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página roja

la corta vida de dos pibes chorros


[Cristian Alarcón] Jorge Martínez y Jonathan Lorenzo cayeron baleados por la espalda por un policía bonaerense, este fin de año.
Sus familias descubrieron que no era el primer fusilamiento del ‘paraguayo' Sosa: ya había matado hace seis años. Un relato de dos vidas de pobreza donde se mezclan una comunidad, códigos, trabajo y crimen.
El comedor popular Juanito Laguna iluminado por la luna llena del jueves brilla en un extremo del barrio, que a un mes del asesinato de dos de sus pibes sigue sin levantar el volumen de la cumbia y el rock and roll. El Barrio Mitre, en Saavedra, está de duelo. Sólo el retumbar de la murga se deja escuchar por los ensayos del Carnaval. Aunque es de noche, la ronda se forma bajo un árbol, donde alguien coloca las sillas de plástico para que se siente la madre de Jorgito Martínez, uno de los pibes que murió de tres tiros en la espalda cuando lo persiguió un sargento de la bonaerense. La mujer ya cocinó como todos los días para cientos de chicos. Habla con el delantal puesto y la voz templada por el dolor. "Hacía poco tiempo que salía a robar. Yo lo quise frenar, pero él siempre me contestó con las mismas palabras: ‘no pasa nada, mamá'. Los chicos de ahora se creen dueños de la verdad, del mundo. Ellos dicen que viven por los códigos, y que no los pueden quebrar."
Página/12 contó el miércoles pasado la historia de este doble crimen suburbano y un dato desconocido: el mismo policía había eliminado a otro ladrón seis años atrás. Lo que los medios habían publicado tras la última Navidad era la cruda noticia policial: persecución y tiroteo en la Panamericana, dos delincuentes muertos. Primero cayó Jorge Andrés Martínez, ‘Jorgito', con un tiro en la nuca y dos en la espalda. Luego, cuando llegaban avanzando por la colectora en contramano, de provincia a Capital, casi en la General Paz, Jonathan Lorenzo, de 24 años, recibió cinco disparos, todos por la espalda. Fue el 24 de diciembre a las cuatro de la tarde.
Pasó un mes hasta que la familia de Jonathan se contactó con Sabina Sotello, presidenta de la Organización Por la Vida, una ONG de derechos humanos y madre de Víctor Manuel ‘El Frente' Vital, el chico conocido como "el santo de los pibes chorros", protagonista de un libro escrito por este cronista, Cuando me muera quiero que me toquen cumbia. Magdalena, la mamá de Jonathan, y Sabina pasaron dos horas conversando sobre el caso hasta que se mencionó el nombre del asesino de Víctor. "El que mató a mi hijo se llama Héctor Eusebio Sosa", dijo Sabina. "El que mató a mi hermano se llama Héctor Eusebio Sosa", dijo Pablo Lorenzo, el hermano mayor de Jonathan. Una serie de casualidades los había juntado. Unos de Saavedra, los otros de San Fernando, ahora viviendo en Don Torcuato, no tenían mayores puntos en común. De pronto el destino fatal y la misma mano ejecutora del tirador los unía en la tragedia.

El Respeto
La luna se proyecta sobre el Barrio Mitre, en el fondo de los pasillos anchos y prendidos. Las familias saludan el paso de los hermanos Lorenzo. Pablo y Emiliano lideran la murga Los fantasmas de Saavedra, que está por comenzar su ensayo. Emiliano cuenta la vida de Jonathan: una vida rara, dice. En los últimos años había cambiado un par de veces. Primero estuvo preso un año y un mes por un robo sin armas a un locutorio. Estaban escabiados, dicen. Fue un deshonor que lo engancharan junto a otro y a una novia bien, una buena piba de Olivos. Salió con ganas de rescatarse. Como Pablo es motoquero, le consiguió trabajo en una mensajería. Después fue repartidor de La Farola y de un restaurante de sushi. Fue la época en que un peluquero del barrio lo convenció: Jonathan, de pronto, se convirtió al evangelio. Durante varios meses dejó la cerveza, el fernet y las drogas. Se obsesionó con recuperar a la novia de la adolescencia. Con Sabrina habían tenido un hijo, Elián, que ya cumplió los siete años. Sabrina, que también se dejó tocar por el milagro de la religión, le creyó. El se bautizó y después se casaron en una ceremonia inolvidable. Ahora Sabrina está embarazada de seis meses.
Pero su compromiso con los mandamientos duró poco. Tras el casamiento se fueron a vivir a un departamento en Drago. Al poco tiempo él volvió a los consumos. Y aunque trabajaba de lunes a viernes como mensajero, los fines de semana regresaba a la calle. "Eran tres, cuatro pibes que les daban a las cajas del Coto. A Jonhy le gustaba sacar pecho", reconoce Pablo. Si hay algo que, además de compartir verdugo, acerca la historia de Jonathan y Jorge a la del mítico Frente Vital, es esa manera en que sus seres queridos pueden hablar de sus historias y decisiones sin ambages, con la claridad de quien conoce las reglas escritas y no escritas. "Me lo podía imaginar preso, uno puede aceptar que ésas son las reglas, que si hacen algo malo la ley los castigue –dice Magdalena, la madre–. Pero no puedo aceptar que los fusilen. Mi hijo estaba escapando pero le dispararon cuando estaba indefenso. No pudimos cruzarle las manos en el pecho cuando lo pusimos en el cajón porque las tenía cerradas tal como había agarrado el volante de la moto."
Durante los últimos tres meses los primos Jonathan y Jorge parecían una sola persona. En el barrio los recuerdan como un dúo gracioso: eran simpáticos, lindos, de alguna manera ganadores. Como Jonathan había entrado en una crisis de pareja, pasaba el tiempo en la casa de Jorge, que vivía a su vez con su padre. Durante el día se mudaban a la casa de su hermana Romina o a la de su mamá. Todo en el Barrio Mitre queda a media cuadra. Así que este territorio era el que los circundaba. Su presencia se puede notar en el ánimo de los que se acercan. Un silencioso protocolo hace que cada amigo, cada compañero de la murga o de la cancha, se acerca para presentarse. Al funeral fueron 500 personas. Treinta motos. Cincuenta autos. Un micro lleno. "No eran los chicos más educados porque habían dejado la secundaria, pero tenía respeto. Al mayor lo trataban de usted. A la señora que veían con las bolsas en la feria, la ayudaban hasta su casa. No eran barderos. Más de una persona se sorprendió porque robaban", dice Romina bajo el árbol sobre el que cae la noche.

