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tentaciones de una vampiresa


[Stephen Holden] La más reciente película de Pedro Almodóvar causa impacto en el mundo anglosajón. Irresistible es su mezcla de cine negro y comedia, donde la ausencia de una protagonista no se echa en falta.
Pedro Almodóvar ha jugado antes con el cine negro, y más memorablemente en su película ‘Carne trémula', de 1997. Pero su película más reciente, ‘La mala educación', es una delirante y directa zambullida y una re-invención de un estilo que ha atraído a innumerables directores hacia sus traicioneras aguas. En la desfachatada era en que vivimos, este género -sinónimo de secretos, sombras y tramas retorcidas de las que hacen saltar las horquillas del pelo y se asoman al abismo- a menudo suena a falso cuando sus convenciones son recicladas sin tapujos al estilo de la prensa amarilla.
Pero Almodóvar, a diferencia de otros directores que pierden el rumbo, entiende a la perfección el grado en que el cine negro es sinónimo de fantasía y del anhelo primario de lo prohibido. Cree en las pasiones al borde de la obsesión que impulsan al cine negro. Toda película que se niegue a entregar esa carga explosiva emocional, también lo sabe, es sólo cáscara, sin importar lo hábil de su construcción.
Una película negra lograda es un acto de seducción, en la que la historia, la música y la fantasía nos llevan a imaginar un mundo de sombras de infinitas tentaciones y corrupción. Tradicionalmente, la sirena avistada que nos seduce hacia sus bajíos es una vampiresa envenenadora, tan despiadada como irresistible.
El golpe de gracia de ‘La mala educación', que rebota de un lado a otro entre 1964 y 1980, con un final situado la mayoría de las veces en 1977, es que aquí la vampiresa es un transexual depredador todavía no operado llamado Ignacio. Alguna vez un guapo niño soprano, él/ella fue violado por un cura, el Padre Manolo (Daniel Giménez Cacho), rector del internado católico. El cura estaba tan prendado de él que expulsó al amiguito de Ignacio, Enrique (Raúl García Forneiro), de la escuela después de sorprenderlos escondidos en la ducha. Al menos, esa es la versión de Ignacio.
Ignacio adulto es representado por dos actores: Gael García Bernal (mal encarado y con ojos de cierva) y Francisco Boira (lupino y asilvestrado). Cuando la película se hace más profunda y las múltiples y equivocadas identidades de los personajes comienzan a acumularse, y el cura retorna del pasado bajo una nueva y desesperada guisa, ‘La mala educación' evoca a ‘Vértigo', de Alfred Hitchcock, con sus confusiones entre realidad y fantasía. ‘La mala educación' está además enriquecida porque las diferentes versiones de la misma historia están sometidas a modificaciones, primero como literatura, y luego como películas rebobinadas en la imaginación de los varios personajes. Los hechos se nos revelan sólo al final, y no todos.
Como la figura de Ignacio es sexualmente ambigua en el más esencial de los niveles, en ‘La mala educación' no se echa de menos la ausencia de un personaje femenino central. La atracción y repulsa ejercida por los dos Ignacios dan al filme todo el ardor y tensión que uno puede esperar. García Bernal, que tiene tres roles entrelazados, es un transcendente y dramático camaleón que se mueve con tres caretas: el actor ambicioso, la reinona seductora y la prostituta implacable.
La película comienza en 1980, cuando Ignacio se materializa del pasado a la puerta de Enrique (Fele Martínez), ahora un exitoso director de 27 años, tan desesperado a la búsqueda de guiones que le ha dado por escudriñar la prensa amarilla. No ha visto a Ignacio desde que eran compañeros de escuela hace 16 años. Ignacio, ahora un barbudo actor, le lleva el manuscrito de una historia, ‘La visita', que espera que Enrique adapte al cine. Enrique queda encantado por ‘La visita', que cuenta la historia de su relación (de Enrique e Ignacio cuando estaban en la escuela) y de la violación de Ignacio por el Padre Manolo. A medida que Enrique devora el manuscrito, vemos escenas de una película en su imaginación.
Pero desde el momento en que aparece Ignacio, algo parece torcido. Incluso después de que el visitante regresa sin barba, todavía no se parece en nada a la persona que recuerda Enrique. Además, insiste en ser llamado Ángel. Cuando Enrique accede a hacer la película, Ignacio le exige para él el papel de Zahara, una prostituta transexual en ‘La visita', que se hace pasar por la hermana de Ignacio para chantajear al Padre Manolo con la historia de su hermano.
Almodóvar ha confesado que ‘La mala educación' tiene un distante componente autobiográfico. Pero la película no está constreñida por ninguna necesidad de aparecer realista. El mundo cinematográfico de Almodóvar ha sido siempre un lugar dominado por deseos exagerados y temerarias fantasías. Es un universo en el que muchos de nosotros pensamos que podríamos vivir si nos despojáramos de nuestras limitaciones sociales y psicológicas y viviéramos nuestras más salvajes fantasías. El mundo de fantasía del cine negro le viene a la perfección al director, porque está recalentado de un modo similar, incluso más angustiante.
‘La mala educación' es una experiencia voluptuosa que invita a hartarse en su belleza y vitalidad, aunque tiene quizás el más negro fin que cualquiera de las películas del director y escritor español. Un crucial ingrediente vinculante es la partitura de Alberto Iglesias, la que sugiere a un excelente Bernard Herrmann conjugado con una guitarra de flamenco. Ningún compositor vivo escribe música para el cine tan románticamente expresiva.
Lo que distingue el enfoque de Almodóvar del cine negro es su rechazo a moralizar y su disposición a incorporar elementos de la comedia. Un narrador genial y humanista, no somete a juicio final a sus personajes, sin importar lo terrible de sus hechos. Antes de circular ansiosamente en torno "al horror, al horror", para parafrasear a Joseph Comrad, ‘La mala educación' contempla el misterio de la historia misma y el impulso humano de hacer bordados con la realidad para crear historias que son todavía más reales y concluyentes, aunque menos estrictas con los hechos.
Esa puede ser la paradoja fundamental de todas las grandes películas. Nos transportan a un universo ficticio que parece más real que el universo en que vivimos. Las películas de Almodóvar insisten en que las historias, las historias dentro de las historias y las fantasías que cristalizan son las mejores (quizás las únicas) herramientas a nuestro alcance para dar sentido a todo esto.

9 de octubre de 2004
©new york times
©traducción mQh
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