Blogia
mQh

tío sam como cazarecompensas


[Laura Miller] Dos libros cuentan en detalle la fatal persecución de Manuel Noriega y Pablo Escobar.1999 fue un año bandera para la guerra contra las drogas. Siete años después de que el presidente Reagan creara un grupo de trabajo a nivel de gabinete para coordinar las iniciativas estadounidenses en su lucha contra el contrabando de drogas y pusiera a su vice-presidente, George H.W. Bush, a cargo de él, Bush mismo se había transformado en presidente y había enviado 20 mil soldados a Panamá, a capturar al gobernante de facto de ese país, al que se acusaba de tráfico de drogas y lavado de dinero. Fue una acción sin precedentes, la única vez, escribe David Harris en su último libro, ‘Shooting the Moon', que "Estados Unidos invadía algún país para capturar a su gobernante y llevarle a Estados Unidos para procesarlo y encarcelarlo por violaciones de leyes estadounidenses, cometidas por las propias bandas extranjeras nativas de ese gobernante".
Antes ese año, y en secreto, una unidad de espionaje del ejército llamada Centra Spike llegó a Bogotá, Colombia, con la misión de adiestrar a la policía colombiana y poner a su disposición los frutos de su tecnología electrónica para labores de inteligencia en su lucha contra el cartel de la cocaína de Medellín. La "principal especialidad" de Central Spike, escribe Mark Bowden en su nuevo libro ‘Killing Pablo', era "localizar a gente".
Ambos libros -suspense documental, llenos de intrigas y tratos sucios, fugas y traiciones- giran sobre persecuciones. También son ambos relatos a ras de suelo de dos casos que ocurrieron cuando las agencias de anti-narcóticos pasaron de ocuparse de asuntos regionales, completamente domésticos, a ocuparse de asuntos que parecían una guerra; en otras palabras, el aparato de seguridad militar y nacional había decidido meterse. Por encima de todo, son historias que cuentan en detalle el paso de una cruzada falsa -contra el comunismo latinoamericano- a otra, contra el tráfico de drogas latinoamericano.
Harris describe la alambicada historia de cómo tres tipos en el sur de Florida -dos de la Drug Enforcement Agency (DEA, la agencia para el control de drogas) y un fiscal estadounidenses- lograron la inverosímil proeza de hacer que un jurado acusara formalmente al general Manuel Antonio Noriega, de Panamá, y de cómo, de manera todavía más inverosímil, esa acusación condujo a la captura de Noriega en Ciudad de Panamá. Bowden cuenta la cruenta vida y, como era de esperar, violenta muerte del jefe del cartel de Medellín, Pablo Escobar, en 1993, a manos de las autoridades colombianas -una muerte apresurada por los consejos, y quizás mucho más que eso, de personal estadounidense.
Para Harris, la detención de Noriega fue el resultado de una peculiar mezcla de suerte, oportunismo, política y un toque de idealismo. Comenzó con una pareja de agentes de la DEA, Steve Grilli y su supervisor, Kenny Kennedy, ambos estacionados en el sur de Florida. Del modo en que lo cuenta Harris, el caso empezó casi como en una película, con una cacería aérea a alta velocidad, que terminó cuando el piloto de una avioneta Cessna de dos motores, con una carga de 400 kilos de cocaína, perseguida por un avión de la aduana estadounidense, aterrizó en un tramo bloqueado de la autopista interestatal 75. Kennedy, que se dirigía a su trabajo por la autopista en ese momento, la persiguió, pero el piloto escapó hacia los pantanos cercanos y "se mantuvo sumergido en el agua, respirando con una caña hueca".
Ninguno de los sucesos que siguen en ‘Shooting the Moon' es igual de extravagantemente cinematográfico, pero eso no disminuye el entusiamso de Harris al contarlos. Grilli y Kennedy son dos tipos como la sal de la tierra, de Brooklin, New York, y New Jersey, respectivamente, y Kennedy expresa su filosofía común hacia la aplicación de la ley: "Los contribuyentes me contrataron para meter a esos vendedores de droga de mierda en la cárcel, y eso es lo que hago. Nada de tratarlos como novias y ese tipo de huevadas".