Los Códigos
Jorge había llegado a los 19 flaco, largo, ducho para el fútbol, con una novia linda. Dejó en segundo año, pero con la nueva pareja de su madre aprendió albañilería y trabajó en varias obras. El verano pasado hizo la limpieza en el Parque Sarmiento, donde Olga trabaja hace cuatro años como empleada del gobierno porteño. "Pero después se enojó porque pagan poco y recién en junio. Yo le decía que volviera pero ya su mente estaba en otro lado", dice. A Olga el dolor no le ha dado tregua. Al comienzo no puede hablar. Se le cierra la garganta, dice. Pero avanza cuando se acerca al milagro de ese parto. "El era mi bebé. Cuando nació pesó un kilo. Veintidós días estuvo en el incubadora. Salió con un kilo 770 gramos. Como ni siquiera le entraba la ropa de prematuros yo le compraba ropa de muñecos. Era un cristal, no se podía fumar, no se podía echar perfume. Yo sabía que Dios me lo había prestado, que no podía ser para siempre –piensa Olga–. Pero si hay algo que me tranquiliza es que vivió como él quiso. Era muy alborotado. No entiendo por qué se le dio por hacer esto."
Olga habla como hace siete años Sabina sobre su relación con el Frente Vital. Lo ayudaba, a él no le faltaba nada, con sus dos trabajos podía comprarle las zapatillas, del comedor llevaba la cena todos los días. ¿Qué más quería? Romina lo atormentaba: "Dejá eso. Dejá de joder". El le respondía: "Hay códigos. Se entra pero no se sale". En ese tiempo de preocupaciones Olga miraba el único programa de TV que narra la pobreza del conurbano. En Policías en acción se puede ver el destino penal de la pobreza. Allí imaginaba a su hijo, en manos de esos hombres fuertes, golpeado, insultado, encerrado. Pero la cámara testigo no llega a mostrar gatillos fáciles. Así que nunca lo imaginó muerto. "Me moría de dolor de pensar que lo iban a hacer pasar por eso. Eso me imaginaba yo, que me lo iban a llevar preso, pero no esto, esto fue una masacre."
Magdalena también combatía con su hijo Jonathan, sin éxito. "Nunca le acepté diez pesos. Como le llamaba la atención se iba. La verdad es que eran unos pibes, ellos querían ser ladrones pero no lo eran, no llegaban a tener esa estatura. Robaban porque querían salir a bailar a Bus, al Tropitango, que era donde iba el Frente; llevar la novia al cine. No sé cómo explicarlo, ellos no eran dos matones", dice. Todos insisten en reconocer que las dos víctimas del policía bonaerense, el Paraguayo Sosa, como muchos otros delincuentes eventuales evitaban los enfrentamientos armados. Hacen hincapié en lo que figura en la causa judicial: el día del raid fatal primero intentaron entrar a una casa de Olivos. Como su víctima se resistió, aún estando armados, se retiraron hacia otro objetivo sin agredirlo. "Hay un pibe que cuenta que con mi hermano un día robaron un auto, el chofer, encañado, se bajó –cuenta Romina–. Y cuando ellos iban a arrancar, escucharon: ‘papi, papi'. Entonces se bajaron, y se fueron caminando. No le devolvieron las llaves para que el tipo no corra a llamar a la policía, pero le dejaron el auto ahí, porque con chicos no se metían."
¿Cuales son los códigos de los que se habla en el barrio? Dicen: respetaban los horarios, no se metían con la mujer de alguien preso, iban a visitar a los que estaban en la cárcel y si se enteraban de que un gil había robado a alguien en Ruiz Huidobro, a la salida del barrio, ya entre las coquetas casas de Saavedra, lo apretaban. Los Miel, como se decían el uno al otro los primos ("qué hacés Miel, vení Miel, subí Miel"), "tenían, a pesar de todo, un sentido de comunidad, un sentido de pertenencia", dice Pablo Lorenzo. "Ni ellos hubieran querido ni nosotros, ni los pibes que todavía los lloran, hubiéramos querido tampoco, que a Sosa lo mataran. No pedimos muerte. Pero él los fusiló y vamos a pelear para que vaya preso."

4 de febrero de 2007
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perder todo por trescientos pesos


[Horacio Cecchi] Un panadero disparo contra un asaltante pero mató a una vecina.
Ocurrió en Remedios de Escalada. Un asaltante robó 300 pesos a un panadero. Este tomó una pistola 9 milímetros y salió a la calle. Disparó ocho veces a 66 metros. El asaltante huyó, pero una de las balas impactó en una vecina que murió unas horas más tarde.
No se sabe si es el vértigo que impone tanto periodista enfocando y preguntando; no se sabe si es la sorpresa que todavía sopla en el aire; o si es esa murmuración bajita de velorio en plena vereda lo que le da a la calle Ruiz de Ocaña, en Remedios de Escalada, un aspecto de barrio dominguero, pero en tarde de perros. Son dos cuadras de Ocaña apenas. Dos cuadras, entre Marco Avellaneda y Lituania, en las que los vecinos sacaron sus sillas a la vereda, se apoyaron en las verjas de hierro, se saludan, se miran y comentan. En esas dos cuadras se desarrollaron los acontecimientos pasadas las 7.30 de ayer. A esa hora, un ladrón entró a la panadería Belgrano, de Luis Zurrón, robó 300 pesos y, como era previsible, corrió. Don Luis buscó su Bersa 9 milímetros y corrió también, detrás del muchacho, que había salido hacia la derecha, hacia Quirno Costa, por donde dobló. Pero antes de doblar, don Luis ya lo tenía en la mira, como había practicado en el polígono de tiro. Como era previsible, disparó. Ocho veces, no está claro si corriendo o no. De todos modos, no importa. El muchacho escapó. Don Luis perdió los 300, perdió la libertad y el alma; para el barrio dejó de ser don Luis para ser ‘pobre Luis', y Gladys Pérez, una vecina que salió a esa hora de su casa y caminaba hacia el trabajo sin saber que caminaba hacia una bala de pobre Luis, perdió la vida.
La tragedia de la calle Ocaña se fue tejiendo desde hace tiempo. Difícil de prever, pero absolutamente previsible. En el número 3634, entre Avellaneda y Costa, abre sus puertas la panadería Belgrano, de don Luis Francisco Zurrón, de 44 años. El edificio tiene planta baja y dos pisos. En el primero, encima de la Belgrano, se despliega Chocolate, un salón de fiestas, también de don Luis. En el segundo, una evidente ampliación para dar lugar al salón de fiestas, está su vivienda.
A una cuadra, cruzando Costa y antes de llegar a Lituania, en el 3544 de Ocaña, pasando un pasillo, en la casa del fondo, vivía Gladys Marcela Pérez, de 36. Vivía con su marido, Gabriel, y sus dos hijos, una nena de 10 y un nene de 4. A unos veinte metros de la casa de Gladys, en dirección hacia la panadería pero sin cruzar Quirno Costa, hay una casa blanca con el número 3588. Frente a esa puerta, sobre la vereda, cayó Gladys con un proyectil inesperado, de 9 milímetros, que le atravesó el cuello.
Pobre Luis había sido asaltado varias veces. "Acá todo el mundo está en peligro", dijo Martín, un vecino de enfrente. "Luis iba al polígono de tiro desde hace tiempo, por ahí lo superó la situación y salió a la calle. Hizo lo que en el polígono dicen que no hay que hacer, salir a la calle. Pero qué querés. Lo robaron tantas veces que fue una reacción. No es cierto que tuviera la pistola en su casa. La tenía en el local porque ya lo habían asaltado. Acá a cualquiera ya lo encañonaron alguna vez, si es que no te balearon. Roban con mucha impunidad. Yo también voy al polígono, y a la calle no voy a salir, pero si veo uno adentro de mi casa, lo mato. Yo entrego mi arma, pero que venga la policía y cuide."
–Pero el único que murió es uno de ustedes.
–Fue una fatalidad –dice otro vecino que vive enfrente de lo de Gladys–-. El solamente estaba podrido de que lo asalten.
–¿La conocían a la mujer que murió?
–De vista –dicen, como si trataran de alejar su fantasma que incomoda–. De verla salir al trabajo. Tenía dos chicos. Pero no, no la conocía, hace nueve años que vivía acá, pero siempre un saludo, un hola qué tal. Muy buena gente.
La mujer (para algunos vecinos), la vecina Gladys Pérez, cayó como fulminada. "Salió a defender lo de él, como cualquier hijo de vecino, pero me tocó la desgracia de que justo estaba mi señora. No tengo explicación para esto", dijo Gabriel, el esposo de Gladys, a Radio del Plata casi inexplicablemente como él mismo lo dijo, todavía absorto y todavía con la lección de la fatalidad en su mente.
Pobre Luis era legítimo poseedor de su Bersa 9 milímetros, pero no tenía la portación, o sea, como decía su vecino, no podía salir a la calle con la pistola armada y cargada. Mucho menos, disparar sin siquiera ser defensa propia.
La fiscal de Lomas de Zamora a cargo del caso, María Recalde, sostuvo que el panadero fue detenido y acusado de homicidio simple con dolo eventual y portación ilegal de arma. Por el momento, la fiscal cree que el panadero debería haberse representado que al salir a disparar a la calle podía matar a un inocente. Recalde agregó que disparó contra el delincuente a 66 metros y que al menos uno de los proyectiles impactó en la víctima. Todo ocurrió cuando el Gobierno está afinando los últimos detalles para poner en marcha el plan de desarme.
"Una fatalidad", dicen los vecinos. Fueron infinitas. Gladys vivía sobre la misma vereda que la panadería. Todos los días de trabajo caminaba en esa dirección para tomar el colectivo. El ladrón corrió en esa dirección y no en otra. No era sábado o domingo, con lo que no hubiera trabajado. Todas fatalidades. Lo previsible es que el arma de pobre Luis estaba para matar a alguien.
Y mató a Gladys.

