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opinión

héroes de la causa mapuche


"Creemos que en el caso de los huelguistas de hambre mapuches del sur chileno, defensores de su tierra y su naturaleza, debemos expresar, como latinoamericanos todo nuestro apoyo y nuestra protesta, para marcar nuestro futuro sin fronteras y por el respeto a nuestra naturaleza pensando en las próximas generaciones".
[Osvaldo Bayer] A veces las sociedades muestran rostros crueles y cínicos que nos hacen sospechar que el ser humano, en general, es acomodaticio y falso. Aunque nunca generalizaremos –por las muestras de coraje civil de tantos héroes del pueblo–, sin embargo nos hace sentirnos a veces inseguros y pesimistas. Por ejemplo, el cinismo de las autoridades chilenas con la huelga de hambre que sostienen los treinta y dos mapuches podría calificarse de despreciable, sin caer en el prejuicio ni en lo injusto. El caso ya es notorio, lo conoce todo el mundo, esos presos están en huelga de hambre ya desde hace 75 días y, para colmo, en las últimas jornadas ya ni siquiera toman líquidos. Siete de ellos han sido internados en el hospital de Concepción. Se ha levantado un clamor que trasciende los Andes y ha llegado a todas las latitudes.
Están detenidos desde los tiempos de la presidenta Bachelet, y ésta se defiende diciendo que están condenados por la ley antiterrorista y que ella pidió la anulación de esta ley pero su pedido fue rechazado por el Congreso nacional. Causa pena que la heredera de Salvador Allende haya permitido que se aplicara la ley antiterrorista aprobada por el dictador Pinochet. Y que ahora siga rigiendo bajo el nuevo mandatario Piñera, un heredero de la derecha que apoyó al criminal militar. Realidades latinoamericanas. Es lamentable que representantes elegidos por el pueblo sigan obedeciendo dictados de los que asaltaron el poder y cometieron delitos de lesa humanidad contra el pueblo.
Es la misma cobardía que demostraron aquellos gobiernos de nuestro país que aceptaron regirse por la ley de medios de comunicación de la dictadura militar de la desaparición de personas, ley que finalmente fue derogada después de más de un cuarto de siglo que siguió imperando en esta nueva democracia.
Estos héroes mapuches que llevan a cabo la huelga de hambre son tratados así porque defienden su tierra contra los avances de un capitalismo que destruye la naturaleza. La reacción de ellos fue legítima: oponerse para defender el medioambiente que siempre los ha rodeado. Se los acusó de terroristas y están siendo juzgados por tribunales militares porque así lo ordena la ley de Pinochet. Además fueron detenidos en forma oprobiosa por los mismos militares. Está todo descrito en las crónicas. Pero nada. Por eso empezaron con la única arma no violenta que puede comprometer a los injustos del poder: ofrecer la propia vida como protesta. La huelga de hambre. Con sus imprevisibles consecuencias.
Me han conmovido los llamados de esos verdaderos mártires. Por ejemplo, leamos este escrito de ellos: "Nuestra propuesta para ustedes amigos, amigas, sectores sociales verdaderamente progresistas, hermanos libertarios, obreros y estudiantes, pueblo antisistémico y contestatario, hombres sinceros y hermosas mujeres conscientes: sumarse a nuestra lucha en un bloque amplio de participación, buscar en la lucha misma el fortalecimiento de sus propias propuestas que les identifiquen, utilizar este tiempo de protesta para encontrar a los amigos de los que nos priva el consumismo y el individualismo egoísta; invitar al compromiso social para desenmascarar a estos tiranos que se disfrazan de humildad y que por todos los medios intentan convencernos de que es necesaria su tiranía, socavar las entrañas de este sistema para construir con nuestras propias manos el futuro que merecemos... La lección de esto es que al contrario de los gobiernos que desprecian la vida y su propia historia, nosotros nos hacemos cargo de ella y amamos tanto la vida que la exponemos en esta privación voluntaria de alimentos... Amamos con ternura a nuestros hijos que extrañamos, también a todos los niños mapuches porque con nuestro dolor y sacrificio proclamamos la esperanza de su futuro... Hermanos mapuches, ámense, reprodúzcanse, tengan muchos hijos, recuperen, luchen y continúen amándose. Hermanos winkas pobres y solidarios, únanse, fortalezcan sus luchas, golpeen desde todos lados al poder que los oprime, reclamen lo que les pertenece y por supuesto ámense mucho y sean germen de generaciones de solidaridad".
¡Qué lenguaje! Poesía y coraje. Y el gobierno elegido los hace juzgar por militares. Los militares que sirvieron y obedecieron a Pinochet. ¿A dónde quedó el paisaje, a dónde la mano abierta, a dónde el diálogo? ¿A dónde la verdadera democracia? Para ser pesimistas acerca del futuro del ser humano bastarían todas estas pruebas, pero nacen las palabras de estos hombres: "Hermanos... pobres y solidarios, únanse... ámense mucho y sean germen de generaciones de solidaridad" nos dicen ellos, los presos. No, es increíble, el ser humano no se rinde a pesar de la desaparición, del fusilamiento en canchas de fútbol, de la codicia del poder, de los uniformes para matar la vida. Por eso nos gusta la solidaridad con ellos que se ha desatado en tierra argentina.
Pero eso sí, el gobierno de Piñera exige de la Argentina que le entregue al luchador de la resistencia Galvarino Apablaza Guerra, que fue secuestrado en aquellos años y torturado bárbaramente por la dictadura militar chilena. Lo exigen los mismos jueces que actuaron durante la dictadura de Pinochet y que siguen en su oficio en la actual "democracia". La Asamblea Nacional por los Derechos Humanos de Chile ha protestado enérgicamente por la pretensión de Piñera y sus jueces y destaca que esa actitud no es más que la continuación de una política de terrorismo de Estado. Es hasta increíble: la democracia chilena juzga a los mapuches con jueces militares y a la vez exige la entrega de un luchador antipinochetista a la Argentina. Me hace acordar con mucho dolor, cuando Alfonsín pactó con los carapintadas en aquella Semana Santa cuando desde el balcón de la Rosada dijo: "La casa está en orden, felices Pascuas" y accedió al "punto final" y a la "obediencia debida" mientras que después, en el caso de La Tablada, contra la izquierda, ordenó la represión al general Arrillaga, un brutal asesino de la dictadura, autor de La Noche de las Corbatas, en Mar del Plata, que hizo desaparecer en una noche a todos los abogados de derechos humanos de esa ciudad. Ese asesino, hoy juzgado por sus crímenes, fusiló, torturó e hizo desaparecer, en plena democracia, a varios de los invasores de ese cuartel. Claro, en ese caso eran izquierdistas.
Particularidades de nuestras democracias latinoamericanas. Para los derechistas uniformados, la complacencia; para la izquierda, todo el peso "de la ley".
Creemos que en el caso de los huelguistas de hambre mapuches del sur chileno, defensores de su tierra y su naturaleza, debemos expresar, como latinoamericanos todo nuestro apoyo y nuestra protesta, para marcar nuestro futuro sin fronteras y por el respeto a nuestra naturaleza pensando en las próximas generaciones. Y que, ante todo, debemos proteger a quienes ofrecieron su vida en su lucha contra las dictaduras. Concesiones en ese sentido nos haría sentir que entramos en el mundo del cinismo.
Y en esta semana vivimos un acto en el que quedó en evidencia una vez más que en la Historia triunfa finalmente la ética. En la propia Legislatura de Buenos Aires se llevó un acto –iniciado por la diputada María José Lubertino– por el cual se apoyó mi proyecto de reemplazar el monumento al genocida Julio Argentino Roca por un monumento a la mujer de los pueblos originarios. Proyecto que el escultor Andrés Zerneri ya se ha tomado la responsabilidad de llevar a cabo. El proyecto se basa en que esa mujer sufrió lo indecible cuando se llevó a cabo el genocidio roquista titulado "Campaña del desierto", sus hombres fueron enviados prisioneros a diversos lugares del país como esclavos, se les quitó a sus niños y ellas mismas fueron repartidas como sirvientas en Buenos Aires. Además, esa mujer fue la madre del criollo que, como soldado, integró los ejércitos que nos liberaron del yugo español. El proyecto fue presentado hace varios años y rechazado por el macrismo con el único argumento de que "en historia hay que mirar hacia delante", argumento que barre todo principio ético en la historia.