Se asociaron con el fiscal del estado, Dick Gregorie, el que, en palabras de Harris, "veía la guerra contra las drogas como una yihad personal". Algunas de las iniciativas de Gregorie en esta guerra santa -específicamente, el procesamiento de los barones de la droga colombianos - se vieron frustradas cuando los intereses militares estadounidenses reclamaron precedencia. En una escena de ‘Shooting the Moon', un "plumífero del ministerio de Justicia conocido como el enlace de la Seguridad Nacional" llega a Miami a decirle a Gregorie que deje enfriar el asunto porque "las guerrillas comunistas en el campo colombiano sacarían ventaja de la crisis que causaría el juicio. Siempre en estado de ebullición, Gregorie estalla al oír la atrocidad, que es sin embargo otro ejemplo de "cómo no se está haciendo la Guerra contra las Drogas". También fue un ejemplo de algo que llegaría a ser extremadamente raro -un incidente en el que la agenda anti-comunista se impuso sobre la agenda anti-drogas.
Debido a que Harris nunca ve esta historia como si fuera una película de Hollywood, ha escrito un guión en el que Kennedy, Grilli y Gregorie son héroes: trabajadores, derechos como flechas, dedicados en cuerpo y alma a sus trabajos, pero sin el don de la gestión intra-departamental (o cualquier otro tipo de asuntos administrativos). Si tiene reservas sobre el fanatismo de Gregorie a la hora de hablar de la guerra contra las drogas ("Estaba en juego el país, le gustaba decir [a Gregorie], y si no cambiaban las cosas en Miami, el caos se extendería pronto por todo el país"), se las guarda para sí mismo. En contraste, otro de los adalides más importantes del escacharre de Noriega, Elliot Abrams, quizá el hombre más responsable de mantener viva en Washington la idea de derrocar al general, es retratado como el arrogante favorito del profesor (se nos ha dicho en varias ocasiones que era un protegido del secretario de estado) que sólo adoptó la causa para volver a maquillar su dañada imagen después del escándalo del caso Irán-Contra.
Como malo de la película, Noriega está ni que pintado para un papel protagonista: astuto, codicioso, torcido, lascivo y espectacularmente feo, y también aparentemente invisible, al menos hasta que tuvo la desgracia de perder a dos de sus mejores padrinos de Washington. Perdió a Oliver North en el mismo escándalo que casi derribó a Abrams, y perdió a William Casey, el director de la CIA, cuando a este se les descubrió un tumor cerebral.
Pero, por supuesto, en la película de Harris los tipos realmente malos son los mandamases, los caraduras con su inepta ignorancia de cómo funcionan las cosas en la calle, sus arbitrarias intervenciones y su predisposición a tapar las investigaciones políticamente incómodas y, de otro modo, ofrecer "tratos de novia y ese tipo de huevadas". Estas intrigas son muy divertidas -particularmente el meticuloso recuento de Harris de los severos protocolos jerárquicos de la DEA, que hace que la corte del emperador otomano parezca campechana a su lado-, pero en el proceso se pierde un importante cambio en la orientación de la política anti-drogas y de política exterior estadounidenses. A Harris realmente esto no le preocupa (ni en realidad la cuestión de la legitimidad de la invasión de Panamá misma): no se trata más que de intrigas interesadas de traficantes de influencias.
North, Casey y algunos funcionarios del departamento de estado le quitaron vapor al caso de Noriega, porque había ayudado a Estados Unidos en sus campañas encubiertas para derrocar al gobierno sandinista de Nicaragua y aplastar las guerrillas marxistas en El Salvador. Con el colapso de la Unión Soviética, los yonquis del espionaje y los cruzados de la Guerra Fría, y hasta Cuba, se vieron obligados a centrar su atención en la lucha por sobrevivir sin la ayuda del padrino soviético. Para alguien como Gregorie, que ha hablado sobre el tráfico de drogas de la misma manera que hablaba Joseph McCarthy sobre la amenaza del comunismo internacional, no era necesario modificar la política, pero en Washington y en el extranjero, un enorme acorazado debía cambiar de rumbo.