"Una Triste Demostración"
Para Darío Kosovsky, miembro fundador de la Red Argentina para el Desarme, la muerte de Gladis Pérez por uso indebido de arma de fuego es una vez más "la triste demostración de que la inseguridad no se combate teniendo un revólver al alcance de la mano". Además, es un ejemplo de "lo falso" que son los argumentos de los sectores que se oponen a la implementación de políticas de canje de armas.
"Este caso refleja la urgencia de impulsar políticas públicas desde una mirada distinta a la que propone la línea de Blumberg. Esta sostiene una dicotomía entre los legítimos usuarios y los que portan armas ilegales. Esta dicotomía se basa en que los primeros se arman para defender a su familia y a su propiedad de los segundos, que son los delincuentes", explicó Kosovsky.
En contra de esa visión, el especialista sostuvo que "los casos de accidentes con armas se combaten con políticas estatales que prevengan la conflictividad social".

2 de febrero de 2007
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testigo clave


[Horacio Cecchi] Una mujer fue testigo de cómo la policía mendocina baleó a un chico.
La mujer, de 76 años, describió cómo un policía salía a la puerta de la comisaría 33a y disparaba sobre Jonathan Oros. La policía aseguró que el chico entró a los tiros a la comisaría.
"Lo fusilaron –le dijo Anselma Carabajal al fiscal Eduardo Martearena–. Créame, con 76 años, nunca vi nada igual." La mujer declaró ante la Justicia por el asesinato del joven Jonathan Oros, el 7 de enero pasado, baleado por un policía en la puerta de la comisaría 33a de la ciudad de Mendoza. Como había informado Página/12, ya existían pruebas que apuntaban al gatillo fácil, pero la declaración de Carabajal fue terminante para desmoronar la versión oficial. Los policías aseguraron que el muchacho había entrado a la comisaría como un demente a los tiros y que no tuvieron otra opción que repeler la agresión. Jonathan recibió tres impactos y murió dos días después. También entregaron como prueba de que el chico estaba armado un revólver calibre 22. Pero Carabajal fue testigo de cómo el "policía gordo" salió a la puerta y disparó sobre el chico desarmado y desparramado de tan ebrio en la vereda. Después el policía gordo entró, al rato salió con otro. Tomaron a Jonathan por sus extremidades y lo cargaron dentro. No está claro si el fiscal creyó el testimonio de Anselma, porque hasta anoche, el policía gordo (Claudio Vacca) y sus dos colegas seguían libres y de licencia.
Jonathan Oros pasó toda la noche del sábado 6 de enero y la madrugada del domingo con dos amigos tomando cerveza en el Acme, el kiosco que se encuentra justo frente a la comisaría 33a en el barrio San Martín de la capital mendocina. A la mañana siguiente, después de que los amigos lo dejaron, Jonathan apareció completamente ebrio, desparramado sobre la vereda, cerca de la parada del colectivo que debía tomar para volver a su casa y sobre la puerta misma de la 33a. Lo vio una mujer, que ya testimonió, pero también lo vio Anselma. Desde hace años que Anselma repite la misma costumbre todos los días. Va hasta el supermercado El Atomo, ubicado sobre la misma cuadra de la comisaría, compra alguna cosa para desayunar y se sienta junto a la virgen de Lourdes, a un costado de la 33a. Ese día ya había vuelto del supermercado cuando vio salir "un policía gordo, que no es de la comisaría 33a porque a los de la comisaría los conozco a todos". Efectivamente, el policía gordo se llama Claudio Vacca, no pertenecía al plantel de esa comisaría y fue enviado a la 33a castigado, como lo reconoció el propio ministro de Seguridad, Miguel Bondino.
Luego describió cómo el uniformado, a cuatro metros del chico que estaba desparramado en la vereda, disparó tres veces sobre su cuerpo. "¡Madre mía!", gritó aterrada Anselma, que no lo podía creer. Después, Vacca reingresó, se tardó uno o dos minutos y regresó con otro policía más delgado (sería el cabo Ricardo Moyano). Y Anselma describió cómo los dos uniformados tomaron al chico baleado y todavía vivo por sus extremidades y lo cargaron como una bolsa de papas al interior de la comisaría. Después vendría la versión policial de la demencia y el tiroteo. La mujer agregó que el chico estaba desarmado.
Ese mismo día, Jonathan fue ingresado al hospital Lagomaggiore de Mendoza con una bala en el tobillo, otra en la ingle y una tercera en el tórax. Estaba esposado y ofrecía marcas de golpes en la cabeza. "Lo esposaron baleado y lo molieron a palos adentro de la comisaría. En el estado de indefensión en que se encontraba, es tortura", dijo a Página/12 Pablo Salinas, quien, junto a Alfredo Guevara, representa a Raúl Oros, padre del chico.
El relato de Anselma coincide en todo con la investigación de la Inspección General de Seguridad, a cargo de Juan Carlos Aguinaga. Los investigadores no encontraron el menor rastro de proyectiles calibre 22 dentro de la comisaría; los demás testigos nunca mencionaron haber oído más disparos y todos coinciden en que fueron de la misma intensidad (lo que indica que dispararon una sola arma). Al pedir el legajo de los tres policías se encontraron con que Vacca había sido sumariado por violento y tenía antecedentes psiquiátricos. Y la auxiliar Mónica Arias, a cargo de la 33a en ese momento, tenía apenas seis meses de experiencia en la policía. Los relevos de la comisaría anunciados por el gobierno no son más que licencias con goce de sueldo. Después de todo, Vacca ya había sido castigado al ser enviado a la 33a. Ahora le correspondía recibir un premio.

1 de febrero de 2007
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gatillo fácil


