clásica "banalidad del mal" descripta por Hannah Arendt. En un contexto determinado cualquiera puede dirigir un campo de concentración o presidir un país que también lo es.
Pero, sobre todo, las limitaciones de las cúpulas militares corroboran un dato que se va haciendo sentido común. Las Fuerzas Armadas, desde su cúpula hasta los Grupos de Tareas, duraron y tuvieron poder porque eran engranajes de un régimen con cabezas más pensantes, intereses más precisos, cuadros con ideas menos embotadas.
Hubo internas, claro: empresarias y uniformadas. A veces se mestizaron, como sucedió en Papel Prensa: Videla era sponsoreado por sus actuales dueños, Massera pensaba en otro diseño.

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Quizá la última aparición pública recordable de Massera fue su arenga final en el Juicio a las Juntas. Vituperó a la veleidosa opinión pública. Auguró una reivindicación futura. Soñaba con un regreso personal. Se equivocaba, por partida doble.
El cronista cree percibir o intuye que con el tiempo, para las nuevas generaciones, las características personales de los genocidas se irán diluyendo. Devendrán arquetípicos, perderán individualidad, quedarán subsumidos en lo que hicieron: el terrorismo de Estado, la destrucción de las conquistas sociales, una regresión cultural feroz.
La democracia, la lucha por los derechos humanos, la superación de la memoria colectiva confinaron a los represores a un lugar ominoso. Fueron criminales, traicionaron a su Patria, la llevaron a la quiebra, perdieron vergonzosamente una guerra internacional. Después de demasiadas peripecias están siendo juzgados, con la ley en la mano, por tribunales comunes.

* * *
Además de una condena judicial, Massera tiene, claro, la de la sociedad, convalidada por la autocrítica de comandantes en Jefe de gobiernos democráticos. También es un logro colectivo que el señor de la ESMA falleciera sin que nadie haya ejercitado violencia contra él. Un ejemplo inmenso que se debe a las Madres, las Abuelas, los sobrevivientes y los familiares de las víctimas.
Hace años que yacía como un vegetal, sólo era noticia a través del humor negro de la revista Barcelona. Ayer, dejó de existir, por decirlo de algún modo. Bien muerto estás, turrito.
mwainfeld@pagina12.com.ar
9 de noviembre de 2010
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la verdad desnuda sobre irak


Los generales estadounidenses "no sólo están furiosos porque se haya roto el secreto o porque se haya derramado sangre, sino porque los han pescado diciendo las mentiras que siempre supimos que decían".
[Robert Fisk] Irak. Como de costumbre, los árabes sabían. Sabían todo de las torturas en masa, del promiscuo tiroteo de civiles, del escandaloso uso del poderío aéreo contra viviendas de familias, de los despiadados mercenarios estadounidenses y británicos, los cementerios de muertos inocentes. Todo Irak lo sabía. Porque ellos eran las víctimas.
Sólo nosotros podíamos fingir que no sabíamos. Sólo nosotros en Occidente podíamos rechazar cada acusación, cada afirmación contra los estadounidenses o británicos, poniendo a algún digno general –vienen a la mente el vocero militar estadounidense Mark Kimmitt y el terrible jefe del estado mayor conjunto Peter Pace– a rodearnos de mentiras. Si encontrábamos un hombre que había sido torturado nos decían que era propaganda terrorista; si descubríamos una casa llena de niños muertos en un bombardeo aéreo norteamericano también era propaganda terrorista, o "daño colateral", o una frase simple: "No tenemos información de eso".
Desde luego, siempre sabíamos que sí la tenían. Y el océano de memorandos militares que se reveló este sábado lo volvió a demostrar. Al Jazeera ha llegado a extremos para rastrear a las familias iraquíes cuyos hombres y mujeres fueron asesinados en retenes estadounidenses –yo he identificado a alguna porque la reporté en 2004, el vehículo acribillado, los dos periodistas muertos, hasta el nombre del capitán local estadounidense– y fue The Independent on Sunday el primero en alertar al mundo sobre las hordas de pistoleros indisciplinados que eran llevados a Bagdad para proteger a diplomáticos y generales. Estos mercenarios, que se abrieron paso asesinando en las ciudades de Irak, me insultaron cuando les dije que estaba escribiendo acerca de ellos, allá en 2003.
Siempre es tentador desentenderse de una historia diciendo que "no es nada nuevo". La idea de la "vieja historia" es usada por los gobiernos para enfriar el interés periodístico, pues sirve para cubrir la inactividad periodística. Y es cierto que los reporteros ya han visto antes algo de esto. La "evidencia" de la participación iraní en la fabricación de bombas en el sur de Irak fue filtrada por el Pentágono a Michael Gordon, del New York Times, en febrero de 2007. La materia prima, que ahora podemos leer, es mucho más dudosa que la versión generada por el Pentágono. Por todo Irak había material militar iraní de la guerra Irak-Irán de 1980-88, y la mayoría de los ataques contra los estadounidenses fueron llevados a cabo en esa etapa por insurgentes sunnitas. Por cierto, los informes que sugieren que Siria permitió el cruce de insurgentes por su territorio son correctos. He hablado con familias de los atacantes suicidas palestinos cuyos hijos llegaron a Irak desde Líbano a través de la villa libanesa de Majdal y luego por la ciudad norteña siria de Aleppo para atacar a los estadounidenses.