Para cuando Escobar escapó de su palaciega "prisión" de Envigado, Colombia, en 1991, ese giro se había completado. A diferencia de Harris, que trata el caso de Noriega como un cierto grado de cínico regocijo, Bowden presenta la carrera de Escobar en el narco-terrorismo como la verdadera tragedia que fue. Pero incluso él ve un toque de ridiculez en la ansiedad con que varios comandantes estadounidenses se ofrecieron de voluntarios cuando el presidente colombiano pidió ayuda. "Con la desaparición de la amenaza del comunismo mundial, la comunidad militar y del espionaje estadounidenses se han transformado en una fuerza de trabajo altamente capacitada y muy bien pagada buscando algo que hacer". Cuando en septiembre de 1989 el secretario de Defensa, Dick Cheney ordenó a los jefes militares que consideraran la guerra contra las drogas como "una misión nacional de alta prioridad", no tuvo que decirlo dos veces.
La entrega y encarcelamiento de Escobar fueron el resultado del trato que cerró en 1991 con un gobierno colombiano desesperado en su lucha por terminar la larga y sangrienta batalla de dos años contra el barón de las drogas. Cualquiera fuera su manejo de las relaciones públicas (trató de presentarse a sí mismo como adalid "del pueblo", mitad Robin Hood, mitad Pancho Villa, con algún éxito), Escobar, y sobre esto no deja Bowden ninguna duda, era un hombre muy, muy malo. Completamente despiadado a la hora de afirmar su propio poder y en sus venganzas, fue responsable de cientos de asesinatos y secuestros, la mayoría de ellos caracterizados por una gratuita crueldad y carnicería. Su violencia de extendía de la tortura rutinaria de los amigos y familiares de sus enemigos hasta la ejecución al azar de miembros de sus propios cuerpos de protección cuando sospechaba que alguno de ellos lo estaba delatando. Fue el atentado con bomba de agosto de 1989 contra un vuelo de línea de Avianca, en el que por matar a un hombre murieron 110 pasajeros, el que resultó ser el peor de los errores de Escobar. En ese avión viajaban dos estadounidenses y, de acuerdo a Bowden, "a los ojos del gobierno de Bush [el atentado] marcó a Pablo Escobar... y otros jefes del cartel como una amenaza directa para los ciudadanos estadounidenses... Como tal, ahora eran hombres que podían ser legalmente matados". Y en el caso de Escobar, la intervención estadounidense sería decisiva.

La enorme riqueza de Escobar, y su terrible reputación, implicaba que podía sobornar a cualquiera autoridad colombiana mediante una política llamada "plata o plomo", pero nada temía más que ser extraditado a Estados Unidos. A cambio de que el gobierno colombiano anulara su extradición, y una ridícula reducción de los cargos contra él y varias otras concesiones, Escobar se entregó, trasladándose a una prisión construida expresamente para él. Le dio pánico cuando unos funcionarios colombianos trataron de trasladarlo a una instalación menos embarazosamente lujosa; estaba convencido de que querían matarlo o entregarlo a los gringos, y decidió ocultarse. El presidente colombiano, César Gaviria, se puso furioso. Que Escobar saliera tan fresco de una cárcel supuestamente de alta seguridad, hacía que Colombia se viera como una "narcocracia". Estaba tan enfadado que abrió la puerta a los estadounidenses: "A pesar de las barreras constitucionales para la presencia de tropas extranjeras en suelo colombiano", dijo Gaviria, recibiría agradecido cualquiera ayuda que los estadounidenses pudieran aportar".
Después de eso, el diluvio. Todos, espías y unidades de operativos especiales, "todos los equipos de vigilancia electrónica del arsenal" cayeron sobre Colombia, decididos a hacerse nombre. "No había que ser un genio para darse cuenta de que en el Pentágono, la CIA y la NSA, se presagiaban fuertes cortes presupuestarios", escribe Bowden. "Un modo de asegurar la supervivencia en una era de reducción del déficit era probando lo esencial que eras en esa nueva guerra". Había gente durmiendo en el suelo del salón de conferencias de la embajada y "había tantos aviones espías estadounidenses sobrevolando Medellín que en un momento llegó a haber hasta 17 de ellos y la Fuerza Aérea tuvo que instalar un comando y un centro de control para poder seguirlos".