[Cristian Alarcón] Un policía con muy buena puntería. Absuelto en un caso de gatillo facil, ahora mató a otros dos.
Es el bonaerense que mató al Frente Vital. La Justicia lo absolvió. Ahora baleó a dos jóvenes. Sus familias dicen que los fusiló.
El mismo policía que mató en 1999 a Víctor Manuel ‘El Frente' Vital, conocido como ‘El Santo de los Pibes Chorros', ahora asesinó a dos jóvenes acusados de robar. A Jonathan Lorenzo, de 24 años, le dio tres disparos por la espalda. A su primo, Jorge Andrés Martínez, lo eliminó con tres tiros, dos en la espalda, uno en la nuca. Al tercer pibe que iba en la misma moto, Andrés Rivero, le dio también tres, pero no logró matarlo. El policía con buena puntería se llama Héctor Eusebio Sosa, "el Paraguayo". Según denunció ayer María del Carmen Verdú, de Correpi, que representa a las familias de las víctimas, Sosa fue ascendido a sargento mientras estaba procesado por el crimen de Vital y cuando aún no había sido absuelto por un tribunal oral en septiembre de 2005. La Correpi asegura que a pesar de haber estado preso durante un año y medio por ese homicidio, nunca fue pasado a disponibilidad preventiva por el Ministerio de Seguridad bonaerense. "Después de que estuvo preso por la muerte de mi hijo le dieron un premio para que siguiera matando", le dijo ayer a Página/12 Sabina Sotelo, mamá del Frente y miembro del Comité de Transparencia para el Contralor de las Fuerzas de Seguridad, un organismo que depende del ministro León Arslanian.
Dos son los robos con los que se inicia la persecución que terminó con los dos supuestos ladrones muertos la tarde del 24 de diciembre pasado. El primero fue a una pareja que declaró que poco antes de las cuatro de la tarde, cuando entraban el auto al garaje de la casa, en San Isidro, desde una moto les tocaron bocina. Dos jóvenes se acercaron, uno de ellos apuntó a la mujer con un arma. Pero su marido se resistió. No los dejó entrar en la casa. A los ladrones "les cabió", como se suele decir en la jerga delincuencial: se dieron media vuelta y se fueron. "Si eso es cierto no se entiende que ellos hayan disparado como dice la policía –le dijo a este diario Pablo, hermano de Lorenzo–. A Jonathan y a Jorge los fusilaron. Nosotros como familia no estamos a favor de la delincuencia ni nada por el estilo. Es más, podrían haber muerto en su ley, si de verdad se hubieran tiroteado, pero esto fue una masacre."
En la causa judicial que investiga la UFI 3 de Vicente López, a cargo de Germán Saint Martin, figura también el relato de otra persona a quien desde una moto le robaron una riñonera con un celular. El móvil 28459 siguió a las dos motos desde este segundo incidente. Según los policías, Sosa y su compañero, el oficial Fernando David Herrera, con sirenas y balizas encendidas los siguieron durante cinco cuadras. Allí, una de las dos motos dobló y ellos, los policías, decidieron seguir a la que iba con tres pasajeros por la calle Díaz Vélez, siempre en Vicente López.
El relato de Sosa en la causa es minucioso: dice, según el expediente, que "en un momento determinado la moto intenta frenar y es tocada por la trompa del móvil policial, disparando en ese momento hacia los efectivos los tres delincuentes". Según el sargento, por el golpe, Jorge Martínez se cayó de la moto pero quedó enganchado de un pie y fue arrastrado durante 150 metros "flameando su cuerpo y golpeando el mismo con la cabeza en el asfalto". "Sosa dice que mi hermano Jonathan, que manejaba, le disparó a su propio primo, para que se desenganche y escapar más livianos. Eso es parte de su fabulación. Porque ni siquiera se encontraron cápsulas que demuestren que existió el tiroteo", le dijo a este diario Pablo Lorenzo.
Jorge, el pibe de 19, quedó tirado en la esquina de Díaz Vélez y Basavilbaso, con cinco tiros, uno de ellos en la nuca. La persecución, que fue noticia de Crónica TV ese día, continuó durante unas treinta cuadras. En el puente de la avenida Benedetti y Panamericana, Sosa –cuenta él mismo– se quedó sin municiones en su 9 milímetros. Entrenado al fin, el policía usó entonces el arma de Herrera: gastó unas 20 balas en total. "Con dicha arma sigue respondiendo la agresión de los delincuentes", dice el parte policial que figura en la causa. Entraron por la colectora pero en contramano, desde la provincia hacia la Capital. Es entonces cuando Jonathan, herido, pierde el control de la moto. Allí murió. Su amigo Daniel Gustavo Rivero, de 27, quedó malherido. Pasó un mes internado. Pero ya está preso en una comisaría de la zona norte.
Sabina Sotelo estaba convencida de que a pesar de que un Tribunal Oral absolvió en septiembre de 2005 a Sosa por el homicidio del Frente Vital, después de un juicio en el que los abogados denunciaron hostigamientos a los testigos durante los interrogatorios, el entonces cabo estaba, por lo menos, exonerado de la fuerza. Por eso hace una semana, cuando se reunió como militante de derechos humanos –es la presidenta de la Organización por la Vida, una ONG contra el gatillo fácil y los maltratos en las cárceles– con la familia de Jonathan y Jorge, sufrió un shock al darse cuenta, de manera casual, de que a los dos jóvenes les había disparado el mismo hombre que el 6 de febrero de 1999 mató a su hijo.
"A Sabina le han mentido los funcionarios de Asuntos Internos que le aseguraron durante años que Sosa estaba fuera de servicio", dijo Verdú.
Voceros del Ministerio de Seguridad no alcanzaron ayer a dar explicaciones sobre el legajo del policía. Sólo dijeron que está apartado de sus funciones desde mediados de enero, mientras se investiga el doble homicidio. Sotelo explicó ayer que el bonaerense debería haber sido puesto en disponibilidad preventiva en agosto de 2000, cuando se pidió su detención por el crimen del Frente.
Vital escapó de Sosa corriendo por los pasillos de la villa 25 de Mayo, y luego por la San Francisco, en San Fernando, hasta esconderse debajo de una mesa, en un rancho. Pero allí lo alcanzó Sosa. Pateó la puerta. Disparó. El Frente estaba agachado. Sosa declaró que le disparó parado. Por el ángulo de entrada de los cinco tiros que recibió el Frente, los peritos dijeron que el policía debería haber medido 3,30 metros. A pesar de la prueba, en noviembre de 2001, en un juicio abreviado, el fiscal negoció. Sosa asumió que mató en exceso de la legítima defensa y salió en libertad porque ya había pasado un año y medio preso. En febrero de 2003, la Cámara de Casación anuló el juicio abreviado y ordenó uno nuevo, esta vez oral. En septiembre del 2005, un tribunal de San Isidro lo absolvió. Pero en todos esos años el policía nunca fue pasado a "disponibilidad preventiva". "Esto es lo que me tiene que explicar el ministro, por qué premian a los que matan", dijo Sotelo, quien se entrevistará mañana con Arslanian.

31 de enero de 2007
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sabía demasiado