Pero, aunque escrita en escueto lenguaje militar, aquí está la evidencia de la vergüenza estadounidense. Es un material que puede ser usado por abogados en tribunales. Si 66.081 –me encantó ese "81"– es la cifra más alta disponible de civiles muertos, entonces la cifra real es infinitamente más alta, pues este registro sólo corresponde a los civiles de los cuales los estadounidenses tuvieron información. Algunos fueron llevados a la morgue de Bagdad en mi presencia, y fue el oficial a cargo quien me dijo que el Ministerio de Salud iraquí había prohibido a los médicos practicar autopsias de los civiles llevados por soldados estadounidenses. ¿Por qué se dio esta orden? ¿Tendría algo que ver con los 1300 reportes independientes norteamericanos sobre tortura en las estaciones policiales iraquíes?
Sin embargo, sospecho que esta masiva revelación de material de la guerra de Irak tiene serias implicaciones para periodistas y ejércitos por igual. ¿Qué caso tiene enviar equipos de reporteros a investigar crímenes de guerra y reunirse con gargantas profundas militares si de pronto casi medio millón de documentos secretos van a acabar flotando frente a uno en una pantalla?
Aún no hemos llegado al fondo de la historia de Wikileaks, y más bien sospecho que hay más de unos cuantos soldados estadounidenses implicados en esta última revelación. ¿Quién sabe si no llega hasta lo más alto? En sus investigaciones, por ejemplo, Al Jazeera encontró un extracto de una conferencia de prensa de rutina del Pentágono en noviembre de 2005. Peter Pace, el nada inspirador jefe del estado mayor conjunto, informa a los periodistas cómo deben reaccionar los soldados ante el tratamiento cruel de prisioneros, señalando con orgullo que el deber de un soldado estadounidense es intervenir si ve evidencia de tortura. Luego la cámara se mueve hacia la figura mucho más siniestra del secretario de Defensa Donald Rumsfeld, quien de pronto interrumpe casi en un murmullo, para gran consternación de Pace: "No creo que quiera usted decir que los soldados están obligados a detenerla físicamente. Su deber es reportarla".
Desde luego, la significación de este comentario –crípticamente sádico a su modo– se perdió en los diarios. Pero ahora el memorando secreto Frago 242 arroja mucho más luz sobre esa conferencia de prensa. Enviada presumiblemente por el general Ricardo Sánchez, la instrucción a los soldados es: "Supuesto que el reporte inicial confirme que las fuerzas estadounidenses no tuvieron que ver en el abuso contra detenidos, no se realizará mayor investigación, a menos que lo ordene el alto mando". Abu Ghraib ocurrió bajo la supervisión de Sánchez en Irak. Fue también Sánchez, por cierto, quien no pudo explicarme durante una conferencia de prensa por qué sus hombres dieron muerte a los hijos de Saddam Hussein en un tiroteo en Mosul, en vez de capturarlos.
El mensaje de Sánchez, según parece, debió haber tenido el visto bueno de Rumsfeld. Del mismo modo, el general David Petraeus –tan amado por los periodistas estadounidenses– fue presuntamente responsable del dramático incremento en los ataques aéreos en el curso de dos años: de 229 sobre Irak en 2006 a 1447 en 2007. Resulta interesante que los ataques aéreos de Estados Unidos en Afganistán se han elevado 172 por cierto desde que Petraeus asumió el mando militar allá.
Todo esto hace aún más asombroso que el Pentágono ahora se desgarre las vestiduras porque Wikileaks podría tener sangre en las manos. El Pentágono ha estado manchado de sangre desde que dejó caer una bomba atómica sobre Hiroshima en 1945, y para una institución que ordenó la invasión ilegal de Irak en 2003 –¿acaso la cifra de civiles muertos no fue allí de 66 mil, según sus propias cuentas, de unos 109 mil registrados?– resulta ridículo afirmar que Wikileaks es culpable de homicidio.
La verdad, por supuesto, es que si este vasto tesoro de informes secretos hubiera demostrado que la cifra de muertos era mucho menor de lo que la prensa proclamaba, que los soldados estadounidenses nunca toleraron la tortura por policías iraquíes, que rara vez dispararon a civiles en retenes y siempre llevaron a los mercenarios asesinos ante la Justicia, los generales estadounidenses habrían entregado estos expedientes a la prensa sin cargo alguno en las escalinatas del Pentágono. No sólo están furiosos porque se haya roto el secreto o porque se haya derramado sangre, sino porque los han pescado diciendo las mentiras que siempre supimos que decían.
25 de octubre de 2010
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dos crímenes para aprender


La campaña oficial contra los pilagá constituye genocidio. La masacre de Rincón Bomba. El asesinato del sindicalista Mariano Ferreyra.
[Osvaldo Bayer] Argentina. Pilagás. Un modelo de lo que dejó la llamada colonización para los pueblos originarios. Cuando quisieron defender lo suyo de los invasores, la solución occidental y cristiana: balazos, muerte, persecución. El bosque, la selva como último recurso, como último refugio. Pero el presente y el futuro les anuncia: hasta allí los van a perseguir, hasta de allí los van a expulsar con la palabra progreso. Irán a engrosar, como otros originarios, las villas miseria de las grandes ciudades del progreso.
Todavía quedan entre ellos algunos ancianos que recuerdan la matanza sufrida en 1947 a manos de la Gendarmería Nacional. Rincón Bomba. En Formosa. A tiro limpio, los salvajes, los bárbaros, expresión de Julio Argentino Roca que quedó para siempre.
Es que había que dejar libres las tierras para los inversores. Ahí está el futuro: las inversiones, no el cuidado de la naturaleza. Después de los tiros asesinos de la Gendarmería Nacional en 1947, llegó el progreso a manos llenas. Llenas para quienes obtuvieron las ganancias.