La reunión –que contó con la dulce música coya– fue plena de pruebas históricas por parte de los oradores y se leyeron increíbles documentos racistas del general llamado, nada menos, que Julio Argentino Roca. El proyecto cada vez tiene más adhesiones de gente de la cultura y del ambiente artístico y, lo que más importa, de docentes.
En ese sentido se ha producido un hecho que habla de la superficialidad de algunos representantes de la ciudad. El director de escuela Enrique Samar, conocido por su lucha contra todo racismo y por la verdad histórica, propuso que la Plaza de los Virreyes de esta capital pase a tener el nombre del máximo héroe de los pueblos originarios que se llama nada menos que Túpac Amaru. Los documentos de este revolucionario que se adelantó a los hombres de Mayo en varias décadas y que quería la eliminación de la esclavitud con que los españoles sometían a las poblaciones originarias, y la libertad definitiva de estas tierras, sufrió la muerte más cruel ejecutado por los representantes del "rey católico de España" y saludada por los obispos católicos de Lima y Buenos Aires. Que haya todavía una "Plaza de los Virreyes" en Buenos Aires marca la falta de conocimiento histórico y espíritu libertario de nuestras autoridades municipales, ya que esos virreyes llevaron a cabo la esclavitud de las poblaciones originarias y la represión de todo intento de independencia de los sometidos. Pues bien, ante la iniciativa del docente Samar la mayoría de la comisión de cultura votó a favor de la propuesta mientras los representantes de Macri, los del PRO, votaron en contra con este argumento: "Que la historia nos demuestra que los virreyes fueron protagonistas trascendentales en la construcción cultural, política y económica del virreinato del Río de la Plata –antecedente histórico e institucional de nuestro país–, por lo que no resulta inconveniente que una plaza de la ciudad lleve el nombre de Plaza de los Virreyes". Esto, justo en el Bicentenario de la Revolución de Mayo. Increíble, porque además ese nombre fue dado a esa plaza por la dictadura militar de la desaparición de personas. Si se enteraran Belgrano, Moreno, Castelli, con sus maravillosos documentos de liberación del yugo del colonialismo español, no vacilarían de calificar como se debe a estos cuatro "representantes del pueblo": Patricio Distéfano, Carmen Polledo, Avelino Tamargo, Marta Varela y Oscar Moscariello. Con ese criterio a las próximas plazas habría que ponerles el nombre de "Martínez de Hoz", "Sociedad Rural" o por qué no "Invasiones Inglesas". El cinismo a veces nos ofrece formas rioplatenses autóctonas. Por eso, no olvidar.
26 de septiembre de 2010
25 de septiembre de 2010
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¿van a volver los dictadores?


"¿Sabías que en la dictadura no dejaban a los varones usar el pelo largo, ni barba, ni dejaban escuchar cierta música, ni hacer arte?"
[Irina Hauser] Una mañana de 1979 mi hermano entró en mi habitación con los ojos desorbitados: "¡Mamá está durmiendo con el tío Oscar!", gritó. Yo tendría ocho años. El, siete. Juntos fuimos en puntitas de pie y espiamos desde la puerta. Mamá no estaba durmiendo con el tío. Era papá, que se había afeitado la barba. Esa barba tupida con la que siempre lo conocimos. "Qué extraño", pensamos.
Gracias a que existe el feriado del 24 de marzo, hoy en las escuelas se habla de la última dictadura, incluso en los jardines de infantes. Así fue como mi hija de cinco años llegó a casa muy orgullosa de lo que había aprendido y me dijo: "¿Sabías que en la dictadura no dejaban a los varones usar el pelo largo, ni barba, ni dejaban escuchar cierta música, ni hacer arte?" Me quedé pasmada escuchándola y, como mencionó la cuestión de la barba, le conté la anécdota sobre mi viejo. Le divirtió, pero enseguida puso las cosas en su lugar: "Mamá, los dictadores eran muy malos, trataban muy mal a los que no tenían las mismas ideas que ellos". Después se quedó pensativa. "¿Los dictadores van a volver? ¿Existen todavía?", me preguntó. El otro día una amiga me contó que su hija de cuatro años le había dicho lo mismo. La misma duda, el mismo temor. Con el agregado de una sensación de peligro quizá más palpable, ya que mi amiga es hija de desaparecidos. Mis cicatrices son otras, pero también están. Tardé años en entender el cambio de apariencia de mi papá, por qué me ponía a llorar cada vez que veía un militar, por qué en mi casa quemaban los libros, por qué me daba taquicardia pasar por el Regimiento Patricios. Más allá de las historias personales, mi amiga y yo compartimos una sensación de alivio: por suerte, comentamos, les pudimos decir a nuestras hijas que la mayoría de los represores están presos. Y cientos están siendo enjuiciados, al fin. Qué bueno tener una respuesta tranquilizadora.
La semana pasada Angela Urondo, hija del escritor Francisco 'Paco' Urondo y Alicia Raboy, me hizo notar que hay grietas que persisten. Una muy profunda está en Mendoza, donde en 1976 mataron a su papá y desaparecieron a su mamá. En esa provincia los represores andan sueltos, los liberaron. Porque todavía hay jueces cómplices, que lo fueron durante el terrorismo de Estado y ahora intentan beneficiar a sus antiguos aliados. "Yo no me puedo ir de vacaciones a Mar del Plata pensando que en la sombrilla de al lado puede estar el hombre que torturó y secuestró a mi madre", dijo Angela. Me estremeció. Me quedé pensando en todos los juicios que faltan. Y en cuánta gente repite últimamente que está harta de oír hablar de la dictadura.
"Quiero transmitirles seguridad a mis hijos, ¿cómo hago?", planteó Angela en el Consejo de la Magistratura, que investiga a tres camaristas mendocinos por apañar crímenes de lesa humanidad. Uno de ellos, Luis Miret, dejó el cargo para evitar que lo destituyeran. Pero como la Presidenta todavía no decidió si acepta su renuncia, el jueves último lo suspendieron igual y lo mandaron a juicio político. Angela presenció la votación. Cuando volvió a su casa escribió en su blog: "La sensación es confusa. Parece felicidad, pero no es, es un poco menos de amargura". Su blog se llama ‘Pedacitos’.
Ella, mi hija, mi amiga. Con sus palabras, me confirmaron la importancia de poder decirles a nuestros hijos (y a nosotras mismas) que ya está, ya pasó, ya pasó. Qué necesario es poder mostrarles que hay un cierre para esta historia. Todavía falta, y tal vez no estemos tan lejos.
20 de septiembre de 2010
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lópez, graiver y la memoria


"Que Tito (así lo llamaban ellos) no se convierta en el primer desaparecido/olvidado de la democracia".
[Adriana Meyer] Jorge Julio López está donde los represores querían que estuviera, y para eso lo sacaron de su casa de Los Hornos, lo privaron de ver la sentencia contra su verdugo y lo transformaron en un desaparecido. Sabían muy bien que sus compañeros sobrevivientes de la dictadura no permitirían que su nombre, su historia, su valiente testimonio pasaran al olvido. Así se aseguraron de que sus víctimas completarían su propósito: reinstalar la noción de que en Argentina se puede volver a desaparecer como cuando ellos tenían el poder. Así demostraron que no lo perdieron del todo.
López desapareció primero en 1976, cuando la patota de Miguel Etchecolatz lo secuestró, y hace cuatro años lo volvieron a desaparecer cuando ya se había convertido en una pieza clave del enjuiciamiento a los represores bonaerenses. Ahora casi desapareció de los medios.
Con López sucede lo mismo que con el atentado a la AMIA: vuelve a ser noticia en los aniversarios. El Estado que fracasa, involuntariamente o no, en los esclarecimientos de estas tragedias genera algún anuncio para mostrar que estos casos siguen en la agenda, cuando en realidad nunca estuvieron con la magnitud que las víctimas hubieran pretendido. Para estos cuatro años el poder político recibió a la familia de López, hizo declaraciones previsibles y elevó el monto de la recompensa a cambio de información. Más legítimas suenan las iniciativas por la memoria producidas por organismos de derechos humanos: marchas, murales, y otras expresiones artísticas inspiradas en el repetido e insatisfecho reclamo de "aparición con vida y castigo a los culpables", al que este año se suma el de esclarecimiento del asesinato de la testigo Silvia Suppo y el rechazo a la criminalización de la protesta social.
