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CARTA DE UNA DEPORTADA: NO SOY UNA AMENAZA PARA SU PAÍS - elena lappin


La nueva reglamentación a que deben someterse los periodistas extranjeros que viajan a Estados Unidos parecen admitir las vejaciones y malos tratos a manos de funcionarios de inmigración. El caso de la escritora Elena Lappin se agrega a una lista creciente de escritores y periodistas tratados de manera humillante por autoridades estadounidenses. Estados Unidos hoy parece revitalizar las medidas adoptadas durante la tiranía mccarthista.
Hace dos meses viajé de Londres a Los Angeles por encargo de un diario británico, The Guardian, creyendo que, como ciudadana del Reino Unido, no necesitaba un visado. Estaba equivocada: como periodista, incluso proviniendo de un país que tiene un convenio de exención de visas con Estados Unidos, yo debería haber solicitado una ‘visa I' (la ‘I' de información). Debido a que no la tenía, fui interrogada durante cuatro horas, me registraron, me tomaron las huellas digitales, me fotografiaron, me esposaron y me obligaron a pasar la noche en una celda de un centro de detenciones en Los Angeles metropolitano, y otro día más en custodia en el aeropuerto antes de dejarme volver a Londres. Mi humillante e muy inconfortable detención duró 26 horas.
Desde entonces me he enterado que no soy un caso aislado: desde marzo de 2003, cuando el departamento de Seguridad Nacional se hizo cargo de inmigración y de la patrulla fronteriza, se ha detenido y deportado de una manera similar en ese año a 13 periodistas extranjeros, todos excepto uno en el aeropuerto de Los Angeles. La exigencia de visado misma y el trato que dan las autoridades estadounidenses a los periodistas son consideradas insostenible por la Sociedad de Directores, Jefes de Área y Redactores Jefes de Periódicos de Estados Unidos y por Reporteros Sin Fronteras. Ambas organizaciones han enviado cartas de protesta a Tom Ridge, que dirige el departamento de Seguridad Nacional, así como al ministro de Asuntos Exteriores, Colin L. Powell, y al ministro de Justicia John Ashcroft. Posiblemente como resultado de estas acciones conjuntas, Robert Bonner, el comisario del Buró de Aduanas y Protección Fronteriza, anunció hace poco que a los periodistas que llegaran sin un visado se les permitiría una entrada válida por una sola vez y se les aconsejaría solicitar una visa para visitas futuras. "Somos una sociedad abierta", declaró Bonner, "y queremos que la gente se sienta bienvenida aquí".
Esta afirmación podría ser cuestionada por hombres de negocios estadounidenses, que han perdido 30.7 billones de dólares en los últimos dos años debido a retrasos y denegaciones de visas para sus socios y empleados extranjeros, de acuerdo a una encuesta patrocinada por ocho organizaciones empresariales. Con o sin visas especiales, ahora los periodistas son escudriñados por el departamento de Seguridad Nacional, que me interrogó en detalle en Los Angeles, y, cuando solicité un visado para volver a Estados Unidos, el ministerio de Asuntos Exteriores me preguntó a quién pensaba entrevistar en Estados Unidos, cuál era la naturaleza de mi artículo e incluso cuánto me pagarían. Hay una guerra de territorio entre los dos ministerios, que habitualmente gana el primero. Incluso con una visa, uno puede ser devuelto en cualquier puerto de entrada a Estados Unidos.
Los periodistas estadounidenses que trabajan en el extranjero, especialmente en los países libres, no están acostumbrados a controles de este tipo. Al exigir que los periodistas extranjeros viajen con visados especiales, Estados Unidos se une a países como Irán, Corea del Norte y Cuba, países donde los periodistas son tratados como subversivos peligrosos y difundidores de verdades incómodas.