La crueldad como principio. Total, son salvajes. Esos "salvajes" recordaron con lágrimas, hace pocos días, la masacre, el asesinato impune de niños, mujeres, hombres por portación de rostro. "Que la verdad llegue a la luz", dijo con voz humilde Bartolo Fernández, el presidente de la Federación del Pueblo Pilagá, en el acto recordatorio del brutal crimen masivo, en Las Lomitas. La selva quedó sembrada de cadáveres, más de cuatrocientos. Nunca nadie pidió disculpas por un crimen de extrema crueldad. El juez de la Corte Suprema de la Nación, Eugenio Zaffaroni, con su valentía de siempre y su búsqueda de la verdad, lo dijo claramente: "Si alguien pretende eliminar un pueblo, una cultura, comete genocidio. Lo que hicieron los nazis con los judíos, se ajusta a la definición de un genocidio. Lo que hicieron los turcos con los armenios, también. Y lo que hizo el Estado argentino con los pueblos originarios, otro tanto, fue un genocidio" (Reportaje contenido en el libro ‘Argentina Originaria: Genocidios, Saqueos y Resistencias’, de Darío Aranda, que acaba de publicarse).
Amnesty International ha comenzado el estudio de la situación de los pilagás sobrevivientes a la masacre de 1947. Acaba de publicar su investigación acerca de lo ocurrido en 1997 –medio siglo después de la masacre de Rincón Bomba– en el asentamiento pilagá de El Descanso, en Formosa, de donde se los trató de expulsar con otros métodos, ya no el de las balas. Ese año la vida cambió para esos hijos de la tierra porque se construyó un canal –como obra pública– destinado a derivar las aguas del bañado cercano como parte de una serie de canales que se extienden a localidades y campos próximos. Fueron construidos en las tierras de la comunidad pilagá y en las zonas adyacentes. Para lo cual ni se informó a la comunidad ni se pidió su opinión sobre tal proyecto. Se hizo y ya está. Esto les trajo grandes problemas, perdieron en su mayoría la fuente de trabajo y de la propia alimentación, y su cementerio, escuela y viviendas se encuentran bajo las aguas.
En el acto pilagá del aniversario de la masacre, la cineasta Valeria Mapelman mostró su film ‘Octubre Pilagá’, relatos sobre el silencio, una denuncia clara, directa, con testimonios de los sucesos de la época y las consecuencias que tuvo para ese pueblo la masacre llevada a cabo con una brutalidad sin precedentes. Es decir, como siempre, en la historia terminan por salir a la luz los hechos degradantes que se trató de ocultar.
Es hora pues de que la Gendarmería Nacional haga un estudio histórico sobre tal cobarde ataque, que traiga los nombres y los responsables de quiénes fueron los autores y los que dieron tales órdenes y finalmente pida disculpas públicas a las víctimas. También, que se conozca el nombre de los políticos responsables. Si esto no se hace avanzaremos muy poco en busca de una verdadera democracia.
Lo dice el juez de la Corte Suprema, Eugenio Zaffaroni, en el reportaje citado: "Tratar a los puebles originarios como si no existieran, hacer de cuenta que son invisibles, constituye una de las formas de la discriminación. En la medida que se niega su existencia, los indígenas reclaman derechos que no les dan y no se los dan porque aquí el sentido de la invisibilidad es no existen. Ese gesto niega a los pueblos indígenas la propia existencia, ya no sólo los derechos, sino mucho más, una negativa más radical. Cuando se dice: ‘En la Argentina no tenemos el problema indígena’, se habla como si los indígenas resultaran un problema. Cuando se dice: ‘En la Argentina no hay indígenas’, se niega la existencia misma de todo un pueblo".
Una frase que lo dice todo. Negar, mirar siempre hacia adelante, como recomiendan ciertos políticos cuyo pasado los acusa de haber sido aduladores de cuanta dictadura se instaló en este país, traicionado tantas veces después de aquel sublime grito de Mayo de 1810.
Pero no nos quedemos en lo de ayer. Veamos nuestro hoy. Lo que acaba de ocurrir con la muerte del joven Mariano Ferreyra es otro episodio que nos debe llenar de vergüenza a los argentinos. Que después de la terrible experiencia de los crímenes cometidos por la última dictadura militar se sigan repitiendo hechos así de matonismo no tiene explicación. El cobarde asesinato tiene profundas raíces de un sindicalismo corrompido que sigue permaneciendo vivo pese a todas las enseñanzas de la historia.
Ya nos había dado una lección bien didáctica el mejor de todos, Rodolfo Walsh, con su ‘Quién mató a Rosendo’. Si viviera ya estaría afilando el lápiz para anotar en un papel doblado –como lo hacía él– nombres y otros datos. A él no se le escapaba nada. Pero vemos que los responsables no han aprendido nada de las experiencias. Para terminar con las "mafias" sindicales no hay nada mejor que establecer por ley que ningún directivo sindical puede ejercer su mandato por más de cuatro años. Y luego volver a su trabajo, para no perder contacto con el clima que tiene que conocer desde la base. Lo sé por experiencia propia. Fui secretario del Sindicato de Prensa desde 1959 a 1963 y ese mismo año renuncié y volví a las redacciones. Porque no es honesto dirigir un gremio sin haber tenido periódicamente el contacto con la base, el contacto diario. Además se ayuda así a que muchos otros vivan esa experiencia y no da lugar al personalismo de los que con el tiempo se van creyendo imprescindibles. El regreso del dirigente a la base significa además una ayuda a esa base por la experiencia que trae ese ex dirigente. El reemplazo de los dirigentes tendrá que convertirse en una costumbre que habla de la dignidad y de la vocación por servir desde la base a los trabajadores.