López está en Wikipedia y en Facebook, aunque esta red social haya bloqueado la página que llegó a conseguir 27 mil adhesiones.
López tenía memoria, una memoria que ayudó con anotaciones volcadas en cuanto papel caía en sus manos. Por eso el 14 julio 1999 declaró en el Juicio por la Verdad de La Plata y relató que compartió celda con Juan e Isidoro Graiver, cuando estuvo detenido en la Unidad 9 de La Plata durante la dictadura. "Y fue un militar y le dijo: ‘Mirá Graiver, te vamos a sacar y te vamos a fusilar, porque vos fuiste el que les dio plata a los guerrilleros para que maten a nuestros soldados’, le dijo, esa noche", contó el albañil.
López es un expediente judicial que se fue deshilachando hasta quedar en la nada, a pesar de la insistencia de los querellantes que nunca pudieron remontar en juzgados y fiscalías la negativa inicial de la policía para buscar en serio al testigo desaparecido. Es una causa producto de "una mezcla explosiva de inoperancia, complicidad y encubrimiento", como la definió Adriana Calvo. No hay imputados, mucho menos detenidos. No fue prioridad cuando debió serlo, y ahora menos, ya que en el mismo juzgado todos los recursos están destinados al caso Papel Prensa.
López nos recuerda que el aparato represivo no fue desmantelado y que los juicios avanzan pero sus testigos siguen en peligro.
"López es la noticia que nadie quiere escuchar", decía Eduardo Aliverti en diciembre de 2006. Y vaticinaba la batalla contra el olvido. Pasados apenas tres meses, el locutor y periodista advertía que "la dirigencia partidaria, los medios de comunicación, los sindicatos, las organizaciones profesionales: se diría que todos, excepto algunos espacios, partidos de izquierda, organismos de derechos humanos y luchadores sueltos o agrupados, se han olvidado de López". Por entonces la familia de López le había enviado una carta al Presidente en la que también quiso conjurar el advenimiento de la amnesia colectiva. Su mujer y sus hijos habían implorado "que Tito (así lo llamaban ellos) no se convierta en el primer desaparecido/olvidado de la democracia".
20 de septiembre de 2010
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lógica del horror


"Debemos aclarar algo más: cada noche, cada vez que alguien fue llevado a un Centro Clandestino, esa noche ingresamos todos".
[Fabiana Rousseaux] En las últimas semanas volvió a ser noticia el caso de un ex militante de la UES y su mujer, quienes fueron secuestrados y llevados a un Centro Clandestino de Detención (CCD), como miles de personas que pasaron por ese infierno, pero hoy él está siendo juzgado junto a Ramón Genaro Díaz Bessone, imputado por haber cometido delitos a la par de sus verdugos, dentro del campo de exterminio.
Tanto él, su mujer y tres ex militantes más; fueron acusados por varios sobrevivientes de haber sido crueles con otros compañeros, dentro del campo, una vez que comenzaron a colaborar con sus propios captores y torturadores.
En estas dos frases, se concentra el nodo de lo que realmente significa la lógica de un Centro Clandestino de Detención, tortura y exterminio. Cuando hablamos de exterminio y de tortura, y por ende de las condiciones de clandestinidad que rodean estos crímenes, no nos podemos referir sólo a la tortura de los cuerpos ni de su asesinato o desaparición; nos referimos muy especialmente al exterminio y tortura de la condición humana, donde el sentido mismo de esa condición, puede quedar suspendido dentro del dispositivo de horror creado precisamente para pulverizar la esencia de la dignidad de los hombres y mujeres obligados a soportar esa experiencia que de tan extrema se nos hace irrepresentable, es decir ajena a nuestra capacidad de ser comprendida.
Que esto puede suceder, no significa decir que esto sucedió en quienes estuvieron secuestrados, sino que en algunos casos la eficacia de la máquina de tortura y exterminio fue máxima. Pero esto ¿De qué depende?
¿De la resistencia de cada quien? ¿De los tipos de tortura? ¿De lo que se puso en juego en cada mesa de tortura, los hijos, los compañeros? Y las preguntas siguen sin saber a dónde nos conducen...
En un libro de reciente aparición, ‘Ensayo sobre la crueldad’, su autora Ana Berezin, dice: "El mal nunca es banal, produce consecuencias destructivas irreparables, por lo tanto cabe preguntarse: ¿Qué tiene de banalidad el mal? En la valiosa y profusa información histórica que Hannah Arendt despliega en su libro sobre el Holocausto se va pergeñando una igualación entre víctimas y victimarios. ¿Por qué no? Todos podemos hacer cosas malas, muy malas, en especial en condiciones de esclavitud, desamparo y crueldad, en una lucha perdida de antemano por la supervivencia. Pero sólo los victimarios son los responsables de una política de la crueldad, aunque en alguna ocasión, disculpen la ironía, hayan sido buenos (salvando un niño gitano o a un amigo judío...)".
No es lo mismo quien ingresa a un CCD siendo una víctima y a partir de la crueldad aplicada sobre sí, y en condiciones de absoluta indefensión termina formando parte de un dispositivo de la crueldad, donde si traspasa esa valla ya nada podrá volver a ser como antes; que quien asumiendo la decisión de formar parte de un engranaje clandestino y asociado a esa política de administración del horror, crueldad y espanto decide formar parte de ese proyecto.
La "decisión" no es un tema menor en este ámbito, nadie podrá decir seriamente que un secuestrado en un CCD tiene alguna injerencia sobre su propia vida. Ni aún cuando podría parecer que sí la tiene para poder salvarla.
Años de análisis lleva aún la experiencia incomprensible de la Shoá, miles de páginas escritas para tratar de comprender los comportamientos humanos en el reino de lo inhumano, pero precisamente lo inhumano es parte esencial de lo humano.
No podemos erigirnos en exculpadores de nadie, eso lo hará la justicia, pero lo que debemos debatir a fondo para no convertirnos en escarmentadores modernos con disfraz de defensores de derechos humanos es si podemos leer las consecuencias irreversibles de los campos de exterminio, pero no solamente sobre los secuestrados y secuestradas, sino sobre toda la sociedad, ya que nunca volveremos a ser como antes, luego de lo sucedido.
Tampoco podemos confundir las leyes del Estado con la aplicación de leyes morales, de índole social, que arrastran a una lectura equívoca o al menos parcializada de la verdadera e incomprensible dimensión que adquirieron estos crímenes y cuál debería ser nuestra lectura de ello.
Pero lo cierto es que reducir el problema a quien cometió crímenes y quien no puede resultar un aplastamiento del problema de la lógica concentracionaria.
A su vez perder de vista quienes han sido ingresados a los campos como secuestrados y torturados y quienes han ingresado a los campos como verdugos que formaban parte de un sistema de exterminio, es un error que no podemos permitirnos a esta altura de los acontecimientos, porque estamos reconstruyendo una historia colectiva, con un impresionante esfuerzo de memoria social, y es necesario dirimir las aguas para no perder el norte de lo que esta sociedad debe y quiere enjuiciar. Los crímenes cometidos durante el terrorismo de Estado no son lo mismo que los crímenes cometidos por el terrorismo de Estado, ya que los agentes del Estado que formaron parte de los dispositivos del horror planificado debían ejercer una función: precisamente la de ser quienes llevaban adelante una política de Estado, y encarnando la figura de la ley dieron paso al terror más irrepresentable. Las víctimas entonces no tuvieron sitio de apelación posible, ya que a quienes podían apelar eran precisamente quienes implementaban con una sistematicidad aberrante el dolor y el exterminio.
Esto no significa hacer alarde de las impunidad, por el contrario, es hacer lugar a la verdadera dimensión que lo que vivimos como sociedad tuvo y tendrá.
Porque la degradación social ha sido un efecto también de la que llevará años poder revertir. ¿O acaso todavía no escuchamos la terrible fórmula del "yo no sabía", o "con los militares estábamos mejor" en alusión a los múltiples discursos de la mano dura como garante de la "seguridad" que grandes sectores de la sociedad añoran?
La sociedad en su conjunto está atravesada por esa degradación, obscena sin dudas, nadie quiere verla, produce espanto, nadie quiere identificarse con esa obscenidad; y es verdad que no toleramos saber cómo un ex militante aplicó medidas crueles sobre otros secuestrados. Pero clamar por el enjuiciamiento que iguala a víctimas y victimarios significa que aún no hemos entendido qué es un campo.