Por ejemplo, en junio de 2003 el ministerio de Asuntos Exteriores envió un cablegrama a todas sus delegaciones diplomáticas y consulares exhortándoles a prestar atención a "un creciente número" de periodistas a los que se les negaba la entrada al país. "Los extranjeros que llegan a ejercer el periodismo no son admisibles ni en el marco del convenio de no aplicación [de la exigencia de visa] ni en el del visas de negocios", decía el cable. "Los periodistas que intenten entrar de este modo... pueden ser deportados".
Manifiestamente, esta información tiene por objetivo avisar a los solicitantes de visa sobre las reglas de entrada y evitarles molestias posteriores. Sin embargo, el enfoque parece el de un estado policial con un programa ideológico represivo.
Pero, a decir verdad, los periodistas y escritores no están siendo escogidos por sus opiniones políticas. Examinemos el caso, por ejemplo, del novelista inglés Ian McEwan. Laura Bush admira tanto sus libros que fue invitado en el otoño del año pasado a un almuerzo en el número 10 de Downing Street, el que uno de los comensales era el primer ministro Tony Blair. Varios meses más tarde, cuando McEwan viajó a Estados Unidos, a través de Canadá, para leer una conferencia a una audiencia de 2.500 personas en Seattle, los funcionarios de inmigración en el aeropuerto de Vancouver le negaron la entrada. (La explicación que dieron los funcionarios fue que su honorario de 5.000 dólares era demasiado alto como para que se pudiera aplicar el convenio de no aplicación). La crisis, que duró 36 horas y que pudo haber terminado en su detención si hubiese ocurrido en suelo estadounidense en lugar de canadiense, fue finalmente resuelta con la ayuda de diplomáticos británicos y estadounidenses, parlamentarios, periodistas y abogados de inmigración.
"No queremos dejarle entrar, no creemos que usted deba entrar", recuerda McEwan que le dijo un funcionario de inmigración. "Pero usted tiene amigos poderosos y no nos gusta la publicidad". McEwan comenzó su charla de Seattle agradeciendo irónicamente al departamento de Seguridad Nacional "por proteger al público estadounidense de los novelistas británicos". Hoy dice: "Creo que lo que ha ocurrido es que este departamento ha sido formado en muy poco tiempo e inflado con una misión. Pero la gente que la realiza no ha sido informada por Washington adecuadamente sobre la legislación existente y tienden a inventar reglas sobre la marcha. Pareciera que es la misma fanática indiferencia que caracterizaron a las operaciones post-invasión en Iraq. Yo no soy inmune al argumento de que necesitamos al departamento de Seguridad Nacional para ayudar a combatir el terrorismo; Estados Unidos tiene un montón de enemigos, ahora más que nunca. Pero este tipo de cosas aumenta su aislamiento".
La terrible experiencia del novelista canadiense y candidato al Premio Booler, Rohinton Mistry, es todavía más inquietante, porque hace surgir sospechas sobre la aplicación de criterios raciales. Mistry canceló una gira de conferencias por Estados Unidos en 2002 debido al trato que recibieron él y su esposa en varios aeropuertos. Fueron retenidos e interrogados "hasta el punto que las humillaciones a que fueron sometidos se hicieron insoportables para él y su esposa", declaró ante el diario Globe and Mail de Toronto un representante de su editorial estadounidense, Alfred A. Knopf. Brent Renison, un abogado de Portland, Oregon, y un experto en leyes de inmigración que trabajó con McEwan, destacan los mismos excesos cometidos por funcionarios de inmigración. "Rohinton Mistry nació en India, un país al que no se le exige un ‘registro especial', y es un ciudadano canadiense, y tiene derecho bajo los convenios actuales a que no se le tomen las huellas digitales o se le fotografíe al entrar a Estados Unidos en virtud del convenio de exención de visado".