Porque de otra manera se comienzan a formar las mafias en torno del dirigente eterno para permanecer siempre en el poder. Con las mafias llegan los grupos armados Lo que acaba de ocurrir con el joven Ferreyra es justo eso, el miedo de los mafiosos a que se ponga en duda una política con los ferrocarriles que viene del tiempo nefasto de Carlos Menem.
Ojalá que el nombre de este joven asesinado en forma tan cobarde nos sirva de guía para iniciar una reforma fundamental de la organización sindical argentina. Volver a los orígenes de nuestro movimiento obrero, aquel heroísmo de haber fundado, a pesar de la dureza de los gobernantes de esa época, las primeras sociedades de oficios varios, como se llamaron al principio. Y como decíamos, la única que podía tomar resoluciones era la asamblea, no había dirigentes, sólo un secretario de actas para dejar sentadas las resoluciones. Si bien las épocas han cambiado, no permitir jamás que el cargo sindical se constituya en una profesión, donde el dirigente sindical es el mandamás por excelencia acompañado por un coro armado que lo aplaude. Que el nombre de Ferreyra sirva para eso, para iniciar un período de regreso a las bases, del dominio democrático de la asamblea y, como decíamos, esto es fundamental, la limitación del mandato de todos los que posean cargos sindicales. ¡Volver a las bases! Tiene que ser el lema de todas las fuerzas democráticas que respaldan las luchas por los derechos legítimos de los trabajadores.
La masacre de los pilagás, la muerte del joven Ferreyra. Dos ejemplos para aprender a forjar un camino hacia una verdadera democracia.
24 de octubre de 2010
23 de octubre de 2010
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sobre la lógica del horror


La lógica del terrorismo se estado se inscribe en el conflicto social.
[Luis Ortolani Saavedra] Argentina. "Pinta tu aldea y serás universal" decía León Tolstoi. Un debate originado en torno a la causa Díaz Bessone que en este momento se lleva adelante en los Tribunales Federales de Rosario, resulta el emergente de un debate más general sobre el tema de los derechos humanos, la lógica del terrorismo de estado y el juzgamiento de los represores.
Recordemos que el debate se origina en que la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, decide desincriminar en la causa a Ricardo Chomicki, quien fuera anteriormente militante y luego se transformó en torturador de sus antiguos compañeros.
Un conjunto de sobrevivientes que estuvieron igualmente secuestrados y fueron sometidos a tortura en la Secretaría de Informaciones de la Jefatura rosarina decidieron continuar constituyéndose en querellantes, a través de sus abogados y, al mismo tiempo, dirigieron una respetuosa pero firme carta a la Secretaría (publicada en Rosario/12 el 13 de septiembre pasado), pidiéndole que vuelva sobre sus pasos y mantenga la querella.
El lunes 20, salió a la palestra, la psicóloga Fabiana Rousseaux, coordinadora del Centro de Asistencia a Víctimas del Terrorismo de Estado Fernando Ulloa de dicha Secretaría. Su artículo, publicado en Rosario/12 y titulado "La lógica del horror y las razones para desistir de una acusación" dice, entre otras cosas: "No podemos erigirnos en exculpadores de nadie, eso lo hará la justicia, pero lo que debemos debatir a fondo, para no convertirnos en escarmentadores modernos con disfraz de defensores de los derechos humanos, es si podemos leer las consecuencias irreversibles de los campos de exterminio, pero no solamente sobre los secuestrados y secuestradas, ya que nunca volveremos a ser como antes, luego de lo sucedido".
Y más adelante: "Porque la degradación social ha sido un efecto también de la que llevará años poder revertir. ¿O acaso no escuchamos la terrible fórmula del ’yo no sabía’ o ’con los militares estábamos mejor’ en alusión a los múltiples discursos de la mano dura como garante de la ’seguridad’ que grandes sectores de la sociedad añoran?
"La sociedad en su conjunto está atravesada por esa degradación, obscena sin dudas, nadie quiere verla, produce espanto, nadie quiere identificarse con esa obscenidad y es verdad que no toleramos saber cómo un ex militante aplicó medidas crueles sobre otros secuestrados. Pero clamar por el enjuiciamiento que iguala a víctimas y victimarios significa que aún no hemos entendido que es un campo".
Este conjunto de ideas, que sintetizan, a nuestro juicio, el extenso artículo, está atravesado por fuertes contradicciones que derivan del carácter parcial del análisis, ya que enfoca las dimensiones morales y psicológicas del problema, pero omite la dimensión determinante: la del conflicto social.
Y por eso la licenciada Rousseaux no sabe que un campo no es algo genérico. Sino que existen campos de concentración concretos, que son muy diferentes entre sí.
Esa diferencia la apuntan muy bien los querellantes, cuando le dicen a la Secretaría de Derechos Humanos: "¿A qué universo se refiere? ¿Qué experiencias investigadas dieron lugar a estas tesis? ¿Están incluidos los gulags, Auschwitz, el Servicio de Informaciones, el Estadio Nacional de Chile, La Perla, las mazmorras de la Inquisición, Automotores Orletti, Guantánamo, Miranda de Ebro, Boer, la ESMA, Orduña? ¿Son todos lo mismo?".
No, no son todos lo mismo y no hablamos del nivel de horror, en el cual seguramente Auschwitz marcha a la cabeza, sino de la finalidad de los diferentes campos.