Bowden, que escribió ‘Black Hawk Down', un informe que gozó de grandes ventas, sobre el desastroso ataque con helicóptero de las tropas estadounidenses en Mogadishu, Somalia, en 1993, conoce bien este especializado aspecto de los asuntos militares, aunque esto no le hace inmune a las dimensiones cómicas de este rally: apuestas, como les llama él. No acababa de escapar Escobar, que varios participantes comenzaron a relamerse los bigotes -desde el jefe local de la DEA, "el que estaba emocionado con la cacería", hasta el embajador estadounidense, Morris Busby, un hombre con todo un historial de servicio para las Fuerzas Especiales y el encargado de la coordinación de las operaciones militares encubiertas. Aunque no era solamente por el reto que representaba para las máquinas de Busby; también era por el blanco. Escobar reunía todos los rasgos del malvado que necesitaban las masas antiterroristas de después de la Guerra Fría: "Los guerreros creen en el mal intratable. Con ciertas fuerzas no se deben hacer compromisos; deben ser simplemente derrotados... Había algo [en Busby] que satisfacía la simplicidad moral de la confrontación. Él era un patriota estadounidense, un verdadero creyente, y pocas circunstancias en su carrera habían sido tan claras como el reto que representaba el hombre al que consideraba un monstruo: Pablo Escobar".
Escobar era, en realidad, un monstruo, pero ese pasaje de ‘Killing Pablo' evoca una conversación en la novela ‘Underworld', de Don DeLillo, en la que un estadounidense que examina los tóxicos restos de un sitio de pruebas nucleares de los soviéticos, le pregunta a su anfitrión ruso: "¿Recuerda alguien por qué estábamos haciendo esto?" "Sí", responde el ruso, "para competir. Usted ganó, nosotros perdimos. Tiene que decirme cómo se siente ganar. Usted es el vencedor". En ‘Libra', su novela sobre el asesinato de Kennedy, DeLillo propuso que las conspiraciones no existían tanto para alcanzar un fin, como para satisfacer el apetito de algunos hombres por la conspiración misma. La política se transforma en un pretexto necesario de lo que realmente quieren. Y lo que quieren es jugar a ser agentes secretos.
Uno de los aspectos más sorprendentes de ‘Black Hawk Down', de Bowden, fue la incorporación de los informes de los testigos somalíes en su relato del desastroso ataque de Mogadishu. Del mismo modo, en ‘Killing Pablo', presenta la cacería de Escobar tanto desde la perspectiva colombiana como desde la estadounidense, y las dos son increíblemente diferentes. Los colombianos que hicieron frente a los barones de la droga mostraron un coraje y una integridad casi inimaginables, rechazando ofertas de enormes cantidades de dinero y amenazas no sólo de sus vidas, sino también de las de sus esposas, hijos, padres y amigos. Uno de ellos, Hugo Martínez, el agente de policía a cargo del Bloque de Búsqueda, el equipo colombiano encargado de la captura de Escobar, al principio rechazó la misión: "La cocaína no es problema de Colombia, es problema de los norteamericanos": así caracteriza Bowden su punto de vista. En general, escribe, los colombianos creían que "los gringos eran los únicos que estaban obsesionados con el tráfico de cocaína".