Pero es necesario precisar algo más. Es claro que el haber atravesado por la experiencia de la tortura crea una autorización innegable en quienes lo han vivido. Eso está fuera de discusión, pero también debemos decir que eso en nada autoriza a que se exija a la sociedad en su conjunto o a las organizaciones del Estado a cambiar la lectura de los acontecimientos.
En ‘El furgón de los locos’, Carlos Liscano, ex detenido uruguayo, relata: "Antes de caer preso no sabía que este descenso al abismo, era posible. Aterra mirarse en ese espejo. Eso habré aprendido en estos calabozos". Pero debemos aclarar algo más: cada noche, cada vez que alguien fue llevado a un Centro Clandestino, esa noche ingresamos todos.

La autora es coordinadora del Centro de Asistencia a Víctimas del Terrorismo de Estado ‘Dr. Fernando Ulloa’ de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.
20 de septiembre de 2010
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víctimas hablan sobre una acusación


"¿Por qué no conversaron con nosotros cuando decidieron cambiar los fundamentos de vuestra acusación a Chomicki Folch en fundamentos para no acusarlos?"
[Marta Bertolino, Juan Carlos Ramos, Eduardo Seminara] Argentina. Con todo el respeto que la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación nos merece, con la importancia y la repercusión que tienen en nuestro país y en el mundo los juicios contra el terrorismo de estado que se están realizando en estos años, queremos pedirles humildemente que también ustedes nos respeten.
Todos nosotros hemos pasado por la vivencia de secuestros y torturas, no sólo de nosotros mismos sino también de nuestros seres queridos, hemos vivido la incertidumbre de la desaparición, la ignominia y el terror del Centro Clandestino de Detención, el encierro prolongado durante años, la persistente impunidad de nuestros verdugos, las pérdidas definitivas.
En las primeras audiencias del Juicio Oral contra "Díaz Bessone, Lofiego, Marcote, Vergara, Scortecchini y Chomicki por detenciones ilegales, tormentos y homicidios, más asociación ilícita", nos enteramos que esa Secretaría, en su calidad de querellante, había desistido de acusar a Ricardo Chomicki (y a Nilda Folch, Graciela Porta, Carlos Brunatto, quienes inadmisiblemente siguen estando prófugos y quienes, protegidos por el paraguas que ustedes les brindan, lo seguirán estando).
Desisten ustedes de una acción inculpatoria interpuesta por ustedes mismos en tiempo y forma. Y para fundamentar vuestro posterior desistimiento (y el inexplicable viraje producido de la noche a la mañana) recurren a un nefasto documento de la Unidad Fiscal Nacional del año 2008. Documento que oportunamente impugnamos con dureza aquellos que nos sentimos aludidos por sus aseveraciones. Además de conminados a pensar obrar decir no hacer no pensar no decir lo que unos pocos "expertos" allí dictaminan.
Decimos que ese documento, que en mala hora emitiera la Unidad Fiscal, es sencillamente nefasto. Y lo es por varios motivos:
En primer lugar y sobre todo, porque falsea la realidad de lo ocurrido en los campos de concentración de nuestro país. Y porque al hacerlo nos agravia. Agravia a quienes somos sobrevivientes y nos comprometimos, desde siempre y a lo largo de décadas, en la denuncia de los horrores vividos y en la búsqueda infatigable de verdad y justicia. Y lo que es peor, agravia a nuestros muertos, instalando un relato falso y forzando una interpretación postrera de sus actos que está muy lejos de la verdad tal como ésta se perfila en los testimonios de los sobrevivientes. Citamos textual: "La dinámica de los centros de detención, cuyo efecto puede sintetizarse con el lema omnipresencia del terror" hasta acá, coincidimos absolutamente- "configuraba un sistema que permitía conducir a los detenidos a efectuar comportamientos típicos en contra de otros también en situación de cautiverio, sin necesidad de que las órdenes ni las amenazas que los generaban y apoyaban se explicitasen o actualizasen a cada momento. El terror constante hacía funcionar un sistema perverso en el cual muchos detenidos pasaban a ser victimarios".
Esto no es sólo una mentira alevosa: se trata simplemente de una infamia. Decir que "muchos detenidos pasaban a ser victimarios" y que efectuaban "comportamientos típicos en contra de otros también en situación de cautiverio" y "sin necesidad de que las órdenes se explicitasen" es dar a entender que en los centros clandestinos de detención quien más quien menos colaboraba. Esto es mucho más de lo que estamos dispuestos a soportar. Y para limitarnos a lo que compete al juicio "Díaz Bessone y otros", afirmamos categóricamente: no es cierto que las cosas hayan sucedido así en el Servicio de Informaciones de la Jefatura de Policía de Rosario.
En segundo lugar, ese documento es nefasto porque pone en un mismo plano tareas tales como barrer, servir la comida, con "tareas que implicaban violencia contra otros detenidos", las que formarían parte de las "tareas propias del campo", sin ningún distingo, y habrían constituido "una práctica constante".
Disculpen, doctores, pero por un mínimo de honestidad tenemos que decir que entre agarrar la escoba y empuñar la picana o hacer inteligencia para los represores hay un abismo. Y que no cualquier persona lo atraviesa. De hecho, un escasísimo porcentaje de detenidos lo hicieron. Y no reconocer esa diferencia abismal es también agraviante para los detenidos desaparecidos que fueron llevados a realizar trabajo esclavo, sin por ello identificarse con los represores ni dejar de ser solidarios con sus compañeros.
En tercer lugar, ese documento es nefasto porque opera una generalización inaceptable en lugar de habilitar una escucha fina de las voces que desde hace rato están testimoniando a lo largo y a lo ancho del país, y que nos entregan relatos insustituibles, que echan luz sobre la singularidad de cada lugar de detención (incluidas las denominadas "cárceles legales").
Citamos: "En los centros de detención así como en otras experiencias de campos de concentración, la utilización de personas detenidas para cumplir tareas propias del campo y, entre ellas, también tareas que implicaban violencia contra otros detenidos, ha sido una práctica constante."
"El tipo de actividad que cumplía cada detenido dependía de sus habilidades o conocimientos, de las necesidades específicas del campo o del mero azar. Esta colaboración se obtenía por medio de la amenaza constante de muerte y de las torturas que quebraban la voluntad del detenido. Al colaborador se le concedían ciertos ’privilegios’ que ayudaban a vencer la resistencia". ¿A qué universo se refiere? ¿Qué experiencias investigadas dieron lugar a estas tesis?
En lo atinente al Centro Clandestino de Detención que nos ocupa (el Servicio de Informaciones de Rosario), por el que pasamos no menos de dos mil personas, debemos consignar que los únicos colaboradores fueron los cinco que siempre hemos denunciado, que las actividades que cumplían eran detener gente, interrogarla y torturarla (¿en base a "sus habilidades y conocimientos" previos?) y que, por cierto, fueron muy bien recompensados y quedaron agradecidos con los represores, no quebrando nunca el pacto de silencio, pese al pedido expreso de familiares de desaparecidos. En el caso de Chomicki Folch, convitieron a Feced en su padrino de bodas.
En cuarto lugar, el documento es nefasto porque omite cualquier referencia a la resistencia que los detenidos desaparecidos en los Centros Clandestinos de Detención opusimos al poder omnímodo de nuestros captores, a las estrategias de supervivencia que nos dimos. Citamos:
"He aquí un punto neurálgico de los casos analizados: la realización de una conducta bajo una presión psíquica insoportable, guiada por el instinto de supervivencia. La alternativa de no colaborar o de dejar de colaborar implicaba asumir el riesgo cierto de costos altísimos, que se pagaban con nuevas torturas e inclusive con la vida misma. Cumplir con las órdenes, colaborar con los captores, era así, un modo de auto conservación".
Sólo desde la ignorancia o el cinismo puede afirmarse, como regla general, que el ser humano, guiado por su instinto de supervivencia, como modo de auto conservación, ataca a miembros de su colectivo de pertenencia, uniéndose a quienes lo destruyen. La supervivencia y la auto conservación de la vida humana no refieren sólo ni principalmente a la defensa de los órganos del cuerpo, de la vida biológica. No somos cucarachas. Los humanos nos auto conservamos defendiendo nuestros lazos sociales, nuestros afectos, nuestros rasgos identificatorios, nuestros ideales, nuestros lugares de pertenencia, nuestros valores, nuestras representaciones imaginarias acerca de lo que somos y lo que queremos ser. El sentido último de nuestros actos.