[Horacio Cecchi] Las pericias que faltaban en Ramallo prueban que Saldaña no se suicidó sino que fue colgado en una celda. Sabía demasiado sobre rol de la policía en el atraco al banco.
Saldaña sobrevivió a la masacre de Ramallo pero apareció colgado en una celda de la comisaría del pueblo ese mismo día. Conocía los lazos de la banda con la policía. Una pericia de la Corte bonaerense demuestra que lo asesinaron. Se disparan las sospechas.
Más de siete años después del último disparo de la masacre de Villa Ramallo, la muerte de Tito Saldaña, el asaltante que apareció colgado en la celda de la comisaría 2 del pueblo, empieza a hablar: un dictamen de la Asesoría Pericial de la Suprema Corte demuestra que el joven fue golpeado en la cabeza para adormecerlo y luego estrangularlo por detrás y colgarlo de una reja del techo a la que él mismo no hubiera llegado por sus propios medios. Tanto esfuerzo tiene su explicación: Saldaña era quien tenía los contactos con la estructura policial y quien podía revelar que, efectivamente, el asalto al Banco Nación había sido planeado por estructuras policiales mucho más elevadas que un simple cabo. El golpe anestésico fue determinante para matarlo y simular un suicidio. Como había anticipado este cronista en agosto de 2000, de las pericias planimétricas de Gendarmería se desprendía que para el suicidio pretendido por el gobierno duhaldista y la Bonaerense, Saldaña tenía que ser un eximio contorsionista de circo. "Faltaba que alguien aceptara que lo habían anestesiado de un golpe en la cabeza –dijo a Página/12 Luis Valenga, abogado de la madre de Saldaña, quien venía batallando por el reconocimiento pericial desde noviembre de 2002–. Pero ningún perito estaba dispuesto a firmar lo que en la primera autopsia ya era una obviedad."
Desde que Tito Saldaña logró eludir la lluvia de balas policiales a la salida del Banco Nación de Villa Ramallo hasta su muerte pasaron no más de 10 horas y media. A las 4.08 del 17 de septiembre de 1999 se escuchó el último disparo, seco y alejado, de la masacre de Villa Ramallo, y a las 14.30 fue descubierto colgado en su celda de la comisaría 2. En el medio, el mejor testimonio de su muerte lo dio su cuerpo, las marcas sobre su cuerpo, marcas que salvo el perito de parte Gustavo Games y el abogado Luis Valenga nadie quiso leer. Hasta el 26 de diciembre pasado, cuando la perito de la Asesoría Pericial de la Suprema Corte bonaerense, María Noms, firmó su dictamen resignificando los hechos que llevaron a la muerte de Saldaña y, por obvias razones, reabriendo las líneas que apuntan sobre la confabulación político-policial que derivó en la masacre.
Tito Saldaña apareció colgado en la celda, la única con techo enrejado en la comisaría. Saldaña apareció colgado de esas rejas mediante el cotín de un colchón anudado a su cuello, con un golpe superficial en la cabeza un poco por encima de su frente, con las piernas apoyadas sobre el catre y no del todo extendidas. Las rejas se encontraban a 2,34 metros del catre de cemento, según describieron las pericias de Gendarmería. No había bancos y el único elemento con el que podría haberse ayudado Saldaña para alcanzar el techo y hacer el nudo eran dos colchones que estaban prolijamente colocados parados contra la pared, a un costado del catre, lo que los invalidaba, ya que ni se hubiera preocupado en ordenar antes de su suicidio ni le hubiera sido posible aun queriendo hacerlo.
La perito Noms reunió las dos autopsias, que ya evidenciaban el golpe en la cabeza, la pericia planimétrica de Gendarmería y los reclamos insistentes de Valenga y Games. Determinó que, tal como lo había descripto Gendarmería, el nudo del cotín era del tipo ‘as de guía de seno', que para la ocasión no era corredizo. Sin embargo, el lazo estaba completamente cerrado sobre el cuello de Saldaña, tal como lo demostraba la marca de estrangulamiento completa y con presión ejercida desde atrás. "Estrangulamiento es cuando el cierre es completo y se hace siempre desde atrás, y es típico del homicidio –explicó Games a este diario–. Ahorcamiento es cuando, al colgarse, el nudo corredizo no termina de cerrar, la marca de la soga no es horizontal y la marca del dogal (el nudo) aparece más arriba que la marca de la soga. Cuando es estrangulamiento es horizontal, cierra completo y la marca aparece por detrás."
–Pero si el nudo no fue corredizo, ¿cómo cerró hasta la asfixia?
–Eso es lo que se demuestra. Le hicieron el nudo al momento de asfixiarlo –dijo Games–. El nudo es tan complejo que para hacerlo tenían que dormirlo de un golpe.
Allí empieza a tallar la marca de la Anestesia de Brouardel que todos los peritos describían pero a la que nadie le daba esa significativa entidad.
Las pericias de Gendarmería habían sembrado dudas sobre el supuesto suicidio pero no completaron el cuadro. Un hombre del mismo tamaño y el mismo peso de Saldaña había intentado colgar la soga de la reja. No pudo hacerlo arrojando la soga a través de la reja porque no podía fijar el nudo que apareció muy próximo a la reja. Tampoco, determinó Noms, podría haberse colgado para atar el nudo con la otra mano porque por un lado las rejas tenían una arista superior y lastimaban la mano, y por el otro resultaba imposible anudar con una sola mano. Además, como ya se informó, la marca de la soga no hubiera sido horizontal, como sí aparecía en el cuello de la víctima.
"Para realizar todo ese trabajo tenían que anestesiarlo y eso es lo que hicieron –señaló Valenga–. El golpe que definió Games aparece desde la primera autopsia pero nadie lo relacionó y cuando nosotros lo señalamos, nadie lo quiso firmar."
Hasta el dictamen de Noms, el golpe en la cabeza era vinculado de un modo demasiado tenue por los peritos oficiales. En la pericia de Gendarmería señalaban que el golpe se lo había dado contra las paredes durante las convulsiones previas a la muerte. "De haber sufrido un episodio convulsivo –sostuvo Noms– hubiera golpeado en los laterales de su cuerpo o cabeza y no hubiera quedado en la posición en la cual se lo encontró, prolijamente parado sobre el camastro, con ambos pies apoyados en el mismo y una discreta flexión de su pierna derecha", además de recordar la perito que para golpearse en la frente debería haberse colgado de frente a la pared y no de espaldas. "En tercer lugar –agregó Noms–, no debe dejarse de mencionar la forma redondeada, de bordes netos, del impacto en el cráneo que pareciera reproducir el elemento productor. (...) Deberá así considerarse la hipótesis de la anestesia previa de Brouardel, sumado esto a las observaciones que se describieron en relación al lugar del hecho y las características del dogal y del surco que presentaba la víctima."
Más de siete años después de silenciado, el cuerpo de Tito Saldaña comenzó a hablar. En principio, está diciendo que la impunidad funciona cuando los funcionarios no leen lo que deben leer. Pero, además, significa automáticamente su muerte en otra dirección, no la casual de la supuesta depresión de la víctima ni la de la negligencia de un sargento, sino una muerte con el único sentido de silenciar.

29 de enero de 2007
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diez mil pesos por martín