Para los colombianos, la caza de Escobar no era un asunto de la lucha contra las drogas, sino una batalla de una guerra civil sobre quién arruinaría al país. Y no confiaban exactamente en sus consejeros. Los primeros estadounidenses que fueron llevados a Colombia para adiestrar al Bloque de Búsqueda dijeron que los colombianos tenían una quisquillosa mezcla de orgullo e incompetencia. Durante una redada, un agente rechazó la proposición de un estadounidense de que se arrastraran hacia la casa blanco, diciendo: "¡Mis hombres no se arrastran ni en el lodo ni el polvo!" Los ocupantes de la casa detectaron en poco tiempo la presencia de los agentes que se acercaban caminando erguidos hacia ellos y huyeron mucho antes de que llegaran. Al final, sin embargo, el Bloque de Búsqueda adoptó algunas prácticas estadounidenses y aprendió a apreciar la tecnología que llevaban los consejeros, que incluía herramientas como Centra Spike, artilugios que les permitían pinchar teléfonos y localizar la fuente de las llamadas por celular y las frecuencias de radio -equipos de comunicación que son esenciales en las operaciones contra los barones de la droga.
Pero "recapturar" a Escobar (se supuso pronto que, dada su habilidad para manipular el sistema legal colombiano, no sería atrapado vivo), y romper lanzas por la ley en Colombia, se cobraron un precio terrible. Uno de los factores claves en derribar a Escobar fue un grupo de vigilantes anónimos, que se llamaban a sí mismos Los Pepes. Las actividades de Los Pepes escalaron desde la colocación de bombas no letales hasta el secuestro y asesinato de personajes claves para las operaciones de Escobar, así como hacer amenazas regulares a su familia. Al final, el grupo se fanfarronea de haber matado a 300 personas, y aunque Bowden no encontró pruebas sólidas del hecho, parece probable que, por lo menos el Bloque de Búsqueda colaboró con Los Pepes, entregándoles información, y entre los rangos del Bloque de Búsqueda había como mucho algunos Pepes. Eso significa que el personal estadounidense proveía adiestramiento, asistencia e información a los escuadrones de la muerte sin autorización presidencial y sin notificar al Congreso, ambas violaciones de la ley.
Si los otros estadounidenses -especialmente los operadores de la optimista Fuerza Delta [operaciones antiterroristas], que estaban oficialmente confinados en su base- participaron o no en la cacería de Escobar incluso de manera más directa seguirá siendo un misterio, pero tanto Bowden como otros observadores creen que es probable que lo hayan hecho. (Ciertamente, un operador Delta tuvo tiempo suficiente fuera de la base como para tener un hijo con una mujer colombiana). Lo que está claro es que cientos de muertes y 30.8 millones de dólares más tarde, había tanta cocaína entrando a Estados Unidos como si Pablo Escobar hubiera sido un hombre libre, con un 70 a 80 por ciento de Colombia.
"En total, había más cocaína en el mercado en Estados Unidos a precios más baratos [en 1993] que nunca antes en la historia". El jefe de la estación de la DEA en Bogotá le dijo a Bowden que él estaba ‘convencido de que Cali [el otro importante cartel de la droga] era el que más ganaba con todo eso' y que muchos policías colombianos y otros funcionarios con los que trabajaba "iban a la cama" tanto con el cartel de Cali como con Los Pepes. El asesinato de Escobar no hizo más mella en el tráfico que lo hizo la detención de Noriega.
Lo que ha hecho la guerra contra las drogas es dar a los entusiastas fiscales estadounidenses como Dick Gregorie y cruzados veteranos de la Guerra Fría como Morris Busby la posibilidad de creer que viven en un mundo donde el "mal intratable" debe ser combatido por hombres valerosos y resueltos como ellos mismos. Es una oportunidad para fabricar equipos de vigilancia de avanzada y de desplegar unidades operativas fuera de serie. Es una especie de programa de empleo para espías y comandos que de otro modo no sabrían qué hacer. En palabras de DeLillo, es una "contienda", nada más bienvenido para un hombre cuyo universo, sin una, no es ni demasiado coherente ni demasiado divertido. Si vale la pena pagar el precio que estamos pagando, eso es algo que tendremos que decidir nosotros mismos.

Libros comentados:
David Harris
Shooting The Moon: The True Story Of An American Manhunt Unlike Any Other, Ever. Little Brown and Company, 2001.

Mark Bowden
Killing Pablo.The Hunt for the World's Greatest Outlaw.Simon & Schuster, 2001.

©salom.com

24 mayo 2001

0 comentarios