Esa es la vida que defendimos con uñas y dientes en los Centros Clandestinos de Detención argentinos casi todos los que pasamos por ahí.
No desconocemos que el plan sistemático de exterminio montado por el terrorismo de estado que incluyó persecuciones y secuestros, torturas en centros clandestinos, desaparición y asesinatos de opositores políticos apuntó a la colaboración. ¿Cómo desconocerlo, si no hemos hecho otra cosa, mientras estuvimos secuestrados, que resistirnos como pudimos a ese propósito?
Por último, es nefasto el documento que ustedes toman como verdad revelada para fundamentar vuestro desistimiento de inculpar a Chomicki, porque parte de una certeza que nosotros, disculpen, no tenemos. Parte de la certeza -y busca imponerla a fiscales, querellantes, abogados, testigos ¿y por qué no a la opinión pública? de que estos colaboradores devinieron tales luego de soportar terribles torturas y a causa de éstas. ¿Devinieron auxiliares de las patotas represivas luego de soportar terribles torturas? ¿Chomicki, por ejemplo? ¿Folch? ¿Brunatto? ¿Ustedes están seguros de eso? No podemos menos que expresarles nuestra admiración, porque a nosotros, que transitamos esa historia -y otras tantas historias conexas no nos queda para nada claro. Y en algunos casos nos inclinamos francamente por pensar que las cosas ocurrieron de otro modo. Es más, nos gustaría que estos imputados, en ejercicio de su legítimo derecho a la defensa, puedan volcar informaciones que contribuyan a esclarecer los sucesos que los involucran. Cuestión que jamás sucedería si a partir de esa especie de pre juzgamiento favorable que el citado documento decreta y que Ustedes hacen suyo se les garantizara su cuota de impunidad.
Estimados doctores del la Secretaría de DDHH: ¿Por qué no conversaron con nosotros cuando decidieron cambiar los fundamentos de vuestra acusación a Chomicki Folch en fundamentos para no acusarlos? ¿Por qué tomaron, al margen nuestro, sin ningún tipo de comunicación con nosotros, una decisión que repudiamos los sobrevivientes del Servicio de Informaciones, que contradice todos los testimonios prestados en esta causa desde enero de 1984, que va en contra de la voluntad y la conciencia de los propios querellantes?
Disculpen, pero no queremos que ningún "experto" en Centros Clandestinos de Detención ni en Leyes venga a decirnos quiénes fueron nuestros verdugos, a contarnos lo que vivimos ni a imponernos cómo debemos interpretarlo. Llevamos décadas reflexionando acerca de lo que nos pasó.
Tampoco queremos abrir un debate ético acerca de la colaboración ni acerca de su supuesta eficacia como estrategia de supervivencia. No porque carezca de interés -que lo tiene y mucho sino porque no lo consideramos oportuno en este momento histórico. Y la sala de audiencias de un tribunal Federal no nos parece el escenario más adecuado. Pero, si somos llevados a dar el debate, lo daremos.
Estimados doctores de la Secretaría de Derechos Humanos: Por favor, no nos agredan más. No nos resulta fácil exponernos, brindando nuestros testimonios en el juicio. Hacerlo, además, frente a seis imputados que fueron algunos de nuestros verdugos ¡y que están en libertad!
No nos agredan con aseveraciones falsas que nos denigran y echan un manto de sospecha sobre nuestro comportamiento, que no nos merecemos. Como tampoco nos merecemos que nos traten como seres insensibles que acusan a sus "pobres compañeros". No lo somos. No somos insensibles. Por el contrario, hemos dado muestras de solidaridad en los momentos más difíciles y las seguimos dando. Si acusamos, tenemos nuestras razones. ¿No les parece que sería más correcto escuchar los testimonios en el juicio antes de tomar semejante decisión?
Lo lamentamos. Lo lamentamos enormemente. Y nos sorprende, realmente nos sorprende. Les pedimos que desistan de vuestro desistimiento, que sostengan el texto de vuestra requisitoria. Y de lo contrario, si sostienen ustedes la postura de no acusar a uno de los imputados que nosotros acusamos, yendo de este modo en contra de nuestras estrategias jurídicas y de la verdadera ocurrencia de los hechos, tal como la venimos denunciando desde siempre, entonces, les pedimos por favor que se abstengan de ejercer nuestra representación en el juicio.
Esperamos que sepan ustedes comprender las razones que nos asisten. Hemos sido discretos. La actitud que ustedes asumieron nos obliga a expresarnos públicamente.
Sólo nos resta esperar que el Tribunal, considerando todas las pruebas ofrecidas, haga su dictamen, a conciencia y de ser posible, sin presiones.

*Firman también: Azucena Solana, José Aloisio, Alfredo Vivono, Alejandra Manzur, Juan Girolami, Héctor Medina, Carlos Corbella, Laura Ferrer, Oscar Bustos, Yolanda Medina, Elida Luna, Jorge Rueda, Liliana Gómez, Cristina Bernal, Nicolás Segarra, Teresita Marciani, María Inés Luchetti, Daniel Bas y Mansilla, Stella Hernández, Laura Torresetti, Nelly Ballestrini, Patricia Antelo, Francisco Oyarzabal, Cristina Rinaldi, Félix Manuel López, Elida Deheza, Marcelo Jalil, Gloria Martínez, Patricia Costanzo, Marcelo Márquez, Jorge Berg, Daniel Gollán, Angel Florindo Ruani, Enzo Tossi, Juan Carlos Cheroni, Mirta Isabel Castelini, Luis Cuello, Laura Hanono, Ana María Ferrari. Todos los firmantes estuvieron detenidos desaparecidos y/o tuvieron un familiar directo detenido desaparecido en el Servicio de Informaciones de Rosario.
13 de septiembre de 2010
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la condición humana


¿Cómo convertir la voluntad de un sector directamente afectado, en una necesidad de la sociedad? ¿Cómo hacer para que ese relato ocupe un lugar, si no central de la escena cotidiana, al menos visible y al alcance de todos?
[Rubén Chababo] Argentina. Construir un Museo de la Memoria que recuerde las causas y los efectos del Terrorismo de Estado sobre la sociedad civil, implica poder responder estas preguntas. Pero mucho más que el imperativo de contar una historia este Museo debiera ser visto como el esfuerzo por recordar algo amenazado, como tantos otros episodios de la historia, por el olvido.
El museo es un vehículo de la memoria, no es la memoria. Un museo, ningún museo de pretendida proyección histórica, puede aspirar a contarlo todo y mucho menos a que todo el ayer se cobije en sus paredes. Tampoco a que el relato o la evocación que se haga conforme por igual a todos los que forman parte de una sociedad. Una sociedad, cualquier comunidad humana, posee diferentes memorias y esas memorias poseen a su vez diferentes intensidades. Aquello que algunos recuerdan con estridencia otros lo han olvidado para siempre, lo que algunos eligen recordar, otros lo desechan, acomodando nombres, geografías, capítulos enteros del ayer en el desván del olvido.
En el caso preciso de museos que hacen centro en el recuerdo de hechos traumáticos o dolorosos padecidos por una comunidad, esto que aquí se dice, cobra aún mucho más fuerza. En Lyon, por ejemplo, donde se erige el Museo de la Resistencia, la mitad de su población prefiere no mirar el lugar de emplazamiento de esa institución: su sola existencia les recuerda que hubo un ayer en el que esa ciudad, o parte importante de ella, colaboró para que fuera posible la deportación de miles de sus ciudadanos. Y esto se repite por igual en la escena latinoamericana en la que memoriales y sitios de recordación tratan de despertar la conciencia de ciudadanos que prefieren ser poseedores de pasados sin el peso que implica cargar con el recuerdo de hechos tan dolorosos. No podemos enjuiciar a quienes prefieren olvidar, pero sí podemos invitarlos a no ser indiferentes frente al dolor de los que memoran aquello que les fue arrebatado.