Porque los centros clandestinos de detención de la Argentina, forman parte de un plan concreto destinado a destruir la resistencia contra una sociedad injusta, que a través de la lucha de los trabajadores y de otros sectores, a través de las huelgas, las tomas de fábrica, las coordinadoras gremiales, la aparición de organizaciones armadas que, con aciertos y errores acompañaron esas ricas movilizaciones, habían llegado a un punto en que sólo podían ser frenados mediante el terrorismo de estado.
Detrás de los centros clandestinos de detención, de las cárceles, de las mil formas del terrorismo aplicado a toda la sociedad, hay intereses de clase concretos. Los militares hicieron el trabajo sucio, pero fueron las clases dominantes las que ordenaron la destrucción de la resistencia social y se beneficiaron de ella.
Y fueron políticos como Menem y de la Rúa los que continuaron la política de las clases dominantes por otros medios, porque el conflicto social continuó y continúa.
Y cuando Rousseaux habla de la degradación social que implica el "yo no sabía" o el "por algo habrá sido", tampoco da cuenta que no toda la sociedad argentina fue ni es víctima de tal degradación.
Quienes fueron secuestrados, quienes fueron presos, quienes no fueron presos ni secuestrados, pero tampoco creyeron en el "por algo habrá sido", lucharon como pudieron contra la dictadura, siguieron luchando contra la injusticia en democracia, lucharon y luchan, por memoria, verdad y castigo.
Esa es la parte sana de la sociedad argentina, que a través de interminables luchas, a través de las marchas acompañando a las Madres y a las Abuelas, a través de la difusión de la verdad en las calles y las escuelas, ha logrado voltear las leyes de impunidad, ha logrado que cientos de represores sean juzgados, que muchos hayan sido condenados.
El conflicto continúa, la lucha continúa. No somos escarmentadores modernos con disfraz de defensores de los derechos humanos, somos los que hemos puesto a la Argentina indiscutiblemente a la cabeza del mundo entero en materia de derechos humanos y de justicia contra los represores de nuestro propio país.
Por eso consideramos justa la posición de los querellantes, que piden con todo respeto a la Secretaría de Derechos Humanos que vuelve a su posición anterior, que siga siendo digna de una trayectoria que la honra en el mundo.
Si entre Chomicki y los represores hay una diferencia, como sin duda la hay, que la establezca el Tribunal, con penas diferentes. Pero no exculpemos de antemano a quien se niega a redimirse, aportando toda la información que podría aportar y que llevaría a otros represores a la cárcel.
Por eso esta columna apoya a los querellantes y por eso nos sentimos orgullosos de ser argentinos, de haber aportado nuestro grano de arena para que Argentina esté a la cabeza del mundo en esta materia.

Editorial del programa Hipótesis, que se emite por LT8, los domingos de 8 a 10.

18 de octubre de 2010
©rosario 122
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hermanos menores en el matadero


Sobre ‘El matadero’, de Esteban Echeverría.
[Mario Goloboff] No por nada, nuestra literatura narrativa se inicia con ‘El matadero’ (1838-40), de Esteban Echeverría. Y en un matadero. Real y alegórico a la vez, privilegiado escenario de las grandes disputas que no cesarán hasta hoy. Aunque cambien los colores, las divisas, los vivas y los mueras, los que están de éste o de aquel lado. El espacio donde la carne se acuchilla, se taja, se corta, se sangra, es el lugar, el teatro que volvimos emblemático para la Nación. Otras artes también se harían cargo de él: la plástica, con la pintura del siglo XIX y, en el XX, entre los más notables, los lacerantes trabajos de Carlos Alonso; el cine, en algún filme de Isabel Sarli recordado displicentemente, pero que acaso nos representara con signos que en su momento no pudimos distinguir, perturbados por la exaltante diva. Aunque en Echeverría ya estaba todo concentrado, y el tiempo y la historia no hicieron más que desplegarlo: la matanza no sólo de animales, la huella de sangre que nos alimenta, el aniquilamiento brutal del oponente (aquí, unitario; antes y después, federal; y después, después...).
En fin, que quizá por vivido desde siempre no lo pensemos o no lo digamos, pero algo debe de haber generado en el inconsciente de esta sociedad el hecho de que su principal sustento, tanto como su vidriera para el exterior y para los turistas que arriban a estas playas, sean la carne y la sangre, y de que, además, como si el descenso no fuera suficiente, hagamos entusiasta dinero con ellas. Porque es visible (si se desoye, es cierto, el incontable daño social y ecológico tantas veces denunciado en toda América latina) que una cosa es ser gran productor y exportador de petróleo, subterráneo y oscuro, que casi nadie ve y toca pero todos desean, o del duro cobre nerudiano o del saqueado estaño o del inocente plátano (que, antes de ser riqueza, sobraba tanto que era mero alije en los barcos) o de café, azúcar, cacao, tabaco, ron, henequén, frutos placenteros, lunáticos y hasta afrodisíacos, y otra muy distinta serlo de la contundente y sorda entidad vacuna, que provee materias macizas, proteínicas, venosas, sanguíneas y, para peor, semejantes.
Uno de los mitos durables de nuestra civilización sustancialista es el de la asimilación de lo igual o lo parecido mediante los alimentos. Ya el eminente alquimista Pierre-Jean Fabre, doctor de la Facultad de Medicina de la Universidad de Montpellier, sostenía en 1636, en ‘L’abrégé des secrets chimiques’ (Compendio de los secretos químicos), que "si al principio el alimento es diferente de su alimentado, es necesario que se despoje de esta diferencia, y que mediante varias alteraciones se torne semejante a su alimentado, antes de que pueda ser su alimento definitivo". No parece haber adelantado mucho desde entonces la idea occidental de la nutrición. Sobre todo aquí, muchos padres piensan todavía que si no se les da carne a sus niños, al menos una vez al día, no crecerán adecuadamente. Suscriben, porque así fuimos educados, que lo semejante se atrae recíprocamente, que para acrecentar el cuerpo no hay nada mejor que lo mismo.