[Cristian Alarcón]"Los narcos pagan diez mil pesos por Martín". El desesperado relato de una madre del Bajo Flores que intenta evitar que maten a su hijo.
Del otro lado del teléfono, la mujer dice, con la voz pausada:
–Señor, ¿es usted el que escribió sobre la muerte de Brian Vigiano?
–Sí.
–Ah, yo soy la madre del pibe que deberían haber matado. Con Brian se equivocaron. Tenía puesta la campera de mi hijo.
Dora Rodríguez es la mamá de Muqueño, un joven ladrón que tras un incidente con una banda de narcotraficantes del barrio Rivadavia 1 se ganó una informal sentencia de muerte. En una entrevista exclusiva con Página/12, esta mujer de 36 años cuenta cómo escapa hoy de la violencia, alejada de su casa por las amenazas de los traficantes. "Agarraron al nene de tres años, le pusieron una pistola en la cabeza y preguntaron por él. Cuando se fueron, en la esquina se pusieron a hablar con los del patrullero de la 38ª. Después mi hijo me contó que en el gran tiroteo entre los Soliz, los narcos y los pibes amigos de Brian Vigiano, los de la 38ª disparaban del lado de los narcos."
Esa semana, otros llamados desde el barrio Rivadavia habían alertado sobre una larval guerra entre los Soliz, un grupo narco que intentaba fortalecer su dominio, y un grupo de pibes chorros conocido como Los Quebrados, a quienes se habían sumado algunos de los dealers minoristas y ex ‘soldados' de los narcos que controlan la 1.11.14. Ambos grupos habían pedido apoyo de hombres y armas a otras zonas calientes de la ciudad. Así se explicaba el terror de algunos delegados, que describieron con detalles los intensos tiroteos que los obligaban a buscar las paredes más gruesas de sus casas para ponerse a salvo de las balas perdidas. La historia, revelada por este diario el 22 de octubre, se extiende hasta hoy. "La pelea contra la adicción de dos de mis tres hijos ha sido terrible –cuenta Dora–. Al del medio logramos internarlo hace dos años, pero Martín (el nombre de pila de Muqueño) estuvo cada vez peor y empezó a robar. Ahora que lo buscan para matarlo me desespero porque no sé cuánto tiempo más va a estar vivo. No sé cuándo lo van a encontrar. Yo no me perdonaría no haber hecho nada por él."
"Mi padre, fallecido, era tipógrafo en La Prensa", comienza Dora. Hija de Fernando Rodríguez, un socialista que trabajó junto a Simón Lázara y Alfredo Bravo, esta mujer pequeña ha sobrevivido cuidando ancianos, aunque estudió hasta el tercer año de Administración Legislativa en el Senado. "Cuando Martín tenía nueve años me separé. Su papá, que era un hombre que lo llevaba a pescar, obrero metalúrgico, se fue y eso lo marcó para mal. Fuimos a la casa de mi madre, y allí mi hermano, adicto, me golpeaba. Por eso entramos en un programa de violencia familiar y luego en el de emergencia habitacional", dice. A Dora y sus hijos les adjudicaron uno de los departamentos del barrio Rivadavia 1. Esa mudanza, dice, le cambió la vida. Nunca se adaptó. Su ex marido le decía que ella se hacía "la fina", pero ella dice que no, que era la violencia que se puede respirar, la virulana –que se quema con el paco– escondida en los rincones, sus hijos y los amigos del barrio delgados y mugrientos, acercándose a algún tipo de final.
Antes de ese 17 de octubre en que una mujer con una pistola y cinco sicarios también armados aparecieron en su casa, hacía ya tres meses que Dora vivía durante la semana en la casa de su madre. La violencia en su departamento había llegado al límite: una vez, el menor de sus chicos, de 12, para defenderla de la agresión de Martín, le clavó a su hermano las agujas de un costurero. Por eso en el departamento solían estar solo el pibe más buscado del Bajo Flores, y su novia, embarazada, con un hijito de ella, de tres años. A él fue a quien apuntaron en la cabeza cuando llegaron por el Muqueño. La venganza era doble: por un lado se le cobraba que hubiera agredido a una ‘transa' de la familia Soliz; por el otro que, amenazado, haya movido a confusión prestándole la campera a Brian Vigiano, a quien habían matado por error.
"A mi hijo le vendía droga María Soliz. Ella atiende una de las casas de venta. El me contó el diálogo que tuvieron", dice.
–Estoy cansada de que los clientes se quejen de que los robás cuando salen de comprar –se quejó ella.
–Y a vos qué te importa si a vos ya te pagaron por eso –le contestó él.
Con la misma plata robada, Muqueño quiso comprar otra dosis para él. "El le dio la plata, me contó, pero ella se la tiró en la cara. Entonces el saltó el mostrador y le pegó."
La versión que el Muqueño le dio a su madre es la misma que los vecinos, los delegados, los pibes chorros y algunos dealers le dieron a Página/12 durante los días en que el barrio vivió en guerra. La golpiza había desatado la venganza. Ahora Dora cuenta los detalles de esa muerte. Fue en un pasillo del Rivadavia, cerca de una imagen de la Virgen de Luján. El asesino bajó de una combi blanca. Muqueño quedó detrás de la camioneta. "Brian estaba de espaldas –cuenta Dora–. Con la campera de gimnasia, con los colores de la bandera. Por eso a él le tiraron directamente, a matar." Tras la muerte de Brian Vigiano, los Soliz encontraron oposición en el grupo de Los Quebrados, que consiguieron la ayuda de ex soldados de la banda que controla la 1.11.14, entrenados y con armamento pesado. Los vecinos cuentan que fueron advertidos, la tarde de ese martes 17, para que vaciaran la calle. "Pasaban con chalecos, mostraban armas largas y granadas", contaron. Varios le habían contado a Página/12 que la policía intervino contra los pibes chorros, no contra el grupo narco de los Soliz: "Mi hijo me contó que en el gran tiroteo entre los Soliz, los narcos, y los pibes amigos de Brian, los de la 38ª disparaban del lado de los narcos". Fuentes judiciales le dijeron a Página/12 que ésa es una de las versiones investigadas por la justicia en lo criminal. "Detectamos tantas irregularidades en la forma de reportar este crimen y los tiroteos de esa semana que sospechamos que hicieron un levantamiento de cápsulas para limpiar la escena", sostuvo un investigador.
El testimonio de Dora en la fiscalía 13ª, que investiga el caso como delito de coacción, significó una serie de entredichos entre esa fiscalía y la Ufidro, la unidad de apoyo a investigaciones de narcotráfico, a cargo de Alberto Gentili. Por un lado, en las fiscalías criminales la desconfianza hacia la Federal llega al punto de que algunas medidas son solicitadas a Gendarmería Nacional. Por el otro, éste es uno de los casos que motivaron una denuncia ante la Cámara del Crimen realizada en base al entrecruzamiento de datos de una decena de causas, por la fiscal en lo criminal Mónica Cuñarro y el fiscal federal Carlos Rívolo. Entre otras sospechosas intervenciones de la Federal, ésta es la que motivó la frase que luego Cuñarro pronunció en una entrevista exclusiva con Página/12: "Hay que investigar si la policía permite, protege o participa del narcotráfico".
En su deambular por oficinas judiciales, Dora Rodríguez también pasó por la Ufidro. "Yo quería dejar asentado en algún lugar que, si nos pasaba algo, quién había sido –dice–. Me tuvieron ocho horas. Les conté todo, pero ellos querían datos específicos. Como yo no sabía con qué arma habían apuntado al nene en el departamento, el secretario se enojó y me dijo: ‘Tenés un hijo delincuente y no sabés de armas'. A mí eso me chocó." Fuentes de la Ufidro se negaron ayer a dar información sobre la zona en conflicto. Desde la flamante oficina –creada por la Procuración General y el Ministerio del Interior tras el escándalo de las valijas con 60 kilos de cocaína en Southern Winds–, sólo prefirieron admitir que mantuvieron comunicación telefónica con Dora.
Ella no sabe cómo hacer para volver a su casa a buscar sus pertenencias. "Nos avisaron que alguien había entrado y eran los Soliz, que querían tendernos una trampa. La policía de la comisaría 36ª nos confirmó que hubo un llamado diciendo que había hombres armados en el playón", relata. "Ahora los Soliz no se quieren ensuciar y pagan diez mil pesos por alguien que dé información sobre Martín", sigue. El 1º de enero, el pibe buscado por los narcos fue con su novia a visitar de incógnito a una tía de ella. Pero lo vieron al bajar del remise. "Un vecino les avisó que tenían la casa rodeada. Griselda escapó con los niños. Martín se tiroteó y se fue por el techo. Entonces la mujer salió a la calle a preguntar:
–¿Por qué este quilombo? ¿Por qué querés matar a mi sobrino?
–No, yo lo quiero llevar con vida, yo lo tengo que chupar y entregar vivo a los Soliz. Por tu sobrino pagan diez mil pesos."
Eran los rastreros, los propios ex compañeros de Muqueño, los que buscan con qué seguir fumando paco en un barrio fragmentado y sitiado.

27 de enero de 2007
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muerte por brutalidad policial