Estamos construyendo un Museo a partir de preguntas, a partir de interrogantes que se asientan sobre un puñado incuestionable de certezas. Esas certezas son la evidencia histórica que no puede ni podrá ser negada: la existencia de un sistema concentracionario, la desaparición forzada de personas como práctica sistemática, la incógnita acerca del destino de centenares de niños nacidos en cautiverio, el calvario de familiares en busca de una respuesta que nunca fue otorgada. Ese puñado de certezas alcanza como horizonte para que a partir de ellas formulemos un recorrido a través de una historia que desborda los años específicos que van del ’76 al ’83 y que nos hunde en la triste noche de tantas masacres olvidadas. Una historia o relato que comprende a los hombres y mujeres devorados por la mano homicida del Estado en las huelgas del ’19, a las decenas de personas calcinadas por los bombardeos sobre Plaza de Mayo en 1955 o las almas vulneradas en las letrinas construidas por las tres A en los años previos al último golpe militar. Forman todos esos hechos, capítulos diversos de lo que buscamos evocar. Un relato oscuro pero necesario de ser traído al presente, construido sobre una sintaxis que revela cuántas veces en nuestro país la condición humana fue vulnerada.
Estamos construyendo un Museo que pueda ser capaz de despertar el recuerdo de esos hechos, pero que también enseñe a las generaciones más jóvenes la importancia que supone el respeto y el cuidado de la vida y la dignidad humanas. No estamos construyendo un Museo cerrado en sus lecturas, sino una institución que sobre a partir de la evocación de lo más triste de nuestro ayer invite a considerar y apreciar la importancia que supone la vida en libertad y democracia.
No construimos un Museo que deposita una fe ciega en la memoria. Pueblos y comunidades con memoria han vuelto a cometer los mismos y aún más atroces episodios que alguna vez juraron no repetir. Construimos un Museo que por el contrario, sabe de la labilidad de la memoria, que es consciente de que la condición humana es frágil y que es poderosa la tentación de destruir y dañar incluso lo más amado que se posee.
Por eso nuestra mirada y nuestra confianza apuestan a la educación como un pilar insoslayable para la construcción de cualquier sueño social a presente o a futuro. Al arte como herramienta sutil para nombrar lo que la lengua no alcanza a describir, a los documentos de la historia como marcas insoslayables a la hora de reconstruir el pasado.
No estamos construyendo un Museo del que podamos decir que la sencillez y la simpleza serán sus marcas diferenciales, mucho menos una Institución de la que podamos asegurar hoy lo que ella habrá de ser mañana. ¿Qué habrá de significarle la palabra dictadura a alguien nacido en el 2020? ¿Quién puede decirlo?
Sí estamos construyendo un Museo, ubicado en el centro mismo de la ciudad, a metros de una de las plazas más bellas que tenemos, que apuesta a recordarles a todos los ciudadanos que hubo un tiempo en el que el cielo de este país se oscureció por siete largos años y que esa belleza pudo convivir con el más oscuro de los infiernos, en el centro mismo de la ciudad, en el corazón mismo de la vida cotidiana.
Ese solo dato justifica cualquier desafío de memoración.
En esa sutil y poderosa evidencia se asienta la misión y el esfuerzo de la institución que estamos construyendo.
13 de septiembre de 2010
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ayer mataron a salvador allende


"Allende se suicidó o lo mataron. Pero estuvo en su puesto hasta último momento. El 11 de septiembre que América latina recuerda y llora es éste. El otro, el de las Torres, ni sabemos quién lo hizo".
[José Pablo Feinmann] Sería ingenuo no creer que el 11 de septiembre que el mundo recordará será el de las Torres Gemelas antes que el de Chile. El de las Torres tuvo una audiencia en simultáneo, un público atónito que asistía, compartiéndolo, en vivo y en directo, a uno de los acontecimientos más poderosos de la historia humana. No menos poderoso fue el de Chile, pero nos tenía más acostumbrados. Sin embargo, no bien se desplegó el terror pinochetista supimos que eso era nuevo, no tenía antecedentes. Lo mismo sucedió con el terror de la Junta argentina.
Ignoro si se ha reflexionado sobre un punto (sin duda, sí; pero merece ser ofrecido otra vez al análisis): el acontecimiento de las Torres y el de Chile no sólo comparten la fecha, sino mucho más. El país de las Torres (el Imperio) fue el causante directo del septiembre chileno. Chile nada tuvo que ver con la caída de las Torres. Pero Estados Unidos hizo el golpe de Pinochet, lo inventó a Pinochet y lo asesinó a Allende. Era parte de la política que se había otorgado para manejar las cosas en eso que llaman su "patio trasero".
Desde que llegó a la presidencia, Kennedy, que era un furioso anticomunista, advirtió que –durante el llamado período de la Guerra Fría– las acciones bélicas directas no tendrían lugar entre los dos bloques hegemónicos. Había, en ellos, un exceso de técnica bélica que lo impedía. El terror nuclear recomendaba una excesiva prudencia que los dos colosos ejercieron celosamente. Las luchas, entonces, se dieron en otras latitudes.
Demoraron en advertir que en América latina los comunistas se habían posesionado de Cuba, brillante tarea de esos barbudos que habían seducido y engañado a la CIA diciéndose democráticos, y que la CIA creyó que apenas venían a tirarles abajo a ese sargento Fulgencio Batista, un sanguinario impresentable, que había hecho de Cuba un prostíbulo y un garito para la mafia. Apoyaron a los muchachos de Fidel, que les dieron una enorme y pésima sorpresa: su líder se definió y definió a su movimiento como marxista-leninista. Decidieron aprender la lección: nunca más un Castro en América latina. Porque Estados Unidos decía no pretender apropiarse del mundo como los soviéticos, pero en verdad ya casi lo dominaba o ésa era su meta. Con justa razón, el profesor Chalmers Johnson consideró que había más simetría entre las políticas de la Unión Soviética y de los Estados Unidos de lo que los norteamericanos deseaban reconocer: "Si en el transcurso de la Guerra Fría la Unión Soviética intervino manu militari en Alemania Oriental (1953), Hungría (1957) y Checoslovaquia (1968), los Estados Unidos articularon el golpe en Irán (1953), la invasión de Guatemala (1954) y de Cuba (1961), ocuparon militarmente la República Dominicana (1965) e intervinieron en Corea (1950) y en Vietnam (donde sustentaron dictaduras y mataron a un número más grande de personas que la Unión Soviética en sus exitosas intervenciones)" (Chalmers Johnson citado por Luis Alberto Moniz Bandera en su notable ensayo: ‘La formación del Imperio Americano’). En una comparación inevitablemente odiosa y desagradable, posiblemente la CIA sea y haya sido una organización más cruel, más asesina y, sobre todo, más responsable de la llegada de regímenes genocidas al poder que la KGB soviética. Medio mundo o más no diría esto por la prepotencia, la supremacía que tienen los medios en la formación de la subjetividad de las personas. El cine, por ejemplo (gran herramienta de propaganda de EE.UU.), siempre ha mostrado a un agente de la KGB como alguien más siniestro que uno de la CIA, que, con frecuencia, es el héroe de la película. Jack Ryan, sin ir más lejos, tuvo la pinta y el carisma de Harrison Ford. ¿Quién, en la KGB, podía competirle? Pero un serio problema se le aparece a la Administración Nixon. En 1970, el socialista Salvador Allende, candidato de la Unidad Popular, gana de modo inobjetable las elecciones en Chile. Pese a que Allende propone una "vía pacífica" –o una "vía democrática"– al socialismo, Richard Nixon lo odia desde el primer día. Y desde ese día se propone echarlo del gobierno. Aquí debo mencionar dos documentales formidables con los que trabajo estas cuestiones y deben (creo) ser consultados: uno es casi una autobiografía de Robert McNamara y se titula ‘La niebla de la guerra’, el otro es una pequeña obra maestra de Chistopher Hitchens, ‘Los juicios de Henry Kissinger’. En éste, Hitchens nos muestra la pasión que pone Kissinger en dejar contento a su jefe, Nixon, y demostrarle que se puede hacer con un país lo que Estados Unidos desee. No aún con Chile, porque Allende acaba de ganar muy limpiamente "y nosotros respetamos la democracia". Nixon acepta este dogma, pero tiene claro que –en caso de llegar a imponer una dictadura– siempre es mejor una dictadura no-comunista que una comunista (ver Luis Alberto Moniz Bandeira, ‘La formación del Imperio Americano’, p. 278). Seguramente compartían este criterio las empresas que le hicieron saber acerca de la gravedad del asunto: la ITT, la Pepsi Cola y el Chase Manhattan Bank. Todas se comunicaron con el presidente de la CIA, Richard Helms. También lo hizo Nixon, en una reunión relámpago: se sentó, tomó un vaso de agua, dijo un par de cosas y se fue. Destinó 10 millones de dólares para la tarea de desestabilizar al "hijo de puta" –así le decía: SOB—, pidió acción inmediata, dejar de lado al embajador, poner los mejores hombres en la tarea y en 48 horas deteriorar la economía. A partir de ese punto empezaría el trabajo en serio.