Esta atribución arbitraria de calidades, por su carácter analógico, conserva bastante más que lo que se sospecha del pensamiento mágico. También los habitantes primitivos creían que apropiándose de partes del cuerpo o del atuendo o de los objetos de otras personas se les transmitían aquellas facultades de que las mismas estaban dotadas.
Podría válidamente sostenerse que a todo esto conduce el antropocentrismo de nuestra cultura y cómo hemos ido abandonando la relación igualitaria con "los hermanos menores", que han sido los animales para la Creación: a unos y a otros nos dio "toda hierba que da simiente, que está sobre la haz de toda la tierra; y todo árbol en que hay fruto de árbol que da simiente /.../ y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se mueve sobre la tierra, en que hay vida, toda hierba verde les será para comer" (Génesis 1, 29-30). Relación consagrada en la alianza después del Diluvio y predicada, entre otros, por el Eclesiastés (3, 18–20): "Dije en mi corazón, en orden a la condición de los hijos de los hombres, que Dios los probaría, para que así echaran de ver ellos mismos que son semejantes a las bestias /.../ como mueren los unos, así mueren los otros; y una misma respiración tienen todos /.../ y todo se tornará en el mismo polvo."
Luego, siglos de silencio teológico y de olvidos laicos fueron llevándonos al dominio despiadado sobre la naturaleza y sobre todos los seres vivos en el que dramáticamente terminamos. En una tierra que nos habría sido dada –-si se es creyente– para cuidarla, cultivarla y custodiarla, no para devastarla, y si no se cree, con más razón materialista todavía, para guardarla bien y mucho.
A modo de consuelo, cabría recordar que no somos, en tanta noble tierra, los únicos ni los primeros. Marguerite Yourcenar, describiendo el mundo romano del siglo II, pero aludiendo visiblemente a sus contemporáneos franceses, hace hablar al Emperador sobre los placeres de la mesa: "Yo amaba el aroma de las carnes asadas y el sonido de las marmitas raspadas entre las diversiones del ejército, y que los banquetes del campo (o aquello que en el campo era un banquete) fuesen lo que debieran ser siempre, un contrapeso alegre y grosero a las privaciones de los días de trabajo; yo toleraba bastante bien el olor a fritura de las plazas públicas en época de las Saturnales. Pero los festines de Roma me llenaban de tanta repugnancia y aburrimiento que si alguna vez creí morir durante una exploración o una expedición militar, me dije, para reconfortarme, que al menos ya no cenaría más" (‘Memorias de Adriano’).
Y probablemente tampoco seamos los peores: un informe de 2006 de la FAO señalaba los riesgos sociales y del medio ambiente relacionados con la actividad ganadera en el mundo. Y recordaba que el sector era responsable del 18 por ciento de las emisiones de gas productoras del efecto invernadero (más que las del transporte, por ejemplo). Y que "también es una de las principales causas de la degradación del suelo y de los recursos hídricos".
Desde el origen de la Nación, como se sabe y como lo describe Ezequiel Martínez Estrada en ese magnífico y doloroso poema de la patria que es ‘Radiografía de la pampa’, esta "riqueza" nos signa: "El ganado transitaba en libertad por la llanura, y el dominio del hombre sobre él era hipotético y en cada caso objetable. Pertenecía como bien mostrenco al cazador, es decir, al arreador que se aventuraba a quitárselo al indio, quien con legítimo derecho se lo había incorporado al sino de su vida, no a su dominio (lo del indio no era propiedad; él mismo era propiedad). El ganado era libertad, y muy pronto el hombre, que encontró en él una mina inagotable de dinero, tuvo que violentar otra estructura legal: las leyes que le impedían el tráfico del cuero, de la cerda, de la carne, o que lo imposibilitaban de hecho. Aprendió a romper otra barrera: la ley. Creó con ese nuevo aspecto de la aventura una nueva noción de señorío, bien bárbara por cierto, pero que rigió la vida de estas comarcas quién sabe hasta dónde".
Tal vez por ello, el cuadro de ‘El matadero’ atraviesa nuestra imaginación sublimado durante décadas y, pasando por el espectacular arreo de ‘Don Segundo Sombra’ (1926), de Ricardo Güiraldes, se restituye, sinuosamente, en ‘El entenado’ (1983), de Juan José Saer, y en la "escena primitiva" donde inauguramos nuestros difíciles contactos con "el otro"; aquélla, al decir de una célebre fundación mítica, "en que ayunó Juan Díaz / y los indios comieron".
17 de octubre de 2010
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la memoria agujereada


La película ‘Padres de la Plaza’ plantea desde el comienzo, una pregunta: ¿qué hacían los padres mientras las Madres desarrollaban su lucha?
[Luis Gusmán] Esta formulación está restringida al espacio del que se ocupa la película, ya que el tema excede cualquier observación del orden del comentario. La primera cuestión que se plantea en la película es el pasaje en que su lucha pasa del pronombre singular, su, a nuestra lucha, pronunciada por uno de los padres: la lucha se pluraliza. La otra cuestión es territorial. Cuando las madres se adueñaron del lugar, madres derivó en Madres de Plaza de Mayo. En las marchas los hombres eran reprimidos por la policía; por lo tanto, se quedaban en los alrededores, vigilando, protegiendo, mirando, pero sobre todo discutiendo; como dicen en las entrevistas, de política y de fútbol. Entonces la pregunta latente, que es el motor del asunto y premisa del film va encontrando alguna especie de respuesta. Uno de los hallazgos de la película, es que no hay una respuesta, porque no podría haber una, sino varias y distintas. Y se hacen oír.