[Horacio Cecchi] Obtener datos a punta de pistola. A Darian Barzabal le apoyaron el arma en el cráneo antes del disparo.
El fiscal Delucis pidió la prisión preventiva del ex sargento Regalía. La autopsia dice que apoyó su arma en la cabeza del chico antes de gatillar. Quedó desvirtuada la versión del forcejeo.
Las capacidades contorsionistas del ex sargento de la 3 de Los Hornos Santiago Regalía, y las que éste suponía de su víctima, Darián Barzábal, quedaron desfiguradas ayer, luego de que el fiscal Sergio Delucis solicitara su prisión preventiva apoyado por las revelaciones de la autopsia y las pericias realizadas por los expertos de Gendarmería y de la Policía Científica. Regalía había asegurado que el chico había intentado manotearle el arma dentro del patrullero y esposado, y que ésta se le había disparado accidentalmente durante el forcejeo. Como había anticipado Página/12, las pruebas demuestran todo lo contrario. Según señaló Delucis en su presentación, la 9 milímetros del policía estaba apoyada contra la piel del joven al momento de dispararse, debajo de la oreja izquierda y apuntando hacia arriba. El fiscal sostiene que Regalía amenazaba de ese modo al chico para sacarle datos sobre su cómplice. La noche del miércoles, la 3 recibió otra visita de los vecinos con pedrea y vidrios rotos incluidos.
El 10 de enero, Darián Barzábal fue atrapado por el policía en disponibilidad Luis Doratto, de la comisaría 4, cuando lo descubrió robando su propia casa con otro cómplice. Doratto persiguió al dúo y dio alcance a Darián, logró dominarlo, lo esposó y lo dejó tirado en el piso, donde lo golpeó según declararon testigos. Luego, lo entregó detenido al patrullero de la 3 que acudió a su llamado. Hasta ese momento, según el propio Doratto, el chico tenía las manos esposadas por detrás de la espalda y estaba desarmado. A cargo del patrullero estaban los dos sargentos, Christian Gutiérrez al volante y Santiago Regalía en supuesta custodia de detenidos.
El chico subió golpeado pero vivo al patrullero y lo sacaron muerto con la cabeza agujereada por una bala policial. En el libro de guardia no figuraba la detención, y en el patrullero apareció un arma calibre 22 que los policías alegaron era el arma que intentó sacar Barzábal. La versión se deshizo cuando se determinó que el arma había pertenecido a un vecino fallecido el 9 de octubre pasado y que quedó bien guardada en algún cajón de la comisaría.
El 17 de enero, Regalía finalmente aceptó declarar. Reconoció entonces que le entregaron al chico esposado, con las manos por detrás de la espalda. Agregó que durante el viaje, dueño de una elasticidad circense, el chico, en el escasísimo espacio que existe en la cabina trasera de los patrulleros, logró pasar sus manos esposadas por debajo de los pies, lo que lo dejaba en una posición, cualquiera diría, privilegiada. Todo esto fue advertido por el entonces sargento, que supuestamente en ese momento pasó al asiento trasero para volver la situación a la normalidad. Fue entonces, según la declaración de Regalía, cuando el chico intentó manotearle el arma. Regalía con la izquierda intentó mantener a raya al detenido y con la derecha sacó su arma para alejarla. Pero en el forcejeo, el arma se le disparó.
Fuentes de la fiscalía señalaron que en el informe de la autopsia, los forenses determinaron que "el disparo se produce en momentos en que el caño del arma está apoyado sobre el plano cutáneo de la víctima". Delucis aguarda aún la pericia histopatológica del taco de piel que determine con precisión con qué presión estaba apoyada el arma. "Además –confió a Página/12 el investigador– sabemos la dirección del proyectil que se condice con las pericias realizadas por Policía Científica y Gendarmería y que describen una escena que no tiene nada que ver con la que declaró Regalía." La bala ingresó por debajo de la oreja izquierda y su orificio de salida es por encima de la oreja derecha. "Coincide con la descripción –agregó el investigador–. El sargento había apoyado el caño de su arma y lo presionaba hacia arriba contra la parte inferior del oído, amenazando para sacarle información de dónde estaba su cómplice." Por otro lado, la trayectoria de la bala dentro del móvil coincide con la descripción. El chico tenía la cabeza hacia arriba, algo tirada para atrás, y el proyectil fue extraído del parante de la puerta, arriba, siguiendo la misma dirección del disparo.

26 de enero de 2007
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la muerte de lucas


[Cristian Alarcón] La muerte de Lucas, un ‘error' de los narcos en el Bajo Flores. Nadie está a salvo en la villa.
Tres soldados narcos asesinaron a puñaladas a Lucas Acosta e hirieron gravemente a su hermano. Después le dijeron a su madre que se habían equivocado y le ofrecieron dinero. Ella dice que los asesinos tienen protección policial.
Desde la ventana de su cuarto Susana Acosta vio cómo sacaban el cuchillo del pecho de Lucas, su hijo menor. Era la última, la puñalada número ocho. Susana gritó. Quiso saltar. Arrancar las rejas con las manos. Quiso morirse cuando vio que su pibe caía sobre un charco de sangre. Y que su hijo mayor se desplomaba junto al carrito de uno de sus nietos, mal herido. Hace diez años que Susana, como delegada barrial que es, sabe de los crímenes de los narcos del Bajo Flores. Pero jamás imaginó que llegarían hasta su propia puerta, en el extremo más alejado de la zona controlada por el narcotráfico. Nunca pensó que sus hijos pasarían a engrosar la lista de víctimas de esta guerra urbana que no cesa. Las fronteras de los narcos se desplazan. Susana asegura que los asesinos, prófugos de la Justicia, se esconden con protección policial y de los traficantes que controlan una zona cada vez más grande. "Les digo –se sincera– que si ellos son los que manejan sectores de la 1.11.14 que entreguen al asesino de mi hijo Lucas, les imploro que no lo protejan". Les habla a los peruanos dueños del territorio. Sabe que el crimen del 9 de diciembre quebró viejos códigos. Esta vez golpeó en el corazón institucional de la villa 1.11.14: mataron al hijo de una delegada.

El Crimen
El día de la Virgen Lucas Gómez había descansado. El feriado le evitó tener que ir a la fábrica Easy Glass, donde trabajaba esmaltando vidrios desde hacía tres años. Aunque de 20, como muchos pibes de las últimas generaciones, ya era padre de una niña de un año y tres meses. Se había juntado con Romina, su novia de 19. Todo se había dado con una rapidez que él no llegó a calcular. Primero dejó la escuela. Después de hacer tres veces el primer año del secundario le dijo a su madre: "Vieja, a mí la cabeza no me da, prefiero laburar". Entonces se fue a vivir con su chica a la villa Zabaleta. De vez en cuando visitaba la casa de su madre, en la 1.11.14. O de su padre, que vive con su segunda esposa unos pasillos más adentro de la manzana 1. Ese día, el 8 de diciembre, pensaba retirar el video del cumpleaños de su bebé. Susana solía asistirlo en gastos extra. Con un exitoso restaurante de comida boliviana en marcha, esa noche le daría el dinero. Por eso cerca de las doce Lucas, su esposa y su nena pasaron por la casa de la avenida Perito Moreno, cerca de Cruz.
Estuvieron un rato. Al salir de la casa Lucas se cruzó con su hermano mayor, Carlos Acosta, de 29. Venía de una fiesta que había empezado a las siete de la tarde. Poco acostumbrado, dice, a tomar alcohol, ya sentía el mareo. Exultante, invitó a Lucas a compartir con él unas cervezas según recuerda; unas sidras según su madre. Sobre la vereda, sentado en un cajón de manzanas, Lucas. A su lado Romina y el carrito de su hija. A su derecha, sentado en el piso, Carlos, junto a Zaida y su hijo, también en el carrito.
Carlos sólo recuerda ese movimiento rápido que alcanzó a ver como si una sombra se desplazara, y luego la vista nublada por el golpe en la cabeza, una botella de Quilmes que le llegó a traición del tercero de los atacantes. Lo aferraron por detrás pero alcanzó a ver a otros dos hombres sobre el cuerpo de su hermano clavándole algo en la espalda. Luego, que uno le sujetaba el brazo mientras el que parecía mayor le daba el corte final. Fueron segundos. Las dos mujeres atinaron a refugiar a los dos niños en la casa. "¿Qué pasa?", decían. "¡Hagan algo! "¡Agárrenlos!" gritaban sin que sus vecinos se movieran. En silencio vieron cómo mataban a Lucas y trataban de ultimar a Carlos clavándole una sevillana. En uno de los pasillos, con pudor, muestra las marcas: el corte que le perforó el pulmón, la cicatriz a la altura del hígado, la herida que baja vertical y bordea el ombligo.
Hasta aquí los hechos, que de manera muy similar fueron reconstruidos en la fiscalía de Pompeya, una de las oficinas judiciales que más casos de violencia narco reciben en la ciudad. Según fuentes de la fiscalía, en la causa por homicidio está probada la participación de tres personas, dos de ellas identificadas y prófugas desde hace más de un mes. Se trata de Juan Carlos Calderón, de 30 años, y de su hermano Gustavo Bonifaz Morales, de 19, los dos, peruanos. "Al tercer hombre nadie lo conocía porque hacía tres días que había llegado de Perú. Es un mulo de ellos, vino cargado con droga en la panza como muchos que vienen a parar acá", dice Susana.
Cuatro vecinos que no quisieron revelar sus nombres confirmaron que la actividad de Calderón y compañía era notoria desde hacía por lo menos ocho meses. Habían alquilado una pieza en el fondo de lo que se conoce en la manzana 1 como el cuarto pasillo, o pasillo ancho. Pagaban cien pesos por mes. Era pequeña. En el tercer piso. Los dueños de casa vieron llegar en los últimos meses a sucesivos primos y primas desde Perú. Sospechan que se trataba de correos de droga, parte de un sistema de acarreo cotidiano en lo que los narcos –en las conversaciones grabadas por la Justicia federal– llaman "envases". Página/12 ya publicó una investigación en la que dio cuenta de siete mulas muertas en la ciudad de Buenos Aires en un año y medio. Dos de ellas aparecieron evisceradas cerca de la 1.11.14. Una en la esquina de la EMEM 3, la escuela que está a cinco minutos de donde ahora mataron a Lucas Gómez, y frente a la casa de su padre, Sergio.