Kissinger tenía un buen concepto de la habilidad política de Allende: por todos los medios exhibiría que no era un satélite soviético, a lo Castro, ni siquiera un gobierno abiertamente comunista. Pero no estaba dispuesto a mostrar que le creía. En suma, entre Nixon y Kissinger deciden hundir a Allende desde el primer día de su llegada al poder. Así se hace la historia. En tanto, en América latina se festejaba el gran paso de la llegada al gobierno por elecciones libres y democráticas de un gobierno socialista (aunque fuese con un margen leve: la Unidad Popular sólo alcanzó el 36,2%), en las oficinas de la CIA o en el despacho más privado de Nixon la tarea de destrucción ya estaba en camino. Precisamente en ‘Los juicios de Kissinger’, el halcón Alexander Haig (que anduvo por aquí tratando de arreglar la guerra de Malvinas) lanza una exclamación con la fuerza de un escupitajo iracundo: "¿Otro Castro en América latina? ¡Por favor!" O sea, ni locos. Allende debía caer.
Haig es un activo soldado de esa causa. En mi novela ‘Carter en New York’, Joe Carter le cuenta a un amigo moribundo el modo en que Haig (Alexander Higgins en la novela) se despide de Allende antes de subir al avión que lo llevará a los States, cumplida ya su tarea. Explica: "El problema –ahora– es el Islam. Pero a los 24 años conocí al senador republicano Alexander Higgins. El hombre era un genio. Uno de los grandes cerebros que –allá por 1973– liquidó al gobierno socialista de Salvador Allende. Y que –no hacía mucho, entre un trago y otro– le había confesado ciertas cosas. ‘Sabes, Carter, Allende tenía la beatitud de un arcángel. Mas, ¿qué podía hacer yo? Sólo reconocerlo, pero no evitar mi trabajo por sentimentalismos peligrosos, que te mienten o te ciegan. La última vez que estreché su mano, poco antes del golpe que acabó con su vida, abandonaba yo la República de Chile, todo estaba ya hecho. Acerqué mi cara a la suya y en voz muy baja pero audible para él y para mí, le dije: ‘Es usted un hombre puro. Comunista o no. Cuando le caiga encima el caos que le hemos preparado recuerde estas palabras de uno de sus enemigos. Es usted un hombre bueno, equivocado pero honesto y valiente. Estrecho su mano con orgullo, doctor Allende. Y es la última vez que lo hago’. Me miró a través de esos anteojos doctorales, de académico, de hombre culto. Dijo: ‘¿Por qué si tanto me respeta está al lado de quienes buscan mi destrucción?’ ‘Doctor, es muy simple: otra Cuba, en América latina, no. No podemos permitir eso.’ ‘¿Y quiénes son ustedes para permitir o no lo que un pueblo ha elegido democráticamente?’ ‘Los Estados Unidos de América. Y ustedes nuestro patio trasero. No queremos más problemas por aquí. Trate de salvarse. Huya.’ ‘Nunca. Usted no me respetaría si yo huyera. Me respeta porque sabe que lucharé hasta el fin.’ ‘Lo sé. Lo que nunca sabré es por qué luchará hasta morir por una causa tan infame.’ Allende me clavó sus ojos. Diablos, cuando miraba feo podías temblar si no eras duro, si te escaseaban los cojones. Dijo: ‘Lo que nunca sabré es cómo usted dice respetarme y es un mercenario al servicio de un imperio de asesinos’. ‘Doctor, no nacimos para entendernos. Estamos a punto de dejar de respetarnos. Y si me quedo uno o dos minutos más junto a usted acabaré por hacer el trabajo que en breve harán sus verdugos.’ ‘Parece conocerlos.’ ‘Los hemos entrenado nosotros, doctor.’ ‘¿Quién es el principal cabecilla?’ ‘¿No lo sabe? ¿Ni eso sabe?’ No dijo palabra. Todo estaba tan irrefutablemente tramado que no me importó darle el nombre del general que le habíamos destinado como verdugo. ‘Pinochet.’ ‘¿El general Pinochet?’, se asombró. Y, muy seguro, dijo: ‘El general Pinochet es mi amigo’. ‘Doctor Allende, parto de Chile con una duda: si es usted increíblemente bueno o increíblemente tonto.’ ‘Pues yo lo despido con una certeza: usted es un perro, una escoria humana que insulta la esencia del hombre.’ ‘Lamento desilusionarlo, doctor: pero a esa esencia, de nosotros dos, la encarno yo mejor que usted. Le dejo una enseñanza antes de irme: usted, como comunista, cree que esa esencia es buena y bastará que ella triunfe para que los hombres sean libres. Nosotros creemos que es mala. Que es egoísta y sólo el dinero le importa. Por eso los matamos y los seguiremos matando y les ganaremos todas las guerras. Piénselo.’" (‘Carter en New York’, ed. cit. pp. 105/106/107).
El otro decisivo factor que derrocó a Allende fue "el decano de la prensa chilena", el centenario periódico El Mercurio. Agustín Edwards, su director, viajó hasta las oficinas de Nixon y volvió con dos millones de dólares para la tarea democrática a emprender. Desde sus páginas inflamadas de patriotismo anticomunista, El Mercurio llamó a la lucha a las conchetas chilenas, que son temibles. Inauguraron la moda de las cacerolas.
Todo está dicho. Allende se refugia en La Moneda y dice que no habrá de huir. Ahí se queda. Se hunde con su barco. Tiene puesto un casco de guerra y sostiene una metralleta. Da un último discurso: "Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor". Don Agustín Edwards, director del "decano de la prensa chilena", habrá brindado con buen champán. Las conchetas, felices. Los obreros, perseguidos y asesinados. Allá, en el Norte, la CIA, Nixon y Kissinger, satisfechos. Allende se suicidó o lo mataron. Pero estuvo en su puesto hasta último momento. El 11 de septiembre que América latina recuerda y llora es éste. El otro, el de las Torres, ni sabemos quién lo hizo. Y, emperradamente, como le habría gustado a don Salvador, seguiremos creyendo que alguna vez, más tarde o más temprano, se abrirán las grandes alamedas. Y el primero en pasar por ellas será don Salvador Allende. Una enorme pancarta con su cara de hombre bueno, que soñó un sueño tal vez imposible, pero que él sostuvo hasta el final. Así, pocos, Salud, héroe, mártir, ejemplo perenne. En usted se encarnó lo mejor de la condición humana.
12 de septiembre de 2010
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dictadura sin tabiques


"Es injusto restar mérito y proyecciones a la Conadep, al Nunca Más y el Juicio a las Juntas. Mucho más que avances, fueron un salto de calidad en la historia, elevaron impensablemente el piso de la lucha por la verdad y la justicia".
[Mario Wainfeld] El sacerdote Orlando Yorio testimoniaba en el Juicio a las Juntas militares. Contaba que, tras ser secuestrado, se lo llevó a un lugar desconocido. Le vendaron los ojos, lo maniataron, le pusieron grilletes en las piernas. No le dieron comida ni agua, no lo dejaban moverse ni para hacer sus necesidades. De vez en cuando, entraban desconocidos para insultarlo o amenazarlo de muerte. Permaneció, según su cálculo, dos o tres días. Un camarista le preguntó: "¿lo torturaron?" Este cronista asistía, como público. En un plazo infinitesimal se dijo "¿cómo le puede preguntar eso?". Pero, antes de que Yorio retomara la palabra (menos de un segundo, quizá), intuyó que su duda no era del todo adecuada. Intuyó lo que contestaría Yorio: "No –dijo–, no me torturaron". Tortura, en la acumulación de historias ya conocidas eran el submarino, la picana, los tormentos físicos.
El cronista recordó la anécdota anteayer cuando Rafael Ianover, prestanombre de David Graiver, contó que fue detenido en 1977, llevado a un campo de concentración, sometido a interrogatorios kafkianos, eventualmente con los ojos vendados. Pero, remachó dos veces, no lo torturaron.
La percepción de las víctimas expresa algo, que es la magnitud del terrorismo de Estado y el modo en que trastrueca escalas de valoración. Un detenido que salía vivo era, en el marco del horror, un "privilegiado". En los primeros tiempos, hasta un sospechoso para sus compañeros.