La estructura narrativa de Padres se podría articular en tres nudos fundamentales: los objetos, los sueños, el duelo. Estas tres cuestiones organizan y desorganizan los recuerdos en una memoria que está agujereada como la superficie de la Luna. Y no solamente por la estructura de la memoria o por los años, sino por el duelo no llevado a cabo. En algunos padres, los sueños se convierten en pesadilla, en otros en el deseo de soñar para poder encontrarse con sus hijos. Con los años los sueños han ido perdiendo su virulencia. Lo mismo sucede con los objetos, desde los más insignificantes, como un boleto de colectivo, hasta una foto. Pero hasta ahí, ellos mismos lo dicen, podría tratarse del drama de padres que han perdido a sus hijos. La singularidad del hecho no está dada ni siquiera por la muerte sino por la desaparición. Lo dicen: si no hay cuerpos no hay tumbas, no hay despedida posible. Si faltan los cuerpos, el duelo no puede realizarse. La posición de la mayoría de estos padres es que sus hijos están desaparecidos y están muertos. El nudo de la pregunta está al comienzo y al final de la película.
Los padres se declaran más impulsivos, menos organizados; se insinúa una estrategia aunque sea improvisada. El espectador puede observar cómo la política se muestra en las discusiones que los padres han tenido en la formación de cada uno de sus hijos. Ahí surgen acuerdos, desacuerdos, polémica. Pero el tiempo de esta discusión transcurre cuando los hijos estaban vivos. La instancia más difícil se da cuando en la película el testimonio de los padres pasa del drama personal o de tragedia helénica, como lo define uno de estos padres, a la política de ese drama: la lucha. La política comienza con la figura desaparecidos. Los padres acompañaron, respetaron, lo dice uno de ellos, el símbolo de lucha que representaban las Madres. Una respuesta psicologista encontraría como respuesta fácil, la vía de la idealización. Después de ver esta película, más allá de las posiciones que los padres tomaron, aquí condensadas de manera abrupta, para el espectador cabría la posibilidad de preguntarse: esta intervención de las Madres, ¿responde a lo que uno de los padres define como tragedia helénica? ¿Coincide con el lugar que ocupan las Madres en las cuestiones de la polis? La película inscribe la necesidad de la aparición de los cuerpos para saldar lo que es saldable de este duelo. Esto es unánime en la posición de los padres. En la actualidad de este país donde ya no reina el terrorismo de Estado, es posible pronunciar esta frase escrita por uno de los hijos, que ya no está y que dejó escrita en su placard y que lee uno de los padres: "Es preferible morir con dolor que vivir con vergüenza". A este hijo esa vergüenza por la que luchó lo llevó a la muerte. A nosotros, los padres (con hijos desaparecidos o no, ni el plural, ni la contigüidad pretende equiparar una diferencia de hecho y de Derecho) nos queda como herencia, invertida generacionalmente, una pregunta que afectará el resto de nuestras vidas: "¿qué hacer con esa vergüenza?". Esa es nuestra responsabilidad. Pero insisto, no hay que olvidar la diferencia radical que existe entre lo que es posible decir y hacer en un Estado de Derecho y lo que se puede decir incluso las decisiones que algunos de estos padres tomaron bajo el terror. ¿Cómo saber antes qué reacción se puede tener ante circunstancias excepcionales en las que impera el terror de Estado? En ese contexto, es muy difícil hablar de reacciones "personales" cuando la condición civil de las personas era la que había sido abolida.
[El autor es escritor, autor de epitafios].
13 de octubre de 2010
12 de octubre de 2010
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piezas de rompecabezas


El abogado del ’Tuso’ resultó vecino de oficina del ex senador Mario Uribe y de finca de Santiago Uribe Vélez, señalados como coautores del complot. Un implicado implicó al ex presidente Alvaro Uribe. Apareció muerto el 23 de abril de 2009, tres semanas después de salir de la cárcel.
[Daniel Coronell] Colombia. Juan Carlos Sierra, alias ’el Tuso’, cuya declaración fue revelada por El Espectador, puede ser la pieza clave para armar un enorme rompecabezas. Él y algunos allegados suyos conectan varias historias de los últimos años.
Libardo Duarte, conocido como ’Monomaicol’ o ’Bam Bam’, fue durante mucho tiempo el lugarteniente del Tuso. Un buen día, una carta suya llegó a manos del entonces presidente Álvaro Uribe. Duarte estaba preso en La Modelo, y los internos deben registrar la salida de correspondencia; pero esta carta no tenía sello de salida de la cárcel, tampoco de radicación en la Casa de Nariño.
La misiva del recluso, escrita en una bella caligrafía, había aparecido sobre el escritorio del primer mandatario sin explicaciones. Allí aseguraba que a través de un hueco, que conectaba dos celdas, el paramilitar Francisco Villalba le había ofrecido 250 millones de pesos para que declarara en contra de Álvaro Uribe.
De acuerdo con la epístola, Villalba quería compartir con su amigo Duarte 500 millones de pesos que le habían entregado Gustavo Petro, Piedad Córdoba y Daniel Coronell para desacreditar al presidente, vinculándolo con una masacre. Según la versión del ex director de Inteligencia del DAS Fernando Tabares, por esa misma época el secretario general de la Presidencia, Bernardo Moreno, les señalaba a él y a la directora María del Pilar Hurtado que esas tres personas (Petro, Córdoba y Coronell) y la Corte Suprema de Justicia eran los blancos de mayor interés para el presidente de la República.