Pero estas dificultades son anteriores al 11 de septiembre de 2001. El texto en letras minúsculas que advierte, debajo del espacio para firmar en el formulario de exención de visa, declara que "usted no puede aceptar un empleo no autorizado; ni seguir estudios; ni representar a medios de información extranjeros durante su visita" apareció por primera vez a comienzos de los años noventa, cuando se puso en vigor el convenio de no aplicación (inicialmente de forma experimental) para 27 países, incluyendo el mío. "La visa ‘I' ha sido implementada siempre", dice Danielle Sheahan, portavoz del Buró de Aduanas y Protección Fronteriza. Cuando le dije a Sheahan que me había sentido discriminada, rió: "Bueno, no tiene por qué sentirse así, porque los escritores, que se supone que pueden entrar en virtud del visado ‘O', también son retenidos e interrogados". Agregó que Ian McEwan "debería haber tenido una ‘Visa O1', que quiere decir que, como autor, tiene excelentes credenciales". De hecho, McEwan tenía derecho a cobrar honorarios durante su estancia. Posteriormente se le ofrecieron excusas.
La visa ‘I' fue concebida inicialmente en el marco de la muy controvertida Ley McCarran-Walter, promulgada en 1952 durante el punto más álgido de la era de McCarthy. Uno de los co-autores de la ley, el senador Pat McCarran, fanfarroneaba que la ley era una barrera efectiva contra subversivos. La oposición a la medida fue feroz. El Consejo Nacional de Iglesias la calificó como "una afrenta a la conciencia del pueblo norteamericano". El presidente Truman, cuyo veto a la ley fue anulado por el Congreso, dijo que su origen nacional en el sistema de cuotas olía a la filosofía nazi sobre la raza superior. Brent Renison señala que la ley clasificaba a los periodistas como "una nueva clase de no-inmigrantes" y fueron retirados de la categoría de visitantes. De cualquier modo, durante años se negaron visas de entrada a figuras intelectuales tan importantes como Graham Greene, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. Incluso en una fecha tan tardía como 1991, el New York Times informó que el ministerio de Asuntos Exteriores "posee una lista de cientos de miles de extranjeros de quienes se considera que tienen creencias o intenciones peligrosas y deben ser mantenidos fuera del país".
La Ley Patriótica revivió en gran parte la Ley McCarran-Walter. Colocó las medidas contra el terrorismo en una peculiar cercanía conceptual de las leyes que justifican la vigilancia y expulsión de extranjeros indeseables, aunque con un nuevo énfasis: como los escritores disidentes parecen haber desaparecido del dominio público, son los periodistas los que se han transformado en los nuevos subversivos, incluso aunque no tengan planes. Todo esto ha creado un sentimiento de incomodidad entre editores y escritores estadounidenses. "Verdaderamente, me da vergüenza ser norteamericano en estos días", me dijo Jonathan Galassi, de Farrar, Strauss & Giroux. El autor y periodista Jack Miles, investigador del Consejo Pacífico sobre Política Internacional teme que "las relaciones diplomáticas y culturales estadounidenses con sus aliados más cercanos necesitan ser reparadas casi en el mismo grado que nuestras relaciones con los países de mayoría musulmana".
Mientras que las viejas y nuevas ideologías se funden en la Ley Patriótica, la verdad es que en nombre de la lucha contra el terrorismo, ha transformado a una democracia que era libre, abierta e inimitablemente atractiva en algo que se parece a una fortaleza insular de kafkiano absurdo. Quizás Kafka tuvo razón en escribir su visionaria novela ‘Amerika' sin haberla visitado nunca. Es posible que el escritor no habría recibido una visa para entrar al país.

Elena Lappin es la autora de ‘Amores sin fronteras', una compilación de cuentos publicada en español por Siglo XXI, y ‘The Nose', una novela. [Ha sido publicada en francés bajo el título ‘Le Nez', por L'Olivier. Sus trabajos periodísticos han aparecido en Granta, Prospect y Slate.

4 de julio de 2004
2 de octubre de 2004
©newyorktimes
©traducción mQh
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