Ese contexto de supresión de las garantías legales básicas y hasta de negación de la humanidad regía a partir de 1976. Afrenta a la inteligencia ignorarlo, pretender que una transacción estratégica para la Junta Militar podía realizarse con visos de normalidad, de equilibrios contractuales, de libertad en casi cualquier sentido de la palabra. Máxime si se trataba del patrimonio de un empresario intrépido, judío para mayor incordio, que tenía buen diálogo con el ex ministro José Ber Gelbard (a quien se había privado de derechos, ciudadanía y patrimonio mediante un bando fundacional) y con la organización Montoneros. Cuando políticos relevantes dicen "las empresas no presionaron", dan por comprobados hechos tangibles que no conocen. Y, de mala fe, soslayan un dato evidente, ineludible: había un gobierno genocida (dueño de vida, muerte y bienes) que presionaba por ellas, por sus socias deseadas.

Denunciante al banquillo: Desde hace muchos años, las víctimas y sus familiares tienen una eminencia especial en la Argentina. Comenzó por las que sufrieron violaciones de derechos humanos, se fue propagando a otras. Las de gatillo fácil, las de delincuencia común, las de accidentes de tránsito, de Cromañón, en algún sentido los asambleístas de Gualeguaychú.
Las víctimas, así se fue construyendo, deben ser escuchadas, respetadas. Se mencionan sus nombres, a menudo se las identifica por los de pila.
El rol de víctima, su voz construyen una forma de autoridad. Centenares, acaso miles de víctimas de crímenes de lesa humanidad han declarado en juicios en toda la geografía nacional. Nadie los ha denostado ni menoscabado, salvo grupúsculos fascistas de nula representatividad y algunos abogados defensores. En los medios hegemónicos y en muchos de sus voceros del espacio opositor, Lidia Papaleo de Graiver hace excepción a esa regla.
Los argumentos para ningunearla (valga la expresión) son variados, contradictorios, acumulativos. Estirarlos una línea demostraría una perversidad inmensa. Recorramos algunos: es la hermana de Osvaldo, un dirigente de la derecha peronista. Su esposo manejaba dinero de Montoneros. No estaba casada con él en Argentina. No hizo la denuncia antes. Parecería que esas referencias tornan menos grave su padecimiento, menos intensos sus vejámenes. Un poquito justificables.
Intérpretes de todo pelaje "saben", dan por sabido, por qué la chupó y torturó la dictadura. Fue por esto y no por aquello, por esa plata no por estas acciones. ¿Cómo estarán al tanto de la lógica de los represores, se pregunta el cronista, cuáles son sus fuentes certeras? Si se lee bien lo disponible, se llega a otra conclusión. Los documentos públicos de la etapa son poco fiables, predispuestos por los represores. Los diarios, en cambio, son más instructivos: dan cuenta de los pactos y celebran el apoyo dictatorial. En aquel entonces valía un festejo, era una condecoración. Ahora, es una suerte de confesión histórica.
La víctima pasa al banquillo culpabilizada por haber reflotado un conflicto de intereses. Las circunstancias básicas no se develan ahora: eran conocidas, se las denunció, se las acalló en el ágora, se narcotizaron las investigaciones en los tribunales. Resurgen porque son más viables, en otra contingencia histórica. Restablecida la legalidad, derrocadas las leyes de la impunidad, controvertidos los poderes mediáticos oligopólicos.

El recorrido de las víctimas: Lo que define a la víctima del terrorismo de Estado, disculpe usted la obviedad, no es su trayectoria previa o ulterior. Es ruin e ilegal valerse de ella para justificar o mitigar la afrenta y los delitos.
Eran gentes de avería, tenían lazos con la derecha peronista o con las "orgas" los subterfugios remiten al clásico "en algo andaría" en gran medida superado, merced a la toma de conciencia del conjunto social.
Hubo un tránsito, para nada lineal. Recordemos que, en sus primeras apariciones, las propias Madres hablaban de la inocencia de sus hijos, entendida como sinónimo de falta de participación política. Ni hablar de ligazones con organizaciones revolucionarias o armadas. El Nunca Más politizó y cristalizó ese legado. Se pasó "de la lógica justificadora de ‘por algo será’ a la lógica despolitizadora del ‘no hicieron nada’, describe bien el sociólogo Daniel Feirstein. Extraemos esta cita de su libro ‘El genocidio como práctica social’, que también inspira en buena medida todo este párrafo.
No hablamos, sólo, de la "teoría de los dos demonios", sino de un primer reflejo social, más vasto que la interpretación del libro de la Conadep. Permeó también textos y películas bien intencionadas del primer tramo del alfonsinismo. Luego el discurso y la visión histórica hincaron el diente en la realidad: muchas víctimas eran militantes, comprometidos, combativos, algunos combatientes.
Los organismos de derechos humanos, sus familiares, muchos de sus compañeros los tomaron como ejemplo de vida, como referencia política. En diciembre de 2001, reseña bien Feirstein, muchos jóvenes que salieron a la calle se definieron como sus sucesores. Estaban en otra coyuntura, pero interpretaban ser continuidad de "los 30.000", recogían su legado insurgente.
Politizar, re-politizar es también acicatear los debates. Su responsabilidad histórica se puso en cuestión, no todos opinaron igual. Pero fueron contados, casi nadie, que refutó su condición de víctima o que intentó justificarla por sus actos o por sus pretensos errores políticos.

El paso del tiempo: Es injusto restar mérito y proyecciones a la Conadep, al Nunca Más y el Juicio a las Juntas. Mucho más que avances, fueron un salto de calidad en la historia, elevaron impensablemente el piso de la lucha por la verdad y la justicia.
Medirlos con la vara actual, refutar desde hoy sus discursos es un anacronismo, plagado de riesgos. Pero se equivocan también quienes creen que ese proceso, esa investigación o ese libro cerraron la saga, fueron el clímax y no el inicio. Con los años se fueron agregando saberes, vivencias, un vocabulario nuevo, militantes, intelectuales, académicos, jurisprudencia creativa. Y muchas personas fueron superando reticencias, miedos o desconocimiento, sumando sus testimonios.
Si los crímenes de lesa humanidad son imprescriptibles, ¿cómo fijarle plazo terminal a la posibilidad de denunciar?
Se han acumulado sentencias contra represores. Unos pocos (que es algo muy distinto que ninguno) fueron absueltos por falta de pruebas en juicios completos o respecto de algunos delitos. Para los sobrevivientes (familiares o víctimas directas) son situaciones muy dolorosas, exasperantes. Desde un ángulo institucional que las condenas no sean automáticas consolida su legitimación social. Se sancionó en base a pruebas contundentes, a testimonios desgarradores y verosímiles. Hasta ahora nadie, salvo algún abogado con ínfulas de represor, adujo que una víctima mentía. Hay que colocarse en ese lugar, espantoso, y pensar antes de estigmatizar.
Los presuntos delitos de lesa humanidad vinculados con la venta de las acciones de Papel Prensa seguirán la regla. Pleno derecho de defensa, presunción de inocencia. Será arduo probarlos, pero enaltece a la sociedad que puedan sustanciarse, repasando en paralelo las responsabilidades históricas, "la conciencia pública", escribió el sociólogo Horacio González en un artículo ("El año 2015") publicado en Página/12 el 31 de agosto. Entre otras frases insuperables, consignó: "El secreto del Estado clandestino lo sabía el Estado visible (...) Era la confiscación general de bienes, en todos los planos de actividad –empresas y personas– cuya metodología en la mayoría de los casos reposaba en la ley de fuga, en los vuelos de la muerte o en los campos de concentración, cuarteles, comisarías o destartalados predios del Estado. Y en los otros, de la prisión anterior o posterior a los hechos, como coreografía de la cesión de bienes y contratos de traspaso de propiedades". Un continuo, una realidad integral, totalizadora. Eso fue la dictadura. Hay narrativas que tabican: la city era una cosa, con un clima de negocios propicio. El mundo del horror funcionaba en otra galaxia. Quienes estaban en la previa de pasar a Puesto Vasco y la tortura gozaban de plena libertad.
De echar luz se trata, aunque se quiera aturdir con cronogramas, contratos de adhesión redactados por los dueños del poder o acusaciones contra los que fueron víctimas.
9 de septiembre de 2010
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