Para colmo de casualidades, por esos días, y también sin número de radicación, el entonces Jefe de Estado recibió otra carta desde la cárcel. La firmaba el propio Francisco Villalba, quien le pedía perdón por haber hecho una declaración en su contra y se regocijaba porque había sido tocado "por el espíritu de Dios, a través de nuestro señor Jesucristo".
El plan se les cayó porque las dos cartas estaban escritas con la misma letra. Esa letra es idéntica a la de otro recluso, Jesús Amado Sarria, viudo de ’la Monita Retrechera’ y protegido por una trabajadora social que resultó compañera del grupo de oración del secretario jurídico de Palacio, Edmundo del Castillo.
Villalba reveló, inmediatamente, que Sarria le había hecho firmar un papel en blanco para trasladarlo a un patio mejor. Sostuvo esa versión y sus señalamientos contra Álvaro Uribe hasta cuando lo mataron, el 23 de abril del año pasado, tres semanas después de salir de la cárcel.
Otra célebre carta sin radicación la recibió el entonces mandatario de José Orlando Moncada Zapata, alias ’Tasmania’, en lo que ya está judicialmente probado como un complot contra el magistrado auxiliar de la Corte Suprema que investigaba la parapolítica y, particularmente, al senador Mario Uribe.
El hombre que movió la carta de Tasmania fue su abogado, Sergio González, a la vez apoderado del Tuso. La ex directiva del DAS Martha Leal declaró que por instrucciones de Bernardo Moreno fue a Medellín -con cargo a gastos reservados- para recibir la carta de manos del abogado González.
Cuando Tasmania se retractó, aseguró que el Tuso le había prometido una casa para su mamá a cambio de su declaración. El abogado del Tuso resultó vecino de oficina del ex senador Mario Uribe y de finca de Santiago Uribe Vélez, señalados en otro testimonio como coautores del complot.
Como si fuera poco, el abogado González fue uno de los precursores de la visita de alias ’Job’ a la Casa de Nariño y el hombre que relacionó al DAS con un fotógrafo que vendió una información contra Yidis Medina, después de que ella declaró que le habían comprado el voto para aprobar la primera reelección.
Ahora, su mandante el Tuso atestigua sobre los favores que le hizo Mario Uribe. Cuenta que lo recomendó con el ministro plenipotenciario de la Embajada en España, Ignacio Guzmán. Según el extraditado, eso fue como andar con pasaporte diplomático mientras hacía sus vueltas de narcotráfico. También revela los negocios de fincas que hizo con el primo del presidente y habla de los apartamentos que le cedió y las camionetas que le regaló.
Estamos cerca de llenar el álbum.
11 de octubre de 2010
9 de octubre de 2010
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elecciones legislativas en venezuela


"El regreso opositor al Congreso significa que el Mandatario tendrá fiscalización y estará obligado a negociar cuestiones clave de su programa". Un editorial de La Nación.
Santiago, Chile. Venezuela acudió el domingo 26 a las urnas para renovar su Poder Legislativo. Si bien en las semanas previas se registraron razonables aprensiones en torno a la limpieza de las elecciones -debate que incluso se manifestó en el Congreso chileno-, éstas transcurrieron en un clima correcto y no ha habido acusaciones de fraude. De hecho, el proceso ha sido valorado por los observadores internacionales y organismos hemisféricos como la OEA.
La transparencia del acto electoral, en general, es una materia distinta de evaluar en relación al método de asignación de escaños, que se ha plasmado en que el virtual empate en votos entre la oposición y el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), del Presidente Hugo Chávez, no se tradujo en un equilibrio en la Asamblea Nacional, donde el oficialismo se adjudicó 98 bancas y los opositores 65 (otros dos son independientes).
La asimetría se debe a una modificación arbitraria de distritos hecha por el gobierno, que privilegió la representación de sectores afines al Presidente (el debate respecto de cómo los regímenes electorales no necesariamente reflejan la distribución proporcional de sufragios es extendido y el propio sistema chileno es parte de esa discusión).
Con todo, los resultados en Venezuela deben ser analizados a la luz de un fenómeno más profundo y probablemente decisivo: la irrupción de una nueva correlación política, marcada por una sociedad fuerte y vitalmente polarizada alrededor de la figura del Presidente Chávez, pero que tiene después de varios años la posibilidad de procesar sus diferencias en un espacio institucional.
El regreso opositor al Congreso -en una decisión todavía incomprensible los adversarios a Chávez se marginaron de las anteriores legislativas- significa que el Mandatario tendrá fiscalización y estará obligado a negociar cuestiones clave de su programa. ¿Dialogará con la oposición, lo cual demandaría moderar el avance hacia el difuso modelo del "socialismo del siglo XXI", o privilegiará saltarse los circuitos formales y gobernar por la vía administrativa o del decreto? Las apuestas dentro de Venezuela parecen estar divididas y habrá que esperar algún tiempo antes de que se aclare el horizonte. Por lo pronto se aprecia cierta confusión en el oficialismo acerca de cómo asumir el inédito escenario.
Desde luego el curso político dependerá también de la forma de articulación de la oposición, que desde la entrada en escena de Chávez hace 12 años ha enfrentado graves dificultades -propias y exógenas- para convertirse en una alternativa viable a la avasalladora presencia de aquél. Los datos del domingo 26 revelan que en 2012 el Presidente -que planteó las parlamentarias como una fórmula plebiscitaria sobre su persona- podría enfrentarse por primera vez a una coalición con efectivas posibilidades de derrotarlo.
30 de septiembre de 2010
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