La Delegada
"Fue muy duro venir a la capital porque no conocíamos a nadie, desprenderse de las cosas que habíamos hecho en Salta, sobre todo porque vinimos engañados", recuerda Susana Acosta de los comienzos de su migración. Entonces, dice, no había muchos extranjeros. Ella se arrimó con las chapas y tirantes que Eduardo Duhalde, intendente de Lomas de Zamora, le había dado cuando le fue a implorar. El padre Ricciardelli, un sacerdote adorado en la villa por su compromiso con los más pobres, le dijo por lo bajo que esos terrenos eran municipales, que se instalase. Pronto vio cómo su pieza era rodeada por otras miles y, como quedó en el corazón de la villa, donde la violencia era frecuente, consiguió desplazarse una seis manzanas más al norte, al borde de la avenida Perito Moreno; hasta donde seis años más tarde la ha alcanzado. Comenzó vendiendo helados. Ahora, después de 23 años, es la propietaria del Bar El Toro, tal como anuncia el cartel pintado en la pared en el que un animal de historieta bufa a la concurrencia envuelta en conversaciones de alto volumen y el reggaetón del momento. "Bombón asesino", entona un trabajador boliviano y sorbe con ruido una sopa de maní.
A comienzos de los noventa, cuando Susana ocupó el terreno, la organización de la villa era una suerte de emprendimiento hegemónico de un personaje antológico: Bofa. Famoso por su relación con las comisarías de la zona y su manejo experto y casi cariñoso de una ametralladora corta a la que acariciaba y llamaba Macarena, Bofa marcó una época poco democrática del barrio. Tal fue su exageración al manejar el poder que le daba su cargo de ‘presidente de la villa', que cuando los representantes de cada una de las más de 30 manzanas se pusieron de acuerdo lo echaron. Expulsado del territorio comenzó lo que los cinco delegados que hablaron con Página/12 recuerdan como "una buena época para la asamblea". Aunque Susana reconoce que pronto comenzaron los crímenes sangrientos entre narcotraficantes.

¿Cómo cambió la situación?
Como yo estaba en la Medalla Milagrosa me mandaban siempre a recorrer las casas para censar, para ver cómo estaba la gente. Será que como siempre he sido muy comedida, muy entradora, los vecinos me han elegido para pelear por ellos. Recorría y lo de los crímenes era una cosa de no creer. Los ataques entre ellos eran cada vez más. El crimen que me impactó cuando recién llegamos a la manzana 1 fue el de un chico boliviano muy joven, karateca. Hacía poco que estábamos, tres meses, las casas armadas a medias, todos ranchitos. Lo mataron. Apareció en la esquina, lo habían arrastrado hasta acá enfrente.

Lo cierto es que más allá de aquel asesinato la zona de Susana se había mantenido alejada de la violencia del territorio que ahora el gobierno de la ciudad llama "caliente". La propia ministra de Desarrollo Humano y Derechos Humanos, Gabriela Cerruti, lo reconoce a Página/12. "Mi equipo se está reuniendo pero no podemos avanzar en la manzana 9, que es la que concentra el poder de los narcos –dijo–. Vamos a extender las cloacas, vamos a hacer las calles y vamos a abrir un local del ministerio dentro de la villa. En la zona caliente debe estar abierto el Centro de Salud hasta las doce de la noche a partir del 1º de marzo, que es cuando comenzaremos con la clínica y centro de atención para chicos adictos al paco en la ciudad. La idea es armar una cadena humana contra el narcotráfico y el paco."

El Mensaje
¿Se ha sentido acompañada tras la muerte de Lucas? –le pregunta este cronista a Susana Acosta.
Cuando el viernes corté la calle por mi hijo hubo delegados que nos dijeron que disculpáramos pero no podemos pasar por allá –la zona narco–, que sí podemos andar con la protesta por este lado, pero por allá no. Nos sentimos muy inseguros, porque sobre todo el tema drogas nos pasa por encima. Acá hay kioscos que frente a nosotros le venden la droga a los chicos más pobres que terminan viviendo en la calle, comiendo de la basura porque están condenados por el paco. La policía nos dijo que estaban en Perú pero ya sabemos que estuvieron 15 días en Don Torcuato, y ahora los vieron tomando un remise de los peruanos en la manzana 25. Ellos los han protegido. Lo que uno pretende que por una vez alguien, algún gobernante, intervenga, haga algo para que no vivamos de esta manera, discriminados de todas las maneras posibles, porque somos de la villa 1.11.14.

¿Usted cree que este crimen se explica en una expansión territorial de los narcos?
Sí, ellos se desplazan. Pienso que como el nuestro es un sector tranquilo, de gente humilde, trabajadora, lo vieron como un refugio. Lamentablemente acá se encuentra con gente que no le gusta tener problemas con nadie, se encuentran con una valla. La mayoría de los vecinos no están de acuerdo con que se siga ramificando esto. Entonces le ponen un alto. Como le ponen un alto tienen que matar, agredir como agredieron, para poder surgir. Pero lamentablemente se encontraron con la horma de su zapato. Porque yo, Susana Acosta, madre de Lucas Gómez, no voy a permitir, ni con ningún hijo mío, ni con un chico más que sigan matando. Mi dolor me llega mucho más allá.

La madrugada del nueve de diciembre cayó sobre ella como una avalancha. La imagen que luego se repite, el cuchillo, el camino en remise hacia el hospital con Lucas vomitando sangre. La noticia de su muerte, a las 2.20. La larga operación en la que salvaron a Carlos. El aviso por celular desde la villa: le saqueaban la pieza a los asesinos. Y en el medio de ese sopor, de los ataques de llanto a su alrededor, un hombre que le dijo: "Fue una confusión, hermana. Seguramente que fue una confusión. No conocían a tu hijo. Me parece que era para otra gente. Te mandan disculpas. Pero podemos arreglar con dinero".
Susana lo escuchó con horror. Y le dio un cachetazo. En ciudades como Medellín y Río, donde el narcotráfico siempre gana, se estilan informales indemnizaciones cuando hay algún "error". En Buenos Aires esto aún suena execrable a oídos de cualquiera.

¿Cree que Calderón está protegido por los jefes narco de la zona?
Yo creo que fueron a pedir protección allá. Porque él habrá escuchado que soy delegada, que entraba a los pasillos, que siempre anduve evitando problemas, y que con el tema de la droga voy a ser muy sincera, yo no comparto. Siempre he estado en contra, y ahora más.

¿Usted opina distinto de otros delegados?
No sé, pero pienso que cada uno es libre de opinar. Digo lo que siento, lo que veo, lo que vivo. Mis compañeros me escuchan atentamente cuando yo hablo. Pero hay opiniones encontradas.

¿Cómo son las otras opiniones?
Que hay que obedecer lo que ellos dicen porque no quieren tener problemas.

Usted entonces quiere usar esta entrevista para hablarle a Marcos (Estrada González), a quien se señala como el capo.
Sí. le quiero pedir que no lo proteja, que lo entregue. No confío en la policía. No confío en la Justicia. Le ruego a la colectividad peruana, y a ellos, especialmente a los que mandan, que me entreguen al asesino.

22 de enero de 2007
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